No es el cuento

Torre de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, al atardecer. © Luis Daniel Beltrán-Burgos. Derechos reservados.
Torre de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, al atardecer. © Luis Daniel Beltrán-Burgos. Derechos reservados.

“¿Qué digo yo de mí?  ¿Cuál vida me improviso para ustedes?  ¿La del quíntuple que recita «El duelo de la cañada» o «El brindis del bohemio»?, ¿la del amante empedernido?, ¿la del jugador empedernido?

[…]

“¡El cuento no es el cuento!  ¡El cuento es quien lo cuenta!”

(Parlamentos citados de la cuarta escena de Quíntuples, por Luis Rafael Sánchez [Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1985].)

No hago más que citar las palabras del “irremediablemente bello” (según él se describe a sí mismo, que conste) «Mandrake Morrison» para mirar hacia atrás a una tarde a mediados de la década de 1980 (creo que fue en 1986), cuando tuve la oportunidad de ver una representación de los Quíntuples del escritor humacaeño Luis Rafael Sánchez en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.  Por entonces, la tarea de dar vida a estos personajes tan… ¿cómo lo digo?… tan complicados recayó en la actriz teatral y catedrática de “la iupi”, Idalia Pérez Garay, y en el excelente actor puertorriqueño Francisco “Paco” Prado* (que tras de la inesperada muerte de este último, años más tarde de aquella tarde, fue sustituido—también con gran éxito—por el también actor teatral y catedrático de “la iupi”, José Félix Gómez).  A Idalia le correspondía—y entiendo que le ha seguido correspondiendo en reposiciones ulteriores—interpretar a las tres féminas de esta progenie peculiar, mientras que a Paco (y ulteriormente a José Félix) le tocaron en suerte los dos varones, más el que lo habría hecho posible (¿me entienden?), “el divo” «Papá Morrison» (cuya escena es la sexta y última de la obra).

Había que ver con qué deleite y maestría se manejaba Paco por el escenario, navegando entre el patético «Baby Morrison», jaula en mano en eterna búsqueda de su gato «Gallo Pelón», el “irremediablemente bello” (¡y dale, que es tarde!) «Mandrake Morrison» y “el divo” «Papá Morrison».  Como si Sánchez hubiera escrito la obra pensando en él… aunque como Sánchez lo ha expresado en varias ocasiones desde entonces (por ejemplo, en este artículo de “En Rojo” de 2011 [en PDF], que encontré en la fuente en este enlace), la obra fue escrita pensando precisamente en Paco Prado.  Y aunque a su salida del escenario en aquella tarde, no bien pasados unos segundos después de pronunciar sus líneas sobre “el cuento” (precisamente las que cito arriba), se golpeó accidentalmente en el costado derecho con una pieza de utilería (y aún recuerdo el susto que pasamos quienes estuvimos presentes cuando eso sucedió), regresó ulteriormente como todo un PROFESIONAL para la última escena, para recordarnos al final—tanto él como su compañera de escena—lo que es verdaderamente el teatro, esa maroma de complicidad entre el público y los actores para crear una magia hermosa.  Y aún décadas más tarde, a mí me alegra haber sido parte de esa maroma de complicidad.

Por lo menos, la de esa tarde.

Pero a lo mejor ustedes—amigas y amigos, mi gente—se están preguntando a qué viene que yo saque del baúl esta experiencia personal.  (Además del siempre tan necesario desahogo, que conste.)  Pues bien, sucede que esto es lo que me viene a la mente cada vez que oigo tantos de esos cuentos con los que nos vienen a cada rato.

Francamente, hay veces que no estoy seguro de cuál es la “vida” que se está improvisando en esos cuentos.  La del optimista empedernido que nos dice que todo está bien, que se está “salvando” al país de una debacle económica, a pesar de que la realidad (la de que los inversionistas, principalmente los estadounidenses, siguen desconfiando de la capacidad puertorriqueña para cumplir con sus compromisos financieros) dice elocuentemente otra cosa.  O la del que quiere elevar el alma de los puertorriqueños hasta las estrellas, cuando la realidad es que la desilusión y el desengaño son más elocuentes—como la de la familia del niño que inocentemente se habrá dejado utilizar para la propaganda gubernamental de la “isla estrella”, para resultar después que esa misma familia ha tenido que emigrar a Orlando, Florida, en busca de un mejor futuro.  (Y que conste, aunque en una entrada anterior, yo me reafirmé que me quedo aquí para dar mi propia pelea, no le quito ni le añado a su derecho de irse a buscar un mejor futuro.  Total, tod@s tenemos necesidades que satisfacer.  Hasta el mismo Paco Prado tuvo que irse a buscar fortuna en “los niuyores”—¡con el agravante de que por allá le fue mejor que por acá!—, pero ya eso es otra historia.)  O la del que nos dice que está bajando la actividad delictiva en Puerto Rico, sólo para ver cómo decenas de vidas son terminadas de forma violenta (¡hasta 17 en un sólo fin de semana!) y entonces, en lo que luce más como una “perreta”, agarrar la juyilanga y dejarle el canto a alguien que pueda hacer un mejor trabajo.  (Digo, siempre y cuando se lo permita la cultura política que sólo ve la solución por la fuerza, en lugar de ir a las raíces del problema.)

Sí, son muchos cuentos.  Pero ése no es necesariamente el cuento.  Tal vez el [¡YA ESTÁ, NO VOY A REPETIR ESA FRASE AQUÍ!] «Mandrake Morrison» tiene la razón.  El cuento verdaderamente es quien lo cuenta.  Es y ha sido y será siempre el (la) mism@ cuenter@.  Que sea del PNP o del PPD da lo mismo.  Es quien parece vivir en una realidad paralela a la nuestra, en un universo paralelo al nuestro.  Un universo paralelo en el que el país se está salvando de años décadas de malos manejos económicos (de muchos de los cuales no se responsabilizan, ni tocándolos con una vara de 3 metros—o de 10 pies, lo que le dé la gana de que venga primero)’’; en el que la confianza de los inversionistas en la capacidad de recuperación económica de nuestro país nunca estuvo en duda (y quien diga lo contrario es un mentiroso, según esa mentalidad); en el que somos una “estrella” que puede aportar mucho al mundo, que hasta puede enseñar a jugar béisbol a los mismos que inventaron el “baseball”… sin que lo más talentoso de su gente se tenga que ir pa’ otro la’o en busca de suerte.

Son y han sido y serán l@s que pretenden crear una “magia hermosa” que esconda—y que l@s esconda de—la realidad que los demás vivimos a diario.  Son y han sido y serán l@s que pretenden crear una maroma de complicidad entre ell@s y nosotr@s, l@s espectadores/espectadoras que tenemos que aguantarle los cuentos que nos hacen cada día.  Y el precio que nosotr@s, l@s espectadores/espectadoras tenemos que pagar por esa maroma de complicidad se hace cada vez más costoso.

Ésa no es una maroma de complicidad de la que me alegre ser parte.  Pero gústele a quien le guste, ése es el cuento nuestro de siempre.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* NOTA A MÍ MISMO: Cuando tenga un “break”, me gustaría averiguar por qué ca…ramba en la sección de biografías de la Fundación Nacional para la Cultura Popular no se ha incluido una biografía de Francisco “Paco” Prado.  Sea por lo que sea (y espero que no sea por haber hecho su carrera artística en la ciudad de New York), a mí me parece que no se está siendo justo con un SEÑOR ACTOR—así, con mayúsculas—de su excelencia y calibre, que gústele a quien le guste, aportó grandemente a la cultura de nuestro país.  Así que si a quien le compete está leyendo esto y le cae su agüita… séquese primero y póngase en movimiento, ¿OK?)


LDB

El viaje final de los condenados

This photograph shows Lago de Loíza Reservoir ...
Image via Wikipedia

Pienso en ello y entonces me siento como si fuera mi peor pesadilla.

Voy en un vehículo oficial, atado de manos y pies, como “huésped” del sistema penal, regresando al campamento correccional luego de un día inmerso en un proceso judicial.  Afuera, se produce un aguacero intenso, de esos aguaceros inclementes que algunos de nuestros ciclones tropicales tienden a dejarnos como “souvenir”.  El conductor del vehículo, un guardia penal, ve que las aguas se están apropiando de la carretera, pero parece que ha decidido, “por sus…pantalones”, que va a cruzar el área del desborde, confiado en que lo podrá cruzar.  Total, si el vehículo ya casi está llegando a la entrada del campamento penal, ya casi está “ahí al lado”.

Y ahí es que viene el desastre.  Un golpe de agua que llega justo en el momento en que el conductor trata de hacer cruzar el vehículo.  Y ése no es precisamente el momento para no recordar algo que debió haber escuchado en sus clases de ciencia en la escuela superior—digo, si no “cortó clases” ese día:

“In a flood, two feet (61 cm) of water can move with enough force to wash a car away…

“Flood waters are more dangerous because they can apply much more pressure than an ordinary river or a calm sea. This is due to the massive differences in water volume that exist during many floods…. The bigger the difference between water volumes across an area, the greater the force of movement.  But at a particular point, the water doesn’t look so deep, and so doesn’t seem particularly dangerous—until it’s too late….

“The most dangerous floods are flash floods, which are caused by a sudden, intense accumulation of water.  Flash floods hit an area soon after water begins to accumulate (whether from excessive rain or another cause), so a lot of the time, people don’t see them coming….  Flash floods can be particularly devastating when a heavy thunderstorm dumps a high volume of rain on a mountain.  The water moves down the mountain at tremendous speed, plowing through anything in the valleys below.”

([Traducido a mi manera]: Durante una inundación, una masa de agua de dos pies de profundidad se mueve con fuerza suficiente para desplazar un automóvil.  El peligro de las aguas de inundación reside en que aplican una mayor presión que la de un río común y corriente o un mar en calma, debido a las enormes diferencias de volumen entre las masas de agua en un mismo río.  Así, mientras mayor sea esa diferencia, mayor será fuerza con la que empuja el agua.  Pero en algún punto, el agua se ve llanita y no muy peligrosa… ¡hasta que ya es tarde para evitar el peligro!  Por otra parte, aún más peligrosa es la inundación repentina, causada por la acumulación súbita e intensa de agua, por las lluvias o por otras causas, por lo que muchas veces eso es algo que, como quien dice, “no se veía venir”.  La inundación repentina puede ser particularmente devastadora cuando una tronada fuerte suelta una cantidad enorme de lluvias sobre las montañas.  El agua se mueve entonces montaña abajo a una tremenda velocidad, para barrer con todo lo que encontrará a su paso en los valles aguas abajo.)

(Citado de la página 4 de “How Floods Work”, por Tom Harris, en HowStuffWorks.com, 7 de junio de 2001.)

Pero no, no hay tiempo de pensar en eso, especialmente cuando él ve que su vehículo es arrastrado por la corriente fuerte y súbita, como empujar un sillón para cambiarlo de lugar en la sala de estar.  Arrastrado hasta que se detiene a un lado del camino, casi sepultado debajo de las aguas embravecidas.  Y tiene que buscar la manera de salir de allí.  Sí, él y el guardia correccional que lo acompaña para asegurarse de que al cargamento humano que lleva, no se le ocurra buscar la libertad en un descuido.

Y ambos logran salir del vehículo ahora incapacitado.  Pero… ¿y qué hay de los confinados?  ¿Y qué hay de mí, que estoy atrapado aquí adentro, que estoy entrando en pánico, mientras veo que el interior del vehículo se llena de agua?  ¿Qué es, que acaso estamos pensando en aprovechar el desastre que se nos viene encima para darnos a la fuga, en caso de que alguien más se apiade y venga a rescatarnos a los que estamos adentro?  Porque a la vez que el agua se está alzando dentro del vehículo convertido en cámara mortuoria, varios vecinos valientes se están ofreciendo para ayudarnos a salir.  Pero los dos guardias penales rechazan los esfuerzos ofrecidos—tal vez por ignorancia, o por insensibilidad, o por apego a una reglamentación que les obliga a retener a los confinados bajo cadenas, aun en una situación en la que las vidas de confinados y custodios corren un peligro inminente.  Total, qué más da que muera un confinado en medio de un desastre inminente… ¡lo importante es que no se fuguen!  Y PUNTO.

Mientras tanto, grito y grito para que me ayuden a salir… hasta que ya no me queda un grito más que exhalar.

Amigas y amigos, mi gente, créanme que no es nada fácil para mí imaginar—a la vez que lo voy escribiendo aquí—lo que pasaron en sus últimos minutos de vida los ocho confinados que murieron a comienzos de esta semana, mientras eran transferidos (junto con otros dos que sobrevivieron ulteriormente) al campamento correccional Sabana Hoyos de Arecibo.  Hombres que por más que se diga que estaban pagando sus deudas con la sociedad—con excepción de por lo menos uno que habría sido hallado no culpable del delito que se le habría imputado, y que tal vez estaría pensando en lo primero que haría a su regreso a la libre comunidad—, no tenían que morir de la manera tan cruel en la que murieron.  Sobre todo, no tenían por qué ser víctimas del atrevimiento e insensibilidad de los guardias correccionales que los custodiaban en ese fatídico viaje.  Guardias que ciertamente fallaron en actuar de manera responsable, aunque actuar responsablemente les costara tardar más tiempo y gastar más combustible, al desandar el camino ya andado y rodear por alguna ruta alterna.  Total, se dice que Puerto Rico es el país con la mayor cantidad de carreteras por milla cuadrada en el mundo.*  Así que… ¡por aquí, que es camino!

Pero no.  Prefirieron retar la suerte.  Y cuando la suerte les falló, prefirieron anteponer sus propias vidas a las de los confinados que llevaban en su custodia, como si la vida de un confinado valiera menos que nada.

Apostaron a que podían vencer a la naturaleza.  Pero la naturaleza los venció.  Y las consecuencias de esa jugarreta no podían ser más lamentables.


* Sólo una pequeña crítica constructiva: Parece que da mucho trabajo calcular y proveer el dato de cuántas millas de carretera (preferiblemente carreteras pavimentadas, incluidas las autopistas) hay por milla cuadrada en Puerto Rico, a juzgar por que muchos de los sitios en los que busqué en la Internet repiten esa frase (“Puerto Rico es el país con la mayor cantidad de carreteras por milla cuadrada en el mundo”), pero no aportan el dato numérico en concreto.


LDB

Era una mañana como tantas otras…

Les digo una cosa, amigas y amigos, mi gente: no es nada fácil observar una imagen como ésta sin pensar en lo que pudo haber sido.

Ciudad de New York, NY, desde el observatorio en el piso 86 del Empire State Building.  Julio de 1984.

Fue la tarde de un sábado de julio de 1984, creo que fue el 7 de julio de ese año (dato que puedo estimar gracias al calendario de mi computadora y a un recuerdo más o menos vago de cuándo fue que yo estuve por allí).  Fue mi primer viaje fuera de Puerto Rico, y ese día, el plan de mi primo de “la banda allá” y su esposa fue que diéramos un paseo por la ciudad de New York.  Así que recorrimos durante un par de horas el trayecto desde su casa—en algún lugar cercano a la capital de Connecticut que no viene al caso identificar—hasta llegar a ese monstruo de ciudad.  Luego de dar varias vueltas y hacer turismo en el “Chinatown” cercano, nos dimos a la tarea de subir en un moderno ascensor al piso 86 del Empire State Building para desde allí mirar la ciudad por los cuatro costados.

(Por cierto, una cosa que nunca me gustó del barrio chino fue la manera en la que desplegaban para la venta los mariscos, especialmente las cocolías—lo que en inglés se suele llamar, “blue crab”, o sea, el cangrejo del género Callinectes u otros géneros similares—, en la acera, demasiado pegados del área por donde deambulaban las gentes, unas con rumbo y otras no.)

De más estaría decir lo impresionante que se ve una ciudad tan complicada, tan llena de Historia y de historias como la ciudad de New York, para alguien que sale por primera vez de su lar nativo (aunque en mi caso, fue de vacaciones).  Tal vez tan impresionado, que no reparé (para quienes se les hace un poquito extraño que yo use esa palabra, léanla como “fijé mi atención”) en lo que parecían dos columnas que sostenían algo encima de la ciudad, escondidas detrás de la bruma de aquella tarde del 7 de julio de 1984.  Para mí, aquello era algo que formaba parte del paisaje de la ciudad, una de esas cosas que se dan por hechas, que pueden prevalecer contra viento y marea.

Y también estaría de más decir que ni yo mismo hubiera podido vislumbrar que esas “columnas” de la gran ciudad serían objeto de atentados como el de 1993, o que acabarían trágicamente destruidas, como ocurriría 17 años después, un 11 de septiembre de 2001.  O sea, un día como el de hoy en el que les escribo… o como el de hace exactamente seis años, cuando escribí en este blog lo siguiente:

“Para cuando escribo esto, se habrá cumplido el cuarto aniversario del día que cambió la faz del mundo para siempre, de una manera que yo no me hubiera imaginado que ocurriría durante mi vida.  Ya a la hora en que escribo, la magnitud de la tragedia que se cernía sobre New York, NY, y Washington, DC, estaba empezando a palparse.  Por supuesto, para hacer mayor la magnitud de la tragedia, ese mismo día un avión de pasajeros cayo en la campiña de Shanksville, PA.  ¿Y qué tenían en común estas tragedias?  La intención criminal de un grupo de terroristas de hacer una reparación de supuestos agravios contra su gente, su religión y su cultura, mediante el estrellamiento de aviones de pasajeros contra ‘los símbolos del poder’ estadounidense (el World Trade Center, el Pentágono y—según se especula—la Casa Blanca).  Y lo peor de todo es que dichos terroristas se valieron de gente inocente, que no tenía NADA que ver con sus causas (fuesen justas o no), para llevar su ‘mensaje’.”

Y eso último es una de las cosas que más duele.  Que esas dos columnas de la ciudad, así como los aviones que fueron usados como misiles, tenían en su interior gente inocente.  Gente con sus sueños, ilusiones y esperanzas.  Gente que se levantó ese 11 de septiembre de 2001 por la mañana para trabajar, o para atender sus asuntos de negocios, o para despejar su mente y energizar de nuevo sus vidas… para no volver a sus casas ni llegar a sus destinos al final de ese trágico día.

Miro de nuevo la foto que tomé ese 7 de julio de 1984 y me pregunto, ¿habrá sido la bruma que lo cubre el presagio de que muchos años después sucedería?  ¿De lo que empezó como un día brillante, para terminar escondido entre una bruma siniestra?

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Lo escribí en este mismo blog hace seis años, y lo reitero aquí, a 10 años de una tragedia sin sentido:

“¡Que Dios tenga a su lado a los inocentes que perecieron el 11 de septiembre de 2001!”

¡Que así sea!

LDB

Lo que queda atras

¡Saludos, mi gente!

Como hubiese dicho Michael Jackson de no haber muerto mientras trataba de revivir su carrera artística casi olvidada… This is it!  Pero no se vayan a creer que estoy tirando la toalla.  (Por supuesto, cuando sea así, lo haré saber oportunamente, ¿OK?)  Simplemente, se trata de que ésta es la última entrada que escribo durante este año (2009).  Y si queremos dejar a un lado nuestro complejo de “purismo”, es la última que escribo durante esta década, que me imagino que habrá que llamarla “del cero”.  (Y que conste, yo sigo atado a la creencia de que si la “era de Cristo” comenzó en el año 1, entonces el Siglo 21 comenzó oficialmente el 1 de enero de 2001.  Pero por hoy voy a dejar ese concepto guardado en una gaveta.)

Y la verdad es que tanto el año como la década que están por terminar—para cuando esta entrada quede alojada en los servidores de WordPress—ha estado llena de cosas interesantes.  Por ejemplo, en este tiempo hemos cambiado radicalmente de tener la confianza de podernos mover libremente por el mundo, a vivir con el miedo de perder la vida en un abrir y cerrar de ojos porque alguien quiera “vengar una injusticia” (ya sea real o percibida) cometida por “infieles”.  (Es más, ni les cuento de la sensación de aprehensión que yo tuve durante las 18 horas promedio que tuve que pasar de viaje—en un asunto oficial del DRNA y la NOAA—desde San Juan hasta Miami, de ahí a Los Angeles y de Los Angeles a Honolulu, más las 18 horas promedio de la vuelta en dirección contraria.  Es más, de pensarlo me está dando hasta jet lag…)

(Y aún al cierre del 2009 hay quien intenta cobrar esa venganza, como el joven nigeriano de familia pudiente que el pasado viernes 25 de diciembre trató de destruir un avión que volaba desde Ámsterdam hasta Detroit, diz que por órdenes de los mismos criminales que—para mal o para peor—cambiaron el mundo un 11 de septiembre de 2001.  Menos mal que a ese aspirante a mártir, las cosas no le funcionaron como él quería y acabó quemándose… esteeeeeeeeee… “las joyas de la familia” .  Mira, “nene”: Para la próxima, déjale ese trabajito a los profesionales, ¿OK?)

También hemos visto cómo los seres humanos sacamos lo mejor o lo peor de nosotros en situaciones como ésa.  Destaca particularmente la reacción de un presidente estadounidense—lamentablemente más notorio por sus desplantes de ignorancia (y cómo contagiaba la misma en quienes le siguieron) que por cualesquiera logros que tuviera en los 8 años de su mandato—que aprovechó la circunstancia para “completar la tarea” que su padre (también presidente) salió a hacer, de “neutralizar” a un otrora aliado por éste apoyar al terrorismo con “armas de destrucción masiva”… ¡las mismas que nunca aparecieron, ni aunque el mandatario hiciese una búsqueda de las mismas en Google!   El problema aquí fue que mientras ese mandatario le cerraba la puerta al mosquito, dejó colar al camello, o sea, dejó que se incubaran resentimientos mayores, que al terminar la década del cero, hacen correr el riesgo de que sea imposible salir de la crisis.

Total, si eso fue lo que el pueblo estadounidense quiso en su momento…

Claro está, llegó un momento en el que ese mismo pueblo se cansó de la desesperanza, y buscó un nuevo comienzo con un nuevo mandatario.  Un hombre diferente a otros (y por ello, “peligroso” para quienes tienen miedo a todo lo que sea “diferente”), un hombre que traía ideas nuevas, que traía palabras nuevas, un hombre que traía un cambio en el que él decía que se podía creer… aunque como escribí en alguna ocasión, de las palabras nuevas e ideas nuevas a la acción, el camino que se toma no siempre es el mejor.  Y mientras escribo, este nuevo mandatario tiene que lidiar con guerras, con una economía en declive (a causa de la codicia de quienes amasan riquezas y acumulan poder, sin importarle las vidas que se destruyan en el proceso), con una reforma del cuidado de salud que priva a muchos seres humanos de ese mismo don al que tienen tanto derecho como a existir… ¡yo creo que yo estaba en lo cierto!

¿Y qué hay de Puerto Rico?  Si no por otra cosa, tanto el año como la década se destacaron por poner en vitrina lo que es la claque política que tenemos por liderato del país.  Gente que no parece tener la inteligencia (¿no sería mejor que por lo menos tuvieran sabiduría, que a mi entender, es hasta más importante que la simple inteligencia?), ni el temple, ni el carácter, ni la tolerancia para atender las necesidades de un pueblo.  Gente cuyo único ánimo es el de mantenerse en poder, a base de una presunta superioridad moral con respecto al otro bando (o a los otros bandos).  Gente que pretende decirle a los demás cómo vivir en lo que debe ser una sociedad decente y moral, mientras se hace acompañar de gente que no representa aquello que es “decente” y “moral”, cuando no se involucra directamente en conductas que no son precisamente “decentes” ni “morales”.  Gente falta de responsabilidad—consigo mismos y con los demás—y de compromiso, cuyas acciones no toman en consideración las consecuencias que puedan acarrear, quizás no tanto a esa gente, sino al resto de nosotros, que somos los que acabamos pagando los platos rotos.

Y si de pagar platos rotos se trata, ahí está la delincuencia que cada día más se ensaña contra quienes están en los malos pasos y los inocentes por igual.  Ahí está la deficiencia en la salud mental de mucha de nuestra población, cuya psiquis no encuentra cómo defenderse de la andanada de todos los días.  Ahí está la pobreza, la cual crece como resultado de una crisis económica que cierra las puertas a quienes buscan atender sus necesidades más básicas, al tiempo que llena las arcas de unos pocos codiciosos y los aleja como si los demás estuviesen infectados con un virus mortífero.  Ahí está el desasosiego.  Ahí está el pesimismo.

Pero ahí es donde también debe estar la esperanza, donde también debe estar el optimismo, donde también debe estar la fe.  La fe de que las injusticias (las verdaderas, que conste) se puedan acabar, la fe de que podamos vivir en libertad, de que podamos seguirnos moviendo libremente a donde queramos sin preocuparnos de que la vida se nos vaya en un momento, de que podamos resolver nuestras diferencias sin guerras, de que nuestros líderes desarrollen ideas y soluciones sabias a los problemas que nos aquejan a todos (y eso incluye a nuestros líderes, quieran o no), de que todos podamos buscar unidos la paz, la felicidad y la prosperidad.

Y como hago en casos como éste, aquí les dejo esta pregunta retórica:

¿SERÁ TODO ESTO DEMASIADO PEDIR AL ENTRAR EN UN NUEVO AÑO Y UNA NUEVA DÉCADA?  ¡YO CREO QUE NO!  ¡YO PREFIERO CREER QUE NO!

¡Y vamos a dejar el 2009—y con él, la década del cero—ahí!  A ustedes que han tenido la gentileza de acompañarme durante la mayor parte de esta década (o sea, desde que empecé a escribir este blog a mediados de 2003), les deseo todo lo mejor que la vida les pueda ofrecer, tanto en este año que comienza en pocas horas como en la década que se avecina.  Como siempre, cuídense mucho y pórtense bien, ¿OK?

¡NOS VEMOS EN LA DÉCADA DEL 10!

Luis Daniel Beltrán Burgos
Juncos, Puerto Rico

De noche todos los gatos son prietos

¡Buen día, mi gente!

Aquí estoy con ustedes después de una semana en la que continúa la crisis ocasionada por la presunta propagación del virus de la influenza (no “influencia”, como he escuchado decir a varias figuras públicas… ¡y hasta a algunos periodistas de la televisión!  ¡Ay, por favor!) A-H1N1 y la respuesta—o falta de la misma—del aparato estatal ante esta crisis (que mantenía el saldo de muertes confirmadas en ocho al día de hoy).  Situación que al menos por un día se vio interrumpida por el paso de una onda tropical por Puerto Rico el pasado martes 21—y que me llevó a ver de primera mano cómo el Río Grande de Loíza, aguas abajo de la represa del Embalse Carraízo, se convierte en un turbulento río que no tendría nada que envidiarle a algunos de los grandes ríos estadounidenses.  (Lo único que lamento fue que ese día no tenía mi cámara digital a la mano para tomar un par de fotos del fenómeno y así poderlas incluir en esta entrada… ¡pero ya en otra ocasión será!)

El caso es que mientras sigo esperando a ver si tengo que ponerme todo esto para salir a la calle…

¿Que yo tendré que ponerme guantes y mascarilla para salir a la calle?

… me encuentro con la noticia de lo ocurrido la semana pasada en Cambridge, estado de Massachustetts, relacionada con el arresto del catedrático de la Universidad de Harvard, Henry Louis Gates, hijo.  Noticia que pareció dejar al descubierto una vez más que a pesar de todos los logros que se puedan reclamar, lo que se da en llamar las “minorías” en los Estados Unidos aún tiene ante sí un camino lleno de piedras, entre las cuales están la ignorancia y la incomprensión.  Noticia en la que los detalles son tan diferentes como la noche y el día, como la oscuridad y la luz, como lo negro y lo blanco.

Gates, un profesor de distinguida trayectoria académica y de gran riqueza intelectual—cualidades que tal vez muchos desearían tener, a juzgar por el testimonio personal de una de sus discípulas, la conocida escritora puertorriqueña, Mayra Santos Febres (y les recomiendo encarecidamente que lo lean)—, recién había llegado el 21 de julio de 2009 a su casa en Cambridge luego de un viaje a China en función de su quehacer profesional, cuando se vio forzado a entrar a su propia casa por la puerta trasera de la misma (al encontrar atascada la puerta frontal).  Esto llevó a que alguien, a quien los primeros informes describen como “una vecina de raza blanca” llamara a la línea telefónica de emergencias de la policía local para informar del aparente “escalamiento” de una residencia.  (Pero si nos dejamos llevar por los reportajes noticiosos posteriores a los hechos, lo anterior como que no cuadra, ya que los vecinos entrevistados por los medios de prensa—blancos, negros, y uno que otro que no es ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario—no se proyectan como la clase de persona que no querría tener a alguien “distinto” en su vecindario.  Habrá que ver si la susodicha “vecina blanca” sale a la luz pública a disfrutarse su cuarto de hora de fama, una fama que tal vez ni deseaba en principio…)

Lo que ocurrió después… bueno, eso depende de quién es el que hace el cuento, a menos que resulte que el escritor puertorriqueño, Luis Rafael Sánchez, tuviera razón cuando expresó en su excelente obra teatral, Quíntuples,

El cuento no es el cuento… el cuento es quien lo cuenta.

Según el profesor Gates, el policía que atendió la querella no se identificó en principio como tal (un “no-no” que ha de haber servido a uno que otro libretista febril para eliminar—de una manera que no sea matarlo—un personaje principal en la trama de alguna teleserie detectivesca), pero luego se identificó debidamente y le informó de que se encontraba allí para responder a una querella por un “escalamiento”.  A esto, el profesor Gates alega que cuestionó la justificación de la presencia policial “porque soy un negro en los Estados Unidos”.  Por su parte, el policía que intervino con el profesor Gates, el Sargento James Crowley—de quien se ha dicho que ha ofrecido charlas y seminarios sobre tolerancia racial y sobre cómo evitar la práctica de hacer perfiles étnicos (en inglés, racial profiling)—, alega que sí se identificó debidamente como policía y que le requirió que se identificara como residente en el domicilio objeto del supuesto escalamiento, a lo que el profesor Gates se había negado en principio; que cuando quiso exhortarlo a salir de la casa para poder continuar la discusión sobre la pesquisa, el profesor Gates se comportó de manera altanera e insultante; y que tuvo que arrestarlo finalmente por exhibir una conducta ruidosa y arrogante (¿alteración a la paz?) ante la pesquisa policial.

Y es así como se produce el arresto del profesor Gates, reflejado en la foto que ha dado la vuelta al mundo (y que ustedes verán en otros lugares… menos en este blog, ya que no la muestro para evitarme problemas de derechos de autoría); irónicamente, dos elementos resaltan en la foto: en un primer plano, la presencia de un policía de raza negra como parte del operativo (¿quién dijo que no había diversidad étnica en la policía de Cambridge, Massachusetts?), mientras que en un segundo plano aparece el profesor Gates esposado con las manos al frente.  Y por ahí sigue lo de que Gates estuvo bajo arresto varias horas, que la policía de Cambridge decidió al final retirar los cargos contra Gates (¿habrá sido porque en la policía de Cambridge se dieron cuenta de que los estadounidenses y el mundo los estaban mirando?), y que ninguna de las dos partes (Gates y Crowley) se ha querido disculpar por lo sucedido (hasta el momento en el que escribo esto).

Por lo menos, así estuvieron las cosas, hasta que el miércoles 22, el presidente Barack H. Obama, quien resulta ser un amigo personal del profesor Gates,* aprovechó un intercambio con la prensa (luego de ofrecer un mensaje sobre su propuesta de reforma de salud) para contestar una pregunta sobre lo sucedido el día anterior.  Si bien él aceptó que no tenía todos los detalles a la mano, el mandatario se “esmandó” (como dicen en mi barrio) y dijo que la policía de Cambridge, Massachusetts, “actuó de una manera estúpida” en el arresto del profesor Gates.  Claro está, desde entonces para acá ha tratado de suavizar su posición, la que atribuye…

(Redoble de tambores, por favor…)

¡a una incorrecta y desafortunada elección de palabras!  (¿Dónde o cuándo yo habré escuchado eso antes?)

¡Ah!  Y ahora—para arreglar la clase de boquete que se formó—el presidente Obama ha extendido una invitación al profesor Gates y al Sargento Crowley a zanjar sus diferencias, mientras los tres se dan unas cervecitas fríííííííííías… (¡Qué bonito!  ¡Ellos hacen la fiesta y no me invitan!)

Miren, mi gente, de lo que se trata esto es de un asunto que se ha prestado para hacer juicios apresurados (como el que cada una de las partes ha hecho), de algo en lo que no se tienen todos los detalles a la mano—o los que se tienen no pegan ni con saliva—y que cualquiera puede interpretar a su manera.  Yo no sé cómo ustedes lo vean, pero para mí que a esto le cae como anillo al dedo el refrán que le da el título a esta entrada, y que se explica más o menos así:

De noche todos los gatos son prietos (o pardos).
En circunstancias imprecisas la observación del detalle pasa por inadvertida, por lo cual las diferencias pierden pertinencia.  La obscuridad oculta las faltas.

(Adaptado de la página 90 de Refranes más usados en Puerto Rico, segunda edición revisada y aumentada, por María E. Díaz Rivera.  San Juan, P.R.: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1994.)

Y ciertamente, eso es algo que debieran aprender muchos, especialmente las partes involucradas en este incidente (desde la “vecina de raza blanca” que originó la querella sobre el “escalamiento” hasta el propio presidente Obama—de origen étnico mixto).  Un incidente que demuestra el gran camino que aún queda por recorrer en la convivencia entre etnias en los Estados Unidos.

Habrá que ver quién se anima a emprender ese camino.

Mientras tanto, ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.


* Interesantemente, un artículo del Center for Responsive Politics indica que el profesor Gates es algo más que un buen amigo del presidente Obama, al punto de que donó unos US$4,600 a la campaña presidencial de este último en 2008—el máximo que las leyes electorales federales permiten por parte de ciudadanos particulares.


NOTA (27 de julio de 2009 a las 15:23 UTC): La versión que están viendo en este momento tiene algunas correcciones y adiciones menores con respecto a la versión que publiqué originalmente hace unas horas.  Les pido me disculpen si esto les ha creado alguna confusión.

LDB