Haz lo que yo digo, NO lo que yo hago: Edición “Fuego y Azufre”

OK, pellízquenme los brazos si lo he mencionado anteriormente en este blog.  Pero casi 4 décadas después recuerdo el comentario que me hizo una compañera de estudios en la actual Universidad de Puerto Rico en Humacao, mientras esperábamos el inicio de una clase en el programa de Biología Marina.  La joven, cuyo nombre ya no puedo recordar (aunque sí recuerdo que era del vecino pueblo de Gurabo), pero que era miembro de una iglesia cristiana protestante (hasta donde yo tenía conocimiento), me contaba sobre una situación en la que se había visto un pastor evangélico de su comunidad, en la que enfrentaba algún cargo por un incidente violento, creo que contra una menor de edad.  Puede que yo no recuerde mucho de lo que ella comentó, pero ella hizo un señalamiento que desde entonces llevo grabado en mi cabeza:

“Algunos que dicen ser cristianos son hasta peores que el mismísimo demonio.”

(Y ahora que me doy cuenta, por lo menos en una ocasión mencioné esta anécdota en el blog.  OK, ya está bueno, ¡dejen de pellizcarme, que eso duele!  ¡AAAYYY! Llorón )

Reloj

(OK, mis brazos ya están bien, puedo seguir escribiendo.)

Pues bien, hoy fue una de esas veces en las que me acordé de las palabras de la compañera universitaria de entonces, al ver en mi cuenta de Twitter una noticia en particular.  Una noticia que, queramos o no, nos lleva al trágico evento ocurrido el 12 de junio de 2016, cuando un individuo presuntamente influido por la ideología radical musulmana—la misma que, a mi entender, no es representación fiel de las buenas personas que practican esa religión, y que es detrás de lo que se esconden pandillas de asesinos, como la que se hace llamar “Estado Islámico de Irak y Siria” (o “de Irak y el Levante”) (y sí, eso es ese grupo, y como tal hay que llamarlo, como una pandilla de asesinos que no merece ninguna legitimidad en lo absoluto, ni religiosa ni política)—asesinó a 49 personas—23 de las cuales eran puertorriqueñas—en la discoteca “Pulse” de Orlando, Florida (antes de ser abatido por las fuerzas policiales).  Cuarenta y nueve personas que salieron a divertirse ese sábado por la noche, como cualquiera de nosotr@s lo haría—pero sin pensar que esa diversión acabaría costándoles la vida.

Y no pasaron 4 días desde el trágico suceso, cuando a una persona identificada como pastor evangélico de una localidad en el vecino estado de Georgia se le ocurrió colocar la siguiente expresión en su cuenta de Twitter:

“Been through so much with these Jacksonville Homosexuals that I don’t see none of them as victims. I see them as getting what they deserve!!”

¡Todo porque el escenario de la matanza era un club nocturno frecuentado por—o cuyas actividades están dirigidas a—homosexuales!    (Además de que equivocó el nombre de la ciudad, porque Jacksonville está al norte de Orlando, casi en la colindancia estatal con Georgia.)  Es más, voy a volver a la misma entrada de mi blog que cité hace un momento, porque creo que lo siguiente le cae como anillo al dedo, a éste y a muchos otros a quienes el sayo le cae perfectamente:

“Yo me cuestiono cómo… el dirigente de una congregación religiosa, la clase de persona que debe predicar el amor al prójimo, la paz, la buena voluntad para con los demás seres humanos—sean cristianos, judíos, budistas o musulmanes… sean blancos, negros, hispanos, orientales o nativo americanos… sean heterosexuales, homosexuales, transgenéricos, etc.—, sea la misma persona que predique el odio contra un grupo en particular por su implicación en unos hechos tan nefastos…  ¿… será de los ciegos que se ufanan de algo así como… ‘mi religión/mi Dios/es mejor que tu religión/tu(s) dios(es)’?”

Pero, ¿qué tal si echamos este otro ingrediente en la olla, a ver la clase de guiso que resulta?

“Puede ser que muchos de los que son rápidos para juzgar y para condenar las ‘fallas’ de los demás—pero lentos para perdonar a quienes cometen esas ‘fallas’, lentos para solidarizarse con el ser humano que habita dentro de eso que llamamos ‘pecador (o pecadora)’—queden retratados en una afirmación como la que cito….”*

[…]

“Si alguno de es@s que mencioné arriba viene a decirme que habla de parte de Dios… lo siento mucho por ell@s, pero no se los voy a creer.  Tal vez porque sus corazones encierran otra cosa, porque guardan otro sentir que no es consecuente con la prédica de la paz y el amor, con el ideal de ayudar a quienes sufren, a quienes lloran, a quienes necesitan de nuestro apoyo y solidaridad.  Tal vez porque en realidad, son fieles a otro amo, que no es a quienes tanto dicen ser fieles.”

(* La afirmación a la que me refiero está en: Evangelio según San Lucas, capítulo 16, versos 13–15; citado de la versión Dios Habla Hoy.  México, D.F.: Sociedades Bíblicas Unidas, 1983.)

Pues bien, parece que mi entonces compañera de estudios y yo tenemos razón, muchos años después.

Según esta nota publicada por el portal noticioso Fusion, el mismo pastor evangélico de Georgia que dijo que las 49 víctimas de una ira asesina—y repito, incluidas 23 víctimas puertorriqueñas—recibieron “su merecido” por ser lo que cierto ex-presidente del Senado boricua llamaría “torcidos”, fue arrestado este fin de semana por cargos de acoso sexual simple y agravado, en la persona de un menor de 16 años miembro de su congregación, en hechos ocurridos hacia el año 2010.

¿Alguien tiene una explicación RACIONAL para esto?  Una explicación de por qué una persona que está llamada a predicar la paz, el amor, y más que nada, el perdón de nuestras fallas como seres humanos, busca satisfacer a escondidas los impulsos carnales que tanto le critica y condena a otr@s.  ¡Así cualquiera!  De un lado, condenando los impulsos carnales que—según él—llevaron a los 49 de “Pulse” a recibir el “castigo de Dios”, mientras que del otro lado, cediendo a esos mismos impulsos carnales.

Tal vez le cae perfectamente ajustado el sayo del que sirve a los 2 amos.

Tal vez conviene repasar algo que escribí anteriormente sobre las personas no heterosexuales (o sea, homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y transgénero), las mujeres víctimas de violencia de género y los inmigrantes ilegales:

“Y estos tres sectores, entre tantos sectores marginados de nuestra sociedad, acabarán como objeto de la ignorancia, el odio y la ira de gente a la que describí en una ocasión anterior como ‘quienes creen ser mejores hijos de Dios que los demás’, como ‘personas bañadas de «rectitud» de arriba para abajo’—sin dar precisamente los mejores ejemplos de esa rectitud que tanto ostentan.  Y acabarán pagando los platos rotos de quienes no se atreverían a enfrentarse a un simple reto que los ponga en evidencia, a ver si demuestran los valores que tanto le exigen tener a los demás.”

Y lamentablemente, tanto al asesino de la discoteca “Pulse” como al pastor evangélico que quiso pasar por más santo que Dios, les cae perfectamente ese sayo.

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho, pórtense bien y sean personas razonables.

Soy Luis Daniel Beltrán… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

El verano del descontento

A day without immigrants, May 1, 2006. Descrip...
A day without immigrants, May 1, 2006. Descriptions shall come later. (Photo credit: Wikipedia)

Cualquiera diría que las fuerzas supremas que rigen el universo se levantaron un día de este verano por el lado de la cama que está pegado a la pared—y créanme, no es muy agradable despertar así.  Que mientras el mundo se entretenía en Brasil viendo cómo 22 jugadores de bandos opuestos corrían de lado a lado dándole patadas a un balón, en un regio baile mundial que terminó cuando los alemanes le hicieron “flippenfläppenmuckenßpræden” a los argentinos (y por favor, no me pregunten qué significa la claje ‘e disparate que acabo de escribir), en varios lugares de ese mismo mundo había una olla de conflictos por hervir o en plena ebullición.

Tenemos un ejemplo bastante gráfico en el nuevo conflicto entre los israelíes y los palestinos de Gaza—uno de tantos conflictos entre ambos bandos que se remontan a los “good old days” del Antiguo Testamento bíblico—, supuestamente desatado tras el secuestro y asesinato de 3 adolescentes israelíes y el supuesto secuestro y asesinato de un joven palestino en represalia.  Un conflicto en el que cada bando tiene su parte de responsabilidad, en el que cada bando trata de defender lo que entiende es suyo.

Y lamentablemente, un conflicto en el que la respuesta de cada bando no guarda ni la más mínima simetría.  Cohetes palestinos que pocas veces alcanzan su objetivo, ante las astutas defensas israelíes.  Cohetes israelíes que supuestamente alcanzan su objetivo en Gaza… o al menos, eso es lo que se le quiere hacer creer al resto del mundo.

El saldo hasta el momento refleja esa asimetría.  Una gran cantidad de víctimas civiles en el lado palestino, frente a sólo 2 ó 3 civiles del lado israelí (más un par de decenas de militares—pero en Tel Aviv dirán que “eso no es ná’, ellos son reemplazables”).  Hombres, mujeres y niños.  Más o menos un millar de víctimas palestinas en el momento en el que escribo esto.  Víctimas en una cacería de terroristas en la que todo se vale.  Bombardear escuelas, hospitales, balnearios playeros, hasta los refugios administrados por la Organización de las Naciones Unidas (la misma que para ambos bandos es buena cuando les conviene).  Y todo, porque los israelíes alegan que los palestinos de Gaza ocultan sus lanzadores de cohetes en esos mismos lugares, y utilizan a su propia gente como escudos humanos.

Pero déjenme decir algo: tan mal está el que se esconde detrás de gente inocente para atacar y hacer daño a otros, como el que mata o manda a matar a esa misma gente inocente para evitar que “nazcan” los futuros terroristas—y después se lava las manos como Pilatos y trata de manipular la opinión mundial para que ésta acepte su historia como “la realidad”.

Pero ¡ay! de quien trate de descorrer el velo que oculta la otra cara de esa realidad por estar “en el lugar correcto en el momento correcto”, como lo sabe de primera mano el periodista de la NBC estadounidense que tuvo que sufrir una represalia de sus jefes tras ser testigo de primera mano del bombardeo de una playa en la que apenas unos minutos antes había jugado con unos niños que más tarde se convertirían en víctimas.  (Digo, ¿no es para eso que existen los periodistas, para ser testigos de aquello de lo que se hace la historia de la humanidad?)  Y aunque el medio para el que trabaja lo llegó a remover de esa asignación “por su seguridad”—para reemplazarlo con otro periodista de mayor estelaridad cuya “seguridad” debía preocupar igual—, la molestia con dicha decisión ha permitido que él siga ahí, mostrando las cosas desde otra perspectiva.   La de quienes dicen no tener nada que ver con los cohetes que se lanzan contra Israel, la de las ciudades y villas de Gaza destrozadas por una guerra que no parece tener más sentido que el de los viejos odios de antaño, una guerra en la que hay hombres, mujeres, y sobre todo, niños que llevan la peor parte.

Y ya que hablamos de niños que llevan la peor parte, no hay más que mirar un poco más de cerca, al influjo creciente de menores centroamericanos que cruzan la frontera de los Estados Unidos de México con los Estados Unidos de América.  Como todas aquellas masas hacinadas de inmigrantes desamparados y azotados por la tempestad a las que le cantaba la poetisa estadounidense Emma Lazarus (1849–1887) en “The New Colossus”,* llegan buscando respirar en libertad, buscando aquello que llaman “the American dream”.  Y por todo el riesgo que corren sus vidas en el intento, todo lo que encuentran es un sistema de control fronterizo estadounidense que hace lo que puede por atenderlos, a veces más allá de su propia capacidad.

Eso, y los efectos de la ignorancia, el odio y la intolerancia, con los que se han rechazado los vehículos que los tratan de llevar a las facilidades donde se les debía dar el cuido que la más elemental humanidad exige.  Sentimientos que muchos estadounidenses, lamentablemente, lucen como si fuera una medalla de honor, como si eso los hiciera superiores al resto de los seres humanos.  Sentimientos que son alimentados por ideologías que descuentan a quienes no son “iguales” que quienes las impulsan y las propagan, y mucho menos que quienes caen en la trampa de seguirles sin cuestionar esas ideologías.  (Y ésa es la misma gente capaz de esperar a que culmine la administración del presidente Barack H. Obama en enero de 2017—y haya un nuevo presidente—para diz que “residenciarlo”, de tanto que los ciega el odio contra “el otro”.)

Lo malo del caso es que ese odio y esa intolerancia no permiten ver con claridad—mucho menos entender—la(s) razón (razones) por la(s) que tantos niñ@s centroamerican@s se ven obligados a abandonar sus países para hacer ese arriesgado y peligroso viaje hacia el norte.  En particular la violencia generada por las pandillas juveniles en muchos de esos países centroamericanos.  (De paso, aprovecho para recomendarles este informe del 2009 sobre la violencia juvenil y las “maras” y pandillas en El Salvador, especialmente las páginas 6–15, en las que se presenta el marco conceptual del estudio—una excelente descripción que tal vez nos ayude entender un poco mejor ese problema… y quizás en el proceso podamos ver cuán retratados estamos en esa realidad, nos guste o no.)  O la violencia ocasionada por el tráfico de drogas provenientes de la América del Sur, a través de los mismos países centroamericanos, para satisfacer una necesidad de consumo en los propios EE.UU.de A.—o sea, un caso de “oferta y demanda” como cualquier otro, como lo plantea una entrada reciente en el blog “Two Weeks Notice”.  Pero no, tal vez entender eso sea un esfuerzo sobrehumano para las “mentes”—si se les puede llamar así—de aquellas personas para las cuales la ignorancia es su savia, lo que les da la vida.

No me sorprendería que ése sea el mismo caso entre israelíes y palestinos, que desde tiempo inmemorial no pueden entenderse los unos a los otros, no se pueden ver las caras los unos a los otros, y están cegados por su propio odio y su propia intolerancia.

¡Quién sabe!  Tal vez si se acabara con ese odio, con esa intolerancia, con esa ignorancia que te hace levantarte un día y decidir que quieres atacar la casa de tu vecino para liquidarlo a él y a su familia y “prevenir” que éstos te ataquen, o decidir que no le vas a permitir la entrada a tu casa a alguien de otro lugar que esté huyendo de una situación problemática en su propia casa, porque es “diferente” a ti, se podría evitar muchos de los conflictos que han plagado a la humanidad.  Cuántos esfuerzos no se han hecho para acabar con los conflictos alrededor del mundo, principalmente por quienes aún quieren ser optimistas, por quienes no pierden la fe en la discusión sosegada de los asuntos, quienes quieren buscar las causas de los problemas, en lugar de dar palos a diestro y siniestro como “disuasivo”.

Pero como dije al principio, parece que esta vez, las fuerzas supremas que rigen el universo se levantaron un día de este verano de muy mal humor.  Tal vez debería ser tiempo de que esa rabieta se les pase pronto.  O por lo menos, debemos aspirar a que esa rabieta se les calme.  Cuanto antes, mejor.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y sean personas razonables.


* Cortesía del traductor de Google (con alguna ayudita de mi parte), ésta es la cita del poema de Emma Lazarus a la que hago referencia:

“Dame tus cansados​​, tus pobres,
Tus masas hacinadas anhelando respirar en libertad,
El desamparado desecho de tus rebosantes playas.
Envía estos, los desamparados, azotados por la tempestad, a mí:
Levanto mi lámpara junto a la puerta dorada.”


LDB

El día en el que la música y la magia se nos fueron

Muchos años después, yo recordaría aquella experiencia vivida durante “los setentas”, de ver a Cheo confesar su verdad en un anuncio de servicio público por televisión.  Ver cómo admitía haberse dejado seducir por las drogas.  Ver cómo se sinceraba al admitir que ello le había costado su libertad.  Ver cómo dijo que tuvo que dejar esa adicción: “romper en frío”.  Así, de cantazo.  Con todo el dolor que representa la abstinencia de la heroína y quién sabe qué otra sustancia más.  Con esa agonía, esas ganas de que todo se acabe pronto, que el suplicio termine ya.  ¡YA!  Para entonces admitir de todo corazón que no quería que eso le ocurriera a nadie más y entonces proclamar, “¡Detente!  ¡Ni una vida más para la droga!”*

(Por supuesto, de mi diario caminar por la vida, sé que una cosa es el llamado y otra muy distinta es el caso que se le haga.  Pero ya eso es otra historia.)

Pero esa sería una de muchas cosas que yo recordaría ese Jueves Santo.  Como el dueto que Cheo hizo con su compueblana, la diva (dicho en el mejor sentido que pueda tener esa palabra) ponceña Ednita Nazario, para otro anuncio televisivo de servicio público.**  Y digo lo que sigue sin que quede me nada por dentro: 2 de las mejores voces de Puerto Rico, unidas para exhortar mediante la canción a preocuparnos por nuestra gente, por quienes necesitan de nuestra mano para poder atender sus situaciones difíciles y salir a flote en la vida.  Tal vez todo lo que faltaba en medio de un anuncio hecho tan elegantemente y tan en serio, fuera que Cheo lanzara su grito característico de… “¡FAMILIA!”  Pero aun si así lo hubiera hecho, ello hasta se le hubiera aplaudido.

Y muchos años después, en la mañana de ese 17 de abril de 2014, en el que quedé atónito al leer en mi teléfono inteligente que José Luis Feliciano Vega… sí, ése mismo, Cheo Feliciano, había fallecido en un accidente vehicular ocurrido en el área sanjuanera de Cupey a eso de las 4:15 AM (08:15 UTC), a poca distancia de su residencia, se lo aplaudiría también.

La tachuela roja marca el lugar donde ocurrió el accidente vehicular en el que falleció el cantante José Luis "Cheo" Feliciano Vega el 17 de abril de 2014 a las 4:13 AM (0813 UTC). El lugar está a unos 100–200 metros del puente de la Avenida Ana G. Méndez (carretera PR-176) sobre el Río Piedras y a unos 600 metros más o menos de la Universidad Metropolitana (UMET).
La tachuela roja marca el lugar donde ocurrió el accidente vehicular en el que falleció el cantante José Luis “Cheo” Feliciano Vega el 17 de abril de 2014 a las 4:13 AM (0813 UTC). El lugar está a unos 100–200 metros del puente de la Avenida Ana G. Méndez (carretera PR-176) sobre el Río Piedras y a unos 600 metros más o menos de la Universidad Metropolitana (UMET).

Pero no, ése no era un momento para aplaudir.  Sobre todo porque la revelación era doblemente estremecedora para mí.  Primero, porque antes de que empezaran las obras de construcción “en los alrededores de la estación del del Tren Urbano en Cupey”, yo solía pasar por ese lugar todos los días laborables al salir de mi trabajo (o de camino hacia éste, si el tránsito no era el normal de los días de semana, cuando se formaban los molestos “tapones” a la entrada de la Universidad Metropolitana o UMET).  Peor aún: ¡yo había pasado por el mismo lugar 2 días antes, cuando los estudiantes de la UMET estaban de receso por Semana Santa (¿o sería el descanso post-Justas Interuniversitarias?) y el tránsito era liviano, para variar!  ¿Cómo yo podría imaginar que ese mismo lugar sería el escenario de una tragedia 2 días más tarde?

Pero lo segundo era más estremecedor.  No era ninguna broma pesada—algo impensable en un Jueves Santo (aunque uno nunca sabe).  Era la realidad que golpeaba duramente, como siempre lo hace, al saberse que Cheo había perdido el control de su auto y se había estrellado contra un poste del alumbrado eléctrico—y para colmo (y lo voy a decir aquí con el mayor respeto posible), ése no era el momento más adecuado para acordarse de tener abrochado el cinturón de seguridad antes de poner el vehículo en movimiento.  Y él no lo llevaba abrochado al momento del impacto.  Pero así son las cosas.

Y conforme lo confirmaban los medios que trabajaban ese día a pesar del asueto (y si alguien tiene alguna duda, vea lo que la periodista Sandra Rodríguez Cotto escribió de inmediato en su blog sobre la cobertura que hicieron los medios), esa realidad se hacía permanente, se grababa en piedra, y no había manera de evitarla.  Desde el príncipe hasta la cortesana, todo el mundo lo supo.  Hasta periódicos de la “distingancia” (¡de nada, doña Jacinta!) de The New York Times y el New York Daily News dedicarían notas a su deceso, notas en las que lo calificaban de elegante (o si lo prefieren en inglés, “debonair”), de icono, de leyenda de la salsa.

(Y si leyeron la entrada del blog de la señora Rodríguez Cotto mencionada en el párrafo anterior, se habrán dado cuenta de que el lugar del accidente prácticamente se convirtió en punto de peregrinaje para mucha de su fanaticada, una vez se dijo lo que allí ocurrió—y hasta de uno que otro encontronazo con las autoridades que estaban manejando la zona para no afectar su investigación.  Pero total, así es como comienza el culto a los grandes cuando nos dejan, digo, así es que me parece.)

Pero ésa no sería la única sorpresa que el destino tenía reservada para ese día.

Dos de mis obras favoritas de Gabriel García Márquez: 'Cien Años de Soledad' (1967) y 'Noticia de un Secuestro' (1996). Otra de mis obras favoritas de Gabriel García Márquez: 'El amor en los tiempos del cólera' (1985). Al lado, la versión cinematográfica de 2007 (dir. Mike Newell) en DVD.

“¡Y aquí se nos va otro!”, fue mi reacción al enterarme la misma tarde de que Gabriel José de la Concordia García Márquez, o mejor, el Gabo, el sinónimo del “realismo mágico”, había dejado de existir terrenalmente (y mientras escribo esto, no se ha establecido públicamente la causa del fallecimiento).  Y eso, que para mí no es común que 2 figuras públicas importantes terminen su estadía en este valle de lágrimas el mismo día.  (O por lo menos no desde el 25 de junio de 2009, cuando la actriz Farrah Fawcett había muerto en la mañana… sólo para verse opacada horas más tarde por la muerte del “rey del pop”, Michael Jackson—y nadie más acordarse de ella desde entonces (excepto quien quiera verlos mencionados en una entrada anterior).  Y gústele a quien le guste, esa es la verdad.  Pero como me lo dijo alguna vez un ex-compañero de trabajo, “no siempre se gana”.)

En ésas vinieron a mi mente recuerdos como el de mi primer encuentro con la literatura del Gabo, unos 30 y tantos casi 40 años antes, a través de la lectura del libro, Cien años de soledad (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1967).***  Aún recuerdo mi fascinación con ese mundo tan extraño pero interesante, con sus sueños, esperanzas y tragedias, con sus personajes tan reales como lo absurdo que de sus vidas—alguno de los cuales me serviría de pie forzado para criticar la conducta de otros personajes más reales, pero que se comportan de maneras igual de absurdas.  (Después de todo, ¿no se supone que a eso se refiere la frase de Pirandello que yo uso en el “tagline” de este blog?)

Siempre será parte de mí y de lo que soy esa fascinación con una comunidad como la de Macondo, que puede ser cualquier comunidad latinoamericana, en pleno proceso de vida, que nace, prospera, decae y muere.

O qué decir de El amor en los tiempos del cólera (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1985), con un Florentino que persiste en alcanzar el amor de Fermina (la mujer que siempre amó), o más bien, que busca mantener viva la llama de la esperanza.  Total, ¿no es eso lo que perseguimos tod@s?  ¿Mantener viva esa misma llama?  ¿Quién dice que no?

O qué tal ese encuentro con el estilo de crónica que ayudó al Gabo a llegar a donde lo llevó su fama, a través de la Noticia de un secuestro (New York: Penguin Books, 1996), sobre el secuestro de figuras públicas prominentes por los narcotraficantes que alguna vez creyeron tener a Colombia bajo su bota.  (Otro duro golpe de la realidad de nuestros tiempos, de la realidad de nuestra América.)  Y pensar que tuve ese encuentro después de la insistencia de otro ex-compañero de trabajo (aunque muchos años después nos reencontraríamos trabajando en el mismo edificio, para entidades medioambientales distintas) de que lo leyera.  De hecho, una revelación que tuve con ese libro fue la de descubrir que cada quien usa a Dios y la religión a su manera, como lo ilustra la manera en la que los sicarios se persignan y hacen sus ruegos, pero no por lo que lo harían quienes verdaderamente creen en la bondad, la misericordia y el amor por los semejantes.

Por supuesto, que a fin de cuentas tengo que darle las gracias a mi ex-colega y hoy vecino de edificio por la insistencia.

Pero sea como sea, lo que yo me llevaría como lección de la partida física de dos grandes, distintos en su lar nativo y en su emprendimiento de vida, es apreciar lo que cada uno aportó al género humano.  Desde la precisión del soneo de Cheo hasta la destreza con la que el Gabo manejó la palabra, desde la elegancia con la que Cheo entonaba melodías románticas como “Amada Mía” (compuesta por José Nogueras) hasta el arte del Gabo para convertir una situación por demás absurda en una imagen con la que evocar la fantasía, y ambos asumiendo su responsabilidad de expresar el sentir de sus pueblos respectivos, de sus ansiedades, de sus esperanzas.  Y ciertamente, ambos seguirán vivos, muy vivos, en los frutos de sus respectivos esfuerzos y en el corazón de toda una humanidad agradecida.

Y por eso hoy, yo también quiero darles las gracias, a ambos, a Cheo y al Gabo, porque siempre serán parte de lo que soy y porque gracias a ellos puedo seguir aspirando a un mundo mejor.

Mientras tanto, quiero tomarme la libertad de cerrar como Cheo lo haría, al final de su interpretación de “Los Entierros”, de su compadre, Catalino “Tite” Curet Alonso (1926–2003)**** (con quien seguramente se habrá reencontrado—y lo más seguro es que allá se debe haber empezado a formar tremendo rumbón):

¡Buen viaje, Cheo!  ¡Buen viaje, Gabo!

¡Buen viaje!


* Por si acaso: Se trata de una campaña que el periódico El Nuevo Día tuvo durante la década de 1970, bajo el lema, “¡Ni una vida más para la droga!”, para crear conciencia sobre el significativo—ya para entonces—problema en el que la adicción a drogas se estaba convirtiendo.  (La misma también tuvo otra ejecución en la que el testimonio era el de nuestra Voz Nacional, Lucecita Benítez, pero ya eso debe ser tema para otra entrada.)

** También por si acaso: Se trata de una campaña de la entidad-sin-fines-de-lucro, Fondos Unidos de Puerto Rico (la afiliada boricua de United Way), emitida—si mi recuerdo es correcto—a mediados de la década de 1980.  No sé si haya algún vídeo de este anuncio en YouTube (dudo mucho que del de la nota anterior haya alguno), aunque sería buena idea investigar eso.  Si lo encuentro, les dejaré saber.

*** Aquell@s de ustedes que no se quieran pasar el trabajo de leer la obra completa, les interesará la descripción de la obra en Wikipedia (en español).

**** OK, una nota más: Aquell@s de ustedes que no conocen la letra de esa canción, les recomiendo que la vean en el enlace en el texto.


LDB

El confinado cuatrocientos sesenta y seis del sesenta y cuatro

English: Young Nelson Mandela. This photo date...
English: Young Nelson Mandela. This photo dates from 1937. South Africa protect the copyright of photographs for 50 years from their first publication. See . Since this image would have been PD in South Africa in 1996, when the URAA took effect, this image is PD in the U.S. Image source: http://www.anc.org.za/people/mandela/index.html (Photo credit: Wikipedia)

Ocurrió justo en la víspera de mi cumpleaños 55, casi dos semanas después de que el mundo recordara los 50 años del asesinato del presidente Kennedy.

Esa tarde, cuando ya la noticia más o menos seria estaba por dar paso a otro tipo de noticia menos seria (o para quienes no capten la ironía puertorriqueña implicada: cuando los principales noticiarios de la televisión estaban por terminar su edición vespertina para dar paso a la basura chismográfica que domina el atardecer televisivo del boricua promedio, desde los tiempos de la conocida muñeca… ¿he mencionado nombre yooooo?), una noticia lamentable había comenzado a circular: Nelson Rolihlahla Mandela, el hombre al que yo llamé en otra ocasión en este blog, “un alma noble” (aunque hubiera preferido no utilizarlo en una comparación con alguien que no debe atreverse ni a llegarle a los tobillos), había alcanzado su meta, había culminado su largo camino hacia la libertad a los 95 años de edad.

Ciertamente, los hechos de la vida de Mandela me dan más que suficiente razón para haberlo descrito así en este blog.  Luchador incansable por los derechos de la población nativa del África del Sur (nombre que prefiero personalmente por encima del de “Sudáfrica”), que una minoría blanca pretendió pisotear a través del abusivo ordenamiento público conocido como “apartheid”.  Lucha que lo llevó de ser un abogado de derechos civiles a ser un líder que abogaba, como Gandhi, por la resistencia no violenta, para incluso abogar por la lucha armada como medio para conseguir sus objetivos, y de ahí a ser un confinado marcado con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro.  Número que le acompañaría por unos 27 años, 18 de ellos en una notoria cárcel de ésas que podrían pasar por “la isla de los condenados” en cualquier melodrama televisivo de los de la “vieja escuela” (¿Palmerola o Mario Pabón, anyone?), de ésas que no buscan rehabilitar al delincuente, sino minarle su voluntad y derrotar su espíritu.  Para entonces vivir para ver su libertad y convertirse en una figura que unió a su propio pueblo, negros y blancos, nativos y extranjeros (y sus descendientes)—y ganarse el cariño y el respeto de la mayor parte del mundo en el proceso.  Incluso el reconocimiento de la Academia Sueca al otorgarle el Premio Nobel de la PAZ (así, con mayúsculas), reconocimiento que pudo mantener con dignidad y honra, a diferencia de uno que otro de quienes recibieron ese reconocimiento después que él.

Así que más o menos, el desborde de cariño, respeto y admiración fue lo que se vio durante los 10 días de luto oficial que vivieron los africanos del sur, ante la mirada del resto del mundo—salvo por un par de notas discordantes como la del “selfie” del presidente Obama con los primeros ministros británico (David Cameron) y danesa (Helle Thorning Schmidt) (ante la cara de seriedad de la primera dama estadounidense, porque se trata de un acto fúnebre, ¡‘dito sea Dios!; apuesto a que su esposo dormiría esa noche en “la cocina” del “Air Force 1”) y la del presunto “intérprete de lenguaje de señas” que parecía estar jugando a las “charadas” (además de que Dios sabrá la de cosas impublicables que habrá expresado ese individuo—digo, yo no conozco ni papa del lenguaje estadounidense de señas, ASL, ni mucho menos otro lenguaje similar para saber lo que él expresó en realidad), luego de ver “ángeles” u otros “entes sobrenaturales” entrando al estadio donde se hizo la ceremonia.

Pero más allá de eso, lo importante es que ahora queda un legado, tanto para los africanos del sur como para el resto del mundo.  Un legado de firmeza en las convicciones, de buscar aquello que debe unir—más bien, une—a los seres humanos, sin esa distinción artificial resultante de cómo vemos el color de la piel del otro, o de dónde procede, o cómo es su cultura o su ideario político, o si es hombre o mujer, o si habiendo nacido hombre o mujer tiene otras inclinaciones (siempre que las mismas no sean hacia cosas verdaderamente abominables—y ésa es una raya que hay que tirar de todos modos), o si cree en Dios o en una Fuerza Suprema, o incluso si no cree.

Un legado que siempre se verá bajo amenaza de quienes no ven la vida con ese mismo espíritu.  De quienes pretenden mantener vivas las cosas que dividen a los seres humanos.  De quienes pretenden explotar los miedos de l@s incaut@s hacia “el otro”—se llame “mujer”, “negro”, “latino” o “hispano”, “chino” u otro tipo de asiático (total, hay quien no distingue unos de otros), “homosexual” o “lesbiana” o “bisexual” o “transexual” o “transgénero” (y también hay quien pinta a todos éstos con el mismo brochazo)… se llame como se llame—para adelantar sus propias agendas en lo político, en lo religioso, en lo social.  Bajo amenaza de quienes no creen en la justicia social.

Pero aún así, es un legado del que podemos tod@s aprender algo, si nos lo proponemos.  Y que podemos aplicar en nuestras vidas, si queremos.  Y que podemos seguir propagando y extendiendo, si aceptamos esa misión que. después de todo, será para el bien de quienes sigan nuestros pasos ahora, y de quienes seguirán sus pasos después.

Y es un legado de justicia, de persistencia, y sobre todo, de unión.  UNIÓN para enfrentar las dificultades que encontramos a lo largo del camino.  UNIÓN para prevalecer, más allá de las pequeñas diferencias, en busca del bienestar de todos.  UNIÓN para lograr una vida mejor, un futuro mejor.

De mi parte, yo estoy seguro que mientras escribo estas líneas, el espíritu de Nelson Mandela estará sonriendo sobre este mundo, y sobre el África del Sur que tanto amó y por cuya libertad del racismo institucionalizado luchó tanto.  Total, muy a pesar de los pesares, y de haber estado 27 años de confinado, con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro, en muchas de las imágenes de su vida se le veía con una sonrisa.

Y yo me atrevo a pensar que la sonrisa que él luce ahora será de satisfacción, por haber cumplido su misión en la vida.  Porque al final de su largo camino, él alcanzó la libertad.

¡Hasta siempre, “Madiba”!

P.S. Les dejo aquí los enlaces a su biografía, vía Wikipedia (en español y en inglés) y a la Fundación Nelson Mandela, por si están interesad@s.

LDB

Lo importante es hacer el trabajo

English: Rainbow.
English: Rainbow. (Photo credit: Wikipedia)

Puede ser que yo lo haya mencionado en este blog y con el paso del tiempo se me haya olvidado que lo escribí—pero lo dudo.  De todos modos, a mí siempre se me ha dicho que después que yo haga mi trabajo con dedicación y responsabilidad, todo lo demás no debe importar.  Y yo siempre he encontrado que ese principio es más que razonable y debe aplicarnos a tod@s l@s que trabajamos de día en día.  En el desempeño de nuestras labores no debe mediar más consideración que esa: realizar nuestro trabajo con total dedicación y responsabilidad, no importa quién se sea.  Hombre o mujer.  Novato o veterano.  Blanco o negro.  Católico o protestante o metodista.  Cristiano o musulmán o budista.  Creyente o ateo o agnóstico.  “Straight” o…

Tal vez alguien haga excepción con la última oración del párrafo anterior, especialmente por la implicación contenida en ella.  Tal vez se trate de una de esas personas que sin buscar una aspiración política particular viven en un estado… ¡de negación!

“Pero así es como están las cosas últimamente.  En una suerte de negación de una realidad: Puerto Rico nos pertenece a todos y todas: ricos y pobres, hombres y mujeres, niños y jóvenes y adultos y ancianos, familias tradicionales y familias ‘torcidas’… santos y pecadores por igual.  Y que todos y todas, en una u otra medida, ponemos de nuestra parte para enfrentar los retos de la vida, para echar el país hacia adelante.  Pero para algunas personas, sobre todo en las esferas del poder, eso no está ‘en el contexto correcto’…”

(“Es cuestión del contexto”, 21 de junio de 2009.)

Tal vez se trate de personas que se ven a sí mismas como “buen@s”, como las únicas personas buenas en el mundo, para las que todo lo que no se ajuste a su particular visión de mundo no es bueno.  Son la clase de persona que, como he escrito en otras ocasiones,

“…por un lado echan bendiciones, pero por el otro buscan destruir a quien no se amolda a su mundo perfecto.”

(“Todos somos… ¿quién?”, 9 de diciembre de 2012.)

“Y lamentablemente, los que se hacen creer que son ‘los buenos’, que son mejores que los demás, son los que están llevando la voz cantante.  Y eso debe preocuparnos a tod@s, a quienes queremos un mundo más justo.  Y eso es algo que debemos procurar.  Por nuestro propio bien, y por el de nuestr@s herman@s, especialmente aquell@s a quienes hoy vemos como ‘diferentes’, pero que igual son seres humanos, como ustedes y como yo.  Y esa es la realidad, gústele a quien le guste.”

(“Un tiempo para odiar”, 29 de septiembre de 2012—levemente editado.)

Pues sí, eso es más o menos lo que se ve en el debate reciente sobre los dos proyectos legislativos que procuran impedir el discrimen en el reclutamiento para empleo contra personas que no encajan en el molde tradicionalista de lo que es una persona normal.  Contra esas personas a quienes el burdo prejuicio desestima como “torcid@s”,  a quienes se prefiere mantener como el objeto de mofa favorito de una sociedad supuestamente decente y dedicada a “los valores”.  Valores que tanto se predican, porque ello sale más fácil que ponerlos en práctica.

Comoquiera, la realidad es que en varios países del mundo se está empezando a legislar para que a estos sectores marginados por su orientación sexual—es decir, los homosexuales, las lesbianas, los transexuales, los transgénero y sectores afines—les cobije la misma protección de sus más elementales derechos, que las leyes de esos países reconocen para todos sus ciudadanos.  Es más, déjenme hacer hincapié: PARA TODOS SUS CIUDADANOS.  No para sólo unos cuantos.  No para sólo aquellos que sean afines a un régimen político en particular—se llame de derecha, de centro o de izquierda.  No para sólo el (la) que se la pasa diciendo a voz en cuello “Señor, Señor” (como si repetirlo “ad-nauseam” le ganara automáticamente el pase al cielo), mientras luce en sí mism@ las riquezas que tanto dice repudiar.  No para sólo los más adinerados.  No para sólo los bonitillos o las chicas “wow”.  PARA TOD@S.

Y no parece que Puerto Rico sea la excepción a esta nueva tendencia.  Algo que parece preocupar a personas como las que describo en las citas a ciertas entradas anteriores de mi blog.

Pero debe quedar clara una cosa: no me estoy refiriendo a aquella gente buena—¡y la hay!—que cree firmemente en los valores de la tradición judeo-cristiana y que los practica diariamente, haciendo con ello un bien para sí misma y para la sociedad en general.  A quienes me refiero con todas estas citas es a quienes prefieren vivir en una eterna mentira, o creyéndose sus propias mentiras, o construyéndose a su alrededor una casa de naipes que bien puede correrse el mismo riesgo que la casa construida sobre arena en vez de sobre roca (con el resultado que se expresa en el capítulo 7, verso 27 del Evangelio según San Mateo, o en el capítulo 6, verso 49 del Evangelio según San Lucas).

“(¿Se imaginan algo así como una de esas antiguas películas episódicas de ‘Buck Rogers’, en las que el enemigo máximo en lugar del Emperador Ming sea un homosexual ‘salido del closet’? ¿Cómo será eso de batallar contra una ‘loca arrebatá’ y sus hordas y testaferros para salvar la santidad de la familia… o cualquier otro motivo para el que ‘la familia’ sirva de escondite?)”

(“Episodio 100: De regreso a la calle”, 29 de agosto de 2005.)

“¿Cuántos ejemplos similares no vemos a diario aquí en Puerto Rico, de quienes se obstinan en vivir de las mentiras—ajenas o propias, o ajenas y propias—que llevan en su interior?  ¿De quienes se empeñan en atacar a quienes no se ven igual que ellos, no piensan igual que ellos, no ostentan los mismos ideales que ellos, no son iguales que ellos?  ¿De quienes se han alimentado mil veces con la misma mentira, para aceptarla como una verdad absoluta, y también para imponerla a los demás como si con ello estuvieran ‘salvando’ a la humanidad de su propia destrucción?

“Queramos o no, ésa es una clase de animal más peligroso que cualquiera otro que pueda estar suelto por ahí.  Lo importante es estar alerta al peligro siempre, y saberlo enfrentar.”

(“(Otros) animalitos (aún más) peligrosos”, 22 de diciembre de 2008.)

Yo creo que no lo podía haber dicho mejor que eso.

Volviendo al tema de los proyectos sobre discrimen en el empleo, para mí, la cosa debe reducirse a un compromiso entre el patrono y la persona a la que se va a emplear, en el cual se haga hincapié en el respeto mutuo entre las partes.  El patrono bien podría respetar la persona a la que se contrata, con base en sus capacidades y destrezas laborales, para realizar unas funciones—sin importar su raza, sexo, religión o creencias (o falta de las mismas), orientación sexual, etc.  Pero el (la) emplead@ prospectiv@ debe entender que durante 7½ a 8 horas del día estará realizando una tarea para la organización que le contrata, dentro de un ambiente profesional, el cual debe ser mantenido y respetado.  Y debe haber el entendimiento entre ambas partes de que lo importante durante esas 7½ a 8 horas laborables es realizar el trabajo por el cual el patrono paga a ese (esa) emplead@.  Cualquier otra consideración es aparte y se debe dejar fuera del portón de entrada al lugar de trabajo.

Yo creo de manera firme en lo que indico en el párrafo anterior.  A mí, en lo personal, no me debe ir ni venir lo que la persona haga con su vida fuera de las 7½ a 8 horas laborables, en tanto ello no interfiera con el ambiente profesional que debe imperar en el lugar de trabajo durante esas horas.  Y sé que hay gente talentosa y trabajadora que puede dar lo mejor de sí en el ambiente laboral, ya sea que su estilo de vida me guste o no.

Por supuesto, como ya vimos, debe haber un compromiso de parte y parte para que ello sea así.  Pero lo que no debe haber es el rechazo irracional contra una persona, sólo porque sus inclinaciones, de la índole que sea, le incapaciten de facto para ocupar un puesto para el que por lo demás está debidamente capacitad@.

Lo importante, insisto, es que la persona pueda cumplir y hacer el trabajo para el cual está capacitada, con total dedicación y responsabilidad.  Lo que esa persona haga con su vida fuera de horas laborables, es lo que esa persona hace con su vida.  Esa es su responsabilidad—y de nadie más.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB