El confinado cuatrocientos sesenta y seis del sesenta y cuatro

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English: Young Nelson Mandela. This photo dates from 1937. South Africa protect the copyright of photographs for 50 years from their first publication. See . Since this image would have been PD in South Africa in 1996, when the URAA took effect, this image is PD in the U.S. Image source: http://www.anc.org.za/people/mandela/index.html (Photo credit: Wikipedia)

Ocurrió justo en la víspera de mi cumpleaños 55, casi dos semanas después de que el mundo recordara los 50 años del asesinato del presidente Kennedy.

Esa tarde, cuando ya la noticia más o menos seria estaba por dar paso a otro tipo de noticia menos seria (o para quienes no capten la ironía puertorriqueña implicada: cuando los principales noticiarios de la televisión estaban por terminar su edición vespertina para dar paso a la basura chismográfica que domina el atardecer televisivo del boricua promedio, desde los tiempos de la conocida muñeca… ¿he mencionado nombre yooooo?), una noticia lamentable había comenzado a circular: Nelson Rolihlahla Mandela, el hombre al que yo llamé en otra ocasión en este blog, “un alma noble” (aunque hubiera preferido no utilizarlo en una comparación con alguien que no debe atreverse ni a llegarle a los tobillos), había alcanzado su meta, había culminado su largo camino hacia la libertad a los 95 años de edad.

Ciertamente, los hechos de la vida de Mandela me dan más que suficiente razón para haberlo descrito así en este blog.  Luchador incansable por los derechos de la población nativa del África del Sur (nombre que prefiero personalmente por encima del de “Sudáfrica”), que una minoría blanca pretendió pisotear a través del abusivo ordenamiento público conocido como “apartheid”.  Lucha que lo llevó de ser un abogado de derechos civiles a ser un líder que abogaba, como Gandhi, por la resistencia no violenta, para incluso abogar por la lucha armada como medio para conseguir sus objetivos, y de ahí a ser un confinado marcado con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro.  Número que le acompañaría por unos 27 años, 18 de ellos en una notoria cárcel de ésas que podrían pasar por “la isla de los condenados” en cualquier melodrama televisivo de los de la “vieja escuela” (¿Palmerola o Mario Pabón, anyone?), de ésas que no buscan rehabilitar al delincuente, sino minarle su voluntad y derrotar su espíritu.  Para entonces vivir para ver su libertad y convertirse en una figura que unió a su propio pueblo, negros y blancos, nativos y extranjeros (y sus descendientes)—y ganarse el cariño y el respeto de la mayor parte del mundo en el proceso.  Incluso el reconocimiento de la Academia Sueca al otorgarle el Premio Nobel de la PAZ (así, con mayúsculas), reconocimiento que pudo mantener con dignidad y honra, a diferencia de uno que otro de quienes recibieron ese reconocimiento después que él.

Así que más o menos, el desborde de cariño, respeto y admiración fue lo que se vio durante los 10 días de luto oficial que vivieron los africanos del sur, ante la mirada del resto del mundo—salvo por un par de notas discordantes como la del “selfie” del presidente Obama con los primeros ministros británico (David Cameron) y danesa (Helle Thorning Schmidt) (ante la cara de seriedad de la primera dama estadounidense, porque se trata de un acto fúnebre, ¡‘dito sea Dios!; apuesto a que su esposo dormiría esa noche en “la cocina” del “Air Force 1”) y la del presunto “intérprete de lenguaje de señas” que parecía estar jugando a las “charadas” (además de que Dios sabrá la de cosas impublicables que habrá expresado ese individuo—digo, yo no conozco ni papa del lenguaje estadounidense de señas, ASL, ni mucho menos otro lenguaje similar para saber lo que él expresó en realidad), luego de ver “ángeles” u otros “entes sobrenaturales” entrando al estadio donde se hizo la ceremonia.

Pero más allá de eso, lo importante es que ahora queda un legado, tanto para los africanos del sur como para el resto del mundo.  Un legado de firmeza en las convicciones, de buscar aquello que debe unir—más bien, une—a los seres humanos, sin esa distinción artificial resultante de cómo vemos el color de la piel del otro, o de dónde procede, o cómo es su cultura o su ideario político, o si es hombre o mujer, o si habiendo nacido hombre o mujer tiene otras inclinaciones (siempre que las mismas no sean hacia cosas verdaderamente abominables—y ésa es una raya que hay que tirar de todos modos), o si cree en Dios o en una Fuerza Suprema, o incluso si no cree.

Un legado que siempre se verá bajo amenaza de quienes no ven la vida con ese mismo espíritu.  De quienes pretenden mantener vivas las cosas que dividen a los seres humanos.  De quienes pretenden explotar los miedos de l@s incaut@s hacia “el otro”—se llame “mujer”, “negro”, “latino” o “hispano”, “chino” u otro tipo de asiático (total, hay quien no distingue unos de otros), “homosexual” o “lesbiana” o “bisexual” o “transexual” o “transgénero” (y también hay quien pinta a todos éstos con el mismo brochazo)… se llame como se llame—para adelantar sus propias agendas en lo político, en lo religioso, en lo social.  Bajo amenaza de quienes no creen en la justicia social.

Pero aún así, es un legado del que podemos tod@s aprender algo, si nos lo proponemos.  Y que podemos aplicar en nuestras vidas, si queremos.  Y que podemos seguir propagando y extendiendo, si aceptamos esa misión que. después de todo, será para el bien de quienes sigan nuestros pasos ahora, y de quienes seguirán sus pasos después.

Y es un legado de justicia, de persistencia, y sobre todo, de unión.  UNIÓN para enfrentar las dificultades que encontramos a lo largo del camino.  UNIÓN para prevalecer, más allá de las pequeñas diferencias, en busca del bienestar de todos.  UNIÓN para lograr una vida mejor, un futuro mejor.

De mi parte, yo estoy seguro que mientras escribo estas líneas, el espíritu de Nelson Mandela estará sonriendo sobre este mundo, y sobre el África del Sur que tanto amó y por cuya libertad del racismo institucionalizado luchó tanto.  Total, muy a pesar de los pesares, y de haber estado 27 años de confinado, con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro, en muchas de las imágenes de su vida se le veía con una sonrisa.

Y yo me atrevo a pensar que la sonrisa que él luce ahora será de satisfacción, por haber cumplido su misión en la vida.  Porque al final de su largo camino, él alcanzó la libertad.

¡Hasta siempre, “Madiba”!

P.S. Les dejo aquí los enlaces a su biografía, vía Wikipedia (en español y en inglés) y a la Fundación Nelson Mandela, por si están interesad@s.

LDB

¿Qué tal si cortamos el hijo y le damos una mitad a cada madre?

King Solomon, Russian icon from first quarter ...
King Solomon, Russian icon from first quarter of 18th cen. (Photo credit: Wikipedia)

Y ahora resulta que el vigilante vecinal salió bien parado.  Ahora resulta que se puede disparar a matar, “en defensa propia”, a un adolescente armado de una bolsita de dulces y una lata de té helado, y eso queda impune.

Pues sí, yo también estoy asombrado con lo que ocurrió el sábado 13 de julio de 2013 en Sanford, Florida (EE.UU.), al final del proceso judicial generado por los trágicos eventos a los que dediqué una entrada en su momento.  En esa fecha, un jurado compuesto por seis mujeres determinó que George Zimmerman—a quien me refería cuando escribí que “según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un ‘vigilante vecinal’”—no era culpable de lo que también describí entonces como

“… la muerte—algun@s dirán, ‘el asesinato’—de un adolescente dentro de una comunidad ‘cerrada’, de esas comunidades con ‘acceso controlado’ que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que [exactamente dos años y dos días a la fecha de la entrada en cuestión] escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser)…”

Y ciertamente, la muerte de Trayvon Martin—el adolescente de 17 años que andaba “armado” únicamente con una bolsita de dulces y una lata de té helado que había comprado en una tienda unos minutos antes—dentro de una comunidad “cerrada” supuestamente segura, quedó validada por medio de ese veredicto de las seis jurados.

Y con ello quedan validados el “rush” de adrenalina que Zimmerman sentiría al ver un “sospechoso” que merodeaba por su comunidad; el juicio previo que lo llevó a especular que por ser negro y por andar vestido de abrigo (remera) con capucha y llevar las manos en los bolsillos, “el cabrón ése” el muchacho no se traía nada bueno entre manos; el menosprecio a la cautela que debe tener una operación de vigilancia vecinal, de no asumir funciones policiales (y mientras escribo la de hoy, cotejo que la página que cito al final de esa entrada y que contiene esa cautela todavía está ahí—es cuestión de leer y entender); la desconsideración para con los operadores de emergencia “911”, que ya deben estar cansados de que que los importunen con comentarios de que el sospechoso no se traía nada bueno entre manos, y que—por mucho—tienen mejores cosas que hacer que estarle aconsejando que no ejerza como lo que no es y se vaya detrás del “sospechoso”; la confrontación física con el “sospechoso”; el uso de un arma de fuego oculta contra el “sospechoso”; matar de un balazo al “sospechoso”… cualquiera que sea “el sospechoso”.

Y la verdad es que la forma en la que se manejó todo el proceso ha dejado un mar de dudas.  Un ministerio público que creía tener un caso sólido contra el vigilante vecinal (incluidas algunas pruebas que, alegadamente, no le dejaron presentar, como la grabación con el comentario malsonante de que el muchacho no se traía nada bueno entre manos); una defensa que—aparte de algunos destellos de arrogancia y reto a la autoridad e intentos de caer en gracia—aprovechó hábilmente las debilidades del caso del ministerio público; testigos no presenciales (porque lamentablemente, no pareció haber alguien que hubiera visto exactamente lo que pasó esa noche—y no estamos hablando aquí del asesinato de un chamaquito tecato en un caserío de los de aquí, porque por defecto o “default”, ahí nadie vio nada ni oyó nada) cuyos relatos pueden ser puestos “patas arriba” ante el más mínimo escrutinio.

E incluso dos madres que reclaman que su hijo respectivo es el que grita pidiendo auxilio en los segundos conducentes al desenlace trágico, al escuchar la misma grabación de la llamada al “911” de una vecina cercana al lugar donde el mismo estaba por ocurrir.*  Eso sí que me dejó perplejo.  ¿Cómo es que dos mujeres completamente diferentes digan que la voz en la grabación es la de su hijo?  Una de las dos tenía que estar mintiendo ante el tribunal—algo que debería saber que acarrea consecuencias legales graves.  Pero entonces, ¿qué gana una madre con mentir de esa manera en un tribunal sobre su hijo?  Peor aún: lo que pienso que debe ser la respuesta no me agrada en lo absoluto.

Es más: esto me hace preguntarme qué hubiera sucedido si el Rey Salomón de tiempos del Antiguo Testamento hubiera presidido este juicio.  Además de que no hubiera habido un jurado “que dañara la cosa”, creo que tal vez Salomón hubiera propuesto cortar a Zimmerman en dos mitades y darle una mitad a cada madre, aunque no creo que ninguna de las dos—especialmente la madre del occiso Trayvon Martin (“¡vizne Jesús!”)—hubiera estado muy a gusto con una cosa como esa.**  Pero bueno, soñar no cuesta nada…

Pero lo peor es que lo que yo anticipaba la última vez que escribí sobre este tema se está dando nuevamente.

“La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente ‘inferiores’ y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.…  [E]sa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la ‘percepción razonable’, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

“Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).”

Y si alguien quería prueba adicional de que así se está viviendo hoy en día, solamente hay que considerar la molestia que sintieron algunos atorrantes (y por lo pronto, esa es la palabra que les cae) cuando Marquito Muñiz, el que fuera esposo de Juanita “from the block” López (a quienes ya vimos en acción aquí, acá y acullá), tuvo la “osadía” de cantar “God Bless America” en las ceremonias previas al Juego de Estrellas del Béisbol de Grandes Ligas, edición de 2013.  Y muchos de esos atorrantes estaban empeñados en querer “deportarlo” de vuelta a su país de origen—por supuesto, a menos que el gobierno federal estadounidense tenga un acuerdo de extradición con… ¡Manhattan!

Y para que conste: ni Marquito Muñiz ni Juanita “from the block” López son santos de mi devoción (por si algun@ de ustedes no se había dado cuenta de por qué no me refiero a ellos como Marc Anthony y Jennifer López, respectivamente; y sí, Muñiz es el apellido de pila de Marquito).  Sin embargo, tratar de manera hostil a Marquito por atreverse a tocar con su voz y su innegable estilo uno de los principales símbolos patrios estadounidenses, me parece que es injusto y que pone en evidencia lo que es la gente con la mentalidad que describí en la segunda cita arriba.

Y tal vez, mientras prevalezca la gente con esa clase de mentalidad en la sociedad estadounidense—y ¿por qué no?, en nuestra propia sociedad puertorriqueña (como expuse en el ítem número 3 de las “sacadas de dedo” que nos hacen a diario)—, tendremos más envalentonamientos, más confrontaciones innecesarias, más tragedias.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Aquí tengo que hacer una salvedad: cuando escribí la entrada del año pasado sobre el caso, lo que se decía del mismo en ese momento implicaba que el pedido de auxilio que se escuchaba en la grabación era de parte del adolescente ulteriormente occiso.  Sin embargo, al no haber testigos presenciales del incidente, se creó durante el juicio la duda de que hubiera sido ésa la voz que se escuchó, en lugar de la del victimario, a quien aparentemente la víctima estaba golpeando contra el pavimento.  Así que pido que me disculpen si juzgué la situación de manera incorrecta, a la luz de lo que se ha dicho desde entonces.

** Por si acaso, me estoy refiriendo al relato bíblico en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 3, versos 16–28 (La Biblia, versión “Dios Habla Hoy”, CELAM, 1983).


LDB

Un tiempo para odiar

Flag of Puerto Rico
Flag of Puerto Rico (Photo credit: Wikipedia)

¡Saludos, amigas y amigos, mi gente!  Aquí estoy, de regreso de una ausencia involuntaria motivada por varias situaciones, entre las que está un extraño episodio en el cual el lado derecho de mi cara se puso en huelga temporal.  (O si quieren, se los digo de manera directa: durante un par de semanas sufrí una parálisis temporera en los músculos del lado derecho de mi caraTriste  ¡Así como lo están leyendo!)  Afortunadamente, todo está bajo control (y espero que así continúe por mucho tiempo), así que vamos a ver de qué se supone que me hubiera perdido.

O no.  Porque lo que he estado viendo en los días pasados me pone a pensar si no estaremos viviendo en un tiempo en el que el odio—particularmente el odio contra quien(es) son “diferentes”, quien(es) no se conforman a un modelo casi parecido a la “perfección”, según el punto de vista de quienes aspiran a esa “perfección”—parece ser la moneda de curso común.  Y los ejemplos abundan por todas partes.  Desde el fanático político que asesina a varones y hembras jóvenes que no tienen nada que ver, sólo porque éstos apoyan un trato más justo y equitativo para los extranjeros que (por las razones que sean) llegan a sus playas—y que le guste o no al homicida, son tan seres humanos como él, o como ustedes, o como yo—, pasando por el fanático de derecha que filma un vídeo en el que se degrada una religión ajena (sea que la misma hubiese inspirado o no los actos criminales del 11 de septiembre de 2001) y causa una reacción violenta de la parte que se siente agraviada—a la que se le han achacado consecuencias posiblemente trágicas (aunque mientras me siento a escribir esto, ese dato está bajo la sombra de la duda, pero habrá que ver más tarde)—, y hasta toda una figura con su ámbito de poder que se atreve a desplegarle al mundo su ignorancia, su desprecio oculto por quienes defienden aquellas cosas que atentan contra lo que él entiende que son sus “valores”—como la terminación del embarazo resultante de una agresión sexual—, y en el proceso se convierte en el hazmerreir del mundo.

Por cierto, creo que este último es reincidente, porque mientras escribo esto me entero de que el tipo metió las patas otra vez.  ¡Qué joyita!

Pero si estas “joyitas” son las que se destacan alrededor del mundo [ALERTA DE CLISÉ ODIOSO… ALERTA DE CLISÉ ODIOSO… ALERTA DE CLISÉ ODIOSO…], en Puerto Rico no nos quedamos atrás.  Especialmente en el caso de funcionarios de gobierno—o en este caso tan lamentable, funcionarias—que aprovechan para verter todo el odio que llevan dentro de sí contra “el otro”.  Desde toda una ex presidenta de la Cámara de Representantes (por el PNP) y ex jueza del Tribunal Apelativo, que publicó en su cuenta de Twitter la imagen de un candidato opositor (del PPD—con quien aclaro que no comulgo políticamente) en la que se le compara con un famoso mono recién desaparecido… ¿será porque el candidato en cuestión es negro?  Pasando por una asesora legislativa y amiga personal de la anterior, que reaccionó—también en Twitter… qué cosas, ¿no?—a una entrada de la cuenta del presidente estadounidense Barack H. Obama sobre su inminente cumpleaños, con un mensaje en el que la asesora exhortaba al mandatario a comprarle a su esposa ese día un “sundae” con doble guineo (que así llamamos en Puerto Rico al “banano” del resto de América Latina) en un restaurante Burger King™ (no creo que ese restaurante tenga algo así en su menú, por lo menos aquí en Puerto Rico) y después se la llevara de viaje para Kenia, “tu país natal”.  (¿No se les parece eso al mismo discurso de odio e ignorancia de aquellas personas a quienes les molesta que un hombre negro sea quien rija los destinos de “la nación más poderosa del mundo”?)  Y para añadirle sal a una herida colectiva, a una legisladora del PNP (cuando gente como ella comience a entender y apreciar la seriedad del cargo que ocupa, escribiré la palabra “legislador[a]” con mayúscula inicial) que aparentemente estaba aburrida durante la convención política de los demócratas (Charlotte, NC, agosto de 2012), le entraron celos de que al mismo candidato opositor objeto de la comparación indeseable que ya mencioné le diera con mezclarse con la concurrencia (por si estás leyendo esto, mi’jita: eso es lo que se conoce en inglés como “networking”—y si a ti te interesara mejorar tus posibilidades personales y profesionales, podrías aprovechar esa herramienta en lugar de quedarte de “aguacatona” en tu mesa) y se puso a expresar que su opositor andaba “de monito” en el piso de la convención.  Palabras que otra delegada boricua en la misma convención reprodujo en su cuenta de Twitter (que definitivamente ha venido a reemplazar al papel en su función de aguantar todo lo que le escriban)—y que la susodicha legisladora trató de desmentir cuando se dio cuenta de que la habían “manga’o” (o en buen puertorriqueño-calle, la habían agarrado fuera de base), alegando que lo que se dijo que ella dijo no fue lo que dijo y que lo que dijo fue que el susodicho opositor andaba “de bonito”.  Me pregunto si ella creyó que se estaba salvando al usar lo que—a su entender—era un homófono… el cual no tiene nada que ver con los “gays” ni con otros “torcidos”, como los llamaría el líder del cuerpo legislativo al que ella pertenece.  Salvándose de que alguien venga a señalarla como que tiene en su interior un odio por l@s que no sean “blanquitos” como ella, porque sean negros.

Y créanme, aunque no sea de la manera tan abierta que se ve en algunas regiones de los Estados Unidos de América, ese odio existe aquí en Puerto Rico—aunque la “reacción natural” a ello sea negarlo, como quiso hacer la asesora legislativa que le tiró fuerte al presidente Obama, cuando alegó que tenía “dos sobrinas prietas” para justificarse ante el resto del mundo.  O como cuando cierta senadora hizo su famoso señalamiento sobre la capacidad de ciertos hermanos caribeños “no muy brillantes” para ejecutar grandes obras culturales.  Pero no todo el mundo es igual de escurridizo, como quienes se molestan cuando ven un “__________ sucio” (sustituya el blanco con la primera palabra que le venga a la mente en este momento) y lo admiten abiertamente y sin tapujos.  Y yo he podido conocer a dos o tres de esas personas… que por suerte, he tenido la dicha de no volverlas a ver y tengo el deseo vehemente de no volverlas a ver mientras viva.

Pero viendo todo esto, a mí me parece que se le está dando más espacio al odio que a la tolerancia, más espacio al odio que a la aceptación de las diferencias.  Y es aquí donde en el caso que me toca más de cerca—el de Puerto Rico, por supuesto—, tengo que volverme a preguntar si eso no se ha vuelto política pública oficial.

OK, mi gente, sé lo que están pensando: “otra vez a rebuscar en el baúl de los recuerdos”…

“Por supuesto, todos tenemos nuestras frustraciones y el derecho a tenerlas, pero en el caso de un funcionario de alto nivel en un gobierno, el que sea, esa frustración no debe llevarse a un plano en el que se pueda interpretar como una política pública oficial.  Y lamentablemente… ése es un lujo que no se debería dar, ni por descuido…

[…]

“(De) que las semillas de esa política pública no escrita están sembradas, eso es algo que no necesita más evidencia.  Sobre todo, la semilla del odio visceral hacia todo lo que atente contra la filosofía (y estoy siendo demasiado condescendiente en el uso de la palabra ‘filosofía’ en esta oración) y los proyectos políticos de quienes se hacen del poder.  O sea, todo aquello que atenta contra lo que la actual propaganda oficialista llama, ‘el Puerto Rico que todos queremos’….  Y el germen de esa semilla de odio se nota en las expresiones que se hacen… expresiones que se hacen cuando no se tienen argumentos de peso para refutar los planteamientos que se hacen, sobre todo cuando se quiere evitar la difícil tarea de buscar el entendimiento y la concordia (y en el caso de estos funcionarios, ello requeriría un esfuerzo sobrehumano), cuando lo que se quiere es hacer un cisma entre ‘nosotros, los buenos’ y ‘ustedes, los malos’.”

Y lamentablemente, los que se hacen creer que son “los buenos”, que son mejores que los demás, son los que están llevando la voz cantante.  Y eso debe preocuparnos a tod@s, a quienes queremos un mundo más justo.  Y eso es algo que debemos procurar.  Por nuestro propio bien, y por el de nuestr@s hermanos, especialmente aquell@s a quienes hoy vemos como “diferentes”, pero que igual son seres humanos, como ustedes y como yo.  Y esa es la realidad, gústele a quien le guste.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien—y que se sepa, que yo también lo haré.

Soy Luis Daniel Beltrán y aquí estoy como siempre, dando cara Sonrisa… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

De agravantes y miedos

English: Picture of supporters of the Austrian...
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¡Hola, qué tal, amigas y amigos, mi gente!

La verdad es que leo y escucho lo que está pasando a mi alrededor, y francamente no lo entiendo.  Por ejemplo, no entiendo cómo puede ser beneficioso para persona alguna que se procure eliminar del Código Penal de Puerto Rico de 2004—el mismo cuyos fundamentos parece que se los pasan por donde no brilla el sol, a juzgar por el recordado caso del asesinato “atenuadito”—ciertos agravantes para lo que conocemos como los “crímenes de odio”.  Pero según trascendió en la prensa la semana pasada, algo en esas líneas es lo que pretende el Proyecto del Senado de Puerto Rico Número 2021, el cual enmendaría el Código Penal a fin de dejar fuera del mismo ciertos agravantes relacionados con ciertos grupos específicos que—le guste a quien le guste—forman parte de nuestra sociedad.

“El Proyecto del Senado 2021 aprobado en reconsideración en el Senado el 10 de noviembre de 2011 cita que ‘se consideran circunstancias agravantes a la pena que el delito fue cometido motivado por prejuicio hacia y contra la víctima por razón de raza, color, sexo, origen, status civil, nacimiento, impedimento físico o mental, condición social, edad, ideologías políticas o religiosas, o ser persona sin hogar.’”

(Citado de: ‘Le tiran a quemarropa a TRS por Código Penal’, CyberNews/NotiCel, 6 de diciembre de 2011.  Aquí, ‘TRS’ se refiere al presidente del Senado de Puerto Rico, Thomás Rivera Schatz.)

Hasta ahí vamos bien, ¿sí?  Pero no sé si quienes leen esto fuera de Puerto Rico se habrán dado cuenta de un detallito… pero dejo que sea el director ejecutivo de una fundación de ayuda a ciertos grupos “olvidados” de nuestra sociedad, citado en la misma nota, quien lo exprese adecuadamente:

“Bajo la ley vigente se consideran como circunstancias agravantes a la pena el que un crimen haya sido motivado por prejuicio hacia y contra la víctima por razón de raza, color, sexo, orientación sexual, género, identidad de género, origen, origen étnico, status civil, nacimiento, impedimento físico o mental, condición social, religión, edad, creencias religiosas o políticas.”

[…]

Thomas J. Bryan Picó, director ejecutivo de la Fundación Gaviota, entidad que asiste a víctimas de crímenes de odio en Puerto Rico, “… resaltó que en la propuesta enmienda se eliminó la orientación sexual, la identidad de género, el género y el origen étnico.”

(Adaptado y modificado levemente de la fuente antes citada.)

La nota citada aquí agrega que la enmienda fue presuntamente colocada en el proyecto de ley, a fin de complacer los deseos de un pastor evangélico quien, bajo una fachada de “ciudadano responsable”, hizo algún tipo de presión sobre el presidente senatorial (cuya afición por sentirse que tiene todo el poder del mundo, la describimos hace algún tiempo—por no mencionar su afición de lucir su prejuicio como se luce una camisa nueva y limpia, cuando siente que lo atacan por defender ciertas actuaciones cuestionables) para que se aprobara con el tipo de lenguaje al que el funcionario ejecutivo citado se refiere.  Y a no dudarlo, ello ha hecho que se revuelva el avispero, con imputaciones de prejuicio y de fobia por ciertos grupos sociales aquí y allá.

Pero para mí, más importante que el que una persona que quiere presentarle al mundo una imagen de “hombre fuerte”, de una aparente rectitud, ceda a un impulso excluyente, que amenaza con dejar sin protección a quienes menos pueden defenderse, es el hecho de que se pretende volver al reino del prejuicio y del discrimen, de la burla y del desprecio—aunque yo creo que ese reino nunca desapareció por completo.  Y ciertamente, hay varios de estos sectores marginados que se pudieran ver amenazados por esta acción: las personas no heterosexuales (o sea, homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y transgénero), las mujeres (especialmente aquéllas que buscan liberarse de la violencia en el seno del hogar, antes de que sea muy tarde) y los extranjeros, particularmente aquéllos que llegan a nuestras playas sin tener el permiso para hacerlo, y que tienen que vivir en las sombras mientras se sacrifican para asegurar el futuro de quienes quedaron atrás.

Y estos tres sectores, entre tantos sectores marginados de nuestra sociedad, acabarán como objeto de la ignorancia, el odio y la ira de gente a la que describí en una ocasión anterior como “quienes creen ser mejores hijos de Dios que los demás”, como “personas bañadas de ‘rectitud’ de arriba para abajo”—sin dar precisamente los mejores ejemplos de esa rectitud que tanto ostentan.  Y acabarán pagando los platos rotos de quienes no se atreverían a enfrentarse a un simple reto que los ponga en evidencia, a ver si demuestran los valores que tanto le exigen tener a los demás.

A mí me apena mucho ver una cosa como ésa, que habiendo comenzando un nuevo siglo, en el que deberíamos evolucionar hacia una sociedad más justa y equitativa, nos veamos en peligro de ser arrastrados hacia el abismo oscurantista.  Y eso es algo que no se debe permitir, bajo ninguna circunstancia, si queremos sobrevivir los retos que nos da la vida.

Para ello, debemos empezar por rectificar errores como el de eliminar esos agravantes de nuestro Código Penal.  Es, a mi entender, lo más responsable que se puede hacer para el bien de nuestra sociedad, y sobre todo, de sus sectores más marginados.  Y así, nos evitamos consecuencias funestas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Misas sueltas de agosto–versión de 2011

From his vantage point high above the earth in...
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Amigas y amigos, mi gente: Aquí estoy de regreso, aunque nunca me he ido—como tal vez se habrán dado cuenta por los dos o tres cambios de diseño que me da por hacerle al blog de un día para otro.  Pero bueno, lo único que les pido es que me tengan un poco de paciencia cuando eso sucede, aunque voy a tratar de hacerlo lo menos seguido posible, ¿OK?

Dicho eso, voy a tratar de ponerme al día con varias cosas que llamaron bastante mi atención mientras no estuve escribiendo este blog.  El único “pero” que tengo es que esta entrada podría salir más larga de lo debido, pero como la moda ahora es decir como la nueva versión (de 2011) del clásico tema del grupo, “El Gran Combo de Puerto Rico”, “echar pa’lante, nunca pa’atrás”… pues echemos pa’lante, shall we?

1) El caso del asesinato “atenuadito”

Primero en la agenda es el furor que ha causado la decisión de una jueza de primera instancia (emitida el 11 de agosto de 2011, pero divulgada casi una semana después) de declarar a un acusado en un caso de violencia de género de tipo conyugal, culpable de “asesinato atenuado”* por los hechos (irónicamente, ocurridos el 2 de abril de 2010, o sea, el Viernes Santo de ese año) en los que le dio muerte a su esposa (de la que estaba separado) mediante golpes en el rostro con un tubo de los que se utilizan en el reemplazo de gomas para autos (“llantas” o “neumáticos” en otros países hispanohablantes).  O sea, que a pesar de toda la prueba desfilada, incluida la confesión que se alega que el individuo hizo a las autoridades en el momento en el que intervinieron con él, una jueza de primera instancia optó por no hallarlo culpable de asesinato en primer grado—dada la saña y la premeditación que él habría mostrado en la comisión del delito—y, a mi entender, se dejó llevar por el “¡ay bendito!”, ese sentimiento de pena y hasta solidaridad que (para bien o para mal) nos caracteriza a los puertorriqueños, y lo declaró culpable de “asesinato atenuado”.

(Baidegüei, la versión original que yo quería hacer de esta parte de la entrada incluiría una cita directa de los artículos en el Código Penal de Puerto Rico de 2004, relacionados con el asesinato, sus modalidades y las distintas penas a aplicarse.  Pero para no hacer esta entrada más larga de lo debido, les ofrezco lo que dice el Artículo 108 sobre el “asesinato atenuado”: es aquel asesinato que “tiene lugar en ocasión de súbita pendencia o arrebato de cólera”, y en Puerto Rico se penaliza como asesinato en tercer grado—el mismo grado que constituye la muerte ocasionada como lo indica el Artículo 109 que le sigue, “al conducir un vehículo de motor bajo los efectos de bebidas embriagantes, sustancias controladas o con claro menosprecio de la seguridad de los demás; o al apuntar y disparar con un arma de fuego hacia un punto indeterminado”.  Aquí les dejo la referencia: Delitos contra la vida (Código Penal de Puerto Rico 2004), Biblioteca PopJuris, visitado por mí el 14 de agosto de 2011.)

Hay veces en las que no sé si estas cosas suceden a propósito, porque haya quien se divierte creando situaciones sociales delicadas, sólo por ver reaccionar a los sectores sociales con mayor conciencia y sentido de humanidad…  OK, estoy estirando un poco el “chicle” porque aquí viene uno de esos “clichés” que yo odio a muerte: Como siempre, las reacciones no se hicieron esperar.  (Reacciones que en esta ocasión recoge la Lcda. Verónica Rivera Torres en su blog, Mujeres en Puerto Rico.)  Y esas reacciones han sido principalmente de indignación por la decisión tomada, de preocupación por apuntar a un retroceso hacia los tiempos en los que estos casos se hacían llamar “crímenes pasionales”, en los que al calor del momento se priva de la vida al ser que alguna vez se juró amar para siempre.

Pero una de las reacciones más interesantes ha sido la de cuestionar a la jueza que tomó la nefasta decisión.  Para much@s(incluido quien les escribe), no tiene sentido que una jueza que tiene ante sí prueba de los delitos cometidos, que incluso evaluó la confesión del acusado—que se presume que la prestó libre y voluntariamente y sin ninguna clase de presión indebida—, hubiera sentido “pena” por el acusado, incluso excusándole su conducta conyugal hacia la víctima.  Poco hubiera faltado para que la “distinguida” jueza determinara que la víctima se infligió a sí misma las heridas que la mataron (¡!), o que la víctima fuera la clase de persona que resultaría herida de un balazo, ¡si tuviera la mala suerte de estar en el medio de una pelea a cuchillazos!

Francamente, me rehúso a creer que en la judicatura puertorriqueña hayan personas capaces de tomar decisiones como ésa, aun teniendo las pruebas ante sí.  Lamentablemente, para que quienes leen esto fuera de Puerto Rico lo sepan (aunque con la experiencia de sus propios países no les sorprenda), no todos los jueces en Puerto Rico se consideran adalides de la justicia—problema que se ha estado criticando por años y años.  Y aunque—ALERTA DE CLICHÉ… ALERTA DE CLICHÉ… ALERTA DE CLICHÉ—la gran  mayoría de los jueces en Puerto Rico son honestos y decentes, gente que tiene que arar con los bueyes que el sistema de justicia les da, lamentablemente, algunos miembros de la judicatura no tienen la sensibilidad para atender situaciones como la de este caso.  Tal vez no tienen ni idea del desamparo que dejan a las víctimas, si éstas logran sobrevivir (aunque para ellas, la vida no será lo mismo), o a quienes les sobrevivan, como consecuencia de decisiones a todas luces malas.  Y esas víctimas o quienes les sobreviven acaban por perder la fe en un sistema al que acudieron en busca de justicia, sólo para acabar derrotados y dejados a morder el polvo.

Lamentablemente, esa es una de esas cosas que ya dejó de sorprenderme que ocurran.

2) El caso de la querellante fantasma

Lo otro que me llamó la atención esa misma semana fue el extraño ataque contra la reputación del reconocido salubrista puertorriqueño, José “Chaco” Vargas Vidot, fundador y líder de la organización no gubernamental, Iniciativa Comunitaria.  Todo surgió de lo siguiente:

“Una doctora boricua de nombre María Rodríguez presentó una querella ante el secretario de Justicia Federal, Eric Holder, contra el reconocido salubrista y líder de la entidad Iniciativa Comunitaria, José Vargas Vidot.

“Entre las alegaciones de Rodríguez están, que Vargas Vidot se hace pasar por médico aun sin tener licencia para practicar la medicina y que utiliza instrumentos médicos. Así como que utiliza vestimenta ‘médica’ y que permite que en los medios de comunicación se refieran a él como médico y galeno.”

(Adaptado de: Presentan querella federal contra Vargas Vidot y alegan que no es doctor, Primera Hora, 10 de agosto de 2011 @ 13:06 UTC –4.)

Ante esto, Vargas Vidot ofreció una conferencia de prensa horas después, en la que explicó que a pesar de que estudió medicina y de estar diplomado debidamente, optó en su momento por no tomar el examen de reválida y decidió hacer su práctica en salud pública.  O sea, que en lugar de sentarse cómodamente detrás de un escritorio en un consultorio con aire acondicionado, recetando sabe Dios cuántas Valium a pacientes depresivos o bipolares, él quiso dedicar su vida a ayudar a los deambulantes, a los adictos a drogas, a las prostitutas, en fin, a todos aquéllos a quienes la vida ha relegado a vivir eternamente en la miseria, a quedar en el olvido de una sociedad que se niega a verlos, que no quiere mirarse en el espejo porque le duele ver su propio reflejo.

Pero lo peor del asunto es que la doctora que presentó la querella ante la justicia estadounidense, una tal “Dra. María Rodríguez”, con “licencia número 606”, o no existe o es tan cobarde como para esconderse detrás de un seudónimo y de una licencia falsa (ya que ni siquiera ese número de licencia está activo en el organismo puertorriqueño que regula la práctica profesional de la medicina).  Y aun cuando el propio Vargas Vidot sonó un poco conciliatorio durante su conferencia de prensa y tuvo a bien perdonar a la supuesta doctora por su proceder (con lo que demostró aquello de lo que Prometeo da testimonio en esta entrada de Poder 5), muchos de nosotros (y de nuevo me incluyo) pensamos que lo ocurrido fue un acto mezquino, una muestra de la peor cobardía posible.  Un acto que como se puede leer de la cita que hice un momento atrás, denota muchas cosas: envidia, inmadurez, deseo de perjudicar a terceros, en fin, maldad absoluta.

Y siempre sucede que lo que cree quien comete actos como éste, o hasta quien los propicia (porque siempre queda la sospecha de que alguien los propicia—y no me sorprendería de que así fuera en este caso), es que con ello destruye cualquier esfuerzo que vaya dirigido a mejorar la vida de los marginados, a darles nuevas posibilidades, a darles la esperanza de una vida mejor.  Pero como siempre sucede, quien así crea se equivoca.  Creerá que al destruir a un hombre (o por lo menos, tratar de destruirlo) destruirán su misión, destruirán su propósito, su función en la vida.  Al contrario, no lo lograrán, porque siempre existirá la necesidad de darle apoyo a los marginados, de decirles que son seres humanos, de decirles que tienen tanto derecho a una vida digna y decente como el que más, de decirles que no están solos en este mundo.

Y mientras haya esa necesidad, siempre habrá gente como el Dr. José Vargas Vidot… ¡gústele a quien le guste!

3) Los vientos huracanados de agosto

Por último, demás está decir lo sorprendente que ha sido recibir sistemas ciclónicos tan temprano en la temporada de huracanes del Océano Atlántico Norte como en el mes de agosto.  Digo, hasta ahora, mi experiencia había sido que las tormentas más fuertes se sintieran ya entrado septiembre y hasta mediados de octubre (que los meteorólogos—no “metereólogos”, como solemos escucharle a alguna gente supuestamente culta—nos dicen que es la punta estadística de la incidencia de sistemas atmosféricos con potencial ciclónico).

Pero la cosa es que durante el mes de agosto han sido dos los sistemas atmosféricos que nos ha dado más dolores de cabeza—¡y lo que falta todavía!  “Emily”, hace dos semanas, pasó al sur de Puerto Rico con secuelas de lluvias fuertes.  Pero entonces, para hacerme quedar mal, creíamos que el próximo sistema que apuntaba hacia el Caribe seguiría el mismo rumbo, y no fue así.  “Irene” pasó por Puerto Rico como tormenta tropical en la madrugada del lunes 22 de agosto de 2011, pero se convirtió en huracán a su salida de la isla a mar abierto.  (Mientras escribo esto, “Irene” se mantiene como huracán y apunta a rozar la costa este de los EE.UU.—y hasta penetrar los estados del noreste—, probablemente desarrollándose con mayor intensidad en el proceso.)

Y nuevamente, ha quedado al descubierto las fallas que suelen ocurrir en los sistemas vitales para los ciudadanos: líneas eléctricas tumbadas por los vientos o por ramas de árboles, viviendas sin servicio de agua potable, derrumbes de tierra o roca suelta (o ambas) sobre las carreteras, particularmente las del interior montañoso boricua, viviendas afectadas por las crecidas de los ríos, al lado de los cuales ni se debió haber construido las mismas…

¿Será que no hemos aprendido de tantas veces que la naturaleza descarga su furia contra nuestra isla?  ¿Cuantas veces tendremos que darnos con la cabeza contra la misma pared?  (Y esa pared, hace rato está teñida de rojo sangre…)  Digo, para muchas personas es evidente que ello es el reflejo de años en los que la planificación no era lo suficientemente proactiva como lo debería ser hoy en día.  (Y aún así, hay áreas de la planificación que creo que aún no han evolucionado desde el siglo pasado, pero ya eso es otro tema.)

Pero en fin, habrá que ver cuántos de estos fenómenos atmosféricos tendrán que pasar por Puerto Rico, aunque sea “por un pelo”, antes de buscar la manera de prevenir sus efectos más adversos.  Yo prefiero creer que no será muy tarde para ello.

Y ahora sí, ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB