¡Hola de nuevo, mi mundo!

¡Sí, aquí estoy de nuevo, amigas y amigos, mi gente!

La verdad es que no sé con qué empezar, pero tal vez sea con una disculpa por la ausencia tan prolongada.  Lo cierto es que esa ausencia se debió, en gran medida, a la atención que tuve que dedicarle a la salud de mi padre, especialmente desde que tuve que tomar la difícil decisión de llevarlo a un hogar de cuido, por no tener la manera de cuidarlo sin sacrificar mi vida en el proceso.  Y créanme, no fue nada fácil tomar esa decisión (como podrán recordar).  Pero no tuve más salida que ésa.

Y aún cuando me aseguré de elegir un hogar de cuido donde se le pudiera dar un mínimo de calidad de vida, hubo veces en las que yo me cuestionaba si había tomado la decisión correcta.  Cómo era posible que la salud de mi padre se hubiera deteriorado tan rápido, al punto en que yo tenía que sacarlo del ambiente que le debía ser conocido (aun cuando a veces él parecía no reconocer el lugar donde estaba, ni a su propia familia) y mudarlo a otro entorno, a un lugar en el cual me dieran el apoyo que no tenía (ni tengo, lamentablemente) para atenderlo, para cuidar de su salud, para ayudarle a vivir una vida digna en lo que le quedara de su paso por este valle de lágrimas.

Pero así fue como transcurrieron los primeros meses desde aquel verano de 2015 en el que envié mi padre al hogar de cuido.  Todo había transcurrido en tranquilidad hasta el día en que, aprovechando que una de las enfermeras del hogar que lo acompañaba tuvo que levantarse a buscar algún medicamento, él trató de levantarse del sillón en el que estaba sentado, con la mala suerte de que sus piernas se le debilitaron y cayó en el piso, de la cual quedó con una factura en la cadera izquierda.  Y ello había ocurrido casi a la caída de la noche, encontrándome de camino hacia mi casa.  Lo que significó correr con él en ambulancia para la sala de emergencias más cercana, a “romper noche” con él en lo que lo atendían y lo devolvían al hogar para ser enviado días más tarde al Hospital de Veteranos (por ser mi padre un veterano del conflicto de Corea) a que le repararan quirúrgicamente la cadera.

Pero esa reparación no se llevó a cabo, y la razón para ello estaba a punto de manifestarse.

Un par de meses más tarde, luego de regresar en ambulancia de una cita médica de seguimiento en Veteranos para la situación de la cadera y chequeo de salud, mi padre empezó a mostrar signos de dificultad para respirar y de dolor en el pecho.  Así que la misma ambulancia que lo llevó hasta el hogar de cuido tuvo que arrancar con él y llevarlo al hospital más cercano.  Otra vez a esperar y esperar horas muertas mientras los médicos de sala de emergencias determinaban la gravedad de la situación.

Pero lo peor estaba apenas por comenzar a ocurrir.  Durante la madrugada siguiente, mi padre había sufrido un fuerte infarto al miocardio (o como me lo describió el internista que lo atendió entonces, “un infartazo”, algo que él esperaría que le sucediera más pronto a alguien que tuvo una operación de desvío coronario quíntuple casi 21 años antes, como era el caso con mi padre—no en balde hubo que suspenderle la cirugía de la cadera, porque él no la hubiera podido aguantar).  Lo que significaba recluirlo en Cuidado Intensivo mientras se estabilizaba, y así estuvo por varios días, al menos hasta que lo mudaron a una habitación regular.  Y después, semanas y semanas de espera, hasta que él se hubiera estabilizado lo suficiente para darle de alta y poderlo regresar al hogar de cuido.

Por lo menos, hasta recibir pocos días después la llamada del hogar de cuido, de que mi padre se estaba poniendo muy mal y que había que correr con él otra vez para el hospital.  Y así fue el calvario de los 8 meses siguientes, un calvario que ni siquiera respetó la noche de Navidad del 2016.

Ésa fue la última vez que mi padre salió en ambulancia hacia el hospital.

Los días que siguieron no fueron nada agradables, habían perdido todo el carácter festivo de la época navideña.  Fue algo muy penoso para mí ver como la salud de mi padre se iba deteriorando, mientras él hacía esfuerzos por respirar más allá de la congestión que afectaba sus pulmones.

Y lo peor de todo era que yo no podía hacer nada por él.  Sólo podía verlo hacer esfuerzos para respirar, mientras parecía mirarme, suplicando que hiciera algo por él.  Cualquier cosa.  Lo que fuera.  Algo.

Así fue como lo dejé en una cama de hospital en Caguas, ese atardecer lluvioso de un viernes, 13 de enero de 2017.

Al día siguiente, fui al hospital a ver cómo mi padre había pasado la noche, pero sin hacerme mucha expectativa de que él la hubiera pasado bien.  Mi recuerdo es que al entrar a la habitación lucía como si alguien más hubiera sido asignado a la cama de mi padre, alguien envuelto en una manta y recostado sobre un costado.  Además, los artículos personales de mi padre no se encontraban sobre la mesa de servicio.  Ante la duda, sólo se me ocurrió decir por lo bajo, “¡Disculpe!” y salir de la habitación para preguntar en la estación de enfermeras.  Una vez pregunté allí por mi padre, si fue que lo mudaron a otra habitación o qué había ocurrido, me pidieron que esperara por la supervisora de enfermeras.

Fueron a lo sumo como 20 minutos de espera hasta que llegó la supervisora de enfermeras.  Y comenzó a explicar que durante la noche mi padre había sufrido una crisis cardiopulmonar y que se hicieron todos los esfuerzos posibles…

“… y falleció.”

Les juro que con esas 2 palabras, sentí que mi mundo se había detenido en ese momento, casi a las 2:30 pm (18 30 UTC) del 14 de enero de 2017.  Era el fin de 3 años que se me hicieron bien largos, de tener que hacerme cargo de la salud de mi padre por mi propia cuenta, sin apoyo de nadie—ni esposa ni hijos ni nietos propios, nadie.

Así las cosas, firmé el reporte del hospital, recogí las pertenencias de mi padre y partí devastado hacia mi casa, pensando en mi hermana y en cómo darle la terrible noticia.  Cómo hacerla venir desde el extranjero para acompañarnos mutuamente en un dolor hasta entonces solitario.  (Y que conste: no estoy echándole culpas a más nadie por haberme visto en esta situación; son cosas que nadie tiene la manera de verlas venir, y no creo que ella hubiera visto venir esto.)  Pero ya no había vuelta atrás.  Y ahora, tampoco la hay.

Y en esas estoy a la fecha de esta entrada.  Haciendo gestiones para mantener una casa que ahora está sola, mientras trato de recuperar la esencia de mi vida.  Cierto es que aún pasados 3 meses y medio del fallecimiento de mi padre, aún me asaltan los recuerdos de todo lo vivido en estos 3 años.  Las visitas al hogar de cuido, las hospitalizaciones, los malos ratos…  Y hasta ha habido veces en las que he tenido que mirar nuevamente el informe del hospital en el que se certifica la causa de la defunción como un paro cardiorrespiratorio, para recordar que mi padre ya no está más aquí, que ahora está junto a mi madre, en algún lugar donde no existe el dolor ni el sufrimiento.  Y que ahora lo que me queda es seguir mi camino.

Hasta dónde llegaré en ese camino… ¡sólo Dios lo sabe!  Lo que sí apreciaría es no tener que andar ese camino solo.  Espero que así sea.

En fin, ¡vamos a dejarlo ahí (porque la verdad es que aún estoy tratando de descifrar a qué mundo yo estoy regresando)!  Cuídense mucho, pórtense bien y sean personas razonables.

LDB

P.S.: ¡Gracias, @anaminsantiago1 (por si estás leyendo esto), por tu consejo de “sacarme el buche”!

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Autor: Luis Daniel Beltrán

Planificador ambiental en Puerto Rico, con preparación de Maestría en Ciencias en Biología. (An M.S.-degreed Biologist working as a Licensed Professional Planner in Puerto Rico.)

1 comentario en “¡Hola de nuevo, mi mundo!”

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