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¿A dónde fue a parar la Navidad?

Una cosa que nunca seré capaz de entender, mientras viva, es por qué alguien se ensañaría contra un niño o una niña.  Por qué hay quien tiene tan poco corazón como para privar de la vida a un ser humano que apenas está empezando a recorrer su camino.  Ya hemos visto eso en varias ocasiones en este blog, y me temo que mientras no haya un propósito de corregir las causas que llevan a ese tipo de situación, seguiremos viendo cosas como esa.

Mapa de Connecticut, EE.UU.A. La tachuela roja indica la ubicación de la villa de Sandy Hook.
Mapa de Connecticut, EE.UU.A. La tachuela roja indica la ubicación de la villa de Sandy Hook.
Vista aérea de Sandy Hook, en el suroeste del estado de Connecticut, EE.UU.A.
Vista aérea de Sandy Hook, en el suroeste del estado de Connecticut, EE.UU.A.

Esta vez le tocó a Sandy Hook, un villorrio dentro del municipio de Newtown, en el sudoeste del estado de Connecticut, que desde hace dos días (el 14 de diciembre de 2012) vive en lo más íntimo de su ser el impacto de ese sinsentido.  (Como tal vez lo estén sintiendo mis primos que viven al sudeste de la capital estatal, Hartford.)  Tal vez como lo que se vivió en Littleton, Colorado, cuando en 1998 dos jóvenes desquiciados la emprendieron a plomo y fuego contra sus compañeros de la escuela secundaria Columbine, antes de matarse ellos mismos.  O como cuando años más tarde un universitario, también desquiciado, mató a 32 estudiantes universitarios en la Universidad Tecnológica de Virginia, para entonces matarse antes que ser capturado por las autoridades.  Pero lo que hace esto más doloroso es que se trata de otro tipo de estudiante: niños en edad de escuela elemental o primaria.  Veinte niños y niñas entre las edades de 6 y 7 años.  Doce niñitas y ocho varoncitos.  Veinte vidas que apenas empezaban a dar sus primeros pasos.  Veinte vidas que seguramente esperaban ansiosas por ver sus regalos de Navidad.  Veinte vidas que no disfrutarán de esta Navidad.  Ni de ninguna otra.

Junto con esas 20 vidas infantiles tronchadas, también se van las de seis mujeres, maestras, administradoras, consejeras, en alguna manera relacionadas con el plantel objeto de la ira asesina.  Mujeres que dedicaron sus vidas a educar a esas vidas nuevas.  Mujeres para quienes esos niños fueron su razón de ser, ese impulso que las hacía levantarse por la mañana para ir a su trabajo, sin quejarse de la vida que eligieron vivir, de la carrera que eligieron ejercer contra vientos y mareas.  Mujeres que vinieron a este mundo a servir, sin importar las consecuencias que ello les pudiera acarrear.  Y eso fue lo que hicieron.  Especialmente la maestra hispana (¿puertorriqueña, tal vez?) de apenas 27 años de edad, que escondió a sus estudiantes en un armario del salón de clase para poderlos proteger, para acabar perdiendo su vida a manos del desquiciado.

Y sí, como en los otros antecedentes que mencioné, también se fue la vida del aparente asesino, quien al ver sus opciones acabarse según se acercaban las autoridades al plantel—el mismo al que tuvo que ganar acceso por la fuerza, al hacérselo difícil el aparato de seguridad montado allí—, prefirió la solución fácil a tener que responder por su crimen.  Pero no sin antes haber asesinado a su propia madre de varios disparos a la cabeza… con un arma de fuego de varias que ella poseía.  Y vaya si da la casualidad de que la madre de su propio asesino era una entusiasta de las armas de fuego.

Pero entonces, ¿para qué querría ella tener un rifle de asalto, dos pistolas semiautomáticas y una escopeta?  (Y por favor, no me vengan a decir que las tenía para cazar venados u osos grises—personalmente, yo no creo que esos animales sean tan tontos como para dejarse cazar así.)  Y siendo el caso que su hijo era considerado como una persona con deficiencia en su desarrollo emocional (en realidad se dice que el joven padecía cierta clase de autismo), ese era el clásico accidente que esperaba por ocurrir.  Y se quisiera o no, ocurrió.

La verdad es que esta noticia es como para crearle a un@ una tormenta emocional.  Hay muchas cosas que pudieron haber llevado a un desenlace así de terrible—y mientras escribo esto (el 16 de diciembre de 2012, pasadas las 22:30 UTC –04:00), todavía hay más preguntas que respuestas.

Pero entre esas preguntas para las que debería haber una contestación, creo que sigue estando el por qué ese ensañamiento contra la niñez.  ¿Qué pudieron haberle hecho los niños de tan temprana edad al joven asesino?  A mí se me ocurre pensar que tal vez él los observaría y pensaría que ellos tendrían en su futuro mejores oportunidades que las que él tuvo durante esa misma etapa de la vida.  Que tal vez él se sentiría desdichado, pensando que la vida de esos niños y niñas era más feliz que la de él, a la que tal vez vería como un calvario.  Como una prisión de la que él trataba de salir sin éxito.  Una prisión en la que los muros y los barrotes eran de su propia construcción.  O tal vez él se sentía como la víctima de una “injusticia” percibida, en la cual otros podían ser felices en la vida y él no.  Y él tenía que “castigar” esa injusticia, hacer que el resto del mundo pagara su supuesta culpa.

Yo me imagino que no sería un caso muy diferente de aquellos que he mencionado en todos los años que llevo con este blog.  No muy diferente del caso de Paola Nicole, o del incidente en la escuela de los amitas en Lancaster, Pennsylvania, o la “madre” que asesinó a sus dos hijos (niña de 3 años, varón de apenas un añito) luego de una discusión con su compañero y quiso despistar a las autoridades hiriéndose e incendiando su vivienda (por si no tienen idea de por qué “madre” entre comillas).  Niñ@s que perdieron sus tiernas vidas a manos de gente sin corazón, sin alma.  Y mejor no sigo citando más ejemplos.

Así que por lo pronto, habrá que esperar por lo que arroje la investigación de las autoridades.  Pero para mí una cosa sí es segura: en más de un sentido, el trágico tiroteo en la escuela elemental de Sandy Hook, Connecticut, representa la pérdida de la inocencia, tanto la de los niños, como la de toda una comunidad.

Y con mucha pena por esta pérdida irremediable, especialmente en plena época navideña, lo dejamos ahí.  Hasta la próxima.

LDB

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¿Qué es, que acaso no podemos llevarnos bien?

With his family by his side, Barack Obama is s...
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Como prácticamente todo el mundo, miro de cerca la actual discusión entre los poderes ejecutivo y legislativo estadounidenses sobre el presupuesto de gastos del gobierno federal para el año fiscal 2012, que debe iniciarse el 1 de octubre de 2011.  La misma que se ha caracterizado por la discusión de si se eleva el límite de la deuda pública estadounidense para evitar incumplir con los pagos de sus obligaciones fiscales.  Y como a prácticamente todo el mundo, me tiene que preocupar que se acerque la fecha del 2 de agosto de 2011 (pasado mañana al momento de escribir esta entrada)—la fecha que se entiende que más allá de la misma, el gobierno de Estados Unidos estaría incumpliendo con sus obligaciones fiscales, si no se atiende esta situación—sin un acuerdo que permita atajar la crisis inminente.

¿A qué se debe esto realmente (si me permiten salirme un poco de la línea en la que quiero llevar esta entrada)?  Se trata de algo así como lo que dice un reportaje de CNN-Money (noten en particular los dos párrafos en el medio de la cita):

¿Qué es exactamente el límite de la deuda?  Es un límite establecido por el Congreso (estadounidense) a la cantidad de dinero que el gobierno federal puede tomar prestado legalmente.  La limitación aplica a la deuda contraída con el público (es decir, con cualquiera que compra bonos de los Estados Unidos), más la deuda contraída con los fondos en fideicomiso del gobierno federal como aquéllos para el Seguro Social y el Medicare.

[…]

¿Cuán alto es el límite de la deuda ahora mismo?  El límite está establecido actualmente en 14 millones 294 mil millones de dólares (US$14_294 trillones).  La deuda acumulada nacional llegó a esa marca la mañana del 16 de mayo (de 2011).

“Pero al tomar medidas extraordinarias como suspender las inversiones en fondos de retiro federal, (el Secretario Federal de Hacienda, Timothy) Geithner podrá bajar la deuda total lo suficiente como para permitirle al gobierno tomar prestado hasta el 2 de agosto (de 2011).

[…]

¿Qué pasa si el Congreso (estadounidense) rebasa el límite de la deuda?

La Hacienda Federal no tendría la autoridad para tomar prestado más dinero.  Y eso puede ser un problema, ya que el gobierno federal toma prestado para compensar la diferencia entre lo que gasta y lo que recibe.  (El gobierno federal) utiliza ese dinero prestado para ayudar a sufragar (sus) operaciones y pagarle a sus acreedores.”

(Adaptado de: ‘U.S. Hits Debt Ceiling: Why It Matters’, CNN Money, 17 de mayo de 2011.  Y sí, la traducción es mía.)

Es más, yo creo que no voy ni a entrar a discutir las consecuencias de que el gobierno estadounidense se quede, como decimos en Puerto Rico, “más pela’o que la rodilla de un cabro” para poder pagar sus deudas y demás compromisos.  De hecho, Prometeo enumera varias de esas consecuencias en su blog, así que como decía el finado Raúl Vale, “eso se los dejo de asignación”.  (O si quieren, se hacen una búsqueda en Google con los términos “u.s.”, “debt” y “ceiling” y después hablamos.)  Pero a lo que sí quiero ir es a la manera en la que se ha estado manejando toda esta controversia.  Más bien, me recuerda al toma y dame que nos llevó (a mí y a unos 95000 servidores públicos más) a enfrentar un cierre del gobierno estatal en el 2006, y que se debió principalmente a que se dejó un asunto de tan grave importancia en manos de un “gobierno compartido” compuesto por gente que no estuvo, ni está (y creo que NUNCA lo estará) capacitada para manejarlo, para darle la importancia que se merece ese asunto.

(Y aunque suene exagerado, entre otras cosas se teme un cierre del gobierno federal en el caso que nos ocupa.)

Y lo malo de esto es que la gente que está manejando ese asunto mientras escribo esto—o sea, el presidente Barack H. Obama y los líderes legislativos estadounidenses—están divididos en cuanto a quién debe cargar con la responsabilidad de ayudar a mantener el crédito gubernamental flotante: si los pobres y los segmentos de la sociedad estadounidense que reciben esos beneficios de seguridad social y cuidado médico porque los necesitan para poder enfrentar un sistema injusto, o los sectores más pudientes que aún en tiempos de crisis financiera se las ingenian para hacerse de riquezas, no importa qué o a quién se tengan que llevar enredado en el proceso.  Los primeros a través de recortes en esos mismos beneficios que les ayudan a tener una vida más o menos decente (especialmente la asistencia con los costos de los servicios de salud, cada vez menos asequibles); los segundos, a través de un aumento en los impuestos que pagan, o alguna medida que les haga aportar en su justa medida a la sociedad.

Obviamente, cada quién tiene que arrimar la brasa a su sardina, cada quién tiene su derecho a defender los intereses que más le convenga defender.  Pero en el proceso, los hoy debatientes se podrían llevar enredados a quienes menos interés tienen de oír el chisme de barrio en el que toda la discusión se ha vuelto, y más interés tienen de que se gobierne de manera justa y honrada.

Y tanto yo como ésos que se verán afectados—sobre todo, las miles de personas que, para bien o para mal, dependen de las ayudas federales que recibe Puerto Rico, porque parece que a pedir eso es a lo único que va la representación-sin-voto que el partido que se monte en el poder (PNP o PPD, siempre es lo mismo) envía a Washington, D.C. cada cuatro años—nos preguntamos: ¿habrá alguna manera de que pueda lograrse un acuerdo en cuanto a la limitación de la deuda pública estadounidense?  Como en el caso que me afectó (a mí, entre otros) hace ya cinco años, parecería que los que están manejando el tema no lo están haciendo con la debida capacidad; más bien, lo que despliegan es un ansia de protagonismo, de querer aparecer como “héroes” en una guerra en la que hay salvar al mundo de las “hordas asesinas” que amenazan con destruirlo.

(OK, puede ser que la mentalidad de estas personas no sea muy diferente a la del confeso asesino de setenta-y-tantas personas en Oslo y en la isla de Utoya en Noruega hace un par de semanas, aunque tal vez no se atrevan a llegar a los extremos a los que llegó ese desgraciado—no cabe otra palabra para describirlo…)

Y en un caso y el otro, me sale hacer la misma pregunta: toda esta gente, ¿no se estará dando cuenta de las consecuencias que sus acciones les podrían acarrear a los demás, a los mismos ciudadanos y ciudadanas a los que se comprometieron a servir desde sus cargos de importancia?  (Digo, a menos que el compromiso hubiese sido a servirse de esos mismos ciudadanos y ciudadanas…)  Yo creo que a estos funcionarios públicos estadounidenses, eso ni les viene ni les va.  Lo único que les importa es ver quien es el más astuto, quién es el que puede aguantar más el fragor de la batalla y “triunfar” sobre “el enemigo”.  (¿Habrán estudiado también el libro de Sun Tzu?)

Y en eso tengo que reiterar la descripción del presidente Obama con la que inicié la entrada sobre su visita fugaz a Puerto Rico: ASTUTO.  Y fue astuto al presentarse ante sus ciudadanos en el “prime time” televisivo, con toda la solemnidad de su cargo, para pedirles que inundaran con mensajes los cuadros telefónicos y las bandejas de entrada de email de los miembros del Congreso estadounidense y sus líderes, tal vez para ponerlos públicamente en vergüenza por no hacerle caso a lo que sus representados les piden.  (Que se avergüencen de verdad… bueno, ya eso es otra cosa.)

Mientras escribo, no estoy seguro de cómo acabará ese lío.  O tal vez sí, si se da el que al último minuto antes de la medianoche entre el lunes 1 y el martes 2, salga un “héroe” dispuesto a “salvar” a los estadounidenses de una debacle económica devastadora… o dispuesto a dejar que esa humanidad se hunda para “salvarla” de un peligro mayor… un peligro que puede ser real, o no.

Es más: ¡vamos a dejarlo ahí, a ver qué sucede!  Cuídense mucho y pórtense bien.


ACTUALIZACIÓN (1 de agosto de 2011): Y resulta que mientras yo escribía esto anoche, se logró un compromiso de último minuto (¿por qué será que eso no me sorprende?) para aumentar el límite de la deuda pública estadounidense en dos millones 100 mil millones de dólares (US$2_100 trillones) adicionales, a fin de continuar pagando esa deuda hasta el 2013.  También se procuraría reducir el déficit presupuestario en el transcurso de una década, lo que incluiría la designación de un comité bipartidista que pueda encontrar US$1_5 trillones en ahorros adicionales antes de que se acabe el 2011.  (Me imagino que eso no incluirá comprar de ahora en adelante toda la ropa en “Me Salvé”…)  Aunque se dice que ese negocito aún no está tallado en piedra—porque aún hay que hacerle el cuento ése al Congreso, ¿me entienden?—, se entiende que puede ser un alivio, aunque tal vez no será la cura del mal de fondo que aqueja a la economía estadounidense.  Así que habrá de esperar, hasta que de Washington venga el próximo estornudo… ¡y sabrá Dios cuán fuerte pueda ser la pulmonía por acá!


LDB

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Palabras, palabras, tan sólo palabras?

Gabrielle Giffords, Democratic nominee and gen...
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¿Cómo estamos, amigas y amigos, mi gente?  Vamos a la carga, como siempre.

(Y si pueden aguantar un poco hasta el final de la entrada, les diré cómo han ido las coas en mi casa estas pasadas semanas, ¿OK?)

La verdad es que no hay nada como un tumulto para empezar un nuevo año, como ya vimos en la entrada anterior.  Pero si es un tumulto ocasionado por el intento de acabar con la vida de alguna figura pública, sea de aquí o de allá, yo me pregunto si eso es un signo de lo que nos espera en el año que recién acaba de comenzar.  Y ciertamente eso fue lo que ocurrió el sábado 8 de enero de 2011—apenas dos días después de los desafortunados eventos del Día de Reyes en Puerto Rico—, cuando en medio de una actividad política frente a un supermercado de Tucson, un desquiciado (y no creo que haya otra palabra para describirlo) sacó una pistola semiautomática para dispararle a la representante Gabrielle Giffords (Demócrata por el estado de Arizona) y—no conforme con eso—”a todo lo que se moviera” alrededor de ella.  Hombres, mujeres, niños, personas de edad avanzada, etc.  ¿Qué importa que sean dos o tres, o seis, o diez, o cien, o mil…?  No hubo quien se salvara de ser una “tarjeta”.

(Sí, mi gente: nuevamente Arizona está en las noticias, y una vez más—como hemos visto una y otra vez—por las razones equivocadas.  Pero ello no es por culpa de la gente buena que vive allí.  Yo creo que ésa es la mayoría, muy a su pesar.)

Mirando el caso a dos semanas de que el mismo ocurriera, veo que sacó a la luz muchas cosas.  Sacó a la luz la cobardía de un aspirante a asesino (y lo de “aspirante” me viene a colación en el sentido de que su objetivo cardinal, él no lo logró consumar—es más, en lo que resta de la entrada me referiré así a esta persona, porque no creo que él merezca que se mencione su nombre aquí) que por alguna oscura razón (que al momento en que escribo esto, sólo él la sabe) quiso matar a una parlamentaria, quiso hacer alguna especie de “justicia torcida”.  Tal vez él quiso con ello cobrar venganza porque el ejército estadounidense no le permitió “ser todo lo que él podía ser” (con arma de fuego incluida).  Tal vez él quiso buscar una retribución contra el colegio comunitario que lo suspendió de sus aulas, por exhibir rasgos de conducta no muy apropiados para una persona en sus cabales, y que a la vez eran una amenaza para otros estudiantes, profesores y demás.  Total, que pueden ser muchas cosas las que hayan llevado al individuo a emprender su guerra contra el mundo, una guerra en la que de todos modos, ya está martirizado por su propia mente.

El caso también sacó a la luz el heroísmo de quienes trataron de salvar a los objetos de la descontrolada ira criminal del aspirante a asesino, como la del caballero de mayor edad que dio su vida para evitar que a su esposa, su amor de toda la vida, la alcanzaran lo plomos mortales, o como el ayudante de la congresista herida, quien acudió a su lado para darle las primeras ayudas.  Y también el heroísmo de quienes lograron detener al individuo, justo cuando estaba en el proceso de colocarle 30 balas más al peine de su pistola—peine cuya capacidad legal en otros estados sería apenas una tercera parte o la mitad.  (Y entonces, uno se pregunta cómo es posible que a este individuo el ejército estadounidense no le permitió llevar un arma de fuego en combate, y entonces la sociedad civil le permite comprar una semiautomática con las balas y un peine de alta capacidad.  Eso es irónico, pero más que eso, es una ironía de consecuencias fatales.  Y quién sabe cuántos más en la misma situación andan por ahí.)

Pero sobre todo, sacó a relucir la ilusión de una niña de 9 años de edad, una hija de la tragedia (por haber nacido un 11 de septiembre de 2001, cuando todos mirábamos con horror la afrenta de un grupo de fanáticos religiosos cuyo norte era—y sigue siendo—la venganza contra el mundo), de nombre Christina Taylor Green, que lo único que quería era conocer a su congresista, preguntarle, mostrar interés en el proceso político… y quién sabe si procurar mejorar el mismo para dejarle a las generaciones que la seguirían un futuro mejor para su nación y para el mundo.  Un futuro mejor que, lamentablemente, ella no podrá ver realizado (al igual que muchos de nosotros, pero como recién acabo de indicar, quién sabe qué hubiese sido).

Y en una manera no muy deseada, todo este incidente sacó a relucir el debate sobre los discursos de odio en los Estados Unidos (y especialmente en Arizona, por las razones que ya conocemos), y si ese discurso afecta o no las mentes de las personas “impresionables”, al punto de llevarlas a cometer actos violentos contra las figuras de autoridad contra las que va dirigido tal discurso.  Lo malo es que ese debate se ha reducido al jueguito infantil—jugado por personas supuestamente adultas, capacitadas y maduras—de “Yo no fui, fue Teté.  ¡Pégale, pégale, que ella fue!”  (Hasta me viene a la mente mientras escribo, la imagen de dos borrachos tratando de acabarse a los puños el uno al otro.  ¡Tremendo espectáculo!)

Y si de ese jueguito se trata, una que lo ha sabido jugar (bien o mal, pero lo ha sabido jugar) fue la ex-gobernadora de Alaska y ex-candidata vicepresidencial Republicana, Sarah L. Palin, cuya página en Facebook incluía un mapa con distritos congresionales a ganar por los candidatos respaldados por el movimiento del “Tea Party” (sobre el cual yo escribí anteriormente), marcados con miras de rifle, y cuya retórica está tan cargada de imágenes como la de “no retroceder” y “volver a cargar” el fusil (o el rifle, o como lo quieran llamar).  Por supuesto, cuando ella se las vio malas y no buenas (como lo hubiera dicho mi madre, QEPD) por culpa del mapita ése, ella lo retiró y posteriormente se justificó por medio de un vídeo, en el que ella se expresa de manera fiel a su estilo de desmerecer a quienes ella considera como que quieren hacerle daño—especialmente la prensa liberal (los “mainstream media”, como siempre) que se puso a especular con que el discurso de odio de la derecha reaccionaria tuvo sobre el aspirante a homicida el mismo efecto que las andanzas de los caballeros medievales habrían tenido en cierto Alonso Quijano, de algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…

(Aunque por supuesto, los motivos del Quijote fueron, son y seguirán siendo muchísimo más nobles…)

Ciertamente, muchas son las cosas negativas que han resultado de la matanza del 8 de enero de 2011 en Tucson, Arizona.  Pero por lo menos ha habido destellos de esperanza, como la rápida recuperación (a la fecha en que escribo) que ha venido observando la congresista Giffords desde que fue llevada al hospital.  Una recuperación que comoquiera se tomará su tiempo, que requerirá empezar desde cero, que será como volver a nacer.  Y también se ha abierto la puerta a una discusión sobre el civismo en el debate público, un debate que se atenga preferiblemente a la discusión de las ideas, sin entrar en consideraciones mezquinas, sin generar odios ni resentimientos contra quienes puedan pensar o actuar o ser “distintos”.  Pero esa es una herida que—a mi modo de ver—requerirá más tiempo para sanar, y sobre todo, mucha paciencia y valor para poderla afrontar.

Al menos me alegra saber que en mi paso por el valle de lágrimas que nos toca vivir cada día en Puerto Rico, lo más que he podido ver en líneas similares fue un intento de agresión con un huevo contra el gobernador de Puerto Rico, Luis G. Fortuño Bruset.  Quiera Dios que las cosas no pasen de eso, pero no debemos olvidar que a veces, de las palabras cargadas de ira y de odio, hacia una consecuencia mucho más funesta… ¡a veces es sólo un paso!

¡Y vamos a dejarlo ahí por el momento!  Cuídense mucho y pórtense bien.


P.S.  Voy a lo que les prometí al comienzo de la entrada.  Como ya sabrán, mi tiempo ha estado bastante ocupado con mi trabajo (que apenas está empezando a ponerse más complicado) y la recuperación de mi padre, quien sufrió una caída a mediados de diciembre mientras colocaba unas luces ornamentales navideñas en mi casa.  Me place decir que, gracias a Dios, mi padre se ha estado recuperando paulatinamente de los efectos de su caída.  Basta con decir que cuando lo trajeron a mi casa la noche del lunes en el que sufrió la caída (13 de diciembre de 2010), él apenas podía dar un paso sin ayuda, y no podía afirmar el peso del cuerpo sobre la pierna del lado afectado (lado izquierdo); sin embargo, ya hoy él puede moverse bastante bien con aparatos (bastón, andador).  Aún quedarán algunas semanas más de recuperación, pero confío en que él saldrá adelante.  Así que como lo dice el “Sabelotodo” de Primera Hora… eso era.


LDB