Fue un momento de locura

¡Saludos, mi gente!

Para cuando estén leyendo esto, los ríos de tinta (y también de unos y ceros—después de todo, ésta es la era digital, ¿no?) habrán corrido en lo que se refiere al escándalo surgido desde que el jueves pasado se divulgó la existencia de una serie de 1179 fotos de médicos boricuas que fueron en misión humanitaria a socorrer a las víctimas del terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití y dieron la impresión de no conducirse como profesionales.  Fotos que a muchos nos hicieron recordar las que varios de los soldados estadounidenses se hicieron tomar en la nefasta cárcel de Abu Grahib , con el fin de mostrar “quién es el que manda” en Irak.  (Y en ese caso, sigo pensando que por mayor que sea nuestra ira contra los confinados de esa cárcel—y hasta los que están todavía en la base de Bahía Guantánamo en Cuba—por ayudar a poner al mundo en el estado de inseguridad que se vive hoy en día, nada… NADA nos da el derecho a humillar a ningún ser humano.  Nos guste o no, así no es que se supone que sean las reglas de juego, sobre todo en el tenso ambiente de nuestros días.)

(Por supuesto, la mención de Abu Grahib me trae a la mente el libro del Dr. Phil Zimbardo que llevo leyendo desde que escribí Cuando la hormiga se quiere perder—y que todavía no encuentro el tiempo para seguirlo leyendo, pero no se apuren, ya aparecerá ese tiempo…)

Fotos que uno de los miembros del equipo médico enviado por el Senado de Puerto Rico tras el terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití colocó en su página en Facebook, sin pensar ni medir en el momento las consecuencias que hoy en día le están trayendo.  (Consecuencias que al día en el que escribo, él apenas está empezando a ponderar… ¡pero ya es muy tarde para eso!)

Fotos que salen a la luz al pública al ser encontradas por la periodista de MegaTV, Dianne Cabán Arce, aunque haya quien pueda poner en tela de juicio los motivos para su divulgación.  ¿Será porque la periodista en cuestión tuvo el “atrevimiento” de modelar en bikini para el desaparecido programa de TV, “No te Duermas” (aunque habría que ver el efecto que ello ha tenido en su credibilidad como periodista desde entonces)?  ¿Será porque ella aparentemente estuvo envuelta románticamente con uno de los médicos que estuvo en la delegación y que sale en las fotos?  ¿Será éste otro ejemplo de la furia de la mujer despechada?*

(Y para colmo de males, parece que ella “pisó algunos callos” con la divulgación de las fotos, en tanto algunos de los implicados han estado haciendo amenazas en su contra, las cuales se ha pedido que se investiguen lo antes posible.  Pero así es la vida…)

Fotos que pintan un cuadro de insensibilidad ante el dolor ajeno, que pintan a unos médicos que parece que no tomaron en serio la labor humanitaria a la que fueron, que aparecen retratados en la vestimenta propia de su oficio mientras sostienen en sus manos vasos de bebidas alcohólicas, que se sonríen mientras sujetan una extremidad de un paciente en una mano y en la otra una segueta—con la que se presume que habrán de amputar la extremidad afectada—, que se lucen sujetando rifles, fusiles, carabinas, como para “demostrar” quién es el matón del corillo—y peor aún, con la presunta complacencia y complicidad de soldados a los que no parece importarle su deber con la misma institución que les brinda ese mismo uniforme.  (Y aunque yo tampoco estoy muy de acuerdo que digamos con la existencia de la guerra en este mundo nuestro, aun la institución que la promueve merece que quienes la integran le tengan la debida deferencia… pero ésa es sólo mi opinión.)

(Por no hablar de aquellas fotos en las que se retrata a los pacientes en situaciones poco dignas, como la paciente a la que sólo han dejado en la blusa con la que fue llevada a atender, más una gasa para cubrir sus partes íntimas… ¡y que a nadie se le ocurra hacer algo así en Puerto Rico o Estados Unidos con estas leyes de privacidad que existen actualmente!)

Por supuesto, si a mí me dicen que estas fotos responden a que los médicos en cuestión estaban buscando descargar las tensiones propias de tener que lidiar con la miseria, el sufrimiento y el dolor de los haitianos afectados por un fenómeno natural que casi los deja sin país—algo que por su parte debe alertarnos a nosotros y a los dominicanos para que no nos ocurra lo mismo—, tal vez yo lo podría entender.  Lo malo es que esas fotos han dejado un mal sabor, una mala impresión que ha dado la vuelta al mundo (y si aún no lo creen, hagan una búsqueda en Google con los términos, “Médicos+Puerto+Rico+Haiti”, a ver lo que resulta), que pone a estos médicos a la altura de los soldados burlones de Abu Grahib, en tanto crea la impresión de que estos médicos fueron a hacerles un favor a los haitianos, sin un compromiso real de mitigar su sufrimiento, sin el más mínimo asomo de compasión por las víctimas de esta catástrofe de la naturaleza.

A menos que me vengan a decir algo así como, “Oops!  Lo siento mucho, todo fue un momento de locura…”

Definitivamente, jamás yo me iba a imaginar que la falta de un buen sentido de responsabilidad—individual y colectiva—trajera las consecuencias que nos ha traído esta desagradable situación.  Pero ahí están esas consecuencias, y yo espero que esto nos sirva como un momento de aprendizaje, tanto a quienes lucen la insignia de la irresponsabilidad, como a nosotros, los espectadores de este bochornoso espectáculo.

Y ya, eso era.  Vamos a dejarlo ahí.  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.


* Por si se me olvida decirles a qué me refiero…

“Heaven has no rage like love to hatred turned
Nor hell a fury like a woman scorned.”

"The Mourning Bride" (1697), por William Congreve (poeta y dramaturgo inglés, 1670–1729).  (FUENTE:  The New Dictionary of Cultural Literacy, Third Edition.  Edited by E.D. Hirsch, Jr., Joseph F. Kett, and James Trefil.  © 2002 Houghton Mifflin Company.  Published by Houghton Mifflin Company.  All rights reserved.)

O sea: “No hay ira en el cielo como la del amor que se volvió odio, ni furia en el infierno como la de una mujer despechada.”


LDB

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Cuando la Hormiga se Quiere Perder…

Cuando la hormiga se quiere perder, alas le han de nacer.

(Tomado de Refranero Popular. Desde mi pueblito nuevo, por Raquel G. Gómez, edición publicada por la propia autora en Bayamón, Puerto Rico, 1995.  Éste es un libro de refranes que compré en alguna ocasión, no sé si en las Fiestas de la Calle San Sebastián—cuando yo todavía me podía dar el lujo de ir, hace ya mil años luz—o si en una librería del Viejo San Juan, pero ya qué rayos…  Según la autora, este refrán significa que cuando una persona insiste en actuar incorrectamente, nadie lo puede evitar. — LDB)

¡Saludos, mi gente, dondequiera que estén!

Hoy no creo que yo quiera estar mucho tiempo escribiendo, ya que me esperan unas semanas algo agitadas en mi trabajo.  Entre otros eventos, a fines de este mes estoy involucrado en una actividad que representa la aportación de Puerto Rico al año internacional de los arrecifes de coral (IYOR 2008), y eso es un compromiso al que no puedo decir que no.  (Ya lo deben estar viendo en la columna lateral del blog, bajo “Próximos Eventos”).

De todos modos, no quiero dejar pasar la oportunidad para llamar la atención al primer aniversario del lamentable evento ocurrido en el poblado costero de Punta Santiago en Humacao, cuando una intervención policial resultó en el asesinato de un ciudadano a manos de un policía (y sobre el que yo también tuve algo que decir; vea Los Vientos Violentos de Agosto.)  El agente policial que disparó las balas que segaron la vida de Miguel Cáceres ese trágico 11 de agosto de 2007, sentenciado a 109 años de prisión por lo sucedido, sufre actualmente las consecuencias que le acarrearon haber tirado por la borda su carrera policial, su reputación y su vida.  Consecuencias que bien pudieron evitarse, de no haberse excedido en el alcance de su autoridad, de no haber asumido una actitud prepotente, de no haberse sentido embriagado del poder sobre la vida y la muerte.

Pero bueno, ya esa agua pasó, y el molino que ésta mueve… pues, hace rato que se siguió moviendo…

Mientras tanto, siguen sucediendo cosas.  Cosas buenas.  Cosas malas.  Cosas peores.  Y un poco más abajo de esta última categoría, están los recientes desplantes de nuestros pseudolíderes políticos locales.  Cuando no es que los líderes de uno y otro bando se quieren disputar la paternidad de una medida que traería los “alivios contributivos sin precedentes” de los que tanto se ufanó el actual gobernador Acevedo Vilá en su campaña para las elecciones de 2004, es el ejercicio de arrogancia dictatorial de nuestros “distinguidos” parlamentarios estatales, en su afán de encabezar una investigación sobre el propio gobernador, que según los entendidos, no tiene más razón de ser que no sea obtener una ventaja política ante la inminencia de las elecciones del 4 de noviembre de 2008.  (Y seguro ellos estarán ¿pensando? algo así como… “Y la investigación de la Fiscalía Federal, ¡que se j…!  Total, la pelota está en nuestra cancha, y los Federales… ¡nos lo agradecerán después!”)

Si me preguntan a mí, yo diría que los actuales líderes políticos de Puerto Rico tienen toda la sutileza de una hoja de papel de lija… ¡de la bien gruesa, la que se utiliza para suavizar la madera!

Fenómenos como éstos me traen a la mente un libro que apenas estoy empezando a leer, y que nos propone una visión de cómo la gente que—a nuestro juicio—es esencialmente buena, es la misma que puede llegar hasta a cometer las mayores barbaridades contra otros seres humanos.  Me refiero al libro del psicólogo social estadounidense Philip G. Zimbardo, The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil (New York, NY: Random House.  2008.  xxi+551 pp.)  El libro—cuyo autor dictó una conferencia en abril de 2008 en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras (San Juan, P.R.)—hace un relato de lo sucedido en 1971 en la Universidad de Stanford en California, durante el experimento penal del que el propio Zimbardo fue responsable, y cómo los hallazgos del mismo podrían explicar situaciones como las que ocurrieron en la prisión militar de Abu Grahib en Irak en 2003 y 2004.  (Para conocer más sobre este libro, visite el sitio web The Lucifer Effect, o vea la descripción del libro en el catálogo de Random House.)

De lo que he leído hasta el momento (a la fecha en que escribo esto, estoy por comenzar el Capítulo 4, de un total de 16), encuentro que hay una diversidad de razones por las cuales algunas personas, cuando se les dan las herramientas del poder, se sienten súbitamente embriagadas.  Se sienten dueñas de algo que en realidad es más grande que ellas.  Se sienten con la capacidad de controlar a todo y a todos a su alrededor.  Hasta dónde eso llevó a los interpretes de los “guardias penales” en este experimento, y cómo los interpretes de los “confinados” se vieron afectados, es algo que estaré comentando en futuros mensajes, según vaya avanzando en la lectura del libro dentro del tiempo del que dispongo (que de un tiempo para acá, no es mucho).  Pero a juzgar por las infames imágenes de Abu Grahib que recorrieron el mundo… o las de los hechos de hace un año en Humacao, que gracias a un valiente que estuvo allí filmando lo ocurrido con una cámara de vídeo, también recorrieron el mundo… ¡que Dios nos encuentre confesa’os!

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  ¡Hasta luego!

LDB