Tarjeta postal desde donde no quisiera estar

Saludos, amigas y amigos, mi gente.

Sé que no han sabido de mí desde noviembre de 2014.  Tal vez piensen que tiré la toalla y que decidí no escribir más en este blog.  Por supuesto que ello no puede estar más lejos de la realidad.  Porque éste ha sido—y seguirá siendo—el vehículo que tengo para compartir con ustedes mi sentir sobre la vida y sobre el mundo que me rodea.

Hoy quiero compartir con ustedes la razón principal por la que hace tiempo que no me ven por aquí.  Desde el verano del 2014, por razones algunas de las cuales prefiero reservarme, he tenido que asumir personalmente la custodia y el cuido de mi padre, de 86 años de edad a la fecha de esta entrada.  Y he tenido que hacerlo sólo, sin ayuda.  Y la verdad es que no me ha sido muy fácil realizar esta tarea, como lo sabe cualquier persona que tenga que cuidar de un familiar de mayor edad, especialmente cuando ese familiar padece de una condición neurológica seria.

No creo que haga falta explicar a qué condición neurológica me refiero ni por qué lo digo de esta manera.  Y como siempre, sé que entenderán el por qué.

La realidad es que en estos últimos meses he tenido que pasar bastante, sobre todo muchos malos ratos.  Especialmente, hospitalizaciones y visitas a salas de emergencia por caídas, infecciones, pulmonías, etc., sufridas por mi padre.  Y créanme, esperar a que l@ atiendan a un@ en la sala de emergencia—sobre todo en el Puerto Rico de hoy en día—se ha convertido en una experiencia traumática para mí.  Especialmente cuando ha habido la mala suerte de que la visita se produzca en un día en el que la sala de emergencia está más ajetreada.

Es más: ahora me da vergüenza—y hasta miedo, de veras—cada vez que me dicen los paramédicos que van a llevar a mi padre a la sala de emergencia.  Es como si la vida me estuviera diciendo que no me concederá evitar el paso por esa prueba, y que como dicen ahora por ahí, que yo "bregue con eso".

Ahora el caso es que me veo en la encrucijada de tomar una decisión sobre la situación de mi padre.  Tal vez no tenga más remedio que enviar a mi padre a un hogar de cuido donde él pueda recibir 24/7 las atenciones y el cuidado que yo no puedo darle.  Cierto es que ésa es la solución que muchas de mis amistades y compañer@s de trabajo me han recomendado, casi al punto del consenso.  Y no menos cierto, me inclino por esa soluciónPero no es una decisión que me sea fácil de tomar.  Especialmente cuando implica sacar a una persona del ambiente ya conocido y trasplantarla a un ambiente nuevo y desconocido, alejar a esa persona de lo que le es familiar y cotidiano y ubicarla en un mundo diferente.

Por no hablar de la transición fuerte que necesariamente tendrá que ocurrir en mi vida, al asumir las riendas de una casa que se queda cada vez más sola.

Pero es así como estoy pasando mis días últimamente.  Lidiando con una situación en la que caí sin querer, sin más remedio.  Una situación que tendrá que culminar de alguna manera, aunque yo salga muy lastimado en el proceso.

No sé, puede ser que al exponerles esto a través de mi blog, yo me esté ayudando a mí mismo… como también puede que no.  Sin embargo, lo que no quiero es que se me tenga pena, en lo absoluto.  Yo quiero creer que saldré como persona, mejor de lo que era cuando esta situación se me presentó tan de golpe y porrazo.  Yo quiero creer que todo saldrá bien y que podré seguir adelante con mi vida.

Y quiero creer que eso incluirá continuar mi contacto con ustedes, amigas y amigos, mi gente.  Que no dejaré de comentar las acciones de un gobierno (sea del partido que sea—PPD o PNP, ambos son lo mismo) que prefiere quitarle a quienes tanto le ha dado al país, con tal de mantener su propia supervivencia; o las injusticias que se cometen a cada rato (como las matanzas policiales de civiles desarmados, sobre todo aquéllos que son de “minorías”), cuando se abusa de la fuerza en lugar de usar la razón; o la tragedia que causan quienes intimidan, destruyen, matan para poder adelantar sus visiones erróneas de cómo debe ser el mundo (y no hace falta decir quiénes son, excepto que pretenden sembrar el terror en el mundo).

Yo espero que esta entrada sea la catarsis que necesito en estos momentos en los que tengo que decidir mi futuro.  Y aún tengo fe de que no importa cuáles sean las consecuencias de mi decisión, habré tomado responsablemente la decisión correcta.  Y entonces podré seguir adelante con mi vida.

¡Y vamos pues a dejar eso ahí!  Cuídense mucho, pórtense bien y sean personas razonables.  ¡Hasta pronto!

LDB
(Original en borrador, publicado desde mi celular vía WordPress para Android.)

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¿Qué tal si cortamos el hijo y le damos una mitad a cada madre?

King Solomon, Russian icon from first quarter ...
King Solomon, Russian icon from first quarter of 18th cen. (Photo credit: Wikipedia)

Y ahora resulta que el vigilante vecinal salió bien parado.  Ahora resulta que se puede disparar a matar, “en defensa propia”, a un adolescente armado de una bolsita de dulces y una lata de té helado, y eso queda impune.

Pues sí, yo también estoy asombrado con lo que ocurrió el sábado 13 de julio de 2013 en Sanford, Florida (EE.UU.), al final del proceso judicial generado por los trágicos eventos a los que dediqué una entrada en su momento.  En esa fecha, un jurado compuesto por seis mujeres determinó que George Zimmerman—a quien me refería cuando escribí que “según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un ‘vigilante vecinal’”—no era culpable de lo que también describí entonces como

“… la muerte—algun@s dirán, ‘el asesinato’—de un adolescente dentro de una comunidad ‘cerrada’, de esas comunidades con ‘acceso controlado’ que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que [exactamente dos años y dos días a la fecha de la entrada en cuestión] escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser)…”

Y ciertamente, la muerte de Trayvon Martin—el adolescente de 17 años que andaba “armado” únicamente con una bolsita de dulces y una lata de té helado que había comprado en una tienda unos minutos antes—dentro de una comunidad “cerrada” supuestamente segura, quedó validada por medio de ese veredicto de las seis jurados.

Y con ello quedan validados el “rush” de adrenalina que Zimmerman sentiría al ver un “sospechoso” que merodeaba por su comunidad; el juicio previo que lo llevó a especular que por ser negro y por andar vestido de abrigo (remera) con capucha y llevar las manos en los bolsillos, “el cabrón ése” el muchacho no se traía nada bueno entre manos; el menosprecio a la cautela que debe tener una operación de vigilancia vecinal, de no asumir funciones policiales (y mientras escribo la de hoy, cotejo que la página que cito al final de esa entrada y que contiene esa cautela todavía está ahí—es cuestión de leer y entender); la desconsideración para con los operadores de emergencia “911”, que ya deben estar cansados de que que los importunen con comentarios de que el sospechoso no se traía nada bueno entre manos, y que—por mucho—tienen mejores cosas que hacer que estarle aconsejando que no ejerza como lo que no es y se vaya detrás del “sospechoso”; la confrontación física con el “sospechoso”; el uso de un arma de fuego oculta contra el “sospechoso”; matar de un balazo al “sospechoso”… cualquiera que sea “el sospechoso”.

Y la verdad es que la forma en la que se manejó todo el proceso ha dejado un mar de dudas.  Un ministerio público que creía tener un caso sólido contra el vigilante vecinal (incluidas algunas pruebas que, alegadamente, no le dejaron presentar, como la grabación con el comentario malsonante de que el muchacho no se traía nada bueno entre manos); una defensa que—aparte de algunos destellos de arrogancia y reto a la autoridad e intentos de caer en gracia—aprovechó hábilmente las debilidades del caso del ministerio público; testigos no presenciales (porque lamentablemente, no pareció haber alguien que hubiera visto exactamente lo que pasó esa noche—y no estamos hablando aquí del asesinato de un chamaquito tecato en un caserío de los de aquí, porque por defecto o “default”, ahí nadie vio nada ni oyó nada) cuyos relatos pueden ser puestos “patas arriba” ante el más mínimo escrutinio.

E incluso dos madres que reclaman que su hijo respectivo es el que grita pidiendo auxilio en los segundos conducentes al desenlace trágico, al escuchar la misma grabación de la llamada al “911” de una vecina cercana al lugar donde el mismo estaba por ocurrir.*  Eso sí que me dejó perplejo.  ¿Cómo es que dos mujeres completamente diferentes digan que la voz en la grabación es la de su hijo?  Una de las dos tenía que estar mintiendo ante el tribunal—algo que debería saber que acarrea consecuencias legales graves.  Pero entonces, ¿qué gana una madre con mentir de esa manera en un tribunal sobre su hijo?  Peor aún: lo que pienso que debe ser la respuesta no me agrada en lo absoluto.

Es más: esto me hace preguntarme qué hubiera sucedido si el Rey Salomón de tiempos del Antiguo Testamento hubiera presidido este juicio.  Además de que no hubiera habido un jurado “que dañara la cosa”, creo que tal vez Salomón hubiera propuesto cortar a Zimmerman en dos mitades y darle una mitad a cada madre, aunque no creo que ninguna de las dos—especialmente la madre del occiso Trayvon Martin (“¡vizne Jesús!”)—hubiera estado muy a gusto con una cosa como esa.**  Pero bueno, soñar no cuesta nada…

Pero lo peor es que lo que yo anticipaba la última vez que escribí sobre este tema se está dando nuevamente.

“La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente ‘inferiores’ y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.…  [E]sa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la ‘percepción razonable’, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

“Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).”

Y si alguien quería prueba adicional de que así se está viviendo hoy en día, solamente hay que considerar la molestia que sintieron algunos atorrantes (y por lo pronto, esa es la palabra que les cae) cuando Marquito Muñiz, el que fuera esposo de Juanita “from the block” López (a quienes ya vimos en acción aquí, acá y acullá), tuvo la “osadía” de cantar “God Bless America” en las ceremonias previas al Juego de Estrellas del Béisbol de Grandes Ligas, edición de 2013.  Y muchos de esos atorrantes estaban empeñados en querer “deportarlo” de vuelta a su país de origen—por supuesto, a menos que el gobierno federal estadounidense tenga un acuerdo de extradición con… ¡Manhattan!

Y para que conste: ni Marquito Muñiz ni Juanita “from the block” López son santos de mi devoción (por si algun@ de ustedes no se había dado cuenta de por qué no me refiero a ellos como Marc Anthony y Jennifer López, respectivamente; y sí, Muñiz es el apellido de pila de Marquito).  Sin embargo, tratar de manera hostil a Marquito por atreverse a tocar con su voz y su innegable estilo uno de los principales símbolos patrios estadounidenses, me parece que es injusto y que pone en evidencia lo que es la gente con la mentalidad que describí en la segunda cita arriba.

Y tal vez, mientras prevalezca la gente con esa clase de mentalidad en la sociedad estadounidense—y ¿por qué no?, en nuestra propia sociedad puertorriqueña (como expuse en el ítem número 3 de las “sacadas de dedo” que nos hacen a diario)—, tendremos más envalentonamientos, más confrontaciones innecesarias, más tragedias.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Aquí tengo que hacer una salvedad: cuando escribí la entrada del año pasado sobre el caso, lo que se decía del mismo en ese momento implicaba que el pedido de auxilio que se escuchaba en la grabación era de parte del adolescente ulteriormente occiso.  Sin embargo, al no haber testigos presenciales del incidente, se creó durante el juicio la duda de que hubiera sido ésa la voz que se escuchó, en lugar de la del victimario, a quien aparentemente la víctima estaba golpeando contra el pavimento.  Así que pido que me disculpen si juzgué la situación de manera incorrecta, a la luz de lo que se ha dicho desde entonces.

** Por si acaso, me estoy refiriendo al relato bíblico en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 3, versos 16–28 (La Biblia, versión “Dios Habla Hoy”, CELAM, 1983).


LDB

¿Percepción razonable?

A neighborhood watch sign attached to a door.

Amigas y amigos, mi gente, ya pasaron las primarias locales con miras a las elecciones del 6 de noviembre de 2012, tanto las de aquí (Puerto Rico) como las de allá.  Y eso debe significar que tendremos un respiro de la farsa que se repite cada cuatro años—por lo menos, hasta que lleguen los meses de verano, cuando empezaremos a ver los mismos mítines de siempre, las mismas caravanas ruidosas de siempre (y más ahora, con los conductores y dueños de vehículos “four track” reclamando su espacio para “expresarse”, aunque su presencia en las vías públicas es a todas luces ilegal, pero eso ya es otra historia), las mismas caras maquilladas de siempre, los mismos farsantes de siempre, diciendo las mismas mentiras de siempre.

Mientras esperamos pacientemente (¡las ganas!) por la función estelar del “circus puertorro” de tres pistas, echamos un vistazo a otras tierras para ver cómo se sacuden sus sociedades con las cosas que les ocurren.  Como es el caso de los eventos que se originaron el 20 de febrero de 2012 en Sanford, Florida, con la muerte—algun@s dirán, “el asesinato”—de un adolescente dentro de una comunidad “cerrada”, de esas comunidades con “acceso controlado” que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que hace exactamente dos años escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser), a manos de un miembro de un grupo de vigilancia vecinal (“neighborhood watch”).  Un individuo que, según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un “vigilante vecinal”.  Pero eso no pareció haberle quitado a él el gusto por el peligro, por las emociones fuertes, por el “‘rush’ de adrenalina” que da encontrarse de momento con alguien involucrado en una actividad que él pudiera percibir “razonablemente” como sospechosa, para entonces darle seguimiento e intervenir.

Aunque si consideramos la siguiente definición (traducida y adaptada de Wikipedia por quien les escribe—ah, y el énfasis es mío también), el individuo no estaba haciendo lo correcto.*

“Vigilancia vecinal es un grupo organizado de ciudadanos dedicados a la prevención del crimen y el vandalismo dentro de un vecindario….

“Una vigilancia vecinal puede organizarse como grupo por cuenta propia o puede ser simplemente una función de la asociación de vecinos u otra asociación comunitaria.

Las vigilancias vecinales no son organizaciones de vigilantes.  Cuando se sospecha una actividad criminal, se les alienta (a los miembros de dichas organizaciones) a comunicarse con las autoridades y a no intervenir.”

Y todo lo que se conoce al momento en el que escribo es que la noche de ese 20 de febrero le surgió al individuo ese“‘rush’ de adrenalina”, al encontrarse de momento con alguien de apariencia sospechosa, vestido con un abrigo (en algunos países hispanoparlantes lo llaman “remera”) con capucha—el símbolo “de status” urbano que ostentan en nuestros días tantos muchachos y muchachas del interior de las ciudades estadounidenses.  Alguien que “no se proponía hacer nada bueno”, como tantas veces le habrían escuchado decir los operadores y operadoras del sistema “911” para emergencias, a los que él se pasaba llamando a menudo, como el soldado que le reporta a su superior cuanta novedad hay (o como dicen en mi barrio, “hasta los suspiros”).  Los mismos operadores que ya estarían hartos de aconsejarle a este señor que no siguiera al sospechoso y le dejara esa tarea a la policía (y si todavía alguien tiene alguna duda, que lea la cita de arriba).

¿Y qué pasó después?  De nuevo, mientras escribo esto no se sabe con certeza qué pasó esa noche.  Pero me sospecho que el vigilante vecinal se habría envalentonado y habría asumido la posición de dominio del cazador sobre su presa.  A lo mejor sorprendió al “sospechoso” y lo arrinconó de alguna manera, para entonces asumir un papel de “policía justiciero”, algo así como esto:

“(B)eing as this is a .44 Magnum, the most powerful handgun in the world, and would blow your head clean off, you’ve got to ask yourself one question: ‘Do I feel lucky?’ Well, do ya, punk?”

(Clint Eastwood, Dirty Harry [dir. Don Siegel, 1971].  Por cierto, ¿no les parece que yo había citado esto anteriormente en mi blog?  Total, vale la pena repetirla en esta entrada.)

Y mientras el vigilante vecinal se daba ese “plante”, eso que en los barrios de baja renta de mi pueblo llaman “peste a guapo”, el “sospechoso” suplicaba por su vida, súplica que recogían en ese momento las llamadas de los vecinos alarmados por la situación al mismo sistema “911” que el vigilante vecinal habría importunado minutos antes.  Llamadas que en su momento recogieron también el sonido del balazo fatal.

Balazo fatal que no provino del “sospechoso”—un adolescente de raza negra, vestido de abrigo con capucha, cuyas únicas “armas” eran una bolsa de dulces y una botella de té helado que había comprado en un comercio cercano unos minutos antes—, sino del arma de su perseguidor.

¿Y qué necesidad hubo de hacer todo ese ejercicio de matanza?  Además de la creencia de que se traía algo malo entre manos, el vigilante vecinal habría creído que el “sospechoso” lo iba a atacar, por lo que habría actuado “en defensa propia”, porque tenía una “percepción razonable” de que su presa representaba un peligro que había que eliminar.  (O como se usara en otro contexto en este blog, una mera sospecha de que el muchacho no era lo que aparentaba ser.)

La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente “inferiores” y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.  Pero lo peor es que esa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la “percepción razonable”, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Por cierto, mientras buscaba en la Internet sobre el tema de la vigilancia vecinal encontré una lista de consejos sobre lo que deben hacer—y lo que no—las comunidades que quieran organizar sus grupos de vigilancia vecinal (publicada por el National Crime Prevention Council).  El último de los consejos en esa lista reitera a mayor detalle a lo que el vigilante vecinal en cuestión parece haber hecho caso omiso: que los grupos de vigilancia vecinal no son grupos de vigilantes y no deben asumir la función de la policía (nuevamente, énfasis mío), y que su deber es pedirle a los vecinos que estén alerta, en observación y que se preocupen los unos por los otros—y por supuesto, que informen de inmediato a la policía cualquier actividad sospechosa o criminal.


Soy Luis Daniel Beltrán… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

Seis Reglas para el Uso del Telefono Celular en la Oficina

¡Saludos, mi gente!

Bueno, hoy como que no tengo muchas ganas (que digamos) de hablar de lo mismo… lo mismo… lo mismo… Así que vamos a intentar algo diferente hoy.

Resulta que hoy encontré un artículo de About.com (una unidad de la misma gente que le trae a los neoyorquinos “todas las noticias que se puedan imprimir”, o séase, The New York Times) con el que me puedo identificar bastante bien, por tratarse de una situación que muchos de nosotros enfrentamos de día en día. Se trata del uso (¿no será más bien, abuso?) de los teléfonos celulares en el ambiente de trabajo.

Cierto es que desde que los teléfonos celulares se comenzaron a mercadear entre “el resto de nosotros” (sí, porque ¿quién era el/la que ud. veía cargando con un teléfono celular en un pasado no muy lejano, ah?), han sido una verdadera ayuda, sobre todo en situaciones de emergencia o para comunicarnos con nuestros seres queridos para saber que estén seguros y bien. Pero ya la cosa ha llegado al punto en el que uno/a a veces se pregunta si no están causando más molestias que las que se supone que evite. Y ciertamente ustedes saben a qué me refiero…

Por supuesto, yo tengo mi teléfono celular como mucha gente últimamente. Y por supuesto, lo tengo principalmente conmigo por si en mi casa ocurre alguna situación de emergencia que me requiera, por ejemplo, salir de mi oficina fuera de tiempo (siempre y cuando yo se lo notifique antes a mis jefes). Pero eso sí, yo por lo menos tengo la decencia de cuidarme en cuanto al uso que yo le doy, durante las 7-horas-y-media que dura mi jornada laboral (excluyendo los almuerzos, por supuesto).

Enigüei, con eso en mente, me gustaría compartir con ustedes lo que dice el artículo de Dawn Rosenberg McKay (de About.com) sobre las seis reglas que uno debe seguir si va a tener en su persona el teléfono celular durante sus horas de trabajo. Claro, lo que dice el artículo aplica principalmente al ambiente oficinal, pero creo que puede aplicarse en otras situaciones laborales. Sea como sea, lo importante es sopesar la conveniencia de que uno/a tenga en su persona el celular, vs. el impacto de su uso sobre los compañeros de oficina y (por supuesto) el jefe (la jefa), por no hablar de la capacidad del usuario para desempeñar las tareas asignadas.

Según la señora McKay, lo primero debe ser apagar el teléfono celular durante las horas de labores. Sin embargo, si usted tiene la necesidad absoluta de mantenerse en contacto (o sea, que por ejemplo, su cónyuge sepa que usted está ahí, al cantío de un gallo), ponga su teléfono en función de vibrar. Así, no molestará a otros compañeros con el timbre de su teléfono. Además, ¿ustedes se imaginan la gallera que se formaría en mi oficina si los celulares de los seis empleados de la misma (incluido el que les escribe) estuvieran sonando a cada rato? Y otra cosa muy importante: si usted es de los que recibe llamadas a cada rato a través de su celular, como alguna gente que se la pasa “atendiendo sus negocios personales” en horas de oficina, usted no querrá llamar la atención de los jefes, ¿no?

La segunda regla que menciona la señora McKay en el artículo… yo creo que se cae de la mata (ver mi explicación par de párrafos atrás): UTILICE EL TELÉFONO CELULAR SÓLO PARA LLAMADAS IMPORTANTES. (Noten que en esto tengo que hacer doble énfasis, porque es así de importante.) O sea, úselo sólo para situaciones que requieran atenderse URGENTEMENTE, como una emergencia familiar; eso sí, ella menciona como válido cuando los niños llaman para avisar que han llegado bien a la casa desde la escuela, y eso está muy bien. Pero para compartir los últimos chismes dichos por una conocida muñeca de trapo… ¿he mencionado nombre yoooooooooo?… o “atender negocios personales”… o peor aún, para recibir una llamada del “chillo” o la “chilla” (o sea, el/la amante, según el caso)…

En tercer lugar, supongamos que usted tiene el celular encendido, pero tiene dudas de si la llamada que está entrando en estos momentos obedece la regla anterior. En ese caso, la señora McKay recomienda que deje que las llamadas sean redirigidas a su buzón de mensajes de voz (voice mail, en buen español). ¡Total! Después usted tendrá un chancecito de chequear si la llamada en cuestión merecía hacer algún alboroto.

La cuarta regla en el artículo de la señora McKay dice que usted debe buscarse un sitio PRIVADO donde contestar sus llamadas. Para empezar, a mí me interesa tres ca… ¡uy, perdón!… a mí no me importa la conversación que mi vecino/a de escritorio esté llevando en ese momento por su celular, de la misma manera que a él (ella) no le tiene que importar la conversación que yo esté llevando. Pero aun si no se tratara de asuntos personales, yo prefiero irme a otro lugar donde yo pueda conversar en privado con quien esté al otro lado de la línea. (Por lo menos, actualmente tengo la suerte de que frente a la oficina en la que trabajo hay una sala pequeña donde puedo disfrutar de alguna privacidad para contestar las llamadas que entren a mi celular. Ah, y debo aclarar que ello es completamente diferente al hecho de que tengo una extensión del cuadro telefónico del DRNA, y que la utilizo sólo para los asuntos oficiales relacionados con mis funciones allí.)

La quinta regla esbozada por la señora McKay… yo no sé qué opinen ustedes, pero quiero presentarla en todo su glorioso detalle (porque la viví de cerca hace dos semanas): NUNCA SE LE OCURRA A USTED UTILIZAR SU TELÉFONO CELULAR EN EL BAÑO (DE DAMAS O DE CABALLEROS, SEGÚN EL CASO). Y ustedes se preguntarán, ¿pero y por qué la Sra. Dawn Rosenberg McKay, de About.com, hace un alboroto con que a alguien se le ocurra utilizar su celular en el baño? Fácil: Porque usted nunca sabe quién más está con usted en el baño (sean empleados o visitantes); porque la persona al otro lado de la conversación escuchará los sonidos característicos de los baños, como… esteeeeeeeee… como cuando le halan la cadena a los inodoros para descargarlos (además de otros sonidos que no voy a mencionar aquí); porque se invade la privacía del (de la) compañero/a de trabajo que esté allí en el momento… ¿de veras quieren ustedes que yo siga añadiendo a la lista?

And last, but not leastEVITE UTILIZAR SU TELÉFONO CELULAR MIENTRAS ESTÁ EN MEDIO DE UNA REUNIÓN CON LOS JEFES. Por supuesto, sólo si es absolutamente necesario que usted se mantenga comunicado, puede poner el teléfono a vibrar (vea la primera regla arriba). ¡Sí! Porque… ¿usted sabe lo que es que, por ejemplo, yo esté reunido con el Secretario de Recursos Naturales y Ambientales por un asunto de importancia, y que de momento de mi celular salga algo así como esto?

¡Hola, papi! Soy yo, [PONGA AQUÍ EL NOMBRE DE SU MODELO LATINA FAVORITA DE “PLAYBOY”]. Me gustaría salir contigo esta noche, ¿sí? ¡Ay, papi, coge el teléfono, porfa!

¡Que bochorno!

(Que conste: Yo tenía un tono más o menos parecido en mi teléfono celular anterior al que tengo actualmente… ¿de dónde creen que salió este ejemplo?)

O aun si no fuera ése el caso… sobre todo, CON LA CLASE DE SUERTE QUE YO TENGO, pero no sigamos hablando de mí… es imperativo que usted esté enfocado completamente en lo que tiene ante sí, que es la reunión con los jefes. Si acaso, espere a un receso o a que termine la reunión. Después de todo…

Es más… ¡QUIZ SIN AVISAR! Por 10 puntos (que cuentan para la nota de este semestre): ¿CUÁL ES LA TERCERA REGLA PARA EL USO DE LOS CELULARES EN EL LUGAR DE TRABAJO?

Bueno, espero que lo anterior haya cumplido con esa muy necesaria función educativa, a la vez que nos ayuda a devolverle la paz a
los lugares de trabajo. Por supuesto, si no me creen que esas reglas existen, éste es el enlace al artículo en cuestión:

Top 6 Rules for Using Cell Phones at Work

Bueno, y ahora vamos a otra cosa…

ESTA SEMANA (19–25 DE MARZO DE 2007): Un niño dice estar contento con el trato que le da su padrastro, pero esperen a ver de qué se trata… Y… Una pareja de gays muere de SIDA, y no encuentran una manera segura de darles la debida sepultura.

Visite Sitio ‘Web’ de Luis Daniel Beltrán y oprima donde dice “Humor, según Luis Daniel Beltrán”.

¡Y vamos a dejar eso ahí! Cuídense mucho y pórtense bien. ¡Hasta luego!

LDB