NYTimes: Economy and Crime Spur New Puerto Rican Exodus

NYTimes: Economy and Crime Spur New Puerto Rican Exodus
http://nyti.ms/1aHmGNS

Amigas y amigos, mi gente, esto fue publicado el 8 de febrero de 2014 por el New York Times, y el cuadro que se pinta no es muy halagador que digamos.  Una economía arruinada por la incompetencia oficial, una ola de violencia a la que parece que no dan ganas de detener (si no es que hay apariencia de complicidad), una emigración de la gente más productiva hacia los Estados Unidos (principalmente), en busca de “una mejor calidad de vida” que no pueden tener en su propio terruño…

Pero ésa, nos guste o no, es nuestra realidad.  Y hoy en día, estamos viendo las consecuencias.  Ahora queda ver cómo lo ven, allá en “los niuyores”.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Y sobre todo, mucho ánimo, que la lucha apenas comienza.

LDB

El confinado cuatrocientos sesenta y seis del sesenta y cuatro

English: Young Nelson Mandela. This photo date...
English: Young Nelson Mandela. This photo dates from 1937. South Africa protect the copyright of photographs for 50 years from their first publication. See . Since this image would have been PD in South Africa in 1996, when the URAA took effect, this image is PD in the U.S. Image source: http://www.anc.org.za/people/mandela/index.html (Photo credit: Wikipedia)

Ocurrió justo en la víspera de mi cumpleaños 55, casi dos semanas después de que el mundo recordara los 50 años del asesinato del presidente Kennedy.

Esa tarde, cuando ya la noticia más o menos seria estaba por dar paso a otro tipo de noticia menos seria (o para quienes no capten la ironía puertorriqueña implicada: cuando los principales noticiarios de la televisión estaban por terminar su edición vespertina para dar paso a la basura chismográfica que domina el atardecer televisivo del boricua promedio, desde los tiempos de la conocida muñeca… ¿he mencionado nombre yooooo?), una noticia lamentable había comenzado a circular: Nelson Rolihlahla Mandela, el hombre al que yo llamé en otra ocasión en este blog, “un alma noble” (aunque hubiera preferido no utilizarlo en una comparación con alguien que no debe atreverse ni a llegarle a los tobillos), había alcanzado su meta, había culminado su largo camino hacia la libertad a los 95 años de edad.

Ciertamente, los hechos de la vida de Mandela me dan más que suficiente razón para haberlo descrito así en este blog.  Luchador incansable por los derechos de la población nativa del África del Sur (nombre que prefiero personalmente por encima del de “Sudáfrica”), que una minoría blanca pretendió pisotear a través del abusivo ordenamiento público conocido como “apartheid”.  Lucha que lo llevó de ser un abogado de derechos civiles a ser un líder que abogaba, como Gandhi, por la resistencia no violenta, para incluso abogar por la lucha armada como medio para conseguir sus objetivos, y de ahí a ser un confinado marcado con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro.  Número que le acompañaría por unos 27 años, 18 de ellos en una notoria cárcel de ésas que podrían pasar por “la isla de los condenados” en cualquier melodrama televisivo de los de la “vieja escuela” (¿Palmerola o Mario Pabón, anyone?), de ésas que no buscan rehabilitar al delincuente, sino minarle su voluntad y derrotar su espíritu.  Para entonces vivir para ver su libertad y convertirse en una figura que unió a su propio pueblo, negros y blancos, nativos y extranjeros (y sus descendientes)—y ganarse el cariño y el respeto de la mayor parte del mundo en el proceso.  Incluso el reconocimiento de la Academia Sueca al otorgarle el Premio Nobel de la PAZ (así, con mayúsculas), reconocimiento que pudo mantener con dignidad y honra, a diferencia de uno que otro de quienes recibieron ese reconocimiento después que él.

Así que más o menos, el desborde de cariño, respeto y admiración fue lo que se vio durante los 10 días de luto oficial que vivieron los africanos del sur, ante la mirada del resto del mundo—salvo por un par de notas discordantes como la del “selfie” del presidente Obama con los primeros ministros británico (David Cameron) y danesa (Helle Thorning Schmidt) (ante la cara de seriedad de la primera dama estadounidense, porque se trata de un acto fúnebre, ¡‘dito sea Dios!; apuesto a que su esposo dormiría esa noche en “la cocina” del “Air Force 1”) y la del presunto “intérprete de lenguaje de señas” que parecía estar jugando a las “charadas” (además de que Dios sabrá la de cosas impublicables que habrá expresado ese individuo—digo, yo no conozco ni papa del lenguaje estadounidense de señas, ASL, ni mucho menos otro lenguaje similar para saber lo que él expresó en realidad), luego de ver “ángeles” u otros “entes sobrenaturales” entrando al estadio donde se hizo la ceremonia.

Pero más allá de eso, lo importante es que ahora queda un legado, tanto para los africanos del sur como para el resto del mundo.  Un legado de firmeza en las convicciones, de buscar aquello que debe unir—más bien, une—a los seres humanos, sin esa distinción artificial resultante de cómo vemos el color de la piel del otro, o de dónde procede, o cómo es su cultura o su ideario político, o si es hombre o mujer, o si habiendo nacido hombre o mujer tiene otras inclinaciones (siempre que las mismas no sean hacia cosas verdaderamente abominables—y ésa es una raya que hay que tirar de todos modos), o si cree en Dios o en una Fuerza Suprema, o incluso si no cree.

Un legado que siempre se verá bajo amenaza de quienes no ven la vida con ese mismo espíritu.  De quienes pretenden mantener vivas las cosas que dividen a los seres humanos.  De quienes pretenden explotar los miedos de l@s incaut@s hacia “el otro”—se llame “mujer”, “negro”, “latino” o “hispano”, “chino” u otro tipo de asiático (total, hay quien no distingue unos de otros), “homosexual” o “lesbiana” o “bisexual” o “transexual” o “transgénero” (y también hay quien pinta a todos éstos con el mismo brochazo)… se llame como se llame—para adelantar sus propias agendas en lo político, en lo religioso, en lo social.  Bajo amenaza de quienes no creen en la justicia social.

Pero aún así, es un legado del que podemos tod@s aprender algo, si nos lo proponemos.  Y que podemos aplicar en nuestras vidas, si queremos.  Y que podemos seguir propagando y extendiendo, si aceptamos esa misión que. después de todo, será para el bien de quienes sigan nuestros pasos ahora, y de quienes seguirán sus pasos después.

Y es un legado de justicia, de persistencia, y sobre todo, de unión.  UNIÓN para enfrentar las dificultades que encontramos a lo largo del camino.  UNIÓN para prevalecer, más allá de las pequeñas diferencias, en busca del bienestar de todos.  UNIÓN para lograr una vida mejor, un futuro mejor.

De mi parte, yo estoy seguro que mientras escribo estas líneas, el espíritu de Nelson Mandela estará sonriendo sobre este mundo, y sobre el África del Sur que tanto amó y por cuya libertad del racismo institucionalizado luchó tanto.  Total, muy a pesar de los pesares, y de haber estado 27 años de confinado, con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro, en muchas de las imágenes de su vida se le veía con una sonrisa.

Y yo me atrevo a pensar que la sonrisa que él luce ahora será de satisfacción, por haber cumplido su misión en la vida.  Porque al final de su largo camino, él alcanzó la libertad.

¡Hasta siempre, “Madiba”!

P.S. Les dejo aquí los enlaces a su biografía, vía Wikipedia (en español y en inglés) y a la Fundación Nelson Mandela, por si están interesad@s.

LDB

¿Y los niños? ¡Que la sigan pagando!

Children in a company housing settlement, Puer...
Children in a company housing settlement, Puerto Rico. (Photo credit: Wikipedia)

Amigas y amigos, mi gente:

Si me han podido acompañar hasta aquí en los prácticamente 10 años que llevo haciendo este blog, sabrán que un tema del que se me hace muy penoso plasmar algo es el de la violencia cuando ésta se vuelve en contra de los niños.  A mí, que no tengo hijos—más por mi propia elección que por otra cosa… aunque tal vez alguna o alguno de ustedes (y hasta yo mismo, ¿por qué no decirlo?) me diga que ésa fue una muy mala elección, pero ya eso es tema para otro día—, me resulta muy fuerte ver cómo un niño o una niña sufre las consecuencias, a veces mortales, de la conducta, muchas veces irresponsable, de los adultos que están a su lado.  Desde el descuido en la casa que resulta en un infante ahogado en una cubeta de agua, pasando por la irresponsabilidad del padre o madre que olvida (¡¿?!) a su niñito o niñita en el asiento trasero del carro y se va a su trabajo (olvidando sobre todo aquello que se dice de que “la prisa es mala consejera”), hasta la cobardía de quien queriendo salvar su pellejo se escuda detrás de un niño o niña inocente para que las balas asesinas no lo toquen.

Aun escribiendo el párrafo anterior me da un sentimiento de frustración, y hasta una sensación de que esas víctimas inocentes preguntan amargamente, “¿y qué te hice yo para que me causaras este daño?

La semana que acaba de transcurrir, la última de agosto de 2013, nos trajo otro recordatorio de que los niños siguen sufriendo a manos de irresponsables.  Un niño fue hallado gravemente herido dentro del cilindro de una lavadora abandonado en un vertedero de Rincón (costa noroeste de Puerto Rico, para beneficio de los lectores y lectoras en el resto de la América hispana).  La madre del niño, indocumentada de aparente procedencia mexicana (y aclaro que el dato no lo incluyo con intención de juzgar a esta persona), alega ser víctima de maltrato y aislamiento por parte de su pareja, un individuo con aparentes rasgos maltratantes y que la intimidaba alegando que era, diz que “agente federal” (del Servicio Federal de Control de Inmigración y Aduanas, ICE).  Sin embargo, ambos están detenidos (hasta donde yo supiese al momento de escribir esto).  Y el niño está dando pasos más o menos ciertos hacia su recuperación de las heridas físicas que se le infligieron.

Y recalco que ésas son las heridas físicas.  Si logra sobreponerse a ellas… habrá que ver cómo se podrá sobreponer a las heridas mentales y emocionales.  Y esas otras son más difíciles de superar.

Pero aún así, parte de la frustración que ya mencioné está en que se me hace difícil entender qué lleva a un adulto—que no siempre y no necesariamente es el padre o la madre—a dañar la vida de un niño o una niña.  Será que a muchos de estos adultos les importa poco lo que suceda con estos niños y niñas, y los usan como piezas de una ocasionalmente macabro ajedrez.  (Y mientras escribo, se me antoja pensar que en ello no se diferencian gran cosa de los padres que en medio de un proceso de divorcio “usan” a lo niños habidos en el matrimonio como “fichas” de tranque, como las del dominó, tal vez porque sólo les importa satisfacer su ego o sus intereses, o ambos.)  Total, es más fácil sacrificar al peón que al rey.

(Y si de peones sacrificados se trata, sólo basta con mirar las imágenes de la insurrección civil en Siria y su siniestro resultado: 426 niños muertos a causa de un ataque con gases letales contra civiles hace un par de semanas.  Y ninguna de las partes en conflicto—gobierno e insurrectos—quiere hacerse parte responsable; el responsable siempre es “el otro bando”.  ¿Y los niños y adultos civiles?  “¡Bien, gracias!”)

Pero en otra instancia, será que muchos adultos no están verdaderamente preparados para ser padres.  (Y tal vez ese mismo es mi caso, tal vez yo nunca estaré preparado para tener esa satisfacción en mi vida… pero así es la vida y así son las cosas.)  Será que muchos adultos, hombres y mujeres, sienten que no pueden cargar con la responsabilidad de criar un hijo o una hija, porque eso “les daña” el estilo de su vida (como el que llevaban, por ejemplo, cuando estaban en su soltería).  Será que para muchos de estos hombres y mujeres adultos, haber traído hijos al mundo haya sido como una maldición, como un “castigo” que les da la vida… ¿tal vez por existir?

(Es más, voy a detenerme de momento para contar una experiencia muy lamentable que presencié una vez de camino a mi trabajo, en la primera mitad de la década del cero, cuando mi oficina estaba en el edificio cercano al Capitolio.  A varios hectómetros de llegar al edificio, observé que iba por la acera—”banqueta”, que la llaman en otros países hispanoparlantes—una señora, tal vez en sus 20s tempranos, tal vez de una de las barriadas pobres de Puerta de Tierra o de la barriada La Perla.  Esta señora llevaba a su niño casi arrastrado.  El niño lloraba por alguna razón.  Pero la señora, en lo que me pareció un reflejo de ira y frustración seguía arrastrando a su niño, mientras lo regañaba y le decía palabras de las que prefiero ni acordarme ni transcribir aquí.  Y el niño seguía llorando a moco tendido.  Y en ese trance madre e hijo siguieron su camino.  Créanme, ese día me sentí sumamente frustrado y triste por lo que vi.  Y aunque hoy las caras de la madre y del niño son sólo siluetas borrosas, el dolor de pensar en ese incidente sigue siendo el mismo.)

Tal vez esto sea mucho pensar para quienes tienen en sus manos la responsabilidad de prevenir situaciones como la ocurrida la semana que recién nos deja.  Como están las cosas, tal vez sea mucho pedir que se dé mayor atención a las bases que apoyan la conducta de ciertos adultos en contra de los niños.  Digo, quienes se dedican a atender situaciones de familia hacen lo que pueden, aun teniendo que lidiar con una gerencia que está más comprometida con mostrarle al mundo que “se está haciendo algo” que con verdaderamente hacer algo.

Pero de que debe hacerse algo para prevenir casos de violencia contra los niños… ¡algo hay que hacer, y debe ser YA!

No debemos dejar que los niños la sigan pagando—ni en Puerto Rico, ni en Siria, ni en Estados Unidos, ni en el sur asiático… ¡en ningún lugar del mundo!

Mientras tanto, ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Yo no me quito, yo me quedo

English: Silhouette of an airplane to the left
English: Silhouette of an airplane to the left (Photo credit: Wikipedia)

Durante mucho tiempo he visto cómo la gente reacciona a una crisis como la que venimos viviendo por las últimas 4 décadas—puede ser que por más tiempo—en Puerto Rico.  Crisis que nace de la ineptitud y la complacencia con la que se ha manejado la vida pública en este país.  Servicios públicos deficientes, una infraestructura que clama a gritos porque se le dé la debida atención, un cuadro de salud mental que mete mucho miedo, una descomposición social que fomenta la violencia contra todo y contra tod@s, y una clase política que se cree que le vamos a estar riendo las gracias eternamente, mientras una prensa mayormente sensacionalista prefiere no cuestionar—¿no será que de un tiempo a esta parte no se atreve a cuestionar?—y más bien adormece a l@s espectadores(as) con el último chisme del conocido cantante sexualmente enfermito o la conocida modelo-empresaria-icono.

(Como decía la conocida muñeca chismosa de ingrata recordación… “¿he mencionado nombres yoooooooooo?”)

¿Y de qué manera se ha preferido reaccionar a todo este cuadro pésimo?  Muchas personas han dicho que ya no aguantan más y están dispuestas a irse.  A buscar otros horizontes, principalmente en los Estados Unidos.  Donde hay mayores y mejores oportunidades y las condiciones de vida son mejores.

Pero déjenme aclarar algo antes de seguir: No es mi intención juzgar negativamente a quienes piensan de esa manera—tal vez porque si lo hago y me equivoco, tendría que tragarme mis propias palabras.  Total, tod@s tenemos en nuestra propia familia a alguien que se ha sentido derrotado porque sus esfuerzos le han sido “recompensados” con desprecio, desdén, puertas cerradas a sus aspiraciones, etc.  En mi familia ha sido así por bastante tiempo.  Parientes que han tenido que emigrar de los campos a la gran urbe en el norte, a trabajar cosechando las bendiciones de la madre tierra o haciendo puntadas a máquina con hilo y aguja.  O que han emigrado porque las oportunidades de desarrollo profesional no han llegado como lo deseaban, y han tenido que empacar sus sueños y esperanzas en la misma maleta que sus ropas—y por razones que no vienen al caso, sólo voy a decir que ese último caso me toca bastante de cerca.

Así que entonces, ¿qué es lo que queda ante todo este desastre?  O más bien, ¿quienes son los que se quedan—o más bien, nos quedamos?  Nos quedamos quienes tratamos de aguantar como podemos el embate de la ola de mediocridad que nos permea.  Nos quedamos las víctimas propiciatorias de los sacrificios de sus líderes, de aquell@s en quienes—más mal que bien—depositamos la confianza.

Nos quedamos aquí l@s que podemos elegir entre seguir siendo víctimas… o salirnos de ese papel.

Pero entonces, ¿cómo salir de ese papel?  ¿Qué tal si nos quedamos aquí y luchamos por recuperar lo que nos corresponde, particularmente nuestra dignidad, que tanto ha sido pisoteada?

Como lo indiqué arriba, no deseo juzgar a quien se vea en la disyuntiva de irse vs. quedarse.  Sé que no es nada fácil para quien se vea en esa situación.  Ni para mí fue fácil cuando en aras del tan ansiado progreso profesional que había visto en otr@s, quise irme a estudiar un doctorado en ecología en State College, Pennsylvania, allá para agosto de 1990 (¡experiencia de la que sólo duré 11 días!).  Adaptarme a una realidad diferente fue para mí un golpe muy fuerte, además de que las circunstancias que me hubieran ayudado a aguantar ese cantazo no se dieron como yo esperaba.  Y lo peor de ello fue que yo estaba solo.  Solo.  Sin el apoyo de nadie que entendiera la situación por la que pasaba y me hubiera ayudado a hacer más tolerable esa transición en mi vida.  (Aunque valga aclarar que algunos de mis potenciales compañeros de universidad, angloparlantes, hicieron lo que pudieron por ayudar, aunque eso no fuese suficiente.  Pero no me quejo y les agradeceré eternamente por lo que les estuvo a su alcance hacer.)

Así que podrán imaginarse mi alivio al regresar a mi terruño a finales de ese mes, cuando me dije que había regresado a donde tenía que estar, y que cumplir mi misión en la vida no me requería ir más allá de mi grado de maestría en ciencias en biología, que con eso ya estaba más que preparado para lo que me tocaba hacer.  (Por supuesto, también fue un alivio que la carta de renuncia que yo había presentado a mi puesto, la cual entraba en efecto por esos mismos días, fuera dejada sin efecto—pero eso ya es otra historia.)  Y esa misión es simple y sencillamente la de ayudar a poner de pie a mi país, no de rodillas como lo tienen quienes creen que lo pueden tener así por siempre.

Pero volviendo al tema, ¿qué podemos hacer para cumplir con esa misión?  Para empezar, debemos unirnos todos, los que nos quedamos, más allá de las mezquindades que nos inculcan los políticos y algunas figuras públicas cada día.  Debemos generar nuevas ideas, debemos mirar más allá de nuestras narices, más allá de los confines que nos limitan.  A lo mejor en el este del Caribe, o en América del Sur, o en Europa, o África, o quién sabe dónde más, hacen cosas que tal vez nos podrían dar ideas que podamos implantar aquí—y quién sabe si hasta las podamos mejorar en el proceso.  Debemos ser más conscientes de las decisiones que tomamos, y de en quienes confiamos para que dirijan nuestros destinos.  Sobre todo, debemos cuestionar lo que tenemos en estos momentos,  Debemos poner siempre en duda todo lo que nos dicen quienes dicen estar haciendo las cosas “por nuestro bien”, por un lado, mientras que por otro lado buscan su propio bien—y eso último, lo sabemos, y tal vez ell@s saben (aunque no lo quieran admitir) que lo sabemos.  Debemos exigir que cada quien se haga responsable de sus acciones, que no se escondan cobardemente detrás de argumentos manoseados para no hacer las cosas que hay que hacer.  O para hacer cosas que enajenen a quienes no encajan con su estrecha visión particular de cómo deben ser las cosas.

La verdad es que quienes nos quedamos tenemos una tarea enorme por delante.  Una tarea que requiere esfuerzo y sacrificio.  Una tarea para la que tenemos una responsabilidad, con nosotr@s mism@s y con nuestra sociedad, por lo que hay que estar presente para cumplir con la misma.

De mi parte, yo pienso seguir cumpliendo con mi responsabilidad y con mi deber.  Y por ello es que afirmo que…

Yo no me quito.  Eso no está en mi plan de vida.  YO ME QUEDO.

Y ya que yo no me voy a quitar… ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB