Yo no quería volverte a decir, ‘¡Te lo dije!’, pero…

El Capitolio
Image by ep_jhu via Flickr

Cualquiera diría que en Puerto Rico gobiernan los adictos, los pervertidos, los depredadores sexuales (abiertos o encubiertos), en fin, toda una ralea.  Digo, si ésa no es la impresión que dan los acontecimientos recientes, no sé qué otra impresión puede darse.

Acontecimientos como la reciente “revelación” del resultado positivo al uso de sustancias controladas por parte del representante Rolando Crespo (PNP), y el anuncio de su renuncia hecho en la tarde de ayer domingo, 27 de febrero de 2011* (según lo reseñan El Nuevo Día, Primera Hora y El Vocero).  Esta revelación surge después que el implicado legislador se fuese al extremo de jurar públicamente—tal vez creyendo que el público se tragaría ese cuento—que nunca había sido usuario de sustancias controladas; que se le había faltado el respeto (¿respeto? ¿qué es eso? ¿será de queso y se come con melao?), al regarse a través del panel de “comentaristas” de farándula, “Dando Candela” (al que me referí en el tercer punto de una entrada reciente como “una flojísima copia del tipo de programa que pulula últimamente en la televisión latinoamericana y en la televisión hispana de los Estados Unidos, de paneles en los que se ‘comentan’ temas de farándula y figuras públicas”), que él había sido uno de los tres legisladores que habían arrojado resultados “positivo” al uso de sustancias controladas; y que habría de demandar a los susodichos “periodistas” por el daño a su reputación y a la integridad de su familia (en la que seguramente no pensó cuando se estaba poniendo íntimo con “Blanca Nieves”), de llevar el caso “hasta las últimas consecuencias” (¿han notado que ésta es la frase favorita de quienes tienen que disimular en público los deseos de venganza de los que no se pueden zafar?).

Yo no sé cómo lo vena ustedes, pero creo que este asunto trae demasiadas colas como para poderlo entender bien.  Y ciertamente, le hace un daño bastante fuerte a la imagen de una asamblea legislativa que desde el último cuarto del Siglo 20 ha ido cayendo en picada.  Una asamblea legislativa en la que parece que los legisladores buenos, honestos, comprometidos con su país y con quienes los eligieron (y como yo digo siempre, los ha habido—y los hay—en todos los partidos políticos que han desfilado como comparsa de carnaval por la vía capitolina), son cada vez menos.  Una asamblea legislativa en la que el bravucón, el “ganso”, el vividor, el delincuente de poca monta, parecen sentar las pautas a seguir por el resto de nosotros.

(¿Será por eso que a cada rato veo en la calle actos que evidencian conductas como las de los arquetipos que acabo de mencionar—como el listo que en las intersecciones con semáforo utiliza el carril dedicado por ley al viraje hacia la izquierda, el “Solo”, para pasarle a los demás vehículos cuyos conductores obedecen la ley y esperan pacientemente la luz verde?  A mí no me gustaría estar presente si el muy “listo” sufre un accidente… por querer pasarse de listo.)

Yo lo sé.  Va a sonar trillado.  Pero tengo que insistir en la podredumbre de la fibra moral de nuestros partidos políticos.  Y ciertamente, tiene que haber tal podredumbre moral como para que un partido político (se llame Partido Nuevo Progresista, Partido Popular Democrático o Partido Independentista Puertorriqueño—y lo voy a lamentar mucho por mis amigos en los tres partidos, pero ninguno está libre de polvo y paja) permita tolere abiertamente en sus filas la existencia de conducta indecorosa.  Y el liderato de ese partido—insisto, el que sea—debe estar tan mal ejercido como para dar una apariencia de encubrir esas acciones, simplemente por defender a “los míos, con razón o sin ella”.  Para mí es como la persona que transporta a otra persona a asesinar a una tercera persona; esa primera persona es tan responsable del asesinato como el (o la) propi@ asesin@ (aunque se vaya “hasta el ñú” para negar que hubiera halado el gatillo, o asestado la puñalada).

Pero nada.  Es lo que yo siempre estoy diciendo: Mal estamos cuando quienes nos gobiernan, quienes juran proteger a su pueblo y respetar las leyes que regulan la convivencia social, se comportan como los mismos delincuentes cuya existencia tanto condenan… ¡y puede ser que hasta se comporten peor que éstos!

Y a todo esto, me pregunto si a alguno de estos supuestos líderes, esos que dicen—cuando ya el daño está hecho—preocuparse por su integridad y la de su familia, no se le habrá ocurrido que esa clase de acción les pudiera acarrear consecuencias…  Yo espero que esas consecuencias no se lleguen a dar.  Si no, tendré que estar como el proverbial disco (de acetato) “raya’o” diciendo… ¡Te lo dije!  ¡Te lo dije!  ¡TE LO DIJE!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Se suponía que yo escribiera esto ayer, 27 de febrero de 2011.  Lamentablemente, un desperfecto en mi conexión de Internet me impidió trabajar la entrada como yo hubiese querido, por lo que la estoy sacando hoy (lunes 28 de febrero o martes 1 de marzo, dependiendo de dónde están leyendo mi blog cuando salga esta entrada).


LDB

Haz lo que yo digo, no lo que yo hago: Edición legislativa para agosto de 2010

South view of the Puerto Rico Capitol in San Juan.
Image via Wikipedia

Amigas y amigos, empiezo a escribir esto a eso de las 16:40 UTC –04:00 del domingo 29, cuando la temperatura en la calle está a unos 92°F (33°C) y se cierne sobre Puerto Rico la amenaza del alcance del huracán Earl, que aunque se espera que pase a alguna distancia del nordeste de Puerto Rico, su posible impacto no deja de ser objeto de preocupación.  Pero nada, lo importante es que sigamos de pie y en la lucha, sin dejar que los vientos huracanados nos tumben.

Pero voy a lo que vine: Para mí es muy bochornoso ver a quienes ponen una mano sobre la Biblia para prometer que honrarán y respetarán la Constitución y las leyes de Puerto Rico, siendo los primeros en echar tierra sobre ese juramento con las cosas que hacen cuando el ojo público no los está mirando—o tal vez, cuando creen que no los está mirando, pero eso es otra cosa.  Tal parece ser el caso del representante Luis Farinacci (PPD), cuya esposa solicitó y obtuvo una orden de protección en su contra (el mismo mecanismo que, como ya dije en una ocasión anterior, “tiene la misma función que el papel higiénico” para los agresores conyugales), luego de alegar que él la sometió a un patrón continuo de violencia doméstica conyugal durante 12 años, y para cuyo caso se ha designado un Fiscal Especial Independiente (FEI).  La propia denunciante alega también que su esposo es usuario de sustancias controladas, específicamente cocaína, a pesar de que él no se ha hecho prueba alguna de detección de drogas durante su desempeño legislativo.  (Algo a lo que, a juzgar por lo que dice esta noticia en El Nuevo Día, parece que la legislatura puertorriqueña le huye como el diablo a la cruz.  ¡Qué extraño!  ¿Por qué será?)  La situación tocó fondo cuando a mediados de julio pasado, el “distinguido” legislador llamó por teléfono a su esposa y amenazó con matarla a ella y a su familia.

Pero si bochornosas han sido esas revelaciones, aún más bochornosas han sido las secuelas: garatas entre bandos rivales de legisladores (¿por qué debe sorprenderme eso?), insinuaciones de que todos los legisladores del bando del implicado maltratan a sus cónyuges (parece que alguien… OK, la presidenta de la Cámara de Representantes, Jennifer González—PNP—, quien hizo dicha insinuación, se quedó dormida en clase cuando se enseñaba aquello de que “todas las generalizaciones son malas… ¡incluso ésta!”), contraataques en los que se sacó a relucir el caso de otro representante (Eric Correa, del PNP) que también está en problemas legales por ser un esposo maltratante… en fin, la misma m… el estercolero de siempre.

(A lo mejor, el próximo tema de campaña sucia para las elecciones del 2012 será cuál de los dos partidos principales—PPD y PNP—tiene más presuntos agresores conyugales dentro de sus filas…)

Tal vez para algun@s que no le dan mucho pensamiento a las cosas (por no decirles “ingenu@s”), es “un consuelo” saber que los pobres no son los únicos que tienen problemas de violencia dentro de su núcleo familiar—porque como rezaba el título de la telenovela aquélla que protagonizaba la chaparrita mamá de Christian, “Los ricos también lloran”.  Pero en realidad, no se trata de si el agresor hogareño (en su sentido genérico) es un pobretón de esos que le deben una vela a cada santo, o es uno de esos que adviene al servicio público para enriquecerse o para jactarse de ser mejor que los demás.

Se trata, como ya yo creo haber dicho hasta la saciedad, de un problema de salud mental que afecta a todos por igual.  Es más, permítanme repetir la oración anterior, pero con énfasis: Se trata, como ya yo creo haber dicho hasta la saciedad, de un problema de salud mental que afecta a todos por igual.  Una vez más: AFECTA A TODOS POR IGUAL.  Y la mejor manera de atender un problema así es dándole el frente, aceptándolo, buscando ayuda profesional (como se lo ha sugerido al propio legislador la familia de su esposa), y no dando cara de que las cosas están bien cuando la realidad es que no lo están.  (Y a mi entender, eso fue lo que hizo el representante Farinacci cuando fue entrevistado sobre su caso en la radio local y la impresión que dio fue que la cosa no era con él, que él estaba tranquilo, “¿vijte?”, bien cool… tal vez demasiado cool… 8) )

Ya yo desearía que los dos legisladores implicados en estos casos de violencia conyugal—por no desear saber cuántos más merodean por los pasillos del vetusto edificio de mármol de Puerta de Tierra—acogieran esta sugerencia… pero por lo que veo, no parece que haya mucha voluntad para eso.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho, mi gente.  Hasta luego.

P.S.: Terminé de escribir esta entrada a las 22:25 UTC –04:00 del domingo 29 y… ¿me creerían que la temperatura de mi calle no ha bajado de los 90°F (32°C) desde que empecé a escribir?  Y la amenaza del huracán Earl de acercarse a Puerto Rico sigue latente a esta hora.  Yo creo que el clima se ha vuelto loco…

LDB