Haz lo que yo digo, NO lo que yo hago: Edición “Fuego y Azufre”

OK, pellízquenme los brazos si lo he mencionado anteriormente en este blog.  Pero casi 4 décadas después recuerdo el comentario que me hizo una compañera de estudios en la actual Universidad de Puerto Rico en Humacao, mientras esperábamos el inicio de una clase en el programa de Biología Marina.  La joven, cuyo nombre ya no puedo recordar (aunque sí recuerdo que era del vecino pueblo de Gurabo), pero que era miembro de una iglesia cristiana protestante (hasta donde yo tenía conocimiento), me contaba sobre una situación en la que se había visto un pastor evangélico de su comunidad, en la que enfrentaba algún cargo por un incidente violento, creo que contra una menor de edad.  Puede que yo no recuerde mucho de lo que ella comentó, pero ella hizo un señalamiento que desde entonces llevo grabado en mi cabeza:

“Algunos que dicen ser cristianos son hasta peores que el mismísimo demonio.”

(Y ahora que me doy cuenta, por lo menos en una ocasión mencioné esta anécdota en el blog.  OK, ya está bueno, ¡dejen de pellizcarme, que eso duele!  ¡AAAYYY! Llorón )

Reloj

(OK, mis brazos ya están bien, puedo seguir escribiendo.)

Pues bien, hoy fue una de esas veces en las que me acordé de las palabras de la compañera universitaria de entonces, al ver en mi cuenta de Twitter una noticia en particular.  Una noticia que, queramos o no, nos lleva al trágico evento ocurrido el 12 de junio de 2016, cuando un individuo presuntamente influido por la ideología radical musulmana—la misma que, a mi entender, no es representación fiel de las buenas personas que practican esa religión, y que es detrás de lo que se esconden pandillas de asesinos, como la que se hace llamar “Estado Islámico de Irak y Siria” (o “de Irak y el Levante”) (y sí, eso es ese grupo, y como tal hay que llamarlo, como una pandilla de asesinos que no merece ninguna legitimidad en lo absoluto, ni religiosa ni política)—asesinó a 49 personas—23 de las cuales eran puertorriqueñas—en la discoteca “Pulse” de Orlando, Florida (antes de ser abatido por las fuerzas policiales).  Cuarenta y nueve personas que salieron a divertirse ese sábado por la noche, como cualquiera de nosotr@s lo haría—pero sin pensar que esa diversión acabaría costándoles la vida.

Y no pasaron 4 días desde el trágico suceso, cuando a una persona identificada como pastor evangélico de una localidad en el vecino estado de Georgia se le ocurrió colocar la siguiente expresión en su cuenta de Twitter:

“Been through so much with these Jacksonville Homosexuals that I don’t see none of them as victims. I see them as getting what they deserve!!”

¡Todo porque el escenario de la matanza era un club nocturno frecuentado por—o cuyas actividades están dirigidas a—homosexuales!    (Además de que equivocó el nombre de la ciudad, porque Jacksonville está al norte de Orlando, casi en la colindancia estatal con Georgia.)  Es más, voy a volver a la misma entrada de mi blog que cité hace un momento, porque creo que lo siguiente le cae como anillo al dedo, a éste y a muchos otros a quienes el sayo le cae perfectamente:

“Yo me cuestiono cómo… el dirigente de una congregación religiosa, la clase de persona que debe predicar el amor al prójimo, la paz, la buena voluntad para con los demás seres humanos—sean cristianos, judíos, budistas o musulmanes… sean blancos, negros, hispanos, orientales o nativo americanos… sean heterosexuales, homosexuales, transgenéricos, etc.—, sea la misma persona que predique el odio contra un grupo en particular por su implicación en unos hechos tan nefastos…  ¿… será de los ciegos que se ufanan de algo así como… ‘mi religión/mi Dios/es mejor que tu religión/tu(s) dios(es)’?”

Pero, ¿qué tal si echamos este otro ingrediente en la olla, a ver la clase de guiso que resulta?

“Puede ser que muchos de los que son rápidos para juzgar y para condenar las ‘fallas’ de los demás—pero lentos para perdonar a quienes cometen esas ‘fallas’, lentos para solidarizarse con el ser humano que habita dentro de eso que llamamos ‘pecador (o pecadora)’—queden retratados en una afirmación como la que cito….”*

[…]

“Si alguno de es@s que mencioné arriba viene a decirme que habla de parte de Dios… lo siento mucho por ell@s, pero no se los voy a creer.  Tal vez porque sus corazones encierran otra cosa, porque guardan otro sentir que no es consecuente con la prédica de la paz y el amor, con el ideal de ayudar a quienes sufren, a quienes lloran, a quienes necesitan de nuestro apoyo y solidaridad.  Tal vez porque en realidad, son fieles a otro amo, que no es a quienes tanto dicen ser fieles.”

(* La afirmación a la que me refiero está en: Evangelio según San Lucas, capítulo 16, versos 13–15; citado de la versión Dios Habla Hoy.  México, D.F.: Sociedades Bíblicas Unidas, 1983.)

Pues bien, parece que mi entonces compañera de estudios y yo tenemos razón, muchos años después.

Según esta nota publicada por el portal noticioso Fusion, el mismo pastor evangélico de Georgia que dijo que las 49 víctimas de una ira asesina—y repito, incluidas 23 víctimas puertorriqueñas—recibieron “su merecido” por ser lo que cierto ex-presidente del Senado boricua llamaría “torcidos”, fue arrestado este fin de semana por cargos de acoso sexual simple y agravado, en la persona de un menor de 16 años miembro de su congregación, en hechos ocurridos hacia el año 2010.

¿Alguien tiene una explicación RACIONAL para esto?  Una explicación de por qué una persona que está llamada a predicar la paz, el amor, y más que nada, el perdón de nuestras fallas como seres humanos, busca satisfacer a escondidas los impulsos carnales que tanto le critica y condena a otr@s.  ¡Así cualquiera!  De un lado, condenando los impulsos carnales que—según él—llevaron a los 49 de “Pulse” a recibir el “castigo de Dios”, mientras que del otro lado, cediendo a esos mismos impulsos carnales.

Tal vez le cae perfectamente ajustado el sayo del que sirve a los 2 amos.

Tal vez conviene repasar algo que escribí anteriormente sobre las personas no heterosexuales (o sea, homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y transgénero), las mujeres víctimas de violencia de género y los inmigrantes ilegales:

“Y estos tres sectores, entre tantos sectores marginados de nuestra sociedad, acabarán como objeto de la ignorancia, el odio y la ira de gente a la que describí en una ocasión anterior como ‘quienes creen ser mejores hijos de Dios que los demás’, como ‘personas bañadas de «rectitud» de arriba para abajo’—sin dar precisamente los mejores ejemplos de esa rectitud que tanto ostentan.  Y acabarán pagando los platos rotos de quienes no se atreverían a enfrentarse a un simple reto que los ponga en evidencia, a ver si demuestran los valores que tanto le exigen tener a los demás.”

Y lamentablemente, tanto al asesino de la discoteca “Pulse” como al pastor evangélico que quiso pasar por más santo que Dios, les cae perfectamente ese sayo.

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho, pórtense bien y sean personas razonables.

Soy Luis Daniel Beltrán… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

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Responsabilidad (o falta de la misma) y consecuencias

Ponce's town center, circa 1900
Ponce’s town center, circa 1900 (Photo credit: Wikipedia)

Responsabilidad.  Consecuencias.

Amigas y amigos, mi gente: se habrán fijado que una gran parte de las entradas de este blog llevan una etiqueta o la otra, mayormente ambas a la vez.  Para mí, la idea es ésta: muchas de las cosas que ocurren en el mundo en el que vivimos, muchos de esos “absurdos sin fin” de los que escribió Pirandello como que no tienen que ser plausibles porque son ciertos, se deben a que alguien, en algún punto en la cadena no asumió su responsabilidad.  Y muchos de los absurdos sin fin que suceden a diario, sea en Puerto Rico o donde sea, ocurren debido a que alguien no asumió su cuota de responsabilidad (ya sea la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, con nuestros familiares, amigos, vecinos y demás) y permitió que las cosas llegaran al punto en el que—al fin y al cabo—tod@s tenemos que asumir las consecuencias de lo ocurrido.  Y ese es un punto del que nadie puede escaparse.  Lo mismo da que no cuidemos de nuestras posesiones personales a que no cuidemos del medioambiente de este único planeta en el que nos ha tocado vivir: si no cumplimos con nuestra responsabilidad, tendremos que atenernos a las consecuencias.

Últimamente, esas mismas palabras—responsabilidad, consecuencias—se repiten una y otra vez en mi mente mientras conduzco hacia mi trabajo cada mañana durante la semana.  Y se repiten una y otra vez, luego de que ocurren situaciones que dejan demostrado lo que expongo en el párrafo anterior.  Como el anuncio de quienes hoy están en el poder sobre la crisis en el sistema de retiro de los empleados públicos (excluyentes de la policía y de los maestros; por lo menos los segundos tienen su sistema de retiro aparte).  Una crisis que resulta de años décadas de malos manejos y pretensiones de lucro por parte de quienes tenían la responsabilidad de custodiar los dineros descontados del sueldo de quienes tienen que levantarse tenemos que levantarnos bien temprano en la mañana para proveer los servicios gubernamentales a los ciudadanos.  Responsabilidad que quienes la tuvieron no la cumplieron a cabalidad, al punto de que se tiene el temor de que dentro de pocos años, ese sistema no pueda contar con los fondos para asegurar una existencia digna a quienes todavía vamos en camino hacia la meta del retiro (incluido quien les escribe, a quien aún le falta mucho camino por recorrer… pero ya yo llegaré).  Y esa es una consecuencia que podría ser grave—y que tal vez no sea la única, como vimos no hace mucho, cuando se nos impuso una “medicina amarga” para tratar de remediar nuestros males.

Otra situación que muestra lo que vale ejercer la responsabilidad en el momento oportuno es la agresión de la que fue objeto una estudiante de una escuela superior en Ponce—un nivel educativo notoriamente difícil de encauzar, porque se trata de niños que están en esa transición hacia la adultez que llamamos “adolescencia”—por parte de otra estudiante que la estaba acosando, por las razones que fuesen, mientras que la hermana de la agresora incitaba a ésta para que le hiciera daño.  Todo esto, grabado en vídeo mediante un teléfono celular “inteligente” para ser subido a la página de Facebook de la agresora—así, para que quede a la vista de (literalmente) todo el mundo de lo que ella es capaz, que con ella nadie se debe meter, que ella es quien manda.  Y aquí me parece que hay mucha culpa para repartir, muchas responsabilidades que se evadieron.  Particularmente la de los padres de la agresora y de su hermana la “videógrafa”, que presuntamente no impusieron la debida disciplina a las dos niñas para evitar una consecuencia como ésta.  (Y que conste, que no me estoy refiriendo a tratar a ambas niñas de forma restrictiva, que las ahogue; eso sería extremo, aunque también lo sería una crianza demasiado liberal y permisiva, que me sospecho que sería el caso aquí.)  Aunque también las autoridades del sistema escolar también tienen su cuota de falta de responsabilidad, al no ser más vigilantes en cuanto a la conducta de sus estudiantes (aun si la excusa es que no tienen suficiente presupuesto o suficientes recursos), para evitar que como consecuencia, esa conducta se la vaya de las manos.

Por lo menos en este otro caso, se procedió a detener a las dos agresoras (porque tan culpable es la que fomentó la agresión como la que propinó los golpes, ¿no es así?) y a recluirlas en un centro de detención para menores, tal vez con la esperanza de que al verse privadas de su libertad, las dos jovencitas “recapaciten” y aprendan la lección resultante de lo ocurrido.  No digo que no pueda hacerse, que no se puedan rehabilitar, siempre que nos hagamos a la idea de que ellas puedan entender y asimilar su cuota de la responsabilidad por el lamentable incidente y entiendan que esa conducta trae consecuencias no muy agradables para su futuro.  Por supuesto, también está la posibilidad de que otra sea la consecuencia, que tal vez no accedan a rehabilitarse y a mostrar arrepentimiento por causarle daño a otra persona y en un futuro repitan ese patrón de conducta.  Tal vez agredirán a alguna de sus amistades, o a un vecino, o a sus propios familiares, o hasta a sus propios hij@s.  (Y no hace falta ir muy lejos para ver en las calles a madres o padres que—tal vez por que les frustra la idea de ser madres o padres—descargan sus frustraciones en sus hij@s, aun donde todo el mundo lo puede ver.  Y ahí empieza de nuevo el ciclo de falta de una paternidad-maternidad responsable y una consecuencias que se verán en los hij@s… y vuelve a empezar… y empieza una vez más…)

Por supuesto, son muchos más los casos en los que la falta de responsabilidad, o más bien, no asumir la cuota de responsabilidad que nos corresponde, lleva a consecuencias que afectan vidas, desde las que apenas están en formación hasta las de quienes han experimentado todo lo que la vida ofrece.  Y en algunos de esos casos, puede ser que quien no actuó responsablemente cuando le tocó hacer su parte, quien cometió esa falta de responsabilidad, ni se inmute ante el cuadro que tiene ante sí.  Tal vez ni le importe, tal vez se diga a sí mism@, “el que venga atrás, que arree” o “la última deuda la paga el diablo”.

Y tanto puede ser que no sufra las consecuencias de esa irresponsabilidad, como que las sufra.  Yo prefiero creer que ocurrirá lo segundo—y personalmente, aspiro a que sea así.

(Y por supuesto, pueden estar seguros de que esta entrada llevará ambas etiquetas: responsabilidad y consecuencias.)

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


ACTUALIZACIÓN (18 de marzo de 2013): Lo que hace el escribir con el interés de terminar lo más rápido posible antes de irme a dormir.  Pero antes de que a mí se me olvide y después venga alguien a echarme en cara cuánto yo hablo de no olvidarnos de las víctimas de delitos u otros actos, no quisiera pasar por alto el efecto de este lamentable incidente en la persona de la niña que lo tuvo que vivir.

Hasta donde tengo entendido, la niña no tenía planeado salir a ser víctima de un incidente violento ese día en su escuela.  (Y eso me recuerda un planteamiento que alguien hizo en mi oficina la semana pasada: “nadie sale de su casa por la mañana a que lo maten en el camino al trabajo”.)  Y sin embargo, fue el objeto de la ira de una compañera de escuela cuya conducta fue muy poco responsable totalmente irresponsable.  Una conducta que no sólo traerá consecuencias nefastas para la agresora y su hermana instigadora—como ya mencioné en el cuerpo principal de esta entrada—, sino que también traerá consecuencias lamentables para su víctima de la agresión.  Tal vez las mismas se manifiestan de inmediato, como el temor de regresar al mismo lugar donde ocurrió la agresión, o el temor a hacerse de amistades a lo largo de su vida futura, o el temor a enfrentar los retos futuros que la vida le pondrá.  Tal vez la agresora siga aferrada a su odio (algo que me asombró muchísimo cuando lo leí en este testimonio de una bloguera que en su tiempo estudiantil fue víctima de acoso (“bullying“) escolar—aunque tal vez no me debería sorprender, porque hay personas a quienes el odio es su medio de vida, la energía tóxica que las mueve, que forma parte de su 24/7) y quiera emprenderla de nuevo, en esa ilusión de tiempo que expresamos con la frase, “algún día”.

Desearía poderme equivocar en lo que acabo de escribir, pero con esto recalco que la falta de responsabilidad tiene consecuencias, no sólo para quien falla al no asumir su responsabilidad, sino para quien cae víctima de esa inacción.  Sólo el tiempo dirá si estoy en lo correcto.


LDB

El último al que querrán enfrentarse

U.S. Marshal Multi-Agency Team Member with Sei...
Image via Wikipedia

“I’m that man.  Matt Dillon, United States Marshal.  The first man they look for and the last they want to meet.  It’s a chancy job, and it makes a man watchful… and a little lonely.”

(Yo soy ese hombre.  Matt Dillon, Alguacil de los Estados Unidos.  El primer hombre al que buscan y el último al que querrán enfrentarse.  Éste es un trabajo arriesgado, que hace que un hombre sea cauteloso… y un poco solitario.)

Con estas palabras (que me he tomado la libertad de traducir), cada semana durante unos nueve años (1952–1961), la profunda voz del actor estadounidense William Conrad (a quien much@s de l@s de mi generación recordamos mejor como el obeso investigador privado “Cannon”) dejaba establecido quién imponía la ley y el orden en el Dodge City de la década de 1870, en la versión radial del drama del viejo oeste, “Gunsmoke” (cuya versión televisiva se conoce popularmente en el mundo hispanoparlante como “La Ley del Revólver”).  Dejaba establecido quién se estará enfrentando a “malvivientes y asesinos”, quién buscará detener “la violencia que se movió hacia el oeste” (como la señalaba el narrador en el preámbulo a la cita de arriba), al paso de una nación estadounidense que apenas estaba en sus años de formación.

El caso es que estas palabras me vinieron a la mente, luego de haber oído mencionar (para después corroborarlo en la prensa escrita) que el hoy superintendente de la Policía de Puerto Rico y ex-agente del FBI (¿no será más bien, “agente del FBI en destaque”?), José Figueroa Sancha, le dijo a comienzos de esta semana a los “expertos en los dimes y diretes, broncas y bolletes que pasan como análisis y noticias” (y cuando miren las etiquetas o tags de esta entrada, sabrán a quienes me refiero), cuando éstos le preguntaron si él pensaba renunciar, en vista de que la ola delictiva no está dando señas de que va a poderse contener:

“… ahora es que les estoy dando más duro a los criminales, ahora es que los tengo temblando.”

Francamente, yo no podría acusar al funcionario de querer “canalizar” a uno de los héroes de mi niñez, o por lo menos de tener una baja autoestima (aunque entiendo que—contrario a la percepción general—hay criminales que tienen una autoestima… bueno, casi igual de alta que la de él, pero ya ésos son otros veinte pesos).  Y aún cuando parece que el propio superintendente trata de esconder sus propios miedos e inseguridades mediante ciertas decisiones administrativas (como lo reseña esta nota publicada en 2009 en el sitio web de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico [ASPPRO]), un@ no podría decir lo contrario luego de escuchar esas expresiones.

De hecho, una cosa que me llama mucho la atención es que siempre que es el Partido Nuevo Progresista (PNP) el que asume la gobernación de Puerto Rico, algunos de sus funcionarios en posiciones sensitivas relacionadas con la seguridad pública tienden a… ¿cómo lo digo?… a mostrar una confianza extremada en sus capacidades.  (¿O será que las administraciones del Partido Popular Democrático—PPD—han soñado con hacer lo mismo, pero son un poco más tímidas?)  Tal fue el caso en una ocasión cuando la que administró el sistema correccional boricua entre 1997 y 2000, la Lcda. Zoé Laboy Alvarado (hoy abogada en la práctica privada), se presentó a un centro de detención luego de una redada contra una organización de tráfico de drogas, uniformada como para ir a una batalla (¡y ya yo quisiera verla en Irak o en Afganistán!), para increpar públicamente al principal sospechoso de narcotráfico y salir de allí como si nada, oliendo a rosas (calco de la frase idiomática en inglés, “to come up smelling like roses”).  Y todo eso fue frente a las cámaras de los periodistas, o sea, un espectáculo para consumo público.

Y yo me imagino que si muchos años después, el superintendente Figueroa Sancha estaba “canalizando” al “Alguacil Dillon” (y a todo esto, ¿dónde están “Chester” y “Festus” cuando hacen más falta?), probablemente en su momento la funcionaria en cuestión estaba “canalizando” a “McGarrett”, el de “Hawaii Five-0” (la versión original, que conste)Tal vez con el propósito de demostrar quién mandaba entonces… ¡o no!

Y mientras tanto, sigue la vida de día en día, con los ríos de papel y tinta—o su equivalente digital de ceros y unos—que nos relatan los robos, los asaltos, los escalamientos, los asesinatos—hasta por delincuentes que tienen el atrevimiento de pasar por policías, como sucedió aquí en Juncos hace apenas un par de semanas—y, para completar (o será para no quedarnos atrás, ahora que en los Estados Unidos el fenómeno se está dando a conocer de un tiempo a esta parte), abusos contra los estudiantes del sistema escolar, de eso que se conoce como el acoso o “bullying”.  Un fenómeno que casi le cuesta la vida a un niño de 9 años de edad, estudiante de cuarto grado de escuela elemental, tras ser agredido el 27 de octubre de 2010 por cuatro niños estudiantes del sexto grado de escuela elemental. Pero que además de los golpes físicos, que hicieron que él estuviera en cuidado intensivo por varias semanas, ciertamente lo va a dejar con golpes emocionales, que le seguirán por el resto de sus días.

Y entonces, cuando ocurren cosas como éstas, ¿dónde están l@s que irresponsablemente “roncan de guapos”?  ¿Estarán dispuest@s a ponerse de frente contra l@s que acosan a quienes les parecen más débiles, porque creen que así van a fortalecer su propia autoestima (por favor, acuérdense de lo que anoté arriba)?  ¿Estarán dispuest@s a enfrentarse al dueño del “punto”, o al que le suple a éste la droga que destruye a nuestra juventud, o al cobarde que a la menor provocación le entra a golpes a su pareja (o le hace cosas aún peores), o al poderoso que abusa de su poder e influencia y le niega a la comunidad toda oportunidad de mejorar las condiciones de su vida?  En serio, ¿estarán dispuest@s a infundirles el miedo a quienes se apartan de la ley?

O más bien, ¿no será que ell@s proyectan sus propios miedos, queriendo pasar por lo que no son, creyendo que sus acciones no les traerán consecuencias?  Sinceramente, amigas y amigos, eso sí que da miedo.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.

LDB

Fue un momento de locura (versión legislativa 2010)

Portrait of Giacomo Casanova made (about 1750-...

Amigas y amigos, ¿creen ustedes que aun con todo lo que se ha venido diciendo desde el lunes pasado, vale la pena tocar un tema relacionado con quienes se la pasan predicándole la moral y la enseñanza de valores a los demás, cuando no son capaces de comportarse de manera decente, especialmente cuando están desempeñando funciones oficiales (justificadas o no, ya eso es otro tema), y luego quieren salirse con la suya, creyéndose que el resto del mundo es estúpido?

Pues sí, yo creo que vale la pena… ¡y cómo!

Y vale especialmente la pena cuando se trata de condenar el acto feo y bochornoso del miembro de la Cámara de Representantes de Puerto Rico, Jorge L. Navarro Suárez (PNP-San Juan), cuando trató de propasarse con una estudiante becaria de periodismo, en una discoteca de Louisville, Kentucky en julio pasado.  Incidente que—si tomamos en cuenta que tal vez han ocurrido u ocurren incidentes similares sin que los puertorriqueños nos demos cuenta—tal vez hubiera pasado inadvertido… de no haber sido captado en vídeo por un equipo periodístico de la división de noticias de la televisora estadounidense ABC (para el que trabajaba la estudiante en cuestión) que investigaba los viajes de legisladores estatales a conferencias, seminarios, simposios, banquetes, “bautizos de muñecas”, etc., financiados por intereses que ulteriormente se verán beneficiados por el voto a su favor de dichos legisladores en sus legislaturas estatales.

(¡Sé lo que ustedes están pensando… y tienen razón!  El distinguido legislador es “un miembro”.)

Obviamente es mucho lo que ha dicho cada quien que ha visto las imágenes del encuentro cercano del tipo “no deseado”.  Que si el legislador tenía un vaso en una mano, que por el escenario en el que se produce este triste espectáculo (una discoteca… ¿acaso será de extrañar?) se presume que no es precisamente leche de vaca…  Que si el legislador se acercó repetidamente a la estudiante para besarla…  Que si la joven trató de rechazar los avances del pretendido émulo de Giacomo Casanova (de quien, por cierto, es la foto que ven arriba al comienzo de la entrada)…

Por supuesto, está la “otra cara” de esta moneda manchada: la del propio representante Navarro, quien en principio alegó que lo que se vio en el vídeo no fue lo que ocurrió (¿cómo es eso?), que lo que ocurrió fue que él trató de acercársele a la estudiante para tratar de “entender” lo que ella le estaba diciendo, con todo el ruido que había en la discoteca.  ¡Y hasta tuvo la desfachatez de admitir su pobre dominio del idioma de Shakespeare, por lo que se le hizo difícil “comunicarse” con la joven agraviada!  O sea, un clásico caso de “he said, she said”.

Yo no sé qué piensen ustedes, pero por el par de cantazos que he recogido en el camino por experiencia sé que hay maneras de acercarse a otras personas en un ambiente como el de las discotecas… ¡y hay maneras!  Y esas otras maneras no conllevan acercarse a una mujer con el propósito de acosarla, de acercársele de una manera no deseada, en medio de una locura en la que la lujuria domina la conducta del varón.

(Y aquí hago un paréntesis personal porque recuerdo una conversación que tuve durante una actividad el año pasado con la compañera de mi trabajo cuyo suicidio mencioné varias entradas atrás.  Donde se celebró esa actividad había muchísimo ruido, y hasta yo tuve que acercarme un poco a ella para poderla entender.  De hecho, tengo que hacer una pequeña confesión, y no es por inventar nada ni quedar bien con ustedes, mi gente: a veces, en ambientes muy ruidosos, tengo dificultad para escuchar lo que otra persona me dice y tengo que acercarme a la otra persona.  Pero lo que me diferencia de otros como el legislador Navarro es que yo respeto el espacio personal de los demás.  Y en el caso de mi amiga, aparte de que yo apenas estaba empezando a tener confianza con ella, yo respeté su espacio personal y nuestra conversación fluyó de manera amena y cordial, dejando la puerta abierta para futuros encuentros.  Lo único que lamento es que ahora, mientras escribo este torrente de unos y ceros, sólo me queda el recuerdo de esa conversación, algo que atesoraré por el resto de mi vida…  Pero bueno, regresemos a nuestro tema, shall we?)

Y por más esfuerzos que el propio legislador haga para tratar de reescribir la historia de lo que allí ocurrió, por más que él trate de “escudarse” detrás de su familia (en la que seguramente él no pensó—ni en las consecuencias que le podría acarrear—durante ese momento de locura), por más esfuerzos que otr@s hagan para tratar de “lavarle la cara” públicamente—como el intento de la actual presidenta de la Cámara de Representantes, Jennifer González (PNP), de requerirle a ABC News que le envíe el pietaje “crudo” (o sea, no difundido públicamente) del reportaje para “iniciar una investigación cameral con miras a imponer sanciones” (algo que como leía en el periódico de hoy jueves, puede que nunca suceda, por cuestiones jurisdiccionales entre Puerto Rico y los Estados Unidos)—, el problema es que lo hecho, como dicen, hecho está, y que lo que se observa en el vídeo es bochornoso.  Es deplorable, y habla a gritos sobre lo que no debe ser la conducta de un servidor público (que le guste o no, lo es).

Es más, quisiera tomarme el atrevimiento de preguntar lo siguiente, sin que me quede nada por dentro:

La conducta exhibida por el representante Jorge Navarro Suárez, ¿es una conducta responsable (tanto individual como socialmente), digna de un representante de esa sufrida entidad que llamamos, “el Pueblo de Puerto Rico”, una entidad a la que él juró—con una mano puesta sobre la Biblia—servir, proteger y defender… o es más propia de la clase de individuo que el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá describe en una crónica* como un “puro blanquito, jodedor de urbanización”?**

Yo no sé para ustedes, pero para mí que la respuesta es obvia (y no hace falta repetirla).  Y de la misma forma que esa clase de individuo pulula en el universo playero de la crónica citada de Rodríguez Juliá (hoy en día movido por el reggaetón o por la bachata dominicana, como lo fue en su momento por la salsa puertorriqueña)… bueno, ¡Dios sabe cuántos más campean por sus respetos en nuestra “honorable” legislatura puertorriqueña!  Así de malas están las cosas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y—por favor—pórtense bien, mi gente, porque un@ nunca sabe cuándo l@ pueden atrapar en la falta…


* “El veranazo en que mangaron a Junior”, páginas 99—130 en: El cruce de la Bahía de Guánica (Cinco crónicas playeras y un ensayo), por Edgardo Rodríguez Juliá (San Juan, P.R.: Editorial Cultural, 230 pp., 1989).

** A l@s que saben que no es mi estilo escribir palabrotas en mi blog (como lo especifico bajo “Lea esto primero, antes de hacer sus comentarios”): Lo siento mucho, pero no tuve más alternativa que incluir esta palabrota, aunque está dentro del contexto de lo que quise decir.


LDB