Una meta que nadie quisiera volver a alcanzar

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Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis, Viejo San Juan, Puerto Rico. Image via Wikipedia

“kilo-.

“(Del gr. χίλιοι).

“1. elem. compos.  Significa ‘mil (103) veces’.  Se aplica a nombres de unidades de medida para designar el múltiplo correspondiente.  Puede tomar la forma kili-.  Kiliárea.  A veces se escribe quilo-.  (Símb. k).”

(Adaptado de la versión en línea del Diccionario de la Real Academia Española, vigésimo segunda edición. © Real Academia Española. Todos los derechos reservados. Consultado el 24 de noviembre de 2011.)

Amigas y amigos, mi gente: Les parecerá un poquito raro que comience el quinto centenar de entradas de mi blog (porque según el conteo en el panel administrativo de mi cuenta de WordPress.com, ésta que están leyendo es la entrada número 401—¿vi’te?) con la definición del prefijo griego “kilo”.  Pero la realidad es que en los pasados días, Puerto Rico alcanzó un hito nada envidiable, como nunca se había visto en la historia de mi país… y del que no creo tener recuerdo en los casi 53 años de mi existencia.

El número de muertes violentas en Puerto Rico ha superado “oficialmente” (y en el contexto de este párrafo, tengo que poner esa palabra entre comillas, dada la mala fama tejida alrededor de la “confiabilidad” de las estadísticas policiales en Puerto Rico) la marca representada por el prefijo griego “kilo”.  Al día en el que estoy escribiendo esto (el Día de Acción de Gracias), ya hemos superado la marca de las 1000 muertes violentas en un año en Puerto Rico, cuando apenas falta un mes y medio para concluir el año natural 2011.*  Un año en el que hemos visto cómo la violencia ha azotado, no sólo a los elementos asociados con el tráfico de drogas, sino también a amas de casa, ancianos, parejas jóvenes, matrimonios, y hasta niñ@s que no tienen por qué estar pagando las culpas de lo que sus padres/madres hayan hecho o no hayan hecho o hayan dejado de hacer.  Un año en el que la violencia azota en el lugar y momento menos oportuno: en la autopista a la hora de mayor congestión vehicular, en el estacionamiento del centro comercial, frente al “pub” o la lechonera, frente a la entrada de un consultorio médico (o de algún otro especialista), en el parque de pelota a donde la gente va a buscar entretenerse sanamente a través de la competencia deportiva, en medio de la fiestecita de cumpleaños, en medio de lo que debería ser la paz y la santidad del hogar…

Un año en el que se hace fácil decir que se ha repetido unas mil veces, el mismo concierto para instrumentos de acero, pólvora y plomo.**

Peor aún: Un año el el cual la Policía de Puerto Rico ha pasado de ser el actor que interviene en la prevención de estas tragedias—porque la están ocupando para otros fines que tienen menos que ver con la seguridad pública y más con servir de herramienta de quienes insisten en librar una batalla con supuestos tintes ideológicos—a ser un mero espectador de dicho concierto sangriento.

Un año en el que las aves de rapiña que habitan en los pasillos del poder, han dejado ver sus garras—bastante largas y afiladas, por cierto.  Han dejado ver de mil y una maneras, por qué no se les debería volver a dar la confianza que tan a ciegas se les ha dado.  Y mientras tanto, siguen caminando por ahí, como si nada.  Y siguen haciendo de las suyas, porque creen que lo pueden hacer y entonces quedar impunes.  Y los demás, que se atengan a las consecuencias.

Igual que los mismos delincuentes que nos han llevado hasta el borde del abismo.  Quién sabe si en una suerte de contubernio.  Tú me das, yo te doy.  Tú te portas bien conmigo, yo me porto bien contigo.

Y mientras tanto, los demás, los que estamos en medio, ¿a dónde vamos a acudir para protegernos, para defender lo más valioso que tenemos, que es LA VIDA?  ¿Qué haremos para recuperar la esencia de lo que somos, de aquella sociedad que alguna vez supo vivir en armonía (a menos que esa armonía hubiera sido un mito… pero eso no lo creo), que se supo levantar por encima de las discordias, por encima de los intereses particulares cuyo único fin existencial—más bien, cuya única razón de ser—es dividir?

¿Qué haremos en el futuro para evitar tener que llegar a ese hito, para evitar llegar a ese marcador de una cantidad que empiece ominosamente, con el prefijo griego “kilo”?

Ya viene siendo la hora en la que pensemos en ello—y de que NO se nos haga caso omiso.

Y siendo el caso que ésta es la entrada número 401… lo dije arriba, ¿verdad que sí?… ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, y por favor, estén dispuestos a seguirme soportando en este blog, a ver si llego a—y paso de—las 1000 entradas, ¿OK?  (Digo, todos tenemos metas que SÍ queremos alcanzar.)  ¡Hasta la próxima!


* De hecho, hacia finales de la semana anterior a esta entrada, se había igualado la marca de 995 asesinatos establecida en 1994, como lo indica la siguiente nota publicada por la agencia noticiosa española EFE: Las 995 muertes en Puerto Rico convierten al 2011 en el peor año de la historia criminal (vía Yahoo!® en Español—Noticias).

** Para que conste: Estoy parafraseando la cita que se atribuye al compositor ruso, Ígor Fiódorovich Stravinski (1882–1971), en el sentido de que el compositor y músico barroco italiano, Antonio Lucio Vivaldi (1678–1741), no escribió mil conciertos para el violín (incluidos los cuatro que forman su obra más famosa, “Las Cuatro Estaciones”)… ¡sino que escribió mil veces—o de mil maneras distintas—el mismo concierto para el violín!  Go figure!


LDB

El viaje final de los condenados

This photograph shows Lago de Loíza Reservoir ...
Image via Wikipedia

Pienso en ello y entonces me siento como si fuera mi peor pesadilla.

Voy en un vehículo oficial, atado de manos y pies, como “huésped” del sistema penal, regresando al campamento correccional luego de un día inmerso en un proceso judicial.  Afuera, se produce un aguacero intenso, de esos aguaceros inclementes que algunos de nuestros ciclones tropicales tienden a dejarnos como “souvenir”.  El conductor del vehículo, un guardia penal, ve que las aguas se están apropiando de la carretera, pero parece que ha decidido, “por sus…pantalones”, que va a cruzar el área del desborde, confiado en que lo podrá cruzar.  Total, si el vehículo ya casi está llegando a la entrada del campamento penal, ya casi está “ahí al lado”.

Y ahí es que viene el desastre.  Un golpe de agua que llega justo en el momento en que el conductor trata de hacer cruzar el vehículo.  Y ése no es precisamente el momento para no recordar algo que debió haber escuchado en sus clases de ciencia en la escuela superior—digo, si no “cortó clases” ese día:

“In a flood, two feet (61 cm) of water can move with enough force to wash a car away…

“Flood waters are more dangerous because they can apply much more pressure than an ordinary river or a calm sea. This is due to the massive differences in water volume that exist during many floods…. The bigger the difference between water volumes across an area, the greater the force of movement.  But at a particular point, the water doesn’t look so deep, and so doesn’t seem particularly dangerous—until it’s too late….

“The most dangerous floods are flash floods, which are caused by a sudden, intense accumulation of water.  Flash floods hit an area soon after water begins to accumulate (whether from excessive rain or another cause), so a lot of the time, people don’t see them coming….  Flash floods can be particularly devastating when a heavy thunderstorm dumps a high volume of rain on a mountain.  The water moves down the mountain at tremendous speed, plowing through anything in the valleys below.”

([Traducido a mi manera]: Durante una inundación, una masa de agua de dos pies de profundidad se mueve con fuerza suficiente para desplazar un automóvil.  El peligro de las aguas de inundación reside en que aplican una mayor presión que la de un río común y corriente o un mar en calma, debido a las enormes diferencias de volumen entre las masas de agua en un mismo río.  Así, mientras mayor sea esa diferencia, mayor será fuerza con la que empuja el agua.  Pero en algún punto, el agua se ve llanita y no muy peligrosa… ¡hasta que ya es tarde para evitar el peligro!  Por otra parte, aún más peligrosa es la inundación repentina, causada por la acumulación súbita e intensa de agua, por las lluvias o por otras causas, por lo que muchas veces eso es algo que, como quien dice, “no se veía venir”.  La inundación repentina puede ser particularmente devastadora cuando una tronada fuerte suelta una cantidad enorme de lluvias sobre las montañas.  El agua se mueve entonces montaña abajo a una tremenda velocidad, para barrer con todo lo que encontrará a su paso en los valles aguas abajo.)

(Citado de la página 4 de “How Floods Work”, por Tom Harris, en HowStuffWorks.com, 7 de junio de 2001.)

Pero no, no hay tiempo de pensar en eso, especialmente cuando él ve que su vehículo es arrastrado por la corriente fuerte y súbita, como empujar un sillón para cambiarlo de lugar en la sala de estar.  Arrastrado hasta que se detiene a un lado del camino, casi sepultado debajo de las aguas embravecidas.  Y tiene que buscar la manera de salir de allí.  Sí, él y el guardia correccional que lo acompaña para asegurarse de que al cargamento humano que lleva, no se le ocurra buscar la libertad en un descuido.

Y ambos logran salir del vehículo ahora incapacitado.  Pero… ¿y qué hay de los confinados?  ¿Y qué hay de mí, que estoy atrapado aquí adentro, que estoy entrando en pánico, mientras veo que el interior del vehículo se llena de agua?  ¿Qué es, que acaso estamos pensando en aprovechar el desastre que se nos viene encima para darnos a la fuga, en caso de que alguien más se apiade y venga a rescatarnos a los que estamos adentro?  Porque a la vez que el agua se está alzando dentro del vehículo convertido en cámara mortuoria, varios vecinos valientes se están ofreciendo para ayudarnos a salir.  Pero los dos guardias penales rechazan los esfuerzos ofrecidos—tal vez por ignorancia, o por insensibilidad, o por apego a una reglamentación que les obliga a retener a los confinados bajo cadenas, aun en una situación en la que las vidas de confinados y custodios corren un peligro inminente.  Total, qué más da que muera un confinado en medio de un desastre inminente… ¡lo importante es que no se fuguen!  Y PUNTO.

Mientras tanto, grito y grito para que me ayuden a salir… hasta que ya no me queda un grito más que exhalar.

Amigas y amigos, mi gente, créanme que no es nada fácil para mí imaginar—a la vez que lo voy escribiendo aquí—lo que pasaron en sus últimos minutos de vida los ocho confinados que murieron a comienzos de esta semana, mientras eran transferidos (junto con otros dos que sobrevivieron ulteriormente) al campamento correccional Sabana Hoyos de Arecibo.  Hombres que por más que se diga que estaban pagando sus deudas con la sociedad—con excepción de por lo menos uno que habría sido hallado no culpable del delito que se le habría imputado, y que tal vez estaría pensando en lo primero que haría a su regreso a la libre comunidad—, no tenían que morir de la manera tan cruel en la que murieron.  Sobre todo, no tenían por qué ser víctimas del atrevimiento e insensibilidad de los guardias correccionales que los custodiaban en ese fatídico viaje.  Guardias que ciertamente fallaron en actuar de manera responsable, aunque actuar responsablemente les costara tardar más tiempo y gastar más combustible, al desandar el camino ya andado y rodear por alguna ruta alterna.  Total, se dice que Puerto Rico es el país con la mayor cantidad de carreteras por milla cuadrada en el mundo.*  Así que… ¡por aquí, que es camino!

Pero no.  Prefirieron retar la suerte.  Y cuando la suerte les falló, prefirieron anteponer sus propias vidas a las de los confinados que llevaban en su custodia, como si la vida de un confinado valiera menos que nada.

Apostaron a que podían vencer a la naturaleza.  Pero la naturaleza los venció.  Y las consecuencias de esa jugarreta no podían ser más lamentables.


* Sólo una pequeña crítica constructiva: Parece que da mucho trabajo calcular y proveer el dato de cuántas millas de carretera (preferiblemente carreteras pavimentadas, incluidas las autopistas) hay por milla cuadrada en Puerto Rico, a juzgar por que muchos de los sitios en los que busqué en la Internet repiten esa frase (“Puerto Rico es el país con la mayor cantidad de carreteras por milla cuadrada en el mundo”), pero no aportan el dato numérico en concreto.


LDB