¿Qué es, que aquí no hay justicia?

English: A Ford Puerto Rico Police car parked ...
English: A Ford Puerto Rico Police car parked on Paseo de la Princesa. (Photo credit: Wikipedia)

La pregunta que da título a esta entrada suena como si la desesperación se hubiera apoderado de mi persona.  Pero aun si así fuera, no soy el único.  De hecho, somos much@s l@s que pensamos que no hay manera de encontrar justicia en Puerto Rico, ante la realidad de un sistema de justicia que—simple y sencillamente—no funciona como debe ser.

Porque, ¿cómo pueden explicarse cosas como una fuerza policial—una de las de mayor tamaño de las áreas bajo jurisdicción estadounidense, aunque esa me parece una comparación injusta, si la comparación es con las agencias policiales de las urbes estadounidenses, pero ya eso es otra cosa—que en lugar de aprovechar su energía combatiendo una oleada delictiva aparentemente sin control, la malgasta como un instrumento de represión y de violación de los derechos civiles de sus ciudadanos (como lo refleja el reciente informe de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles, ACLU, sobre la impunidad policial en Puerto Rico)?  ¿O qué tal un sistema judicial en el que o los jueces ejercen (bien o mal) su discreción—esa misma a la cual se quiere delegar, según propuesto en un referendo programado para agosto del año en curso, la potestad de no fijar fianza para los acusados de ciertos delitos violentos—y dejan irse libre a la persona equivocada, a pesar de lo contundente que haya sido la prueba desfilada ante sus ojos, o los representantes del Ministerio Público no tienen la capacidad para que esa misma prueba resista el más fuerte escrutinio?

De lo primero, habrán visto muchos ejemplos a través de los años que llevo escribiendo este blog.  Para mí, los más notables son dos: la muerte de un líder cívico humacaeño a manos de un policía, sabe Dios bajo influencia de qué, y los hechos represivos con los que se quiso disfrazar un abuso del poder legislativo (for the English version of the same post, click here), y cuyas imágenes—una de las cuales ocupa “en todo su esplendor” la portada del informe de la ACLU al que me refería—nos persiguen hasta el día de hoy.

De lo segundo, bien podrían elegirse otros dos, y el primero que me viene a la mente es el caso de la jueza que en la práctica “exoneró” a un acusado de violencia de género, al encontrarlo culpable de “asesinato atenuado”.  Y como decía arriba: muy a pesar de toda la prueba que desfiló en contra del acusado.  Ahora bien, déjenme imaginarme por un momento que ese resultado no hubiese sido—como se atribuye—culpa de la jueza, sino el producto de un mal trabajo de la Fiscalía.  Y ahí bien podría ubicarse el segundo ejemplo, el más reciente, cuando el Tribunal declaró culpable de “mutilación negligente” a un individuo—del que se dice que comoquiera tenía antecedentes penales—que atropelló a su novia, Francheska Duarte Jiménez, al punto de que se le debieron amputar a ésta las dos piernas.  (Y aunque suene trillado, ni hablar del daño emocional que acompañará a Francheska por el resto de sus días—y que es mucho mayor que el propio daño físico que ella sufrió, pero no hace que el primero sea menos importante.)  O por lo menos, esa fue la justificación que dio la jueza que vio el caso en una comparecencia pública que no tenía que hacer, pero la hizo de todos modos.

Yo no sé cómo lo ven ustedes, pero aquí se supone que haya “taller”—y de sobra—para quienes dirigen o aspiran a dirigir los destinos de un pueblo como el nuestro, a fin de arreglar las cosas que están dañadas en este sistema de cosas que vivimos y padecemos los puertorriqueños.

Mientras tanto, ¿qué hace nuestra claje política?  (Entenderán que si escribo “clase”, como debería ser, le estaría dando mucho “status”, mucha “clase” a quienes ni se la merecen.)  Pues, entretenida entre insultos (como la “cara de… ‘oveja’ bien administrada” del gobernador, según el candidato rival—que de paso, al estratega de campaña que le sugirió esa táctica, yo lo mandaría a botar sin dejarle abrir la boca) y planes grandiosos pero de dudoso beneficio público, como el plan del gobernador para que el sistema público de enseñanza comience “desde ya” a impartir instrucción en el idioma de Shakespeare.  Una iniciativa con la que yo, personalmente, no estoy de acuerdo.


Antes de seguir, déjenme recalcar lo que acabo de expresar, y esto lo digo muy a pesar del entorno familiar en el que me crié (o tal vez gracias a ese entorno… ¡qué sé yo!):

YO DECLARO POR MEDIO DE ESTE BLOG QUE NO ESTOY DE ACUERDO CON LA INICIATIVA DE LA ACTUAL ADMINISTRACIÓN DE GOBIERNO DE PUERTO RICO, DE TRANSFORMAR EL SISTEMA EDUCATIVO PÚBLICO PUERTORRIQUEÑO, EN UN PLAZO DE 10 AÑOS, EN UN SISTEMA EN EL QUE TODAS LAS MATERIAS ACADÉMICAS—MENOS EL ESPAÑOL, POR SUPUESTO—SE IMPARTAN EN INGLÉS.  MI RECHAZO OBEDECE A QUE ESA MEDIDA AMENAZA CON DESTRUIR LA NATURALEZA DEL PUERTORRIQUEÑO, QUIEN VIVE, AMA Y SUEÑA EN ESPAÑOL, Y PORQUE NO VA DIRIGIDA A LA RAÍZ DE LOS PROBLEMAS QUE AQUEJAN AL SISTEMA PÚBLICO DE ENSEÑANZA, PROBLEMAS A LOS QUE DEBE DARSE PRIORIDAD, SI QUEREMOS TENER UN SISTEMA EDUCATIVO DE EXCELENCIA, QUE NOS AYUDE A SER COMPETITIVOS EN EL MUNDO DEL SIGLO 21 Y DE LOS SIGLOS POR VENIR.

Y ese es mi sentir, gústele a quien le guste, moleste a quien moleste, duélale a quien le duela.  Enfadado


Volviendo al tema, yo no veo mucha sinceridad en los esfuerzos actuales para corregir los males que nos llevan a situaciones como las que menciono en esta entrada.  Más bien, lo que sobresale es la conducta reactiva—cuando debiera ser proactiva—de quienes tienen la responsabilidad de corregir las fallas.  En el caso del informe de la ACLU, sobresale la reacción del otrora SAC del FBI en Miami, Héctor Pesquera, actual Superintendente de la Policía de Puerto Rico, quien tildó el informe de la ACLU de “irresponsable” y acusó a sus preparadores de tener “una agenda” (no puede esperarse nada diferente de una persona así).  Tal vez porque lo que le interesa es lo que varios autores que han comentado al respecto han llamado “mirar para otro lado”, porque no quiere tomarse el tiempo ni la molestia de “limpiar la casa” dentro de la policía.  Que de paso, me recuerda algo que escribí una vez:

“Yo no sé, pero tal vez sea necesario que la Policía comience por poner su propia casa en orden, antes de pretender poner en orden la casa de los demás. Tal vez la Policía debe empezar por limpiar su casa de cuanto elemento impropio tenga dentro de sus filas, y no únicamente al nivel del policía que está en la calle, del que arriesga su vida cada día por llevar la paz y por promover la sana convivencia social. (Y de éstos, yo creo que hay más, muchísimos más policías honestos que deshonestos.) También debe buscar dentro de sus altos mandos, y sacar a quienes mal utilizan ese poder que les da el rango, y con el que hace daño a los ajenos… y a los propios.”

Pero también me recuerda esto otro:

“Le estamos pidiendo demasiado a un sistema político cuyos componentes han demostrado no tener la capacidad para atender eficientemente las necesidades de sus ciudadanos, que no pueden ir hasta las raíces de los problemas que aquejan a nuestra sociedad para solucionarlos, y que más bien hacen gala de su mediocridad e incompetencia, de su extraordinario talento para el figureo.”

Y mientras tanto, ¿qué hay de las víctimas del delito y de la incompetencia oficial, como Francheska Duarte Jiménez, quien tendrá que vivir en adelante con las consecuencias de una mala decisión?  ¿Qué hay de las víctimas de la brutalidad policial, como Betty Peña Peña y Elizabeth Ramos Peña, madre e hija cuyo suplicio a manos de inescrupulosos con placa, pistola y macana nos seguirá para siempre desde la portada del informe de la ACLU?  ¿Habrá justicia alguna vez para ellas?  ¿Habrá justicia alguna vez en Puerto Rico?

Yo tengo fe de que habrá justicia.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

Soy Luis Daniel Beltrán.  Soy Puertorriqueño.  Y aunque de vez en cuando—y sólo por necesidad, como habrán visto en este blog una que otra vez—le someto al “difícil”… ¡yo Corazón rojo mi vida y la vivo EN ESPAÑOL!  ¡Ah, y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

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La ley de la supervivencia

Glock 35 semiautomatic pistol in .40 S&W
Image via Wikipedia

Yo creo que ya era hora de que ocurriera.  Ya era hora de que alguien hiciera lo posible por defenderse de quienes para satisfacer vicios o por creerse que tienen el derecho de abusar de los demás, tratan de arrebatar lo que otros logran con el esfuerzo propio y con la intención de progresar.  Ya era hora de que alguien dijera, “¡basta ya!”

Mientras nuestros políticos, por no dejar de hacer, protagonizan una nueva controversia en la que las instituciones como el Tribunal Supremo de Puerto Rico, que deben garantizar los derechos de la mayoría, del pueblo, de los ciudadanos de a pie, son tratadas como si fueran el botín de una guerra entre pandillas rivales; mientras la plana mayor de la Policía de Puerto Rico deja ver su complicidad con la agenda ideológica de turno, que la lleva a manipular estadísticas de delitos para crear una falsa impresión de que “se está haciendo algo” y de que por ello, Puerto Rico “se supera” (como si los “líderes” no tuvieran su parte de la culpa de que Puerto Rico esté atrás y no avance); mientras la gran mayoría de los medios de prensa andan más pendientes de las más recientes payasadas de los susodichos políticos y de la más reciente cuita de la modelo empresaria María del Pilar “Maripily” Rivera, quien ahora quiere someterse a una cirugía estética para cerrarse la brecha entre sus pechos (y tengo entendido que esa brecha es del ancho de la Autopista José de Diego a la altura de la estación de peaje de Ft. Buchanan entre Bayamón y Guaynabo—si no más ancho que eso); una mujer que se dice cristiana tuvo que responder al llamado de una ley no menos importante que las leyes divinas: la Ley de la Supervivencia.

Estación de peaje Buchanan, Autopista De Diego (PR-22).  (Imaginen por qué la estoy utilizando como ejemplo... pero ¿qué tal si regresamos a nuestra programación regular, OK?)
Estación de peaje Buchanan, Autopista De Diego (PR-22). (Imaginen por qué la estoy utilizando como ejemplo… pero ¿qué tal si regresamos a nuestra programación regular, OK?)

Todo surge de lo ocurrido el pasado miércoles 11 de mayo, cuando la dueña de un salón de estilismo en Caguas fue objeto de un intento de asalto a manos de un individuo que se le acercó con esa intención mientras ella le daba la espalda.  La víctima, de la que presumo que quiso actuar responsablemente—la clase de responsabilidad que su victimario demostró no tener—se viró y le advirtió que tenía un arma de fuego, pensando que con ello podría disuadirlo.  Por supuesto, los criminales no se distinguen exactamente por tener un sentido de responsabilidad hacia los demás—y por ello, medir las consecuencias… aunque en eso ellos no se diferencian mucho de nuestros “líderes” políticos y gubernamentales, pero ya eso es otro tema—y el del caso que nos ocupa, para no ser la excepción que confirma la regla, le hizo un disparo en el pecho a la dama.

Y amigas y amigos, mi gente, en mi libro eso se llama COBARDÍA.  No hay otra manera de llamarlo que no sea por su nombre: COBARDÍA.

Tal vez a él le hubiera sido mejor escuchar a la señora cuando ésta trató de disuadirlo, ya que ella—aunque herida—logró desenfundar un arma Glock calibre .357* que llevaba en su persona (¿puede alguien explicar esa aparente contradicción?) y le hizo varios disparos a su asaltante, alguno de los cuales lo impactó en… esteeeeeeeeee… bueno, digamos que a él los disparos le podrían reducir sig-ni-fi-ca-ti-va-men-te las probabilidades de formar una familia un día de éstos.

(Sí, ya lo sé.  Si no fuera algo tan trágico, sería completamente gracioso… aunque para el frustrado asaltante, no debe haber sido muy divertido que le pegaran un tiro ahí.  ¡Pero lo siento mucho, mi’jo, la vida no es justa!  Triste   ¡Brega con eso!)

A fin de cuentas, lo sucedido se reduce a que cada quien se vio en una situación en la que lo importante era sobrevivir.  Al delincuente, le era importante sobrevivir ante la amenaza que le representaba enfrentarse a una víctima que le estaba anticipando a él que podía salir lastimado.  A la víctima, le era importante conservar su vida, evitar que un desconocido que le venía pa’ encima con intención de robarle, la convirtiera en parte de la triste situación que se vive con cada vez mayor intensidad en el Puerto Rico de hoy, donde prácticamente cada día cae una vida más, sin que quienes proclaman “protección e integridad” puedan mostrar un mínimo de competencia.  Competencia que deberían tratar de demostrar, si quieren evitar el escenario apocalíptico descrito por el Superintendente de la Policía, José Figueroa Sancha (el mismo que en el 2006 dirigió el operativo del FBI en el que a varios periodistas se les atacó con gas pimienta), de que en Puerto Rico los ciudadanos tomen la justicia en sus manos.  (Un escenario que por otra parte se está tratando de promover, como si Puerto Rico fuera Texas o Arizona, a juzgar por algunos vientos que soplaron recientemente en nuestra “honorable” Asamblea Legislativa.)

El caso es que ésa, a falta de otra, es la ley por la que nos estamos rigiendo de un tiempo a esta parte: la ley de la supervivencia.  Es una ley con la que todos tratamos de cumplir, desde que salimos de nuestras casas a luchar contra el mundo hasta que regresamos a nuestras casas y nos retiramos a descansar—si tenemos esa fortuna de que lo podemos hacer.  Y no todos la llegamos a cumplir, pero siempre se hace el intento.  Y eso es lo que importa.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, y sobre todo, cumplan con la ley de la supervivencia.


* CORRECCIÓN, 12 de junio de 2011: Se vé que yo no soy experto en armas de fuego—y eso es algo que en realidad yo no tocaría, ni “con el pétalo de una rosa”—, pero en realidad, lo que debí haber escrito ahí era “calibre 9 milímetros“.  Aclarado queda.


LDB