La oscura marejada del desastre

Anchor-handling tugboats battle the blazing re...
Image via Wikipedia

¡Qué tal, mi gente!

Esta vez quiero descansar un poco de la versión criolla de los que la revista satírica estadounidense Mad llamaría, the usual gang of idiots (y no hace falta decir aquí quienes son), para mirar lo que ha estado sucediendo por alrededor de 40 días (casi tanto tiempo como lo que llevaba el conflicto huelgario de la Universidad de Puerto Rico al escribir esta entrada) en las costas del Golfo de México frente al estado estadounidense de Louisiana.  Lógicamente, me refiero a las secuelas del siniestro en la plataforma petrolera Deepwater Horizon, especialmente el escape del petróleo que se extraía en dicha plataforma y su peligrosa propagación a través de dicho cuerpo de agua.

Este asunto ha resultado ser tan complejo de manejar, en varios aspectos.  Por ejemplo, está el costo de 11 trabajadores que—como se presume—pagaron con sus vidas por ejercer un trabajo riesgoso, como lo es la explotación petrolera en altamar, un costo que sus familiares tal vez nunca puedan recuperar, en tanto no parece que haya manera de recuperar los cadáveres al momento en que escribo.  Está el costo de la infraestructura que se destruyó desde el estallido inicial hasta el colapso de la plataforma, más el de la pérdida que conlleva todo ese petróleo que se ha echado a perder al medio ambiente, especialmente en momentos en los que acceder a ese material se hace muy complicado y difícil… a menos que haya que declarar una guerra en otro lado del mundo (para la que haya que disponer de una justificación como la “liberación” de un pueblo de la opresión de su mandatario—que antes era un aliado del país interventor—o la búsqueda de “armamentos de destrucción masiva” que no aparecen ni aunque los busques en Google.  Digo, desde que se inventaron las excusas…)

Pero también hay un costo mucho mayor de desastres como éste, y es el que es pertinente a las gentes que viven de los recursos que les proveen el mar y sus costas: pescadores de ostiones, cangrejos, camarones, ostiones y demás; operadores de turismo, que cada verano esperan ver sus arcas llenarse con el influjo de turistas que se escapan del infierno de las grandes ciudades para reponer sus energías físicas y mentales; hasta el mismo comercio en general.  Y en el caso de quienes viven de lo que con toda generosidad les provee el medio ambiente costero, podría ser una pérdida considerable, si se tiene en cuenta el valor económico de los recursos de la costa.  De hecho, tengo frente a mí el texto Mitsch y Gosselink sobre los humedales,* el cual cita un análisis interesante que me gustaría compartir aquí.   Según ese análisis, de 1989, cuando se considera la disposición del público a pagar por “servicios” medioambientales de las ciénagas costeras de Louisiana—como la pesca comercial, la caza de animales como la rata almizclera y la nutria (para el aprovechamiento de sus pieles), la recreación y la protección de la costa contra eventos atmosféricos (o sea, huracanes y otros)—, y esa cantidad se contrasta con la utilización de la energía solar en la producción de materia orgánica, se encuentra que estas ciénagas producen un valor anual de tan poco como US$6000 y tan alto como US$70000, por cada 10000 metros cuadrados de estos ecosistemas.  Asimismo, se estima que la pérdida anual de estas ciénagas costeras—por causas que no son igual de catastróficas que un derrame de petróleo, pero que no por ello son menos problemáticas, como la erosión del suelo a causa del desarrollo costero—tiene un costo social de entre US$77000000 y US$544000000 al año.

Y aún cuando Mitsch y Gosselink explican un poco más adelante en su libro que la cuantificación del valor económico de los humedales—o de cualquier otro recurso natural, para todos los efectos—está plagada de toda clase de paradojas y complicaciones, las cifras en el párrafo anterior nos deberían poner a pensar un poco, ¿no?  Particularmente, debe ponernos a pensar en la cantidad de personas que viven de la generosidad de la costa.  Obreros que sacrifican sus vidas para obtener su sustento y para vender las riquezas del mar, y que ahora tienen que ver con decepción y amargura cómo esas riquezas se echan a perder.  Y todo, porque se permitió que ocurriera un desastre en una plataforma petrolera a 42 kilómetros mar afuera, la cual ahora está sangrando petróleo desde más de 1500 metros de profundidad (una profundidad a la que ni siquiera mis amigos que son buzos “le someten”).

Y si eso trágico, no es menos trágico ver cómo los remedios que se han intentado para poner coto a la fuga de petróleo en el fondo del mar no han servido de nada.  Campanas de concreto de todo tamaño posible, esparcido de agentes químicos dispersantes, inyección de materiales industriales que puedan contener la presión a la que el subsuelo expulsa el petróleo hacia el exterior, todo ha sido un fracaso tras otro.  Añádase a ello el patético espectáculo de los ejecutivos de tres empresas vinculadas con la plataforma siniestrada, con caras de “yo no fui” y echándole la culpa al “otro”, siempre es “el otro”… y tenemos así una canción triste para ser—verdaderamente—llorada.

No sé si será que la humanidad (o por lo menos, la porción de la humanidad que vive en los Estados Unidos) necesita que la madre naturaleza le dé lecciones como ésa, para que aprenda a contener su apetito voraz por el consumo de los recursos naturales.  Un apetito voraz alentado por quienes sólo ven la ganancia fácil, y no consideran las consecuencias que esa voracidad puede traer si no se mantiene el aprovechamiento de esos recursos dentro de un marco de gobierno razonable.  Habrá que ver si en los próximos meses—ya que esto va para laaaaargo, mientras la compañía responsable del desastre (BP) ejecuta su próximo “plan B” (porque siempre tiene que haber un “plan B”, ¿OK?)—esta lección será bien aprendida.  Digo, la esperanza es lo último que se pierde…

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* FUENTE: William J. Mitsch y James G. Gosselink.  (2000)  Wetlands. Tercera edición.  New York, NY: John Wiley & Sons, Inc.


LDB

Autor: Luis Daniel Beltrán

Planificador ambiental en Puerto Rico, con preparación de Maestría en Ciencias en Biología. (An M.S.-degreed Biologist working as a Licensed Professional Planner in Puerto Rico.)

3 comentarios en “La oscura marejada del desastre”

    1. Sí, eso es cierto, Kofia. Ése es el precio que se paga por tratar de satisfacer el ansia de consumo de la sociedad moderna. Y no sólo en términos económicos. Creo que los ecosistemas como las ciénagas costeras de Louisiana son bastante complejos, al punto de que tardan muchos años en recuperarse de catástrofes como la que nos ocupa. (De ahí que por lo general, se procura desalentar el uso de los mismos para mitigar o compensar la pérdida de otros tipos de humedal, como lo requieren las leyes federales.) Y lo peor es que en el proceso se llevan arrastra’os a los que viven de la pesca o del turismo. Y difícilmente se podría compensar esa pérdida, no importa lo que la BP intente. Pero bueno, habrá que ver qué sucede. Hasta luego, Kofia, y gracias por tu visita.

      Me gusta

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s