¿A qué mundo he regresado?

Amigas y amigos, mi gente,

Ahora que me saqué del buche lo sucedido con mi padre y cómo eso me ha puesto la vida desde entonces, no me queda más que tratar de retomar las cosas donde las dejé anteriormente (con excepción de las ensartas de disparates que veo a cada rato en Facebook, Twitter, etc., porque una de ésas sale a cada rato—y seguirán saliendo, es cuestión de tiempo Sarcástico ).  Y francamente, las cosas parece que están cada vez más de mal en peor.

Resulta que en 2016, “el americano” habló.  Y al hablar admitió—aún sin quererlo—que lo que le dijo al mundo en 1953 sobre Puerto Rico fue una gran mentira, un gran engaño, una enorme tomadura de pelo.

Una de esas “maldades” que se hacen, sólo porque quienes las hacen se pueden dar el lujo de hacerlas y quedar impunes en el proceso.

Y la “maldad” en cuestión fue decirle al mundo que al haberse constituido un año antes como “Estado Libre Asociado” (whatever it means now), Puerto Rico tenía el poder para gobernarse a sí mismo.  Que aun cuando dependería en parte—en gran parte… en una grandísima parte—de lo que dispusiera el Congreso estadounidense, Puerto Rico tenía el poder para hacer sus propias leyes, y hacerlas cumplir.  Que como país, Puerto Rico podía hacer lo que le diera la gana…

Y lamentablemente, much@s puertorriqueñ@s cayeron en ese engaño.  Desde quienes ayudaron gustosamente a montar la farsa, hasta quienes se prestaron solícitamente para actuarla, e incluso para buscar un papel de mayor protagonismo.  De una y otra tendencia ideológica.  Estadolibristas y estadoístas, un@s y otr@s por igual.

Much@s de es@s un@s y es@s otr@s se adscribieron al mito de que podían hacer lo que les diera la gana.  Y empezaron a hacer lo que les diera la gana.

Y al sol de hoy siguen haciendo lo que les da la gana.

Y quieren seguir haciendo lo que les dé la gana.

Pero en eso de hacer lo que les dé la gana, es@s un@s y es@s otr@s cometieron—¿o ayudarían a cometer?—la torpeza de causar una crisis económica y fiscal.  Una crisis acentuada por una deuda pública de más de US$72,000,000,000 (US$72.000.000.000).  Deuda que, si ustedes se acuerdan bien (y si no, busquen la nota 1 en esta entrada), corresponde a la que el Artículo VI, Sección 8 de la Constitución de Puerto Rico de 1952 dispone que se pague antes que a todo lo demás.  O sea, antes que a la Policía para proteger a los ciudadanos de una ola delictiva cada vez más imparable, antes que al Departamento de Salud para atender  desde los problemas básicos de salud hasta las epidemias de dengue, zika y otros males de difícil pronunciación, antes que al Departamento de la Familia para atender la enormidad de las situaciones de maltrato y violencia familiar, antes que a la Autoridad de Energía Eléctrica para modernizar el sistema de provisión de energía eléctrica…

Oops!  Too late!  El miércoles 21 de septiembre de 2016, hubo un colapso total en el sistema eléctrico de Puerto Rico, del que prácticamente nadie se pudo librar (ni siquiera yo, ahora que estoy haciendo mi vida solo).  Aproximadamente 1.5 (1,5) millones de abonados del servicio eléctrico.  Y aunque luego de las 58 horas que tuve que esperar mientras me restablecían ese servicio, todavía quedaban algunas regiones en Puerto Rico a oscuras, se podría decir que esta crisis había sido superada.  Digo, me parece a mí…

Aunque no sin dejar el mal sabor de que en Puerto Rico, somos rehenes de un sistema eléctrico cuya prioridad es protegerse a sí mismo.  Y en el proceso, proteger a quienes se han enriquecido del mismo.  Y el resto de nosotr@s, ¡que se fastidie!

De eso es de lo que se trata esto.

Y eso es lo que parece que al “americano” no le gustó.  (O al menos, ésa es la teoría.)

En fin, que “el americano” dejó que “los nativos” hicieran y deshicieran como les dio gusto y gana.  Pero llegó el momento de empezar a imponerles disciplina.  Porque ellos no se saben comportar.  Porque no se portan bien.  Y hay que “educarlos”.  Hay que enseñarles a ser “buenos”, “obedientes”, “leales”.

Y sobre todo, porque esos “nativos” no mandan en su propia casa, porque quien manda—quien realmente manda—es el Congreso estadounidense.

Así que ese mismo Congreso se dio a la tarea de proponer una ley, con un nombre muy bonito: Ley de Supervisión, Administración y Estabilidad Económica de Puerto Rico (‘Puerto Rico Oversight, Management, and Economic Stability Act’, PROMESA).  Una ley federal con un propósito bastante ostentoso:

“Para establecer una Junta de Supervisión que ayude al Gobierno de Puerto Rico, incluidas sus instrumentalidades, en el manejo de sus finanzas públicas, y para otros propósitos.”

O sea, que tienen que venir desde afuera a enseñarnos a manejar los asuntos de nuestra propia casa.  ¿Por qué?  Porque pueden hacerlo.  ¿Y cómo lo van a hacer?  A través de una Junta de Supervisión (¿no será más bien, de Control?) Fiscal de 7 personas designadas por el gobierno estadounidense, o sea, ninguna de las cuales ha sido elegida por los puertorriqueños.

¿Qué tal si les damos un nombre que describa mejor a ese ente?  Un SUPRAGOBIERNO.

Pero de veras, ¿es esto lo que nos hemos buscado?  ¿Es esto a lo que hemos tenido que llegar?  ¿Es éste el precio que tenemos que pagar los puertorriqueños por dejarnos engañar de cuanto estafador nos pide el voto cada 4 años?

La cosa es que el Supragobierno Estadounidense del Territorio de Puerto Rico ya se constituyó.  Y vino a recomendar cirugías mayores para las finanzas públicas del país.  Y eso no le gustó a la administración gubernamental anterior (del PPD, 2013–2016), que quiso hacer malabares con lo que quedaba como gusto y ganas le diera, importándole poco lo que fuera a suceder (cuya actitud se puede resumir en un “¡me vale!”).  Y aunque sus sucesores (del PNP, 2017–2020) han querido sacar pechito tratando de pasarle gato por liebre, con un plan fiscal algunas de cuyas premisas se habrían basado en proyecciones irreales, al final éstos parecían haberse allanado a las exigencias del Supragobierno (por lo menos, mientras escribo esta entrada).

Obviamente, el menos complacido con esta situación ha sido el pueblo.  (Y si me han estado siguiendo por los pasados 13–14 años, sabrán que yo hago la distinción entre el pueblo y el gobierno del país que sea, se llame Puerto Rico o Estados Unidos o Colombia o España o…)  Y entre el pueblo, el estudiantado universitario es el que se ha estado dejando sentir, aunque ello no sea del agrado de algunos pichones de dictador, especialmente de la derecha.  Pero el caso es que cuando las cirugías mayores recomendadas por el Supragobierno incluyen recortar el déficit incurrido por la Universidad de Puerto Rico, nuestro primer y más importante centro docente (y como ex-alumno lo digo con mucho orgullo), a costa de aumentar los costos de matrícula, eliminar programas académicos que algunos creen inútiles en el medioambiente tecnológico del Siglo 21, e incluso, limitar el acceso de vastos sectores de la población a una formación académica que les permita ayudar a echar este país pa’lante… ¡no hay otra salida!

Por supuesto, la ley federal que nos trajo el Supragobierno, tiene básicamente el propósito de que las finanzas de Puerto Rico sean saneadas, al tiempo que se cumpla con pagarle a quienes la Constitución dice que se les debe pagar, antes que a todo lo demás.  Pero una cosa que a mí me hubiera gustado ver en esa ley es que hubiera algún tipo de mecanismo que permitiera llevar a los responsables de meternos en el atolladero en el que estamos hoy en día, a responder por los actos cometidos hacia ese fin.  Algo así como una Comisión de la Verdad.  Sin embargo, lo más cercano a ello podría ser exigir una auditoría de los fondos públicos para ver en qué se gastaron y por qué se contrajo toda esa deuda.  Más aún, ver cuánta de esa deuda se contrajo de manera lícita y cuánta de la deuda se contrajo en contravención de lo que manda la Constitución (en la misma sección citada arriba).

Pero entonces, cuando se trae el tema públicamente, el mismo gobierno que debe ser transparente y rendir cuentas se niega a que se realice una auditoría, porque diz que “no es necesario”.  (¿No será más bien, “por nuestros… ‘pantalones’”?)  ¿Cuál es el miedo a que se realice una auditoría?  ¿Acaso no fue la falta de estados financieros auditados—con la evasión de la responsabilidad de preparar los mismos y someterlos a tiempo—lo que llevó al gobierno federal a imponer un Supragobierno, nuevamente, porque puede hacerlo?  ¿A quién se está tratando de proteger?

A mí me parece haber escuchado en algún lugar que “quien nada debe, nada teme”.  Pero por lo visto, parece haber muchos que temen.  De uno y otro bando.  Ambos, igual de temerosos.

Siendo eso así, ¿qué podrá seguir desde aquí?  ¿Una molestia tan y tan grande de parte de un pueblo que está cansado de dejarse engañar?  Yo no quisiera pensar que lleguemos a extremos peligrosos, pero me temo que eso ocurrirá algún día.  Tarde o temprano, pero algún día.

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho, pórtense bien y sean personas razonables.

LDB

El cuento de los bobos

Illustration in a collection of Anderson's Fai...
Illustration in a collection of Anderson’s Fairy tales. (Photo credit: Wikipedia)

“-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

“… y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

“-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

“-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

“Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.”

(El traje nuevo del emperador (Keiserens nye Klæder), 1837, por Hans C. Andersen [1805–1875].  Vía Ciudad Seva.)

Dicen que la mentira tiene patas cortas y que por eso no puede llegar muy lejos.  Y como acabo de leer en una cadena de comentarios en algún foro en la red, eso tiene más o menos el mismo sentido que la frase española, “se agarra antes a un mentiroso que a un cojo”.

Por supuesto, para cuando estoy escribiendo esto, el cojo—por aquello de no dejarse postergar y ser la excepción que confirma la regla—está más o menos a tiro de piedra de que lo atrapen (aunque tiene a mi juicio mejor sentido que el que tiene el mentiroso).  Porque a quien se ha dedicado recientemente a estafar a funcionarios públicos, haciéndose pasar por un funcionario político de alto nivel, aún no lo han agarrado.

Y en un mundo en el que se maneja la mentira como si fuera moneda de curso legal, alguien se salió con las suyas en estos días.  Alguien que haciéndose pasar por un ex-legislador convertido hoy en día en secretario de asuntos públicos de la gobernación puertorriqueña actual, le estuvo pidiendo donativos a varias entidades públicas.  Las más notables entre éstas son la Universidad de Puerto Rico (y la verdad es que como universitario que me sigo sintiendo después de casi 3 décadas de haber obtenido mi Maestría en Biología, como que siento una vergüenza ajena; digo, la UPR, “of all people!”), a la cual le fajaron 3 cheques de US$50’000 cada uno, y la Administración de Compensaciones por Accidentes de Automóviles (ACAA).

Y ambas entidades de gobierno, entre otras cuántas, se dejaron estafar.

Francamente, yo no entiendo esto.  Entidades públicas que por manejar los dineros que cada medio abril les damos, yo diría que “a ciegas”, al rendir nuestras planillas de contribución sobre ingresos.  Que se supone que tengan mecanismos establecidos para controlar el desembolso de esos dineros (me vienen a la mente las auditorías).  Que se supone que no hagan ese tipo de operación “a ciegas”—mi madre hubiera dicho que “a tontas y locas”—, sin saber a quién le están confiando esos dineros.

Pero la verdad es que se dejaron engañar.  Se dejaron engañar por algún truhán o truhanes como los del cuento de Andersen, de esos que, como decimos en Puerto Rico, son capaces de venderle una nevera (refrigerador) a un esquimal.  De esos que se encuentran por todas partes, hasta cuando se levanta la tapa del zafacón (recipiente de basura) o de la alcantarilla.

¿Y entonces, qué hacer?  Tal vez seguir “dando cara” como el emperador del cuento, porque ya el daño está hecho y hay que seguir dando la apariencia de que nada ocurrió.  Mientras que seguramente el autor (o los autores) de la estafa tal vez se sentirán “intocables” (si partimos de que el cuento de Andersen no establece qué sucedió al final con los 2 bribones, más allá de haber sido condecorados y declarados como “tejedores reales”) y se estarán riendo de sus víctimas.  Víctimas que estarán tratando de hacer de todo para mantener lo que les quede de dignidad y tratar de recuperar los dineros que perdieron—aunque yo espero que no lleguen al extremo que plantean los “reporteros-estrellas” de El Ñame (aunque—si me disculpan por como suene esto—para mí eso sería tan drástico como eliminar a todo un perro para controlar un problema de pulgas o garrapatas o ambas).

Sea como sea, para mí lo importante es que hubo un engaño, que algún vividor (¿o más de uno?) se aprovechó y estafó a varias instituciones y entidades públicas, haciéndoles creer que les estaban vendiendo un traje nuevo, un traje que sólo la inocencia y la honestidad vieron que no existía.

Como lo hubiera dicho Facundo Cabral, “no hay manera de esconder semejante afrenta”.

Mientras tanto, la mentira sigue corriendo con sus patas cortas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB