La oscura marejada del desastre

Anchor-handling tugboats battle the blazing re...
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¡Qué tal, mi gente!

Esta vez quiero descansar un poco de la versión criolla de los que la revista satírica estadounidense Mad llamaría, the usual gang of idiots (y no hace falta decir aquí quienes son), para mirar lo que ha estado sucediendo por alrededor de 40 días (casi tanto tiempo como lo que llevaba el conflicto huelgario de la Universidad de Puerto Rico al escribir esta entrada) en las costas del Golfo de México frente al estado estadounidense de Louisiana.  Lógicamente, me refiero a las secuelas del siniestro en la plataforma petrolera Deepwater Horizon, especialmente el escape del petróleo que se extraía en dicha plataforma y su peligrosa propagación a través de dicho cuerpo de agua.

Este asunto ha resultado ser tan complejo de manejar, en varios aspectos.  Por ejemplo, está el costo de 11 trabajadores que—como se presume—pagaron con sus vidas por ejercer un trabajo riesgoso, como lo es la explotación petrolera en altamar, un costo que sus familiares tal vez nunca puedan recuperar, en tanto no parece que haya manera de recuperar los cadáveres al momento en que escribo.  Está el costo de la infraestructura que se destruyó desde el estallido inicial hasta el colapso de la plataforma, más el de la pérdida que conlleva todo ese petróleo que se ha echado a perder al medio ambiente, especialmente en momentos en los que acceder a ese material se hace muy complicado y difícil… a menos que haya que declarar una guerra en otro lado del mundo (para la que haya que disponer de una justificación como la “liberación” de un pueblo de la opresión de su mandatario—que antes era un aliado del país interventor—o la búsqueda de “armamentos de destrucción masiva” que no aparecen ni aunque los busques en Google.  Digo, desde que se inventaron las excusas…)

Pero también hay un costo mucho mayor de desastres como éste, y es el que es pertinente a las gentes que viven de los recursos que les proveen el mar y sus costas: pescadores de ostiones, cangrejos, camarones, ostiones y demás; operadores de turismo, que cada verano esperan ver sus arcas llenarse con el influjo de turistas que se escapan del infierno de las grandes ciudades para reponer sus energías físicas y mentales; hasta el mismo comercio en general.  Y en el caso de quienes viven de lo que con toda generosidad les provee el medio ambiente costero, podría ser una pérdida considerable, si se tiene en cuenta el valor económico de los recursos de la costa.  De hecho, tengo frente a mí el texto Mitsch y Gosselink sobre los humedales,* el cual cita un análisis interesante que me gustaría compartir aquí.   Según ese análisis, de 1989, cuando se considera la disposición del público a pagar por “servicios” medioambientales de las ciénagas costeras de Louisiana—como la pesca comercial, la caza de animales como la rata almizclera y la nutria (para el aprovechamiento de sus pieles), la recreación y la protección de la costa contra eventos atmosféricos (o sea, huracanes y otros)—, y esa cantidad se contrasta con la utilización de la energía solar en la producción de materia orgánica, se encuentra que estas ciénagas producen un valor anual de tan poco como US$6000 y tan alto como US$70000, por cada 10000 metros cuadrados de estos ecosistemas.  Asimismo, se estima que la pérdida anual de estas ciénagas costeras—por causas que no son igual de catastróficas que un derrame de petróleo, pero que no por ello son menos problemáticas, como la erosión del suelo a causa del desarrollo costero—tiene un costo social de entre US$77000000 y US$544000000 al año.

Y aún cuando Mitsch y Gosselink explican un poco más adelante en su libro que la cuantificación del valor económico de los humedales—o de cualquier otro recurso natural, para todos los efectos—está plagada de toda clase de paradojas y complicaciones, las cifras en el párrafo anterior nos deberían poner a pensar un poco, ¿no?  Particularmente, debe ponernos a pensar en la cantidad de personas que viven de la generosidad de la costa.  Obreros que sacrifican sus vidas para obtener su sustento y para vender las riquezas del mar, y que ahora tienen que ver con decepción y amargura cómo esas riquezas se echan a perder.  Y todo, porque se permitió que ocurriera un desastre en una plataforma petrolera a 42 kilómetros mar afuera, la cual ahora está sangrando petróleo desde más de 1500 metros de profundidad (una profundidad a la que ni siquiera mis amigos que son buzos “le someten”).

Y si eso trágico, no es menos trágico ver cómo los remedios que se han intentado para poner coto a la fuga de petróleo en el fondo del mar no han servido de nada.  Campanas de concreto de todo tamaño posible, esparcido de agentes químicos dispersantes, inyección de materiales industriales que puedan contener la presión a la que el subsuelo expulsa el petróleo hacia el exterior, todo ha sido un fracaso tras otro.  Añádase a ello el patético espectáculo de los ejecutivos de tres empresas vinculadas con la plataforma siniestrada, con caras de “yo no fui” y echándole la culpa al “otro”, siempre es “el otro”… y tenemos así una canción triste para ser—verdaderamente—llorada.

No sé si será que la humanidad (o por lo menos, la porción de la humanidad que vive en los Estados Unidos) necesita que la madre naturaleza le dé lecciones como ésa, para que aprenda a contener su apetito voraz por el consumo de los recursos naturales.  Un apetito voraz alentado por quienes sólo ven la ganancia fácil, y no consideran las consecuencias que esa voracidad puede traer si no se mantiene el aprovechamiento de esos recursos dentro de un marco de gobierno razonable.  Habrá que ver si en los próximos meses—ya que esto va para laaaaargo, mientras la compañía responsable del desastre (BP) ejecuta su próximo “plan B” (porque siempre tiene que haber un “plan B”, ¿OK?)—esta lección será bien aprendida.  Digo, la esperanza es lo último que se pierde…

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* FUENTE: William J. Mitsch y James G. Gosselink.  (2000)  Wetlands. Tercera edición.  New York, NY: John Wiley & Sons, Inc.


LDB

O Antes, De Ser Necesario: Por Que el Horario De Verano No Funcionaria en Puerto Rico

Saludos, mi gente. ¡Esto es lo que está pasando!

Después del mensaje de la semana pasada me quedé pensando en el ejemplo que cité de la Ley 243 aprobada en el año 2000, mediante la cual P.R. adoptaría el sistema de horario de verano (DST) que actualmente está operando en los EE.UU. (El mismo que, por cierto, a partir del próximo año se extenderá por 4 semanas adicionales, del domingo 11 de marzo al domingo 4 de noviembre.) Como recordarán, esta ley tuvo que ser derogada por la Ley 5 de 2001, a fin de evitar algo tan innecesario como imprudente, o sea, crear un descalabro en el orden de la vida cotidiana puertorriqueña, nada más que “pa’ probar, a ver cómo es”.

OK, lo que voy a hacer es colocar otra vez los enlaces a ambas leyes, para que quienes leen esto fuera de Puerto Rico tengan la oportunidad de ver en lo que nuestra legislatura pierde el tiempo (cuando no están haciendo homenajes, por ejemplo, al Pato Donald… ¡porque después de viejo, sigue siendo pato!)

(¡NO! ¡Va a ser gallina después de haber llegado a viejo!)

Ley para establecer un sistema de ahorro de luz solar “Daylight Saving Time”: LEY NUM. 243 DEL 30 DE AGOSTO DE 2000

Ley para derogar la ley 243 del 30 de agosto de 2001: Cambio de hora: LEY NUM. 5 DE 30 DE MARZO DE 2001

Pero también hay varias referencias excelentes que explican la justificación para el horario de verano (especialmente en lo que se refiere al ahorro en el consumo de energía, algo que, como lo hubiese dicho mi madre, “le llenó el ojo” a los legisladores) y por qué el horario de verano NO FUNCIONA EN LAS LATITUDES TROPICALES como la nuestra (AYUDITA: tiene que ver con cuán consecuente es la duración del día y la noche, precisamente en esas latitudes).

Historia del DST (Cortesía de la gente de National Geographic)

Justificación para el DST

Por último, hay una crítica bastante mordaz al “ingenio” de nuestros legisladores, de esas “lumbreras” que tuvieron la tan excelente idea… por aquí, que es camino.

Bueno, yo espero que con esto podamos aprender un poco sobre por qué no se puede jugar con las fuerzas de la naturaleza.

Y ahora sí, los dejo como lo prometí anoche. Recuerden, estamos de lleno en la Semana Santa, y aún cuando haya entre mis lectores quienes no manifiesten creer en el Ser Supremo (según el resto de nosotros lo entiende), no deja de ser momento para reflexionar hacia dónde queremos que vaya Puerto Rico. Cuídense mucho y recójanse a buen vivir, ¿OK? Nos vemos después de Semana Santa…

… o antes, de ser necesario.

LDB