Aquí donde nadie conoce mi nombre

Casey Anthony has been booked into the Orange ...
Image via Wikipedia

Bueno, aquí de nuevo, amigas y amigos, mi gente.  Espero que les haya gustado el cuento de la tortuga en el poste.  Así que vamos a otra cosa, shall we?

Desde que hace un par de semanas se anunció el veredicto del jurado en el caso contra la Sra. Casey Anthony, la joven de Orlando (Florida) a la que un jurado declaró no culpable de asesinar en 2008 a su niña, Caylee Marie (2 años de edad) (aunque sí fue hallada culpable de decirle toda una ensarta de mentiras a la autoridades sobre el paradero de su hijita), una cosa que me ha llamado mucho la atención ha sido la especulación sobre hacia dónde podría seguir su camino una vez ella saliera de prisión.  (De hecho, escribo esto menos de 48 horas después de que ella fuera excarcelada el 17 de julio de 2011 a las 00:10 UTC –5:00 +1:00.)*  Una teoría que se estuvo barajando la ubicaría viniendo a Puerto Rico, tal vez en plan de mudanza (vea la nota original, en inglés), con base en dos cosas: que durante el tiempo en el que ocurrieron los hechos que se le imputaban (tiempo durante el cual se dice que ella se dedicó a irse de discoteca en discoteca, divirtiéndose de manera escandalosa), ella habría expresado su deseo de venir de turista a Puerto Rico; y que el abogado de esta persona, José Báez, es nacido en Puerto Rico (aunque según varias fuentes, nunca llegó a criarse en mi isla).

(Me imagino que con este dato, el Boricuazo estará más lucido que nunca…)

Pero dejando de lado los méritos del caso, los errores y horrores procesales y las tremendas metidas judiciales de pata que se pudieran haber cometido, y hasta el encabritamiento (OK, quise decir otra cosa) que deben tener muchos de los que comentaron, debatieron y especularon (y a ver si se atreven a conjugar en primera persona singular el verbo especular) sobre las causas, motivos, razones y circunstancias… lo que me llama la atención es qué puede tener Puerto Rico que sirva de “dulce” para todas esas “moscas” que engendra el sistema de justicia estadounidense—tanto el de cada estado como el federal.

Debe ser tal vez la creencia de que Puerto Rico es un mundo aparte, de que aquí no llegan las noticias de lo que ocurre en otros lugares (aun cuando los noticiarios televisivos locales apenas le dediquen a eso un par de minutos, que bien pudieran quitarle a la sección de “entretenimiento y estilos de vida”—pero ya eso es otro asunto).  Puede ser que eso hubiese funcionado en el pasado.

Y un ejemplo que me viene a la mente es el de Nathan J. Leopold, Jr. (1904–1971), uno de los dos jóvenes involucrados en el secuestro y asesinato de un adolescente en 1924 en Chicago, Illinois.  Leopold y su cómplice, Richard A. Loeb (1905–1936), fueron los protagonistas de un sensacional juicio (en el cual fueron representados por el famoso criminalista estadounidense, Clarence Darrow), tras el cual fueron hallados culpables de asesinato y sentenciados en 1925 a cadena perpetua… ¡más 99 años!  (Parece que las autoridades quisieron asegurarse de que ellos no salieran de prisión después de cumplir la perpetua… ¿me entienden?)  Por entonces, la necesidad de mantener al público informado la cubrían los periódicos impresos (y tal vez la radio, que estaba apenas dando sus pasitos de bebé); a lo mejor, si para 1925 hubieran existido muchas de las maravillas tecnológicas con las que contamos hoy en día, hubiéramos conocido prácticamente al instante cuanto detallito existía sobre los acusados.

Leopold fue excarcelado en 1958 (el mismo año en el que nací), tras lo cual emigró a Puerto Rico para (según él) alejarse de la notoriedad que le ganó su caso judicial—y que le ganó a él y a su cómplice (quien muriera apuñalado en prisión 22 años antes) un status de referencia en la cultura popular estadounidense, que se ha mantenido así hasta nuestros días.  Durante esa etapa de su vida, Leopold entendía que podía aprovechar la alta capacidad intelectual que lo hizo ser considerado alguna vez como un niño prodigio.  Por ejemplo, en 1963, Leopold escribió para la Estación Experimental Agrícola de la Universidad de Puerto Rico, una lista de cotejo de las especies de aves de Puerto Rico y las Islas Vírgenes (en la misma se incluye la mención de una población de la paloma sabanera de Puerto Rico, Patagioenas inornata wetmorei, en los alrededores del Lago de Cidra, considerada como la mayor población de esta subespecie endémica, actualmente bajo seria amenaza de extinción en todo Puerto Rico).

Lamentablemente, una idea como la de emigrar a Puerto Rico para huir de un pasado tan innoble, no funciona en un mundo interconectado como el de nuestros días.  Un mundo de computadoras de escritorio y portátiles, de teléfonos inteligentes y de computadoras “de tableta”.  Un mundo en el que ocurre un evento grande en alguna ciudad del mundo—un acto terrorista, un desastre de magnitudes catastróficas, la muerte de un importante líder mundial, el triunfo de un equipo deportivo en una competencia importante—, y al minuto me puedo enterar, lo mismo viendo CNN por televisión que a través de mi teléfono móvil.  Y a juzgar por los comentarios a la nota original en la cual se publicó la especulación de la mudanza de la señora Anthony a Puerto Rico, si ella creía que aquí lo suyo no se conocía, se ha podido dar tremenda… ¡sorpresa!

Según escribo esto, cuando falta poco para que se cumplan las primeras 48 horas, se desconoce el paradero exacto de la (aún presunta) infanticida.  (Y escribo “aún presunta”, porque lo quiera ella o no, siempre quedará la sospecha.)  Y ello ha tenido echando chispas a l@s comentaristas, analistas y especuladores(-as) de siempre… y a otros tantos alcahuetes que hacen de la noticia un espectáculo.  Tal vez sea por la seguridad de ella, tal vez sea para hacerle una última burla a la justicia, la misma que le falló a la pequeña víctima al no poder cobrar la justa medida de una vida truncada a tan corto plazo.

A donde sea que ella se hubiera marchado, yo espero que no haya venido a Puerto Rico.

Y aún si no fuese aquí, yo no creo que ella se sienta completamente libre, por el resto de su vida.  Y ésa es la peor consecuencia.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Por si se confundieron, la notación que usé aquí se refiere al huso horario de verano para la costa este de los Estados Unidos (EDT), de 5 horas menos que el Tiempo Universal Coordinado (UTC), pero con una hora de adelanto—lo que sitúa a ciudades como Miami, New York y Boston a la misma hora que San Juan en esta época del año.


LDB

Autor: Luis Daniel Beltrán

Planificador ambiental en Puerto Rico, con preparación de Maestría en Ciencias en Biología. (An M.S.-degreed Biologist working as a Licensed Professional Planner in Puerto Rico.)

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