La Vida y la Muerte, Desde lo Alto de un Cerro

¡Saludos, mi gente, dondequiera que estén!

Antes que nada, sé que echaron de menos este blog la semana pasada.  Pero no se preocupen.  Estoy aprovechando los días que al gobierno de Puerto Rico, en su “infinita sabiduría” (o sea, para no tener que gastar en salarios, porque las cosas siguen sin estar como cuando empezaron), se le ha ocurrido conceder a los servidores públicos (como yo) ante la retahíla de días feriados del mes de julio (que por cierto, es una de las pocas épocas que me gustan del año natural, pero ya eso es otro tema).  Para quienes leen esto fuera de Puerto Rico, noten la gran cantidad de eventos que se conmemoran durante este mes en Puerto Rico.  Está el aniversario de la independencia estadounidense (4 de julio), el natalicio del prócer autonomista Luis Muñoz Rivera (17 de julio—por ley se celebra actualmente el tercer lunes de julio, es decir, ayer lunes 21), el aniversario de la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (25 de julio) y el natalicio del Dr. José Celso Barbosa (27 de julio—este año se traslada el feriado al lunes 28).  En otras palabras, aquí hay de todo para todos.

Pero también existe una particularidad: el mismo día 25 de julio se conmemoran dos eventos que por su naturaleza no son de interés oficial.  Uno de éstos es el desembarco de las fuerzas militares estadounidenses en Puerto Rico por las costas de Guánica,* durante la Guerra Hispanoamericana de 1898.  A pesar de que alguno que otro de los que “atesoran” (o dicen atesorar) la relación política con los Estados Unidos—con todo lo que eso conlleva, como la ciudadanía, la defensa común, la moneda común… ¡$obre todo e$ta última, y en grande$ cantidade$!—lo celebra como si se tratara de un evento “por invitación” (¿algo así como lo de Irak?), son los grupos de la izquierda independentista los que llevan la voz cantante ese día, en protesta por la relación colonial que esa intrusión trajo consigo.  (Como decimos en mi barrio, eso ya no “pare” más.)

* Para beneficio de los lectores fuera de Puerto Rico, Guánica es un municipio de la costa Sur de Puerto Rico, distante a media hora por carretera al Oeste de Ponce.

El otro evento al que me refiero es de lo que se trata el resto de este mensaje, y que en cierta medida ha afectado un poco mi forma de ver las cosas desde que ocurrió en 1978.  (Y aquí quiero pedir la indulgencia de quienes leen esto mismo en Puerto Rico, pero la explicación para el resto del mundo se hace necesaria.)  Ese año, en la ciudad de Bayamón (al Oeste de San Juan), el gobierno estatal de entonces—de la derecha anexionista del PNP—conmemoraba por obligación la implantación de una fórmula de gobierno que le sabía—y le sigue sabiendo—a excremento (¿verdad que es irónico?).  Durante la actividad conmemorativa, se corrió la voz de que la policía había frustrado un “atentado terrorista” contra una torre de radiocomunicación federal** situada en el Cerro Maravilla, entre los municipios de Villalba y Jayuya (en el interior montañoso central de la Isla), y había matado a dos de los tres supuestos “terroristas” (que para cometer su “fechoría”, habían secuestrado un chofer de transporte público)… ¡y el único “terrorista” sobreviviente resultó ser un agente policial encubierto!  De inmediato la reacción de los anfitriones del “festejo” no se hizo esperar, y el gobernador de entonces, Hon. Carlos Romero Barceló, se apresuró a proclamar como “héroes” a los policías que intervinieron en esa operación.

** La supuesta “torre de radiocomunicación federal” resultó ser la torre de la estación de televisión ponceña WRIK-TV, hoy WSTE-TV/DT (la cual se supone que sea una afiliada de TeleFutura un día de éstos).

Hasta ahí, todo iba bien.  O por lo menos, hasta que la víctima del “secuestro” fue donde un abogado a quien le relató que la versión oficial de los hechos no era lo que en realidad había ocurrido.  Mientras la versión oficial decía que los policías habían repelido la “agresión” de los supuestos terroristas, el chofer secuestrado había dicho que los policías los habían emboscado.  Donde la historia oficial hablaba de una sóla ráfaga de disparos, la víctima sobreviviente hablaba de dos ráfagas.  Donde la versión oficial hablaba de que los agentes policiales habían actuado “en defensa propia”, el pobre hombre hablaba de un ajusticiamiento.

¡Y ahí fue donde ardió Troya!  Así fue como surgieron las primeras investigaciones oficiales, que dejaban limpios de polvo y paja a los asesinos con placa; las sensacionales (o sensacionalistas, según el color del cristal con que se mire) pesquisas senatoriales, que en sus “mejores” momentos le robaron los índices de audiencia a las telenovelas nocturnas, mientras presentaban todo un cuadro de “buenos” y “malos” digno del más mediocre espectáculo de lucha libre; la eterna sensitividad (con visos de alergia) del propio licenciado Romero Barceló a todo lo que a él le huela al Cerro Maravilla, y que ha hecho que nunca se pueda probar si tuvo o no un papel de “autor intelectual” de esta tragedia—un secreto que seguramente él se llevará a su sepulcro…

El caso es que este 25 de julio de 2008 se conmemoran 30 años de este episodio trágico en la vida de Puerto Rico.  Un episodio trágico motivado por muchas razones.  Tal vez haya sido un reflejo de la mentalidad de “guerra fría” que imperaba entonces, y que llevó a muchos países latinoamericanos a hacer todo lo posible por detener la influencia de las ideas y los movimientos de izquierda, a fin de “defender a la dignidad de la patria”—o como expresó en su momento uno de los gestores policiales de la operación, para “dar un escarmiento” a la izquierda puertorriqueña.  (Y para ser una imitación de lo que hacían otros, resultó ser bastante patética.)  O tal vez haya sido una continuación—llevada a un extremo burdo y nefasto—de políticas que se practicaron en Puerto Rico en un pasado muy distante, para marginar a grupos que no encajaban dentro del pensamiento oficial, para el cual desplegar los símbolos patrios como la bandera puertorriqueña era un delito… ¡y hoy en día, los mismos que condenaron entonces esa práctica son los primeros en desplegar la bandera puertorriqueña!  ¡Otra ironía!

(De hecho, esto último lo digo teniendo en mente el libro La Mordaza.  Puerto Rico 1948–1957 [San Juan, P.R. Editorial Edil, 1987], de la reconocida historiadora Ivonne Acosta Lespier, autora del blog Sin Mordazas.  El libro, actualmente en su quinta edición [2008], ilustra los esfuerzos del gobierno de Puerto Rico, entonces bajo el autonomista PPD, para restringir el avance que llevaban las fuerzas independentistas puertorriqueñas—que en las elecciones de 1952 se habían convertido en la segunda fuerza política de Puerto Rico, posición que no han podido recuperar desde entonces—mediante una serie de medidas represivas que atentaban contra su libertad de expresión.  Para mí—y esto quiero aprovechar para expresarlo públicamente aquí—, La Mordaza es uno de los libros que me ha ayudado a ver cosas que aunque muy distantes del inicio de mi paso por este valle de lágrimas, han sentado las bases para este mundo en el que me ha tocado vivir.)

Para mí, lo importante de todo esto es que desde entonces veo la manera en que se hace la política en Puerto Rico con algo de cautela.  La veo como un ejercicio de poder, en el cual se busca exaltar la fuerza de un bando político particular (se llame PNP o PPD) en menosprecio al bando rival.  La veo como una actividad en la que algunas personas demuestran no tener escrúpulos para lograr sus ambiciones, de la manera que sea, a como dé lugar.

Quiera Dios que eventos como lo ocurrido en el Cerro Maravilla, entre Villalba y Jayuya, el día 25 de julio de 1978, no se repita nunca.  ¡NUNCA JAMÁS! Aunque con la clase de liderato político con el que cuenta Puerto Rico en estos momentos… ¡uno nunca sabe!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  ¡Hasta luego!

LDB

El Final de Un Calvario

Íngrid Betancourt in Pisa, Italia 2008
Image via Wikipedia

¡Saludos, mi gente, dondequiera que estén!

Hoy no creo que yo vaya a escribir mucho. Sin embargo, no puedo dejar pasar la oportunidad de unirme a todos aquellos y todas aquellas que a través del mundo están regocijados por la liberación de la ex-candidata presidencial franco-colombiana, Ingrid Betancourt Pulecio, luego de seis azarosos años en cautiverio a manos de guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Regocijo, porque se devuelve a una persona al pleno disfrute de su vida, porque se le permite regresar a donde están los seres que la quieren, los que siempre ansiaron su regreso, los que siempre mantuvieron la fe de que la verían de nuevo con vida. Regocijo para quienes aprecian—más bien, apreciamos—la libertad, no porque la conceda automáticamente pertenecer a un rango social particular, o a un grupo basado en una creencia particular (filosófica, religiosa o la que sea), o favorecer una ideología política en particular (como lamentablemente lo piensan algunos ilusos en Puerto Rico, y ellos saben quienes son), sino porque es un derecho del ser humano que—gústele a quien le guste—nada ni nadie lo puede quitar.

(Cierto es que en nombre de la libertad se han cometido algunos excesos a través de la historia de la humanidad, pero eso es otra cosa de la que hablaremos dentro de un par de semanas…)

Lo importante es que con el rescate y liberación de la señora Betancourt, de tres contratistas estadounidenses de seguridad y de varios otros prisioneros (incluidos soldados del ejército colombiano), se pone fin a una larga odisea, a una odisea en la que no faltaron los momentos en los que se perdía la fe de que se resolviera la situación de una manera razonable. Como cuando circuló hace poco tiempo un vídeo en el que la señora Betancourt se veía de un ánimo decaído—muy diferente a la dama elegante y llena de vida que en medio de su campaña política por la presidencia, tomó un riesgo y se dirigió en el año 2002 a una zona de conflicto para mostrar su solidaridad con las autoridades locales. Lamentablemente, ese riesgo resultó ser muy costoso, al precio de seis años de su vida

Y que conste: Bien o mal que ella se tomara ese riesgo, yo no soy quién para juzgar eso, ni éste es el momento oportuno para pasar ese juicio. Dejemos eso para cuando se escriba la historia de un mundo convulso a comienzos del Siglo 21.

El caso es que ya la odisea terminó. Ya la señora Betancourt está de regreso con los suyos, tras un rescate (efectuado el pasado miércoles, 2 de julio de 2008 ) en el que no hubo necesidad de disparar una sóla bala (o por lo menos, eso es lo que dicen los partes de prensa). Y tras ello, ¿cómo quedan entonces los actores del drama político colombiano que quisieron hacer lo que en buen español puertorriqueño llamamos “un statement” con ese secuestro? Ciertamente quedaron muy mal, en una posición muy difícil, que se agudiza tras la muerte de uno de sus líderes históricos hace uno o dos meses. Sobre todo, ¿qué se ganó con ello, especialmente en el ámbito político del que ellos han querido apropiarse? Nada. Definitiva y absolutamente, nada.

Pero como dije al principio, mediante mi mensaje de hoy uno mi voz al coro de voces de regocijo por la liberación de Ingrid Betancourt Pulecio, y le pido a Dios que la siga iluminando en su camino (como parece haber sido el caso durante su cautiverio), a fin de que este amargo capítulo de su vida quede atrás, para siempre. No será nada fácil, pero ¿quién dice que eso es totalmente imposible?

¡Y vamos a dejar eso ahí! Cuídense mucho y pórtense bien. ¡Nos vemos la próxima vez!


NOTA DE EDICIÓN (7 DE JULIO DE 2008 ): Me acaban de informar que mi panita Mr. Cool  8)  estuvo de visita aquí ayer…  Ahora en serio: Parece que cuando escribí la fecha del rescate de la Sra. Ingrid Betancourt Pulecio (correspondiente al miércoles de la semana pasada), el 8 en el número del año quedó junto al cierre de paréntesis, de manera tal que se leía como uno de esos emoticons que vemos a cada rato en los emails y demás mensajes.  Les pido me disculpen por cualquier interpretación incorrecta que haya podido resultar.


LDB