Reír con llanto, llorar con carcajadas

Robin-Williams

En esta etapa no hace falta decirlo, pero a mí también me tomó por sorpresa la muerte del genial comediante Robin McLaurin Williams el lunes pasado (11 de agosto de 2014), a los 63 años de edad.  Un ACTOR con mayúsculas, de esos que siempre tuvo—y aún tenía—tanto talento para dar.  Que como decimos en Puerto Rico, le podía sacar punta a una bola.  Que cuando menos un@ se lo esperaba, salía con una ocurrencia o hacía una imitación de algún famoso… ¡y había que reírse obligado!  Porque él tenía ese talento difícil de igualar.

Pero más me tomó por sorpresa que él se hubiera suicidado por ahorcamiento, a causa de una depresión con la que él lidiaba desde hacía mucho tiempo (y hasta lo había dejado saber en muchas entrevistas a lo largo de los años).  Depresión tal vez causada por los vicios que suelen tomarse de la mano con la fama (ustedes saben a qué me refiero)—y puede ser que hasta agravada por un reciente diagnóstico de enfermedad de Parkinson.

El caso es que según pasaba el tiempo y se conocía más de lo sucedido, me vino a la mente algo que yo había visto por primera vez, hace demasiado tiempo como para acordarme.

“Viendo a Garrick—actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirlo le decía:
‘Eres el más gracioso de la tierra,
y más feliz…’ y el cómico reía.

“Víctimas del spleen, los altos lores
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores,
y cambiaban su spleen en carcajadas.

“Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
‘Sufro—le dijo—, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

“‘Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte;
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única pasión la de la muerte.’

“—Viajad y os distraeréis.
—¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
—¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
—¡Si soy amado!
—Un título adquirid.
—¡Noble he nacido!

“—¿Pobre seréis quizá?
—Tengo riquezas.
—¿De lisonjas gustáis?
—¡Tantas escucho!
—¿Qué tenéis de familia?
—Mis tristezas.
—¿Vais a los cementerios?
—Mucho… mucho.

“—De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos:
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos, mis verdugos.

“Me deja—agrega el médico—perplejo
vuestro mal, y no debe acobardaros;
tomad hoy por receta este consejo
‘Sólo viendo a Garrick podréis curaros’.

“—¿A Garrick?
—Sí, a Garrick… La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa;
¡Tiene una gracia artística asombrosa!

“—¿Y a mí me hará reír?
—¡Ah! sí, os lo juro;
Él sí; nada más él; mas… ¿qué os inquieta?
—Así—dijo el enfermo—, no me curo:
¡Yo soy Garrick!… Cambiadme la receta.

“¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

“¡Ay!  ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora cuando el rostro ríe!

“Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.

“El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas.”

Reír Llorando, por Juan de Dios Peza (poeta mexicano, 1852–1910)

¿Coincidencia, tal vez?  ¡Qué se yo!  Tal vez Williams sufría del mismo “spleen” que el Garrick del poema del mexicano Juan de Dios Peza.*  Y si por lo menos una de las fuentes en las que busqué hoy está en lo correcto, el “spleen” al que Peza se refiere es mucho peor que la depresión o el “stress” (lo siento, nunca me acostumbraré a escribir “estrés”).  Es el hastío de la vida.  Es el cansancio de vivir, la pérdida de toda esperanza.  Es lo que en Puerto Rico llamaríamos vulgarmente (si me lo disculpan mis lectores/as fuera de Puerto Rico), estar “apesta’o” de la vida.

Es algo que vi antes—y aun hoy se me sale una lágrima cuando pienso en ese antes.

“Sea como sea, la noticia de que alguien a quien se conoce… ha optado por resolver los problemas angustiosos de su vida privándose de la misma, nos deja muy consternados.  Nos deja con la sensación de que… viven por dentro un infierno, una situación mental tan angustiosa que no las deja ver más allá.  Nos deja con una sensación de vacío, de que nos hará cada vez más falta, de que nuestro mundo dejó de ser el mismo ante su partida al más allá.

“Pero bueno, la vida continúa para l@s que quedamos atrás…”

Y lamentablemente, así tendrá que ser.  La vida continúa para el resto de nosotr@s, tal vez menos completa, sufriendo por el “spleen” que nos causa tanta guerra, tanta violencia, tanta mediocridad, tanta codicia y tanta corrupción.  O sea, que tendremos que seguir riendo con llanto, llorando con carcajadas.  Pero seguiremos viviendo, recordando siempre esto:

“Por más angustiosa que sea la situación por la que pasan nuestras vidas, ¡no debemos rendirnos NUNCA!”

¡Mil gracias y buen viaje, Robin McLaurin Williams!  ¡Hazlos reír a carcajadas, a dondequiera que hayas ido!

¡Que así sea!


* Valga aclarar que aunque el poema basa libremente—tal vez demasiado libremente—su trágico protagonista en la figura del actor teatral inglés David Garrick (1717–1779), este último, en realidad no nacido noble, no se dedicó únicamente a la comedia; de hecho, se le considera como uno de los mejores actores del teatro inglés del Siglo 18, si no el más destacado.


LDB

Anuncios

El día en el que la música y la magia se nos fueron

Muchos años después, yo recordaría aquella experiencia vivida durante “los setentas”, de ver a Cheo confesar su verdad en un anuncio de servicio público por televisión.  Ver cómo admitía haberse dejado seducir por las drogas.  Ver cómo se sinceraba al admitir que ello le había costado su libertad.  Ver cómo dijo que tuvo que dejar esa adicción: “romper en frío”.  Así, de cantazo.  Con todo el dolor que representa la abstinencia de la heroína y quién sabe qué otra sustancia más.  Con esa agonía, esas ganas de que todo se acabe pronto, que el suplicio termine ya.  ¡YA!  Para entonces admitir de todo corazón que no quería que eso le ocurriera a nadie más y entonces proclamar, “¡Detente!  ¡Ni una vida más para la droga!”*

(Por supuesto, de mi diario caminar por la vida, sé que una cosa es el llamado y otra muy distinta es el caso que se le haga.  Pero ya eso es otra historia.)

Pero esa sería una de muchas cosas que yo recordaría ese Jueves Santo.  Como el dueto que Cheo hizo con su compueblana, la diva (dicho en el mejor sentido que pueda tener esa palabra) ponceña Ednita Nazario, para otro anuncio televisivo de servicio público.**  Y digo lo que sigue sin que quede me nada por dentro: 2 de las mejores voces de Puerto Rico, unidas para exhortar mediante la canción a preocuparnos por nuestra gente, por quienes necesitan de nuestra mano para poder atender sus situaciones difíciles y salir a flote en la vida.  Tal vez todo lo que faltaba en medio de un anuncio hecho tan elegantemente y tan en serio, fuera que Cheo lanzara su grito característico de… “¡FAMILIA!”  Pero aun si así lo hubiera hecho, ello hasta se le hubiera aplaudido.

Y muchos años después, en la mañana de ese 17 de abril de 2014, en el que quedé atónito al leer en mi teléfono inteligente que José Luis Feliciano Vega… sí, ése mismo, Cheo Feliciano, había fallecido en un accidente vehicular ocurrido en el área sanjuanera de Cupey a eso de las 4:15 AM (08:15 UTC), a poca distancia de su residencia, se lo aplaudiría también.

La tachuela roja marca el lugar donde ocurrió el accidente vehicular en el que falleció el cantante José Luis "Cheo" Feliciano Vega el 17 de abril de 2014 a las 4:13 AM (0813 UTC). El lugar está a unos 100–200 metros del puente de la Avenida Ana G. Méndez (carretera PR-176) sobre el Río Piedras y a unos 600 metros más o menos de la Universidad Metropolitana (UMET).
La tachuela roja marca el lugar donde ocurrió el accidente vehicular en el que falleció el cantante José Luis “Cheo” Feliciano Vega el 17 de abril de 2014 a las 4:13 AM (0813 UTC). El lugar está a unos 100–200 metros del puente de la Avenida Ana G. Méndez (carretera PR-176) sobre el Río Piedras y a unos 600 metros más o menos de la Universidad Metropolitana (UMET).

Pero no, ése no era un momento para aplaudir.  Sobre todo porque la revelación era doblemente estremecedora para mí.  Primero, porque antes de que empezaran las obras de construcción “en los alrededores de la estación del del Tren Urbano en Cupey”, yo solía pasar por ese lugar todos los días laborables al salir de mi trabajo (o de camino hacia éste, si el tránsito no era el normal de los días de semana, cuando se formaban los molestos “tapones” a la entrada de la Universidad Metropolitana o UMET).  Peor aún: ¡yo había pasado por el mismo lugar 2 días antes, cuando los estudiantes de la UMET estaban de receso por Semana Santa (¿o sería el descanso post-Justas Interuniversitarias?) y el tránsito era liviano, para variar!  ¿Cómo yo podría imaginar que ese mismo lugar sería el escenario de una tragedia 2 días más tarde?

Pero lo segundo era más estremecedor.  No era ninguna broma pesada—algo impensable en un Jueves Santo (aunque uno nunca sabe).  Era la realidad que golpeaba duramente, como siempre lo hace, al saberse que Cheo había perdido el control de su auto y se había estrellado contra un poste del alumbrado eléctrico—y para colmo (y lo voy a decir aquí con el mayor respeto posible), ése no era el momento más adecuado para acordarse de tener abrochado el cinturón de seguridad antes de poner el vehículo en movimiento.  Y él no lo llevaba abrochado al momento del impacto.  Pero así son las cosas.

Y conforme lo confirmaban los medios que trabajaban ese día a pesar del asueto (y si alguien tiene alguna duda, vea lo que la periodista Sandra Rodríguez Cotto escribió de inmediato en su blog sobre la cobertura que hicieron los medios), esa realidad se hacía permanente, se grababa en piedra, y no había manera de evitarla.  Desde el príncipe hasta la cortesana, todo el mundo lo supo.  Hasta periódicos de la “distingancia” (¡de nada, doña Jacinta!) de The New York Times y el New York Daily News dedicarían notas a su deceso, notas en las que lo calificaban de elegante (o si lo prefieren en inglés, “debonair”), de icono, de leyenda de la salsa.

(Y si leyeron la entrada del blog de la señora Rodríguez Cotto mencionada en el párrafo anterior, se habrán dado cuenta de que el lugar del accidente prácticamente se convirtió en punto de peregrinaje para mucha de su fanaticada, una vez se dijo lo que allí ocurrió—y hasta de uno que otro encontronazo con las autoridades que estaban manejando la zona para no afectar su investigación.  Pero total, así es como comienza el culto a los grandes cuando nos dejan, digo, así es que me parece.)

Pero ésa no sería la única sorpresa que el destino tenía reservada para ese día.

Dos de mis obras favoritas de Gabriel García Márquez: 'Cien Años de Soledad' (1967) y 'Noticia de un Secuestro' (1996). Otra de mis obras favoritas de Gabriel García Márquez: 'El amor en los tiempos del cólera' (1985). Al lado, la versión cinematográfica de 2007 (dir. Mike Newell) en DVD.

“¡Y aquí se nos va otro!”, fue mi reacción al enterarme la misma tarde de que Gabriel José de la Concordia García Márquez, o mejor, el Gabo, el sinónimo del “realismo mágico”, había dejado de existir terrenalmente (y mientras escribo esto, no se ha establecido públicamente la causa del fallecimiento).  Y eso, que para mí no es común que 2 figuras públicas importantes terminen su estadía en este valle de lágrimas el mismo día.  (O por lo menos no desde el 25 de junio de 2009, cuando la actriz Farrah Fawcett había muerto en la mañana… sólo para verse opacada horas más tarde por la muerte del “rey del pop”, Michael Jackson—y nadie más acordarse de ella desde entonces (excepto quien quiera verlos mencionados en una entrada anterior).  Y gústele a quien le guste, esa es la verdad.  Pero como me lo dijo alguna vez un ex-compañero de trabajo, “no siempre se gana”.)

En ésas vinieron a mi mente recuerdos como el de mi primer encuentro con la literatura del Gabo, unos 30 y tantos casi 40 años antes, a través de la lectura del libro, Cien años de soledad (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1967).***  Aún recuerdo mi fascinación con ese mundo tan extraño pero interesante, con sus sueños, esperanzas y tragedias, con sus personajes tan reales como lo absurdo que de sus vidas—alguno de los cuales me serviría de pie forzado para criticar la conducta de otros personajes más reales, pero que se comportan de maneras igual de absurdas.  (Después de todo, ¿no se supone que a eso se refiere la frase de Pirandello que yo uso en el “tagline” de este blog?)

Siempre será parte de mí y de lo que soy esa fascinación con una comunidad como la de Macondo, que puede ser cualquier comunidad latinoamericana, en pleno proceso de vida, que nace, prospera, decae y muere.

O qué decir de El amor en los tiempos del cólera (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1985), con un Florentino que persiste en alcanzar el amor de Fermina (la mujer que siempre amó), o más bien, que busca mantener viva la llama de la esperanza.  Total, ¿no es eso lo que perseguimos tod@s?  ¿Mantener viva esa misma llama?  ¿Quién dice que no?

O qué tal ese encuentro con el estilo de crónica que ayudó al Gabo a llegar a donde lo llevó su fama, a través de la Noticia de un secuestro (New York: Penguin Books, 1996), sobre el secuestro de figuras públicas prominentes por los narcotraficantes que alguna vez creyeron tener a Colombia bajo su bota.  (Otro duro golpe de la realidad de nuestros tiempos, de la realidad de nuestra América.)  Y pensar que tuve ese encuentro después de la insistencia de otro ex-compañero de trabajo (aunque muchos años después nos reencontraríamos trabajando en el mismo edificio, para entidades medioambientales distintas) de que lo leyera.  De hecho, una revelación que tuve con ese libro fue la de descubrir que cada quien usa a Dios y la religión a su manera, como lo ilustra la manera en la que los sicarios se persignan y hacen sus ruegos, pero no por lo que lo harían quienes verdaderamente creen en la bondad, la misericordia y el amor por los semejantes.

Por supuesto, que a fin de cuentas tengo que darle las gracias a mi ex-colega y hoy vecino de edificio por la insistencia.

Pero sea como sea, lo que yo me llevaría como lección de la partida física de dos grandes, distintos en su lar nativo y en su emprendimiento de vida, es apreciar lo que cada uno aportó al género humano.  Desde la precisión del soneo de Cheo hasta la destreza con la que el Gabo manejó la palabra, desde la elegancia con la que Cheo entonaba melodías románticas como “Amada Mía” (compuesta por José Nogueras) hasta el arte del Gabo para convertir una situación por demás absurda en una imagen con la que evocar la fantasía, y ambos asumiendo su responsabilidad de expresar el sentir de sus pueblos respectivos, de sus ansiedades, de sus esperanzas.  Y ciertamente, ambos seguirán vivos, muy vivos, en los frutos de sus respectivos esfuerzos y en el corazón de toda una humanidad agradecida.

Y por eso hoy, yo también quiero darles las gracias, a ambos, a Cheo y al Gabo, porque siempre serán parte de lo que soy y porque gracias a ellos puedo seguir aspirando a un mundo mejor.

Mientras tanto, quiero tomarme la libertad de cerrar como Cheo lo haría, al final de su interpretación de “Los Entierros”, de su compadre, Catalino “Tite” Curet Alonso (1926–2003)**** (con quien seguramente se habrá reencontrado—y lo más seguro es que allá se debe haber empezado a formar tremendo rumbón):

¡Buen viaje, Cheo!  ¡Buen viaje, Gabo!

¡Buen viaje!


* Por si acaso: Se trata de una campaña que el periódico El Nuevo Día tuvo durante la década de 1970, bajo el lema, “¡Ni una vida más para la droga!”, para crear conciencia sobre el significativo—ya para entonces—problema en el que la adicción a drogas se estaba convirtiendo.  (La misma también tuvo otra ejecución en la que el testimonio era el de nuestra Voz Nacional, Lucecita Benítez, pero ya eso debe ser tema para otra entrada.)

** También por si acaso: Se trata de una campaña de la entidad-sin-fines-de-lucro, Fondos Unidos de Puerto Rico (la afiliada boricua de United Way), emitida—si mi recuerdo es correcto—a mediados de la década de 1980.  No sé si haya algún vídeo de este anuncio en YouTube (dudo mucho que del de la nota anterior haya alguno), aunque sería buena idea investigar eso.  Si lo encuentro, les dejaré saber.

*** Aquell@s de ustedes que no se quieran pasar el trabajo de leer la obra completa, les interesará la descripción de la obra en Wikipedia (en español).

**** OK, una nota más: Aquell@s de ustedes que no conocen la letra de esa canción, les recomiendo que la vean en el enlace en el texto.


LDB

No es el cuento

Torre de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, al atardecer. © Luis Daniel Beltrán-Burgos. Derechos reservados.
Torre de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, al atardecer. © Luis Daniel Beltrán-Burgos. Derechos reservados.

“¿Qué digo yo de mí?  ¿Cuál vida me improviso para ustedes?  ¿La del quíntuple que recita «El duelo de la cañada» o «El brindis del bohemio»?, ¿la del amante empedernido?, ¿la del jugador empedernido?

[…]

“¡El cuento no es el cuento!  ¡El cuento es quien lo cuenta!”

(Parlamentos citados de la cuarta escena de Quíntuples, por Luis Rafael Sánchez [Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1985].)

No hago más que citar las palabras del “irremediablemente bello” (según él se describe a sí mismo, que conste) «Mandrake Morrison» para mirar hacia atrás a una tarde a mediados de la década de 1980 (creo que fue en 1986), cuando tuve la oportunidad de ver una representación de los Quíntuples del escritor humacaeño Luis Rafael Sánchez en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.  Por entonces, la tarea de dar vida a estos personajes tan… ¿cómo lo digo?… tan complicados recayó en la actriz teatral y catedrática de “la iupi”, Idalia Pérez Garay, y en el excelente actor puertorriqueño Francisco “Paco” Prado* (que tras de la inesperada muerte de este último, años más tarde de aquella tarde, fue sustituido—también con gran éxito—por el también actor teatral y catedrático de “la iupi”, José Félix Gómez).  A Idalia le correspondía—y entiendo que le ha seguido correspondiendo en reposiciones ulteriores—interpretar a las tres féminas de esta progenie peculiar, mientras que a Paco (y ulteriormente a José Félix) le tocaron en suerte los dos varones, más el que lo habría hecho posible (¿me entienden?), “el divo” «Papá Morrison» (cuya escena es la sexta y última de la obra).

Había que ver con qué deleite y maestría se manejaba Paco por el escenario, navegando entre el patético «Baby Morrison», jaula en mano en eterna búsqueda de su gato «Gallo Pelón», el “irremediablemente bello” (¡y dale, que es tarde!) «Mandrake Morrison» y “el divo” «Papá Morrison».  Como si Sánchez hubiera escrito la obra pensando en él… aunque como Sánchez lo ha expresado en varias ocasiones desde entonces (por ejemplo, en este artículo de “En Rojo” de 2011 [en PDF], que encontré en la fuente en este enlace), la obra fue escrita pensando precisamente en Paco Prado.  Y aunque a su salida del escenario en aquella tarde, no bien pasados unos segundos después de pronunciar sus líneas sobre “el cuento” (precisamente las que cito arriba), se golpeó accidentalmente en el costado derecho con una pieza de utilería (y aún recuerdo el susto que pasamos quienes estuvimos presentes cuando eso sucedió), regresó ulteriormente como todo un PROFESIONAL para la última escena, para recordarnos al final—tanto él como su compañera de escena—lo que es verdaderamente el teatro, esa maroma de complicidad entre el público y los actores para crear una magia hermosa.  Y aún décadas más tarde, a mí me alegra haber sido parte de esa maroma de complicidad.

Por lo menos, la de esa tarde.

Pero a lo mejor ustedes—amigas y amigos, mi gente—se están preguntando a qué viene que yo saque del baúl esta experiencia personal.  (Además del siempre tan necesario desahogo, que conste.)  Pues bien, sucede que esto es lo que me viene a la mente cada vez que oigo tantos de esos cuentos con los que nos vienen a cada rato.

Francamente, hay veces que no estoy seguro de cuál es la “vida” que se está improvisando en esos cuentos.  La del optimista empedernido que nos dice que todo está bien, que se está “salvando” al país de una debacle económica, a pesar de que la realidad (la de que los inversionistas, principalmente los estadounidenses, siguen desconfiando de la capacidad puertorriqueña para cumplir con sus compromisos financieros) dice elocuentemente otra cosa.  O la del que quiere elevar el alma de los puertorriqueños hasta las estrellas, cuando la realidad es que la desilusión y el desengaño son más elocuentes—como la de la familia del niño que inocentemente se habrá dejado utilizar para la propaganda gubernamental de la “isla estrella”, para resultar después que esa misma familia ha tenido que emigrar a Orlando, Florida, en busca de un mejor futuro.  (Y que conste, aunque en una entrada anterior, yo me reafirmé que me quedo aquí para dar mi propia pelea, no le quito ni le añado a su derecho de irse a buscar un mejor futuro.  Total, tod@s tenemos necesidades que satisfacer.  Hasta el mismo Paco Prado tuvo que irse a buscar fortuna en “los niuyores”—¡con el agravante de que por allá le fue mejor que por acá!—, pero ya eso es otra historia.)  O la del que nos dice que está bajando la actividad delictiva en Puerto Rico, sólo para ver cómo decenas de vidas son terminadas de forma violenta (¡hasta 17 en un sólo fin de semana!) y entonces, en lo que luce más como una “perreta”, agarrar la juyilanga y dejarle el canto a alguien que pueda hacer un mejor trabajo.  (Digo, siempre y cuando se lo permita la cultura política que sólo ve la solución por la fuerza, en lugar de ir a las raíces del problema.)

Sí, son muchos cuentos.  Pero ése no es necesariamente el cuento.  Tal vez el [¡YA ESTÁ, NO VOY A REPETIR ESA FRASE AQUÍ!] «Mandrake Morrison» tiene la razón.  El cuento verdaderamente es quien lo cuenta.  Es y ha sido y será siempre el (la) mism@ cuenter@.  Que sea del PNP o del PPD da lo mismo.  Es quien parece vivir en una realidad paralela a la nuestra, en un universo paralelo al nuestro.  Un universo paralelo en el que el país se está salvando de años décadas de malos manejos económicos (de muchos de los cuales no se responsabilizan, ni tocándolos con una vara de 3 metros—o de 10 pies, lo que le dé la gana de que venga primero)’’; en el que la confianza de los inversionistas en la capacidad de recuperación económica de nuestro país nunca estuvo en duda (y quien diga lo contrario es un mentiroso, según esa mentalidad); en el que somos una “estrella” que puede aportar mucho al mundo, que hasta puede enseñar a jugar béisbol a los mismos que inventaron el “baseball”… sin que lo más talentoso de su gente se tenga que ir pa’ otro la’o en busca de suerte.

Son y han sido y serán l@s que pretenden crear una “magia hermosa” que esconda—y que l@s esconda de—la realidad que los demás vivimos a diario.  Son y han sido y serán l@s que pretenden crear una maroma de complicidad entre ell@s y nosotr@s, l@s espectadores/espectadoras que tenemos que aguantarle los cuentos que nos hacen cada día.  Y el precio que nosotr@s, l@s espectadores/espectadoras tenemos que pagar por esa maroma de complicidad se hace cada vez más costoso.

Ésa no es una maroma de complicidad de la que me alegre ser parte.  Pero gústele a quien le guste, ése es el cuento nuestro de siempre.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* NOTA A MÍ MISMO: Cuando tenga un “break”, me gustaría averiguar por qué ca…ramba en la sección de biografías de la Fundación Nacional para la Cultura Popular no se ha incluido una biografía de Francisco “Paco” Prado.  Sea por lo que sea (y espero que no sea por haber hecho su carrera artística en la ciudad de New York), a mí me parece que no se está siendo justo con un SEÑOR ACTOR—así, con mayúsculas—de su excelencia y calibre, que gústele a quien le guste, aportó grandemente a la cultura de nuestro país.  Así que si a quien le compete está leyendo esto y le cae su agüita… séquese primero y póngase en movimiento, ¿OK?)


LDB

Jugando con la vida y la muerte

English: Lady Justice
English: Lady Justice (Photo credit: Wikipedia)

Amigas y amigos, mi gente, hoy comienzo reiterando una cosa que siempre estoy diciendo: YO AMO LA VIDA.  Yo no tendría el valor para privar de la vida a ningún ser humano, ni a ninguna otra criatura viviente, aun aquéllas que se consideran como “plagas”, organismos “indeseables”, etc.  Es más, yo ni siquiera tendría razón alguna para privarme de la vida, especialmente en esos momentos en los que la proverbial luz al final del túnel no está visible.  Pero del mismo modo, yo no le reconozco autoridad a nadie, absolutamente a nadie, para disponer de mi vida sólo para satisfacer sus intereses.  Sea quien sea.  Sean los intereses que sean.  PUNTO.  Nada más que añadir.

(Y aquí debo abstenerme de decir que si no se ve la luz al final del túnel es porque algún sinvergüenza se robó el cobre de la línea eléctrica.  Pero… como que acabo de romper la coherencia de esta entrada, ¿no?)

Siendo eso así, no va conmigo el que una persona, por las razones que sean (¿ajuste de cuentas? ¿venganza? ¿sólo por placer?), se pare a la entrada de un local de entretenimiento nocturno a gritar, como si se creyese con autoridad para ello, que “de aquí no sale nadie con vida” y empiecen él y sus secuaces a disparar indiscriminadamente contra hombres y mujeres, con un saldo de ocho personas muertas, más un feto que recibió los plomazos en el vientre de su madre y no sobrevivió.  Pero eso fue lo que ocurrió la noche del 17 de octubre de 2009, en el local de entretenimiento “La Tómbola” en Toa Baja.  (Y si ustedes han estado siguiendo lo que escribo en estos casi 10 años, sabrán que mencioné de pasada esa tragedia cuando escribí esta entrada sobre la aparente codependencia entre la incidencia de crímenes violentos y las acciones—o inacciones—de las autoridades gubernamentales.)*

Pero tampoco va conmigo el que una autoridad, sea la que sea, por más razón que tenga para ello—sean de poder o de lo que sea—, busque “darle un escarmiento” a quienes matan indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños, sometiéndoles a probar el sabor amargo de la muerte.  Máxime cuando la Carta de Derechos de la Magna Carta puertorriqueña lo dice claramente:

Se reconoce como derecho fundamental del ser humano el derecho a la vida, a la libertad y al disfrute de la propiedad.  No existirá la pena de muerte.  Ninguna persona será privada de su libertad o propiedad sin el debido proceso de ley, ni se negará a persona alguna en Puerto Rico la igual protección de las leyes.…”

(Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico de 1952, Artículo II, Sección 7.  Como siempre, los énfasis fueron hechos con toda intención.)

Noten que la cita no dice algo así como “derecho fundamental del ser humano de algunos seres humanos” o “del ser humano de los seres humanos decentes” o “de los miembros de un grupo X de nuestra sociedad” (donde “grupo X” puede significar… casi cualquier cosa).  Dice que el derecho a la vida es un derecho del ser humano, sin excepción de raza, color, credo religioso (e incluso quienes no creen), estrato social, pertenencia a uno de los monstruos engendrados por la partidocracia.  Más claro no canta un gallo.  (OK, yo sé que dejé afuera intencionalmente que no se haga distinción de preferencia sexual en cuanto al derecho a la vida, ahora que el tema está en discusión en Puerto Rico, Estados Unidos y alrededor del mundo.  Pero creo que eso ya será tema para otra entrada.)

Ese ha sido el dilema que se ha visto en Puerto Rico por las pasadas 2 décadas, entre la afirmación explícita del derecho de todo ser humano a la vida, aun los seres humanos más despreciables que existen sobre la faz de la tierra, y el deseo—so color de autoridad—de imponer un castigo que pretende negar y anular esa afirmación.  Un dilema que surge cada cierto tiempo, cuando se determina que la posibilidad de aplicar la pena capital es viable, para entonces atenuarse cuando la afirmación del derecho a la vida prevalece, pero sólo hasta que venga una próxima oportunidad y el monstruo vuelva a levantar la cabeza.

Y esta vez, no fue la excepción (¡maldito sea el cliché!).  Y la fiscalía estadounidense en Puerto Rico determinó, como suele hacer, que el sospechoso que habían capturado las autoridades—quien había sido encarcelado en el ámbito estatal por más de una docena de asesinatos adicionales, sólo para que lo dejaran irse a “la libre” en poco tiempo—debía ser juzgado bajo la normativa estadounidense que autoriza la pena de muerte (específicamente, el Título VI de la Ley Pública 103-122 de 13 de septiembre de 1994, conocida como la Ley de Control de Crímenes Violentos y Cumplimiento de la Ley de 1994; vea una explicación de esa ley en Wikipedia), de así determinarlo un jurado.  Pero no en una simple determinación de “50% + 1” ni nada que “tendiera” o “se aproximara” a un 100%: debía ser una determinación unánime, del 100%, donde tod@s l@s deliberantes estuvieran de acuerdo en que la pena máxima debía aplicarse.

Determinación que no llegó a concretarse en este caso, sólo porque, según se dice, una miembro del jurado no quiso formar parte del coro.  No quiso entonar la misma canción trágica que, también según se dice, el resto del coro quiso obligarla a cantar.  ¿Y para qué obligarla a seguir la corriente?  ¿Para saciar así su propia sed de venganza?  ¿Porque tal vez una decisión unánime de aplicar la pena de muerte l@s hubiera hecho importantes, l@s hubiera validado ante la sociedad, l@s hubiera convertido en “héroes” ante los ojos de los demás?

Gústele a quien le guste, el derecho a la vida, aun la vida de la peor escoria producida por una sociedad enferma, una sociedad que arde en llamas mientras los que la rigen siguen enajenándose, fue lo que prevaleció.  Y el juez federal que vio el caso no tuvo más remedio que sentenciar al acusado a pasar el resto de su vida natural encerrado.

Por supuesto, ello debería darle a algunas personas la posibilidad de especular si un asesino como ése, privado de su libertad para el resto de su vida, tendrá la oportunidad de mirar hacia sí mismo, entender las consecuencias que le acarrearon sus actos y buscar la manera de enmendarse.  Digo, siempre existe esa oportunidad de enmienda y rehabilitación, y eso parece que ha sido bien aprovechada en algunos casos, como el que cité sobre Nathan Leopold en una entrada anterior y que nos lo recordó un par de días atrás una escritora que compartió con él durante los años que vivió en Puerto Rico, precisamente en un escrito sobre el mismo tema de la presente entrada.  Pero también debería darnos la oportunidad de mirarnos a nosotr@s mism@s, de ver qué es lo que realmente queremos.  De ver si nos dejamos dominar por lo que alguien más nos dice, bajo pretexto de autoridad, que debemos aceptar—aunque eso nos rebaje al nivel de las turbas de linchamiento que se habrían visto en otros tiempos y lugares—o si buscamos dar, no un escarmiento, sino una lección de que la vida es algo valioso, aun la de aquellos a quienes el impulso del momento nos dicta que no merecen compartir el mismo espacio vital que el resto del género humano.

Lamentablemente, ésta no creo que sea la última vez que Puerto Rico tendrá que enfrentar ese dilema.  Ciertamente no será la última vez que las autoridades federales en Puerto Rico traten de jugar con la vida y la muerte para imponer algo que contradice la tradición de una cultura que apoya el derecho a la vida, aun el derecho que tiene quien tal vez no se lo merezca.  Pero espero que tampoco será la última vez que el derecho a la vida sea el que tenga la última palabra.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Lamentablemente, el enlace a la nota del periódico Primera Hora a la que me refería en esa entrada apunta hoy hacia una página de “error 404”, lo que me parece que significa que la fuente original ya no está disponible públicamente.  De todos modos, aquí les dejo la referencia, para el récord histórico:

“Mortífera tómbola en Sabana Seca.”  Primera Hora, San Juan, P.R., 19 de octubre de 2009.


LDB

El cuento de los bobos

Illustration in a collection of Anderson's Fai...
Illustration in a collection of Anderson’s Fairy tales. (Photo credit: Wikipedia)

“-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

“… y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

“-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

“-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

“Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.”

(El traje nuevo del emperador (Keiserens nye Klæder), 1837, por Hans C. Andersen [1805–1875].  Vía Ciudad Seva.)

Dicen que la mentira tiene patas cortas y que por eso no puede llegar muy lejos.  Y como acabo de leer en una cadena de comentarios en algún foro en la red, eso tiene más o menos el mismo sentido que la frase española, “se agarra antes a un mentiroso que a un cojo”.

Por supuesto, para cuando estoy escribiendo esto, el cojo—por aquello de no dejarse postergar y ser la excepción que confirma la regla—está más o menos a tiro de piedra de que lo atrapen (aunque tiene a mi juicio mejor sentido que el que tiene el mentiroso).  Porque a quien se ha dedicado recientemente a estafar a funcionarios públicos, haciéndose pasar por un funcionario político de alto nivel, aún no lo han agarrado.

Y en un mundo en el que se maneja la mentira como si fuera moneda de curso legal, alguien se salió con las suyas en estos días.  Alguien que haciéndose pasar por un ex-legislador convertido hoy en día en secretario de asuntos públicos de la gobernación puertorriqueña actual, le estuvo pidiendo donativos a varias entidades públicas.  Las más notables entre éstas son la Universidad de Puerto Rico (y la verdad es que como universitario que me sigo sintiendo después de casi 3 décadas de haber obtenido mi Maestría en Biología, como que siento una vergüenza ajena; digo, la UPR, “of all people!”), a la cual le fajaron 3 cheques de US$50’000 cada uno, y la Administración de Compensaciones por Accidentes de Automóviles (ACAA).

Y ambas entidades de gobierno, entre otras cuántas, se dejaron estafar.

Francamente, yo no entiendo esto.  Entidades públicas que por manejar los dineros que cada medio abril les damos, yo diría que “a ciegas”, al rendir nuestras planillas de contribución sobre ingresos.  Que se supone que tengan mecanismos establecidos para controlar el desembolso de esos dineros (me vienen a la mente las auditorías).  Que se supone que no hagan ese tipo de operación “a ciegas”—mi madre hubiera dicho que “a tontas y locas”—, sin saber a quién le están confiando esos dineros.

Pero la verdad es que se dejaron engañar.  Se dejaron engañar por algún truhán o truhanes como los del cuento de Andersen, de esos que, como decimos en Puerto Rico, son capaces de venderle una nevera (refrigerador) a un esquimal.  De esos que se encuentran por todas partes, hasta cuando se levanta la tapa del zafacón (recipiente de basura) o de la alcantarilla.

¿Y entonces, qué hacer?  Tal vez seguir “dando cara” como el emperador del cuento, porque ya el daño está hecho y hay que seguir dando la apariencia de que nada ocurrió.  Mientras que seguramente el autor (o los autores) de la estafa tal vez se sentirán “intocables” (si partimos de que el cuento de Andersen no establece qué sucedió al final con los 2 bribones, más allá de haber sido condecorados y declarados como “tejedores reales”) y se estarán riendo de sus víctimas.  Víctimas que estarán tratando de hacer de todo para mantener lo que les quede de dignidad y tratar de recuperar los dineros que perdieron—aunque yo espero que no lleguen al extremo que plantean los “reporteros-estrellas” de El Ñame (aunque—si me disculpan por como suene esto—para mí eso sería tan drástico como eliminar a todo un perro para controlar un problema de pulgas o garrapatas o ambas).

Sea como sea, para mí lo importante es que hubo un engaño, que algún vividor (¿o más de uno?) se aprovechó y estafó a varias instituciones y entidades públicas, haciéndoles creer que les estaban vendiendo un traje nuevo, un traje que sólo la inocencia y la honestidad vieron que no existía.

Como lo hubiera dicho Facundo Cabral, “no hay manera de esconder semejante afrenta”.

Mientras tanto, la mentira sigue corriendo con sus patas cortas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB