¿Qué tal si cortamos el hijo y le damos una mitad a cada madre?

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King Solomon, Russian icon from first quarter of 18th cen. (Photo credit: Wikipedia)

Y ahora resulta que el vigilante vecinal salió bien parado.  Ahora resulta que se puede disparar a matar, “en defensa propia”, a un adolescente armado de una bolsita de dulces y una lata de té helado, y eso queda impune.

Pues sí, yo también estoy asombrado con lo que ocurrió el sábado 13 de julio de 2013 en Sanford, Florida (EE.UU.), al final del proceso judicial generado por los trágicos eventos a los que dediqué una entrada en su momento.  En esa fecha, un jurado compuesto por seis mujeres determinó que George Zimmerman—a quien me refería cuando escribí que “según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un ‘vigilante vecinal’”—no era culpable de lo que también describí entonces como

“… la muerte—algun@s dirán, ‘el asesinato’—de un adolescente dentro de una comunidad ‘cerrada’, de esas comunidades con ‘acceso controlado’ que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que [exactamente dos años y dos días a la fecha de la entrada en cuestión] escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser)…”

Y ciertamente, la muerte de Trayvon Martin—el adolescente de 17 años que andaba “armado” únicamente con una bolsita de dulces y una lata de té helado que había comprado en una tienda unos minutos antes—dentro de una comunidad “cerrada” supuestamente segura, quedó validada por medio de ese veredicto de las seis jurados.

Y con ello quedan validados el “rush” de adrenalina que Zimmerman sentiría al ver un “sospechoso” que merodeaba por su comunidad; el juicio previo que lo llevó a especular que por ser negro y por andar vestido de abrigo (remera) con capucha y llevar las manos en los bolsillos, “el cabrón ése” el muchacho no se traía nada bueno entre manos; el menosprecio a la cautela que debe tener una operación de vigilancia vecinal, de no asumir funciones policiales (y mientras escribo la de hoy, cotejo que la página que cito al final de esa entrada y que contiene esa cautela todavía está ahí—es cuestión de leer y entender); la desconsideración para con los operadores de emergencia “911”, que ya deben estar cansados de que que los importunen con comentarios de que el sospechoso no se traía nada bueno entre manos, y que—por mucho—tienen mejores cosas que hacer que estarle aconsejando que no ejerza como lo que no es y se vaya detrás del “sospechoso”; la confrontación física con el “sospechoso”; el uso de un arma de fuego oculta contra el “sospechoso”; matar de un balazo al “sospechoso”… cualquiera que sea “el sospechoso”.

Y la verdad es que la forma en la que se manejó todo el proceso ha dejado un mar de dudas.  Un ministerio público que creía tener un caso sólido contra el vigilante vecinal (incluidas algunas pruebas que, alegadamente, no le dejaron presentar, como la grabación con el comentario malsonante de que el muchacho no se traía nada bueno entre manos); una defensa que—aparte de algunos destellos de arrogancia y reto a la autoridad e intentos de caer en gracia—aprovechó hábilmente las debilidades del caso del ministerio público; testigos no presenciales (porque lamentablemente, no pareció haber alguien que hubiera visto exactamente lo que pasó esa noche—y no estamos hablando aquí del asesinato de un chamaquito tecato en un caserío de los de aquí, porque por defecto o “default”, ahí nadie vio nada ni oyó nada) cuyos relatos pueden ser puestos “patas arriba” ante el más mínimo escrutinio.

E incluso dos madres que reclaman que su hijo respectivo es el que grita pidiendo auxilio en los segundos conducentes al desenlace trágico, al escuchar la misma grabación de la llamada al “911” de una vecina cercana al lugar donde el mismo estaba por ocurrir.*  Eso sí que me dejó perplejo.  ¿Cómo es que dos mujeres completamente diferentes digan que la voz en la grabación es la de su hijo?  Una de las dos tenía que estar mintiendo ante el tribunal—algo que debería saber que acarrea consecuencias legales graves.  Pero entonces, ¿qué gana una madre con mentir de esa manera en un tribunal sobre su hijo?  Peor aún: lo que pienso que debe ser la respuesta no me agrada en lo absoluto.

Es más: esto me hace preguntarme qué hubiera sucedido si el Rey Salomón de tiempos del Antiguo Testamento hubiera presidido este juicio.  Además de que no hubiera habido un jurado “que dañara la cosa”, creo que tal vez Salomón hubiera propuesto cortar a Zimmerman en dos mitades y darle una mitad a cada madre, aunque no creo que ninguna de las dos—especialmente la madre del occiso Trayvon Martin (“¡vizne Jesús!”)—hubiera estado muy a gusto con una cosa como esa.**  Pero bueno, soñar no cuesta nada…

Pero lo peor es que lo que yo anticipaba la última vez que escribí sobre este tema se está dando nuevamente.

“La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente ‘inferiores’ y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.…  [E]sa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la ‘percepción razonable’, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

“Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).”

Y si alguien quería prueba adicional de que así se está viviendo hoy en día, solamente hay que considerar la molestia que sintieron algunos atorrantes (y por lo pronto, esa es la palabra que les cae) cuando Marquito Muñiz, el que fuera esposo de Juanita “from the block” López (a quienes ya vimos en acción aquí, acá y acullá), tuvo la “osadía” de cantar “God Bless America” en las ceremonias previas al Juego de Estrellas del Béisbol de Grandes Ligas, edición de 2013.  Y muchos de esos atorrantes estaban empeñados en querer “deportarlo” de vuelta a su país de origen—por supuesto, a menos que el gobierno federal estadounidense tenga un acuerdo de extradición con… ¡Manhattan!

Y para que conste: ni Marquito Muñiz ni Juanita “from the block” López son santos de mi devoción (por si algun@ de ustedes no se había dado cuenta de por qué no me refiero a ellos como Marc Anthony y Jennifer López, respectivamente; y sí, Muñiz es el apellido de pila de Marquito).  Sin embargo, tratar de manera hostil a Marquito por atreverse a tocar con su voz y su innegable estilo uno de los principales símbolos patrios estadounidenses, me parece que es injusto y que pone en evidencia lo que es la gente con la mentalidad que describí en la segunda cita arriba.

Y tal vez, mientras prevalezca la gente con esa clase de mentalidad en la sociedad estadounidense—y ¿por qué no?, en nuestra propia sociedad puertorriqueña (como expuse en el ítem número 3 de las “sacadas de dedo” que nos hacen a diario)—, tendremos más envalentonamientos, más confrontaciones innecesarias, más tragedias.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Aquí tengo que hacer una salvedad: cuando escribí la entrada del año pasado sobre el caso, lo que se decía del mismo en ese momento implicaba que el pedido de auxilio que se escuchaba en la grabación era de parte del adolescente ulteriormente occiso.  Sin embargo, al no haber testigos presenciales del incidente, se creó durante el juicio la duda de que hubiera sido ésa la voz que se escuchó, en lugar de la del victimario, a quien aparentemente la víctima estaba golpeando contra el pavimento.  Así que pido que me disculpen si juzgué la situación de manera incorrecta, a la luz de lo que se ha dicho desde entonces.

** Por si acaso, me estoy refiriendo al relato bíblico en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 3, versos 16–28 (La Biblia, versión “Dios Habla Hoy”, CELAM, 1983).


LDB

¿Percepción razonable?

A neighborhood watch sign attached to a door.

Amigas y amigos, mi gente, ya pasaron las primarias locales con miras a las elecciones del 6 de noviembre de 2012, tanto las de aquí (Puerto Rico) como las de allá.  Y eso debe significar que tendremos un respiro de la farsa que se repite cada cuatro años—por lo menos, hasta que lleguen los meses de verano, cuando empezaremos a ver los mismos mítines de siempre, las mismas caravanas ruidosas de siempre (y más ahora, con los conductores y dueños de vehículos “four track” reclamando su espacio para “expresarse”, aunque su presencia en las vías públicas es a todas luces ilegal, pero eso ya es otra historia), las mismas caras maquilladas de siempre, los mismos farsantes de siempre, diciendo las mismas mentiras de siempre.

Mientras esperamos pacientemente (¡las ganas!) por la función estelar del “circus puertorro” de tres pistas, echamos un vistazo a otras tierras para ver cómo se sacuden sus sociedades con las cosas que les ocurren.  Como es el caso de los eventos que se originaron el 20 de febrero de 2012 en Sanford, Florida, con la muerte—algun@s dirán, “el asesinato”—de un adolescente dentro de una comunidad “cerrada”, de esas comunidades con “acceso controlado” que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que hace exactamente dos años escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser), a manos de un miembro de un grupo de vigilancia vecinal (“neighborhood watch”).  Un individuo que, según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un “vigilante vecinal”.  Pero eso no pareció haberle quitado a él el gusto por el peligro, por las emociones fuertes, por el “‘rush’ de adrenalina” que da encontrarse de momento con alguien involucrado en una actividad que él pudiera percibir “razonablemente” como sospechosa, para entonces darle seguimiento e intervenir.

Aunque si consideramos la siguiente definición (traducida y adaptada de Wikipedia por quien les escribe—ah, y el énfasis es mío también), el individuo no estaba haciendo lo correcto.*

“Vigilancia vecinal es un grupo organizado de ciudadanos dedicados a la prevención del crimen y el vandalismo dentro de un vecindario….

“Una vigilancia vecinal puede organizarse como grupo por cuenta propia o puede ser simplemente una función de la asociación de vecinos u otra asociación comunitaria.

Las vigilancias vecinales no son organizaciones de vigilantes.  Cuando se sospecha una actividad criminal, se les alienta (a los miembros de dichas organizaciones) a comunicarse con las autoridades y a no intervenir.”

Y todo lo que se conoce al momento en el que escribo es que la noche de ese 20 de febrero le surgió al individuo ese“‘rush’ de adrenalina”, al encontrarse de momento con alguien de apariencia sospechosa, vestido con un abrigo (en algunos países hispanoparlantes lo llaman “remera”) con capucha—el símbolo “de status” urbano que ostentan en nuestros días tantos muchachos y muchachas del interior de las ciudades estadounidenses.  Alguien que “no se proponía hacer nada bueno”, como tantas veces le habrían escuchado decir los operadores y operadoras del sistema “911” para emergencias, a los que él se pasaba llamando a menudo, como el soldado que le reporta a su superior cuanta novedad hay (o como dicen en mi barrio, “hasta los suspiros”).  Los mismos operadores que ya estarían hartos de aconsejarle a este señor que no siguiera al sospechoso y le dejara esa tarea a la policía (y si todavía alguien tiene alguna duda, que lea la cita de arriba).

¿Y qué pasó después?  De nuevo, mientras escribo esto no se sabe con certeza qué pasó esa noche.  Pero me sospecho que el vigilante vecinal se habría envalentonado y habría asumido la posición de dominio del cazador sobre su presa.  A lo mejor sorprendió al “sospechoso” y lo arrinconó de alguna manera, para entonces asumir un papel de “policía justiciero”, algo así como esto:

“(B)eing as this is a .44 Magnum, the most powerful handgun in the world, and would blow your head clean off, you’ve got to ask yourself one question: ‘Do I feel lucky?’ Well, do ya, punk?”

(Clint Eastwood, Dirty Harry [dir. Don Siegel, 1971].  Por cierto, ¿no les parece que yo había citado esto anteriormente en mi blog?  Total, vale la pena repetirla en esta entrada.)

Y mientras el vigilante vecinal se daba ese “plante”, eso que en los barrios de baja renta de mi pueblo llaman “peste a guapo”, el “sospechoso” suplicaba por su vida, súplica que recogían en ese momento las llamadas de los vecinos alarmados por la situación al mismo sistema “911” que el vigilante vecinal habría importunado minutos antes.  Llamadas que en su momento recogieron también el sonido del balazo fatal.

Balazo fatal que no provino del “sospechoso”—un adolescente de raza negra, vestido de abrigo con capucha, cuyas únicas “armas” eran una bolsa de dulces y una botella de té helado que había comprado en un comercio cercano unos minutos antes—, sino del arma de su perseguidor.

¿Y qué necesidad hubo de hacer todo ese ejercicio de matanza?  Además de la creencia de que se traía algo malo entre manos, el vigilante vecinal habría creído que el “sospechoso” lo iba a atacar, por lo que habría actuado “en defensa propia”, porque tenía una “percepción razonable” de que su presa representaba un peligro que había que eliminar.  (O como se usara en otro contexto en este blog, una mera sospecha de que el muchacho no era lo que aparentaba ser.)

La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente “inferiores” y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.  Pero lo peor es que esa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la “percepción razonable”, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Por cierto, mientras buscaba en la Internet sobre el tema de la vigilancia vecinal encontré una lista de consejos sobre lo que deben hacer—y lo que no—las comunidades que quieran organizar sus grupos de vigilancia vecinal (publicada por el National Crime Prevention Council).  El último de los consejos en esa lista reitera a mayor detalle a lo que el vigilante vecinal en cuestión parece haber hecho caso omiso: que los grupos de vigilancia vecinal no son grupos de vigilantes y no deben asumir la función de la policía (nuevamente, énfasis mío), y que su deber es pedirle a los vecinos que estén alerta, en observación y que se preocupen los unos por los otros—y por supuesto, que informen de inmediato a la policía cualquier actividad sospechosa o criminal.


Soy Luis Daniel Beltrán… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

Detras del encierro

¡Saludos, mi gente!

Hace unas semanas recibí en los feeds de RSS a los que estoy suscrito un artículo sobre las urbanizaciones de acceso controlado—las mismas que están en auge en Puerto Rico de un tiempo a esta parte—, el cual establece que las mismas no son todo lo seguras que alegan ser.  De acuerdo con Kaid Benfield, director del Programa de Desarrollo Inteligente (o lo que se conoce en inglés como “smart growth”) de Washington, D.C.,

"Las urbanizaciones cerradas con portones con el fin de excluir a los intrusos, puede que no sean más seguras que aquéllas que son completamente públicas….

"Los miembros de la clase económica superior (o aquéllos que desean ser vistos como tales) han buscado en las últimas décadas refugio en las ‘comunidades cerradas’, las cuales albergan colectivamente un 12 porciento de los estadounidenses.  ‘Cerradas’ ciertamente lo son, pero el grado al cual son ‘comunidades’ está abierto al debate….

"Un deseo de prevenir el crimen (presuntamente cometido sólo por intrusos) se cita a veces como justificación para la privatización y aislamiento de lo que por lo demás sería un espacio público, pero esta teoría podría no ser sólida…."

FUENTE: ‘Gated communities’ are not necessarily safer, por Kaid Benfield, NRDC Switchboard, 14 de enero de 2010.  (Tanto la traducción libre como los énfasis son míos.)

Benfield cita en su artículo varios ejemplos que demuestran por qué (según él lo entiende) las urbanizaciones cerradas no son tan seguras como se quiere hacer ver.  Entre las razones que él cita en apoyo de su argumento, están la falta de una cohesión social interior en la cual se basen las normas y controles sociales que ayuden a desalentar el comportamiento delictivo y antisocial en sus residentes (lo cual también se postula en este artículo escrito por Peer Smets, también citado por Benfield), y la falta de un sentido de responsabilidad de los propios residentes, de una preocupación por el bien común, principalmente el bienestar de quienes son como ellos… y de los que no lo son.

Al leer todo eso, me pregunto si ese sentido de responsabilidad, esa preocupación por el bien común, hubieran ayudado a evitar la trágica muerte del niño Lorenzo González Cacho, la madrugada del 9 de marzo de 2010 en una urbanización cerrada en Dorado (al oeste de San Juan).  Muerte que al par de días de ocurrida, las autoridades decían que había sido el (aparente) resultado de un acto criminal (y entenderán que tengo que ser responsable y poner lo de "aparente" entre paréntesis).  Muerte rodeada de una cadena de intrigas, como la falta de cooperación de la madre de Lorenzo con las autoridades (más las dudas que se han creado alrededor de su persona, especialmente su intención de cremar el cadáver de Lorenzo—cosa que no llegó a hacerse debido a que el padre del niño intervino para evitarlo), la aparición en escena de personajes tan extraños como un agente del Servicio Federal de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y un ingeniero que estuvieron en la vivienda esa misma madrugada, y el hallazgo de una pipa para fumar cocaína “crack” (la cual, según el abogado de la madre de Lorenzo, diz que fue “plantada” por los policías que investigaron el lugar—¡ay, por favor!) en el lugar de la tragedia.

Quién sabe si como resultado de una tragedia como ésta se comience a pensar que no se puede estar “seguro”, a salvo de la criminalidad “de afuera”, dentro de una urbanización cerrada.  De hecho, los artículos de Banfield y Smets que cito arriba mencionan que los residentes de las urbanizaciones cerradas tienden a sentirse menos seguros y a invertir en sistemas de alarma y en compañías privadas de seguridad.  Pero, ¿y en qué quedamos?  ¿No se supone que los residentes de las urbanizaciones cerradas estén más seguros detrás de su encierro?  Así que además de la criminalidad que viene de afuera, ¿también hay que temerle a la criminalidad “de adentro”?

(Y la última pregunta en el párrafo anterior me trae a la mente la tragedia ocurrida en la Navidad de 2008, en la que un niño que jugaba “al esconder” murió a balazos, dentro de una urbanización cerrada, de esas en las que la criminalidad “de adentro” parece que también ha echado raíces.)

Pero creo que ése es el precio que se paga cuando un segmento urbano corta toda la cohesión social con su entorno, pierde su sentido de responsabilidad para con quienes lo habitan—y para con quienes no tienen esa fortuna—, queda atrapado en su propio encierro.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.

LDB

Guerreros y justicieros

(… left-right-left-right-left-right-LEFT-RIGHT-LEFT-RIGHT-LEFT-RIGHT-LEFT-RIIIIIGHT-HALT!)

¡Saludos, mi gente!

Yo sé que hay un refrán que dice que sobrevivir en tiempos extraordinarios requiere la adopción de medidas extraordinarias.  Pero a mí me parece que hay medidas extraordinarias que se adoptan cuando no se tiene ni la menor idea de cómo resolver una situación—o tal vez no se tiene la capacidad, ni la voluntad para hacerlo—, y se prefiere una salida fácil que no requiere mucha ponderación (¿será eso lo que los estadounidenses llaman, un “no brainer”?).

Y si vamos a hablar de esa clase de salida, debemos hablar de la decisión anunciada hace exactamente dos semanas (el 1 de febrero de 2010) por el gobernador de Puerto Rico, Luis G. Fortuño Bruset, de activar ‘de forma temporera’ la Guardia Nacional de Puerto Rico para ayudar a la Policía de Puerto Rico en el patrullaje preventivo en áreas de alta incidencia criminal y poner al día la flota de vehículos de la Policía.  Según lo expresó entonces durante su mensaje de estado ante la Asamblea Legislativa, la activación de la Guardia Nacional será hasta tanto se gradúen unos 1000 cadetes que están al momento en que escribo esto en la Academia de la Policía de Puerto Rico (que por cierto, está situada en la antigua instalación militar “Camp O’Reilly” en el vecino municipio de Gurabo.)

Academia de la Policía de Puerto Rico, Gurabo, P.R.
Academia de la Policía de Puerto Rico, Gurabo, P.R.

Por supuesto—y esto se cae de la mata—, no es nada nuevo la idea de dar una muestra de poderío cuando no se tiene una idea clara de cómo atajar una incidencia criminal que hace mucho tiempo se le salió de control al gobierno.  (Digo, a un gobierno que se entretiene en acrecentar el problema mediante un “plan de reestructuración fiscal” que—por lo que vemos a diario en la calle—parece haber hecho más mal que el bien que se pretendía hacer.)  Ya lo habíamos visto anteriormente, cuando en la gobernación del Dr. Pedro J. Rosselló González (de 1993 al 2000) se estableció la política de “mano dura contra el crimen” y se llevaron a cabo ocupaciones policiales en los residenciales públicos (“of all places”).  Como si los residenciales públicos fueran este único crisol en el que se forman los delincuentes y merecieran la atención detallada de las fuerzas del orden público.

Claro está, siempre será más fácil atacar “al de abajo”, a un “Juan de la Calle” cualquiera, que a otros que se esconden detrás de la urbanización con “control de acceso”, detrás del “blín-blín”, el lujo y la afluencia.  ¡NOOOOO!  A ésos que nadie los toque, ni con un pétalo de rosa…  Y además, ¿cómo se vería, por ejemplo, en una de esas urbanizaciones de lujo de Guaynabo, lo que el actor de doblaje que hacía la voz de “Pedro Picapiedra” hubiera llamado, “veinte mil leguas de traje azul marino”?  ¿24/7?  ¡Horrrrrooooor!

Lo importante es que ya la suerte está echada y que el ejercicio para “combatir” la ola delictiva puertorriqueña está en progreso.  Pero más importante aún, que este ejercicio “no responde a que hubiera fracasado el ‘plan anticrimen’ del gobierno actual”.  O por lo menos, eso fue lo que le dijo a la prensa el ex-agente del FBI en funciones como Superintendente de la Policía, José Figueroa Sancha (de “grata” recordación para algunos sectores puertorriqueños, especialmente los periodistas objeto del incidente del 10 de febrero de 2006 en Río Piedras):

“Figueroa Sancha negó que la activación de la Guardia Nacional refleje el fracaso de las gestiones de la Policía y el Gobierno para combatir el crimen.
“‘Todo lo contrario, cuando tu estás en una guerra sin cuartel contra los criminales, todos los recursos cuentan y valen, y el pueblo lo recibe con mucho beneplácito’, aseguró Figueroa Sancha.”

(Primera Hora, 2 de febrero de 2010)

¿De veras?  Si lo que dice el súper es cierto, yo estoy ofreciendo para la venta una mansión de 18 habitaciones y 9-y-medio baños, justo en medio del pantano Caño Boquilla de Mayagüez.  ¿Alguno de ustedes interesa comprármela?  ¿Y qué tal si la doy a mitad de precio?  Any takers?

(NOTA A MÍ MISMO: Archivar la cita del Súper bajo “Desde que se inventaron las excusas…”)

Y no sólo eso.  Antes de lanzarlos a la calle, se les estaría ofreciendo a los efectivos militares un adiestramiento relámpago de un fin de semana, con el fin de familiarizarlos con lo que a los cadetes policiales regularmente les llevaría entre año y medio y tres años en aprender en cuanto a ley y orden se refiere.  (¿Y qué libro usarán como texto?  ¿“Law Enforcement for Dummies”?)

Para mí, lo que refleja el uso continuo de la fuerza—llámese Policía, llámese Guardia Nacional, llámese Ejército o Marina o Infantería, llámese como se llame—como el presunto alivio gubernamental a los males de nuestra sociedad son muchas cosas: incompetencia, falta de voluntad, fracaso, miopía (si no una ceguera total), no querer atender las causas de un problema que se dejó deteriorar por muchos años.  Un problema que, por su parte, nos debió haber llevado al punto que expuse varias entradas atrás, sobre la aparente dependencia entre el gobierno y la delincuencia como mecanismo de supervivencia.  Por si acaso, conviene que repita aquí lo que escribí al final de esa entrada:

“Sea como sea, lo que plantea Roberto Saviano en la columna de Mayra Montero—si interpreté correctamente lo que leí—es una posibilidad escalofriante.  Y ello significa que el gobierno (sea del partido que sea) necesita de la actividad criminal para justificar su existencia, para poder darle al mundo un espectáculo en el que aparezca como el héroe, como la salvación de un pueblo oprimido por una violencia sin freno—eso, de un lado, mientras que tras bastidores se beneficia (de alguna manera) de la influencia que dicha actividad criminal puede ganar mediante su participación en empresas e intereses legítimos.  Y quienes están (más bien, estamos) atrapados entre los unos y los otros… ¿a quién le importa eso?”

Y qué mejor manera de aparecer como el héroe, como la salvación de la patria (whatever that means!), que dar un espectáculo de fuerza, que querer aparecer como el justiciero, como el ángel de la venganza, con todo lo que eso conlleva.  Pero en eso hay que andar con mucho cuidado, como si se caminara sobre vidrios rotos, porque no es cosa fácil.  Si lo fuera, tendrían razón de ser las siguientes palabras del propio gobernador Fortuño en su mensaje de estado—dichas mientras miraba fijamente a la cámara de televisión:

“Nuestro mensaje a aquellos que están envenenado a nuestros hijos… matando a nuestros hermanos… y robándole la paz a nuestro pueblo… es bien sencillo: te vamos a buscar… te vamos a encontrar… y TE VAMOS A AJUSTICIAR.”

Wait a minute!  ¿Él dijo, “AJUSTICIAR”?  ¿AJUSTICIAR?  ¿Sabrá el distinguido letrado—aun sin ser un criminalista, que eso no es lo de él—lo que eso significa?  Cualquiera diría que a quien le preparó ese texto—presumiendo que él no lo hubiera redactado—le pasó lo que a Don Alonso Quijano, que “se le secaron los sesos” de tanto leer novelas de caballería… o en defecto, de tanto ver dramas policiales en la TV.

Es más, déjenme plantearles el siguiente ejercicio: Imaginen por un momento al gobernador Fortuño en la emblemática escena de la película Dirty Harry (1971), mientras confronta a uno de los dos asaltantes de un banco:

“I know what you’re thinking.  ‘Did he fire six shots or only five?’  Well, to tell you the truth, in all this excitement I kind of lost track myself.  But being as this is a .44 Magnum, the most powerful handgun in the world, and would blow your head clean off, you’ve got to ask yourself one question: ‘Do I feel lucky?’  Well, do ya, punk?”

La verdad es que de pensar en eso, ya me están dando escalofríos…  Pero en fin, un@ ya no sabe qué más esperar.

Y ahora, con el permiso de ustedes, me falta marchar un par de millas más (y para colmo, estoy cargando una mochila que pesa más que un matrimonio mal llevado), así que vamos a dejarlo ahí.  Cuídense mucho y pórtense bien.  ¡Hasta la próxima!

(ATEEEEEN-HUT!  FORWAAAAARD… MARCH!  LEFT-RIGHT-LEFT-RIGHT-LEFT-right-left-right-left-right-left…)

LDB

"Survivor" Reta a "La Isla de la Fantasia"

“Life is full of infinite absurdities, which, strangely enough, do not even need to appear plausible, since they are true.”

(Luigi Pirandello, “Six Characters in Search of an Author”)

Hola, mi gente. ¡Esto es lo que está pasando!

Bueno, a comienzos de la semana que concluye hoy, el Gobernador de Puerto Rico dio su segundo mensaje de situación del país, ante una sesión conjunta de la Asamblea Legislativa de Puerto Rico. Por lo menos no se hablaba de otra cosa durante la semana, especialmente ante las proyecciones de llevar a cabo una serie de obras de gran envergadura. Entre éstas se destacan la creación de una “Metrópolis del Caribe” que integre los municipios que componen el Área Metropolitana de San Juan en un desarrollo unitario; la creación de un nuevo frente marítimo para la porción Sur de la Isleta de San Juan, incluida la remodelación de algunos de los muelles por los que arriban los turistas que llegan en cruceros; y la construcción (por encima de la Avenida Román Baldorioty de Castro, uno de los principales accesos al Viejo San Juan desde el Aeropuerto LMM) de un concepto llamado “Zona Modelo Baldorioty” (abreviado “cariñosamente” como “Zona MoBa”). Esto último constaría de la construcción (sobre unas plataformas que serían colocadas encima de dicha avenida principal) de viviendas, áreas comerciales, áreas públicas y vías que conectarían físicamente a los sectores Santurce y El Condado. Además, se colocaría unas 1,000 cámaras de vídeo de seguridad, 70 de las cuales serían instaladas en los caseríos. (Me pregunto cuántas más se instalarían en las exclusivas urbanizaciones cerradas, las mismas que se supone que no permitan el paso de la criminalidad de afuera… ¡mientras mantienen intacta la criminalidad de adentro!)

O sea que… Big Brother will be watching YOU!

Obviamente, no se hicieron esperar las reacciones ante estas proyecciones. Que si son una utopía (la más que he escuchado)… que si otros gobernadores (desde Luis Muñoz-Marín—LMM en el párrafo anterior—hasta Pedro Rosselló) han hecho ese tipo de promesa en el pasado, de proyectar obras de gran envergadura para el país… y así por el estilo.

La verdad es que se han hecho muchas promesas a lo largo de la historia, de obras que (bien ejecutadas) a la larga podrían servir de orgullo para todos nosotros en Puerto Rico. Pero hay una realidad que se estrella contra esas proyecciones: ¿a qué costo? Más aún, ¿cómo se beneficiarán los sectores menos privilegiados, los que los servidores públicos (como yo) estamos llamados a servir por encima de cualquier otra consideración?

Tal vez de una preocupación similar surgieron unas expresiones del Director Ejecutivo de la Compañía de Parques Nacionales (nótese que en Puerto Rico, hay algunas personas para las que hablar de Puerto Rico como “nación” todavía es un tabú) a la prensa escrita y radial, en las que el funcionario se quejaba de que su presupuesto dejaba fuera la atención de una serie de áreas vitales para los bienes que administra… ¡que da la casualidad de que son como el Disney World de los que no pueden sacar de su bolsillo los más de US$200 que cuesta darse la ida y vuelta a Orlando! Según el ejecutivo en cuestión, el dinero que tiene presupuestado no da para el mantenimiento y limpieza de los parques… ¡y ni siquiera para papel higiénico!

(Conste, aquí yo hubiera sugerido que si a él se le acababa el papel higiénico en los parques que administraba—en breve les diré por qué uso el tiempo pasado—, probablemente se hubiera resuelto utilizando las páginas del mismo documento presupuestario…)

Así las cosas, él quiso llamar la atención a que se resolvieran dichos problemas, por el bien del mismo pueblo al que juró servir y defender. ¿Y cuál fue la respuesta que recibieron sus esfuerzos de parte del Estado?

Le cantaron como El Gran Combo… “¡PA’ FUERA! ¡PA’ LA CALLE!”

¡ASÍ COMO LO ESTÁN LEYENDO! Los ancianos de la tribu han hablado (¡ni que esto fuera “Survivor”!). Desde una fría implicación oficial de “falta de creatividad”, hasta una “petición de renuncia”. Y para colmo, se añade a todo eso una amenaza implícita (lo siento mucho, pero a mí no me convencen de lo contrario) de que cualquier otro funcionario que no pueda “trabajar en equipo” y abra la boca para hablar… ¡le pasará lo mismo!

Así que como decía Ricardo Montalbán… Güelcom tu Fantasi Áilan!

(Total, que Puerto Rico es como esa serie de TV, pero sin el enano aquél de… “¡El avión! ¡El avión!”)

Bueno, con eso los dejo hasta más adelante. Cuídense mucho y pórtense bien. Bye!

LDB