La maldad nunca llegará a la meta

¡No otra vez!  Aquí vamos nuevamente.  Otro incidente que se suma a la lista.  Otro incidente que nos recuerda la fragilidad de la vida, y cómo hay quien por la razón que sea (o las razones que sean) se entretiene jugando con ese don preciado que tienen los demás.

Para abonar al estado incómodo en el que ya se encontraba el mundo después de los trágicos actos criminales del 11 de septiembre de 2001—que para mí, son y seguirán siendo algo más que un acto de terrorismo—, dos explosivos de fabricación casera estallaron cerca de la meta de la carrera Maratón de Boston el lunes 15 de abril de 2013, cuando ya habían pasado más de 4 horas desde el inicio de la carrera de 42 kilómetros (26.2 millas) y alrededor de 2 horas desde que el primer corredor llegara a la meta (sólo para que ese logro quedara opacado por la tragedia que no lo llegó a tocar).  Y no eran precisamente petarditos de los que se escuchan a menudo en las fiestas de Navidad y Año Viejo: fueron aparatos explosivos creados con detonantes y materiales sueltos como clavos, balines de los que se disparan con rifles de aire comprimido, bolas de las que se usan en las cajas de bolas con las que tanto mecánico trabaja de día en día, etc., empacados dentro de una olla de presión.  Y no con el propósito de causar un simple susto, sino con el propósito de matar, herir, mutilar gente, tanto la gente inocente que nada tiene que ver como los servidores de primera respuesta.  En otras palabras, causar el mayor daño a vidas humanas que una mente enferma pueda concebir.

Probablemente, esto fue lo primero que a muchos nos vino a la mente (World Trade Center visto desde el observatorio del Empire State Building, New York, NY, julio de 1984).

Tal vez eso fue lo primero que a muchos nos vino a la mente.  El recuerdo de una tragedia como nunca se había vivido en el mundo.  Y aunque no se pueden comparar el precio humano de una y otra tragedia, las 3 muertes resultantes de lo del lunes pasado no dejan de ser demasiado: una joven y alegre madre y esposa de 29 años de edad, una joven estudiante china que buscaba labrarse su futuro a través de la educación universitaria (en una ciudad famosa por sus centros educativos de gran reputación académica) y un alegre y sonriente niño de 8 años de edad.  OK, vamos de nuevo: un alegre y sonriente niño de 8 años de edad.  Y tanto ese niño como las 2 adultas, el único “pecado” que cometieron fue estar “en el lugar equivocado y en el momento equivocado”: presenciando la llegada de una carrera de maratón como lo haría cualquiera de nosotr@s—como cuando nos paramos a los lados de la calle para ver pasar a los corredores en el Maratón Internacional San Blas en Coamo, o en el “World’s Best 10-K” en el Puente Teodoro Moscoso, o aun en el Maratón Internacional Modesto Carrión aquí en mi pueblo de Juncos.  (O aun en los eventos de pista de las Justas de la Liga Atlética Interuniversitaria que apenas se celebraron el fin de semana en el que escribo esta entrada.)  Y mientras todos esos corredores y corredoras van en busca de alcanzar la meta, como prueba de su capacidad física, de su resistencia, de su tesón y disposición a alcanzar ese lugar tan deseado, nosotros nos colocamos a los lados de la calle para verlos pasar, para alentarlos a seguir hacia adelante, para darles fuerzas, para darles ánimo—aun si el cuerpo del o de la atleta le empieza a decir que ya basta, que ya no puede más.

Pero parece que hay quien o quienes no ven las cosas de esa manera.  Que su único interés es vengar algún tipo de agravio, real o imaginario, en la figura de lo que algunas personas llaman “el gran satán”.  Eso pareció funcionar para los homicidas del 11 de septiembre de 2001 en New York, Washington (D.C.) y Shanksville (PA).  Y a alguien se le ocurrió que le podía funcionar igual: agarrar desprevenida a la gente, en medio de la celebración de un feriado local (el “día de los patriotas” que se celebra localmente en Boston—y que “por casualidad” coincidió este año con nuestra efeméride del natalicio de don José de Diego… aparte de darnos un día adicional para el plazo de radicación de “la dolorosa” planilla de impuestos, que se vencía al día siguiente) y causar el mayor saldo de víctimas que fuera posible, para humillar a toda una nación, pa’ que respeten, pa’ que sepan quién manda en este mundo, pa’ vengar… ¡lo que sea que haya que vengar!

Interesantemente, quienes así pensaron (yo no llamaría a eso “pensar”, pero ya para qué…) estaban conscientes de las consecuencias que su acción habría de provocar en los demás… pero no contaron con las consecuencias que les venían para encima.  Consecuencias que se empezaron a producir apenas 3 días después (más rápido que lo que se pensaba en un principio), cuando gracias a los desarrollos tecnológicos recientes (que estarán con nosotros para bien o para mal) se pudo identificar a 2 sospechosos: una pareja de hermanos varones, de ascendencia de una de las repúblicas que formaban lo que hasta el otro día se llamaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de cabezas cubiertas con gorras como las de los deportistas (“pa’l fronte”, como dicen en la calle), cada uno de los cuales llevaba una mochila (“backpack”) que se notaba “algo pesadita”, caminando de manera sospechosa entre el público (repito, “pa’l fronte”).

Así que no quede duda: el “hermano mayor” sí está observando.  Y esa capacidad de observar llevó al desenlace del hermano mayor—y esta vez me refiero al mayor de los 2 sospechosos—, al caer abatido por las autoridades entre el jueves 18 y el viernes 19, luego de que ambos sospechosos mataran (según se les atribuye) a un agente policial del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y robaran violentamente un vehículo de motor.  Y horas después llevó al desenlace del hermano menor, al ser detenido estando escondido en un bote estacionado en una residencia, luego de una intensa cacería humana que mantuvo en vilo a toda una ciudad.

Al momento en el que escribo esta entrada, el detenido no había podido contestar las preguntas de las autoridades sobre los hechos.  Y ciertamente sería interesante saber el por qué colocar 2 bombas en medio de una celebración pública.  En medio de una celebración de sentido patriótico para los estadounidenses, particularmente los bostonianos.

¿Qué pretendían ambos hermanos lograr?  ¿Acaso los Estados Unidos, que se dice que es su patria adoptiva, había cometido algún tipo de agravio que requerían que se les reparara?  ¿Por qué escoger esta fecha, de gran valor para los bostonianos?  ¿Querían humillar, en su propio suelo, a quienes tal vez les estaban dando una mano de ayuda que ni se merecían?

¿Por qué causar muertes, heridas y mutilaciones?  Ciertamente, el hermano menor del sospechoso ya muerto tendrá que enfrentar cara a cara la realidad de que murieron 2 mujeres y un niño de apenas 8 años de edad, además de que sus acciones dejaron cientos de espectadores que quedaron mutilados por todos esos clavos, balines, bolas metálicas y demás.  Y todo ello porque también estuvieron “en el lugar equivocado y en el momento equivocado”.  Algunas de estas víctimas perdieron sus piernas o sus brazos.  Y el sospechoso sobreviviente tendrá que darle la cara a esas víctimas; ya no es hora de esconderse o acobardarse.

¿Y por qué lo hicieron?  ¿Sería por la emoción de matar a alguien (“for the thrill of it”), como supuestamente habrían confesado en su momento los autores del “crimen del siglo”, Leopold y Loeb?  ¿O sería que alguien los envió a librar una “guerra santa” contra “el gran satán”?  ¿Creerían que con esa acción, ellos podrían alcanzar su meta?

Eso sí suena irónico: ambos sospechosos querían lograr su propia meta… ¡de no dejar que otros alcanzaran la meta!  Habrá que ver lo que se produzca próximamente.

Por lo pronto, vaya desde aquí mi más profunda pena y mi mayor solidaridad con la gente de Boston, y con ella mis mayores deseos de que puedan volverse a poner de pie cuanto antes, sabiendo que la maldad nunca le ganó la carrera a la ciudad de Boston, que la maldad nunca llegó a la meta.

Soy yo, con mi camiseta de los Medias Rojas de Boston.

¡Que así sea!  ¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

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Con el agua hasta más arriba del cuello

English: This graphic describes the sea-level ...

English: This graphic describes the sea-level rise. (Photo credit: Wikipedia)

Amigas y amigos, mi gente: Acaba de llamar mi atención un artículo en el Daily Mail de Londres, en el que se reseña una serie de imágenes modificadas por el artista Nickolay Lamm, de Pittsburg, PA.  Dichas imágenes ilustran la manera en la que quedarían varias de las principales atracciones turísticas en la costa este de los Estados Unidos, si se cumplieran las predicciones de los científicos sobre el calentamiento global.  La verdad es que mete miedo pensar que algo así ocurra en un futuro que quizás no veremos, pero las generaciones futuras tal vez lo vean.

‘Waterworld: How America’s cities will look in five centuries if sea level rises predicted by scientists prove correct’, Daily Mail, 10 de abril de 2013.

Y antes que nos quedemos con el agua al cuello… ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

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Y tú, ¿qué piensas traer a nuestra mesa?

Flag of the United States

Flag of the United States (Photo credit: Wikipedia)

Ok, amigas y amigos, mi gente.  Confieso que no me había detenido a pensar en ello.  Incluso le resté importancia al asunto.  Total, para el caso que siempre le han hecho a los proponentes de la anexión de Puerto Rico a los Estados Unidos de América como el quincuagésimo primer estado de esa federación—y no me voy a andar con paños tibios: NINGÚN CASO.  Salvo por dos o tres expresiones de algunas figuras políticas de relieve, preparadas más bien para “agitar a las masas” (informadas o no), lo que suele verse es que allá, en los centros de poder estadounidense, ése es un asunto como para barrerse bajo la alfombra.  Un asunto que siempre compite en desigualdad de condiciones con asuntos “más importantes”, “más apremiantes” que atender.

Como la vez que nunca se me olvida, cuando en la década de 1990, un congresista por Alaska—del que un@ no se acordaría en estos días, de no ser porque tuvo un “lapsus” mental (¿habrá sido algo así como lo que Peck describe en la anécdota que cito en la nota con los dos asteriscos en esta entrada?) y llamó “wetbacks” a los inmigrantes que trabajaban en los huertos de su granja ancestral… para después autoflagelarse y pedir perdón en público por haber metido las patas—trató de impulsar un proyecto para que se le concediera a Puerto Rico la estadidad, sólo para ser rechazado sin ser visto en el Senado estadounidense (donde se dice que radica el verdadero poder congresional), porque había “asuntos más importantes que atender”… ¡como el intento de residenciar al entonces presidente William J. Clinton por dárselas de Macho-en-Jefe con una becaria (de la que ciertamente nadie se acuerda en estos días)!

Allá pensarían entonces—y tal vez hoy en día—muchos de esos congresistas, “¿y viene esa minoría a pedir que les dediquemos nuestro valioso tiempo?”  Total, son lo que el hoy ex-presidente George W. Bush llamaría “nuestros amigos y vecinos” (en referencia a los viequenses que lucharon por sacar al “U.S. Navy” de la Isla Nena), y a lo mejor como Bush añadió seguidamente, “no nos quieren allá”.  ¿Pero para qué nos va a preocupar eso en este momento?  “What’s all the fuzz about?”  Total, hay tiempo para atenderlos, pero hoy no será el día.  ¡Que esperen a que atendamos nuestros asuntos de interés apremiante!  Para ellos… ¡ya habrá tiempo!

Y sí, el tiempo sigue pasando.  Y siguen las peregrinaciones hacia Washington, D.C., de estadoístas* convencidos de que si se forma un gran “bonche” de gente con carteles, pancartas y demás y se paran bajo el sol de marzo—en el aniversario de la concesión de una tan ate$orada ciudadanía estadounidense mediante ley congresional de 1917—entre la Explanada (“The Mall”) y el patio sur de la Casa Blanca (me suena como el patio de atrás—y yo estuve por allí en 1994, en mejores circunstancias, y sé por qué lo digo), a “protestar” por la falta de “igualdad” con nuestros conciudadanos del norte… bueno, tal vez hagan caso esta vez.  Tal vez nos dirán que sí, que nos van a conceder lo que les pedimos, porque tienen ese compromiso con nosotros, porque nos lo deben.

La pregunta que yo me hago es: ¿pensarán igual los estadounidenses?  ¿Tendrán ese mismo sentido de necesidad, de urgencia?  ¿Estarán viendo allá las cosas con los mismos ojos que nosotros acá?

Algo me dice a mí que no.

Y tal vez baste con el botón de muestra del “reportaje” filmado por “The Daily Show with Jon Stewart”, en el cual se relatan las impresiones del “reportero” (el entrecomillado es para fines del contexto, nadie se equivoque) Al Madrigal (no sé ni viene al caso si ese nombre es real o no), cuando en medio de la situación creada por la medida de control presupuestario federal conocida como “confiscación” (en inglés, “sequester”)… “tropieza” con una manifestación de estadoístas frente al lado sur de la Casa Blanca—o sea, detrás del patio de atrás.  En un momento que el propio segmento de comedia da la impresión de que es inoportuno—cuando los Congresistas responsables de la garata por el presupuesto federal del año fiscal 2013–2014 decidieron tomar “la juyilanga” para irse de vacaciones.  Y sobre todo, en plan de pedir cosas que a muchos de los televidentes de ese programa… digamos que podrían causarles más risa que los propios chistes del señor Stewart.

O les podría ocasionar un dolor de cabeza, sólo de tratar de entender qué quería ese grupo que estaba reunido allí ese día.  O si ese mismo grupo entendía, o entiende, o no entiende, de qué es de lo que se trata ser un estado de la unión federada (fuera del conocimiento que tengan los alrededor de 4 millones de puertorriqueños que residen dentro de los propios Estados Unidos, cuya experiencia tendemos mucho a desestimar como si no tuviera valor alguno).

La cosa es que por lo que vi en el vídeo, la cosa no pinta muy positiva que digamos:

  • Un “Resident Commissioner” que balbucea cuando el “reportero” le pregunta por qué si tiene en su puesto “lo mejor de todos los mundos”, no tiene voto en el mismo Congreso en el que nos representa.
  • Una manifestante que al planteársele que un estado de Puerto Rico no podría tener su desfile como el de todos los años en New York City, responde con una simplonería: que si fuese así, entonces habría menos oportunidad para el comportamiento salvaje (“wilding”) que exhiben “algunos de los míos”.  (¡Qué… pantalones!)
  • Otra manifestante que cuando se le pregunta qué se proponen aportar a la unión—que me parece que es a lo que equivale la frase que titula esta entrada, “qué piensas traer a nuestra mesa”—si se incorporaran como estado, también contesta simplonamente que los Estados Unidos “necesita” nuestro béisbol y nuestro ron.  Pero entonces digo yo: ¿se habrá dado cuenta la dama en cuestión (y estoy siendo demasiado benévolo en el uso de “dama”) de que el béisbol, aun si sus orígenes son inciertos y debatibles, adquirió mucho de su desarrollo y madurez en los Estados Unidos de América y de ahí le ha dado la vuelta al mundo?  ¿Sabrá que lo llaman “el pasatiempo favorito de los estadounidenses”—o en idioma que tal vez pueda entender un poco, “America’s favorite passtime”—, y ello muy a pesar de otros deportes de gran popularidad como el “football” de la NFL y el baloncesto de la NBA?  Así que entonces, ¿qué tenemos nosotros que aportar ahí—aparte de jugadores de calibre mundial, como los que nos hicieron subcampeones en el reciente Clásico Mundial de Béisbol?
  • Y lo que más pena me da (a menos que haya sido escenificado como parte del segmento, porque en cosas como ésa no se puede tapar el Sol con un dedo), toda una ex-senadora estadoísta recibiendo una lección práctica gratuita de lo que es el “filibusterismo”, cortesía de una bolsa de “snacks”, el almidón hidrolizado y el colorante amarillo número 7.

La verdad es que al ver el “reportaje”/segmento-de-comedia, lo menos que podría sentir es pena por estas personas.  Total, llevan una batalla cuesta arriba por décadas para convencer a “los dueños de nuestra casa”, a los “hacendados” si se quiere, de que quieren formar parte de la hacienda.  Y cuentan con que ese deseo se les concederá.  Pero cuando tratan de articular los motivos para pedir que eso se les conceda, por más nobles que esos motivos parezcan, el resultado es un desastre mayor que el que deja un huracán cuando nos pasa por encima.

Y entonces, ¿cómo quedamos todos gracias a ello?  Probablemente como objeto de mofa, como gente que no sabe qué es lo que quiere realmente, ni qué se necesita para poder lograrlo, cuáles son los sacrificios que deben hacerse.  Tal vez quedamos como gente que no puede aportar gran cosa, que no puede contribuir con algo que sea significativo.

Simplemente, como gente que no traerá nada a la mesa—más bien, que quiere participar de la “fiesta del sorullo”**… ¡sin llevar lo suyo!

(Menos mal que esa claje ‘e gente ya no me representa a mí…  ¡Ahí está, lo dije!)

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Personalmente, prefiero utilizar “estadoísta”/“estadoístas” para referirme a los simpatizantes de la estadidad para Puerto Rico, en lugar de “estadista”/”estadistas”, por entender que el significado de estas últimas implica un mayor respeto por la función que se escribe, la de “hombre (o mujer) de estado”, persona representativa de un gobierno, independientemente del bando político que rija ese gobierno.

** Para beneficio de quienes leen esto fuera de Puerto Rico: la expresión “fiesta del sorullo” significa lo mismo que el inicialismo en inglés, BYOB: “Fiesta del sorullo, cada quien traiga lo suyo.”  (Y para los que no sepan lo que son los sorullos, les dejo dos páginas que les ilustrarán cómo se preparan: aquí está una; y aquí está la otra.  ¡Y a mí me está dando un hambre!  Guiño )


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Jugando con la vida y la muerte

English: Lady Justice

English: Lady Justice (Photo credit: Wikipedia)

Amigas y amigos, mi gente, hoy comienzo reiterando una cosa que siempre estoy diciendo: YO AMO LA VIDA.  Yo no tendría el valor para privar de la vida a ningún ser humano, ni a ninguna otra criatura viviente, aun aquéllas que se consideran como “plagas”, organismos “indeseables”, etc.  Es más, yo ni siquiera tendría razón alguna para privarme de la vida, especialmente en esos momentos en los que la proverbial luz al final del túnel no está visible.  Pero del mismo modo, yo no le reconozco autoridad a nadie, absolutamente a nadie, para disponer de mi vida sólo para satisfacer sus intereses.  Sea quien sea.  Sean los intereses que sean.  PUNTO.  Nada más que añadir.

(Y aquí debo abstenerme de decir que si no se ve la luz al final del túnel es porque algún sinvergüenza se robó el cobre de la línea eléctrica.  Pero… como que acabo de romper la coherencia de esta entrada, ¿no?)

Siendo eso así, no va conmigo el que una persona, por las razones que sean (¿ajuste de cuentas? ¿venganza? ¿sólo por placer?), se pare a la entrada de un local de entretenimiento nocturno a gritar, como si se creyese con autoridad para ello, que “de aquí no sale nadie con vida” y empiecen él y sus secuaces a disparar indiscriminadamente contra hombres y mujeres, con un saldo de ocho personas muertas, más un feto que recibió los plomazos en el vientre de su madre y no sobrevivió.  Pero eso fue lo que ocurrió la noche del 17 de octubre de 2009, en el local de entretenimiento “La Tómbola” en Toa Baja.  (Y si ustedes han estado siguiendo lo que escribo en estos casi 10 años, sabrán que mencioné de pasada esa tragedia cuando escribí esta entrada sobre la aparente codependencia entre la incidencia de crímenes violentos y las acciones—o inacciones—de las autoridades gubernamentales.)*

Pero tampoco va conmigo el que una autoridad, sea la que sea, por más razón que tenga para ello—sean de poder o de lo que sea—, busque “darle un escarmiento” a quienes matan indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños, sometiéndoles a probar el sabor amargo de la muerte.  Máxime cuando la Carta de Derechos de la Magna Carta puertorriqueña lo dice claramente:

Se reconoce como derecho fundamental del ser humano el derecho a la vida, a la libertad y al disfrute de la propiedad.  No existirá la pena de muerte.  Ninguna persona será privada de su libertad o propiedad sin el debido proceso de ley, ni se negará a persona alguna en Puerto Rico la igual protección de las leyes.…”

(Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico de 1952, Artículo II, Sección 7.  Como siempre, los énfasis fueron hechos con toda intención.)

Noten que la cita no dice algo así como “derecho fundamental del ser humano de algunos seres humanos” o “del ser humano de los seres humanos decentes” o “de los miembros de un grupo X de nuestra sociedad” (donde “grupo X” puede significar… casi cualquier cosa).  Dice que el derecho a la vida es un derecho del ser humano, sin excepción de raza, color, credo religioso (e incluso quienes no creen), estrato social, pertenencia a uno de los monstruos engendrados por la partidocracia.  Más claro no canta un gallo.  (OK, yo sé que dejé afuera intencionalmente que no se haga distinción de preferencia sexual en cuanto al derecho a la vida, ahora que el tema está en discusión en Puerto Rico, Estados Unidos y alrededor del mundo.  Pero creo que eso ya será tema para otra entrada.)

Ese ha sido el dilema que se ha visto en Puerto Rico por las pasadas 2 décadas, entre la afirmación explícita del derecho de todo ser humano a la vida, aun los seres humanos más despreciables que existen sobre la faz de la tierra, y el deseo—so color de autoridad—de imponer un castigo que pretende negar y anular esa afirmación.  Un dilema que surge cada cierto tiempo, cuando se determina que la posibilidad de aplicar la pena capital es viable, para entonces atenuarse cuando la afirmación del derecho a la vida prevalece, pero sólo hasta que venga una próxima oportunidad y el monstruo vuelva a levantar la cabeza.

Y esta vez, no fue la excepción (¡maldito sea el cliché!).  Y la fiscalía estadounidense en Puerto Rico determinó, como suele hacer, que el sospechoso que habían capturado las autoridades—quien había sido encarcelado en el ámbito estatal por más de una docena de asesinatos adicionales, sólo para que lo dejaran irse a “la libre” en poco tiempo—debía ser juzgado bajo la normativa estadounidense que autoriza la pena de muerte (específicamente, el Título VI de la Ley Pública 103-122 de 13 de septiembre de 1994, conocida como la Ley de Control de Crímenes Violentos y Cumplimiento de la Ley de 1994; vea una explicación de esa ley en Wikipedia), de así determinarlo un jurado.  Pero no en una simple determinación de “50% + 1” ni nada que “tendiera” o “se aproximara” a un 100%: debía ser una determinación unánime, del 100%, donde tod@s l@s deliberantes estuvieran de acuerdo en que la pena máxima debía aplicarse.

Determinación que no llegó a concretarse en este caso, sólo porque, según se dice, una miembro del jurado no quiso formar parte del coro.  No quiso entonar la misma canción trágica que, también según se dice, el resto del coro quiso obligarla a cantar.  ¿Y para qué obligarla a seguir la corriente?  ¿Para saciar así su propia sed de venganza?  ¿Porque tal vez una decisión unánime de aplicar la pena de muerte l@s hubiera hecho importantes, l@s hubiera validado ante la sociedad, l@s hubiera convertido en “héroes” ante los ojos de los demás?

Gústele a quien le guste, el derecho a la vida, aun la vida de la peor escoria producida por una sociedad enferma, una sociedad que arde en llamas mientras los que la rigen siguen enajenándose, fue lo que prevaleció.  Y el juez federal que vio el caso no tuvo más remedio que sentenciar al acusado a pasar el resto de su vida natural encerrado.

Por supuesto, ello debería darle a algunas personas la posibilidad de especular si un asesino como ése, privado de su libertad para el resto de su vida, tendrá la oportunidad de mirar hacia sí mismo, entender las consecuencias que le acarrearon sus actos y buscar la manera de enmendarse.  Digo, siempre existe esa oportunidad de enmienda y rehabilitación, y eso parece que ha sido bien aprovechada en algunos casos, como el que cité sobre Nathan Leopold en una entrada anterior y que nos lo recordó un par de días atrás una escritora que compartió con él durante los años que vivió en Puerto Rico, precisamente en un escrito sobre el mismo tema de la presente entrada.  Pero también debería darnos la oportunidad de mirarnos a nosotr@s mism@s, de ver qué es lo que realmente queremos.  De ver si nos dejamos dominar por lo que alguien más nos dice, bajo pretexto de autoridad, que debemos aceptar—aunque eso nos rebaje al nivel de las turbas de linchamiento que se habrían visto en otros tiempos y lugares—o si buscamos dar, no un escarmiento, sino una lección de que la vida es algo valioso, aun la de aquellos a quienes el impulso del momento nos dicta que no merecen compartir el mismo espacio vital que el resto del género humano.

Lamentablemente, ésta no creo que sea la última vez que Puerto Rico tendrá que enfrentar ese dilema.  Ciertamente no será la última vez que las autoridades federales en Puerto Rico traten de jugar con la vida y la muerte para imponer algo que contradice la tradición de una cultura que apoya el derecho a la vida, aun el derecho que tiene quien tal vez no se lo merezca.  Pero espero que tampoco será la última vez que el derecho a la vida sea el que tenga la última palabra.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Lamentablemente, el enlace a la nota del periódico Primera Hora a la que me refería en esa entrada apunta hoy hacia una página de “error 404”, lo que me parece que significa que la fuente original ya no está disponible públicamente.  De todos modos, aquí les dejo la referencia, para el récord histórico:

“Mortífera tómbola en Sabana Seca.”  Primera Hora, San Juan, P.R., 19 de octubre de 2009.


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El cuento de los bobos

Illustration in a collection of Anderson's Fai...

Illustration in a collection of Anderson’s Fairy tales. (Photo credit: Wikipedia)

“-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

“… y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

“-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

“-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

“Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.”

(El traje nuevo del emperador (Keiserens nye Klæder), 1837, por Hans C. Andersen [1805–1875].  Vía Ciudad Seva.)

Dicen que la mentira tiene patas cortas y que por eso no puede llegar muy lejos.  Y como acabo de leer en una cadena de comentarios en algún foro en la red, eso tiene más o menos el mismo sentido que la frase española, “se agarra antes a un mentiroso que a un cojo”.

Por supuesto, para cuando estoy escribiendo esto, el cojo—por aquello de no dejarse postergar y ser la excepción que confirma la regla—está más o menos a tiro de piedra de que lo atrapen (aunque tiene a mi juicio mejor sentido que el que tiene el mentiroso).  Porque a quien se ha dedicado recientemente a estafar a funcionarios públicos, haciéndose pasar por un funcionario político de alto nivel, aún no lo han agarrado.

Y en un mundo en el que se maneja la mentira como si fuera moneda de curso legal, alguien se salió con las suyas en estos días.  Alguien que haciéndose pasar por un ex-legislador convertido hoy en día en secretario de asuntos públicos de la gobernación puertorriqueña actual, le estuvo pidiendo donativos a varias entidades públicas.  Las más notables entre éstas son la Universidad de Puerto Rico (y la verdad es que como universitario que me sigo sintiendo después de casi 3 décadas de haber obtenido mi Maestría en Biología, como que siento una vergüenza ajena; digo, la UPR, “of all people!”), a la cual le fajaron 3 cheques de US$50’000 cada uno, y la Administración de Compensaciones por Accidentes de Automóviles (ACAA).

Y ambas entidades de gobierno, entre otras cuántas, se dejaron estafar.

Francamente, yo no entiendo esto.  Entidades públicas que por manejar los dineros que cada medio abril les damos, yo diría que “a ciegas”, al rendir nuestras planillas de contribución sobre ingresos.  Que se supone que tengan mecanismos establecidos para controlar el desembolso de esos dineros (me vienen a la mente las auditorías).  Que se supone que no hagan ese tipo de operación “a ciegas”—mi madre hubiera dicho que “a tontas y locas”—, sin saber a quién le están confiando esos dineros.

Pero la verdad es que se dejaron engañar.  Se dejaron engañar por algún truhán o truhanes como los del cuento de Andersen, de esos que, como decimos en Puerto Rico, son capaces de venderle una nevera (refrigerador) a un esquimal.  De esos que se encuentran por todas partes, hasta cuando se levanta la tapa del zafacón (recipiente de basura) o de la alcantarilla.

¿Y entonces, qué hacer?  Tal vez seguir “dando cara” como el emperador del cuento, porque ya el daño está hecho y hay que seguir dando la apariencia de que nada ocurrió.  Mientras que seguramente el autor (o los autores) de la estafa tal vez se sentirán “intocables” (si partimos de que el cuento de Andersen no establece qué sucedió al final con los 2 bribones, más allá de haber sido condecorados y declarados como “tejedores reales”) y se estarán riendo de sus víctimas.  Víctimas que estarán tratando de hacer de todo para mantener lo que les quede de dignidad y tratar de recuperar los dineros que perdieron—aunque yo espero que no lleguen al extremo que plantean los “reporteros-estrellas” de El Ñame (aunque—si me disculpan por como suene esto—para mí eso sería tan drástico como eliminar a todo un perro para controlar un problema de pulgas o garrapatas o ambas).

Sea como sea, para mí lo importante es que hubo un engaño, que algún vividor (¿o más de uno?) se aprovechó y estafó a varias instituciones y entidades públicas, haciéndoles creer que les estaban vendiendo un traje nuevo, un traje que sólo la inocencia y la honestidad vieron que no existía.

Como lo hubiera dicho Facundo Cabral, “no hay manera de esconder semejante afrenta”.

Mientras tanto, la mentira sigue corriendo con sus patas cortas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

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