El día en el que la música y la magia se nos fueron

Muchos años después, yo recordaría aquella experiencia vivida durante “los setentas”, de ver a Cheo confesar su verdad en un anuncio de servicio público por televisión.  Ver cómo admitía haberse dejado seducir por las drogas.  Ver cómo se sinceraba al admitir que ello le había costado su libertad.  Ver cómo dijo que tuvo que dejar esa adicción: “romper en frío”.  Así, de cantazo.  Con todo el dolor que representa la abstinencia de la heroína y quién sabe qué otra sustancia más.  Con esa agonía, esas ganas de que todo se acabe pronto, que el suplicio termine ya.  ¡YA!  Para entonces admitir de todo corazón que no quería que eso le ocurriera a nadie más y entonces proclamar, “¡Detente!  ¡Ni una vida más para la droga!”*

(Por supuesto, de mi diario caminar por la vida, sé que una cosa es el llamado y otra muy distinta es el caso que se le haga.  Pero ya eso es otra historia.)

Pero esa sería una de muchas cosas que yo recordaría ese Jueves Santo.  Como el dueto que Cheo hizo con su compueblana, la diva (dicho en el mejor sentido que pueda tener esa palabra) ponceña Ednita Nazario, para otro anuncio televisivo de servicio público.**  Y digo lo que sigue sin que quede me nada por dentro: 2 de las mejores voces de Puerto Rico, unidas para exhortar mediante la canción a preocuparnos por nuestra gente, por quienes necesitan de nuestra mano para poder atender sus situaciones difíciles y salir a flote en la vida.  Tal vez todo lo que faltaba en medio de un anuncio hecho tan elegantemente y tan en serio, fuera que Cheo lanzara su grito característico de… “¡FAMILIA!”  Pero aun si así lo hubiera hecho, ello hasta se le hubiera aplaudido.

Y muchos años después, en la mañana de ese 17 de abril de 2014, en el que quedé atónito al leer en mi teléfono inteligente que José Luis Feliciano Vega… sí, ése mismo, Cheo Feliciano, había fallecido en un accidente vehicular ocurrido en el área sanjuanera de Cupey a eso de las 4:15 AM (08:15 UTC), a poca distancia de su residencia, se lo aplaudiría también.

La tachuela roja marca el lugar donde ocurrió el accidente vehicular en el que falleció el cantante José Luis "Cheo" Feliciano Vega el 17 de abril de 2014 a las 4:13 AM (0813 UTC). El lugar está a unos 100–200 metros del puente de la Avenida Ana G. Méndez (carretera PR-176) sobre el Río Piedras y a unos 600 metros más o menos de la Universidad Metropolitana (UMET).
La tachuela roja marca el lugar donde ocurrió el accidente vehicular en el que falleció el cantante José Luis “Cheo” Feliciano Vega el 17 de abril de 2014 a las 4:13 AM (0813 UTC). El lugar está a unos 100–200 metros del puente de la Avenida Ana G. Méndez (carretera PR-176) sobre el Río Piedras y a unos 600 metros más o menos de la Universidad Metropolitana (UMET).

Pero no, ése no era un momento para aplaudir.  Sobre todo porque la revelación era doblemente estremecedora para mí.  Primero, porque antes de que empezaran las obras de construcción “en los alrededores de la estación del del Tren Urbano en Cupey”, yo solía pasar por ese lugar todos los días laborables al salir de mi trabajo (o de camino hacia éste, si el tránsito no era el normal de los días de semana, cuando se formaban los molestos “tapones” a la entrada de la Universidad Metropolitana o UMET).  Peor aún: ¡yo había pasado por el mismo lugar 2 días antes, cuando los estudiantes de la UMET estaban de receso por Semana Santa (¿o sería el descanso post-Justas Interuniversitarias?) y el tránsito era liviano, para variar!  ¿Cómo yo podría imaginar que ese mismo lugar sería el escenario de una tragedia 2 días más tarde?

Pero lo segundo era más estremecedor.  No era ninguna broma pesada—algo impensable en un Jueves Santo (aunque uno nunca sabe).  Era la realidad que golpeaba duramente, como siempre lo hace, al saberse que Cheo había perdido el control de su auto y se había estrellado contra un poste del alumbrado eléctrico—y para colmo (y lo voy a decir aquí con el mayor respeto posible), ése no era el momento más adecuado para acordarse de tener abrochado el cinturón de seguridad antes de poner el vehículo en movimiento.  Y él no lo llevaba abrochado al momento del impacto.  Pero así son las cosas.

Y conforme lo confirmaban los medios que trabajaban ese día a pesar del asueto (y si alguien tiene alguna duda, vea lo que la periodista Sandra Rodríguez Cotto escribió de inmediato en su blog sobre la cobertura que hicieron los medios), esa realidad se hacía permanente, se grababa en piedra, y no había manera de evitarla.  Desde el príncipe hasta la cortesana, todo el mundo lo supo.  Hasta periódicos de la “distingancia” (¡de nada, doña Jacinta!) de The New York Times y el New York Daily News dedicarían notas a su deceso, notas en las que lo calificaban de elegante (o si lo prefieren en inglés, “debonair”), de icono, de leyenda de la salsa.

(Y si leyeron la entrada del blog de la señora Rodríguez Cotto mencionada en el párrafo anterior, se habrán dado cuenta de que el lugar del accidente prácticamente se convirtió en punto de peregrinaje para mucha de su fanaticada, una vez se dijo lo que allí ocurrió—y hasta de uno que otro encontronazo con las autoridades que estaban manejando la zona para no afectar su investigación.  Pero total, así es como comienza el culto a los grandes cuando nos dejan, digo, así es que me parece.)

Pero ésa no sería la única sorpresa que el destino tenía reservada para ese día.

Dos de mis obras favoritas de Gabriel García Márquez: 'Cien Años de Soledad' (1967) y 'Noticia de un Secuestro' (1996). Otra de mis obras favoritas de Gabriel García Márquez: 'El amor en los tiempos del cólera' (1985). Al lado, la versión cinematográfica de 2007 (dir. Mike Newell) en DVD.

“¡Y aquí se nos va otro!”, fue mi reacción al enterarme la misma tarde de que Gabriel José de la Concordia García Márquez, o mejor, el Gabo, el sinónimo del “realismo mágico”, había dejado de existir terrenalmente (y mientras escribo esto, no se ha establecido públicamente la causa del fallecimiento).  Y eso, que para mí no es común que 2 figuras públicas importantes terminen su estadía en este valle de lágrimas el mismo día.  (O por lo menos no desde el 25 de junio de 2009, cuando la actriz Farrah Fawcett había muerto en la mañana… sólo para verse opacada horas más tarde por la muerte del “rey del pop”, Michael Jackson—y nadie más acordarse de ella desde entonces (excepto quien quiera verlos mencionados en una entrada anterior).  Y gústele a quien le guste, esa es la verdad.  Pero como me lo dijo alguna vez un ex-compañero de trabajo, “no siempre se gana”.)

En ésas vinieron a mi mente recuerdos como el de mi primer encuentro con la literatura del Gabo, unos 30 y tantos casi 40 años antes, a través de la lectura del libro, Cien años de soledad (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1967).***  Aún recuerdo mi fascinación con ese mundo tan extraño pero interesante, con sus sueños, esperanzas y tragedias, con sus personajes tan reales como lo absurdo que de sus vidas—alguno de los cuales me serviría de pie forzado para criticar la conducta de otros personajes más reales, pero que se comportan de maneras igual de absurdas.  (Después de todo, ¿no se supone que a eso se refiere la frase de Pirandello que yo uso en el “tagline” de este blog?)

Siempre será parte de mí y de lo que soy esa fascinación con una comunidad como la de Macondo, que puede ser cualquier comunidad latinoamericana, en pleno proceso de vida, que nace, prospera, decae y muere.

O qué decir de El amor en los tiempos del cólera (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1985), con un Florentino que persiste en alcanzar el amor de Fermina (la mujer que siempre amó), o más bien, que busca mantener viva la llama de la esperanza.  Total, ¿no es eso lo que perseguimos tod@s?  ¿Mantener viva esa misma llama?  ¿Quién dice que no?

O qué tal ese encuentro con el estilo de crónica que ayudó al Gabo a llegar a donde lo llevó su fama, a través de la Noticia de un secuestro (New York: Penguin Books, 1996), sobre el secuestro de figuras públicas prominentes por los narcotraficantes que alguna vez creyeron tener a Colombia bajo su bota.  (Otro duro golpe de la realidad de nuestros tiempos, de la realidad de nuestra América.)  Y pensar que tuve ese encuentro después de la insistencia de otro ex-compañero de trabajo (aunque muchos años después nos reencontraríamos trabajando en el mismo edificio, para entidades medioambientales distintas) de que lo leyera.  De hecho, una revelación que tuve con ese libro fue la de descubrir que cada quien usa a Dios y la religión a su manera, como lo ilustra la manera en la que los sicarios se persignan y hacen sus ruegos, pero no por lo que lo harían quienes verdaderamente creen en la bondad, la misericordia y el amor por los semejantes.

Por supuesto, que a fin de cuentas tengo que darle las gracias a mi ex-colega y hoy vecino de edificio por la insistencia.

Pero sea como sea, lo que yo me llevaría como lección de la partida física de dos grandes, distintos en su lar nativo y en su emprendimiento de vida, es apreciar lo que cada uno aportó al género humano.  Desde la precisión del soneo de Cheo hasta la destreza con la que el Gabo manejó la palabra, desde la elegancia con la que Cheo entonaba melodías románticas como “Amada Mía” (compuesta por José Nogueras) hasta el arte del Gabo para convertir una situación por demás absurda en una imagen con la que evocar la fantasía, y ambos asumiendo su responsabilidad de expresar el sentir de sus pueblos respectivos, de sus ansiedades, de sus esperanzas.  Y ciertamente, ambos seguirán vivos, muy vivos, en los frutos de sus respectivos esfuerzos y en el corazón de toda una humanidad agradecida.

Y por eso hoy, yo también quiero darles las gracias, a ambos, a Cheo y al Gabo, porque siempre serán parte de lo que soy y porque gracias a ellos puedo seguir aspirando a un mundo mejor.

Mientras tanto, quiero tomarme la libertad de cerrar como Cheo lo haría, al final de su interpretación de “Los Entierros”, de su compadre, Catalino “Tite” Curet Alonso (1926–2003)**** (con quien seguramente se habrá reencontrado—y lo más seguro es que allá se debe haber empezado a formar tremendo rumbón):

¡Buen viaje, Cheo!  ¡Buen viaje, Gabo!

¡Buen viaje!


* Por si acaso: Se trata de una campaña que el periódico El Nuevo Día tuvo durante la década de 1970, bajo el lema, “¡Ni una vida más para la droga!”, para crear conciencia sobre el significativo—ya para entonces—problema en el que la adicción a drogas se estaba convirtiendo.  (La misma también tuvo otra ejecución en la que el testimonio era el de nuestra Voz Nacional, Lucecita Benítez, pero ya eso debe ser tema para otra entrada.)

** También por si acaso: Se trata de una campaña de la entidad-sin-fines-de-lucro, Fondos Unidos de Puerto Rico (la afiliada boricua de United Way), emitida—si mi recuerdo es correcto—a mediados de la década de 1980.  No sé si haya algún vídeo de este anuncio en YouTube (dudo mucho que del de la nota anterior haya alguno), aunque sería buena idea investigar eso.  Si lo encuentro, les dejaré saber.

*** Aquell@s de ustedes que no se quieran pasar el trabajo de leer la obra completa, les interesará la descripción de la obra en Wikipedia (en español).

**** OK, una nota más: Aquell@s de ustedes que no conocen la letra de esa canción, les recomiendo que la vean en el enlace en el texto.


LDB

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El cuento de los bobos

Illustration in a collection of Anderson's Fai...
Illustration in a collection of Anderson’s Fairy tales. (Photo credit: Wikipedia)

“-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

“… y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

“-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

“-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

“Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.”

(El traje nuevo del emperador (Keiserens nye Klæder), 1837, por Hans C. Andersen [1805–1875].  Vía Ciudad Seva.)

Dicen que la mentira tiene patas cortas y que por eso no puede llegar muy lejos.  Y como acabo de leer en una cadena de comentarios en algún foro en la red, eso tiene más o menos el mismo sentido que la frase española, “se agarra antes a un mentiroso que a un cojo”.

Por supuesto, para cuando estoy escribiendo esto, el cojo—por aquello de no dejarse postergar y ser la excepción que confirma la regla—está más o menos a tiro de piedra de que lo atrapen (aunque tiene a mi juicio mejor sentido que el que tiene el mentiroso).  Porque a quien se ha dedicado recientemente a estafar a funcionarios públicos, haciéndose pasar por un funcionario político de alto nivel, aún no lo han agarrado.

Y en un mundo en el que se maneja la mentira como si fuera moneda de curso legal, alguien se salió con las suyas en estos días.  Alguien que haciéndose pasar por un ex-legislador convertido hoy en día en secretario de asuntos públicos de la gobernación puertorriqueña actual, le estuvo pidiendo donativos a varias entidades públicas.  Las más notables entre éstas son la Universidad de Puerto Rico (y la verdad es que como universitario que me sigo sintiendo después de casi 3 décadas de haber obtenido mi Maestría en Biología, como que siento una vergüenza ajena; digo, la UPR, “of all people!”), a la cual le fajaron 3 cheques de US$50’000 cada uno, y la Administración de Compensaciones por Accidentes de Automóviles (ACAA).

Y ambas entidades de gobierno, entre otras cuántas, se dejaron estafar.

Francamente, yo no entiendo esto.  Entidades públicas que por manejar los dineros que cada medio abril les damos, yo diría que “a ciegas”, al rendir nuestras planillas de contribución sobre ingresos.  Que se supone que tengan mecanismos establecidos para controlar el desembolso de esos dineros (me vienen a la mente las auditorías).  Que se supone que no hagan ese tipo de operación “a ciegas”—mi madre hubiera dicho que “a tontas y locas”—, sin saber a quién le están confiando esos dineros.

Pero la verdad es que se dejaron engañar.  Se dejaron engañar por algún truhán o truhanes como los del cuento de Andersen, de esos que, como decimos en Puerto Rico, son capaces de venderle una nevera (refrigerador) a un esquimal.  De esos que se encuentran por todas partes, hasta cuando se levanta la tapa del zafacón (recipiente de basura) o de la alcantarilla.

¿Y entonces, qué hacer?  Tal vez seguir “dando cara” como el emperador del cuento, porque ya el daño está hecho y hay que seguir dando la apariencia de que nada ocurrió.  Mientras que seguramente el autor (o los autores) de la estafa tal vez se sentirán “intocables” (si partimos de que el cuento de Andersen no establece qué sucedió al final con los 2 bribones, más allá de haber sido condecorados y declarados como “tejedores reales”) y se estarán riendo de sus víctimas.  Víctimas que estarán tratando de hacer de todo para mantener lo que les quede de dignidad y tratar de recuperar los dineros que perdieron—aunque yo espero que no lleguen al extremo que plantean los “reporteros-estrellas” de El Ñame (aunque—si me disculpan por como suene esto—para mí eso sería tan drástico como eliminar a todo un perro para controlar un problema de pulgas o garrapatas o ambas).

Sea como sea, para mí lo importante es que hubo un engaño, que algún vividor (¿o más de uno?) se aprovechó y estafó a varias instituciones y entidades públicas, haciéndoles creer que les estaban vendiendo un traje nuevo, un traje que sólo la inocencia y la honestidad vieron que no existía.

Como lo hubiera dicho Facundo Cabral, “no hay manera de esconder semejante afrenta”.

Mientras tanto, la mentira sigue corriendo con sus patas cortas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Una confesión

Amigas y amigos, mi gente, quiero comenzar la entrada haciendo una confesión…

(NO, no es lo que ustedes están pensando si es que creen que voy a meterme a… esteeeeeeeeee… a ponerme con “esas cosas” después de viejo…)

En serio ahora: las últimas semanas han sido para mí un tiempo en el que me ha atacado un virus: el virus del desánimo, la decepción, el cansancio con la “jaibería” que nuestros políticos nos regalan a diario, con esa desfachatez con la que se nos falta el respeto a quienes les dimos la encomienda de gobernar responsablemente—total, para arrepentirnos después de haber dejado esa responsabilidad en las manos quienes no la saben ni la quieren asumir.  Ésa, más otras razones personales, han sido la causa de que no me vean tan a menudo por aquí como desde que comencé a escribir este blog a finales de 2003.  Durante este tiempo ha habido ocasiones en las que me he quedado sentado frente a mi computadora, mirando fijamente la copia de la plantilla descargada a mi Windows Live Writer™ (esta hermosa plantilla “Mystique” que uso al momento en que escribo esto para WordPress.com), pensando si de veras valía la pena escribir algo que reflejara mi sentir sobre los acontecimientos más interesantes de la semana sin sonar repetitivo.  (¿Les conté en alguna ocasión sobre la mañana aquélla en la que me quedé mirando la ropa de mi armario durante media hora, ponderando si valía la pena salir a la calle a trabajar?  Si no, algún día lo haré—quedan advertidos.)

Es en momentos como éste cuando aparecen (por intervención divina o por casualidades de la vida, dependiendo de quien de mis lectoras y lectores crea o no—y con perdón de los que no creen, yo sí creo) palabras que ayudan a recuperar el aliento, que ayudan a retomar el rumbo que uno se ha decidido a caminar.  Y quiero tomarme la iniciativa de reproducir aquí esas palabras:

“Toda esta situación que apabuya (sic) el cerebro ha prolongado mi falta de ánimo para escribir, ya en parte superada mi gran tristeza de los pasados meses.  Al parecer algo similar le está pasando a un número de blogueros y blogueras que casi no escriben sobre lo que ocurre o publican sobre asuntos sin importancia local.  Prometeo dice, con razón, que los boricuas nos encontramos en estado de estupor.

“Por su parte, Siluz, al celebrar los 5 años de Escribiendo en voz alta nos recuerda en la cita de Graham Greene que: ‘Escribir es una forma de terapia.  A veces me pregunto como se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana’.

“No… el 2012 no pinta nada bien.  Pero quiero (y espero) seguir escribiendo, para sobrevivir y salir del estupor.”

(" El 2012: más engaños, corrupción e impunidad. Pero sigamos escribiendo. " Sin Mordazas, por Ivonne Acosta Lespier, 31 de enero de 2012.)

Sí, a mí también me ha atacado últimamente esa sensación de estupor que describe Prometeo en su entrada, según Ivonne lo recoge en la suya propia.  Pero entonces leo las palabras de Graham Greene que Siluz cita en su entrada (de nuevo, según las recoge Ivonne) y me pongo a pensar: Se supone que ésa la manera en la que he pensado este blog desde que lo comencé a finales de 2003, ¿no?  Como una terapia para escapar—de la manera en la que mejor pueda—de la realidad que veo todos los días en Puerto Rico.  Como una manera de comunicarle al mundo mi sentir sobre las cosas que están mal en mi propio país—y créanme, amigas y amigos, mi gente, cuando algo está mal, no me importa que lo haya hecho un Juan de los Parlotes cualquiera o que lo haya hecho el más encopetado señorón: simple y sencillamente, lo que está mal está mal, y hay que denunciarlo, y hay que alzar la voz para que se sepa que está mal y que eso no debe volver a suceder, hay que llamar las cosas por su nombre.  PUNTO.  Eso no admite términos medios.

(Eso sí, a juzgar por la clase de entrada que la gente busca a menudo cuando visita mi blog, tengo que hacer algunas excepciones… Confundido ¡pero ya ése es otro tema!)

Es más: Yo creo que luego de leer esa cita del blog de Ivonne (“featuring” Prometeo y Siluz—para que la cita tenga “flow”, ¿me entienden?), me siento que tengo nuevos ánimos, que puedo retomar mi camino, aunque me encuentre con los paisajes desoladores de siempre, con el pillaje oficial de siempre, con la “gansería” de siempre, con las faltas de respeto con las que otros se tratan de burlar de nosotros siempre.  Y creo que es eso lo que voy a hacer ahora.  Yo también seguiré escribiendo, porque yo también quiero sobrevivir.  PUNTO.

¡Y vamos a dejarlo ahí—por el momento!

LDB

Fue un momento de locura (versión legislativa 2010)

Portrait of Giacomo Casanova made (about 1750-...

Amigas y amigos, ¿creen ustedes que aun con todo lo que se ha venido diciendo desde el lunes pasado, vale la pena tocar un tema relacionado con quienes se la pasan predicándole la moral y la enseñanza de valores a los demás, cuando no son capaces de comportarse de manera decente, especialmente cuando están desempeñando funciones oficiales (justificadas o no, ya eso es otro tema), y luego quieren salirse con la suya, creyéndose que el resto del mundo es estúpido?

Pues sí, yo creo que vale la pena… ¡y cómo!

Y vale especialmente la pena cuando se trata de condenar el acto feo y bochornoso del miembro de la Cámara de Representantes de Puerto Rico, Jorge L. Navarro Suárez (PNP-San Juan), cuando trató de propasarse con una estudiante becaria de periodismo, en una discoteca de Louisville, Kentucky en julio pasado.  Incidente que—si tomamos en cuenta que tal vez han ocurrido u ocurren incidentes similares sin que los puertorriqueños nos demos cuenta—tal vez hubiera pasado inadvertido… de no haber sido captado en vídeo por un equipo periodístico de la división de noticias de la televisora estadounidense ABC (para el que trabajaba la estudiante en cuestión) que investigaba los viajes de legisladores estatales a conferencias, seminarios, simposios, banquetes, “bautizos de muñecas”, etc., financiados por intereses que ulteriormente se verán beneficiados por el voto a su favor de dichos legisladores en sus legislaturas estatales.

(¡Sé lo que ustedes están pensando… y tienen razón!  El distinguido legislador es “un miembro”.)

Obviamente es mucho lo que ha dicho cada quien que ha visto las imágenes del encuentro cercano del tipo “no deseado”.  Que si el legislador tenía un vaso en una mano, que por el escenario en el que se produce este triste espectáculo (una discoteca… ¿acaso será de extrañar?) se presume que no es precisamente leche de vaca…  Que si el legislador se acercó repetidamente a la estudiante para besarla…  Que si la joven trató de rechazar los avances del pretendido émulo de Giacomo Casanova (de quien, por cierto, es la foto que ven arriba al comienzo de la entrada)…

Por supuesto, está la “otra cara” de esta moneda manchada: la del propio representante Navarro, quien en principio alegó que lo que se vio en el vídeo no fue lo que ocurrió (¿cómo es eso?), que lo que ocurrió fue que él trató de acercársele a la estudiante para tratar de “entender” lo que ella le estaba diciendo, con todo el ruido que había en la discoteca.  ¡Y hasta tuvo la desfachatez de admitir su pobre dominio del idioma de Shakespeare, por lo que se le hizo difícil “comunicarse” con la joven agraviada!  O sea, un clásico caso de “he said, she said”.

Yo no sé qué piensen ustedes, pero por el par de cantazos que he recogido en el camino por experiencia sé que hay maneras de acercarse a otras personas en un ambiente como el de las discotecas… ¡y hay maneras!  Y esas otras maneras no conllevan acercarse a una mujer con el propósito de acosarla, de acercársele de una manera no deseada, en medio de una locura en la que la lujuria domina la conducta del varón.

(Y aquí hago un paréntesis personal porque recuerdo una conversación que tuve durante una actividad el año pasado con la compañera de mi trabajo cuyo suicidio mencioné varias entradas atrás.  Donde se celebró esa actividad había muchísimo ruido, y hasta yo tuve que acercarme un poco a ella para poderla entender.  De hecho, tengo que hacer una pequeña confesión, y no es por inventar nada ni quedar bien con ustedes, mi gente: a veces, en ambientes muy ruidosos, tengo dificultad para escuchar lo que otra persona me dice y tengo que acercarme a la otra persona.  Pero lo que me diferencia de otros como el legislador Navarro es que yo respeto el espacio personal de los demás.  Y en el caso de mi amiga, aparte de que yo apenas estaba empezando a tener confianza con ella, yo respeté su espacio personal y nuestra conversación fluyó de manera amena y cordial, dejando la puerta abierta para futuros encuentros.  Lo único que lamento es que ahora, mientras escribo este torrente de unos y ceros, sólo me queda el recuerdo de esa conversación, algo que atesoraré por el resto de mi vida…  Pero bueno, regresemos a nuestro tema, shall we?)

Y por más esfuerzos que el propio legislador haga para tratar de reescribir la historia de lo que allí ocurrió, por más que él trate de “escudarse” detrás de su familia (en la que seguramente él no pensó—ni en las consecuencias que le podría acarrear—durante ese momento de locura), por más esfuerzos que otr@s hagan para tratar de “lavarle la cara” públicamente—como el intento de la actual presidenta de la Cámara de Representantes, Jennifer González (PNP), de requerirle a ABC News que le envíe el pietaje “crudo” (o sea, no difundido públicamente) del reportaje para “iniciar una investigación cameral con miras a imponer sanciones” (algo que como leía en el periódico de hoy jueves, puede que nunca suceda, por cuestiones jurisdiccionales entre Puerto Rico y los Estados Unidos)—, el problema es que lo hecho, como dicen, hecho está, y que lo que se observa en el vídeo es bochornoso.  Es deplorable, y habla a gritos sobre lo que no debe ser la conducta de un servidor público (que le guste o no, lo es).

Es más, quisiera tomarme el atrevimiento de preguntar lo siguiente, sin que me quede nada por dentro:

La conducta exhibida por el representante Jorge Navarro Suárez, ¿es una conducta responsable (tanto individual como socialmente), digna de un representante de esa sufrida entidad que llamamos, “el Pueblo de Puerto Rico”, una entidad a la que él juró—con una mano puesta sobre la Biblia—servir, proteger y defender… o es más propia de la clase de individuo que el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá describe en una crónica* como un “puro blanquito, jodedor de urbanización”?**

Yo no sé para ustedes, pero para mí que la respuesta es obvia (y no hace falta repetirla).  Y de la misma forma que esa clase de individuo pulula en el universo playero de la crónica citada de Rodríguez Juliá (hoy en día movido por el reggaetón o por la bachata dominicana, como lo fue en su momento por la salsa puertorriqueña)… bueno, ¡Dios sabe cuántos más campean por sus respetos en nuestra “honorable” legislatura puertorriqueña!  Así de malas están las cosas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y—por favor—pórtense bien, mi gente, porque un@ nunca sabe cuándo l@ pueden atrapar en la falta…


* “El veranazo en que mangaron a Junior”, páginas 99—130 en: El cruce de la Bahía de Guánica (Cinco crónicas playeras y un ensayo), por Edgardo Rodríguez Juliá (San Juan, P.R.: Editorial Cultural, 230 pp., 1989).

** A l@s que saben que no es mi estilo escribir palabrotas en mi blog (como lo especifico bajo “Lea esto primero, antes de hacer sus comentarios”): Lo siento mucho, pero no tuve más alternativa que incluir esta palabrota, aunque está dentro del contexto de lo que quise decir.


LDB

Del arbol caido…

Caguas seal
Image via Wikipedia

¡Qué tal, mi gente!

No debe haber duda alguna.  El fin de semana pasado se convirtió en “el final de una era” (otro de esos clisés que me ponen grave, pero ahí va) en la política puertorriqueña con el deceso del alcalde de Caguas, William Miranda Marín, la mañana del viernes 4 de junio de 2010.  “Don Willie”, como muchos de sus conciudadanos lo llamaban, sucumbió en su batalla contra el cáncer del páncreas que se le había diagnosticado en septiembre pasado.

Localización de Caguas en el mapa de Puerto Rico.

Sin embargo, no quiso irse sin hacerse sentir, al dejar una serie de obras de beneficio para los cagüeños (que para beneficio de quienes me leen en América Latina y España, es el gentilicio de los nacidos en y residentes de Caguas, ciudad a unos 13 kilómetros al oeste de mi lugar de residencia), así como una expresión de que la actual fórmula para la relación política con los Estados Unidos de América del Norte ya rindió su vida útil y necesita evolucionar hacia un mayor desarrollo de los poderes soberanos de los que carece actualmente.

Y lo mejor de todo fue que él hiciera esa expresión apenas en febrero de este año (2010), durante la conmemoración del natalicio del fundador de la misma fórmula política que criticó, Luis Muñoz Marín (1898–1980).  Tal vez él pensó que no tenía nada que perder, ante la inminencia de su muerte, y decidió “bailar en la casa del trompo” y poner el dedo en la llaga, llamando la atención a los miembros de su partido político (el Partido Popular Democrático, PPD) para buscar la manera de evolucionar en su ideología y llevar a Puerto Rico hacia el futuro, en lugar de quedarse estancado en el pasado.

(Digo, yo que no comulgo personalmente con la ideología que él representaba en vida, es así como interpreto su sentir.  Si me equivoco, ya saben a dónde escribirme…)

Yo me imagino que en estos últimos meses, Miranda Marín habrá comprendido un poco mejor lo que es la muerte, eso de trascender el cuerpo físico para ascender a un plano espiritual más elevado, suponiendo que esta visión sobre la muerte esté en lo correcto (y espero que quienes no crean en esas cosas me disculpen, pero ése es mi sentir sobre el tema).  A lo mejor, él llegó a comprender una de las lecciones que da la vida cuando ésta amenaza con terminarse, la lección de la rendición.

“¿Cómo nos rendimos?  ¿Cómo dejamos de pelear?  Es como terminar una lucha de cuerda (‘tug-of-war’)—simplemente, dejamos ir.  Dejamos ir nuestra manera de hacer las cosas.  Aprendemos a confiar en Dios, en el universo, al empezar, por primera vez en nuestras vidas, a descansar.

“Al dejar ir, soltamos nuestros retratos mentales de cómo deberían resultar las cosas y aceptar lo que el universo nos trae.  Aceptamos que no sabemos en realidad cómo deben ser las cosas. Los moribundos aprenden esto mientras reflexionan sobre sus vidas….  Por eso tenemos que dejar ir el querer saber hacia dónde la vida nos llevará, debemos dejar de insistir en que siempre sabemos lo que es correcto y debemos dejar de tratar de controlar lo incontrolable.  Esas veces en las que creíamos que sabíamos absolutamente qué era lo mejor, estábamos peleando contra ilusiones.  Nunca hemos sabido, y nunca sabremos.

(Traducido y adaptado de: Life Lessons, por Elizabeth Kübler-Ross y David Kessler, New York: Scribner, 2000.  Y aquí el énfasis es mío, con toda intención, como siempre.)

Me pregunto si ésta es una lección que muchos de quienes quedan aquí en este valle de lágrimas aprenderán algún día, aunque como están las cosas, tal vez ni les importe eso.  Total, si ha habido quien no ha esperado a que las cenizas del difunto se enfríen—porque, si entiendo bien, su última voluntad fue que lo cremaran—para empezar a hacer campaña para ocupar la silla que hoy queda huérfana, para luego asumir un martirologio que le queda demasiado grande, con cara de “yo no fui”.  Y hasta se habla de postular a uno de los hijos del difunto para la poltrona municipal hoy vacía.

Francamente, yo no sé, pero me parece que eso es no dejar ir la ambición, el poder, el deseo de aparecer ante los demás—ante el resto del mundo—como el que siempre sabe lo que es correcto, como el que puede controlar lo incontrolable.  Ciertamente, eso es hacer leña de un árbol fuerte que recién acaba de caer.  Y tal vez, cuando a gente como ésa le llegue el momento de aprender esa lección—porque queramos o no, todos tendremos que recibir esa lección a su debido tiempo—, será algo tarde para dejar ir.  Pero así es la gente, y así son las cosas…

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Nos vemos en la próxima… si es que el Mundial de Balompié de Sudáfrica no me saca de tiempo, ¿OK?

LDB