Justicia… para quien?

OK, mi gente, ¿en qué nos quedamos antes del terremoto en Haití?

Tal vez no en mucho que se pueda decir.  Comienza un año nuevo que promete ser un poco más difícil que el anterior, a pesar de lo que los personajes políticos que nos gastamos quieran decir o hacer para hacernos creer lo contrario.  Antes del tremendo sacudión que hace 15 días viró los ojos del mundo hacia Haití (luego de haber dejado a ese país y su gente a su suerte—como suele suceder), en Puerto Rico tuvimos un sacudión bastante fuerte, con la pérdida de alrededor de 2000 servidores públicos adicionales—o sea, adicionales a los cerca de 17000 previamente despedidos en el marco de la "recuperación económica y fiscal" pretendida por el gobierno estatal.  Por supuesto, mi lugar de trabajo—y por favor, deténganme si he utilizado alguna vez este cliché en mi blog—no ha sido la excepción.  Y ciertamente, aunque me insistan que no debo sentirme culpable por quedarme en mi empleo mientras otr@s compañer@s se quedan en la calle, no dejo de sentir que he entrado a un mundo extraño y diferente, en el que las personas por lo demás buenas y talentosas con las que yo contaba ya no estarán ahí.  Pero ya sea que me guste o que no, tendré que acostumbrarme a ello.  Es ley de la vida.

Pero bueno, eso no es lo que me trae hoy aquí.  Lo que me trae es el furor que se ha causado con la firma de una nueva ley en Puerto Rico, mediante la cual la gente de los residenciales públicos (yo estoy más acostumbrado a decir "caseríos", pero vamos a dejarlo en ésa) sería beneficiada en su consumo de agua y electricidad (los utilities, en lenguaje que lo puedan entender algunas personas que presumen de entender) por medio del pago de una tarifa fija por el consumo de esos servicios.  Tan sólo la mención de esa idea ha sido suficiente como para iniciar un debate sobre si con la firma de esa ley se le está haciendo "justicia" a los residentes de los residenciales públicos—los que en ánimo de aclarar insisto que son, en su gran mayoría, gente buena, humilde y trabajadora, que no tiene la culpa de los problemas de violencia y trasiego de drogas (entre otros) con los que se suele asociar a los caseríos—o si se les está beneficiando a costa de la clase media (la misma que por estar siempre en medio está "como el jamón del sandwich").

Francamente, no me siento hoy en el ánimo de repetir lo que se ha estado diciendo de una y otra parte sobre ese asunto, especialmente el repetido argumento de que la medida abre el camino para que los residentes del caserío puedan consumir agua y electricidad a manos llenas—por ejemplo, con varios acondicionadores de aire en una sola unidad de vivienda, o mediante el establecimiento de lavados de autos (en buen español puertorriqueño, un car wash)—, mientras que el resto de nosotros tiene que subsidiar ese gasto excesivo a través del pago de tarifas altas de uno u otro servicio.  Sin embargo, hay algunas cosas que me llaman la atención sobre esto.  Por ejemplo, ¿cuál puede ser la intención del liderato político boricua con una dádiva como ésta?  Tal vez asegurarse desde ya de que tiene una base de apoyo segura para las elecciones generales de 2012, entre un sector de bajos ingresos de nuestra sociedad.  Pero si eso es así, ¿por qué particularizar la dádiva con los residentes de los caseríos?  ¿Son ellos los únicos pobres que existen en Puerto Rico—por no decir “en el mundo”?  (Y probablemente a muchos de nuestros políticos no les interese saber que existe un mundo allá afuera… ¡allá Juana con sus pollos!)

Es más, ¿qué hay de aquella gente pobre que reside en los pueblos de la ruralía?  Gente a la que probablemente no ha llegado un atisbo de progreso, que vive en la mayor pobreza.  Gente que tal vez no cuenta con los mismos servicios básicos con los que cuenta el resto de nosotros, y que tiene que atender sus necesidades más apremiantes a duras penas.  Tal vez mucha de esa gente tiene que ir al río a buscar agua para cocinar o para el aseo (como mis abuelas materna y paterna hicieron en su momento—y aunque no lo parezca, mis raíces siguen estando en los campos de mi querida tierra).  Y tal vez mucha de esa gente se ilumina por las noches con un quinqué (una lámpara de vidrio), y a falta de un entretenimiento como la televisión o la radio (a menos que la generosidad de alguien con más recursos le permita tener un radio a baterías con el cual escuchar lo que los demás dicen o la música “de enantej”), pasan la noche contemplando las estrellas (si las nubes de lluvia o la bruma o las cenizas volcánicas del Caribe las dejan ver), contando cuentos, recordando tiempos más felices…

Y yo me pregunto: ¿Esa gente estará alguna vez en el radar de los vividores políticos de mi país?  ¿O serán apenas un eco imperceptible, que no vale la pena registrar (excepto para buscar votos)?

Tal vez a nuestros políticos les sea más fácil y conveniente manejar a su antojo a los residentes de los caseríos, a los que hacen cada vez más dependientes de las dádivas—especialmente aquéllas que se sufragan con lo que aportan los taxpayers estadounidenses.  Pero en ello, a nuestros políticos se les olvida convenientemente que hay consecuencias, como el desarrollo de actitudes tales como indolencia, complacencia, falta de un sentido de responsabilidad, para consigo mismos y para con la sociedad que los rodea.

(Ésta es una de esas veces que me alegra que “consecuencias” y “responsabilidad”—en todas sus formas—sean de las etiquetas que yo utilizo en este blog con más frecuencia.  Y en este caso, el tema lo amerita.  Y por eso están ennegrecidas en el párrafo anterior.)

En fin, que habrá que ver si los pronósticos se cumplen y si el resultado de esta maniobra le sirve de ganancia para quienes la propulsan.  Mientras tanto, a todas aquellas personas que al entrar la década de 2010 carecen de lo básico, de lo esencial para vivir con decoro y dignidad—y eso último es más de lo que puede decirse de los vividores de la política puertorriqueña—, pues, que nunca pierdan la esperanza…

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.

LDB

Luces Apagadas

Saludos, mi gente,

Cuánto se apuestan en otros países a que la gran mayoría de quienes me leen en Puerto Rico tuvieron que pasar (al igual que yo) por la desagradable experiencia de tener lo que en buen español sería un dress rehearsal de lo que nos espera en la presente temporada de huracanes. Resulta que el jueves pasado (16 de junio de 2005), medio Puerto Rico se quedó sin servicio de energía eléctrica debido a una avería en una línea de transmisión de electricidad en el sur del país, la cual provocó que se privara a una gran cantidad de abonados por varias horas. En mi oficina en San Juan, nunca llegamos a notar lo sucedido, pero en el resto de la Isla, ¡ya eso era otra cosa! En Juncos, por ejemplo, estuvimos a oscuras desde media tarde hasta casi las 21:40 (-04:00)… Tiempo más que suficiente y oportuno para sentarnos a hablar de las cosas que suceden en nuestras vidas y en el entorno en que nos movemos. Tiempo más que suficiente para pensar y soñar… ¡sobre todo, para esperar que restablecieran el servicio, caramba!

Pero como una de esas cosas extrañas de la vida, ese mismo día Puerto Rico perdió a uno de sus más grandes hombres, a Don Enrique Laguerre (quien estaba a pocos días de cumplir 100 años de vida). Para los que no han pulsado aún el enlace a la sección especial en El Nuevo Día (vea el mensaje anterior), Laguerre fue el autor de varias obras de gran prestigio en la literatura puertorriqueña, como La Llamarada y Cauce Sin Río; fue también profesor universitario de gran prestigio, y uno de los fundadores del Instituto de Cultura Puertorriqueña… irónicamente, el mismo instituto que por razones que uno no entiende, le dio de codo en los útimos años de su vida. Pero así son las cosas, y así es la gente…

Comoquiera, Don Enrique se nos ha ido, pero queda para siempre su obra literaria y de opinión (incluidas varias obras inéditas que están por ver la luz próximamente), para dar luz, sentido y dirección a todo un pueblo que la necesita… ¡y unos más que otros, por cierto! Si no me creen esto último, fíjense lo que ocurrió a los pocos minutos de darse a conocer la noticia del fallecimiento de Don Enrique, cuando una legisladora novata estaba a punto de ser entrevistada en la emisora radial WKAQ-AM sobre otro tema:

Me enteré cuando venía de camino para acá. Es muy triste. Yo de pequeña recuerdo algunas de las producciones que mencionaron de él y uno creció con toda la producción local que había antes, que era muy diferente y un estilo… me parece mucho más productivo, más beneficioso y más positivo de lo que tiene la televisión local ahora. Y no quisiera que se me malinterprete. Ciertamente es muy triste, muy lamentable. Perdimos a una gran leyenda, si se puede decir así, de lo que fue la producción local. Que descanse en paz. A su familia nuestras condolencias. Y yo quisiera exhortar ahora que esta persona falleció que emulen la calidad con la cual él preparaba sus escritos, sus telenovelas y sus producciones locales.

Pero… ¿EN QUIÉN CA***O ESTABA PENSANDO ELLA? ¿EN TOMMY MUÑIZ? ¿EN ÁNGEL DEL CERRO? OK, yo no llamaría a eso “pensar”… Es más, eso me recuerda al rótulo que uno ve detrás de algunos escritorios secretariales (¡no todos!),

No me pidas que piense… ¡Me dieron el empleo por mi belleza!

¡Cosas de la vida! Mientras tanto…

ESTA SEMANA, CONTINÚA LA ACCIÓN DE JUNIO DE 2005… OK, NO ES PA’ TANTO… CON: Cómo rescatar a una linda princesa que está a merced de un dragón, según su estilo musical… Aprenda a insultar de manera elegante, con las figuras históricas de la política hispanoamericana… Un abogado quiere pasarse de listo con un policía que lo detiene por desobedecer una señal de tránsito… Y… Un aviso muy importante para los técnicos de urgencia médica.

Ya lo saben, aquí es donde está todo esto, más las “LDB’S DANCERS”.

Bueno, y aquí los dejo por hoy, no sin antes declarar a Don Enrique Laguerre (1905–2005) mi huésped de honor de esta semana y desearle desde aquí un buen viaje hacia la eternidad. Y a ustedes, pues… Cuídense mucho y pórtense bien. Bye!

LDB