Las uvas de la discordia… o la discordia de las uvas?

Saludos, mi gente.

Culmina otra Semana Santa que, a pesar de los pesares, pasó de manera relativamente tranquila en Puerto Rico.  Una tranquilidad relativa, sólo quebrada por el revuelo causado por las declaraciones emitidas el lunes pasado por el cantante Ricky Martin en torno a su orientación sexual.  Una “noticia” que aunque a muchos no nos sorprendió (y ustedes saben muy bien por qué lo expreso así, no se me hagan los inocentes), ha corrido por el mundo como las “infames” fotos de los médicos puertorriqueños en Haití (a los que la Junta de Licenciamiento y Disciplina les tiró la toalla un día antes de lo de Ricky, pero allá Juana con sus pollos…)  Y que ha servido de base para el destaque noticioso que muchos de nuestros políticos envidian—y del que siempre parece que están hambrientos como los lobos.

Francamente, yo no sé ni qué llevó a Ricky a “salirse del clóset”, ni creo que eso importe ya.  Pero si como él alega, esto lo hace sentirse libre… pues que sea libre y feliz, eso ya es asunto suyo y de nadie más.  Pero no es a esto a lo que voy—ya del tema se ha dicho suficiente.

Lo que quiero compartir con ustedes hoy es a algo que vi ayer mientras revisaba el boletín del sitio web Salon.com (y que creí pertinente añadir a Lo que me llama la atención).  Se trata de un artículo cuya autora, Jeanette DeMain, relata su experiencia en la búsqueda de comentarios sobre libros en Amazon.com, especialmente sobre las obras maestras de la literatura clásica y contemporánea.  La experiencia de DeMain es mixta: De un lado hay muchos comentarios acertados y excelentes; del otro lado,

"… están las reseñas que me atraen de forma algo masoquista, de ésas que le dan una puntuación de ‘una estrella’ a una obra que me ha conmovido de una manera que no puedo expresar o que ha influido en mí indeleblemente."

Seguidamente, DeMain cita varias de esas reseñas de “una estrella”, algunas de las cuales traduzco a continuación:

Sobre The Grapes of Wrath (Las uvas de la discordia) (John Steinbeck, 1939):

"Aunque he leído muchos libros malos, ninguno se puede comparar con esta obra trillada y maquinada.  Cada línea, cada palabra es deliberada y pretenciosa…  La gente ha llamado propaganda a este libro, pero eso ni siquiera es el comienzo.  En ningún otro lugar usted encontrará un diálogo tan empalagoso, ni un mensaje tan laborioso y falsamente profundo.  Pero recomiendo que todos lean este libro, sólo para gustar del tan absoluto mondongo que millones de personas son capaces de tragarse."

(¿Alguien podría dirigir al morón o morona que escribió eso a la página de Wikipedia sobre este libro, que de entrada menciona que tiene a su haber el Premio Pulitzer de 1940 y el Premio Nobel de Literatura de 1962—cosas que de seguro le serán ajenas—, y cuya versión cinematográfica de 1940 le valió a John Ford el Oscar/Academy Award al mejor director en 1941?)*

¿Qué tal Jane Eyre, (Charlotte Brontë, 1847)?

"Descripción interminable y sin sentido.  ¡¡¡DESCRIPCIÓN, DESCRIPCIÓN, DESCRIPCIÓN!!!  Todo el libro está escrito en metáforas estúpidas.  Los pocos sitios donde de veras hay algún diálogo aburren al lector hasta las lágrimas.  Honestamente, pienso que esto está marcado como un clásico porque es más viejo que la arena.  ¡Caray, yo creo que si yo garabateo algunas palabras en un pedazo de papel, será un clásico en 160 años!  Será lectura requerida en el tercer año de escuela superior, como este ‘cuento’ idiota.  Con su permiso, me voy a empezar mi obra maestra.  Estoy seguro que será mejor que esto."

(Y a esta persona, ¿tanto le molesta la prosa descriptiva?  De nuevo, que alguien dirija a este engendro a la página sobre Jane Eyre en el mataburros cibernético de récord.)

Ni siquiera se salvan del ataque inmisericorde los clásicos para niños, como Charlotte’s Web (E.B. White, 1952):

"Un libro absolutamente sin razón para leerse.  Yo no sentí nada hacia los personajes.  A mí en realidad no me importó que Wilbur [el cerdo] ganara el primer premio [en la feria agrícola].  ¿Y cómo rayos un cerdo y una araña se pueden hacer amigos?  No alcanzo a entenderlo.  La parte de atrás de una caja de cereal es más excitante que este libro.  Fui forzado a leerlo por lo menos cinco veces y lo encontré agotador.  Hasta cuando niño yo encontré que la trama era traída por los pelos.  Debido a este libro horrendo es que como salchichas cada mañana y le digo a mi papá que mate cada araña que veo.  Es un relato traumático que induce al coma y que ha cambiado mi vida para siempre.  En conclusión siento que nadie debería pasar por esa tortura y que este libro debe ser vetado de toda escuela, biblioteca y librería de la Vía Láctea."

Cualquiera diría que esta persona nunca tuvo infancia, o si la tuvo, nunca la disfrutó.  Como tal vez esta otra persona, a quien le dio con criticar así el libro, Where the Wild Things Are (Maurice Sendak, 1963):

"Con todas las reseñas—compré este libro para mi hijo.  Aunque aunque alguna de la gráfica del libro es muy buena, creo que el mensaje es totalmente equivocado.  Él [Max, el niño protagonista del relato] le contesta a su madre y creo que el mensaje para los niños es totalmente equivocado.  Ahorre su dinero—hay muchísimos otros libros que envían un mensaje positivo."

¡Quién sabe y a lo mejor esta misma persona habrá boicoteado la versión semianimada para el cine que se hizo el año pasado (dir. Spike Jonze, 2009)!  Y qué interesante que su preocupación sea el “mal ejemplo” de Max al retar la autoridad de su mamá (aun por más justificada que sea esa preocupación, valga aclararlo) y la necesidad de sustituir ese tipo de mensaje con mensajes “positivos”… ¡aunque habría que ver qué significa eso para esta persona!

Por último, y para no abrumarlos tanto como a mí (y nada más de hacer todas estas traducciones, ya me siento drenado emocionalmente… de veras), veamos esta lumbrera de reseña sobre Nineteen Eighty-four (George Orwell [seudónimo de Eric Arthur Blair], 1949):

"Al principio sí me gustó el libro.  Entonces, comenzó a ponerse porquería para cuando Winston [Smith, el personaje principal] estaba envolviéndose sexualmente con su amiguita.  Odié tanto el libro que hasta se me olvidó el nombre de ella.  Las primeras cien páginas más o menos me gustaron, entonces se puso realmente aburrido.  Así que yo recomiendo muchísimo que NO LEAN ESTE LIBRO.  Y por favor, por amor a Dios no lean ese libro de ‘Un Nuevo Mundo Feliz’ por Hoxley.  Es el doble de peor que 1984.  Francamente, NO LEAN NADA DE GEORGE ORWELL.  Están perdiendo su tiempo."

Francamente, parece que esta persona perdió su tiempo en la escuela, a juzgar por los errores y horrores en su comentario (incluido el error en el nombre del autor de Brave New World, Aldous Huxley) y por su falta de un argumento sólido y contundente.  Y entonces, ¿esta persona va a boicotear un libro como 1984 porque lo encontró aburrido?

Y parece que esta persona no es la única, ya que más adelante, DeMain cita una reseña sobre el libro, The Diary of a Young Girl (Annelies Marie “Anne” Frank, 1947), que se reduce a lo siguiente:

"No me gustó este libro porque era muy aburrido.  Eso es todo lo que hay que decir.  Era muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy aburrido.  Si usted tiene que leer este libro, péguese un tiro antes."

A esta persona yo le diría, “¡Después de usted!”

DeMain pasa entonces a cuestionarse qué clase de persona escribe este tipo de “análisis” (que yo no dignificaría mediante el uso de esa palabra, pero ya para qué):

"En realidad tengo que preguntarme quiénes son estos tipos.  ¿Serán estudiantes disgustados?  ¿’Trolls’?  ¿Descontentos que no tienen nada que hacer?  ¿Creen ellos que están luchando contra molinos de viento y nadando valientemente contra la marea del conformismo al advertirle a otros que no lean libros universalmente reconocidos como clásicos?  (En cuyo caso yo les podría recomendar que leyeran el ‘Don Quijote’ de Cervantes, pero entonces me daría miedo ver las reseñas.)"

Sea como sea, el caso es que tras leer este artículo de Jeanette DeMain me quedé bastante sorprendido con la profundidad de la ignorancia que demuestran algunas personas.  Parecería como si ellos hubieran pasado por la escuela, pero la escuela nunca pasó por ellos.  ¿Será que “el sistema” educativo les falló?  Yo no lo creo, aunque últimamente la calidad de la enseñanza en los planteles escolares estadounidenses parece estar en descenso.  Tal vez estas personas fallaron al no aprovechar las oportunidades que se les dieron—dentro de las limitaciones propias del sistema—para expandir sus horizontes, y se convirtieron en máquinas, en seres sin sensibilidad para con el mundo que los rodea (como el “come salchichas” al que le importa poco si el cerdo Wilbur gana el premio de la feria o al final lo hacen tocineta—o panceta, como la llaman en otros países hispanos).  Seres a los que tal vez les da miedo (¿pánico?) la libertad de pensamiento… o que tal vez no reconocen su responsabilidad, con otros y consigo mismos.

(Me pregunto si alguno de ellos está infiltrado en nuestro gobierno o en nuestra legislatura…  ¡Eso sí que da mucho miedo!)

¡Y vamos a dejarlo ahí, que ya esta entrada se puso muy larga y no quiero que me digan que estuvo muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy aburrida!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.

(* Academy Award(s)® © The Academy of Motion Picture Arts and Sciences.  All Rights Reserved.)

LDB

El espectaculo mas grande del mundo… o por lo menos, de Puerto Rico

¡Hola, mi gente!

Tal vez les sorprenda que lo que voy a tratar hoy venga con un atraso pequeñito… OK, tienen mucha razón, yo no llamaría a una semana un “atraso pequeñito”.  Pero por lo pronto, síganme en esto.

Hace exactamente una semana, en la edición dominical de El Nuevo Día, leí un artículo que me llamó mucho la atención, porque retrata de manera breve pero precisa un fenómeno propio de la cultura política en general—no digo yo puertorriqueña únicamente.  Se trata de la afición de las clases políticas—se llamen PNP, PPD, PIP o como se llamen—de distraer la atención de los graves problemas que se viven en el país hacia lo que me parecen más bien “nimiedades”.  (Yo preferiría algo más fuerte como “estupideces”, porque lo son, pero vamos a dejarlo así.)  En el artículo se compara la situación puertorriqueña con la trama de la película de Barry Levinson, Wag the Dog (1997) (estelarizada por Dustin Hoffman y Robert De Niro), en la que un relacionista público y un productor de Hollywood hacen un junte para “fabricar” una guerra en Europa, a fin de distraer la atención del pueblo estadounidense de un escándalo sexual en el que está implicado el presidente de “la gran nación americana”.  (Por supuesto, si alguna vez en Puerto Rico se pudo “fabricar” con éxito un candidato político, “fabricar” una guerra en Estados Unidos no debe ser muy difícil…)

(Ah, y cualquier parecido entre esa película y la escandalosa situación en la que estaba involucrado un conocido presidente estadounidense—¿he mencionado nombre yooooooooo?—justo para la fecha en la que estrenó esa película… pues, una de esas “casualidades de la vida”…)

Y aun si éste no fuese el mismo caso, cualquiera diría que los puertorriqueños estamos en medio de un gran espectáculo, un circo de tres pistas en el que acróbatas, trapecistas, temerarios traga espadas, payasos y un montón de animales, hacen lo indecible por distraernos de los problemas y situaciones de la vida diaria (situaciones que en gran medida, han sido provocadas por muchas de estas “estrellas”).  Basten tal vez algunos botones de muestra:

  1. En una de las tres pistas, vemos un partido político cuyo liderazgo se empeña principalmente en adquirir el poder por el poder mismo, enfrascado en una trifulca por ver quién es el líder más poderoso, “el más hombre entre los hombres”, el que no acepta ser plato de segunda mesa.
  2. En otra pista está un partido político eternamente caracterizado—y hasta paralizado—por su ambivalencia, enfrascado en la búsqueda de una razón de ser, dividido a causa de su ambivalencia entre los que quieren creerse su propia mitología, aun cuando las realidades les golpean severamente en la cara, y los que aspiran a inventar una nueva realidad que—a su modo de ver—les permita crecer y prosperar.
  3. Y en la tercera pista, un partido político que perdió su rumbo mucho tiempo atrás, que alguna vez fue una fuerza política con algún grado de respeto, y que luego de los golpes que la vida le propinó ha quedado reducido a un ente que no es ni la sombra de lo que fue en sus mejores momentos, y que se conforma con depender de ayudas económicas para sobrevivir.

Y todo esto, a la vista de mucha gente buena que milita en estos partidos políticos (y gústele a quien le guste, la hay, y me enorgullece contar con esta clase de gente entre mis amistades—tal vez pocas, pero valiosas), y que siente vergüenza ajena cuando ven los espectáculos vergonzosos a los que se prestan sus supuestos líderes.

A mí, lo que me queda de esto es preguntarme: ¿qué propósito puede tener una clase política para conducirse de esta manera?  ¿Será para pregonar su estupidez a los cuatro vientos?  ¿Será simplemente porque les gusta que hablen de ellos—bien o mal, pero que hablen?  ¿Será que en realidad no saben cómo manejar una situación tan delicada como la que se vive hoy en día, con una delincuencia sin freno, con una crisis económica acentuada por los recientes despidos en el gobierno (y los que faltan… ¡huy!), con una infraestructura que sin el mantenimiento adecuado puede causar una crisis de proporciones graves?

¿Será que a nuestros líderes políticos, nada de eso les importa?  No sé, pero yo creo que debería importarles alguna vez… y espero que eso no sea cuando tengamos que enfrentar las consecuencias de la falta de responsabilidad, y entonces sea tarde para hacer algo.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.


P.S.  Lógicamente, no puedo pasar por alto lo ocurrido el sábado 27 de febrero de 2010 a las 03:34 UTC –03:00 en el sudoeste de Chile (o si lo quieren en hora de Puerto Rico, 02:34 UTC –04:00), cuando un terremoto de magnitud de 8.8 se dejó sentir frente a la costa de Maule, a 200 millas (325 kilómetros) al sudoeste de Santiago de Chile.  (Vea el resumen del evento según la información levantada por el Inventario Geológico del Departamento de lo Interior de los Estados Unidos, USGS, en sus versiones en español y en inglés.)  Al momento en el que escribo esto, se siguen viendo en los medios de prensa las imágenes de la devastación que dejó este terremoto, del que se ha dicho que fue cientos de veces más poderoso que el terremoto del 12 de enero pasado en Haití (con una magnitud de 7.0).  Sin embargo, hay quien dice que el saldo mortal del evento de Chile (alrededor de 500 muertos al momento en que escribo esto) podría ser menor que el de Haití (que ya debe ir por el medio millón) y que en el caso de Chile, sus habitantes estuvieron un tanto mejor preparados que los de Haití—por no hablar de las construcciones y la infraestructura.  Yo no creo que las cosas sean tan malas como para pensar que el mundo se esté acabando (o que vaya a acabarse dentro de un par de años, como algunos alarmistas y charlatanes insisten en decir a cada rato).  Pero experiencias como éstas nos deben llevar a reflexionar en lo frágil que es la vida, en que todo lo que nos ha tomado toda una vida construir puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.  Tal vez desgracias como ésta nos sirvan de lección para apreciar lo que tenemos, lo que en verdad vale, que es la vida.  No hay otra alternativa.  Mientras tanto, desde aquí va mi apoyo y solidaridad con las víctimas del terremoto de Chile, y mis mejores deseos de que puedan superar esta crisis.  ¡Que así sea, mi gente!


LDB

Fue un momento de locura

¡Saludos, mi gente!

Para cuando estén leyendo esto, los ríos de tinta (y también de unos y ceros—después de todo, ésta es la era digital, ¿no?) habrán corrido en lo que se refiere al escándalo surgido desde que el jueves pasado se divulgó la existencia de una serie de 1179 fotos de médicos boricuas que fueron en misión humanitaria a socorrer a las víctimas del terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití y dieron la impresión de no conducirse como profesionales.  Fotos que a muchos nos hicieron recordar las que varios de los soldados estadounidenses se hicieron tomar en la nefasta cárcel de Abu Grahib , con el fin de mostrar “quién es el que manda” en Irak.  (Y en ese caso, sigo pensando que por mayor que sea nuestra ira contra los confinados de esa cárcel—y hasta los que están todavía en la base de Bahía Guantánamo en Cuba—por ayudar a poner al mundo en el estado de inseguridad que se vive hoy en día, nada… NADA nos da el derecho a humillar a ningún ser humano.  Nos guste o no, así no es que se supone que sean las reglas de juego, sobre todo en el tenso ambiente de nuestros días.)

(Por supuesto, la mención de Abu Grahib me trae a la mente el libro del Dr. Phil Zimbardo que llevo leyendo desde que escribí Cuando la hormiga se quiere perder—y que todavía no encuentro el tiempo para seguirlo leyendo, pero no se apuren, ya aparecerá ese tiempo…)

Fotos que uno de los miembros del equipo médico enviado por el Senado de Puerto Rico tras el terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití colocó en su página en Facebook, sin pensar ni medir en el momento las consecuencias que hoy en día le están trayendo.  (Consecuencias que al día en el que escribo, él apenas está empezando a ponderar… ¡pero ya es muy tarde para eso!)

Fotos que salen a la luz al pública al ser encontradas por la periodista de MegaTV, Dianne Cabán Arce, aunque haya quien pueda poner en tela de juicio los motivos para su divulgación.  ¿Será porque la periodista en cuestión tuvo el “atrevimiento” de modelar en bikini para el desaparecido programa de TV, “No te Duermas” (aunque habría que ver el efecto que ello ha tenido en su credibilidad como periodista desde entonces)?  ¿Será porque ella aparentemente estuvo envuelta románticamente con uno de los médicos que estuvo en la delegación y que sale en las fotos?  ¿Será éste otro ejemplo de la furia de la mujer despechada?*

(Y para colmo de males, parece que ella “pisó algunos callos” con la divulgación de las fotos, en tanto algunos de los implicados han estado haciendo amenazas en su contra, las cuales se ha pedido que se investiguen lo antes posible.  Pero así es la vida…)

Fotos que pintan un cuadro de insensibilidad ante el dolor ajeno, que pintan a unos médicos que parece que no tomaron en serio la labor humanitaria a la que fueron, que aparecen retratados en la vestimenta propia de su oficio mientras sostienen en sus manos vasos de bebidas alcohólicas, que se sonríen mientras sujetan una extremidad de un paciente en una mano y en la otra una segueta—con la que se presume que habrán de amputar la extremidad afectada—, que se lucen sujetando rifles, fusiles, carabinas, como para “demostrar” quién es el matón del corillo—y peor aún, con la presunta complacencia y complicidad de soldados a los que no parece importarle su deber con la misma institución que les brinda ese mismo uniforme.  (Y aunque yo tampoco estoy muy de acuerdo que digamos con la existencia de la guerra en este mundo nuestro, aun la institución que la promueve merece que quienes la integran le tengan la debida deferencia… pero ésa es sólo mi opinión.)

(Por no hablar de aquellas fotos en las que se retrata a los pacientes en situaciones poco dignas, como la paciente a la que sólo han dejado en la blusa con la que fue llevada a atender, más una gasa para cubrir sus partes íntimas… ¡y que a nadie se le ocurra hacer algo así en Puerto Rico o Estados Unidos con estas leyes de privacidad que existen actualmente!)

Por supuesto, si a mí me dicen que estas fotos responden a que los médicos en cuestión estaban buscando descargar las tensiones propias de tener que lidiar con la miseria, el sufrimiento y el dolor de los haitianos afectados por un fenómeno natural que casi los deja sin país—algo que por su parte debe alertarnos a nosotros y a los dominicanos para que no nos ocurra lo mismo—, tal vez yo lo podría entender.  Lo malo es que esas fotos han dejado un mal sabor, una mala impresión que ha dado la vuelta al mundo (y si aún no lo creen, hagan una búsqueda en Google con los términos, “Médicos+Puerto+Rico+Haiti”, a ver lo que resulta), que pone a estos médicos a la altura de los soldados burlones de Abu Grahib, en tanto crea la impresión de que estos médicos fueron a hacerles un favor a los haitianos, sin un compromiso real de mitigar su sufrimiento, sin el más mínimo asomo de compasión por las víctimas de esta catástrofe de la naturaleza.

A menos que me vengan a decir algo así como, “Oops!  Lo siento mucho, todo fue un momento de locura…”

Definitivamente, jamás yo me iba a imaginar que la falta de un buen sentido de responsabilidad—individual y colectiva—trajera las consecuencias que nos ha traído esta desagradable situación.  Pero ahí están esas consecuencias, y yo espero que esto nos sirva como un momento de aprendizaje, tanto a quienes lucen la insignia de la irresponsabilidad, como a nosotros, los espectadores de este bochornoso espectáculo.

Y ya, eso era.  Vamos a dejarlo ahí.  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.


* Por si se me olvida decirles a qué me refiero…

“Heaven has no rage like love to hatred turned
Nor hell a fury like a woman scorned.”

"The Mourning Bride" (1697), por William Congreve (poeta y dramaturgo inglés, 1670–1729).  (FUENTE:  The New Dictionary of Cultural Literacy, Third Edition.  Edited by E.D. Hirsch, Jr., Joseph F. Kett, and James Trefil.  © 2002 Houghton Mifflin Company.  Published by Houghton Mifflin Company.  All rights reserved.)

O sea: “No hay ira en el cielo como la del amor que se volvió odio, ni furia en el infierno como la de una mujer despechada.”


LDB

Justicia… para quien?

OK, mi gente, ¿en qué nos quedamos antes del terremoto en Haití?

Tal vez no en mucho que se pueda decir.  Comienza un año nuevo que promete ser un poco más difícil que el anterior, a pesar de lo que los personajes políticos que nos gastamos quieran decir o hacer para hacernos creer lo contrario.  Antes del tremendo sacudión que hace 15 días viró los ojos del mundo hacia Haití (luego de haber dejado a ese país y su gente a su suerte—como suele suceder), en Puerto Rico tuvimos un sacudión bastante fuerte, con la pérdida de alrededor de 2000 servidores públicos adicionales—o sea, adicionales a los cerca de 17000 previamente despedidos en el marco de la "recuperación económica y fiscal" pretendida por el gobierno estatal.  Por supuesto, mi lugar de trabajo—y por favor, deténganme si he utilizado alguna vez este cliché en mi blog—no ha sido la excepción.  Y ciertamente, aunque me insistan que no debo sentirme culpable por quedarme en mi empleo mientras otr@s compañer@s se quedan en la calle, no dejo de sentir que he entrado a un mundo extraño y diferente, en el que las personas por lo demás buenas y talentosas con las que yo contaba ya no estarán ahí.  Pero ya sea que me guste o que no, tendré que acostumbrarme a ello.  Es ley de la vida.

Pero bueno, eso no es lo que me trae hoy aquí.  Lo que me trae es el furor que se ha causado con la firma de una nueva ley en Puerto Rico, mediante la cual la gente de los residenciales públicos (yo estoy más acostumbrado a decir "caseríos", pero vamos a dejarlo en ésa) sería beneficiada en su consumo de agua y electricidad (los utilities, en lenguaje que lo puedan entender algunas personas que presumen de entender) por medio del pago de una tarifa fija por el consumo de esos servicios.  Tan sólo la mención de esa idea ha sido suficiente como para iniciar un debate sobre si con la firma de esa ley se le está haciendo "justicia" a los residentes de los residenciales públicos—los que en ánimo de aclarar insisto que son, en su gran mayoría, gente buena, humilde y trabajadora, que no tiene la culpa de los problemas de violencia y trasiego de drogas (entre otros) con los que se suele asociar a los caseríos—o si se les está beneficiando a costa de la clase media (la misma que por estar siempre en medio está "como el jamón del sandwich").

Francamente, no me siento hoy en el ánimo de repetir lo que se ha estado diciendo de una y otra parte sobre ese asunto, especialmente el repetido argumento de que la medida abre el camino para que los residentes del caserío puedan consumir agua y electricidad a manos llenas—por ejemplo, con varios acondicionadores de aire en una sola unidad de vivienda, o mediante el establecimiento de lavados de autos (en buen español puertorriqueño, un car wash)—, mientras que el resto de nosotros tiene que subsidiar ese gasto excesivo a través del pago de tarifas altas de uno u otro servicio.  Sin embargo, hay algunas cosas que me llaman la atención sobre esto.  Por ejemplo, ¿cuál puede ser la intención del liderato político boricua con una dádiva como ésta?  Tal vez asegurarse desde ya de que tiene una base de apoyo segura para las elecciones generales de 2012, entre un sector de bajos ingresos de nuestra sociedad.  Pero si eso es así, ¿por qué particularizar la dádiva con los residentes de los caseríos?  ¿Son ellos los únicos pobres que existen en Puerto Rico—por no decir “en el mundo”?  (Y probablemente a muchos de nuestros políticos no les interese saber que existe un mundo allá afuera… ¡allá Juana con sus pollos!)

Es más, ¿qué hay de aquella gente pobre que reside en los pueblos de la ruralía?  Gente a la que probablemente no ha llegado un atisbo de progreso, que vive en la mayor pobreza.  Gente que tal vez no cuenta con los mismos servicios básicos con los que cuenta el resto de nosotros, y que tiene que atender sus necesidades más apremiantes a duras penas.  Tal vez mucha de esa gente tiene que ir al río a buscar agua para cocinar o para el aseo (como mis abuelas materna y paterna hicieron en su momento—y aunque no lo parezca, mis raíces siguen estando en los campos de mi querida tierra).  Y tal vez mucha de esa gente se ilumina por las noches con un quinqué (una lámpara de vidrio), y a falta de un entretenimiento como la televisión o la radio (a menos que la generosidad de alguien con más recursos le permita tener un radio a baterías con el cual escuchar lo que los demás dicen o la música “de enantej”), pasan la noche contemplando las estrellas (si las nubes de lluvia o la bruma o las cenizas volcánicas del Caribe las dejan ver), contando cuentos, recordando tiempos más felices…

Y yo me pregunto: ¿Esa gente estará alguna vez en el radar de los vividores políticos de mi país?  ¿O serán apenas un eco imperceptible, que no vale la pena registrar (excepto para buscar votos)?

Tal vez a nuestros políticos les sea más fácil y conveniente manejar a su antojo a los residentes de los caseríos, a los que hacen cada vez más dependientes de las dádivas—especialmente aquéllas que se sufragan con lo que aportan los taxpayers estadounidenses.  Pero en ello, a nuestros políticos se les olvida convenientemente que hay consecuencias, como el desarrollo de actitudes tales como indolencia, complacencia, falta de un sentido de responsabilidad, para consigo mismos y para con la sociedad que los rodea.

(Ésta es una de esas veces que me alegra que “consecuencias” y “responsabilidad”—en todas sus formas—sean de las etiquetas que yo utilizo en este blog con más frecuencia.  Y en este caso, el tema lo amerita.  Y por eso están ennegrecidas en el párrafo anterior.)

En fin, que habrá que ver si los pronósticos se cumplen y si el resultado de esta maniobra le sirve de ganancia para quienes la propulsan.  Mientras tanto, a todas aquellas personas que al entrar la década de 2010 carecen de lo básico, de lo esencial para vivir con decoro y dignidad—y eso último es más de lo que puede decirse de los vividores de la política puertorriqueña—, pues, que nunca pierdan la esperanza…

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.

LDB

Y ya empezamos mal

¡Hola, mi gente!  ¿Cómo estuvieron esas Navidades, ah?

Les doy la bienvenida a un nuevo año—y si lo seguimos donde lo dejamos la vez pasada, a una nueva década—en el que seguiremos arrastrando los mismos problemas de siempre, aunque también puede que surjan nuevos problemas (y quién sabe si son éstos son hasta peores).  Es más, pensemos por un momento: A esta fecha hace 10 años, ¿quién iba a imaginar que de la noche a la mañana, el mundo iba a “perder su inocencia” porque a uno o varios grupos de fanáticos religiosos se le ocurriera implantar su agenda de opresión, muerte y destrucción?  ¿Quién podía pensar entonces que esa situación se habría de prestar para el oportunismo de unos líderes que perseguían su lucro y la satisfacción de sus propios intereses, y cuyas torpes acciones no han ayudado a devolver a su país y a l mundo la tranquilidad, la paz y el sosiego?  Y en lo que a Puerto Rico se refiere, ¿quién podía imaginar entonces que los juegos del poder llegarían a un punto en el que el figureo y la falta de prudencia causaran estragos, y que se tomarían decisiones carentes de sensibilidad, en aras de una “recuperación y estabilización fiscal” que aún deja algunas dudas?

De todo eso habrá oportunidad para conversar durante el año que acaba de comenzar—y ciertamente yo pienso seguir siendo parte de esa conversación hasta que no pueda más (pero no se preocupen, que aún falta tiempo para eso).  Sin embargo, en este momento tengo que unir mi voz a las muchas voces que han expresado su sentir por la tragedia del pasado martes 12 de enero de 2010 en Haití, a eso de las 16:53:10 UTC –05:00, cuando un terremoto de magnitud 7.0 sacudió la capital de la nación más pobre en el hemisferio occidental.  (El Inventario Geológico adscrito al Departamento de lo Interior estadounidense ya tiene un informe preliminar sobre el terremoto de Haití; versiones en inglés y en español.)  Una tragedia de la que se espera un alto saldo de muertos (que mientras escribo se dice que puede llegar a—por lo menos—unos 50000, o hasta a 100000, y quién sabe si hasta más que esa cantidad…), que seguirá aumentando según disminuyan las posibilidades de encontrar sobrevivientes bajo los escombros.  Muertos que ya están llenando las calles, porque no pueden encontrarles ni espacio en los cementerios.  (Y según estuve viendo hace un par de horas por NBC, en algunos casos ha habido que llegar al extremo de incinerar los cadáveres, a falta de un espacio donde sepultarlos con alguna semblanza de dignidad.)

¿Y qué hay de quienes han tenido “la suerte” de sobrevivir?  Cargarán por el resto de sus vidas con las cruces del dolor, de la desesperación, de la angustia.  Muchos de ellos llevarán cicatrices físicas, heridas profundas en el cuerpo.  Algunos (y francamente, yo espero que no sean muchos) quedarán tan mal heridos que habrá que arrebatarles los miembros corporales gravemente destrozados.  Y muchos más llevarán cicatrices emocionales, heridas muy profundas en el alma.  Malos recuerdos que los perseguirán por el resto de sus vidas, hasta que ya no puedan huir y caigan vencidos, heridos de muerte, de muerte espiritual y hasta física.

Un golpe más para un pueblo que ha luchado por ser próspero y feliz, y que no se merece que la vida le siga pagando así.  Un golpe que se suma a los golpes que recibe cada año durante la temporada de tormentas y huracanes del Atlántico norte, cuando las tormentas o huracanes de las que nos libramos—porque diz que “somos bendecidos”, como dicen algunos que creen que Dios es una sartén a la que pueden tomar por el mango—se ensañan en su contra.  Un golpe que se suma a los golpes de los que ha sido objeto a través de su historia, cuando la codicia y la soberbia del poder le ha despojado de sus bienes y de su dignidad.

Así que por supuesto, es ahora cuando empieza el esfuerzo para ayudar a las víctimas del terremoto en Haití.  Es ahora cuando los demás países del mundo empiezan el ejercicio de demostrar que se preocupan por hacer llegar a la fuertemente afectada capital, Port-au-Prince, los frutos de la caridad y el desprendimiento de sus ciudadanos.  Y la tarea que le espera a quienes realizarán este esfuerzo, a mí me parece que va a ser titánica.  Va a ser la reconstrucción de un país devastado por un fenómeno natural.  Y eso (¡obviamente!) no se va a lograr de la noche a la mañana.  Va a requerir un compromiso que dure mucho tiempo, y que además trascienda la reconstrucción del país y la ayude a encaminarse por la vía de los países prósperos, estables y seguros.

Y la pregunta que me hago es: ¿Estará dispuesto el mundo a hacer ese compromiso con Haití, o ese país quedará a su suerte una vez las cosas vuelvan a su “normalidad”, como siempre le ha ocurrido?  Ya veremos lo que ocurra.  Mientras tanto, vaya desde aquí mi pena y mi solidaridad con el pueblo haitiano, y mis mejores deseos de que puedan sobrevivir a esta lamentable tragedia con la que empezaron el 2010, y de que puedan salir fortalecidos y con fe de que pueden concretar sus aspiraciones de paz, libertad y prosperidad.

Y ya que así fue como empezó el 2010… ¡vamos a dejar ese comienzo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.

LDB