Vergüenza en azul

Colin Henderson's winning design will be displ...
Image via Wikipedia

A veces yo digo que en Puerto Rico estamos muy mal cuando quienes juran protegernos y ayudarnos son los primeros en violar las leyes.  Y si eso es así, cómo podemos esperar que los ciudadanos muestren el debido respeto por esa misma autoridad.

Esta semana, ese pensamiento no estuvo muy lejos de ser realidad, con las revelaciones sobre oficiales policiales de alto rango (por lo menos dos al momento en que escribo esto—quién sabe cuántos más en realidad), a los que se les ha encontrado causa por violar varios artículos de la Ley Número 54 de 15 de agosto de 1989, según enmendada, conocida como la ‘Ley para la Prevención e Intervención con la Violencia Doméstica’ (ley que, para quienes aún no lo sepan, fue tema de conversación hace varias semanas cuando el Tribunal Supremo de Puerto Rico dejó fuera de su alcance a las parejas que llevan una relación adúltera—pero de eso podemos hablar más tarde).  Primero fue el Comandante de Área de San Juan de la Policía de Puerto Rico, a quien se le halló causa por maltratar sicológicamente a su esposa, que también es policía; después le siguió el Director de la Región Policial de Caguas, a quien se le imputan maltratar física y sicológicamente a su esposa—y lo que más me molesta de este otro caso es que habría cometido los delitos que se le imputan, ¡en presencia de sus propios hijos!

¡Caramba!  A mí no me importa que lleves una placa y portes un arma de fuego por la naturaleza de tu trabajo, ni mucho menos que tengas un puesto que implique la toma de decisiones.  Pero exhibir una conducta violenta e irrespetuosa contra tu cónyuge, y peor aún, frente a tus propios hijos… ¡eso nunca debe hacerse!  PUNTO.

Digo, ¿qué clase de conducta es ésa?  ¿Qué clase de mensaje se le envía a la propia familia, cuando por alguna razón, o hasta por la menor tontería, se agrede a la persona con la que una vez se juró amor eterno, “hasta que la muerte nos separe”?  ¿Por qué el insulto, por qué la palabra hiriente?  ¿Crees que así tu pareja—y también tus hijos—va a complacerte haciendo lo que tú mandes y ordenes?  ¿Crees que así te sientes completo, que además de tu puesto de alto rango, un puesto que debe servir para ayudar a mantener el orden y la convivencia en sociedad, tienes un derecho soberano sobre tu propia familia—un derecho de poner a tus seres queridos bajo tu bota?

Pero más que nada, ¿crees que los mismos ciudadanos a los que tanto les nos exiges obedecer las leyes y evitar buscarnos problemas, te van vamos a hacer caso?

A mí no me sorprende que a falta de una brújula moral que guíe las acciones de la policía, muchos ciudadanos hagan como hacen los ratones cuando el gato no está.  Y aparte de todos los tiroteos que se han visto en los últimos años, aparte de todas las víctimas inocentes de una incidencia delictiva fuera de un mayor control, tampoco me sorprende que haya quienes le faltan el respeto a la propia policía, en su propia cara.  No me sorprende que en la misma semana que los dos oficiales policiales de alto rango que mencioné arriba fueron acusados de violencia doméstica de género, la gente pobre (principalmente la de los residenciales públicos), la gente marginada, la que se trata como “ciudadanos de segunda clase” (o de tercera, o cuarta, o…), sea la que la emprenda contra las fuerzas de “ley y orden”: agreden policías, les niegan información sobre sospechosos de delitos, interfieren con las redadas policiales en las que se le busca dar un “golpe al punto”…  (“Golpe” que no hará ni mella, porque el mismo “punto” de venta de drogas en el caserío volverá a estar en pie al día siguiente, pero ya eso es otra cosa…)

Yo no sé, pero tal vez sea necesario que la Policía comience por poner su propia casa en orden, antes de pretender poner en orden la casa de los demás.  Tal vez la Policía debe empezar por limpiar su casa de cuanto elemento impropio tenga dentro de sus filas, y no únicamente al nivel del policía que está en la calle, del que arriesga su vida cada día por llevar la paz y por promover la sana convivencia social.  (Y de éstos, yo creo que hay más, muchísimos más policías honestos que deshonestos.)  También debe buscar dentro de sus altos mandos, y sacar a quienes mal utilizan ese poder que les da el rango, y con el que hace daño a los ajenos… y a los propios.

Mientras tanto, sabe Dios (o aquello en lo que queramos creer, o en lo que algunos no quieran creer) cuántos más de estos últimos estarán todavía haciendo daño, no sólo a la reputación de la Policía de Puerto Rico, sino al bienestar y seguridad de sus seres queridos.  Los mismos que no se merecen ese daño.

¡Y con esto vamos a dejar el mes de abril de 2011 ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Y la siguen pagando los niños… y con creces

Miro la primera plana del periódico El Nuevo Día de hoy jueves (12 de agosto de 2010).  Me detengo ante una carita de niña que me sonríe, con ese encanto especial que tienen los niños en sus primeros añitos.  Con esa alegría innata, como queriendo decirme, “¡Mírame!  Estoy alegre, estoy contenta.  Mi mundo está lleno de amor.  No tengo problemas, no tengo preocupaciones.  Mi mundo es bueno.  Soy feliz…”

Entonces siento algo así como deseos de llorar—tal vez como no lo hacía desde que perdí a mi madre hace casi 10 años—, de cuestionarme cómo es posible que una vida como la de esta niña haya sido truncada cuando apenas comenzaba, de buscar algo—cualquier cosa, lo que sea—que me explique cómo puede una madre acabar con una vida así de tierna, cómo puede persona alguna ensañarse contra una criaturita como ella.  Una niña que no tiene la culpa de las frustraciones de los adultos, de las carencias de los adultos, de la incapacidad de algunas personas para aceptar las cosas que la vida les da, como esas cosas vengan.  Y cierro mis ojos, porque ya no puedo seguirla viendo.

Lamentablemente, amigas y amigos, mi gente, ésa es la realidad a la que no podemos cerrar los ojos, por más que queramos.  Una epidemia de violencia en la que nada es sagrado, ni siquiera la inocencia de los niños.  Y eso es lo que recién se acaba de manifestar cuando anteayer, una joven de 22 años mató a su hija de tres años de edad y a su hijo, que apenas tenía un año de edad.  Según la noticia en El Nuevo Día, los hechos se dieron luego de que ella, de quien han dicho quienes la conocen que tiene un historial de violencia, sostuviera una discusión con su compañero consensual de turno—que resulta ser el padre del varoncito asesinado.  No conforme con ello, añade la nota, la joven se infligió a sí misma una herida en el abdomen (¿habrá sido para “despistar” a las autoridades?) y comenzó a incendiar su residencia—de lo cual, una vez acudieron las autoridades al lugar, ella tuvo que ser llevada a un hospital para el tratamiento correspondiente.

A pesar de que aún es muy temprano para juzgar y adjudicar este caso, sobre todo dado que la presunta asesina no ha querido cooperar con las autoridades (las cuales mientras escribo, esperaban hasta que ella se recuperara de sus heridas para encausarla), para mí no deja de ser preocupante lo que he estado viendo por muchos años.  Es como si de un tiempo a esta parte se hubiera dejado de lado el valor que los niños tienen en nuestra sociedad—o sea, en una sociedad que se precie de ser civilizada—y éstos pasaran a ser piezas de un violento juego de ajedrez, piezas que en cualquier momento pueden ser sacrificadas.  Desde el vil y cobarde criminal que se escuda detrás de una niña para evitar que lo maten en el punto de drogas, hasta los padres y madres que se zafan de su responsabilidad como tales, e incluso dejan a sus niños al cuidado de monstruos que los agreden sexualmente y después los matan, para entonces jactarse de su gran ‘hazaña’… y ni me hagan entrar en los horrendos relatos de la violencia y muerte provocada por terceros.

¡Ah!  Y tampoco importa si la muerte ocurre en un barrio rural, como en el caso que me lleva a escribir esta entrada, o si ocurre en una urbanización cerrada, de ésas que creemos que son tan seguras que nos van a proteger de la delincuencia que viene ‘de afuera’… o del morbo y la curiosidad… ¡o hasta la sospecha!

(Y en este último ejemplo en particular, el asesinato del niño Lorenzo González Cacho, es una pena que a la fecha en que escribo hayan transcurrido cinco meses y no se haya esclarecido, y más bien se haya convertido en un circo mediático, en el que las sospechas extraoficiales—porque las autoridades no han hecho ni un gesto aún—van dirigidas hacia personas específicas.  Pero ya hablaremos de esto en su momento… ¡y quiera Dios que sea pronto!)

A riesgo de sonar repetitivo—pero si vamos a ver, no hay más remedio que machacar y machacar y machacar sobre lo mismo, una y otra vez—, voy a reiterar lo que en entradas anteriores he escrito: En situaciones como ésta, los niños siempre acaban pagando los platos que rompen los adultos, llevando las culpas de los adultos, llevando invariablemente las de perder.  Y llevan las de perder a manos de quienes no conocen lo que es ser padres—o ser adultos responsables para todos los efectos—, de quienes no tienen la voluntad para admitir que tienen problemas (el primer paso hacia la solución de esos mismos problemas), de quienes no son capaces de controlar su vida, de esas “bombas de tiempo” ambulantes que sólo esperan por esa pequeña chispa que los hará detonar su furia.

Y entonces, ¿qué es lo que se puede o se debe hacer?  Quiero seguir insistiendo e insistiré mientras viva en que hay mucho que se puede hacer: atender la crisis de salud mental que sufren, tanto Puerto Rico como muchos de nuestros pueblos latinoamericanos; educar a nuestras juventudes para que entiendan el reto de formar una familia, un reto cuyas consecuencias deben enfrentarse con la responsabilidad que ello amerita; buscar que se reemplacen gradualmente—porque queramos o no, no es cosa que se pueda hacer al chasquido de los dedos—las actitudes y las conductas que fomentan la falta de valores, el egoísmo y la trivialidad, mientras se fomenta la tolerancia, el respeto a la vida, la dignidad, la solidaridad humana…

Pero algo me dice que el camino hacia esa meta sigue y seguirá siendo muy arduo y difícil, y que seguiremos viendo más y más niños emprender desde temprano el viaje hacia la eternidad…

¡Buen viaje, angelito sonriente!

LDB