El verano del descontento

A day without immigrants, May 1, 2006. Descrip...
A day without immigrants, May 1, 2006. Descriptions shall come later. (Photo credit: Wikipedia)

Cualquiera diría que las fuerzas supremas que rigen el universo se levantaron un día de este verano por el lado de la cama que está pegado a la pared—y créanme, no es muy agradable despertar así.  Que mientras el mundo se entretenía en Brasil viendo cómo 22 jugadores de bandos opuestos corrían de lado a lado dándole patadas a un balón, en un regio baile mundial que terminó cuando los alemanes le hicieron “flippenfläppenmuckenßpræden” a los argentinos (y por favor, no me pregunten qué significa la claje ‘e disparate que acabo de escribir), en varios lugares de ese mismo mundo había una olla de conflictos por hervir o en plena ebullición.

Tenemos un ejemplo bastante gráfico en el nuevo conflicto entre los israelíes y los palestinos de Gaza—uno de tantos conflictos entre ambos bandos que se remontan a los “good old days” del Antiguo Testamento bíblico—, supuestamente desatado tras el secuestro y asesinato de 3 adolescentes israelíes y el supuesto secuestro y asesinato de un joven palestino en represalia.  Un conflicto en el que cada bando tiene su parte de responsabilidad, en el que cada bando trata de defender lo que entiende es suyo.

Y lamentablemente, un conflicto en el que la respuesta de cada bando no guarda ni la más mínima simetría.  Cohetes palestinos que pocas veces alcanzan su objetivo, ante las astutas defensas israelíes.  Cohetes israelíes que supuestamente alcanzan su objetivo en Gaza… o al menos, eso es lo que se le quiere hacer creer al resto del mundo.

El saldo hasta el momento refleja esa asimetría.  Una gran cantidad de víctimas civiles en el lado palestino, frente a sólo 2 ó 3 civiles del lado israelí (más un par de decenas de militares—pero en Tel Aviv dirán que “eso no es ná’, ellos son reemplazables”).  Hombres, mujeres y niños.  Más o menos un millar de víctimas palestinas en el momento en el que escribo esto.  Víctimas en una cacería de terroristas en la que todo se vale.  Bombardear escuelas, hospitales, balnearios playeros, hasta los refugios administrados por la Organización de las Naciones Unidas (la misma que para ambos bandos es buena cuando les conviene).  Y todo, porque los israelíes alegan que los palestinos de Gaza ocultan sus lanzadores de cohetes en esos mismos lugares, y utilizan a su propia gente como escudos humanos.

Pero déjenme decir algo: tan mal está el que se esconde detrás de gente inocente para atacar y hacer daño a otros, como el que mata o manda a matar a esa misma gente inocente para evitar que “nazcan” los futuros terroristas—y después se lava las manos como Pilatos y trata de manipular la opinión mundial para que ésta acepte su historia como “la realidad”.

Pero ¡ay! de quien trate de descorrer el velo que oculta la otra cara de esa realidad por estar “en el lugar correcto en el momento correcto”, como lo sabe de primera mano el periodista de la NBC estadounidense que tuvo que sufrir una represalia de sus jefes tras ser testigo de primera mano del bombardeo de una playa en la que apenas unos minutos antes había jugado con unos niños que más tarde se convertirían en víctimas.  (Digo, ¿no es para eso que existen los periodistas, para ser testigos de aquello de lo que se hace la historia de la humanidad?)  Y aunque el medio para el que trabaja lo llegó a remover de esa asignación “por su seguridad”—para reemplazarlo con otro periodista de mayor estelaridad cuya “seguridad” debía preocupar igual—, la molestia con dicha decisión ha permitido que él siga ahí, mostrando las cosas desde otra perspectiva.   La de quienes dicen no tener nada que ver con los cohetes que se lanzan contra Israel, la de las ciudades y villas de Gaza destrozadas por una guerra que no parece tener más sentido que el de los viejos odios de antaño, una guerra en la que hay hombres, mujeres, y sobre todo, niños que llevan la peor parte.

Y ya que hablamos de niños que llevan la peor parte, no hay más que mirar un poco más de cerca, al influjo creciente de menores centroamericanos que cruzan la frontera de los Estados Unidos de México con los Estados Unidos de América.  Como todas aquellas masas hacinadas de inmigrantes desamparados y azotados por la tempestad a las que le cantaba la poetisa estadounidense Emma Lazarus (1849–1887) en “The New Colossus”,* llegan buscando respirar en libertad, buscando aquello que llaman “the American dream”.  Y por todo el riesgo que corren sus vidas en el intento, todo lo que encuentran es un sistema de control fronterizo estadounidense que hace lo que puede por atenderlos, a veces más allá de su propia capacidad.

Eso, y los efectos de la ignorancia, el odio y la intolerancia, con los que se han rechazado los vehículos que los tratan de llevar a las facilidades donde se les debía dar el cuido que la más elemental humanidad exige.  Sentimientos que muchos estadounidenses, lamentablemente, lucen como si fuera una medalla de honor, como si eso los hiciera superiores al resto de los seres humanos.  Sentimientos que son alimentados por ideologías que descuentan a quienes no son “iguales” que quienes las impulsan y las propagan, y mucho menos que quienes caen en la trampa de seguirles sin cuestionar esas ideologías.  (Y ésa es la misma gente capaz de esperar a que culmine la administración del presidente Barack H. Obama en enero de 2017—y haya un nuevo presidente—para diz que “residenciarlo”, de tanto que los ciega el odio contra “el otro”.)

Lo malo del caso es que ese odio y esa intolerancia no permiten ver con claridad—mucho menos entender—la(s) razón (razones) por la(s) que tantos niñ@s centroamerican@s se ven obligados a abandonar sus países para hacer ese arriesgado y peligroso viaje hacia el norte.  En particular la violencia generada por las pandillas juveniles en muchos de esos países centroamericanos.  (De paso, aprovecho para recomendarles este informe del 2009 sobre la violencia juvenil y las “maras” y pandillas en El Salvador, especialmente las páginas 6–15, en las que se presenta el marco conceptual del estudio—una excelente descripción que tal vez nos ayude entender un poco mejor ese problema… y quizás en el proceso podamos ver cuán retratados estamos en esa realidad, nos guste o no.)  O la violencia ocasionada por el tráfico de drogas provenientes de la América del Sur, a través de los mismos países centroamericanos, para satisfacer una necesidad de consumo en los propios EE.UU.de A.—o sea, un caso de “oferta y demanda” como cualquier otro, como lo plantea una entrada reciente en el blog “Two Weeks Notice”.  Pero no, tal vez entender eso sea un esfuerzo sobrehumano para las “mentes”—si se les puede llamar así—de aquellas personas para las cuales la ignorancia es su savia, lo que les da la vida.

No me sorprendería que ése sea el mismo caso entre israelíes y palestinos, que desde tiempo inmemorial no pueden entenderse los unos a los otros, no se pueden ver las caras los unos a los otros, y están cegados por su propio odio y su propia intolerancia.

¡Quién sabe!  Tal vez si se acabara con ese odio, con esa intolerancia, con esa ignorancia que te hace levantarte un día y decidir que quieres atacar la casa de tu vecino para liquidarlo a él y a su familia y “prevenir” que éstos te ataquen, o decidir que no le vas a permitir la entrada a tu casa a alguien de otro lugar que esté huyendo de una situación problemática en su propia casa, porque es “diferente” a ti, se podría evitar muchos de los conflictos que han plagado a la humanidad.  Cuántos esfuerzos no se han hecho para acabar con los conflictos alrededor del mundo, principalmente por quienes aún quieren ser optimistas, por quienes no pierden la fe en la discusión sosegada de los asuntos, quienes quieren buscar las causas de los problemas, en lugar de dar palos a diestro y siniestro como “disuasivo”.

Pero como dije al principio, parece que esta vez, las fuerzas supremas que rigen el universo se levantaron un día de este verano de muy mal humor.  Tal vez debería ser tiempo de que esa rabieta se les pase pronto.  O por lo menos, debemos aspirar a que esa rabieta se les calme.  Cuanto antes, mejor.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y sean personas razonables.


* Cortesía del traductor de Google (con alguna ayudita de mi parte), ésta es la cita del poema de Emma Lazarus a la que hago referencia:

“Dame tus cansados​​, tus pobres,
Tus masas hacinadas anhelando respirar en libertad,
El desamparado desecho de tus rebosantes playas.
Envía estos, los desamparados, azotados por la tempestad, a mí:
Levanto mi lámpara junto a la puerta dorada.”


LDB

Me pareció haber escuchado un eco

Shutdown button MouseHover.
Shutdown button MouseHover. (Photo credit: Wikipedia)

La verdad es que hay que ser temerario.  Hay que ser tan capaz de sacrificar las piezas de un juego sólo por mostrarle al mundo que se está ganando una batalla.  Sólo por hacer ver que eso es lo que quieren los combatientes—ya sea que esa expresión de “satisfacción del deber cumplido” sea sincera o un simple desliz mental.

Sea como sea, eso es lo que estoy viendo, ahora que el gobierno de la que se hace llamar “la nación más poderosa del mundo” está de cierre.  Sí, amigas y amigos, mi gente.  El gobierno de los Estados Unidos de América está de cierre (“shutdown”, en el idioma en el que alguna gente en algunos bastiones pudientes de Puerto Rico pretenden que muchos de nosotr@s hablemos, ¡aunque ni ell@s mism@s lo sepan hablar bien!).  Y los empleados del gobierno federal, particularmente los que no desempeñan funciones esenciales e imprescindibles para la nación estadounidense, están de receso.  Un receso durante el cual no pueden cumplir con sus responsabilidades económicas ni atender “como Dios manda” las necesidades de sus familias.  Y esas familias se deben estar viendo en estos momentos en la disyuntiva de no saber si se podrá pagar la hipoteca de la casa este mes, o llevar a los niños a la escuela o a los infantes al cuido, o darles una alimentación digna, o comprar los medicamentos “de mantenimiento” si padecen condiciones de salud que les seguirán hasta la tumba.

Y todo eso, por la maldita temeridad.  Por la temeridad de bandos políticos que no tienen la madurez, ni la fuerza de carácter que se requiere para atender situaciones tan graves como ésta.  Bandos cuya única razón de ser es acumular puntos con sus huestes.  Ya sean republicanos de esos que harían de todo por sacar de carrera a un presidente “otro” (y entenderán por qué lo escribo como lo ven aquí) al que nunca quisieron—y para lo cual, de todos modos, ya se les está haciendo un poquito tarde, a menos que lo quieran hacer el mes antes de las elecciones federales de 2016—o los demócratas encabezados por el presidente Barack H. Obama, empeñados en imponer lo más cercano a una cobertura de salud universal (cariñosamente llamada “Obamacare”) a como dé lugar, son bandos a los que no les importa sacrificar a los demás, siempre y cuando no les toque a ell@s compartir ese sacrificio con los demás—dicho eso con una cara “de lechuga”, así de fresca.

¿Les suena conocido todo lo anterior?  Por supuesto que debería.  Primero, porque en Puerto Rico pasamos por una situación similar en mayo de 2006.  Y esa situación ha sido sacada del baúl de los recuerdos por muchos de los medios puertorriqueños, como para que no se nos olvide que las cosas siempre podrían ser peores, como para enfatizar que en todos lados se cuecen habichuelas.  Que allá tal como aquí, la rencilla partidista está tan metida en el debate público, que no le importa tomar rehenes en aras de un triunfo sobre “los otros”, en aras de ser vistos como “los héroes”, los que salvaron al mundo de su propia destrucción.

(Es más, quien esté interesad@ vaya al archivo de mayo de 2006 y vea todo lo que escribí entonces sobre el tema.)

Y segundo, porque ya vimos lo que pasó cuando hubo una amenaza similar hace un par de años.  Justo cuando se discutía elevar el límite de la deuda gubernamental estadounidense, bajo pena de quedar como un mala paga (o en “buen” puertorriqueño, incurrir en un “default”) llegado el momento.  Aunque por lo menos, en ese momento se logró evitar el cierre del gobierno federal, esta vez no se pudo correr igual suerte.

Es más, aunque l@s acabo de referir al enlace, permítanme abrir mi baúl por un momento y decirlo de nuevo (yo creo que vale la pena repetirlo tanto como pueda—aunque sea actualizando la referencia de tiempo):

“Obviamente, cada quién tiene que arrimar la brasa a su sardina, cada quién tiene su derecho a defender los intereses que más le convenga defender. Pero en el proceso, los hoy debatientes se podrían llevar enredados a quienes menos interés tienen de oír el chisme de barrio en el que toda la discusión se ha vuelto, y más interés tienen de que se gobierne de manera justa y honrada.

“Y tanto yo como ésos que se verán afectados… nos preguntamos: ¿habrá alguna manera de que pueda lograrse un acuerdo en cuanto a la limitación de la deuda pública estadounidense? Como en el caso que me afectó (a mí, entre otros) [en el 2006], parecería que los que están manejando el tema no lo están haciendo con la debida capacidad; más bien, lo que despliegan es un ansia de protagonismo, de querer aparecer como ‘héroes’ en una guerra en la que hay salvar al mundo de las ‘hordas asesinas’ que amenazan con destruirlo.

[…]

“Y en un caso y el otro, me sale hacer la misma pregunta: toda esta gente, ¿no se estará dando cuenta de las consecuencias que sus acciones les podrían acarrear a los demás, a los mismos ciudadanos y ciudadanas a los que se comprometieron a servir desde sus cargos de importancia? (Digo, a menos que el compromiso hubiese sido a servirse de esos mismos ciudadanos y ciudadanas…) Yo creo que a estos funcionarios públicos estadounidenses, eso ni les viene ni les va. Lo único que les importa es ver quien es el más astuto, quién es el que puede aguantar más el fragor de la batalla y ‘triunfar’ sobre ‘el enemigo’.”

Y lo mismo que no vimos que ocurriera en 2011 es lo que estamos viendo ocurrir un par de años después.  Si antes se pudo contener la temeridad de los bandos y evitar que la sangre llegara al río, ya hoy vemos que no se pudo hacer.  Ahora, la gente en los Estados Unidos tendrá que aprender lo que es depender de una claque política—repartida entre dos bandos principales, a cual de los dos más partidista—a la que no parece importarle que los demás se vayan por el abismo para abajo, sólo para quedar decepcionada por las consecuencias de esa dependencia.

Por supuesto, que los estadounidenses aprendan de esta lección, una vez salgan de esta crisis, ya eso será otra cosa—y eso es lo mismo allá, tal como aquí.

¡Así que vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


ACTUALIZACIÓN (17 DE OCTUBRE DE 2013): Por qué será que no me sorprende que al filo de la medianoche del 16 para el 17 de octubre, los actores principales de esta comedia decidieran que ya era suficiente.  Ya se decidió que el gobierno federal se mantuviera abierto por otros 90 días y a la vez se pudo evitar que el mismo gobierno quedará como un mal apaga.  Pero no importa cuántos esfuerzos haga cada uno de los actores por quedar como “héroe”, el hecho es que habrá que volver a lo mismo, y que volverá a reinar la incertidumbre.  Y entonces, ¿qué se ha ganado con ello?


LDB

¿Qué tal si cortamos el hijo y le damos una mitad a cada madre?

King Solomon, Russian icon from first quarter ...
King Solomon, Russian icon from first quarter of 18th cen. (Photo credit: Wikipedia)

Y ahora resulta que el vigilante vecinal salió bien parado.  Ahora resulta que se puede disparar a matar, “en defensa propia”, a un adolescente armado de una bolsita de dulces y una lata de té helado, y eso queda impune.

Pues sí, yo también estoy asombrado con lo que ocurrió el sábado 13 de julio de 2013 en Sanford, Florida (EE.UU.), al final del proceso judicial generado por los trágicos eventos a los que dediqué una entrada en su momento.  En esa fecha, un jurado compuesto por seis mujeres determinó que George Zimmerman—a quien me refería cuando escribí que “según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un ‘vigilante vecinal’”—no era culpable de lo que también describí entonces como

“… la muerte—algun@s dirán, ‘el asesinato’—de un adolescente dentro de una comunidad ‘cerrada’, de esas comunidades con ‘acceso controlado’ que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que [exactamente dos años y dos días a la fecha de la entrada en cuestión] escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser)…”

Y ciertamente, la muerte de Trayvon Martin—el adolescente de 17 años que andaba “armado” únicamente con una bolsita de dulces y una lata de té helado que había comprado en una tienda unos minutos antes—dentro de una comunidad “cerrada” supuestamente segura, quedó validada por medio de ese veredicto de las seis jurados.

Y con ello quedan validados el “rush” de adrenalina que Zimmerman sentiría al ver un “sospechoso” que merodeaba por su comunidad; el juicio previo que lo llevó a especular que por ser negro y por andar vestido de abrigo (remera) con capucha y llevar las manos en los bolsillos, “el cabrón ése” el muchacho no se traía nada bueno entre manos; el menosprecio a la cautela que debe tener una operación de vigilancia vecinal, de no asumir funciones policiales (y mientras escribo la de hoy, cotejo que la página que cito al final de esa entrada y que contiene esa cautela todavía está ahí—es cuestión de leer y entender); la desconsideración para con los operadores de emergencia “911”, que ya deben estar cansados de que que los importunen con comentarios de que el sospechoso no se traía nada bueno entre manos, y que—por mucho—tienen mejores cosas que hacer que estarle aconsejando que no ejerza como lo que no es y se vaya detrás del “sospechoso”; la confrontación física con el “sospechoso”; el uso de un arma de fuego oculta contra el “sospechoso”; matar de un balazo al “sospechoso”… cualquiera que sea “el sospechoso”.

Y la verdad es que la forma en la que se manejó todo el proceso ha dejado un mar de dudas.  Un ministerio público que creía tener un caso sólido contra el vigilante vecinal (incluidas algunas pruebas que, alegadamente, no le dejaron presentar, como la grabación con el comentario malsonante de que el muchacho no se traía nada bueno entre manos); una defensa que—aparte de algunos destellos de arrogancia y reto a la autoridad e intentos de caer en gracia—aprovechó hábilmente las debilidades del caso del ministerio público; testigos no presenciales (porque lamentablemente, no pareció haber alguien que hubiera visto exactamente lo que pasó esa noche—y no estamos hablando aquí del asesinato de un chamaquito tecato en un caserío de los de aquí, porque por defecto o “default”, ahí nadie vio nada ni oyó nada) cuyos relatos pueden ser puestos “patas arriba” ante el más mínimo escrutinio.

E incluso dos madres que reclaman que su hijo respectivo es el que grita pidiendo auxilio en los segundos conducentes al desenlace trágico, al escuchar la misma grabación de la llamada al “911” de una vecina cercana al lugar donde el mismo estaba por ocurrir.*  Eso sí que me dejó perplejo.  ¿Cómo es que dos mujeres completamente diferentes digan que la voz en la grabación es la de su hijo?  Una de las dos tenía que estar mintiendo ante el tribunal—algo que debería saber que acarrea consecuencias legales graves.  Pero entonces, ¿qué gana una madre con mentir de esa manera en un tribunal sobre su hijo?  Peor aún: lo que pienso que debe ser la respuesta no me agrada en lo absoluto.

Es más: esto me hace preguntarme qué hubiera sucedido si el Rey Salomón de tiempos del Antiguo Testamento hubiera presidido este juicio.  Además de que no hubiera habido un jurado “que dañara la cosa”, creo que tal vez Salomón hubiera propuesto cortar a Zimmerman en dos mitades y darle una mitad a cada madre, aunque no creo que ninguna de las dos—especialmente la madre del occiso Trayvon Martin (“¡vizne Jesús!”)—hubiera estado muy a gusto con una cosa como esa.**  Pero bueno, soñar no cuesta nada…

Pero lo peor es que lo que yo anticipaba la última vez que escribí sobre este tema se está dando nuevamente.

“La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente ‘inferiores’ y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.…  [E]sa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la ‘percepción razonable’, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

“Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).”

Y si alguien quería prueba adicional de que así se está viviendo hoy en día, solamente hay que considerar la molestia que sintieron algunos atorrantes (y por lo pronto, esa es la palabra que les cae) cuando Marquito Muñiz, el que fuera esposo de Juanita “from the block” López (a quienes ya vimos en acción aquí, acá y acullá), tuvo la “osadía” de cantar “God Bless America” en las ceremonias previas al Juego de Estrellas del Béisbol de Grandes Ligas, edición de 2013.  Y muchos de esos atorrantes estaban empeñados en querer “deportarlo” de vuelta a su país de origen—por supuesto, a menos que el gobierno federal estadounidense tenga un acuerdo de extradición con… ¡Manhattan!

Y para que conste: ni Marquito Muñiz ni Juanita “from the block” López son santos de mi devoción (por si algun@ de ustedes no se había dado cuenta de por qué no me refiero a ellos como Marc Anthony y Jennifer López, respectivamente; y sí, Muñiz es el apellido de pila de Marquito).  Sin embargo, tratar de manera hostil a Marquito por atreverse a tocar con su voz y su innegable estilo uno de los principales símbolos patrios estadounidenses, me parece que es injusto y que pone en evidencia lo que es la gente con la mentalidad que describí en la segunda cita arriba.

Y tal vez, mientras prevalezca la gente con esa clase de mentalidad en la sociedad estadounidense—y ¿por qué no?, en nuestra propia sociedad puertorriqueña (como expuse en el ítem número 3 de las “sacadas de dedo” que nos hacen a diario)—, tendremos más envalentonamientos, más confrontaciones innecesarias, más tragedias.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Aquí tengo que hacer una salvedad: cuando escribí la entrada del año pasado sobre el caso, lo que se decía del mismo en ese momento implicaba que el pedido de auxilio que se escuchaba en la grabación era de parte del adolescente ulteriormente occiso.  Sin embargo, al no haber testigos presenciales del incidente, se creó durante el juicio la duda de que hubiera sido ésa la voz que se escuchó, en lugar de la del victimario, a quien aparentemente la víctima estaba golpeando contra el pavimento.  Así que pido que me disculpen si juzgué la situación de manera incorrecta, a la luz de lo que se ha dicho desde entonces.

** Por si acaso, me estoy refiriendo al relato bíblico en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 3, versos 16–28 (La Biblia, versión “Dios Habla Hoy”, CELAM, 1983).


LDB

La maldad nunca llegará a la meta

¡No otra vez!  Aquí vamos nuevamente.  Otro incidente que se suma a la lista.  Otro incidente que nos recuerda la fragilidad de la vida, y cómo hay quien por la razón que sea (o las razones que sean) se entretiene jugando con ese don preciado que tienen los demás.

Para abonar al estado incómodo en el que ya se encontraba el mundo después de los trágicos actos criminales del 11 de septiembre de 2001—que para mí, son y seguirán siendo algo más que un acto de terrorismo—, dos explosivos de fabricación casera estallaron cerca de la meta de la carrera Maratón de Boston el lunes 15 de abril de 2013, cuando ya habían pasado más de 4 horas desde el inicio de la carrera de 42 kilómetros (26.2 millas) y alrededor de 2 horas desde que el primer corredor llegara a la meta (sólo para que ese logro quedara opacado por la tragedia que no lo llegó a tocar).  Y no eran precisamente petarditos de los que se escuchan a menudo en las fiestas de Navidad y Año Viejo: fueron aparatos explosivos creados con detonantes y materiales sueltos como clavos, balines de los que se disparan con rifles de aire comprimido, bolas de las que se usan en las cajas de bolas con las que tanto mecánico trabaja de día en día, etc., empacados dentro de una olla de presión.  Y no con el propósito de causar un simple susto, sino con el propósito de matar, herir, mutilar gente, tanto la gente inocente que nada tiene que ver como los servidores de primera respuesta.  En otras palabras, causar el mayor daño a vidas humanas que una mente enferma pueda concebir.

Probablemente, esto fue lo primero que a muchos nos vino a la mente (World Trade Center visto desde el observatorio del Empire State Building, New York, NY, julio de 1984).

Tal vez eso fue lo primero que a muchos nos vino a la mente.  El recuerdo de una tragedia como nunca se había vivido en el mundo.  Y aunque no se pueden comparar el precio humano de una y otra tragedia, las 3 muertes resultantes de lo del lunes pasado no dejan de ser demasiado: una joven y alegre madre y esposa de 29 años de edad, una joven estudiante china que buscaba labrarse su futuro a través de la educación universitaria (en una ciudad famosa por sus centros educativos de gran reputación académica) y un alegre y sonriente niño de 8 años de edad.  OK, vamos de nuevo: un alegre y sonriente niño de 8 años de edad.  Y tanto ese niño como las 2 adultas, el único “pecado” que cometieron fue estar “en el lugar equivocado y en el momento equivocado”: presenciando la llegada de una carrera de maratón como lo haría cualquiera de nosotr@s—como cuando nos paramos a los lados de la calle para ver pasar a los corredores en el Maratón Internacional San Blas en Coamo, o en el “World’s Best 10-K” en el Puente Teodoro Moscoso, o aun en el Maratón Internacional Modesto Carrión aquí en mi pueblo de Juncos.  (O aun en los eventos de pista de las Justas de la Liga Atlética Interuniversitaria que apenas se celebraron el fin de semana en el que escribo esta entrada.)  Y mientras todos esos corredores y corredoras van en busca de alcanzar la meta, como prueba de su capacidad física, de su resistencia, de su tesón y disposición a alcanzar ese lugar tan deseado, nosotros nos colocamos a los lados de la calle para verlos pasar, para alentarlos a seguir hacia adelante, para darles fuerzas, para darles ánimo—aun si el cuerpo del o de la atleta le empieza a decir que ya basta, que ya no puede más.

Pero parece que hay quien o quienes no ven las cosas de esa manera.  Que su único interés es vengar algún tipo de agravio, real o imaginario, en la figura de lo que algunas personas llaman “el gran satán”.  Eso pareció funcionar para los homicidas del 11 de septiembre de 2001 en New York, Washington (D.C.) y Shanksville (PA).  Y a alguien se le ocurrió que le podía funcionar igual: agarrar desprevenida a la gente, en medio de la celebración de un feriado local (el “día de los patriotas” que se celebra localmente en Boston—y que “por casualidad” coincidió este año con nuestra efeméride del natalicio de don José de Diego… aparte de darnos un día adicional para el plazo de radicación de “la dolorosa” planilla de impuestos, que se vencía al día siguiente) y causar el mayor saldo de víctimas que fuera posible, para humillar a toda una nación, pa’ que respeten, pa’ que sepan quién manda en este mundo, pa’ vengar… ¡lo que sea que haya que vengar!

Interesantemente, quienes así pensaron (yo no llamaría a eso “pensar”, pero ya para qué…) estaban conscientes de las consecuencias que su acción habría de provocar en los demás… pero no contaron con las consecuencias que les venían para encima.  Consecuencias que se empezaron a producir apenas 3 días después (más rápido que lo que se pensaba en un principio), cuando gracias a los desarrollos tecnológicos recientes (que estarán con nosotros para bien o para mal) se pudo identificar a 2 sospechosos: una pareja de hermanos varones, de ascendencia de una de las repúblicas que formaban lo que hasta el otro día se llamaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de cabezas cubiertas con gorras como las de los deportistas (“pa’l fronte”, como dicen en la calle), cada uno de los cuales llevaba una mochila (“backpack”) que se notaba “algo pesadita”, caminando de manera sospechosa entre el público (repito, “pa’l fronte”).

Así que no quede duda: el “hermano mayor” sí está observando.  Y esa capacidad de observar llevó al desenlace del hermano mayor—y esta vez me refiero al mayor de los 2 sospechosos—, al caer abatido por las autoridades entre el jueves 18 y el viernes 19, luego de que ambos sospechosos mataran (según se les atribuye) a un agente policial del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y robaran violentamente un vehículo de motor.  Y horas después llevó al desenlace del hermano menor, al ser detenido estando escondido en un bote estacionado en una residencia, luego de una intensa cacería humana que mantuvo en vilo a toda una ciudad.

Al momento en el que escribo esta entrada, el detenido no había podido contestar las preguntas de las autoridades sobre los hechos.  Y ciertamente sería interesante saber el por qué colocar 2 bombas en medio de una celebración pública.  En medio de una celebración de sentido patriótico para los estadounidenses, particularmente los bostonianos.

¿Qué pretendían ambos hermanos lograr?  ¿Acaso los Estados Unidos, que se dice que es su patria adoptiva, había cometido algún tipo de agravio que requerían que se les reparara?  ¿Por qué escoger esta fecha, de gran valor para los bostonianos?  ¿Querían humillar, en su propio suelo, a quienes tal vez les estaban dando una mano de ayuda que ni se merecían?

¿Por qué causar muertes, heridas y mutilaciones?  Ciertamente, el hermano menor del sospechoso ya muerto tendrá que enfrentar cara a cara la realidad de que murieron 2 mujeres y un niño de apenas 8 años de edad, además de que sus acciones dejaron cientos de espectadores que quedaron mutilados por todos esos clavos, balines, bolas metálicas y demás.  Y todo ello porque también estuvieron “en el lugar equivocado y en el momento equivocado”.  Algunas de estas víctimas perdieron sus piernas o sus brazos.  Y el sospechoso sobreviviente tendrá que darle la cara a esas víctimas; ya no es hora de esconderse o acobardarse.

¿Y por qué lo hicieron?  ¿Sería por la emoción de matar a alguien (“for the thrill of it”), como supuestamente habrían confesado en su momento los autores del “crimen del siglo”, Leopold y Loeb?  ¿O sería que alguien los envió a librar una “guerra santa” contra “el gran satán”?  ¿Creerían que con esa acción, ellos podrían alcanzar su meta?

Eso sí suena irónico: ambos sospechosos querían lograr su propia meta… ¡de no dejar que otros alcanzaran la meta!  Habrá que ver lo que se produzca próximamente.

Por lo pronto, vaya desde aquí mi más profunda pena y mi mayor solidaridad con la gente de Boston, y con ella mis mayores deseos de que puedan volverse a poner de pie cuanto antes, sabiendo que la maldad nunca le ganó la carrera a la ciudad de Boston, que la maldad nunca llegó a la meta.

Soy yo, con mi camiseta de los Medias Rojas de Boston.

¡Que así sea!  ¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB