Haz lo que yo digo, no lo que yo hago: Edición legislativa para agosto de 2010

South view of the Puerto Rico Capitol in San Juan.
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Amigas y amigos, empiezo a escribir esto a eso de las 16:40 UTC –04:00 del domingo 29, cuando la temperatura en la calle está a unos 92°F (33°C) y se cierne sobre Puerto Rico la amenaza del alcance del huracán Earl, que aunque se espera que pase a alguna distancia del nordeste de Puerto Rico, su posible impacto no deja de ser objeto de preocupación.  Pero nada, lo importante es que sigamos de pie y en la lucha, sin dejar que los vientos huracanados nos tumben.

Pero voy a lo que vine: Para mí es muy bochornoso ver a quienes ponen una mano sobre la Biblia para prometer que honrarán y respetarán la Constitución y las leyes de Puerto Rico, siendo los primeros en echar tierra sobre ese juramento con las cosas que hacen cuando el ojo público no los está mirando—o tal vez, cuando creen que no los está mirando, pero eso es otra cosa.  Tal parece ser el caso del representante Luis Farinacci (PPD), cuya esposa solicitó y obtuvo una orden de protección en su contra (el mismo mecanismo que, como ya dije en una ocasión anterior, “tiene la misma función que el papel higiénico” para los agresores conyugales), luego de alegar que él la sometió a un patrón continuo de violencia doméstica conyugal durante 12 años, y para cuyo caso se ha designado un Fiscal Especial Independiente (FEI).  La propia denunciante alega también que su esposo es usuario de sustancias controladas, específicamente cocaína, a pesar de que él no se ha hecho prueba alguna de detección de drogas durante su desempeño legislativo.  (Algo a lo que, a juzgar por lo que dice esta noticia en El Nuevo Día, parece que la legislatura puertorriqueña le huye como el diablo a la cruz.  ¡Qué extraño!  ¿Por qué será?)  La situación tocó fondo cuando a mediados de julio pasado, el “distinguido” legislador llamó por teléfono a su esposa y amenazó con matarla a ella y a su familia.

Pero si bochornosas han sido esas revelaciones, aún más bochornosas han sido las secuelas: garatas entre bandos rivales de legisladores (¿por qué debe sorprenderme eso?), insinuaciones de que todos los legisladores del bando del implicado maltratan a sus cónyuges (parece que alguien… OK, la presidenta de la Cámara de Representantes, Jennifer González—PNP—, quien hizo dicha insinuación, se quedó dormida en clase cuando se enseñaba aquello de que “todas las generalizaciones son malas… ¡incluso ésta!”), contraataques en los que se sacó a relucir el caso de otro representante (Eric Correa, del PNP) que también está en problemas legales por ser un esposo maltratante… en fin, la misma m… el estercolero de siempre.

(A lo mejor, el próximo tema de campaña sucia para las elecciones del 2012 será cuál de los dos partidos principales—PPD y PNP—tiene más presuntos agresores conyugales dentro de sus filas…)

Tal vez para algun@s que no le dan mucho pensamiento a las cosas (por no decirles “ingenu@s”), es “un consuelo” saber que los pobres no son los únicos que tienen problemas de violencia dentro de su núcleo familiar—porque como rezaba el título de la telenovela aquélla que protagonizaba la chaparrita mamá de Christian, “Los ricos también lloran”.  Pero en realidad, no se trata de si el agresor hogareño (en su sentido genérico) es un pobretón de esos que le deben una vela a cada santo, o es uno de esos que adviene al servicio público para enriquecerse o para jactarse de ser mejor que los demás.

Se trata, como ya yo creo haber dicho hasta la saciedad, de un problema de salud mental que afecta a todos por igual.  Es más, permítanme repetir la oración anterior, pero con énfasis: Se trata, como ya yo creo haber dicho hasta la saciedad, de un problema de salud mental que afecta a todos por igual.  Una vez más: AFECTA A TODOS POR IGUAL.  Y la mejor manera de atender un problema así es dándole el frente, aceptándolo, buscando ayuda profesional (como se lo ha sugerido al propio legislador la familia de su esposa), y no dando cara de que las cosas están bien cuando la realidad es que no lo están.  (Y a mi entender, eso fue lo que hizo el representante Farinacci cuando fue entrevistado sobre su caso en la radio local y la impresión que dio fue que la cosa no era con él, que él estaba tranquilo, “¿vijte?”, bien cool… tal vez demasiado cool… 8) )

Ya yo desearía que los dos legisladores implicados en estos casos de violencia conyugal—por no desear saber cuántos más merodean por los pasillos del vetusto edificio de mármol de Puerta de Tierra—acogieran esta sugerencia… pero por lo que veo, no parece que haya mucha voluntad para eso.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho, mi gente.  Hasta luego.

P.S.: Terminé de escribir esta entrada a las 22:25 UTC –04:00 del domingo 29 y… ¿me creerían que la temperatura de mi calle no ha bajado de los 90°F (32°C) desde que empecé a escribir?  Y la amenaza del huracán Earl de acercarse a Puerto Rico sigue latente a esta hora.  Yo creo que el clima se ha vuelto loco…

LDB

Y la siguen pagando los niños… y con creces

Miro la primera plana del periódico El Nuevo Día de hoy jueves (12 de agosto de 2010).  Me detengo ante una carita de niña que me sonríe, con ese encanto especial que tienen los niños en sus primeros añitos.  Con esa alegría innata, como queriendo decirme, “¡Mírame!  Estoy alegre, estoy contenta.  Mi mundo está lleno de amor.  No tengo problemas, no tengo preocupaciones.  Mi mundo es bueno.  Soy feliz…”

Entonces siento algo así como deseos de llorar—tal vez como no lo hacía desde que perdí a mi madre hace casi 10 años—, de cuestionarme cómo es posible que una vida como la de esta niña haya sido truncada cuando apenas comenzaba, de buscar algo—cualquier cosa, lo que sea—que me explique cómo puede una madre acabar con una vida así de tierna, cómo puede persona alguna ensañarse contra una criaturita como ella.  Una niña que no tiene la culpa de las frustraciones de los adultos, de las carencias de los adultos, de la incapacidad de algunas personas para aceptar las cosas que la vida les da, como esas cosas vengan.  Y cierro mis ojos, porque ya no puedo seguirla viendo.

Lamentablemente, amigas y amigos, mi gente, ésa es la realidad a la que no podemos cerrar los ojos, por más que queramos.  Una epidemia de violencia en la que nada es sagrado, ni siquiera la inocencia de los niños.  Y eso es lo que recién se acaba de manifestar cuando anteayer, una joven de 22 años mató a su hija de tres años de edad y a su hijo, que apenas tenía un año de edad.  Según la noticia en El Nuevo Día, los hechos se dieron luego de que ella, de quien han dicho quienes la conocen que tiene un historial de violencia, sostuviera una discusión con su compañero consensual de turno—que resulta ser el padre del varoncito asesinado.  No conforme con ello, añade la nota, la joven se infligió a sí misma una herida en el abdomen (¿habrá sido para “despistar” a las autoridades?) y comenzó a incendiar su residencia—de lo cual, una vez acudieron las autoridades al lugar, ella tuvo que ser llevada a un hospital para el tratamiento correspondiente.

A pesar de que aún es muy temprano para juzgar y adjudicar este caso, sobre todo dado que la presunta asesina no ha querido cooperar con las autoridades (las cuales mientras escribo, esperaban hasta que ella se recuperara de sus heridas para encausarla), para mí no deja de ser preocupante lo que he estado viendo por muchos años.  Es como si de un tiempo a esta parte se hubiera dejado de lado el valor que los niños tienen en nuestra sociedad—o sea, en una sociedad que se precie de ser civilizada—y éstos pasaran a ser piezas de un violento juego de ajedrez, piezas que en cualquier momento pueden ser sacrificadas.  Desde el vil y cobarde criminal que se escuda detrás de una niña para evitar que lo maten en el punto de drogas, hasta los padres y madres que se zafan de su responsabilidad como tales, e incluso dejan a sus niños al cuidado de monstruos que los agreden sexualmente y después los matan, para entonces jactarse de su gran ‘hazaña’… y ni me hagan entrar en los horrendos relatos de la violencia y muerte provocada por terceros.

¡Ah!  Y tampoco importa si la muerte ocurre en un barrio rural, como en el caso que me lleva a escribir esta entrada, o si ocurre en una urbanización cerrada, de ésas que creemos que son tan seguras que nos van a proteger de la delincuencia que viene ‘de afuera’… o del morbo y la curiosidad… ¡o hasta la sospecha!

(Y en este último ejemplo en particular, el asesinato del niño Lorenzo González Cacho, es una pena que a la fecha en que escribo hayan transcurrido cinco meses y no se haya esclarecido, y más bien se haya convertido en un circo mediático, en el que las sospechas extraoficiales—porque las autoridades no han hecho ni un gesto aún—van dirigidas hacia personas específicas.  Pero ya hablaremos de esto en su momento… ¡y quiera Dios que sea pronto!)

A riesgo de sonar repetitivo—pero si vamos a ver, no hay más remedio que machacar y machacar y machacar sobre lo mismo, una y otra vez—, voy a reiterar lo que en entradas anteriores he escrito: En situaciones como ésta, los niños siempre acaban pagando los platos que rompen los adultos, llevando las culpas de los adultos, llevando invariablemente las de perder.  Y llevan las de perder a manos de quienes no conocen lo que es ser padres—o ser adultos responsables para todos los efectos—, de quienes no tienen la voluntad para admitir que tienen problemas (el primer paso hacia la solución de esos mismos problemas), de quienes no son capaces de controlar su vida, de esas “bombas de tiempo” ambulantes que sólo esperan por esa pequeña chispa que los hará detonar su furia.

Y entonces, ¿qué es lo que se puede o se debe hacer?  Quiero seguir insistiendo e insistiré mientras viva en que hay mucho que se puede hacer: atender la crisis de salud mental que sufren, tanto Puerto Rico como muchos de nuestros pueblos latinoamericanos; educar a nuestras juventudes para que entiendan el reto de formar una familia, un reto cuyas consecuencias deben enfrentarse con la responsabilidad que ello amerita; buscar que se reemplacen gradualmente—porque queramos o no, no es cosa que se pueda hacer al chasquido de los dedos—las actitudes y las conductas que fomentan la falta de valores, el egoísmo y la trivialidad, mientras se fomenta la tolerancia, el respeto a la vida, la dignidad, la solidaridad humana…

Pero algo me dice que el camino hacia esa meta sigue y seguirá siendo muy arduo y difícil, y que seguiremos viendo más y más niños emprender desde temprano el viaje hacia la eternidad…

¡Buen viaje, angelito sonriente!

LDB

De mujeres y contrastes

The Revolutionary flag of Lares "The firs...
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¡Saludos, amigas y amigos, mi gente!

En una misma semana, mujeres muy diferentes entre sí han tomado para sí la mira pública.  Y entre ellas se destacó una activista política, una figura a la mención de cuyo nombre se podía sentir, lo mismo la más elevada reverencia que el miedo más incapacitante, un digno modelo a seguir para sus simpatizantes, o una terrorista para quienes discrepaban de sus ideales políticos, o de la manera como ella los afirmó en un momento importante de su vida.

En medio del ruido generado por aquéllas que son figuras públicas, de las que buscan cualquier manera de hacer que el público, los demás meros mortales, hablen de ella—bien o mal, pero que hablen—, se produjo el fallecimiento de la líder nacionalista puertorriqueña, Dolores (Lolita) Lebrón Sotomayor, ocurrido el domingo 1 de agosto de 2010, por complicaciones de una condición cardiopulmonar que ella padeció durante varios meses.  Huelga decir aquí cuál es su reclamo de un sitial en la historia puertorriqueña de nuestros días, pero creo que es mejor decirlo una vez más, tantas veces como sea necesario para que nadie se atreva a borrarlo de un plumazo, así porque sí: Doña Lolita fue quien encabezó el ataque armado contra la Cámara de Representantes estadounidense, el 1 de marzo de 1954, en el cual participaron también tres varones puertorriqueños.  ¿Para qué fue el ataque?  Para protestar por lo que ellos consideraron entonces—y a comienzos del Siglo 21, muchos de nosotros (aún aquéllos que no somos independentistas ni afiliados) todavía lo consideramos—como el “engaño” cometido por los Estados Unidos de la América del Norte al concederle a Puerto Rico su actual condición política como Estado Libre Asociado (ELAPR).  Una condición política en la cual se “pactan”, entre otras, condiciones de moneda común y defensa común—aunque habría que ver de qué manera el ejército, la marina, la infantería o la fuerza aérea, tendría que venir a defendernos y de quién, pero ya eso es otro tema—, pero se deja en manos del propio Congreso estadounidense asuntos fundamentales como la interacción de Puerto Rico con otros pueblos del mundo, especialmente aquéllos que tenemos tan cerca (físicamente) y tan lejos de nosotros, en nuestro propio vecindario antillano y caribeño.  Más aún, es una condición política en la que algunas de las leyes estadounidenses, como la que establece la pena de muerte como castigo por delitos graves como el asesinato, entran en conflicto evidente con las leyes de Puerto Rico (y la propia Constitución del ELAPR es directa en prohibir la aplicación de ese castigo).

(Curiosamente, según una nota del Washington Post sobre el fallecimiento de Lolita Lebrón, el ataque se produjo en momentos en los que en la Cámara de Representantes estadounidense se discutía un proyecto sobre inmigración.  ¡Justo el mismo tema que es objeto de controversia hoy en día!  Y por favor, que a nadie se le ocurra idea alguna, ¿OK?)

Afortunadamente, no hubo muertos tras el incidente, a pesar de que cinco congresistas fueron heridos.  De hecho, cuando Doña Lolita y los tres fueron arrestados por las autoridades capitolinas federales, ella hizo una expresión muy interesante: dijo que ella no había ido allí a matar a nadie… pero que estaba dispuesta a perder su libertad, a morir por su patria, por Puerto Rico.  Expresión que mantuvo durante el juicio que se le siguió ulteriormente y del cual salió condenada a 50 años de cárcel—sentencia de la cual llegó a cumplir apenas la mitad, al serle conmutada la misma por el entonces presidente James Earl Carter en 1979.  Expresión y actitud que la llevaron ulteriormente a ser parte de la lucha para que la marina estadounidense levantara sus operaciones en la isla puertorriqueña de Vieques (que había establecido allí desde la década de 1940), como resultado de la cual fue encarcelada por varios días durante el 2001—aunque para entonces, ella consideró que había otras maneras de luchar por la independencia para Puerto Rico, aparte de los métodos violentos empleados en el pasado.

Es una pena que el fallecimiento y sepelio de Lolita Lebrón se produjera casi al mismo tiempo en el que salió a la luz el momento difícil por el que atraviesa la modelo y empresaria puertorriqueña, María del Pilar (“Maripili”) Rivera (a quien ya conocieron en esta entrada, además de que sin mencionarla por nombre, la propuse indirectamente para la nueva tradición de los caganers de Puerto Rico), con su esposo, el ex-jugador del Major League Baseball, Roberto Alomar.  (No que Maripili no hubiera pasado ya por momentos difíciles—su último novio conocido antes de su boda con Alomar se suicidó debido a que enfrentaba problemas económicos—, pero vamos a dejar ese punto ahí.)  Sobre todo, ante lo que se ha tendido a criticar como la desmedida atención e importancia que se le ha dado a la crisis matrimonial de Maripili, en comparación con la poca—o si se quiere, superficial—atención e importancia dadas al deceso de quien desde hace más de medio siglo es parte de nuestra historia contemporánea—gústele a quien le guste.

¿Será que en algún punto del camino hemos cambiado nuestras prioridades como sociedad?  ¿Será que le damos más valor a las “hazañas” de las estrellas de la farándula—incluidas de un tiempo a esta parte, aquéllas estrellas que son de más relevancia para otros pueblos hispanos que la que tienen para los puertorriqueños (y esto lo escribo con el mayor respeto hacia mis lectores en México y otros países hispanohablantes)—, en lugar de las figuras que forjan la vida de nuestro pueblo con sus acciones, aunque éstas no sean del agrado de algunas personas?  Tal vez será que hemos llegado al punto de favorecer (y creo que hasta a premiar) la superficialidad y la mutación de principios (algo así como en esta cita de Marx… no de Karl, sino Groucho),* por encima de la honestidad, el compromiso y la verticalidad.

Y aun si yo no comulgara personalmente con los ideales que llevaron a Doña Lolita a hacer lo que hizo en el Congreso ese 1 de marzo de 1954—bastante tiempo antes de mi nacimiento—, tengo que reconocer que esa señora siempre fue honesta, vertical y comprometida con sus ideales.  Fue una persona de esas que ya no se ven mucho por ahí, que asumen una gran responsabilidad, que siempre están dispuestas a sacrificar su bienestar, hasta su propia vida, por hacer lo que consideró justo, sin importarle las consecuencias que ello le acarrearía.  Y lo que ella consideró justo fue buscar que Puerto Rico se independizara de los Estados Unidos de la América del Norte, que Puerto Rico dejara de ser un país sometido al yugo de un país más poderoso (experiencia que vivió durante cuatro siglos bajo el dominio español), sin posibilidades de forjar su propio destino, y se sentara en la misma mesa con otras naciones del mundo, en igualdad de condiciones.

Pero yo creo que ése es el gran problema: A nosotros no nos importa más el brillo farandulero que la integridad.  Y mientras sea así, seguiremos más interesados en el chisme que en el diálogo sincero y honesto, seguiremos más pendientes de las desventuras sentimentales de otros, que de afrontar las realidades que la vida nos pone de frente.  Para mí que eso no se vale… pero tenemos que arar con esos bueyes.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.


* Por cierto, la cita a la que me refería es la siguiente:

“Those are my principles, and if you don’t like them… well, I have others.”
(“Ésos son mis principios, y si a usted no le gustan… pues, tengo otros.”)

Julius Henry “Groucho” Marx (1890–1977)


LDB

Y luego preguntan, ‘¿por que nos quejamos?’

Yo no puedo creer esto, amigas y amigos, mi gente.  De un tiempo a esta parte, se ha estado dando un descontento con el proceder de la administración gubernamental de turno,  y la respuesta oficialista a ese descontento es hacer como si el mismo no tuviera motivo, como si no hubiera razón para quejarse.  Veamos.

Si se le plantea al máximo ejecutivo de las emisoras públicas de Puerto Rico, Israel “Ray” Cruz (el mismo que hace un año vació prácticamente todo su departamento de noticias), que las transmisiones televisivas de las actividades de apertura y clausura de los Vigesimoprimeros Juegos Centroamericanos y del Caribe (Mayagüez 2010)—los cuales culminaban el día en que escribo esto, luego de dos semanas de bastante actividad (incluida una que mencionaré un poco más abajo en la entrada, si tienen la paciencia de seguir conmigo hasta allí)—fueron una soberana porquería y no contaron con la calidad que se espera de un evento de trascendencia mundial, lo más seguro es que el ejecutivo replique:

  1. Que la transmisión sí fue de alta calidad, y que se utilizaron los más recientes adelantos de la televisión digital, y
  2. Que no hay razón alguna para quejarse, a menos que a un allegado de quien se queja no se le hubiera otorgado la producción de un programa televisivo, o que la parte agraviada hubiese sido despedida del elenco de otro programa.

A ver si entiendo esto: Tanto la atracción estelar de la ceremonia inaugural, la cantante Olga Tañón (a cuyo esposo no se le otorgó un contrato para producir un programa estelar sobre las cosas lindas y positivas de los municipios de Puerto Rico), como la respetada actriz y locutora puertorriqueña—y por si se me olvida, ella es además jugadora de golf a tiempo parcial—, Cordelia González, hacen planteamientos válidos, basados en su experiencia con los medios y en su interés de llevarle a Puerto Rico, y a los demás países representados en “Mayagüez 2010”, un espectáculo que haga brillar a Puerto Rico ante la región y ante el mundo.  ¿Y cómo la oficialidad trata esos planteamientos?  ¿Al nivel del betún?  ¿Como si se tratara de un chisme propagado por gente despechada?  ¿Como si las cosas que originan esas preocupaciones no existieran—por lo menos, en el universo en el que vive el directivo de medios?

Otro ejemplo: Se le cuestiona al alcalde de Barceloneta (municipio costero en el norte de Puerto Rico) sobre su operativo de eliminar una serie de ‘estorbos’ en la zona costera—entre los que está una comunidad pesquera cuyo único “delito” es procurarse su propio bienestar, sin tener que estarse dejando amamantar por el gobierno—para allanarle el camino a un desarrollo de marinas y paseos costeros, lo más seguro es que el incumbente municipal conteste:

  1. Estableciendo que el proyecto en cuestión es para “proteger” la costa y los bienes públicos en la misma, y que se pretende preservar las áreas de alta sensibilidad ecológica (como las playas de anidamiento de tortugas marinas en peligro de desaparecer), histórica y cultural (como una serie de cuevas que poseen petroglifos de nuestros pobladores precolombinos), y
  2. Que todo está bien, que no hay motivo para quejarse, y que quien se atreva a llevarle la contraria, específicamente la líder comunitaria que está ayudando a organizar a los residentes de la villa pesquera, es “una loca”.

Francamente, a mí me da una gran vergüenza cuando oigo o veo que los que se hacen llamar líderes en Puerto Rico se rebajan al nivel de la alcantarilla—muy a diferencia de las víctimas de su ira.  Y ciertamente al incumbente en cuestión, Sol Luis Fontanes Olivo, se le conoce un historial de rebajarse a ese nivel cuando no tiene argumentos para rebatir, o cuando se ve en medio de una situación peliaguda.  (Y si alguien todavía lo duda, vea en la noticia enlazada arriba cómo este alcalde maltrató de palabra—alegadamente—a un pescador cuya propiedad fue expropiada.  O si quiere, échese un poco hacia atrás en el tiempo, hasta llegar a donde les presento a este mismo alcalde en el contexto del famoso—más bien, infame—incidente de los perros realengos arrojados por un puente.)

Es más, si me permiten una nota personal y sin que me quede nada por dentro: Yo conozco personalmente a la líder comunitaria a la que este individuo (y yo lo siento mucho, pero el título de “Alcalde” reviste cierta dignidad que no quiero manchar al aplicarlo a este señor) quiso injuriar públicamente, la Sra. Laylanie Ruiz Olmo.  Ella fue en su momento una compañera de trabajo en el DRNA.  Durante el tiempo que estuvo trabajando con nosotros, a mí me constó su seriedad, su capacidad profesional y su dedicación a la protección del medio ambiente y los recursos naturales.  Por eso, yo no tengo razón alguna para creer que ella no esté actuando en defensa de una comunidad que ve amenazada su supervivencia.  Pero sobre todo, creo que tanto ella como la comunidad a la que representa, tienen algo que no se puede comprar… y ese algo se llama dignidad.

¿Podrá decir lo mismo el ocasionalmente destemplado primer ejecutivo municipal?  ¿O será que quien(es) esté(n) detrás del desarrollo propuesto le tiene(n) a él un precio puesto?  Por aquello de que todo se compra, todo se vende…

Pero volvamos al planteamiento inicial.  Si se le plantea al gobernador de Puerto Rico, Luis G. Fortuño Bruset, que algunas de las más de 1500 escuelas del sistema educativo público de Puerto Rico no están preparadas en su planta física, o en su dotación de maestros o directores para el inicio del nuevo año escolar 2010–2011 (¿no les parece que están escuchando el mismo disco rayado de siempre?), y que las organizaciones magisteriales amenazan con realizar paros y manifestaciones de protesta al inicio del primer semestre escolar, el primer ejecutivo responde que:

  • ¿Para qué las protestas de las organizaciones magisteriales, si las más de 1500 escuelas de Puerto Rico estarán listas para el comienzo de las clases del primer semestre?  Todo está bien, no hay de qué quejarse.

La verdad es que oigo una expresión como ésa y no sé si estoy en el planeta Tierra o si estoy en un universo paralelo.  ¡Qué horrible!

Es más, déjenme salirme de ese tema para volver al de “Mayagüez 2010” como lo prometí arriba.  En la segunda de las dos semanas de la fiesta deportiva—que contratiempos aparte, resultó ser muy exitosa—, la noticia más importante no fue el desempeño de las distintas delegaciones deportivas, sino el hecho de que se reportara un ataponamiento en las tuberías sanitarias de la Villa Centroamericana… ¡causado por la disposición de ‘miles de condones’!  Como el proverbial árbol caído, de esta noticia todo el mundo hizo leña… especialmente los “reporteros estrellas” de El Ñame, quienes sugieren que los miembros masculinos (como dicen en inglés, pun intended!) de las delegaciones presentes tomen un curso ‘educativo’ a ese respecto.  Por supuesto, los organizadores de “Mayagüez 2010” buscaron justificarse diciendo que todo estaba bien, que no había necesidad de quejarse y que el problema se había resuelto, aunque ulteriormente no quisieron dar cara a la prensa y dar explicaciones más comprometedoras.

Pero no deja de darme gracia el que tantos atletas masculinos hayan querido… esteeeeeeeeee… dar rienda suelta a sus impulsos “competitivos”, descargar todo ese exceso de energía “atlética”, como para poner a prueba la capacidad de todo un sistema sanitario para asimilar esa carga.  (Además de que debe haber mejores maneras para disponer de…  No, por favor no hagan caso a lo que acabo de escribir.)

Pero bueno, no sé ni por qué me quejo.  Todo está bien en este universo paralelo en Puerto Rico.  ¡No hay razón para quejarse, problema resuelto!  Y a todos los atletas masculinos de “Mayagüez 2010”… ¡medalla de látex!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.

LDB