Algo para lo que no puedo encontrar una palabra

Czech President Vaclav Havel speaking at the o...
Image via Wikipedia

¡Saludos, amigas y amigos!  Sé que me han echado un poco de menos, así que aquí estoy de nuevo.  (Digo, ustedes me echaron de menos, ¿no? Triste )

Hace unos días me encontré con algo que retrata bastante bien uno de los problemas que se observan en Puerto Rico—un país que por las razones que muchos conocen, se las da de ser más desarrollado que otros países de América Latina—y en otros países más desarrollados.  (OK, y en algunos países menos desarrollados también…)  Se trata de las palabras expresadas por el ex-presidente de lo que en su momento fue Checoeslovaquia y hoy conocemos como la República Checa, el poeta y dramaturgo Vaclav Havel (biografía en Wikipedia; sitio web oficial), durante la apertura de un reciente congreso auspiciado por la organización no gubernamental Forum 2000, sobre el problema apremiante que representa el desparramamiento urbano (en inglés, lo encontrarán generalmente como “urban sprawl”).

(Y ahora digo yo: ¡ojalá y hubieran más humanistas del calibre intelectual de Havel que ejercieran una función de la envergadura de dirigir los destinos de un pueblo!  Quién sabe si así no tendríamos que estar tolerando la zahorria que dice hacer esa función en nuestra actualidad… total, que soñar no cuesta nada.  Pero volvamos a lo que me trajo aquí.)

Havel comienza su presentación a título personal, narrando cómo cuando viajaba desde Praga—la capital de la nación que él presidió—hasta su cabaña de veraneo el el este de Bohemia, él no se tardaba más de 15 minutos en llegar hasta los límites de la ciudad, y cómo entonces era posible distinguir dónde terminaba la ciudad de Praga y dónde empezaba la ruralía.  Sin embargo, ese mismo recorrido hasta el límite de la ciudad… más bien, hasta donde terminaba la ciudad de Praga y empezaba la ruralía, hoy en día se tarda alrededor de 40 minutos… ¡y todavía hay que recorrer un trecho largo para poder salir de la ciudad!  Es más, vamos a dejar que sea el propio señor Havel quien lo describa (con una ayudita de mi parte con la traducción al español):

“Lo que hasta hace poco era claramente reconocible como la ciudad está perdiendo ahora sus límites, y con ellos su identidad.  Se ha convertido en un anillo recrecido de algo para lo que no puedo encontrar una palabra.  No es una ciudad, según entiendo el término, ni suburbios, mucho menos una villa.…  Hay un reguero al azar de enormes almacenes de un sólo piso, supermercados, hipermercados, ventas de autos y de muebles, estaciones de despacho de combustible, comederos, estacionamientos gigantescos, bloques aislados de edificios multipisos para uso de oficinas, toda clase de depósitos, y viviendas familiares que si bien están juntas unas con otras, está desesperadamente remotas entre sí.  Y entre todo ello—y esto es lo que a mí más me molesta—hay enormes predios de terreno que no son nada, con lo que quiero decir que no son prados, campos, arboledas, junglas ni asentamientos humanos significativos.”

Lógicamente, cabe preguntarse cómo fue que llegamos a meternos en un lío así.  Para Havel, si bien nuestra civilización actual se está haciendo cada vez más global, al mismo tiempo se está desentendiendo de su conexión con el infinito y la eternidad, por lo que antepone la ganancia a corto plazo a la ganancia a largo plazo.  Pero lo más peligroso de esto, añade Havel, es que esta misma civilización es movida por el orgullo, el orgullo de quien, movido por su afán de riqueza, desestima el valor de la naturaleza y la toma como fuente de su riqueza material.

“¿Por qué un desarrollador debe pasar el trabajo de construir un almacén de varios pisos, cuando puede tener tanto terreno como quiera y por tanto puede construir tantos almacenes de un sólo piso como quiera?  ¿Por qué él debe preocuparse de si su edificio se ajusta a la localidad en la que lo construye, en tanto se pueda ganar acceso al mismo por la ruta más corta y se le pueda construir un gigantesco edificio de estacionamiento al lado?  […]  ¿Y después de todo, qué le importa a él que desde un avión la ciudad parezca más y más un tumor que hace metástasis en todas direcciones, y que él está aportando a ello?”

Más allá de lo que él denomina una “miopía globalizada”, Havel apunta como fuente de ese orgullo a nociones tales como aquélla de que “lo sabemos todo, y lo que no sabemos… ¡lo inventamos!”, y que nociones como ésa impulsan en afán por la ganancia fácil y rápida, en detrimento del respeto por aquello que no podemos conocer ni medir, por el infinito y por la eternidad.

Es interesante ver cómo los problemas que agobian nuestro diario vivir (que igual me afectan a mí que a otros, como da testimonio la autora del blog, ‘Mirando por el espejo retrovisor’) no nos son endémicos, sino que más bien los compartimos con otros países en los que eso que llamamos “progreso” lleva a sus ciudadanos por el camino de la amargura.  Y ciertamente, lo que retrata el ex-presidente Havel en su ponencia es bien similar a lo que observamos en Puerto Rico cada día: extensiones grandes de terreno ocupadas por desarrollos de vivienda o comerciales, desarrollos que pudieran aprovechar más eficientemente el terreno en el que están ubicados—por ejemplo, concentrando la mayor cantidad de viviendas o comercios en el menor espacio que sea viable—, en lugar de crecer como hongos hacia todos lados; más y más kilómetros de carreteras construidas, tal vez sin una necesidad real—una necesidad que yo siempre he creído que se puede atender mejorando las vías existentes para atender las exigencias del Siglo 21—y que fomentan el uso desmedido del automóvil, aunque sea para ir “de mi casa a la esquina de mi calle”.

Y todo, por un afán desmedido de desarrollar cada centímetro cuadrado de suelo que esté abierto al desarrollo… aunque eso sea en apariencia.  Un afán que puede hacer más ricos a quienes pretenden dominar, poner “bajo control” a las fuerzas de la naturaleza… al tiempo que se deteriora la misma calidad de vida de quienes—les guste o no—compartimos el mundo con ellos.  ¿Y entonces, qué será lo que nos quede?

Sin embargo, volviendo a lo que dice el ex-mandatario checo en su ponencia, no debemos creer que todo está perdido:

“Tengo la certeza de que nuestra civilización está abocada a la catástrofe, a menos que la humanidad de hoy en día vuelva en sí.  Y sólo puede volver en sí si lucha a brazo partido contra su miopía, contra su estúpido convencimiento de su omnisciencia y contra su orgullo henchido, que han estado anclados tan profundamente en su pensamiento y sus acciones.”

Tal vez, la respuesta de Havel parece un poco ambigua (y que conste, ésa es sólo mi opinión personal).  Pero me pregunto si en Puerto Rico tendremos el convencimiento, el valor para ver las cosas como son, para poder luchar contra esa mentalidad de que más y más y más es mejor, de que más centros comerciales, más viviendas en urbanizaciones desparramadas (y hasta encerradas) vale la pena, nos hace más felices… muy a pesar de las consecuencias (las mismas que no queremos ni ver).

(Es más, ésta es una de las cosas que me gustan de escribir este blog, especialmente cuando me encuentro con artículos cuya temática se aplica bastante bien a nuestra realidad.)

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.


FUENTE: Remarks by Vaclav Havel at the Opening Ceremony, Forum 2000, 10–12 de octubre de 2010, Praga, República Checa.

(AUDIO PARA ESTA ENTRADA: 101119_001pc)


LDB

Autor: Luis Daniel Beltrán

Planificador ambiental en Puerto Rico, con preparación de Maestría en Ciencias en Biología. (An M.S.-degreed Biologist working as a Licensed Professional Planner in Puerto Rico.)

4 comentarios en “Algo para lo que no puedo encontrar una palabra”

  1. El culto al cemento es lo que està caracterizando a nuestra isla en estos tiempos. Yo creía que el problema del desparramamiento era solo de Puerto Rico, ya veo que compartimos el mismo mal con otros amigos en el mundo.

    Creo que puedo relacionarme con Vaclav con lo que he visto en mi pueblito de Cayey. Si uno ve las fotos antiguas verà grandes extensiones de terreno sembrado y algunos lugares donde se criaba ganado. Cuando yo me crié eran menos las extensiones de terreno y comenzaron a aparecer urbanizaciones. Actualmente el pueblo no se parece en nada a aquel pueblito lindo lleno de campos verdes y extensiones de monte. Me dió rabia literalmente el día que pasé por donde yo iba antes a tirarme en una charca. Aquel recodo de agua era el lugar donde los muchachos y muchachas del barrio ibamos a tirarnos y jugar. Era como nuestra piscina. El agua fluía y la vegetación era como un Edén. ¡Maldita sea!, dije cuando vi una urbanización construida allí. Desaparecieron el precioso río y el lugar donde estaba la charca es ahora un maldito cul-de-sac. Estamos matando nuestro país y todo en nombre del mal llamado progreso.

    Perdona el desahogo. Adelante y éxito.

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    1. Ah, Prometeo, no hay que pedir perdón, dicen que desahogarse es bueno para el alma. Total, si prácticamente lo mismo sucede hasta en mi pueblo de Juncos. Hace un par de semanas, mi padre y yo estábamos llevando mi guagua Suzuki al taller para un alineamiento de gomas. El taller está en la salida hacia Naguabo, frente a donde están algunas de las farmacéuticas que operan hoy en día en Juncos (Amgen, Medtronics, etc.), y cerca de donde antes había un monte y hoy hay un centro comercial y un par de nuevas urbanizaciones cerradas. Mi padre, como era de suponer, me dijo entonces que recordaba cuando esos terrenos eran unas grandes extensiones de caña, terrenos en los que jamás uno se imaginaría que fueran a desarrollarse como hoy en día. Pero así es como están las cosas: muchas buenas tierras que, tal vez si se hubiera planificado mejor, podrían rendir los frutos que tanto necesitamos hoy en día, y en lugar de eso estamos perdiendo a manos de un afán desmedido de desarrollo. ¿Y para qué? Para llenarle los bolsillos a desarrolladores a los que no les importa nada más que eso. Enigüei, gracias como siempre por tu visita, se te aprecia mucho por aquí.

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