Amanecer en la impunidad

Fireworks
Fireworks - Image via Wikipedia

Bueno, amigas y amigos, mi gente, parece que el año 2012 que comenzó hace unos días las tomó donde mismo las dejó el año anterior, con una violencia que más me parece un síntoma de lo mal encaminada que está nuestra sociedad.  Pero para echarle sal a la herida que tal violencia nos dejó en el año recién pasado—con un total de 1136 muertes violentas, cifra hacia la que íbamos de camino un par de entradas atrás—, el 2012 no podía empezar más violento, con una gran cantidad de personas que—por más que se les dijo que no lo hicieran, por más exhortaciones de toda clase, de las principales figuras públicas del país—se pusieron a disparar al aire sus armas de fuego, tal vez creyendo que ésa era una forma legítima de celebrar el final de un año y el comienzo de otro, tal vez creyendo que eso era divertido, que eso no le hacía daño a nadie.

Pero más allá de la conmoción creada por una práctica tan salvaje—como la conmoción que recogió una jovencita y sus amigos, que tuvieron la valentía (aunque sus rostros reflejaran el terror del momento) de grabar un vídeo casero en el que se escucha claramente cómo las cercanas detonaciones de armas de distinto calibre empañaron su celebración de despedida de año1 (y que refleja la realidad que se vive, muy a pesar de las críticas ulteriores de algunas personas, de ésas que se sienten tan cómodas y tan a gusto con su propia cobardía)—, algo sucedió.  Las balas “perdidas” no se perdieron.  Salieron a cumplir con su encomienda.

Karla Michelle Negrón Vélez, 1996—2012 (foto según publicada por El Nuevo Día, San juan, P.R.)

Y una de esas balas que no se perdió, acabó encontrando un objetivo: una niña de 15 años, de nombre Karla Michelle Negrón Vélez, estudiante escolar, llena de pasión por el ballet, llena de sueños e ilusiones para su vida, para su futuro.  ¿Y qué hizo ella para merecer que un pedazo de metal, atraído a tierra con una aceleración de 32 metros por segundo cada segundo, la castigara de esa manera, destrozando su cabeza y alojándosele en el tallo del cerebro, dejándola con muerte cerebral hasta que partió hacia la eternidad, en una fecha que muchos consideran de mala suerte (un viernes 13 de enero de 2012)?  Digo, a menos que el “pecado” de ella hubiera sido estar en el balcón de la casa de algún amigo, presenciando un espectáculo de fuegos artificiales para la despedida del año.  Algo que tal vez, l@s más insensibles y despreocupad@s2 dirán cínicamente que “no debió estar haciendo” en ese momento, o sea, estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado… ¿para qué, para dejarle libre el camino a quien “se divierte” disparando al aire?

Y lo peor de todo es que la bala que no se perdió, sino que encontró su objetivo, tal vez sin proponérselo, pudo haber venido de cualquier lugar en las cercanías.  Pudo haber sido disparada por alguien tan inconsciente del daño que habría de causar.  ¿Pero quién?  ¿Quién pudo haber sido tan irresponsable como para haber disparado al aire un arma de fuego, en un país donde las armas de fuego están tan fuertemente reguladas (por lo que no se puede pretender, como alguna gente quiere, que la gente ande armada por ahí como en el Viejo Oeste estadounidense), sin medir las consecuencias?

Ciertamente, esa clase de persona no va a dar cara por lo que hizo, porque sabe que cometió una brutal torpeza, y por ello prefiere esconderse en el anonimato, prefiere refugiarse en la impunidad.

Impunidad.

IM-PU-NI-DAD.

“impunidad.
(Del lat. impunĭtas, -ātis).
1. f. Falta de castigo.”

Diccionario de la Real Academia Española, vigésimo segunda edición. (Consultado el 16 de enero de 2012 a las 03:10 UTC -04:00)

Gente así prefiere hacerse a la ilusión de que por más egregia que haya sido la barbaridad cometida, nunca tendrá que pagar las consecuencias, ni tendrá que rendirle a nadie cuenta alguna de sus actuaciones.  Tal vez esa clase de persona recibe mucha inspiración de lo que ve a diario, especialmente con figuras de poder, de ésas que buscan cuanto truco existe para no someterse a los mismos trabajos, a los mismos sacrificios que tenemos que pasar l@s que estamos “en la rueda de abajo”.  De ésas que creen que pueden salirse con la suya “porque lo pueden hacer”.  Y encima de eso, son de las primeras personas que se llenan la boca recordándoles a los demás su responsabilidad con el colectivo, recordándoles que deben pagar los servicios básicos a tiempo, si no desean arriesgarse al corte de esos mismos servicios, entre otras consecuencias.  (Y si la Constitución de Puerto Rico de 1952 no estableciera claramente su prohibición a que se aplique la pena de muerte, seguramente estas mismas personas abogarían por ese castigo para cualquier “Juan Pela’o” que se atreva a atrasarse un minuto en el pago de sus servicios—o sea, para cualquiera, ¡menos para ellos!  Ya sé que exagero, ¡pero quién sabe!)

Pero no.  Cualquiera diría que se está fomentando en Puerto Rico una cultura de impunidad, en la que cualquiera puede cometer un acto bárbaro, como el de disparar un arma de fuego al aire en una celebración de Año Viejo, sin importarle que haya alguien más entre la trayectoria de la bala y el terreno, y sin preocuparse de lo que sucedería en el cada vez más improbable caso de que alguien lo pueda señalar como responsable.  Y si no hay nadie que tenga la autoridad moral para señalar esa conducta impropia, para imponer las debidas sanciones contra quienes las practican… bueno, digamos que seguirá habiendo quien crea que puede actuar irresponsablemente, sin temor al castigo, que no se sentirá obligado a responder por sus actos, que podrá esconderse fácil y cómodamente en la impunidad.

Así de mal hemos comenzado este nuevo año.

De mi parte, que tengas un buen viaje hacia la eternidad, Karla Michelle, y que tu sonrisa ilumine las vidas de tus padres y tus familiares, y que sirva de guía en el camino de tus amistades.  Y sobre todo, si el sufrimiento de los últimos 13 días de tu vida sirve para algo, deberá ser para evitar que reine la impunidad.  ¡Que así sea!


NOTAS:

  1. Al momento en el que escribo esto, el vídeo había sido retirado de YouTube, pero no sin antes desatarse toda una controversia por el mismo y hasta ser objeto de exposición internacional, a través de los diferentes medios de prensa.
  2. Mientras trato de escribir el párrafo del que sale esta nota, me tropiezo con la insensibilidad que mostraron algunos usuarios y usuarias de redes sociales como Facebook y Twitter, quienes criticaron el que la gente dedicara su atención al caso de la agonía y muerte de Karla Michelle Negrón.  Más aún, me molestó ver la falta de respeto de algunas de estas personas hacia quienes mostraron su solidaridad y su apoyo a los padres de la jovencita.  Me pregunto si ésa es la clase de educación que se les da a personas como ésas en el seno de sus familias.  Ésas tal vez son personas que creen tenerlo todo en el ámbito de lo material, pero carecen de lo más básico en lo emocional y lo espiritual.  Tal vez a personas como ésas no les preocupará recorrer la Avenida Baldorioty entre Carolina y San Juan y verse de momento en medio de un tiroteo entre autos, o salir una noche a “janguear” a Isla Verde o el Condado, sólo para acabar agredida o violada sexualmente, o peor aún, asesinada por algún vicioso o por alguien a quien no le importa la vida humana, ni siquiera la suya propia.  Tal vez a esas personas no les preocupan esas cosas, porque esas cosas “les suceden a los demás”, porque “YO soy YO”, porque “a MÍ eso no me va a suceder”…
    Y les guste o no, esas cosas suceden.  Y le suceden a cualquier persona.
    Es más: Si alguna de esas personas está leyendo esto—y sé que lo están haciendo, además de que hacen el honor de leer mi blog—, la reto a que se atreva a faltarme el respeto por mostrar un poco de solidaridad humana, algo de lo que ciertamente carecen esas personas.  La caja de comentarios estará disponible por 30 días a partir de la publicación de la entrada.  Mis direcciones de email están al final de la página.  Sólo falta que tengas la valentía para hacerlo… pero no voy a perder mi tiempo esperando.  Tal vez prefieras esconderte en la impunidad.

LDB

Otra tragedia que esperaba por ocurrir…

Amigas y amigos, la verdad es que de un tiempo a esta parte, salir a la calle es una verdadera batalla por la supervivencia.  Una batalla en la que hay que tener mucha cautela—tal vez demasiada—para evitar meterse sin querer en una situación inesperada y potencialmente peligrosa.  Una situación en la que la muerte puede ser ocasionada por quien menos se espera.

Ése es el cuadro ante el incidente ocurrido la noche del miércoles 22 de septiembre, en el que el joven atleta José Vega Jorge, quien al ir a cenar con unos amigos al restaurante Burger King del sector Altamira en Guaynabo, se topa con un atraco a dicho restaurante y mientras está tratando de ayudar a la policía a dar con el paradero de los dos presuntos asaltantes (un hombre y una mujer), es confundido con uno de éstos y reducido a la obediencia… sólo para acabar recibiendo un disparo en la cabeza (a consecuencia del que murió en la mañana del 24 de septiembre en el hospital) luego de que a uno de los “agentes del orden público” (se presume que fue un novato recién salido del Colegio de Ciencias Policiales) se le zafara un disparo cuando “se resbaló” al bajarse de su auto de patrullaje y todos los policías en el lugar empezaran a disparar a diestro y siniestro.

Digo, yo evidentemente no soy miembro de la policía, ni me creo con las cualidades esenciales para esa clase de trabajo.  Pero abalear en la cabeza a una persona que ha sido detenida, que ha sido reducida a la obediencia, que por estar esposada no puede moverse ni en su propia defensa, ni para hacerle daño a nadie, que está paralizada—y hasta angustiada—por el miedo a lo próximo que pueda suceder, es una cuestión que se sale de lo que dicta el sentido común.  Y ciertamente los policías involucrados en el incidente actuaron de una manera doblemente irresponsable, por manejar mal la investigación del atraco al restaurante y por disparar—sin que hubiera necesidad para ello—contra quien creían que era un sospechoso al que ya tenían dominado.  Y ciertamente, las consecuencias de esa irresponsabilidad hablan por sí solas.

Y lo peor de todo es que este incidente, a much@s nos ha hecho recordar fácilmente el trágico asesinato del Sr. Miguel A. Cáceres Cruz, a manos de un agente policial en Humacao (más recordado como el asesinato que le dio la vuelta al mundo al ser grabado en un vídeo colocado pocos minutos después en YouTube).  Es más, lo que sucedió en Altamira la otra noche… como que ya yo lo había señalado en ese otro caso:

“Lo primero que me pregunto es, ¿qué puede ocasionar que un miembro de la institución gubernamental dedicada a garantizar el orden social (en un país supuestamente democrático como el nuestro), de momento se comporte como un ser todopoderoso, con poder absoluto sobre la vida y la muerte?  ¿Será que esta persona arrastró algún rasgo de conducta negativa que pasó inadvertido (o no) para quienes lo reclutaron en la Policía?  ¿Será, como algunas personas han comentado, producto de la ingestión de alguna sustancia extraña que lo convirtió en un monstruo?  (Y aparentemente, éste no sería un caso aislado dentro de la Policía de Puerto Rico.)  Sobre todo, ¿cuántos más como este supuesto ‘agente del orden público’ andan sueltos por ahí, como un estallido que espera la oportunidad adecuada para que alguien encienda la mecha?
(No, los énfasis no están en el original; los añadí, como es de esperar, con toda intención.)

Y lo ocurrido el miércoles pasado contesta y da validez a esa última pregunta en el párrafo citado.

Sin embargo, por lo menos hay un atisbo de esperanza dentro de esta tragedia sin sentido, y es que se ha dispuesto para que varios de los órganos del cuerpo del atleta malogrado sean trasplantados a pacientes de condiciones graves que los necesitan.  (Por lo menos, se dice—aunque por razones de confidencialidad no se dieron muchos detalles—que la misma noche del viernes 24 se había trasplantado el corazón del joven asesinado al cuerpo de un adolescente que luchaba por su vida.)  Y aunque ello no le devolverá la vida al joven atleta asesinado, por lo menos seguirá vivo en los pacientes que se beneficiaron de los trasplantes, así como lo estará en el recuerdo de sus seres queridos.

Mientras tanto, las cosas continúan mal, como de costumbre.  Con un par de delincuentes que deben estarse jactando de haber burlado a las autoridades, y de haber ocasionado una tragedia en el mismo proceso.  Y con un cuerpo policial que trabaja sin un rumbo fijo, sin un plan de acción que ayude a combatir la delincuencia y que le devuelva la paz y la tranquilidad a una sociedad que se ve amenazada por la violencia.  Y con una familia que llora la pérdida de su ser querido, en medio de una ola de violencia sin sentido.  Así de mal estamos hoy en día.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.

LDB