El grito que se escuchó por todo el mundo

English: Aerial picture of the Mameyes landslide
English: Aerial picture of the Mameyes landslide (Photo credit: Wikipedia)

Espantoso.

Simplemente espantoso.

No creo que haya nada más espantoso que despertar una mañana y ver cómo la ladera de una montaña se le viene encima a la casa que tanto esfuerzo y sacrificio te ha costado tener.  O ver cómo la casa de tu vecin@ está en la línea de impacto de un desastre así, y que tu primera preocupación sea por la vida de quienes habitan esa casa.  Y sales a la calle horrorizad@.  Y pegas un grito a tu vecin@ para que se dé cuenta del peligro y se salga.  Y le ruegas a Dios—o al Ser Supremo o Fuerza Suprema en que crees, suponiendo que no eres de l@s que no cree ni en la luz eléctrica—que tu vecin@ no quede pillad@ entre los escombros de la roca que está en vías de caerle encima.

Me imagino que de esa manera debió haberse sentido la señora residente en la urbanización Villa España, en Bayamón, que mientras grababa un vídeo con su teléfono celular vio cómo la ladera de una montaña de roca caliza—lo que comúnmente conocemos en Puerto Rico como un mogote o “pepino”, por la forma que adquieren normalmente—se empezaba a deshacer junto a la hilera de casas que le quedaban al lado y empezó a correr hacia la residencia de su vecina y amiga, al grito de “Tatiiiii… Tatiiiii… Tatiiiii…”

Por lo menos, no parecía haber nadie—ni siquiera “Tati”—en esa residencia en el momento en que la ladera quiso imponer su voluntad.  Y si lo vemos del lado “positivo”, el resultado de la terrible experiencia no fue una tragedia, ni para “Tati” ni para ninguno de los vecinos afectados en esa calle.  O sea, al menos aquello no acabó como el derrumbe de una ladera en la Comunidad Mameyes de Ponce en 1987.  (Y para aquell@s que aún muchos años después tengan sus dudas, les digo que un compañero de estudios graduados de entonces y quien hoy en día es su esposa—y ambos son catedráticos universitarios hoy en día—me llevaron hasta cerca del lugar del derrumbe.  De más está decir lo espantoso que se vio ese cuadro—aparte del horror de quienes perdieron sus vidas en esa tragedia.)  O sea, que pudo haber sido peor.

Pero como suele suceder, esta lamentable situación vuelve a desatar el eterno debate sobre la mala planificación—o la falta de una buena planificación, dependiendo del nivel de optimismo o pesimismo de cada quien—de la que Puerto Rico ha sido objeto por décadas.  Planificación que, por más esfuerzos que se hagan por evitarlo, permite que se construyan desarrollos urbanos, comerciales, industriales o de telecomunicaciones en lugares en los que no se debe construir nada, lugares en los que la naturaleza reclama tener su espacio.

El caso que nos ocupa es el de una urbanización que  se construyó varios años atrás, al lado de un cerro de roca caliza de los muchos que caracterizan la zona norte de Puerto Rico, prácticamente desde Carolina (al este de San Juan, para quienes no nos conocen bien) hasta Aguadilla (noroeste de Puerto Rico), que reflejan un tiempo muy remoto en el que esa zona de mi isla estaba bajo el dominio del mar y de sus formas de vida.  (Interesantemente, en pedazos de roca de esa zona, se puede encontrar de vez en cuando el fósil de algún organismo marino; yo los he visto una que otra vez.)  A su vez, ese tipo de roca produce en esa zona formaciones tales como sumideros (o dolinas, o como se las quiera llamar), cuevas y cavernas, debido a que es una roca que dadas las condiciones adecuadas es susceptible a disolverse con el agua (aunque en algunos lugares, dependiendo del tipo de roca caliza, esa susceptibilidad es mayor que en otros—pero no vinimos a ponernos muy técnicos, ¿o sí?).

(Es más, si alguien quiere más información sobre el Carso puertorriqueño, la encontrará a mitad de la página en el siguiente enlace: Proyecto Salón Hogar: Geografía de Puerto Rico, o mediante una búsqueda en Google, Bing o Yahoo!.)

Lamentablemente, esa misma variación en la susceptibilidad a disolverse hace que algunos lugares en nuestra zona norte sean más propensos que otros a que ocurran situaciones como la que vivieron estos vecinos, especialmente si se corta el terreno de las laderas de estos cerros para permitir un desarrollo urbano que, por lo demás, “no cabría” por causa de ese “obstáculo” que está ahí en medio… más o menos como—a mi juicio—lo verían los desarrolladores.  Y a mí me parece que ese es un error muy grave y costoso.

Como también me parece grave y costoso el error de colocar una enorme pelota de relleno dentro del valle de un río (o al borde de un sumidero de los que mencioné anteriormente), amoldarla en forma de meseta y “espetar” sobre la misma una nueva urbanización, de esas en las que la casa más básica y económica de 3 dormitorios y 2 baños se vende en los “bajos” US$150’000.  Y ni hablar de un montón de “errores y horrores” como éstos.

(Creo que alguna vez escuché en un paso de comedia a la excelsa actriz fajardeña, doña Norma Candal [1930–2006], proponer un nombre para una urbanización así: “Alturas de Hoyo Hondo”.)

Pero volviendo al tema… con el derrumbe de la ladera se escuchan de nuevo los gritos habituales.  Que si en Puerto Rico ha habido una mala planificación de los desarrollos urbanos.  Que si se ha permitido construir donde no se debe.  Junto a las laderas de los mogotes, al borde de los sumideros, aun hasta a la orilla de las playas, unas playas que se supone—o al menos, siempre me lo han dicho en mi trabajo—son de todos en general y de nadie en particular.  Que si hubiera habido un Plan de Usos de Terrenos en vigencia, que no se hubiera aplazado por X o Y razón, ninguna de estas cosas hubiera pasado.  Y muchos otros gritos similares.

(Es más, permítanme detenerme por un par de minutos para decirles algo: unos días atrás evalué una propuesta para reconstruir una residencia en un sector costero de San Juan, donde el tipo de vivienda es más del de quien puede costearse ese lujo—los detalles del lugar no vienen al caso.  Como parte de mi evaluación, yo comparé fotos aéreas de la zona en cuestión, de los años 2007 y 2010.  Una cosa me dejó atónito al comparar las fotos: la costa frente a la susodicha residencia se fue perdiendo en el transcurso de apenas 3 años…  Así como lo están leyendo: ¡3 años!  Lo que no había ocurrido desde, por ejemplo, los años 30 del siglo pasado, había ocurrido en el transcurso de apenas 3 años.  Basta con decir que para el 2010, ya el mar estaba llegando a la pared de la residencia que daba a la playa.  Y me pregunto si alguna vez aprenderemos algo de cosas como ésta…)

Pero una cosa sí es clara: alguien hizo una apuesta a que se podía burlar de la naturaleza, y desarrolló una urbanización junto a la ladera de un mogote.  Y la naturaleza hizo—o tal vez empezó a hacer—su jugada.  Y ganó la apuesta.

Así que ahora, ¿quién le paga a Tati por esa apuesta?  ¿Cómo se van a reponer los sueños, las esperanzas de futuro, las ilusiones de Tati y de decenas de residentes de Villa España, que sufrieron—o tal vez están empezando a sufrir—las consecuencias de un juego en el que la naturaleza tiene una mano ganadora?  Peor aún, la vecina cuyo grito se escuchó alrededor del mundo—gracias a que subió el vídeo a YouTube—tal vez estará empezando a preocuparse, no sea que las casas frente a la hilera siniestrada sean las próximas, en caso de que la naturaleza quiera jugar una carta más poderosa.

A lo mejor pasa como dijo una vez el Rvdo. Friedrich Gustav Emil Martin Niemöller (1862–1984):

“Para entonces, ya no había nadie que protestara por ningún otro.”

O que por lo menos le pegara un grito para que se saliera de allí y salvara su vida.

Y con la esperanza de que la casa no se me caiga encima… ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

La maldad nunca llegará a la meta

¡No otra vez!  Aquí vamos nuevamente.  Otro incidente que se suma a la lista.  Otro incidente que nos recuerda la fragilidad de la vida, y cómo hay quien por la razón que sea (o las razones que sean) se entretiene jugando con ese don preciado que tienen los demás.

Para abonar al estado incómodo en el que ya se encontraba el mundo después de los trágicos actos criminales del 11 de septiembre de 2001—que para mí, son y seguirán siendo algo más que un acto de terrorismo—, dos explosivos de fabricación casera estallaron cerca de la meta de la carrera Maratón de Boston el lunes 15 de abril de 2013, cuando ya habían pasado más de 4 horas desde el inicio de la carrera de 42 kilómetros (26.2 millas) y alrededor de 2 horas desde que el primer corredor llegara a la meta (sólo para que ese logro quedara opacado por la tragedia que no lo llegó a tocar).  Y no eran precisamente petarditos de los que se escuchan a menudo en las fiestas de Navidad y Año Viejo: fueron aparatos explosivos creados con detonantes y materiales sueltos como clavos, balines de los que se disparan con rifles de aire comprimido, bolas de las que se usan en las cajas de bolas con las que tanto mecánico trabaja de día en día, etc., empacados dentro de una olla de presión.  Y no con el propósito de causar un simple susto, sino con el propósito de matar, herir, mutilar gente, tanto la gente inocente que nada tiene que ver como los servidores de primera respuesta.  En otras palabras, causar el mayor daño a vidas humanas que una mente enferma pueda concebir.

Probablemente, esto fue lo primero que a muchos nos vino a la mente (World Trade Center visto desde el observatorio del Empire State Building, New York, NY, julio de 1984).

Tal vez eso fue lo primero que a muchos nos vino a la mente.  El recuerdo de una tragedia como nunca se había vivido en el mundo.  Y aunque no se pueden comparar el precio humano de una y otra tragedia, las 3 muertes resultantes de lo del lunes pasado no dejan de ser demasiado: una joven y alegre madre y esposa de 29 años de edad, una joven estudiante china que buscaba labrarse su futuro a través de la educación universitaria (en una ciudad famosa por sus centros educativos de gran reputación académica) y un alegre y sonriente niño de 8 años de edad.  OK, vamos de nuevo: un alegre y sonriente niño de 8 años de edad.  Y tanto ese niño como las 2 adultas, el único “pecado” que cometieron fue estar “en el lugar equivocado y en el momento equivocado”: presenciando la llegada de una carrera de maratón como lo haría cualquiera de nosotr@s—como cuando nos paramos a los lados de la calle para ver pasar a los corredores en el Maratón Internacional San Blas en Coamo, o en el “World’s Best 10-K” en el Puente Teodoro Moscoso, o aun en el Maratón Internacional Modesto Carrión aquí en mi pueblo de Juncos.  (O aun en los eventos de pista de las Justas de la Liga Atlética Interuniversitaria que apenas se celebraron el fin de semana en el que escribo esta entrada.)  Y mientras todos esos corredores y corredoras van en busca de alcanzar la meta, como prueba de su capacidad física, de su resistencia, de su tesón y disposición a alcanzar ese lugar tan deseado, nosotros nos colocamos a los lados de la calle para verlos pasar, para alentarlos a seguir hacia adelante, para darles fuerzas, para darles ánimo—aun si el cuerpo del o de la atleta le empieza a decir que ya basta, que ya no puede más.

Pero parece que hay quien o quienes no ven las cosas de esa manera.  Que su único interés es vengar algún tipo de agravio, real o imaginario, en la figura de lo que algunas personas llaman “el gran satán”.  Eso pareció funcionar para los homicidas del 11 de septiembre de 2001 en New York, Washington (D.C.) y Shanksville (PA).  Y a alguien se le ocurrió que le podía funcionar igual: agarrar desprevenida a la gente, en medio de la celebración de un feriado local (el “día de los patriotas” que se celebra localmente en Boston—y que “por casualidad” coincidió este año con nuestra efeméride del natalicio de don José de Diego… aparte de darnos un día adicional para el plazo de radicación de “la dolorosa” planilla de impuestos, que se vencía al día siguiente) y causar el mayor saldo de víctimas que fuera posible, para humillar a toda una nación, pa’ que respeten, pa’ que sepan quién manda en este mundo, pa’ vengar… ¡lo que sea que haya que vengar!

Interesantemente, quienes así pensaron (yo no llamaría a eso “pensar”, pero ya para qué…) estaban conscientes de las consecuencias que su acción habría de provocar en los demás… pero no contaron con las consecuencias que les venían para encima.  Consecuencias que se empezaron a producir apenas 3 días después (más rápido que lo que se pensaba en un principio), cuando gracias a los desarrollos tecnológicos recientes (que estarán con nosotros para bien o para mal) se pudo identificar a 2 sospechosos: una pareja de hermanos varones, de ascendencia de una de las repúblicas que formaban lo que hasta el otro día se llamaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de cabezas cubiertas con gorras como las de los deportistas (“pa’l fronte”, como dicen en la calle), cada uno de los cuales llevaba una mochila (“backpack”) que se notaba “algo pesadita”, caminando de manera sospechosa entre el público (repito, “pa’l fronte”).

Así que no quede duda: el “hermano mayor” sí está observando.  Y esa capacidad de observar llevó al desenlace del hermano mayor—y esta vez me refiero al mayor de los 2 sospechosos—, al caer abatido por las autoridades entre el jueves 18 y el viernes 19, luego de que ambos sospechosos mataran (según se les atribuye) a un agente policial del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y robaran violentamente un vehículo de motor.  Y horas después llevó al desenlace del hermano menor, al ser detenido estando escondido en un bote estacionado en una residencia, luego de una intensa cacería humana que mantuvo en vilo a toda una ciudad.

Al momento en el que escribo esta entrada, el detenido no había podido contestar las preguntas de las autoridades sobre los hechos.  Y ciertamente sería interesante saber el por qué colocar 2 bombas en medio de una celebración pública.  En medio de una celebración de sentido patriótico para los estadounidenses, particularmente los bostonianos.

¿Qué pretendían ambos hermanos lograr?  ¿Acaso los Estados Unidos, que se dice que es su patria adoptiva, había cometido algún tipo de agravio que requerían que se les reparara?  ¿Por qué escoger esta fecha, de gran valor para los bostonianos?  ¿Querían humillar, en su propio suelo, a quienes tal vez les estaban dando una mano de ayuda que ni se merecían?

¿Por qué causar muertes, heridas y mutilaciones?  Ciertamente, el hermano menor del sospechoso ya muerto tendrá que enfrentar cara a cara la realidad de que murieron 2 mujeres y un niño de apenas 8 años de edad, además de que sus acciones dejaron cientos de espectadores que quedaron mutilados por todos esos clavos, balines, bolas metálicas y demás.  Y todo ello porque también estuvieron “en el lugar equivocado y en el momento equivocado”.  Algunas de estas víctimas perdieron sus piernas o sus brazos.  Y el sospechoso sobreviviente tendrá que darle la cara a esas víctimas; ya no es hora de esconderse o acobardarse.

¿Y por qué lo hicieron?  ¿Sería por la emoción de matar a alguien (“for the thrill of it”), como supuestamente habrían confesado en su momento los autores del “crimen del siglo”, Leopold y Loeb?  ¿O sería que alguien los envió a librar una “guerra santa” contra “el gran satán”?  ¿Creerían que con esa acción, ellos podrían alcanzar su meta?

Eso sí suena irónico: ambos sospechosos querían lograr su propia meta… ¡de no dejar que otros alcanzaran la meta!  Habrá que ver lo que se produzca próximamente.

Por lo pronto, vaya desde aquí mi más profunda pena y mi mayor solidaridad con la gente de Boston, y con ella mis mayores deseos de que puedan volverse a poner de pie cuanto antes, sabiendo que la maldad nunca le ganó la carrera a la ciudad de Boston, que la maldad nunca llegó a la meta.

Soy yo, con mi camiseta de los Medias Rojas de Boston.

¡Que así sea!  ¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Responsabilidad (o falta de la misma) y consecuencias

Ponce's town center, circa 1900
Ponce’s town center, circa 1900 (Photo credit: Wikipedia)

Responsabilidad.  Consecuencias.

Amigas y amigos, mi gente: se habrán fijado que una gran parte de las entradas de este blog llevan una etiqueta o la otra, mayormente ambas a la vez.  Para mí, la idea es ésta: muchas de las cosas que ocurren en el mundo en el que vivimos, muchos de esos “absurdos sin fin” de los que escribió Pirandello como que no tienen que ser plausibles porque son ciertos, se deben a que alguien, en algún punto en la cadena no asumió su responsabilidad.  Y muchos de los absurdos sin fin que suceden a diario, sea en Puerto Rico o donde sea, ocurren debido a que alguien no asumió su cuota de responsabilidad (ya sea la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, con nuestros familiares, amigos, vecinos y demás) y permitió que las cosas llegaran al punto en el que—al fin y al cabo—tod@s tenemos que asumir las consecuencias de lo ocurrido.  Y ese es un punto del que nadie puede escaparse.  Lo mismo da que no cuidemos de nuestras posesiones personales a que no cuidemos del medioambiente de este único planeta en el que nos ha tocado vivir: si no cumplimos con nuestra responsabilidad, tendremos que atenernos a las consecuencias.

Últimamente, esas mismas palabras—responsabilidad, consecuencias—se repiten una y otra vez en mi mente mientras conduzco hacia mi trabajo cada mañana durante la semana.  Y se repiten una y otra vez, luego de que ocurren situaciones que dejan demostrado lo que expongo en el párrafo anterior.  Como el anuncio de quienes hoy están en el poder sobre la crisis en el sistema de retiro de los empleados públicos (excluyentes de la policía y de los maestros; por lo menos los segundos tienen su sistema de retiro aparte).  Una crisis que resulta de años décadas de malos manejos y pretensiones de lucro por parte de quienes tenían la responsabilidad de custodiar los dineros descontados del sueldo de quienes tienen que levantarse tenemos que levantarnos bien temprano en la mañana para proveer los servicios gubernamentales a los ciudadanos.  Responsabilidad que quienes la tuvieron no la cumplieron a cabalidad, al punto de que se tiene el temor de que dentro de pocos años, ese sistema no pueda contar con los fondos para asegurar una existencia digna a quienes todavía vamos en camino hacia la meta del retiro (incluido quien les escribe, a quien aún le falta mucho camino por recorrer… pero ya yo llegaré).  Y esa es una consecuencia que podría ser grave—y que tal vez no sea la única, como vimos no hace mucho, cuando se nos impuso una “medicina amarga” para tratar de remediar nuestros males.

Otra situación que muestra lo que vale ejercer la responsabilidad en el momento oportuno es la agresión de la que fue objeto una estudiante de una escuela superior en Ponce—un nivel educativo notoriamente difícil de encauzar, porque se trata de niños que están en esa transición hacia la adultez que llamamos “adolescencia”—por parte de otra estudiante que la estaba acosando, por las razones que fuesen, mientras que la hermana de la agresora incitaba a ésta para que le hiciera daño.  Todo esto, grabado en vídeo mediante un teléfono celular “inteligente” para ser subido a la página de Facebook de la agresora—así, para que quede a la vista de (literalmente) todo el mundo de lo que ella es capaz, que con ella nadie se debe meter, que ella es quien manda.  Y aquí me parece que hay mucha culpa para repartir, muchas responsabilidades que se evadieron.  Particularmente la de los padres de la agresora y de su hermana la “videógrafa”, que presuntamente no impusieron la debida disciplina a las dos niñas para evitar una consecuencia como ésta.  (Y que conste, que no me estoy refiriendo a tratar a ambas niñas de forma restrictiva, que las ahogue; eso sería extremo, aunque también lo sería una crianza demasiado liberal y permisiva, que me sospecho que sería el caso aquí.)  Aunque también las autoridades del sistema escolar también tienen su cuota de falta de responsabilidad, al no ser más vigilantes en cuanto a la conducta de sus estudiantes (aun si la excusa es que no tienen suficiente presupuesto o suficientes recursos), para evitar que como consecuencia, esa conducta se la vaya de las manos.

Por lo menos en este otro caso, se procedió a detener a las dos agresoras (porque tan culpable es la que fomentó la agresión como la que propinó los golpes, ¿no es así?) y a recluirlas en un centro de detención para menores, tal vez con la esperanza de que al verse privadas de su libertad, las dos jovencitas “recapaciten” y aprendan la lección resultante de lo ocurrido.  No digo que no pueda hacerse, que no se puedan rehabilitar, siempre que nos hagamos a la idea de que ellas puedan entender y asimilar su cuota de la responsabilidad por el lamentable incidente y entiendan que esa conducta trae consecuencias no muy agradables para su futuro.  Por supuesto, también está la posibilidad de que otra sea la consecuencia, que tal vez no accedan a rehabilitarse y a mostrar arrepentimiento por causarle daño a otra persona y en un futuro repitan ese patrón de conducta.  Tal vez agredirán a alguna de sus amistades, o a un vecino, o a sus propios familiares, o hasta a sus propios hij@s.  (Y no hace falta ir muy lejos para ver en las calles a madres o padres que—tal vez por que les frustra la idea de ser madres o padres—descargan sus frustraciones en sus hij@s, aun donde todo el mundo lo puede ver.  Y ahí empieza de nuevo el ciclo de falta de una paternidad-maternidad responsable y una consecuencias que se verán en los hij@s… y vuelve a empezar… y empieza una vez más…)

Por supuesto, son muchos más los casos en los que la falta de responsabilidad, o más bien, no asumir la cuota de responsabilidad que nos corresponde, lleva a consecuencias que afectan vidas, desde las que apenas están en formación hasta las de quienes han experimentado todo lo que la vida ofrece.  Y en algunos de esos casos, puede ser que quien no actuó responsablemente cuando le tocó hacer su parte, quien cometió esa falta de responsabilidad, ni se inmute ante el cuadro que tiene ante sí.  Tal vez ni le importe, tal vez se diga a sí mism@, “el que venga atrás, que arree” o “la última deuda la paga el diablo”.

Y tanto puede ser que no sufra las consecuencias de esa irresponsabilidad, como que las sufra.  Yo prefiero creer que ocurrirá lo segundo—y personalmente, aspiro a que sea así.

(Y por supuesto, pueden estar seguros de que esta entrada llevará ambas etiquetas: responsabilidad y consecuencias.)

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


ACTUALIZACIÓN (18 de marzo de 2013): Lo que hace el escribir con el interés de terminar lo más rápido posible antes de irme a dormir.  Pero antes de que a mí se me olvide y después venga alguien a echarme en cara cuánto yo hablo de no olvidarnos de las víctimas de delitos u otros actos, no quisiera pasar por alto el efecto de este lamentable incidente en la persona de la niña que lo tuvo que vivir.

Hasta donde tengo entendido, la niña no tenía planeado salir a ser víctima de un incidente violento ese día en su escuela.  (Y eso me recuerda un planteamiento que alguien hizo en mi oficina la semana pasada: “nadie sale de su casa por la mañana a que lo maten en el camino al trabajo”.)  Y sin embargo, fue el objeto de la ira de una compañera de escuela cuya conducta fue muy poco responsable totalmente irresponsable.  Una conducta que no sólo traerá consecuencias nefastas para la agresora y su hermana instigadora—como ya mencioné en el cuerpo principal de esta entrada—, sino que también traerá consecuencias lamentables para su víctima de la agresión.  Tal vez las mismas se manifiestan de inmediato, como el temor de regresar al mismo lugar donde ocurrió la agresión, o el temor a hacerse de amistades a lo largo de su vida futura, o el temor a enfrentar los retos futuros que la vida le pondrá.  Tal vez la agresora siga aferrada a su odio (algo que me asombró muchísimo cuando lo leí en este testimonio de una bloguera que en su tiempo estudiantil fue víctima de acoso (“bullying“) escolar—aunque tal vez no me debería sorprender, porque hay personas a quienes el odio es su medio de vida, la energía tóxica que las mueve, que forma parte de su 24/7) y quiera emprenderla de nuevo, en esa ilusión de tiempo que expresamos con la frase, “algún día”.

Desearía poderme equivocar en lo que acabo de escribir, pero con esto recalco que la falta de responsabilidad tiene consecuencias, no sólo para quien falla al no asumir su responsabilidad, sino para quien cae víctima de esa inacción.  Sólo el tiempo dirá si estoy en lo correcto.


LDB

Cuestión de generosidad

Wi-Fi Alliance logo
Wi-Fi Alliance logo (Photo credit: Wikipedia)

A tod@s nos gusta que nos hagan regalos, especialmente en ocasiones especiales como en nuestro cumpleaños o en Navidad (y aquell@s que no necesariamente creen en el motivo por el que realmente se celebra la Navidad… bueno, no creo que vayan a refutar esto).  Pero a veces, algunos regalos pueden llevar a la duda—aunque eso, en realidad, es una de esas cosas que, como dice el refrán, hay que tomarlas de quien vengan.  Y si vienen de políticos a los que de momento se les despierta el ánimo de la generosidad—sobre todo, en un año de elecciones generales, como aquél en el que estamos cuando escribo esto (2012)—, pues hay que tomarlas con el proverbial grano de sal.

Por supuesto, no creo que yo esté descubriendo el Amazonas con lo que acabo de señalar.  Porque esa generosidad es algo tradicional en muchos países en el mundo.  De hecho, si ustedes hacen en este momento una búsqueda en Google, usando la secuencia “regalar neveras a cambio de votos”, encontrarán entre otros resultados que eso se ha estado dando mucho en Venezuela y en la República Dominicana en tiempos recientes (y hago esta mención sin ánimo de ofender a mis lectores/lectoras y hermanos/hermanas venezolanos y dominicanos—ustedes también son mis amigas y amigos, mi gente).  Principalmente, el objeto de este tipo de muestra de “afecto” por parte de los políticos es uno de tantos enseres eléctricos (que creo que en otros países hispanohablantes, sobre todo en España, los llaman “electrodomésticos”) que hacen que la vida hogareña sea más fácil—digo yo, se supone que así sea—, como un refrigerador o nevera, o como una estufa.  O sea, algo que vaya dirigido a atender una necesidad apremiante de un sector de la comunidad… especialmente aquel sector de la comunidad cuyo respaldo electoral es la necesidad apremiante de quienes quieren aferrarse al poder.

(O sea, algo así como… “yo me porto bien contigo, tú te portas bien conmigo” Guiño )

Y por supuesto, Puerto Rico tampoco ha escapado a esta “tradición”, especialmente durante los tiempos en los que los perros se amarraban con longaniza.  Digo, cuántas historias no vengo escuchando desde mis tiempos de escuela, años luz atrás, de que los políticos iban por los campos de mi tierra ofreciendo neveras y estufas a la gente humilde, a cambio de que les favorecieran con su voto en las elecciones de esos años (principalmente, si mi recuerdo es correcto, hacia las décadas de 1920 y 1930).  Eso sí, habría que ver si muchos de esos jíbaros “de enantes” habrán sido lo suficientemente “aguza’os” para quedarse con el enser (electrodoméstico)—digo, a quién le amarga un dulce—sin tener que comprometer su dignidad y vender su conciencia a un político que comoquiera lo iba a dejar en la misma situación de pobreza en la que lo había encontrado.

Residencial Público Luis Lloréns Torres, entre San Juan y Carolina, Puerto Rico.
Residencial Público Luis Lloréns Torres, entre San Juan y Carolina, Puerto Rico.

Bueno, la cosa es que esto fue lo que me vino a la mente cuando hace un par de semanas, el Alcalde de San Juan, Hon. Jorge A. Santini (PNP) (a quien recordamos en este blog por esto, esto y esto, así como por la famosa—o infame—tarjeta de Navidad 2011) anunció que a partir de ahora, el municipio que él dirige estará proveyendo acceso gratuito a la Internet vía WiFi en el residencial público Luis Lloréns Torres, el residencial público de mayor extensión geográfica en todo Puerto Rico.  Digo, yo me imagino que existe una necesidad de que la gente de los caseríos—la misma a la que Catalino “Tite” Curet Alonso (1926–2003) exaltó en su guaguancó “Pa’ los caseríos”—pueda acceder a toda la riqueza de información disponible a través de la “red de redes”, aunque habría que ver cómo va a acceder a la misma (más allá de quienes hayan aprovechado la oferta más reciente del “smartphone” 3G o 4G con “lo último en la avenida”).

(Por cierto, eso último es algo que los muchachones de El Ñame han ponderado detenidamente.)

Eso sí, valga aclarar algo: A pesar de que mucho del furor ocasionado por el despliegue de generosidad del incumbente municipal estadoísta pudiera verse con un dejo de prejuicio, ése no es mi propósito en esta entrada de mi blog.  Yo en particular, como alguien que ha sido entusiasta de la Internet y la “world wide web” desde finales de 1996—y que ha sido entusiasta de los blogs desde antes de que mi blog naciera en el 2003—, no creo que deba privarse a nadie de tener acceso a la Internet, de reclamar su parcela en la “autopista de la información”.  Es más, ni siquiera tendría que esperarse por una iniciativa del alcalde Santini, o de ningún otro político para los efectos.  De hecho, una cosa que a mí me gustaría ver sería un junte de las seis cinco proveedoras de telefonía celular en Puerto Rico ahora mismo—Claro PR, AT&T, T-Mobile, Open Mobile (antes la filial de Movistar) y Sprint—que permita ofrecer servicio de Internet vía WiFi en áreas que así lo necesiten, hasta en los caseríos.  Digo, para mí eso sería una buena iniciativa, o como decimos aquí en Puerto Rico, “un palo”.  Tal vez deberían animarse y hacer algo así en los próximos años, si quieren ganarse el favor de la gente (y en el proceso, nuevos clientes de ser el caso).

Pero lo importante, como mencioné al comienzo de la entrada, es tomar las cosas de quien venga.  Y para mí, una iniciativa como esa sería mejor atendida por las empresas que manejan directamente ese recurso que por políticos a la caza de votos.  Es más, déjenme repasar algo que escribí una vez:

“Total, cuando la gente de los caseríos y las áreas de pobreza económica y social cuenta para los seudolíderes del país, es únicamente cuando llega la campaña para las elecciones generales… ¿pero qué ocurre después?  ¿Le dejarán el canto al narcotraficante, al dueño del “punto”?  Y entonces, ¿será hasta el próximo ciclo de campaña electoral?”

O… ¿qué tal esto otro?

“Tal vez a nuestros políticos les sea más fácil y conveniente manejar a su antojo a los residentes de los caseríos, a los que hacen cada vez más dependientes de las dádivas—especialmente aquéllas que se sufragan con lo que aportan los ‘taxpayers’ estadounidenses.  Pero en ello, a nuestros políticos se les olvida convenientemente que hay consecuencias, como el desarrollo de actitudes tales como indolencia, complacencia, falta de un sentido de responsabilidad, para consigo mismos y para con la sociedad que los rodea.”

Tal vez será que éste es el “duérmete nene” de nuestros tiempos, como lo fue en su momento (y lo sigue siendo, como ya hemos visto) el despliegue de generosidad de quienes regalaban neveras, estufas y hasta zapatos, regalos que más bien eran una mercancía en trata, a cambio de una lealtad.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

Soy Luis Daniel Beltrán, y aunque de momento no tengo una   PC o un Teléfono móvil que regalar para poder utilizar el WiFi gratis… ¡yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

Aquí donde nadie conoce mi nombre

Casey Anthony has been booked into the Orange ...
Image via Wikipedia

Bueno, aquí de nuevo, amigas y amigos, mi gente.  Espero que les haya gustado el cuento de la tortuga en el poste.  Así que vamos a otra cosa, shall we?

Desde que hace un par de semanas se anunció el veredicto del jurado en el caso contra la Sra. Casey Anthony, la joven de Orlando (Florida) a la que un jurado declaró no culpable de asesinar en 2008 a su niña, Caylee Marie (2 años de edad) (aunque sí fue hallada culpable de decirle toda una ensarta de mentiras a la autoridades sobre el paradero de su hijita), una cosa que me ha llamado mucho la atención ha sido la especulación sobre hacia dónde podría seguir su camino una vez ella saliera de prisión.  (De hecho, escribo esto menos de 48 horas después de que ella fuera excarcelada el 17 de julio de 2011 a las 00:10 UTC –5:00 +1:00.)*  Una teoría que se estuvo barajando la ubicaría viniendo a Puerto Rico, tal vez en plan de mudanza (vea la nota original, en inglés), con base en dos cosas: que durante el tiempo en el que ocurrieron los hechos que se le imputaban (tiempo durante el cual se dice que ella se dedicó a irse de discoteca en discoteca, divirtiéndose de manera escandalosa), ella habría expresado su deseo de venir de turista a Puerto Rico; y que el abogado de esta persona, José Báez, es nacido en Puerto Rico (aunque según varias fuentes, nunca llegó a criarse en mi isla).

(Me imagino que con este dato, el Boricuazo estará más lucido que nunca…)

Pero dejando de lado los méritos del caso, los errores y horrores procesales y las tremendas metidas judiciales de pata que se pudieran haber cometido, y hasta el encabritamiento (OK, quise decir otra cosa) que deben tener muchos de los que comentaron, debatieron y especularon (y a ver si se atreven a conjugar en primera persona singular el verbo especular) sobre las causas, motivos, razones y circunstancias… lo que me llama la atención es qué puede tener Puerto Rico que sirva de “dulce” para todas esas “moscas” que engendra el sistema de justicia estadounidense—tanto el de cada estado como el federal.

Debe ser tal vez la creencia de que Puerto Rico es un mundo aparte, de que aquí no llegan las noticias de lo que ocurre en otros lugares (aun cuando los noticiarios televisivos locales apenas le dediquen a eso un par de minutos, que bien pudieran quitarle a la sección de “entretenimiento y estilos de vida”—pero ya eso es otro asunto).  Puede ser que eso hubiese funcionado en el pasado.

Y un ejemplo que me viene a la mente es el de Nathan J. Leopold, Jr. (1904–1971), uno de los dos jóvenes involucrados en el secuestro y asesinato de un adolescente en 1924 en Chicago, Illinois.  Leopold y su cómplice, Richard A. Loeb (1905–1936), fueron los protagonistas de un sensacional juicio (en el cual fueron representados por el famoso criminalista estadounidense, Clarence Darrow), tras el cual fueron hallados culpables de asesinato y sentenciados en 1925 a cadena perpetua… ¡más 99 años!  (Parece que las autoridades quisieron asegurarse de que ellos no salieran de prisión después de cumplir la perpetua… ¿me entienden?)  Por entonces, la necesidad de mantener al público informado la cubrían los periódicos impresos (y tal vez la radio, que estaba apenas dando sus pasitos de bebé); a lo mejor, si para 1925 hubieran existido muchas de las maravillas tecnológicas con las que contamos hoy en día, hubiéramos conocido prácticamente al instante cuanto detallito existía sobre los acusados.

Leopold fue excarcelado en 1958 (el mismo año en el que nací), tras lo cual emigró a Puerto Rico para (según él) alejarse de la notoriedad que le ganó su caso judicial—y que le ganó a él y a su cómplice (quien muriera apuñalado en prisión 22 años antes) un status de referencia en la cultura popular estadounidense, que se ha mantenido así hasta nuestros días.  Durante esa etapa de su vida, Leopold entendía que podía aprovechar la alta capacidad intelectual que lo hizo ser considerado alguna vez como un niño prodigio.  Por ejemplo, en 1963, Leopold escribió para la Estación Experimental Agrícola de la Universidad de Puerto Rico, una lista de cotejo de las especies de aves de Puerto Rico y las Islas Vírgenes (en la misma se incluye la mención de una población de la paloma sabanera de Puerto Rico, Patagioenas inornata wetmorei, en los alrededores del Lago de Cidra, considerada como la mayor población de esta subespecie endémica, actualmente bajo seria amenaza de extinción en todo Puerto Rico).

Lamentablemente, una idea como la de emigrar a Puerto Rico para huir de un pasado tan innoble, no funciona en un mundo interconectado como el de nuestros días.  Un mundo de computadoras de escritorio y portátiles, de teléfonos inteligentes y de computadoras “de tableta”.  Un mundo en el que ocurre un evento grande en alguna ciudad del mundo—un acto terrorista, un desastre de magnitudes catastróficas, la muerte de un importante líder mundial, el triunfo de un equipo deportivo en una competencia importante—, y al minuto me puedo enterar, lo mismo viendo CNN por televisión que a través de mi teléfono móvil.  Y a juzgar por los comentarios a la nota original en la cual se publicó la especulación de la mudanza de la señora Anthony a Puerto Rico, si ella creía que aquí lo suyo no se conocía, se ha podido dar tremenda… ¡sorpresa!

Según escribo esto, cuando falta poco para que se cumplan las primeras 48 horas, se desconoce el paradero exacto de la (aún presunta) infanticida.  (Y escribo “aún presunta”, porque lo quiera ella o no, siempre quedará la sospecha.)  Y ello ha tenido echando chispas a l@s comentaristas, analistas y especuladores(-as) de siempre… y a otros tantos alcahuetes que hacen de la noticia un espectáculo.  Tal vez sea por la seguridad de ella, tal vez sea para hacerle una última burla a la justicia, la misma que le falló a la pequeña víctima al no poder cobrar la justa medida de una vida truncada a tan corto plazo.

A donde sea que ella se hubiera marchado, yo espero que no haya venido a Puerto Rico.

Y aún si no fuese aquí, yo no creo que ella se sienta completamente libre, por el resto de su vida.  Y ésa es la peor consecuencia.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Por si se confundieron, la notación que usé aquí se refiere al huso horario de verano para la costa este de los Estados Unidos (EDT), de 5 horas menos que el Tiempo Universal Coordinado (UTC), pero con una hora de adelanto—lo que sitúa a ciudades como Miami, New York y Boston a la misma hora que San Juan en esta época del año.


LDB