¿Percepción razonable?

A neighborhood watch sign attached to a door.

Amigas y amigos, mi gente, ya pasaron las primarias locales con miras a las elecciones del 6 de noviembre de 2012, tanto las de aquí (Puerto Rico) como las de allá.  Y eso debe significar que tendremos un respiro de la farsa que se repite cada cuatro años—por lo menos, hasta que lleguen los meses de verano, cuando empezaremos a ver los mismos mítines de siempre, las mismas caravanas ruidosas de siempre (y más ahora, con los conductores y dueños de vehículos “four track” reclamando su espacio para “expresarse”, aunque su presencia en las vías públicas es a todas luces ilegal, pero eso ya es otra historia), las mismas caras maquilladas de siempre, los mismos farsantes de siempre, diciendo las mismas mentiras de siempre.

Mientras esperamos pacientemente (¡las ganas!) por la función estelar del “circus puertorro” de tres pistas, echamos un vistazo a otras tierras para ver cómo se sacuden sus sociedades con las cosas que les ocurren.  Como es el caso de los eventos que se originaron el 20 de febrero de 2012 en Sanford, Florida, con la muerte—algun@s dirán, “el asesinato”—de un adolescente dentro de una comunidad “cerrada”, de esas comunidades con “acceso controlado” que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que hace exactamente dos años escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser), a manos de un miembro de un grupo de vigilancia vecinal (“neighborhood watch”).  Un individuo que, según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un “vigilante vecinal”.  Pero eso no pareció haberle quitado a él el gusto por el peligro, por las emociones fuertes, por el “‘rush’ de adrenalina” que da encontrarse de momento con alguien involucrado en una actividad que él pudiera percibir “razonablemente” como sospechosa, para entonces darle seguimiento e intervenir.

Aunque si consideramos la siguiente definición (traducida y adaptada de Wikipedia por quien les escribe—ah, y el énfasis es mío también), el individuo no estaba haciendo lo correcto.*

“Vigilancia vecinal es un grupo organizado de ciudadanos dedicados a la prevención del crimen y el vandalismo dentro de un vecindario….

“Una vigilancia vecinal puede organizarse como grupo por cuenta propia o puede ser simplemente una función de la asociación de vecinos u otra asociación comunitaria.

Las vigilancias vecinales no son organizaciones de vigilantes.  Cuando se sospecha una actividad criminal, se les alienta (a los miembros de dichas organizaciones) a comunicarse con las autoridades y a no intervenir.”

Y todo lo que se conoce al momento en el que escribo es que la noche de ese 20 de febrero le surgió al individuo ese“‘rush’ de adrenalina”, al encontrarse de momento con alguien de apariencia sospechosa, vestido con un abrigo (en algunos países hispanoparlantes lo llaman “remera”) con capucha—el símbolo “de status” urbano que ostentan en nuestros días tantos muchachos y muchachas del interior de las ciudades estadounidenses.  Alguien que “no se proponía hacer nada bueno”, como tantas veces le habrían escuchado decir los operadores y operadoras del sistema “911” para emergencias, a los que él se pasaba llamando a menudo, como el soldado que le reporta a su superior cuanta novedad hay (o como dicen en mi barrio, “hasta los suspiros”).  Los mismos operadores que ya estarían hartos de aconsejarle a este señor que no siguiera al sospechoso y le dejara esa tarea a la policía (y si todavía alguien tiene alguna duda, que lea la cita de arriba).

¿Y qué pasó después?  De nuevo, mientras escribo esto no se sabe con certeza qué pasó esa noche.  Pero me sospecho que el vigilante vecinal se habría envalentonado y habría asumido la posición de dominio del cazador sobre su presa.  A lo mejor sorprendió al “sospechoso” y lo arrinconó de alguna manera, para entonces asumir un papel de “policía justiciero”, algo así como esto:

“(B)eing as this is a .44 Magnum, the most powerful handgun in the world, and would blow your head clean off, you’ve got to ask yourself one question: ‘Do I feel lucky?’ Well, do ya, punk?”

(Clint Eastwood, Dirty Harry [dir. Don Siegel, 1971].  Por cierto, ¿no les parece que yo había citado esto anteriormente en mi blog?  Total, vale la pena repetirla en esta entrada.)

Y mientras el vigilante vecinal se daba ese “plante”, eso que en los barrios de baja renta de mi pueblo llaman “peste a guapo”, el “sospechoso” suplicaba por su vida, súplica que recogían en ese momento las llamadas de los vecinos alarmados por la situación al mismo sistema “911” que el vigilante vecinal habría importunado minutos antes.  Llamadas que en su momento recogieron también el sonido del balazo fatal.

Balazo fatal que no provino del “sospechoso”—un adolescente de raza negra, vestido de abrigo con capucha, cuyas únicas “armas” eran una bolsa de dulces y una botella de té helado que había comprado en un comercio cercano unos minutos antes—, sino del arma de su perseguidor.

¿Y qué necesidad hubo de hacer todo ese ejercicio de matanza?  Además de la creencia de que se traía algo malo entre manos, el vigilante vecinal habría creído que el “sospechoso” lo iba a atacar, por lo que habría actuado “en defensa propia”, porque tenía una “percepción razonable” de que su presa representaba un peligro que había que eliminar.  (O como se usara en otro contexto en este blog, una mera sospecha de que el muchacho no era lo que aparentaba ser.)

La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente “inferiores” y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.  Pero lo peor es que esa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la “percepción razonable”, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Por cierto, mientras buscaba en la Internet sobre el tema de la vigilancia vecinal encontré una lista de consejos sobre lo que deben hacer—y lo que no—las comunidades que quieran organizar sus grupos de vigilancia vecinal (publicada por el National Crime Prevention Council).  El último de los consejos en esa lista reitera a mayor detalle a lo que el vigilante vecinal en cuestión parece haber hecho caso omiso: que los grupos de vigilancia vecinal no son grupos de vigilantes y no deben asumir la función de la policía (nuevamente, énfasis mío), y que su deber es pedirle a los vecinos que estén alerta, en observación y que se preocupen los unos por los otros—y por supuesto, que informen de inmediato a la policía cualquier actividad sospechosa o criminal.


Soy Luis Daniel Beltrán… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

Entre marido y mujer…

English: Red Light District in Amsterdam
Red light district in Amsterdam - Image via Wikipedia

La verdad es que nada es sagrado—aunque en realidad, esa máxima ha sido la realidad de siempre, y seguirá siendo así por los siglos de los siglos.  Ahora todo lo pertinente a la intimidad de la familia y el hogar, hasta los “secretos de alcoba”, parecen ser el flanco por donde atacar al rival político o ideológico, cuando no se tienen argumentos de mayor valor para discutir, o cuando no se tiene la entereza de carácter para producirlos, o cuando no se busca más que el placer de hacer daño sin medir las consecuencias.

Si no es así, ¿cómo podría explicarse los incidentes recientes en los que la vida personal de dos figuras públicas—con las cuales debo aclarar que no comulgo ideológicamente, para que no se me ubique donde no estoy en realidad—ha sido utilizada como pieza de ataque?  Primero, se aprovechan las secuelas de una discusión de pareja que—por lo demás—no tuvo la trascendencia que hubiese tenido un acto de violencia conyugal o de género, para inutilizar políticamente a una figura opositora de importancia al punto de hacerlo renunciar a su aspiración a reemplazar a un alcalde que—también por lo demás—luce sólido en su posición.  Pero sin apenas conformarse con ese disparo, surge otra controversia por la visita de un candidato político (un candidato a la gobernación de Puerto Rico—of all people!) en momentos en los que era un secretario de gabinete (en el 2006), a una tienda de productos de naturaleza sexual en el noroeste de los EE.UU. (mientras estaba en gestiones oficiales, para colmo).  Visita que el implicado justificó después que había sido allí, y no a un club de bailarinas desnudistas (o en buen puertorriqueño, un club de “strippers”) que estaba en el segundo piso del mismo local, y que el propósito de la visita fue… esteeeeeeeeee… ay, me da “pachó” Ruborizado … para comprarle un “regalito” a su esposa.

(Y yo sé que hay dos o tres enfermit@s entre ustedes que todavía están tratando de averiguar cuál era ese “regalito”.  Por lo menos ni él ni su esposa lo han querido decir públicamente, y A MÍ NO ME INTERESA SABERLO.  ¿OK?)

Pero “pachós” aparte, lo que me ha estado preocupando desde que estos eventos trascendieron es lo que se está tratando de comunicar con los mismos a mi entender.  Tal vez signifique que cuando se quiere poner obstáculos a un candidato político opositor, todo parece ser una tarjeta válida, un blanco fácil—hasta la vida familiar de dicho candidato opositor.  Ahora parece que se quiere explotar la debilidad—real o percibida—de las relaciones familiares o conyugales.  Ahora las discusiones entre los miembros de la pareja—algo que ha existido, existe y existirá en todos los tiempos, en todas las parejas, aun las que se ven más estables (por favor, pellízquenme si creen que estoy tocando de oído en esto)—pueden ser objeto de acusaciones de falta de carácter del adversario.

Hasta la manera en la que esa pareja utiliza esa capacidad que todos los seres humanos—OK, por qué no hacerlo constar aquí, hasta quien les escribe—tienen de disfrutar el don de la sexualidad, puede ser objeto del ataque político más burdo.  ¿Y para qué?  ¿Para presentar al adversario como si fuera una persona con un problema de carácter, mientras que quien lanza el ataque se presenta a la vista del público como una criatura “santa” y “virtuosa”?

Francamente, eso me hace preguntarme cómo será la sexualidad de mucha de esa gente.  Me hace preguntarme si alguna de esas personas que tanto critican lo que haga “el otro” en su intimidad habrán visitado una tienda de artículos de naturaleza sexual, aunque sea “para curiosear”, para averiguar si es cierto lo que se dice que venden esas tiendas—se llamen “Condom World”, “Eden’s Secrets” o como se llamen.  Me hacen preguntarme si alguna de esas personas ha entrado en algún club de “strippers”, o si se ha sentado junto al escenario a disfrutar mientras la bailarina se mueve de manera cadenciosa y sensual al ritmo de una música movida, o qué haría si de momento esa bailarina se le acerca y empieza a hacer un “lap dance” en el que se roza rítmica y sugestivamente, mientras le colocan billetes de la denominación que sea en… ¡y entenderán que como buen caballero que soy no diré qué más puede acontecer después!

(OK, yo sé que con tanto detalle no me lo van a creer, pero sólo estoy imaginando lo que podría ser… Ángel)

Es más, me pregunto cómo se sentiría mucha de la gente que está recurriendo a una táctica como ésta para ganar ventaja política a costa de sus rivales, si se les empezara a cuestionar su propia sexualidad—porque como le escuché decir por la radio a una especialista sobre el tema, “todo el mundo tiene el derecho a disfrutar su sexualidad”, así que lo que es igual no es ventaja.  Ciertamente, lo primero que harían sería tratar de evadir el tema, quizás porque tienen su techo de cristal, o sus esqueletos en el clóset (como los de cierto senador que tanto se las daba de estar en contra de los homosexuales—tal vez para aparentar que odiaba tanto al pecado como al pecador—, y ya saben cómo fue que cayó en desgracia).  Tal vez (en el caso más exagerado) la mentalidad de estas personas incluya creencias tan absurdas como la de que no sólo es pecado que un hombre se acueste con una mujer que no es su esposa: ¡también es pecado que un hombre se acueste con su esposa!  (Y entonces, como hubiera dicho mi madre, ¿habrían nacido “de una mata de plátanos”?)

Para mí que debería ser hora ya de que se cuestionen cosas como éstas—especialmente que la misma prensa que se alimenta diariamente de “las sobras” que los políticos les tiran (ni que fueran perros), sea la que haga este cuestionamiento, a ver cómo les cae, a ver si les gusta eso, a ver si no es cierto aquello de que “entre marido y mujer, nadie se debe meter”.  Y mucho menos para jugar a la política.

Francamente, a mí me gustaría ver eso.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB