Algo para pensar un poco: El dolor

Amigas y amigos, mi gente:

A Bouncing Ball.
A Bouncing Ball. (Photo credit: Wikipedia)

Mientras iba de camino a mi trabajo esta mañana, estuve pensando en el dolor como una herramienta para aprender a vivir.  Pensaba en cómo algunas veces tratamos de anular las posibilidades de crecimiento de otr@s cuando tratamos de “evitar que sufran”, evitar que tengan que atravesar por el dolor de perder algo o alguien.

Y ciertamente es algo por lo que yo también he pasado en la vida, aunque algunas personas—sobre todo en mi entorno cercano—no lo quieran entender o aceptar.  He tenido momentos en los que vi cómo hacía daño a otras personas, sin yo tener conciencia de que hacía ese daño.  Y esas han sido ocasiones en las que he tenido que pagar bien cara mi inconciencia.

Pensando en ello, recordé una cita que extraje de una revista de fisiculturismo a la que estuve suscrito alguna vez* (y dirán que eso es algo irónico para alguien que ni siquiera aspira a ser un Mr. Universo—y mucho menos, a la edad que tengo ahora), en la que se incluyen artículos para motivar a los atletas a dar lo mejor de sí.  Esta cita me llamó poderosamente la atención, y quiero compartirla aquí:

“El caso opuesto (al de las personas que se pasan la vida corriendo riesgos exagerados, impulsados únicamente por su ego) es el de la gente que vive su vida regida por el miedo.  El miedo al fracaso.  El miedo al éxito.  El miedo al dolor.  Sé de gente que pasaría su vida, no en la búsqueda de las metas, los sueños o el placer, sino en total compromiso con evadir completamente el dolor.  ¡Qué autolimitante!  ¡Qué impedimento para cualquiera que desee experimentar la vida!  ¿Por qué no sentarse ahí y simplemente pudrirse, esperando la muerte?  Muéstrenme un hombre que nunca ha cometido un error y les mostraré un hombre que nunca se ha tomado un riesgo, que nunca ha tenido éxito y que nunca ha vivido su vida a plenitud.  El dolor es, después de todo, parte de nuestra existencia.

(Dr. Tom Deters, en un artículo para la revista ‘Muscle & Fitness’.  Los énfasis, como los tengo acostumbrados a esperar de mí, son hechos con toda intención.)

Puede que algun@ de ustedes encuentre esto un poquito fuerte, pero es la realidad.  Queramos o no, el dolor es parte de la vida.  Es una herramienta valiosa que nos ayuda a crecer y a desarollarnos como seres humanos.  Y aunque lo que escribo en esta entrada no significa que salgamos a la calle a infligirnos dolor sobre dolor y más dolor—y para mí, eso sería igual de horrible que vivir una vida totalmente protegida, escondida de todo dolor—, lo que significa es que el dolor es algo que enfrentamos tod@s, en alguna etapa de nuestra vida, tarde o temprano, y que no es algo a lo que debamos temer ni de lo que debamos escondernos.  Es algo que debemos aceptar como parte de nuestra existencia, como una lección que la vida nos da y de la que debemos aprender,y con la que podemos crecer como seres humanos.

Yo no sé, pero creo que hoy tenía ganas de filosofar un poco, para variar… ¡mejor, vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* P.S. Fue a través de esa revista que conocí a una joven atleta que estaba despuntando dentro de ese deporte, y cuya vida tuvo un final trágico al privarse de la vida a tan temprana edad (como lo relaté hacia el final de esta entrada.)


LDB

Era una mañana como tantas otras…

Les digo una cosa, amigas y amigos, mi gente: no es nada fácil observar una imagen como ésta sin pensar en lo que pudo haber sido.

Ciudad de New York, NY, desde el observatorio en el piso 86 del Empire State Building.  Julio de 1984.

Fue la tarde de un sábado de julio de 1984, creo que fue el 7 de julio de ese año (dato que puedo estimar gracias al calendario de mi computadora y a un recuerdo más o menos vago de cuándo fue que yo estuve por allí).  Fue mi primer viaje fuera de Puerto Rico, y ese día, el plan de mi primo de “la banda allá” y su esposa fue que diéramos un paseo por la ciudad de New York.  Así que recorrimos durante un par de horas el trayecto desde su casa—en algún lugar cercano a la capital de Connecticut que no viene al caso identificar—hasta llegar a ese monstruo de ciudad.  Luego de dar varias vueltas y hacer turismo en el “Chinatown” cercano, nos dimos a la tarea de subir en un moderno ascensor al piso 86 del Empire State Building para desde allí mirar la ciudad por los cuatro costados.

(Por cierto, una cosa que nunca me gustó del barrio chino fue la manera en la que desplegaban para la venta los mariscos, especialmente las cocolías—lo que en inglés se suele llamar, “blue crab”, o sea, el cangrejo del género Callinectes u otros géneros similares—, en la acera, demasiado pegados del área por donde deambulaban las gentes, unas con rumbo y otras no.)

De más estaría decir lo impresionante que se ve una ciudad tan complicada, tan llena de Historia y de historias como la ciudad de New York, para alguien que sale por primera vez de su lar nativo (aunque en mi caso, fue de vacaciones).  Tal vez tan impresionado, que no reparé (para quienes se les hace un poquito extraño que yo use esa palabra, léanla como “fijé mi atención”) en lo que parecían dos columnas que sostenían algo encima de la ciudad, escondidas detrás de la bruma de aquella tarde del 7 de julio de 1984.  Para mí, aquello era algo que formaba parte del paisaje de la ciudad, una de esas cosas que se dan por hechas, que pueden prevalecer contra viento y marea.

Y también estaría de más decir que ni yo mismo hubiera podido vislumbrar que esas “columnas” de la gran ciudad serían objeto de atentados como el de 1993, o que acabarían trágicamente destruidas, como ocurriría 17 años después, un 11 de septiembre de 2001.  O sea, un día como el de hoy en el que les escribo… o como el de hace exactamente seis años, cuando escribí en este blog lo siguiente:

“Para cuando escribo esto, se habrá cumplido el cuarto aniversario del día que cambió la faz del mundo para siempre, de una manera que yo no me hubiera imaginado que ocurriría durante mi vida.  Ya a la hora en que escribo, la magnitud de la tragedia que se cernía sobre New York, NY, y Washington, DC, estaba empezando a palparse.  Por supuesto, para hacer mayor la magnitud de la tragedia, ese mismo día un avión de pasajeros cayo en la campiña de Shanksville, PA.  ¿Y qué tenían en común estas tragedias?  La intención criminal de un grupo de terroristas de hacer una reparación de supuestos agravios contra su gente, su religión y su cultura, mediante el estrellamiento de aviones de pasajeros contra ‘los símbolos del poder’ estadounidense (el World Trade Center, el Pentágono y—según se especula—la Casa Blanca).  Y lo peor de todo es que dichos terroristas se valieron de gente inocente, que no tenía NADA que ver con sus causas (fuesen justas o no), para llevar su ‘mensaje’.”

Y eso último es una de las cosas que más duele.  Que esas dos columnas de la ciudad, así como los aviones que fueron usados como misiles, tenían en su interior gente inocente.  Gente con sus sueños, ilusiones y esperanzas.  Gente que se levantó ese 11 de septiembre de 2001 por la mañana para trabajar, o para atender sus asuntos de negocios, o para despejar su mente y energizar de nuevo sus vidas… para no volver a sus casas ni llegar a sus destinos al final de ese trágico día.

Miro de nuevo la foto que tomé ese 7 de julio de 1984 y me pregunto, ¿habrá sido la bruma que lo cubre el presagio de que muchos años después sucedería?  ¿De lo que empezó como un día brillante, para terminar escondido entre una bruma siniestra?

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Lo escribí en este mismo blog hace seis años, y lo reitero aquí, a 10 años de una tragedia sin sentido:

“¡Que Dios tenga a su lado a los inocentes que perecieron el 11 de septiembre de 2001!”

¡Que así sea!

LDB

Y la siguen pagando los niños… y con creces

Miro la primera plana del periódico El Nuevo Día de hoy jueves (12 de agosto de 2010).  Me detengo ante una carita de niña que me sonríe, con ese encanto especial que tienen los niños en sus primeros añitos.  Con esa alegría innata, como queriendo decirme, “¡Mírame!  Estoy alegre, estoy contenta.  Mi mundo está lleno de amor.  No tengo problemas, no tengo preocupaciones.  Mi mundo es bueno.  Soy feliz…”

Entonces siento algo así como deseos de llorar—tal vez como no lo hacía desde que perdí a mi madre hace casi 10 años—, de cuestionarme cómo es posible que una vida como la de esta niña haya sido truncada cuando apenas comenzaba, de buscar algo—cualquier cosa, lo que sea—que me explique cómo puede una madre acabar con una vida así de tierna, cómo puede persona alguna ensañarse contra una criaturita como ella.  Una niña que no tiene la culpa de las frustraciones de los adultos, de las carencias de los adultos, de la incapacidad de algunas personas para aceptar las cosas que la vida les da, como esas cosas vengan.  Y cierro mis ojos, porque ya no puedo seguirla viendo.

Lamentablemente, amigas y amigos, mi gente, ésa es la realidad a la que no podemos cerrar los ojos, por más que queramos.  Una epidemia de violencia en la que nada es sagrado, ni siquiera la inocencia de los niños.  Y eso es lo que recién se acaba de manifestar cuando anteayer, una joven de 22 años mató a su hija de tres años de edad y a su hijo, que apenas tenía un año de edad.  Según la noticia en El Nuevo Día, los hechos se dieron luego de que ella, de quien han dicho quienes la conocen que tiene un historial de violencia, sostuviera una discusión con su compañero consensual de turno—que resulta ser el padre del varoncito asesinado.  No conforme con ello, añade la nota, la joven se infligió a sí misma una herida en el abdomen (¿habrá sido para “despistar” a las autoridades?) y comenzó a incendiar su residencia—de lo cual, una vez acudieron las autoridades al lugar, ella tuvo que ser llevada a un hospital para el tratamiento correspondiente.

A pesar de que aún es muy temprano para juzgar y adjudicar este caso, sobre todo dado que la presunta asesina no ha querido cooperar con las autoridades (las cuales mientras escribo, esperaban hasta que ella se recuperara de sus heridas para encausarla), para mí no deja de ser preocupante lo que he estado viendo por muchos años.  Es como si de un tiempo a esta parte se hubiera dejado de lado el valor que los niños tienen en nuestra sociedad—o sea, en una sociedad que se precie de ser civilizada—y éstos pasaran a ser piezas de un violento juego de ajedrez, piezas que en cualquier momento pueden ser sacrificadas.  Desde el vil y cobarde criminal que se escuda detrás de una niña para evitar que lo maten en el punto de drogas, hasta los padres y madres que se zafan de su responsabilidad como tales, e incluso dejan a sus niños al cuidado de monstruos que los agreden sexualmente y después los matan, para entonces jactarse de su gran ‘hazaña’… y ni me hagan entrar en los horrendos relatos de la violencia y muerte provocada por terceros.

¡Ah!  Y tampoco importa si la muerte ocurre en un barrio rural, como en el caso que me lleva a escribir esta entrada, o si ocurre en una urbanización cerrada, de ésas que creemos que son tan seguras que nos van a proteger de la delincuencia que viene ‘de afuera’… o del morbo y la curiosidad… ¡o hasta la sospecha!

(Y en este último ejemplo en particular, el asesinato del niño Lorenzo González Cacho, es una pena que a la fecha en que escribo hayan transcurrido cinco meses y no se haya esclarecido, y más bien se haya convertido en un circo mediático, en el que las sospechas extraoficiales—porque las autoridades no han hecho ni un gesto aún—van dirigidas hacia personas específicas.  Pero ya hablaremos de esto en su momento… ¡y quiera Dios que sea pronto!)

A riesgo de sonar repetitivo—pero si vamos a ver, no hay más remedio que machacar y machacar y machacar sobre lo mismo, una y otra vez—, voy a reiterar lo que en entradas anteriores he escrito: En situaciones como ésta, los niños siempre acaban pagando los platos que rompen los adultos, llevando las culpas de los adultos, llevando invariablemente las de perder.  Y llevan las de perder a manos de quienes no conocen lo que es ser padres—o ser adultos responsables para todos los efectos—, de quienes no tienen la voluntad para admitir que tienen problemas (el primer paso hacia la solución de esos mismos problemas), de quienes no son capaces de controlar su vida, de esas “bombas de tiempo” ambulantes que sólo esperan por esa pequeña chispa que los hará detonar su furia.

Y entonces, ¿qué es lo que se puede o se debe hacer?  Quiero seguir insistiendo e insistiré mientras viva en que hay mucho que se puede hacer: atender la crisis de salud mental que sufren, tanto Puerto Rico como muchos de nuestros pueblos latinoamericanos; educar a nuestras juventudes para que entiendan el reto de formar una familia, un reto cuyas consecuencias deben enfrentarse con la responsabilidad que ello amerita; buscar que se reemplacen gradualmente—porque queramos o no, no es cosa que se pueda hacer al chasquido de los dedos—las actitudes y las conductas que fomentan la falta de valores, el egoísmo y la trivialidad, mientras se fomenta la tolerancia, el respeto a la vida, la dignidad, la solidaridad humana…

Pero algo me dice que el camino hacia esa meta sigue y seguirá siendo muy arduo y difícil, y que seguiremos viendo más y más niños emprender desde temprano el viaje hacia la eternidad…

¡Buen viaje, angelito sonriente!

LDB

Fue un momento de locura

¡Saludos, mi gente!

Para cuando estén leyendo esto, los ríos de tinta (y también de unos y ceros—después de todo, ésta es la era digital, ¿no?) habrán corrido en lo que se refiere al escándalo surgido desde que el jueves pasado se divulgó la existencia de una serie de 1179 fotos de médicos boricuas que fueron en misión humanitaria a socorrer a las víctimas del terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití y dieron la impresión de no conducirse como profesionales.  Fotos que a muchos nos hicieron recordar las que varios de los soldados estadounidenses se hicieron tomar en la nefasta cárcel de Abu Grahib , con el fin de mostrar “quién es el que manda” en Irak.  (Y en ese caso, sigo pensando que por mayor que sea nuestra ira contra los confinados de esa cárcel—y hasta los que están todavía en la base de Bahía Guantánamo en Cuba—por ayudar a poner al mundo en el estado de inseguridad que se vive hoy en día, nada… NADA nos da el derecho a humillar a ningún ser humano.  Nos guste o no, así no es que se supone que sean las reglas de juego, sobre todo en el tenso ambiente de nuestros días.)

(Por supuesto, la mención de Abu Grahib me trae a la mente el libro del Dr. Phil Zimbardo que llevo leyendo desde que escribí Cuando la hormiga se quiere perder—y que todavía no encuentro el tiempo para seguirlo leyendo, pero no se apuren, ya aparecerá ese tiempo…)

Fotos que uno de los miembros del equipo médico enviado por el Senado de Puerto Rico tras el terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití colocó en su página en Facebook, sin pensar ni medir en el momento las consecuencias que hoy en día le están trayendo.  (Consecuencias que al día en el que escribo, él apenas está empezando a ponderar… ¡pero ya es muy tarde para eso!)

Fotos que salen a la luz al pública al ser encontradas por la periodista de MegaTV, Dianne Cabán Arce, aunque haya quien pueda poner en tela de juicio los motivos para su divulgación.  ¿Será porque la periodista en cuestión tuvo el “atrevimiento” de modelar en bikini para el desaparecido programa de TV, “No te Duermas” (aunque habría que ver el efecto que ello ha tenido en su credibilidad como periodista desde entonces)?  ¿Será porque ella aparentemente estuvo envuelta románticamente con uno de los médicos que estuvo en la delegación y que sale en las fotos?  ¿Será éste otro ejemplo de la furia de la mujer despechada?*

(Y para colmo de males, parece que ella “pisó algunos callos” con la divulgación de las fotos, en tanto algunos de los implicados han estado haciendo amenazas en su contra, las cuales se ha pedido que se investiguen lo antes posible.  Pero así es la vida…)

Fotos que pintan un cuadro de insensibilidad ante el dolor ajeno, que pintan a unos médicos que parece que no tomaron en serio la labor humanitaria a la que fueron, que aparecen retratados en la vestimenta propia de su oficio mientras sostienen en sus manos vasos de bebidas alcohólicas, que se sonríen mientras sujetan una extremidad de un paciente en una mano y en la otra una segueta—con la que se presume que habrán de amputar la extremidad afectada—, que se lucen sujetando rifles, fusiles, carabinas, como para “demostrar” quién es el matón del corillo—y peor aún, con la presunta complacencia y complicidad de soldados a los que no parece importarle su deber con la misma institución que les brinda ese mismo uniforme.  (Y aunque yo tampoco estoy muy de acuerdo que digamos con la existencia de la guerra en este mundo nuestro, aun la institución que la promueve merece que quienes la integran le tengan la debida deferencia… pero ésa es sólo mi opinión.)

(Por no hablar de aquellas fotos en las que se retrata a los pacientes en situaciones poco dignas, como la paciente a la que sólo han dejado en la blusa con la que fue llevada a atender, más una gasa para cubrir sus partes íntimas… ¡y que a nadie se le ocurra hacer algo así en Puerto Rico o Estados Unidos con estas leyes de privacidad que existen actualmente!)

Por supuesto, si a mí me dicen que estas fotos responden a que los médicos en cuestión estaban buscando descargar las tensiones propias de tener que lidiar con la miseria, el sufrimiento y el dolor de los haitianos afectados por un fenómeno natural que casi los deja sin país—algo que por su parte debe alertarnos a nosotros y a los dominicanos para que no nos ocurra lo mismo—, tal vez yo lo podría entender.  Lo malo es que esas fotos han dejado un mal sabor, una mala impresión que ha dado la vuelta al mundo (y si aún no lo creen, hagan una búsqueda en Google con los términos, “Médicos+Puerto+Rico+Haiti”, a ver lo que resulta), que pone a estos médicos a la altura de los soldados burlones de Abu Grahib, en tanto crea la impresión de que estos médicos fueron a hacerles un favor a los haitianos, sin un compromiso real de mitigar su sufrimiento, sin el más mínimo asomo de compasión por las víctimas de esta catástrofe de la naturaleza.

A menos que me vengan a decir algo así como, “Oops!  Lo siento mucho, todo fue un momento de locura…”

Definitivamente, jamás yo me iba a imaginar que la falta de un buen sentido de responsabilidad—individual y colectiva—trajera las consecuencias que nos ha traído esta desagradable situación.  Pero ahí están esas consecuencias, y yo espero que esto nos sirva como un momento de aprendizaje, tanto a quienes lucen la insignia de la irresponsabilidad, como a nosotros, los espectadores de este bochornoso espectáculo.

Y ya, eso era.  Vamos a dejarlo ahí.  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.


* Por si se me olvida decirles a qué me refiero…

“Heaven has no rage like love to hatred turned
Nor hell a fury like a woman scorned.”

"The Mourning Bride" (1697), por William Congreve (poeta y dramaturgo inglés, 1670–1729).  (FUENTE:  The New Dictionary of Cultural Literacy, Third Edition.  Edited by E.D. Hirsch, Jr., Joseph F. Kett, and James Trefil.  © 2002 Houghton Mifflin Company.  Published by Houghton Mifflin Company.  All rights reserved.)

O sea: “No hay ira en el cielo como la del amor que se volvió odio, ni furia en el infierno como la de una mujer despechada.”


LDB