Haz lo que yo digo, NO lo que yo hago: Edición “Fuego y Azufre”

OK, pellízquenme los brazos si lo he mencionado anteriormente en este blog.  Pero casi 4 décadas después recuerdo el comentario que me hizo una compañera de estudios en la actual Universidad de Puerto Rico en Humacao, mientras esperábamos el inicio de una clase en el programa de Biología Marina.  La joven, cuyo nombre ya no puedo recordar (aunque sí recuerdo que era del vecino pueblo de Gurabo), pero que era miembro de una iglesia cristiana protestante (hasta donde yo tenía conocimiento), me contaba sobre una situación en la que se había visto un pastor evangélico de su comunidad, en la que enfrentaba algún cargo por un incidente violento, creo que contra una menor de edad.  Puede que yo no recuerde mucho de lo que ella comentó, pero ella hizo un señalamiento que desde entonces llevo grabado en mi cabeza:

“Algunos que dicen ser cristianos son hasta peores que el mismísimo demonio.”

(Y ahora que me doy cuenta, por lo menos en una ocasión mencioné esta anécdota en el blog.  OK, ya está bueno, ¡dejen de pellizcarme, que eso duele!  ¡AAAYYY! Llorón )

Reloj

(OK, mis brazos ya están bien, puedo seguir escribiendo.)

Pues bien, hoy fue una de esas veces en las que me acordé de las palabras de la compañera universitaria de entonces, al ver en mi cuenta de Twitter una noticia en particular.  Una noticia que, queramos o no, nos lleva al trágico evento ocurrido el 12 de junio de 2016, cuando un individuo presuntamente influido por la ideología radical musulmana—la misma que, a mi entender, no es representación fiel de las buenas personas que practican esa religión, y que es detrás de lo que se esconden pandillas de asesinos, como la que se hace llamar “Estado Islámico de Irak y Siria” (o “de Irak y el Levante”) (y sí, eso es ese grupo, y como tal hay que llamarlo, como una pandilla de asesinos que no merece ninguna legitimidad en lo absoluto, ni religiosa ni política)—asesinó a 49 personas—23 de las cuales eran puertorriqueñas—en la discoteca “Pulse” de Orlando, Florida (antes de ser abatido por las fuerzas policiales).  Cuarenta y nueve personas que salieron a divertirse ese sábado por la noche, como cualquiera de nosotr@s lo haría—pero sin pensar que esa diversión acabaría costándoles la vida.

Y no pasaron 4 días desde el trágico suceso, cuando a una persona identificada como pastor evangélico de una localidad en el vecino estado de Georgia se le ocurrió colocar la siguiente expresión en su cuenta de Twitter:

“Been through so much with these Jacksonville Homosexuals that I don’t see none of them as victims. I see them as getting what they deserve!!”

¡Todo porque el escenario de la matanza era un club nocturno frecuentado por—o cuyas actividades están dirigidas a—homosexuales!    (Además de que equivocó el nombre de la ciudad, porque Jacksonville está al norte de Orlando, casi en la colindancia estatal con Georgia.)  Es más, voy a volver a la misma entrada de mi blog que cité hace un momento, porque creo que lo siguiente le cae como anillo al dedo, a éste y a muchos otros a quienes el sayo le cae perfectamente:

“Yo me cuestiono cómo… el dirigente de una congregación religiosa, la clase de persona que debe predicar el amor al prójimo, la paz, la buena voluntad para con los demás seres humanos—sean cristianos, judíos, budistas o musulmanes… sean blancos, negros, hispanos, orientales o nativo americanos… sean heterosexuales, homosexuales, transgenéricos, etc.—, sea la misma persona que predique el odio contra un grupo en particular por su implicación en unos hechos tan nefastos…  ¿… será de los ciegos que se ufanan de algo así como… ‘mi religión/mi Dios/es mejor que tu religión/tu(s) dios(es)’?”

Pero, ¿qué tal si echamos este otro ingrediente en la olla, a ver la clase de guiso que resulta?

“Puede ser que muchos de los que son rápidos para juzgar y para condenar las ‘fallas’ de los demás—pero lentos para perdonar a quienes cometen esas ‘fallas’, lentos para solidarizarse con el ser humano que habita dentro de eso que llamamos ‘pecador (o pecadora)’—queden retratados en una afirmación como la que cito….”*

[…]

“Si alguno de es@s que mencioné arriba viene a decirme que habla de parte de Dios… lo siento mucho por ell@s, pero no se los voy a creer.  Tal vez porque sus corazones encierran otra cosa, porque guardan otro sentir que no es consecuente con la prédica de la paz y el amor, con el ideal de ayudar a quienes sufren, a quienes lloran, a quienes necesitan de nuestro apoyo y solidaridad.  Tal vez porque en realidad, son fieles a otro amo, que no es a quienes tanto dicen ser fieles.”

(* La afirmación a la que me refiero está en: Evangelio según San Lucas, capítulo 16, versos 13–15; citado de la versión Dios Habla Hoy.  México, D.F.: Sociedades Bíblicas Unidas, 1983.)

Pues bien, parece que mi entonces compañera de estudios y yo tenemos razón, muchos años después.

Según esta nota publicada por el portal noticioso Fusion, el mismo pastor evangélico de Georgia que dijo que las 49 víctimas de una ira asesina—y repito, incluidas 23 víctimas puertorriqueñas—recibieron “su merecido” por ser lo que cierto ex-presidente del Senado boricua llamaría “torcidos”, fue arrestado este fin de semana por cargos de acoso sexual simple y agravado, en la persona de un menor de 16 años miembro de su congregación, en hechos ocurridos hacia el año 2010.

¿Alguien tiene una explicación RACIONAL para esto?  Una explicación de por qué una persona que está llamada a predicar la paz, el amor, y más que nada, el perdón de nuestras fallas como seres humanos, busca satisfacer a escondidas los impulsos carnales que tanto le critica y condena a otr@s.  ¡Así cualquiera!  De un lado, condenando los impulsos carnales que—según él—llevaron a los 49 de “Pulse” a recibir el “castigo de Dios”, mientras que del otro lado, cediendo a esos mismos impulsos carnales.

Tal vez le cae perfectamente ajustado el sayo del que sirve a los 2 amos.

Tal vez conviene repasar algo que escribí anteriormente sobre las personas no heterosexuales (o sea, homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y transgénero), las mujeres víctimas de violencia de género y los inmigrantes ilegales:

“Y estos tres sectores, entre tantos sectores marginados de nuestra sociedad, acabarán como objeto de la ignorancia, el odio y la ira de gente a la que describí en una ocasión anterior como ‘quienes creen ser mejores hijos de Dios que los demás’, como ‘personas bañadas de «rectitud» de arriba para abajo’—sin dar precisamente los mejores ejemplos de esa rectitud que tanto ostentan.  Y acabarán pagando los platos rotos de quienes no se atreverían a enfrentarse a un simple reto que los ponga en evidencia, a ver si demuestran los valores que tanto le exigen tener a los demás.”

Y lamentablemente, tanto al asesino de la discoteca “Pulse” como al pastor evangélico que quiso pasar por más santo que Dios, les cae perfectamente ese sayo.

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho, pórtense bien y sean personas razonables.

Soy Luis Daniel Beltrán… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

El verano del descontento

A day without immigrants, May 1, 2006. Descrip...
A day without immigrants, May 1, 2006. Descriptions shall come later. (Photo credit: Wikipedia)

Cualquiera diría que las fuerzas supremas que rigen el universo se levantaron un día de este verano por el lado de la cama que está pegado a la pared—y créanme, no es muy agradable despertar así.  Que mientras el mundo se entretenía en Brasil viendo cómo 22 jugadores de bandos opuestos corrían de lado a lado dándole patadas a un balón, en un regio baile mundial que terminó cuando los alemanes le hicieron “flippenfläppenmuckenßpræden” a los argentinos (y por favor, no me pregunten qué significa la claje ‘e disparate que acabo de escribir), en varios lugares de ese mismo mundo había una olla de conflictos por hervir o en plena ebullición.

Tenemos un ejemplo bastante gráfico en el nuevo conflicto entre los israelíes y los palestinos de Gaza—uno de tantos conflictos entre ambos bandos que se remontan a los “good old days” del Antiguo Testamento bíblico—, supuestamente desatado tras el secuestro y asesinato de 3 adolescentes israelíes y el supuesto secuestro y asesinato de un joven palestino en represalia.  Un conflicto en el que cada bando tiene su parte de responsabilidad, en el que cada bando trata de defender lo que entiende es suyo.

Y lamentablemente, un conflicto en el que la respuesta de cada bando no guarda ni la más mínima simetría.  Cohetes palestinos que pocas veces alcanzan su objetivo, ante las astutas defensas israelíes.  Cohetes israelíes que supuestamente alcanzan su objetivo en Gaza… o al menos, eso es lo que se le quiere hacer creer al resto del mundo.

El saldo hasta el momento refleja esa asimetría.  Una gran cantidad de víctimas civiles en el lado palestino, frente a sólo 2 ó 3 civiles del lado israelí (más un par de decenas de militares—pero en Tel Aviv dirán que “eso no es ná’, ellos son reemplazables”).  Hombres, mujeres y niños.  Más o menos un millar de víctimas palestinas en el momento en el que escribo esto.  Víctimas en una cacería de terroristas en la que todo se vale.  Bombardear escuelas, hospitales, balnearios playeros, hasta los refugios administrados por la Organización de las Naciones Unidas (la misma que para ambos bandos es buena cuando les conviene).  Y todo, porque los israelíes alegan que los palestinos de Gaza ocultan sus lanzadores de cohetes en esos mismos lugares, y utilizan a su propia gente como escudos humanos.

Pero déjenme decir algo: tan mal está el que se esconde detrás de gente inocente para atacar y hacer daño a otros, como el que mata o manda a matar a esa misma gente inocente para evitar que “nazcan” los futuros terroristas—y después se lava las manos como Pilatos y trata de manipular la opinión mundial para que ésta acepte su historia como “la realidad”.

Pero ¡ay! de quien trate de descorrer el velo que oculta la otra cara de esa realidad por estar “en el lugar correcto en el momento correcto”, como lo sabe de primera mano el periodista de la NBC estadounidense que tuvo que sufrir una represalia de sus jefes tras ser testigo de primera mano del bombardeo de una playa en la que apenas unos minutos antes había jugado con unos niños que más tarde se convertirían en víctimas.  (Digo, ¿no es para eso que existen los periodistas, para ser testigos de aquello de lo que se hace la historia de la humanidad?)  Y aunque el medio para el que trabaja lo llegó a remover de esa asignación “por su seguridad”—para reemplazarlo con otro periodista de mayor estelaridad cuya “seguridad” debía preocupar igual—, la molestia con dicha decisión ha permitido que él siga ahí, mostrando las cosas desde otra perspectiva.   La de quienes dicen no tener nada que ver con los cohetes que se lanzan contra Israel, la de las ciudades y villas de Gaza destrozadas por una guerra que no parece tener más sentido que el de los viejos odios de antaño, una guerra en la que hay hombres, mujeres, y sobre todo, niños que llevan la peor parte.

Y ya que hablamos de niños que llevan la peor parte, no hay más que mirar un poco más de cerca, al influjo creciente de menores centroamericanos que cruzan la frontera de los Estados Unidos de México con los Estados Unidos de América.  Como todas aquellas masas hacinadas de inmigrantes desamparados y azotados por la tempestad a las que le cantaba la poetisa estadounidense Emma Lazarus (1849–1887) en “The New Colossus”,* llegan buscando respirar en libertad, buscando aquello que llaman “the American dream”.  Y por todo el riesgo que corren sus vidas en el intento, todo lo que encuentran es un sistema de control fronterizo estadounidense que hace lo que puede por atenderlos, a veces más allá de su propia capacidad.

Eso, y los efectos de la ignorancia, el odio y la intolerancia, con los que se han rechazado los vehículos que los tratan de llevar a las facilidades donde se les debía dar el cuido que la más elemental humanidad exige.  Sentimientos que muchos estadounidenses, lamentablemente, lucen como si fuera una medalla de honor, como si eso los hiciera superiores al resto de los seres humanos.  Sentimientos que son alimentados por ideologías que descuentan a quienes no son “iguales” que quienes las impulsan y las propagan, y mucho menos que quienes caen en la trampa de seguirles sin cuestionar esas ideologías.  (Y ésa es la misma gente capaz de esperar a que culmine la administración del presidente Barack H. Obama en enero de 2017—y haya un nuevo presidente—para diz que “residenciarlo”, de tanto que los ciega el odio contra “el otro”.)

Lo malo del caso es que ese odio y esa intolerancia no permiten ver con claridad—mucho menos entender—la(s) razón (razones) por la(s) que tantos niñ@s centroamerican@s se ven obligados a abandonar sus países para hacer ese arriesgado y peligroso viaje hacia el norte.  En particular la violencia generada por las pandillas juveniles en muchos de esos países centroamericanos.  (De paso, aprovecho para recomendarles este informe del 2009 sobre la violencia juvenil y las “maras” y pandillas en El Salvador, especialmente las páginas 6–15, en las que se presenta el marco conceptual del estudio—una excelente descripción que tal vez nos ayude entender un poco mejor ese problema… y quizás en el proceso podamos ver cuán retratados estamos en esa realidad, nos guste o no.)  O la violencia ocasionada por el tráfico de drogas provenientes de la América del Sur, a través de los mismos países centroamericanos, para satisfacer una necesidad de consumo en los propios EE.UU.de A.—o sea, un caso de “oferta y demanda” como cualquier otro, como lo plantea una entrada reciente en el blog “Two Weeks Notice”.  Pero no, tal vez entender eso sea un esfuerzo sobrehumano para las “mentes”—si se les puede llamar así—de aquellas personas para las cuales la ignorancia es su savia, lo que les da la vida.

No me sorprendería que ése sea el mismo caso entre israelíes y palestinos, que desde tiempo inmemorial no pueden entenderse los unos a los otros, no se pueden ver las caras los unos a los otros, y están cegados por su propio odio y su propia intolerancia.

¡Quién sabe!  Tal vez si se acabara con ese odio, con esa intolerancia, con esa ignorancia que te hace levantarte un día y decidir que quieres atacar la casa de tu vecino para liquidarlo a él y a su familia y “prevenir” que éstos te ataquen, o decidir que no le vas a permitir la entrada a tu casa a alguien de otro lugar que esté huyendo de una situación problemática en su propia casa, porque es “diferente” a ti, se podría evitar muchos de los conflictos que han plagado a la humanidad.  Cuántos esfuerzos no se han hecho para acabar con los conflictos alrededor del mundo, principalmente por quienes aún quieren ser optimistas, por quienes no pierden la fe en la discusión sosegada de los asuntos, quienes quieren buscar las causas de los problemas, en lugar de dar palos a diestro y siniestro como “disuasivo”.

Pero como dije al principio, parece que esta vez, las fuerzas supremas que rigen el universo se levantaron un día de este verano de muy mal humor.  Tal vez debería ser tiempo de que esa rabieta se les pase pronto.  O por lo menos, debemos aspirar a que esa rabieta se les calme.  Cuanto antes, mejor.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y sean personas razonables.


* Cortesía del traductor de Google (con alguna ayudita de mi parte), ésta es la cita del poema de Emma Lazarus a la que hago referencia:

“Dame tus cansados​​, tus pobres,
Tus masas hacinadas anhelando respirar en libertad,
El desamparado desecho de tus rebosantes playas.
Envía estos, los desamparados, azotados por la tempestad, a mí:
Levanto mi lámpara junto a la puerta dorada.”


LDB

¿Y los niños? ¡Que la sigan pagando!

Children in a company housing settlement, Puer...
Children in a company housing settlement, Puerto Rico. (Photo credit: Wikipedia)

Amigas y amigos, mi gente:

Si me han podido acompañar hasta aquí en los prácticamente 10 años que llevo haciendo este blog, sabrán que un tema del que se me hace muy penoso plasmar algo es el de la violencia cuando ésta se vuelve en contra de los niños.  A mí, que no tengo hijos—más por mi propia elección que por otra cosa… aunque tal vez alguna o alguno de ustedes (y hasta yo mismo, ¿por qué no decirlo?) me diga que ésa fue una muy mala elección, pero ya eso es tema para otro día—, me resulta muy fuerte ver cómo un niño o una niña sufre las consecuencias, a veces mortales, de la conducta, muchas veces irresponsable, de los adultos que están a su lado.  Desde el descuido en la casa que resulta en un infante ahogado en una cubeta de agua, pasando por la irresponsabilidad del padre o madre que olvida (¡¿?!) a su niñito o niñita en el asiento trasero del carro y se va a su trabajo (olvidando sobre todo aquello que se dice de que “la prisa es mala consejera”), hasta la cobardía de quien queriendo salvar su pellejo se escuda detrás de un niño o niña inocente para que las balas asesinas no lo toquen.

Aun escribiendo el párrafo anterior me da un sentimiento de frustración, y hasta una sensación de que esas víctimas inocentes preguntan amargamente, “¿y qué te hice yo para que me causaras este daño?

La semana que acaba de transcurrir, la última de agosto de 2013, nos trajo otro recordatorio de que los niños siguen sufriendo a manos de irresponsables.  Un niño fue hallado gravemente herido dentro del cilindro de una lavadora abandonado en un vertedero de Rincón (costa noroeste de Puerto Rico, para beneficio de los lectores y lectoras en el resto de la América hispana).  La madre del niño, indocumentada de aparente procedencia mexicana (y aclaro que el dato no lo incluyo con intención de juzgar a esta persona), alega ser víctima de maltrato y aislamiento por parte de su pareja, un individuo con aparentes rasgos maltratantes y que la intimidaba alegando que era, diz que “agente federal” (del Servicio Federal de Control de Inmigración y Aduanas, ICE).  Sin embargo, ambos están detenidos (hasta donde yo supiese al momento de escribir esto).  Y el niño está dando pasos más o menos ciertos hacia su recuperación de las heridas físicas que se le infligieron.

Y recalco que ésas son las heridas físicas.  Si logra sobreponerse a ellas… habrá que ver cómo se podrá sobreponer a las heridas mentales y emocionales.  Y esas otras son más difíciles de superar.

Pero aún así, parte de la frustración que ya mencioné está en que se me hace difícil entender qué lleva a un adulto—que no siempre y no necesariamente es el padre o la madre—a dañar la vida de un niño o una niña.  Será que a muchos de estos adultos les importa poco lo que suceda con estos niños y niñas, y los usan como piezas de una ocasionalmente macabro ajedrez.  (Y mientras escribo, se me antoja pensar que en ello no se diferencian gran cosa de los padres que en medio de un proceso de divorcio “usan” a lo niños habidos en el matrimonio como “fichas” de tranque, como las del dominó, tal vez porque sólo les importa satisfacer su ego o sus intereses, o ambos.)  Total, es más fácil sacrificar al peón que al rey.

(Y si de peones sacrificados se trata, sólo basta con mirar las imágenes de la insurrección civil en Siria y su siniestro resultado: 426 niños muertos a causa de un ataque con gases letales contra civiles hace un par de semanas.  Y ninguna de las partes en conflicto—gobierno e insurrectos—quiere hacerse parte responsable; el responsable siempre es “el otro bando”.  ¿Y los niños y adultos civiles?  “¡Bien, gracias!”)

Pero en otra instancia, será que muchos adultos no están verdaderamente preparados para ser padres.  (Y tal vez ese mismo es mi caso, tal vez yo nunca estaré preparado para tener esa satisfacción en mi vida… pero así es la vida y así son las cosas.)  Será que muchos adultos, hombres y mujeres, sienten que no pueden cargar con la responsabilidad de criar un hijo o una hija, porque eso “les daña” el estilo de su vida (como el que llevaban, por ejemplo, cuando estaban en su soltería).  Será que para muchos de estos hombres y mujeres adultos, haber traído hijos al mundo haya sido como una maldición, como un “castigo” que les da la vida… ¿tal vez por existir?

(Es más, voy a detenerme de momento para contar una experiencia muy lamentable que presencié una vez de camino a mi trabajo, en la primera mitad de la década del cero, cuando mi oficina estaba en el edificio cercano al Capitolio.  A varios hectómetros de llegar al edificio, observé que iba por la acera—”banqueta”, que la llaman en otros países hispanoparlantes—una señora, tal vez en sus 20s tempranos, tal vez de una de las barriadas pobres de Puerta de Tierra o de la barriada La Perla.  Esta señora llevaba a su niño casi arrastrado.  El niño lloraba por alguna razón.  Pero la señora, en lo que me pareció un reflejo de ira y frustración seguía arrastrando a su niño, mientras lo regañaba y le decía palabras de las que prefiero ni acordarme ni transcribir aquí.  Y el niño seguía llorando a moco tendido.  Y en ese trance madre e hijo siguieron su camino.  Créanme, ese día me sentí sumamente frustrado y triste por lo que vi.  Y aunque hoy las caras de la madre y del niño son sólo siluetas borrosas, el dolor de pensar en ese incidente sigue siendo el mismo.)

Tal vez esto sea mucho pensar para quienes tienen en sus manos la responsabilidad de prevenir situaciones como la ocurrida la semana que recién nos deja.  Como están las cosas, tal vez sea mucho pedir que se dé mayor atención a las bases que apoyan la conducta de ciertos adultos en contra de los niños.  Digo, quienes se dedican a atender situaciones de familia hacen lo que pueden, aun teniendo que lidiar con una gerencia que está más comprometida con mostrarle al mundo que “se está haciendo algo” que con verdaderamente hacer algo.

Pero de que debe hacerse algo para prevenir casos de violencia contra los niños… ¡algo hay que hacer, y debe ser YA!

No debemos dejar que los niños la sigan pagando—ni en Puerto Rico, ni en Siria, ni en Estados Unidos, ni en el sur asiático… ¡en ningún lugar del mundo!

Mientras tanto, ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

El grito que se escuchó por todo el mundo

English: Aerial picture of the Mameyes landslide
English: Aerial picture of the Mameyes landslide (Photo credit: Wikipedia)

Espantoso.

Simplemente espantoso.

No creo que haya nada más espantoso que despertar una mañana y ver cómo la ladera de una montaña se le viene encima a la casa que tanto esfuerzo y sacrificio te ha costado tener.  O ver cómo la casa de tu vecin@ está en la línea de impacto de un desastre así, y que tu primera preocupación sea por la vida de quienes habitan esa casa.  Y sales a la calle horrorizad@.  Y pegas un grito a tu vecin@ para que se dé cuenta del peligro y se salga.  Y le ruegas a Dios—o al Ser Supremo o Fuerza Suprema en que crees, suponiendo que no eres de l@s que no cree ni en la luz eléctrica—que tu vecin@ no quede pillad@ entre los escombros de la roca que está en vías de caerle encima.

Me imagino que de esa manera debió haberse sentido la señora residente en la urbanización Villa España, en Bayamón, que mientras grababa un vídeo con su teléfono celular vio cómo la ladera de una montaña de roca caliza—lo que comúnmente conocemos en Puerto Rico como un mogote o “pepino”, por la forma que adquieren normalmente—se empezaba a deshacer junto a la hilera de casas que le quedaban al lado y empezó a correr hacia la residencia de su vecina y amiga, al grito de “Tatiiiii… Tatiiiii… Tatiiiii…”

Por lo menos, no parecía haber nadie—ni siquiera “Tati”—en esa residencia en el momento en que la ladera quiso imponer su voluntad.  Y si lo vemos del lado “positivo”, el resultado de la terrible experiencia no fue una tragedia, ni para “Tati” ni para ninguno de los vecinos afectados en esa calle.  O sea, al menos aquello no acabó como el derrumbe de una ladera en la Comunidad Mameyes de Ponce en 1987.  (Y para aquell@s que aún muchos años después tengan sus dudas, les digo que un compañero de estudios graduados de entonces y quien hoy en día es su esposa—y ambos son catedráticos universitarios hoy en día—me llevaron hasta cerca del lugar del derrumbe.  De más está decir lo espantoso que se vio ese cuadro—aparte del horror de quienes perdieron sus vidas en esa tragedia.)  O sea, que pudo haber sido peor.

Pero como suele suceder, esta lamentable situación vuelve a desatar el eterno debate sobre la mala planificación—o la falta de una buena planificación, dependiendo del nivel de optimismo o pesimismo de cada quien—de la que Puerto Rico ha sido objeto por décadas.  Planificación que, por más esfuerzos que se hagan por evitarlo, permite que se construyan desarrollos urbanos, comerciales, industriales o de telecomunicaciones en lugares en los que no se debe construir nada, lugares en los que la naturaleza reclama tener su espacio.

El caso que nos ocupa es el de una urbanización que  se construyó varios años atrás, al lado de un cerro de roca caliza de los muchos que caracterizan la zona norte de Puerto Rico, prácticamente desde Carolina (al este de San Juan, para quienes no nos conocen bien) hasta Aguadilla (noroeste de Puerto Rico), que reflejan un tiempo muy remoto en el que esa zona de mi isla estaba bajo el dominio del mar y de sus formas de vida.  (Interesantemente, en pedazos de roca de esa zona, se puede encontrar de vez en cuando el fósil de algún organismo marino; yo los he visto una que otra vez.)  A su vez, ese tipo de roca produce en esa zona formaciones tales como sumideros (o dolinas, o como se las quiera llamar), cuevas y cavernas, debido a que es una roca que dadas las condiciones adecuadas es susceptible a disolverse con el agua (aunque en algunos lugares, dependiendo del tipo de roca caliza, esa susceptibilidad es mayor que en otros—pero no vinimos a ponernos muy técnicos, ¿o sí?).

(Es más, si alguien quiere más información sobre el Carso puertorriqueño, la encontrará a mitad de la página en el siguiente enlace: Proyecto Salón Hogar: Geografía de Puerto Rico, o mediante una búsqueda en Google, Bing o Yahoo!.)

Lamentablemente, esa misma variación en la susceptibilidad a disolverse hace que algunos lugares en nuestra zona norte sean más propensos que otros a que ocurran situaciones como la que vivieron estos vecinos, especialmente si se corta el terreno de las laderas de estos cerros para permitir un desarrollo urbano que, por lo demás, “no cabría” por causa de ese “obstáculo” que está ahí en medio… más o menos como—a mi juicio—lo verían los desarrolladores.  Y a mí me parece que ese es un error muy grave y costoso.

Como también me parece grave y costoso el error de colocar una enorme pelota de relleno dentro del valle de un río (o al borde de un sumidero de los que mencioné anteriormente), amoldarla en forma de meseta y “espetar” sobre la misma una nueva urbanización, de esas en las que la casa más básica y económica de 3 dormitorios y 2 baños se vende en los “bajos” US$150’000.  Y ni hablar de un montón de “errores y horrores” como éstos.

(Creo que alguna vez escuché en un paso de comedia a la excelsa actriz fajardeña, doña Norma Candal [1930–2006], proponer un nombre para una urbanización así: “Alturas de Hoyo Hondo”.)

Pero volviendo al tema… con el derrumbe de la ladera se escuchan de nuevo los gritos habituales.  Que si en Puerto Rico ha habido una mala planificación de los desarrollos urbanos.  Que si se ha permitido construir donde no se debe.  Junto a las laderas de los mogotes, al borde de los sumideros, aun hasta a la orilla de las playas, unas playas que se supone—o al menos, siempre me lo han dicho en mi trabajo—son de todos en general y de nadie en particular.  Que si hubiera habido un Plan de Usos de Terrenos en vigencia, que no se hubiera aplazado por X o Y razón, ninguna de estas cosas hubiera pasado.  Y muchos otros gritos similares.

(Es más, permítanme detenerme por un par de minutos para decirles algo: unos días atrás evalué una propuesta para reconstruir una residencia en un sector costero de San Juan, donde el tipo de vivienda es más del de quien puede costearse ese lujo—los detalles del lugar no vienen al caso.  Como parte de mi evaluación, yo comparé fotos aéreas de la zona en cuestión, de los años 2007 y 2010.  Una cosa me dejó atónito al comparar las fotos: la costa frente a la susodicha residencia se fue perdiendo en el transcurso de apenas 3 años…  Así como lo están leyendo: ¡3 años!  Lo que no había ocurrido desde, por ejemplo, los años 30 del siglo pasado, había ocurrido en el transcurso de apenas 3 años.  Basta con decir que para el 2010, ya el mar estaba llegando a la pared de la residencia que daba a la playa.  Y me pregunto si alguna vez aprenderemos algo de cosas como ésta…)

Pero una cosa sí es clara: alguien hizo una apuesta a que se podía burlar de la naturaleza, y desarrolló una urbanización junto a la ladera de un mogote.  Y la naturaleza hizo—o tal vez empezó a hacer—su jugada.  Y ganó la apuesta.

Así que ahora, ¿quién le paga a Tati por esa apuesta?  ¿Cómo se van a reponer los sueños, las esperanzas de futuro, las ilusiones de Tati y de decenas de residentes de Villa España, que sufrieron—o tal vez están empezando a sufrir—las consecuencias de un juego en el que la naturaleza tiene una mano ganadora?  Peor aún, la vecina cuyo grito se escuchó alrededor del mundo—gracias a que subió el vídeo a YouTube—tal vez estará empezando a preocuparse, no sea que las casas frente a la hilera siniestrada sean las próximas, en caso de que la naturaleza quiera jugar una carta más poderosa.

A lo mejor pasa como dijo una vez el Rvdo. Friedrich Gustav Emil Martin Niemöller (1862–1984):

“Para entonces, ya no había nadie que protestara por ningún otro.”

O que por lo menos le pegara un grito para que se saliera de allí y salvara su vida.

Y con la esperanza de que la casa no se me caiga encima… ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Algo para pensar un poco: El dolor

Amigas y amigos, mi gente:

A Bouncing Ball.
A Bouncing Ball. (Photo credit: Wikipedia)

Mientras iba de camino a mi trabajo esta mañana, estuve pensando en el dolor como una herramienta para aprender a vivir.  Pensaba en cómo algunas veces tratamos de anular las posibilidades de crecimiento de otr@s cuando tratamos de “evitar que sufran”, evitar que tengan que atravesar por el dolor de perder algo o alguien.

Y ciertamente es algo por lo que yo también he pasado en la vida, aunque algunas personas—sobre todo en mi entorno cercano—no lo quieran entender o aceptar.  He tenido momentos en los que vi cómo hacía daño a otras personas, sin yo tener conciencia de que hacía ese daño.  Y esas han sido ocasiones en las que he tenido que pagar bien cara mi inconciencia.

Pensando en ello, recordé una cita que extraje de una revista de fisiculturismo a la que estuve suscrito alguna vez* (y dirán que eso es algo irónico para alguien que ni siquiera aspira a ser un Mr. Universo—y mucho menos, a la edad que tengo ahora), en la que se incluyen artículos para motivar a los atletas a dar lo mejor de sí.  Esta cita me llamó poderosamente la atención, y quiero compartirla aquí:

“El caso opuesto (al de las personas que se pasan la vida corriendo riesgos exagerados, impulsados únicamente por su ego) es el de la gente que vive su vida regida por el miedo.  El miedo al fracaso.  El miedo al éxito.  El miedo al dolor.  Sé de gente que pasaría su vida, no en la búsqueda de las metas, los sueños o el placer, sino en total compromiso con evadir completamente el dolor.  ¡Qué autolimitante!  ¡Qué impedimento para cualquiera que desee experimentar la vida!  ¿Por qué no sentarse ahí y simplemente pudrirse, esperando la muerte?  Muéstrenme un hombre que nunca ha cometido un error y les mostraré un hombre que nunca se ha tomado un riesgo, que nunca ha tenido éxito y que nunca ha vivido su vida a plenitud.  El dolor es, después de todo, parte de nuestra existencia.

(Dr. Tom Deters, en un artículo para la revista ‘Muscle & Fitness’.  Los énfasis, como los tengo acostumbrados a esperar de mí, son hechos con toda intención.)

Puede que algun@ de ustedes encuentre esto un poquito fuerte, pero es la realidad.  Queramos o no, el dolor es parte de la vida.  Es una herramienta valiosa que nos ayuda a crecer y a desarollarnos como seres humanos.  Y aunque lo que escribo en esta entrada no significa que salgamos a la calle a infligirnos dolor sobre dolor y más dolor—y para mí, eso sería igual de horrible que vivir una vida totalmente protegida, escondida de todo dolor—, lo que significa es que el dolor es algo que enfrentamos tod@s, en alguna etapa de nuestra vida, tarde o temprano, y que no es algo a lo que debamos temer ni de lo que debamos escondernos.  Es algo que debemos aceptar como parte de nuestra existencia, como una lección que la vida nos da y de la que debemos aprender,y con la que podemos crecer como seres humanos.

Yo no sé, pero creo que hoy tenía ganas de filosofar un poco, para variar… ¡mejor, vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* P.S. Fue a través de esa revista que conocí a una joven atleta que estaba despuntando dentro de ese deporte, y cuya vida tuvo un final trágico al privarse de la vida a tan temprana edad (como lo relaté hacia el final de esta entrada.)


LDB