Comoquiera que me ponga, tengo que llorar

English: Colin Henderson's winning design will...
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Comoquiera que me ponga, tengo que llorar

“Constituye un triste lamento, debido a que la persona en repetidas ocasiones no ha podido resolver favorablemente el problema o los problemas dolorosos en que se va encontrando.”

(Citado de la página 10 de: Refranes más usados en Puerto Rico, Segunda edición revisada y aumentada, por María E. Díaz Rivera, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan, Puerto Rico, 1994.)

Muchas personas de cierta edad en Puerto Rico recordarán el sainete diario protagonizado por un jíbaro (campesino) de buen corazón, llamado “don Macario”—interpretado para la radio y la televisión boricua por el actor y periodista aguadillano, don José Luis Torregrosa (8/23/1916–6/15/2001)—, quien enfrentaba toda clase de situación que al final lo hacía resignarse a llevar la peor parte.  Poniendo un poco de distancia con el contexto humorístico en el que “don Macario” entonaba esa frase—que la autora de la fuente citada clasifica como una frase de abatimiento—, me pregunto si a Wanda Yvette Camacho Meléndez le habría pasado eso por la mente mientras se le escapaba la vida.

Porque en repetidas ocasiones, Wanda Yvette, enfermera de profesión, había tratado de resolver a su favor un problema doloroso para ella: ser una víctima de la violencia que algunos insisten en adjetivar como “doméstica”, cuando (como he aprendido en tiempos recientes) es más acertado y honesto llamarla por su nombre verdadero: violencia de género.  (Y pensar que todavía algunos retrógradas insisten en darle el nombre grotesco de “crimen pasional”.)  La clase de violencia que algunos hombres (y algunas mujeres también—no crean que no es así) emprenden contra sus parejas, exista o no un papel que legalice su unión.  Aquella violencia en la que el macho—porque ciertamente, ser hombre es mucho más que ser un macho—trata de afirmarse como “el dueño” de “su” mujer, como el único que la puede amar (¿llaman a eso “amar”?), porque si no es de él, no debe ser de más nadie…

Pues sí, según los relatos de prensa, ella hizo todo lo posible por resolver su dolorosa situación.  Denunció a su agresor, consiguió una orden de protección contra él (aunque ella debió haber sabido que las órdenes de protección valen—en la práctica—mucho menos que el costo del papel en el que están escritas), incluso había conseguido que lo llevaran a una vista judicial.  Y en esa vista judicial se determinó colocársele un grillete electrónico, para monitorear sus pasos hasta que se le llevara a juicio.

Pero a pesar de que ella cumplió valientemente con su responsabilidad, con su parte del contrato social que la obligaba a ella a hacer todo lo correcto, alguien le falló de mala manera.

No, no, no.  Voy a decirlo como es: LA MISMA SOCIEDAD EN LA QUE ELLA CONFIABA PARA SU PROTECCIÓN Y SEGURIDAD LE FALLÓ.  LA TRAICIONÓ.  LA ABANDONÓ A SU SUERTE.  PUNTO.

(Cualquiera diría que en ella se hizo realidad una de esas máximas que han sido parte de mi vida por muchos años, de que aun las personas en las que más se confía son capaces de traicionar esa confianza—más bien, son de las primeras personas que lo hacen.  Pero ya eso debe ser tema de otra conversación.)

Y esa falla, esa traición, resultó ser fatal para ella, al ser abordada por su pareja, al atardecer de ese 13 de febrero de 2012, en una tienda de licores en el este de Puerto Rico, y ser objeto de varias puñaladas, ante la mirada atónita (no sé qué piensen, pero esto me suena a cliché) de las amistades que la acompañaban.  Y a pesar de que “hizo lo correcto”, ella acabó por llorar, ella acabó en el amargo llanto de la muerte.

Y como suele suceder siempre que ocurre una tragedia o un desastre tan lamentable (¿por qué siempre tiene que ser así?), las cabezas empezaron a huirle a la amenaza del verdugo—con mayor o menor éxito.*  Los líderes que tanto se distraen—y en el proceso procuran distraernos—con sus frivolidades y sus escándalos alzaron su voz para prometer investigaciones, o para dictaminar con toda su “autoridad” sobre la “falta de valores” del pueblo (pero aquellos de ustedes que me leen son un poco más inteligentes y entienden por qué pongo esta última frase entre comillas).

El problema es que un compromiso de que se va a investigar la cadena de eventos que produjeron este trágico desenlace no va a devolverle la vida a Wanda Yvette.  La insistencia en la prédica de unos valores, cuando no va acompañada con los mejores ejemplos de parte de las figuras públicas que están llamadas a ser sus portaestandartes, no va a devolverle la vida a Wanda Yvette.  Ningún “aguaje” gubernamental de que se va a hacer algo para atajar la violencia de género en Puerto Rico, para cambiar las actitudes tradicionales que desvalorizan a la mujer, que la hacen convertirse en un bien que produce frutos (como lo expresó alguna vez—y para mí es un poco lamentable decirlo—el escritor puertorriqueño, don Abelardo Díaz Alfaro al referirse a la tierra),** le devolverá a su familia esa hija, esa madre, esa vida que se perdió sin razón ni sentido.

Yo no sé cómo lo vean, pero creo que la frase con la que había que tenerle pena al pobre “don Macario” es una que tenemos que aplicárnosla a todos nosotros: Comoquiera que nos pongamos, siempre, siempre tenemos que llorar.  Y nuestro llanto es un llanto amargo.

OK, ya me deprimí escribiendo esto, así que vamos a dejarlo ahí.  Cuídense mucho y pórtense bien.


* De hecho, una cabeza que rodó fue la del responsable de dirigir la oficina que le colocó el grillete electrónico al futuro asesino. Curiosamente, el funcionario en cuestión se llama Juan Beltrán… lo que me obliga a hacer la SALVEDAD de que YO NO ESTOY EMPARENTADO CON ESA PERSONA, a pesar de que se llama casi igual (escribo “casi igual” porque desconozco el apellido materno del funcionario) que un tío paterno mío que hace muchos años dirigió el área relacionada con los vehículos de motor en lo que hoy es el Departamento de Transportación y Obras Públicas.  ¡Que esto quede debidamente aclarado!

** Esta es la cita a la que me refiero:

“La tierra es como la mujer; para dar fruto, hay que poseerla.”

Citada del cuento “El fruto”, en Terrazo, por Abelardo Díaz Alfaro (1947).


LDB

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El tiburón vuelve a sacar los dientes

Gulper shark
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¡Adi’ó!  ¿Todavía están ustedes ahí, amigas y amigos, mi gente?

Digo, con todo lo que un charlatán—porque no hay mejor forma de describirlo que ésa—anduvo alarmando a media humanidad, de que el mundo diz que se iba a acabar ayer (21 de mayo de 2011), era como para pensar que ninguno de nosotros iba a salir con vida de la inminente catástrofe que se decía que nos venía pa’ encima.  Pero no, ni se estremeció la tierra violentamente, ni se produjo la esperada secuela de muerte y destrucción, ni ocurrió el “rapto” de los 144000—aquéllos a los que se refiere el libro del Apocalipsis (capítulo 14, versos del 1 al 5) como los que “fueron salvados de entre los de la tierra”, los que “no se contaminaron con mujeres, pues no tuvieron relaciones con ellas” (y entonces… ¿nacieron “de una mata de plátano”, como lo hubiera dicho mi madre, QEPD?), a los que “no se encontró ninguna mentira en sus labios, pues son intachables”.  Total, el de ayer fue un día como muchos otros, en el que cada quién estaba en lo suyo, viviendo su vida.

Es más, eso me trae a la mente un comentario que me hizo reír cuando lo vi en mi línea de “tweets”, desde la cuenta de la linda y talentosa actriz estadounidense, Olivia Wilde (la doctora “Thirteen” de House M.D.):

“Glad the rapture didn’t happen since I just got waxed.”

(Yo no sé de ustedes, pero de momento, como que está haciendo un calooooor… Guiño )

Pero bueno, dejemos que los miles de tont@s que siguieron a esa clase de líder busquen dónde esconderse, luego de la soberana vergüenza que han pasado por seguir a un desquiciado, a un líder ciego, de esos que pretenden guiar a los incautos hasta “la tierra prometida”, diciéndoles cualquier tontería y, en el proceso, apoderándose de su voluntad y de su capacidad para discernir lo que es razonable y justo.  (Y de esa clase de líder ciego, los hay por ahí “a dos por un peso”.)

Ahora bien, si de líderes ciegos se trata, los hay que están tan cegados por el poder que se les ha conferido, que creen que nadie les puede reprochar sus faltas y que están por encima de toda sospecha.  Y a quien se atreva a llevarle la contraria, que se cuide, porque se convertirá en su mayor pesadilla.

Ese último fue el caso, cuando una investigación periodística sacó a relucir la contratación por la Oficina de Servicios Legislativos, como asesor legal del senador Carmelo J. Ríos Santiago (PNP-Bayamón)—quien no sabía nada de la contratación—, de un individuo cuyos antecedentes incluyen haberse declarado culpable de no haber informado sobre la cantidad de dinero incautado durante una acción policial federal.  Y ese asesor senatorial, pago a US$7000 mensuales, resulta ser un amigo bastante cercano del hoy ex-senador Héctor Martínez, el mismo que tenía (como ya hemos visto que otros como él han tenido) la juntilla aquélla con el presunto narcotraficante y empresario de reggaetón, conocido por el apodo de “Coquito”.  Y este ex-senador es el mismo del que el presidente del alto cuerpo legislativo, Thomás Rivera Schatz, ha asumido una defensa tan férrea que hasta luce sospechosa.

La cosa es que luego de divulgarse la información sobre la sospechosa contratación del individuo en cuestión, de nombre Richard Roark Annunziato, la prensa quiso obtener una reacción del presidente senatorial sobre ese asunto.  ¿Y saben qué fue lo que hizo el presidente senatorial?  La emprendió contra el periodista que divulgó la información, Israel Rodríguez Sánchez (de El Nuevo Día), a quién acusó de impulsar la agenda de los homosexuales, o sea, de promover la agenda de aquéllos a quienes Rivera Schatz llamó en alguna ocasión “torcidos” y “desviados”.  Como si con eso él quisiera tratar de matar al mensajero porque lo que trajo fueron noticias “malas”.  Pero como vimos en otra ocasión, ya eso es parte de su forma de ser.  (Eso, y el exhibicionismo público.)

Y a todo esto, ¿qué vela llevan los homosexuales en este entierro?  ¿Será que él también es de los que cree en la (a mi juicio) absurda teoría de la “conspiración homosexual” para “destruir” la “familia tradicional”, para “corromper” las “buenas costumbres”, para apoderarse del mundo… o tal vez para complacer a desquiciados que en contradicción con uno de los postulados de la misma fe religiosa que dicen profesar, anuncian un “fin del mundo” que como quiera no se dará en nuestra existencia?  Tal vez a una persona como ésta le haría muchísimo bien someterse al reto que hice en una entrada de hace dos años, digo, si es que tiene la valentía para ello… ¡pero ya eso sería pedir demasiado!

Pero lo peor de todo es lo que la actitud mostrada por ese seudolíder dice sin tener que expresarlo en palabras.  Y eso es algo que no puede pasar por inadvertido para nadie.

“Con su feroz reacción a algunas sencillas preguntas sobre el ‘affaire’ Richard Roark, Rivera Schatz dejó también ver un inaudito nerviosismo.  Es como si se le hubiera tocado una fibra secreta y sensible, como si hubiera en la contratación de esta persona algo harto más feo de lo que se conoce hasta ahora y alguien tuviera mucho miedo de que se sepa.”

‘El sueño de Tomás’, por Benjamín Torres Gotay (El Nuevo Día, San Juan, P.R., 22 de mayo de 2011)

Y cuando alguien se ve en medio de una situación así, debe tener mucha cautela, porque mientras más habla, más se compromete.  Y la posición en la que se ve el líder senatorial, es demasiado delicada para comprometerla de una manera que da lugar a sospechas.

Alguna vez, gente como él se tendrá que dar cuenta de que esa clase de compromiso tiene su precio, tiene sus consecuencias.  Y cuando él se dé cuenta de ello, tal vez sea muy tarde.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Y la siguen pagando los niños… y con creces

Miro la primera plana del periódico El Nuevo Día de hoy jueves (12 de agosto de 2010).  Me detengo ante una carita de niña que me sonríe, con ese encanto especial que tienen los niños en sus primeros añitos.  Con esa alegría innata, como queriendo decirme, “¡Mírame!  Estoy alegre, estoy contenta.  Mi mundo está lleno de amor.  No tengo problemas, no tengo preocupaciones.  Mi mundo es bueno.  Soy feliz…”

Entonces siento algo así como deseos de llorar—tal vez como no lo hacía desde que perdí a mi madre hace casi 10 años—, de cuestionarme cómo es posible que una vida como la de esta niña haya sido truncada cuando apenas comenzaba, de buscar algo—cualquier cosa, lo que sea—que me explique cómo puede una madre acabar con una vida así de tierna, cómo puede persona alguna ensañarse contra una criaturita como ella.  Una niña que no tiene la culpa de las frustraciones de los adultos, de las carencias de los adultos, de la incapacidad de algunas personas para aceptar las cosas que la vida les da, como esas cosas vengan.  Y cierro mis ojos, porque ya no puedo seguirla viendo.

Lamentablemente, amigas y amigos, mi gente, ésa es la realidad a la que no podemos cerrar los ojos, por más que queramos.  Una epidemia de violencia en la que nada es sagrado, ni siquiera la inocencia de los niños.  Y eso es lo que recién se acaba de manifestar cuando anteayer, una joven de 22 años mató a su hija de tres años de edad y a su hijo, que apenas tenía un año de edad.  Según la noticia en El Nuevo Día, los hechos se dieron luego de que ella, de quien han dicho quienes la conocen que tiene un historial de violencia, sostuviera una discusión con su compañero consensual de turno—que resulta ser el padre del varoncito asesinado.  No conforme con ello, añade la nota, la joven se infligió a sí misma una herida en el abdomen (¿habrá sido para “despistar” a las autoridades?) y comenzó a incendiar su residencia—de lo cual, una vez acudieron las autoridades al lugar, ella tuvo que ser llevada a un hospital para el tratamiento correspondiente.

A pesar de que aún es muy temprano para juzgar y adjudicar este caso, sobre todo dado que la presunta asesina no ha querido cooperar con las autoridades (las cuales mientras escribo, esperaban hasta que ella se recuperara de sus heridas para encausarla), para mí no deja de ser preocupante lo que he estado viendo por muchos años.  Es como si de un tiempo a esta parte se hubiera dejado de lado el valor que los niños tienen en nuestra sociedad—o sea, en una sociedad que se precie de ser civilizada—y éstos pasaran a ser piezas de un violento juego de ajedrez, piezas que en cualquier momento pueden ser sacrificadas.  Desde el vil y cobarde criminal que se escuda detrás de una niña para evitar que lo maten en el punto de drogas, hasta los padres y madres que se zafan de su responsabilidad como tales, e incluso dejan a sus niños al cuidado de monstruos que los agreden sexualmente y después los matan, para entonces jactarse de su gran ‘hazaña’… y ni me hagan entrar en los horrendos relatos de la violencia y muerte provocada por terceros.

¡Ah!  Y tampoco importa si la muerte ocurre en un barrio rural, como en el caso que me lleva a escribir esta entrada, o si ocurre en una urbanización cerrada, de ésas que creemos que son tan seguras que nos van a proteger de la delincuencia que viene ‘de afuera’… o del morbo y la curiosidad… ¡o hasta la sospecha!

(Y en este último ejemplo en particular, el asesinato del niño Lorenzo González Cacho, es una pena que a la fecha en que escribo hayan transcurrido cinco meses y no se haya esclarecido, y más bien se haya convertido en un circo mediático, en el que las sospechas extraoficiales—porque las autoridades no han hecho ni un gesto aún—van dirigidas hacia personas específicas.  Pero ya hablaremos de esto en su momento… ¡y quiera Dios que sea pronto!)

A riesgo de sonar repetitivo—pero si vamos a ver, no hay más remedio que machacar y machacar y machacar sobre lo mismo, una y otra vez—, voy a reiterar lo que en entradas anteriores he escrito: En situaciones como ésta, los niños siempre acaban pagando los platos que rompen los adultos, llevando las culpas de los adultos, llevando invariablemente las de perder.  Y llevan las de perder a manos de quienes no conocen lo que es ser padres—o ser adultos responsables para todos los efectos—, de quienes no tienen la voluntad para admitir que tienen problemas (el primer paso hacia la solución de esos mismos problemas), de quienes no son capaces de controlar su vida, de esas “bombas de tiempo” ambulantes que sólo esperan por esa pequeña chispa que los hará detonar su furia.

Y entonces, ¿qué es lo que se puede o se debe hacer?  Quiero seguir insistiendo e insistiré mientras viva en que hay mucho que se puede hacer: atender la crisis de salud mental que sufren, tanto Puerto Rico como muchos de nuestros pueblos latinoamericanos; educar a nuestras juventudes para que entiendan el reto de formar una familia, un reto cuyas consecuencias deben enfrentarse con la responsabilidad que ello amerita; buscar que se reemplacen gradualmente—porque queramos o no, no es cosa que se pueda hacer al chasquido de los dedos—las actitudes y las conductas que fomentan la falta de valores, el egoísmo y la trivialidad, mientras se fomenta la tolerancia, el respeto a la vida, la dignidad, la solidaridad humana…

Pero algo me dice que el camino hacia esa meta sigue y seguirá siendo muy arduo y difícil, y que seguiremos viendo más y más niños emprender desde temprano el viaje hacia la eternidad…

¡Buen viaje, angelito sonriente!

LDB

Deja vu otra vez?

¡Saludos, mi gente!  No se asusten, no me he desaparecido…  Total, que no creo que lo haga, y mucho menos con las cosas como están, pero qué se va a hacer…

Ahora bien, una cosa que sí he estado haciendo en estos días es aprovechar para poner etiquetas (o sea, tags) a todas las 300-y-pico de entradas de este blog, para quienes quieran buscar qué fue lo que escribí en alguna entrada anterior sobre X o Y tema.  (De hecho, a la fecha en que escribo esto, sólo me falta etiquetar muchas de las entradas de 2005 y 2006.)  Y una de las cosas que más me ha llamado la atención mientras repaso las entradas viejas para etiquetarlas es cómo se tiende a repetir el antagonismo entre los funcionarios que elegimos cada cuatro años para que rijan los destinos de nuestro país (ya sean del PPD o del PNP) y los sectores de nuestra sociedad que siempre llevan las de perder cuando se toman decisiones antipáticas.

Lo vimos cuando el cierre gubernamental de mayo de 2006, e igual lo estamos viendo en 2009, cuando se están proponiendo proyectos legislativos que—en muchos casos—resultan ser la antítesis de lo que debe ser una buena medida de gobierno democrático (como la ley que anularía de facto el Fideicomiso de la Tierra del Caño Martín Peña y la que impone una onerosa fianza para el que ose impugnar la legalidad de un permiso de desarrollo—o más bien, la falta de esa legalidad).  Medidas para las que se rechaza en principio cualquier gesto de buena voluntad para ofrecer alternativas que, sin ser tan drásticas, permitan obtener el resultado que se quiere obtener (como las que proponen algunos de nuestros líderes sindicales, por ejemplo)… ¡sólo para que al final del proceso quienes rechazaron esas alternativas quieran “escuchar” a quienes las propusieron en su momento!  Y escribo “escuchar” entre comillas, con toda intención, porque quienes están llamados a escuchar no escuchan con el ánimo de rectificar injusticias y enmendar un rumbo que comoquiera está trazado, sino que lo hacen por compromiso, como para decirle a quienes les llevan la contraria ideológica…

Pueden sugerir lo que se les ocurra, cualquier cosa, y yo cumpliré con hacer el ejercicio de “escucharlos”, pero los míos son los que mandan aquí y ya la suerte está echada.

Con un cuadro como ése, ¿qué hacer?  Tal vez convocar al pueblo una marcha en protesta por la imposición de leyes antidemocráticas cuyas secuelas serían devastadoras para el bienestar de los ciudadanos.  Algo así como la marcha que se efectuó el 5 de junio de 2009, desde la entrada a la isleta de San Juan hasta el Capitóilet Capitolio.  Una marcha en la que cientos de miles de puertorriqueños manifestaron su descontento, un sentir de molestia por el derrotero que sigue nuestro país en las presentes circunstancias.  Un sentir que debería ser escuchado por quienes tienen en sus manos la solución para evitar un impacto adverso de las medidas propuestas… ¡siempre y cuando no “se juyan” de allí—y de su responsabilidad con el mismo colectivo que los puso donde están—antes de que lleguen los manifestantes!  (¿Tanto es el miedo que les tienen?)

Debe ser que en los pasillos por los que corre el poder cada día, hay un caso crónico de lo que los estadounidenses llaman, an attitude problem.  Y yo creo que ése es un problema que hay que atender, el de la actitud de que “como yo soy quien manda aquí, voy a hacer lo que me dé la gana y tú te tienes que quedar callado y tomar el golpe”.  (Y no hace falta decir quién expresa esa actitud; lleguen ustedes a sus propias conclusiones.)  Actitud que no resuelve ninguno de los problemas que ya existen—más los que se avecinan—y que puede tener consecuencias más serias.  Consecuencias que no serán beneficiosas para nadie. . . ¡ABSOLUTAMENTE, PARA NADIE!

Y entonces yo me pregunto, ¿será que ante la realidad de hoy en día, el concepto “democracia” significa algo muy diferente a lo que desarrollaron los antiguos griegos—e incluso, lo que mis maestros y profesores me enseñaron en la escuela y en la universidad?  Yo me resisto a aceptar eso.  Yo quiero creer que eso no es así.

Pero así son las cosas.  Y así seguirán siendo.  Y no cambiarán mucho, ni de aquí a un año, ni de aquí a dos años, ni de aquí a diez años, ni de aquí a…

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.


DEDICATORIA: Quiero dedicar esta entrada de mi blog a un compañero de trabajo, de los que se abren paso a través de la vida, venciendo todos los escollos que la misma le pone, para buscar la excelencia en su quehacer profesional, y en el proceso ayudar a otros a conocer—y apreciar—la belleza del mundo que nos rodea.

A pesar de que su nombre sonaba foráneo, no podía haber mejor puertorriqueño que él.  Gracias a su esfuerzo y dedicación, se han iniciado esfuerzos dirigidos a la rehabilitación de los arrecifes de coral en nuestras costas, a través de un programa de arrecifes artificiales.  (Y de hecho, gracias a él cambió mi noción—muy equivocada, por cierto—de que en Puerto Rico no se estaba haciendo un esfuerzo serio en esa dirección, más allá de la colocación de llantas vacías en el piso marino—práctica que hoy en día, ningún experto recomienda por el impacto nocivo de la acción corrosiva de la sal de mar sobre las llantas, y que ha sido abandonada en favor del uso de otros materiales que cumplan el mismo propósito.)

Pero también se dice que no todo puede ser el trabajo (¡y díganmelo a mí!).  Siempre recordaremos su alegría cuando compartía con nuestros compañeros en las fiestas navideñas, por ejemplo.

En fin, la clase de persona cuya partida hacia el infinito—como consecuencia de un accidente de buceo, ocurrido unos ocho días antes de la fecha en que escribo esta entrada—se hace a veces muy difícil de entender.  Pero así son las cosas, y hoy estamos aquí, pero mañana, ¡quién sabe dónde estaremos!

Desde aquí, mi lamento por el deceso del compañero y amigo James H. Timber Giboyeaux, y mis condolencias y solidaridad para sus familiares y para quienes nos quedamos aquí—porque no hay más remedio—en el empeño de continuar la obra que él comenzó en su breve paso por este mundo.

¡Que tengas un buen viaje hacia la eternidad, James!


LDB

Volando por los cielos (super) amistosos . . . suavemente!

ADVERTENCIA: Por la naturaleza escabrosa del tema, les pido su discreción e indulgencia (máxime cuando para los fines de WordPress.com, este blog no está definido como que trate temas para adultos).

En el calor de la fiesta (José Arcadio) exhibió sobre el mostrador su masculinidad inverosímil…  A las mujeres que lo asediaron con su codicia les preguntó quién pagaba más….  Entonces él propuso rifarse entre todas a diez pesos el número.

Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad

¡Hola, mi gente!

Yo me pregunto en qué es lo que piensan algunas personas cuando se les ocurre exhibir en público el tipo de conducta que toda sociedad que se precie de serlo considera como patentemente ofensiva.  Como en el caso que más se comentó esta semana, y que por unos instantes nos apartó la atención de la inminencia de los despidos “voluntarios” en el gobierno y del vergonzoso bochinche sobre las finanzas de campaña de los partidos políticos.  Obviamente, me refiero a la revelación de lo sucedido con el cantante boricua Elvis Crespo, cuando fue visto por una pasajera en un vuelo comercial de Houston (Texas) a Miami (Florida) el 19 de marzo pasado, mientras él se auto gratificaba (una manera políticamente correcta de decir que él se estaba masturbando… ¡Y PUNTO!).

Francamente, la primera vez que escuché hablar del asunto en la radio (el miércoles pasado, de camino a mi trabajo), yo no podía creer que a alguien se le hubiera ocurrido algo así.  Sobre todo, hacerlo en un lugar público como la cabina de un avión comercial, en la que por su naturaleza, el (la) pasajero(a) tiene que mantener una cercanía forzosa con su compañero(a) de fila.  (¡Si no sabré yo lo que eso significa, de tanto que he viajado en avión en los últimos años, sobre todo en clase económica!)  Me pregunto si él estaba consciente de que además de su compañera de fila, cualquier persona que se moviera a través del pasillo del avión (o sea, otros pasajeros en ida y vuelta al servicio sanitario y los asistentes de vuelo—tres de los cuales también presenciaron el incidente) podían darse cuenta de lo que sucedía.

Y si lo estuvo, ¿le importó eso en algún momento?  ¡Yo apuesto mi vida a que NO!

Pero si malo fue que tanto la compañera de fila de Elvis en el avión como tres de los asistentes de vuelo se percataran de que él se estaba auto gratificando públicamente, peor fue que a su llegada a Miami él le dijera a las autoridades federales que lo interrogaron que “no recordaba” haber hecho lo que se le imputaba.  (Digo, a menos que él estuviera durmiendo en el momento del incidente… ¡uno nunca sabe!)  Y mucho peor aún ha sido la actitud que él ha asumido desde entonces, de “exigir respeto” para sus compañeros artistas este pasado jueves (26 de marzo de 2009) a su llegada a la ceremonia de los Premios “Lo Nuestro” (otro de los engendros que Univisión trata de imponerle a los puertorriqueños, y que no me vengan ellos con que ésa no es su agenda) para no hablar del tema allí.  Y ni hablar de las ambiguas declaraciones que él hizo en un breve vídeo que colocó anteayer (27 de marzo de 2009) en su página de MySpace (cuyo enlace no incluyo en esta entrada para no ensuciarme las manos ni ensuciar este blog), en el que niega que los hechos hubiesen ocurrido o que hubiera sido arrestado por las autoridades federales a su llegada a Miami (y no me pregunten de dónde él sacó eso último, porque la noticia según relatada no decía en ninguna parte que él hubiera sido arrestado, aunque hay una querella que está rondando por ahí y que pronto podría ser vista en el foro judicial correspondiente), y promete salir bien librado de todo ese lío (probablemente para seguirse rifando como el José Arcadio que pinta el Gabo en su obra literaria cumbre).

(¡Un individuo como ése viene a exigir respeto!  ¡Qué pantalones!  Venir a exigir algo que parece que él no tiene, ni por los demás, ni por él mismo.  Yo no sé de él, pero por lo menos en mi casa me enseñaron a tener respeto por los demás, para que los demás me puedan respetar a mí.)

La verdad es que para un individuo con su reputación de mujeriego, que lo ha llevado a tener encuentros sexuales “sin protección” con varias jovencitas a las que ha dejado embarazadas—andanzas que ya le costaron perder su primer matrimonio—, este incidente parece serle una cosa tan natural como respirar.  Tal vez él está en una búsqueda constante de emociones, en la que cada nueva experiencia es más excitante que la anterior… aun con el riesgo que ello conlleva (como que lo pesquen en la movida, como en este incidente)… aunque tal vez es el factor “riesgo” el que lo impulsa en esa dirección.  Tal vez él siente que su condición de cantante, de figura pública, de “famoso”, le da licencia para hacer y deshacer como a él le dé gusto y gana, aunque ello no incluya comportarse de manera responsable, consigo mismo y con los demás.  ¡Ah!  Y a quien no le guste, que “cambie de canal” y vea otra cosa, que él querrá seguir haciendo lo que le dé la gana (y puede que hasta peor, como hacen algunos engreídos en el ambiente farandulero)…  ¡Y que a nadie se le ocurra protestar!  Sí, porque quien proteste, se irá pa’l…

¿O será que simplemente él está enfermo, con una condición que no le permite ver el daño—puede que no físico en este caso, sino más bien social—que se hace?

Peor aún: ¿cuántos otros “Elvis” (o “José Arcadio”, como el del Gabo), de todos los órdenes de la vida, andan por ahí con esa misma condición?  ¿Y cuánto es el daño que le pueden estar haciendo a nuestra sociedad, que tanto se alaba de ser civilizada?

Muy penoso decirlo, pero así está el mundo en estos momentos.  Mientras tanto, que siga José Arcadio rifándose a la mejor postora…

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien—sobre todo en lugares públicos, ¿OK?  Hasta luego.

LDB