Detras del encierro

¡Saludos, mi gente!

Hace unas semanas recibí en los feeds de RSS a los que estoy suscrito un artículo sobre las urbanizaciones de acceso controlado—las mismas que están en auge en Puerto Rico de un tiempo a esta parte—, el cual establece que las mismas no son todo lo seguras que alegan ser.  De acuerdo con Kaid Benfield, director del Programa de Desarrollo Inteligente (o lo que se conoce en inglés como “smart growth”) de Washington, D.C.,

"Las urbanizaciones cerradas con portones con el fin de excluir a los intrusos, puede que no sean más seguras que aquéllas que son completamente públicas….

"Los miembros de la clase económica superior (o aquéllos que desean ser vistos como tales) han buscado en las últimas décadas refugio en las ‘comunidades cerradas’, las cuales albergan colectivamente un 12 porciento de los estadounidenses.  ‘Cerradas’ ciertamente lo son, pero el grado al cual son ‘comunidades’ está abierto al debate….

"Un deseo de prevenir el crimen (presuntamente cometido sólo por intrusos) se cita a veces como justificación para la privatización y aislamiento de lo que por lo demás sería un espacio público, pero esta teoría podría no ser sólida…."

FUENTE: ‘Gated communities’ are not necessarily safer, por Kaid Benfield, NRDC Switchboard, 14 de enero de 2010.  (Tanto la traducción libre como los énfasis son míos.)

Benfield cita en su artículo varios ejemplos que demuestran por qué (según él lo entiende) las urbanizaciones cerradas no son tan seguras como se quiere hacer ver.  Entre las razones que él cita en apoyo de su argumento, están la falta de una cohesión social interior en la cual se basen las normas y controles sociales que ayuden a desalentar el comportamiento delictivo y antisocial en sus residentes (lo cual también se postula en este artículo escrito por Peer Smets, también citado por Benfield), y la falta de un sentido de responsabilidad de los propios residentes, de una preocupación por el bien común, principalmente el bienestar de quienes son como ellos… y de los que no lo son.

Al leer todo eso, me pregunto si ese sentido de responsabilidad, esa preocupación por el bien común, hubieran ayudado a evitar la trágica muerte del niño Lorenzo González Cacho, la madrugada del 9 de marzo de 2010 en una urbanización cerrada en Dorado (al oeste de San Juan).  Muerte que al par de días de ocurrida, las autoridades decían que había sido el (aparente) resultado de un acto criminal (y entenderán que tengo que ser responsable y poner lo de "aparente" entre paréntesis).  Muerte rodeada de una cadena de intrigas, como la falta de cooperación de la madre de Lorenzo con las autoridades (más las dudas que se han creado alrededor de su persona, especialmente su intención de cremar el cadáver de Lorenzo—cosa que no llegó a hacerse debido a que el padre del niño intervino para evitarlo), la aparición en escena de personajes tan extraños como un agente del Servicio Federal de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y un ingeniero que estuvieron en la vivienda esa misma madrugada, y el hallazgo de una pipa para fumar cocaína “crack” (la cual, según el abogado de la madre de Lorenzo, diz que fue “plantada” por los policías que investigaron el lugar—¡ay, por favor!) en el lugar de la tragedia.

Quién sabe si como resultado de una tragedia como ésta se comience a pensar que no se puede estar “seguro”, a salvo de la criminalidad “de afuera”, dentro de una urbanización cerrada.  De hecho, los artículos de Banfield y Smets que cito arriba mencionan que los residentes de las urbanizaciones cerradas tienden a sentirse menos seguros y a invertir en sistemas de alarma y en compañías privadas de seguridad.  Pero, ¿y en qué quedamos?  ¿No se supone que los residentes de las urbanizaciones cerradas estén más seguros detrás de su encierro?  Así que además de la criminalidad que viene de afuera, ¿también hay que temerle a la criminalidad “de adentro”?

(Y la última pregunta en el párrafo anterior me trae a la mente la tragedia ocurrida en la Navidad de 2008, en la que un niño que jugaba “al esconder” murió a balazos, dentro de una urbanización cerrada, de esas en las que la criminalidad “de adentro” parece que también ha echado raíces.)

Pero creo que ése es el precio que se paga cuando un segmento urbano corta toda la cohesión social con su entorno, pierde su sentido de responsabilidad para con quienes lo habitan—y para con quienes no tienen esa fortuna—, queda atrapado en su propio encierro.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.

LDB

Autor: Luis Daniel Beltrán

Planificador ambiental en Puerto Rico, con preparación de Maestría en Ciencias en Biología. (An M.S.-degreed Biologist working as a Licensed Professional Planner in Puerto Rico.)

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