La “percepción razonable”, ¿es de queso y se come con melao?

Esta semana, mientras buscaba en la Internet información para uno de esos proyectos que tengo, de esos que puede que se den en mi futuro profesional y puede que no, me surgió una duda relacionada con una frase que a veces se usa bien o mal, pero que puede tener sus implicaciones.  Se trata de la percepción razonable.

Si les parece haber visto esa frase en este blog, es por que hace ya 2 años le dediqué una entrada.  Aunque tal vez en mi prisa por desarrollar el tema de esa entrada—el incidente en el que el adolescente de raza negra, Trayvon Martin, perdió la vida manos del “vigilante vecinal” George Zimmerman, blanco y de ascendencia hispana (del que este último se saliera con la suya) me dejé llevar por la ola y no exploré debidamente el significado de esa frase.  (Y si así fue, les pido su indulgencia, amigas y amigos, mi gente.)

A mi entender, por lo que he podido ver en las redes, la percepción razonable es un concepto que parece ser tan natural y tan aceptado como un@ cambiarse de ropa, como algo que se da por hecho.  Y leyendo la entrada anterior a la que me refería, así como otras variaciones sobre el mismo tema (como el caso del proyecto SB1070 de Arizona), me sigue dando la misma impresión.  Pero creo que no debería ser así, ante las consecuencias que puede tener el uso—correcto o indebido—de ese concepto.

Comoquiera, para tratar de acortar este cuento, tal vez sería apropiado dividir el concepto de percepción razonable en sus componentes principales.  Según el Diccionario de la Real Academia Española en su vigésimo segunda edición (2001), percepción es “acción y efecto de percibir”.  A su vez significa, percibir significa, entre otras cosas, “recibir por uno de los sentidos las imágenes, impresiones o sensaciones externas”, o como “comprender o conocer algo”.  Por su parte, razonable tiene varias definiciones, entre las cuales se destaca su sentido de “arreglado, justo, conforme a razón”.*

El significado de percepción razonable, no obstante, pudiera entenderse mejor (para los fines de lo que estoy escribiendo aquí) a través de un concepto legal que sí pude encontrar durante mi búsqueda, el de la persona razonable.  En el diccionario de términos legales de The Free Dictionary Online encontramos lo siguiente:

“A phrase frequently used in tort and criminal law to denote a hypothetical person in society who exercises average care, skill and judgment in conduct and who serves as a comparative standard for determining liability.”

Según esa definición, la persona razonable es este hipotético miembro de la sociedad que ejerce prudencia y buen juicio en su conducta, o sea, que actúa de manera conforme a la razón—por lo que dentro del contexto de esa definición, se suele tomar a esa persona hipotética como la norma para determinar responsabilidades en ciertas situaciones.

Y si vamos a ver, la existencia de esta persona hipotética es importante en muchos contextos.  Ejemplo de ello lo encontré apenas unos minutos antes de empezar a teclear estas líneas, en una (a mi juicio, excelente) página producida por el Secretariado de la Junta de Hacienda de Canadá (“Treasury Board of Canada Secretariat” o “Secrétariat du Conseil du Trésor du Canada”), en la que se discute la apariencia de conflictos de interés en el sector público de ese país.  De especial interés es la cita siguiente de dicha página:

“(A)n apparent conflict of interest need not be a major one: if it is reasonably perceived by a reasonably informed and reasonable person that there is a conflict of interest, the situation—in plain language—fails ‘the smell test’ and infringes the rules.”

O sea, que basta con que una persona razonable, que ejerce una conducta prudente y juiciosa en su sociedad, que basa sus actos y su conducta en la razón, cuyos sentidos obtienen información con la que se ayuda a formar una impresión, una opinión informada, pueda tener una impresión de que un servidor público está involucrado en un conflicto de intereses para determinar que una situación dada es incorrecta.  O como lo decía cierto antiguo comercial de salsa de tomates, “¡a tomates no huelen!”**

Así que en resumidas cuentas, para mí la percepción razonable viene siendo el entendimiento o comprensión que una persona razonable tiene sobre un asunto o situación particular.  (Por supuesto, si esto está bien o mal esbozado… por algo hay una caja para comentarios al final de cada entrada de este blog, así que ilústrenme en los comentarios de ésta si me equivoco.)  Aunque cabe pensar cuán razonable es esa percepción en casos como el de George Zimmerman o el de la iniciativa de corte anti inmigrantes de Arizona—y podríamos pensar que en ninguno de esos casos les asiste el uso de la razón, aunque eso dependerá de los insumos en los que se base la percepción en cada caso.  Pero así es la vida: cada ciego que toque la pata de un elefante pensará que está tocando el tronco de un árbol.  Eso sí, no quiero pensar en qué pasará cuando ese “tronco” empiece a moverse.

Y ya que entiendo que he podido librarme razonablemente de esta duda, ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y sean personas razonables.


* Otras fuentes consultadas, como el diccionario en inglés de Merriam-Webster, definen de manera similar ambos conceptos.  La definición de percepción sería más o menos así (con mi traducción al español): “la manera en la que usted piensa sobre o entiende alguien o algo”, o “la manera en la que usted nota o entiende algo mediante el uso de uno de sus sentidos”.  Por su parte, razonable según la misma fuente (también con mi traducción al español) será “estar de acuerdo con la razón” o “que tiene la facultad de juicio” o “que posee un juicio sólido”.

** Para quienes leen esto en otros países y se preguntan a qué ca…ramba se refiere X o Y cuando utiliza esa frase en alguno de los blogs puertorriqueños: La situación se da en el contexto de que se está comparando el revestimiento interior en las latas de la salsa de tomates objeto del comercial (OK, mejor lo digo: salsa de tomates Goya) con los de otras marcas de la competencia; lo que se implica es que la lata de la salsa de tomate del anuncio preserva mejor el olor del tomate que la de las marcas rivales.  El caso es que para dramatizar ese argumento, primero le ponen en la cara a la modelo una lata “ya usada” de la salsa de tomates del anuncio y su expresión es—”wait for it”—positiva.  Sin embargo, una vez le ponen en la cara las latas “usadas” de salsa de tomates de las otras marcas, el rostro de la modelo hace una expresión de disgusto controlado—que hubiera sido como para otorgarle el “premio de la academia” por la mejor actuación dramática en un comercial de salsa de tomates—y entonces hace el “delivery” de la archifamosa frase, “¡a tomates no huelen!”.  Aclarado queda.


LDB

Autor: Luis Daniel Beltrán

Planificador ambiental en Puerto Rico, con preparación de Maestría en Ciencias en Biología. (An M.S.-degreed Biologist working as a Licensed Professional Planner in Puerto Rico.)

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