Cuando las Colas de Caballo Atacan

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Yo no sé si ustedes lo ven de la misma manera que yo, pero para perder mi tiempo y mi cordura enredado en los dimes y diretes que caracterizan la campana electoral puertorriqueña del año 2008 (que por cierto, es la segunda campaña electoral que presencio desde que comencé a escribir mi blog en 2003)… ¡mejor trato de seguir los dimes y diretes que caracterizan la campaña electoral estadounidense del año 2008!  Por lo menos, allá no se trata de chismes de comadres como acá… aunque en algunas ocasiones, los protagonistas se quieren comportar como si fueran una conocida muñeca chismosa de la televisión puertorriqueña… ¿he mencionado nombre yoooooooooo?

Pero ya ése es otro asunto… ¡o tal vez no!  Por lo menos, así se desprende de un artículo con el que me tropecé esta semana en la revista cibernética estadounidense Slate, el cual discute el papel de los ciudadanos en traer al redil (o por lo menos, hacer el intento) a los candidatos políticos cuando éstos quieren ser unos “gansos” (o sea, se quieren pasar de listos) en los debates previos a la contienda electoral.  El artículo se titula Beware of Ponytail Guy, y su subtítulo (que aquí traduzco libremente) no podría ser más descriptivo: “cómo en los debates de tipo ‘asamblea de pueblo’ (town-hall meeting) puede irle muy mal a un candidato”.*

Publicado en la víspera del segundo debate entre los candidatos presidenciales actuales, los senadores federales Barack Obama (D-Illinois) y John McCain (R-Arizona), el artículo especula con la posibilidad de que en ese debate se diera el fenómeno conocido como el del “individuo del cabello en cola de caballo” (Ponytail Guy).  Este término surgió del caso de Denton Walthall, un mediador doméstico especializado en trabajar con niños, quien hizo una pregunta en el debate presidencial efectuado el 15 de octubre de 1992 en la Universidad de Richmond (Richmond, Virginia).  Walthall, quien se refirió a los electores como “los hijos simbólicos del futuro presidente”, cuestionó cómo estos “hijos” podían esperar que los candidatos atendieran sus necesidades, en cuanto a vivienda, criminalidad y you name it (parece que a Walthall no se le ocurrió de momento nada más a qué referirse), a diferencia de las necesidades y querencias de los manipuladores de opinión (spin doctors) y de los partidos políticos representados en el debate.  Tanto en el artículo como en la transcripción parcial del debate,** se añade que Walthall pidió lo siguiente (en traducción libre):

. . . ¿Podríamos hacerlo de corazón?  Aquí suena tonto, pero ¿podemos hacer un compromiso?  Digo, en este momento no estamos bajo juramento, pero ¿podría usted comprometerse de nuevo con los ciudadanos de los Estados Unidos para atender nuestras necesidades—y tenemos muchas—y no las de ustedes?”

El párrafo siguiente del artículo indica que si bien la pregunta del señor Walthall iba dirigida a los tres debatientes—el entonces presidente George H.W. Bush, William J. Clinton (entonces gobernador del estado de Arkansas) y H. Ross Perot (quien acabó siendo apenas una nota al calce en la historia política estadounidense)—, fue Bush quien más incómodo se sintió con la pregunta.  ¿Por qué?  Porque en la pregunta anterior a ésta, él se había dado a la tarea de justificar el uso del carácter de su rival… digo, por lo menos el de Clinton, porque el otro macharán no contaba ni para el pool ni para la banca… como una de las razones por las que se le debía dar el voto para gobernar la nación estadounidense por otros cuatro años…  Lamentablemente, la incomodidad de Bush con la pregunta de Walthall quedó a la vista de todos, al punto de que manejó mal una no muy astuta pregunta ulterior sobre el impacto de la “deuda nacional” estadounidense sobre la persona de él, y en un par de ocasiones se le vio mirando ansiosamente su reloj…  ¿Sería porque él quería salir huyendo de allí?  ¡Sólo él lo sabe!  (De hecho, el artículo indica más adelante que su hijo, el actual presidente George W. Bush, durante uno de los debates en el año 2000, se las ingenió para evadir a un miembro del público que insistía en hacer su pregunta, tal vez para no sufrir la misma humillación que su padre sufrió unos años antes.)

El artículo pasa entonces a extrapolar lo que ocurriría si en el debate de la noche siguiente, alguno de los candidatos hubiese tenido que afrontar tan inoportuna pregunta de parte de algún “Juan de la Calle”.***  Y aunque ciertamente el terreno estaba fértil para ese propósito—con el tema general de “dime con quien anda(ba)s, y te diré quién eres”, lanzado por una y otra parte en los días anteriores—, lo que he leído hasta el momento sobre cómo se produjo ese debate no indica que eso hubiese sucedido.  Sea como fuere, ambos candidatos tenían factores en su contra—tal vez uno de los dos más que el otro—, pero hasta donde tengo entendido, la sangre no necesariamente llegó al río… excepto por la siguiente expresión del senador McCain, que de momento me recuerda a la conocida muñeca chismosa antes mencionada:

(Hubo) un proyecto de ley sobre Energía en el Senado, cargado de prebendas, miles de millones de dólares para las empresas petroleras, y estaba patrocinado por (el presidente George W) Bush y (el vicepresidente Dick) Cheney.  ¿Saben quién votó en favor?  Seguro que no se lo imaginan: ése (señalando con el dedo a Obama y sin volverse a mirarle).  ¿Y saben quién votó en contra?  Yo.

(Énfasis suplido intencionalmente.)

Francamente, a estas alturas del proceso, a mí me da lo mismo quién de los dos candidatos ocupe la Casa Blanca a partir del 20 de enero de 2009.  Tanto el senador Obama—un idealista carismático—como el senador McCain—un guerrero con vocación de rebelde—han demostrado sus aptitudes (o falta de las mismas) para ocupar el puesto al que aspiran, de dirigir los destinos de los Estados Unidos de América (nación a la que—queramos o no—Puerto Rico está atado políticamente) y mantener el papel de esa nación en el mundo.  Pero a mí, mis padres me enseñaron que la expresión despectiva contra otras personas, por las razones que sean, es intolerable.  Y la anterior es una expresión completamente DESPECTIVA, no importa quién la diga, ni hacia quién vaya dirigida (aun si la hubiese dicho el senador Obama sobre el senador McCain, sería igualmente deplorable).

Pero volviendo al tema, el artículo de Slate señala que a los políticos se les puede hacer bien fácil evadir las preguntas de los periodistas y moderadores de los debates.  No sé si esto es porque la profesión periodística no se da a respetar lo suficiente—y debo aclarar que no me refiero a que los periodistas deban estar todo el tiempo en actitud de guapos de barrio, como alguno que otro de sus miembros activos… ustedes saben, de esos que se cantan como “los más pega’os” por ser parte de los “expertos en los dimes, diretes, broncas y bochinches que últimamente pasan como análisis y noticias”—o porque están tan embriagados con el poder que ostentan, que consideran que el trato con la prensa es como un juego infantil.  Sin embargo, en esas raras oportunidades cuando Juan (o Juana) de la Calle—a quien sólo le importa buscar el sustento de su familia, quien tiene que sufrir por los altos costos de la electricidad, quien tiene que sufrir el azote de una ola delictiva que nadie parece querer aplacar, quien sufre por no tener un servicio médico eficiente—es el (la) que hace la pregunta, los políticos se corren el riesgo de quedar como “los malos de la película”… ¡y ellos lo saben!  ¡Y se cuidan de correr ese riesgo!

Me pregunto si los políticos de aquí estarán conscientes de esto…

Pero bueno, ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.


* Nuevamente, la fuente del artículo que cito aquí es: Beware of Ponytail Guy. How town-hall debates can go very wrong for a candidate, Slate, 6 de octubre de 2008.

** La transcripción de la primera mitad del debate se encuentra en la siguiente dirección: CPD: 1992 Debate Transcript.  La pregunta del Sr. Denton Walthall (no identificado en la transcripción) es la pregunta número 4, pero noten que esta pregunta viene precedida por una pregunta sobre el tono y tenor de la campaña presidencial de entonces (que es la que lleva al entonces presidente Bush a su justificación del ataque al carácter del entonces gobernador Bill Clinton).

*** Voy a establecer a “Juan de la Calle” como el equivalente de la frase en el original en inglés, Joe Six-pack.


LDB

Autor: Luis Daniel Beltrán

Planificador ambiental en Puerto Rico, con preparación de Maestría en Ciencias en Biología. (An M.S.-degreed Biologist working as a Licensed Professional Planner in Puerto Rico.)

1 comentario en “Cuando las Colas de Caballo Atacan”

  1. Bueno, parece que como dicen en la calle, el senador McCain se “cooleó” un poco. No sé si será que la táctica le funcionó bien y logró un efecto de intimidar a la oposición, al despertar la ira de sus partidarios contra el senador Obama, o si en el mejor de los casos (es que quiero ser optimista y pensar que eso es así), se habrá dado cuenta del efecto adverso que le podría acarrear esa táctica y está tratando de que las aguas vuelvan a su nivel—algo que mi experiencia me dicta que es raro ver en el animal político contemporáneo.

    (Esto me recuerda los esfuerzos que algunos líderes del PNP y el PPD hacen—o que en público quieren dar la impresión de que lo hacen—para tranquilizar a sus huestes—o “turbas”, como las llaman algunos de los comentaristas “pega’os” a los que me refiero arriba—cuando las mismas se alzan en actitud amenazante y de potencial violencia.)

    La cosa es que ahora el senador McCain está tratando de tranquilizar a sus partidarios diciendo que el senador Obama es un hombre respetable y padre de familia, “que resulta que él y yo discrepamos sobre la manera de manejar los asuntos del país, that’s all!

    ¡Y ya! “Muerto el pollo, se acabó el moquillo”, ¿no es así? O sea, después de la “tira’era”, resulta que mi oponente es un buen hombre, aunque sus ideas no valen ni lo que cuesta la hoja de papel (cuartilla, o como la llamen en otros países hispanohablantes) en la que están escritas… Ahora mi rival es como el pan… ¡es tan bueno que se deja comer el c…!

    La verdad es que no hay manera de entender a estos políticos… ni los de allá, ni los de acá.

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