El cuento de los bobos

Illustration in a collection of Anderson's Fai...
Illustration in a collection of Anderson’s Fairy tales. (Photo credit: Wikipedia)

“-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

“… y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

“-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

“-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

“Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.”

(El traje nuevo del emperador (Keiserens nye Klæder), 1837, por Hans C. Andersen [1805–1875].  Vía Ciudad Seva.)

Dicen que la mentira tiene patas cortas y que por eso no puede llegar muy lejos.  Y como acabo de leer en una cadena de comentarios en algún foro en la red, eso tiene más o menos el mismo sentido que la frase española, “se agarra antes a un mentiroso que a un cojo”.

Por supuesto, para cuando estoy escribiendo esto, el cojo—por aquello de no dejarse postergar y ser la excepción que confirma la regla—está más o menos a tiro de piedra de que lo atrapen (aunque tiene a mi juicio mejor sentido que el que tiene el mentiroso).  Porque a quien se ha dedicado recientemente a estafar a funcionarios públicos, haciéndose pasar por un funcionario político de alto nivel, aún no lo han agarrado.

Y en un mundo en el que se maneja la mentira como si fuera moneda de curso legal, alguien se salió con las suyas en estos días.  Alguien que haciéndose pasar por un ex-legislador convertido hoy en día en secretario de asuntos públicos de la gobernación puertorriqueña actual, le estuvo pidiendo donativos a varias entidades públicas.  Las más notables entre éstas son la Universidad de Puerto Rico (y la verdad es que como universitario que me sigo sintiendo después de casi 3 décadas de haber obtenido mi Maestría en Biología, como que siento una vergüenza ajena; digo, la UPR, “of all people!”), a la cual le fajaron 3 cheques de US$50’000 cada uno, y la Administración de Compensaciones por Accidentes de Automóviles (ACAA).

Y ambas entidades de gobierno, entre otras cuántas, se dejaron estafar.

Francamente, yo no entiendo esto.  Entidades públicas que por manejar los dineros que cada medio abril les damos, yo diría que “a ciegas”, al rendir nuestras planillas de contribución sobre ingresos.  Que se supone que tengan mecanismos establecidos para controlar el desembolso de esos dineros (me vienen a la mente las auditorías).  Que se supone que no hagan ese tipo de operación “a ciegas”—mi madre hubiera dicho que “a tontas y locas”—, sin saber a quién le están confiando esos dineros.

Pero la verdad es que se dejaron engañar.  Se dejaron engañar por algún truhán o truhanes como los del cuento de Andersen, de esos que, como decimos en Puerto Rico, son capaces de venderle una nevera (refrigerador) a un esquimal.  De esos que se encuentran por todas partes, hasta cuando se levanta la tapa del zafacón (recipiente de basura) o de la alcantarilla.

¿Y entonces, qué hacer?  Tal vez seguir “dando cara” como el emperador del cuento, porque ya el daño está hecho y hay que seguir dando la apariencia de que nada ocurrió.  Mientras que seguramente el autor (o los autores) de la estafa tal vez se sentirán “intocables” (si partimos de que el cuento de Andersen no establece qué sucedió al final con los 2 bribones, más allá de haber sido condecorados y declarados como “tejedores reales”) y se estarán riendo de sus víctimas.  Víctimas que estarán tratando de hacer de todo para mantener lo que les quede de dignidad y tratar de recuperar los dineros que perdieron—aunque yo espero que no lleguen al extremo que plantean los “reporteros-estrellas” de El Ñame (aunque—si me disculpan por como suene esto—para mí eso sería tan drástico como eliminar a todo un perro para controlar un problema de pulgas o garrapatas o ambas).

Sea como sea, para mí lo importante es que hubo un engaño, que algún vividor (¿o más de uno?) se aprovechó y estafó a varias instituciones y entidades públicas, haciéndoles creer que les estaban vendiendo un traje nuevo, un traje que sólo la inocencia y la honestidad vieron que no existía.

Como lo hubiera dicho Facundo Cabral, “no hay manera de esconder semejante afrenta”.

Mientras tanto, la mentira sigue corriendo con sus patas cortas.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Ser o no ser puertorriqueño

Flag-map of Puerto Rico
Flag-map of Puerto Rico (Photo credit: Wikipedia)

“To be, or not to be, that is the question:
Whether ‘tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune,
Or to take arms against a sea of troubles
And by opposing end them….”

(“Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro….”)

William Shakespeare (1564–1616), La Tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca (según Wikipedia, escrito en algún punto entre 1599 y 1602), Acto Tercero.  (La traducción al español no es mía—¡para variar!—, sino de La Máquina del Tiempo, de donde la obtuve el 13 de mayo de 2012.)

Saludos, amigas y amigos, mi gente.

Recientemente comenzamos a ver por ahí una campaña publicitaria, de cara a las elecciones generales puertorriqueñas (que por una de esas “casualidades” de la vida se celebran el mismo día que las elecciones presidenciales estadounidenses, esta vez el 6 de noviembre de 2012), por medio de la cual se pretende “definir” lo que es “ser puertorriqueño”.  De acuerdo con la campaña lanzada el 25 de abril de 2012 por el Partido Nuevo Progresista (PNP),* actualmente en el poder, se procura resaltar los valores que caracterizan a esa colectividad por medio de las cinco expresiones que enumero a continuación:

  • “Ser puertorriqueño es no rendirse”;
  • “Ser puertorriqueño es ser responsable y decidido”;
  • “Ser puertorriqueño es decidir con valentía”;
  • “Ser puertorriqueño es hacer, no criticar”; y
  • “Ser puertorriqueño es respetar a tu familia.”

La verdad es que cuando leo algo como esto me digo lo interesante que es ver cómo se habla de una serie de valores que, según su propio “track record”, son los que menos practican sus propios líderes (como han podido ver en ocasiones a través de este blog).  Pero, ¿qué tal si lo seguimos, shall we?

(OK, aguántenme con una camisa de fuerza, si quieren, pero aquí va el maldito clisé.)  Como es de suponerse, las reacciones no se hicieron esperar, en especial en las redes sociales y los medios informativos independientes.  Una de las reacciones más interesantes es la de la periodista Sandra Rodríguez Cotto en el blog, 80grados.net.  Entre otras cosas, Rodríguez Cotto reseña en su nota de dónde viene la idea de un partido político por lo demás asociado con la propuesta de anexar a Puerto Rico como el quincuagésimo primer (para l@s que se les hace difícil entender eso, “51”) estado de los EE.UU., de utilizar (¿no será más bien “manipular”?) imágenes y mensajes asociados con la puertorriqueñidad para su propio mensaje.  Y por supuesto, no faltó quien sugiriera “valores” adicionales que también caracterizan a esa colectividad—algunos dirían que más fielmente que los de la campañita ésa—y que bien pudiera haber aprovechado para proclamarlos a los cuatro vientos.  (No es que con el “track record” al que me refería hace un  momento no los estén proclamando a los cuatro vientos, pero ya eso es otra historia.)

De todas maneras, si algo bueno se puede decir de todo esto, es que una situación como ésta nos pone a pensar en lo que somos—algo que he estado haciendo una y otra vez desde que empecé a ver esa campaña en mi ruta de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.  Y sí, hay muchas cosas que se podrían decir de lo que es ser puertorriqueño.  Por ejemplo, para mí, ser puertorriqueñ@ es:

  • Ser honesto;
  • Ser decente;
  • Ser cumplidor (o cumplidora) y honrar los compromisos;
  • Ser responsable, consigo mismo y con los demás;
  • Solidarizarse con los demás, tanto en los momentos felices como en las amarguras (y eso lo hemos visto en tantas temporadas de huracanes, y en tantas situaciones como la de nuestros hermanos haitianos);
  • Respetar una autoridad llevada con el mismo respeto y la misma dignidad que se nos exige a los demás (algo que difícilmente podemos ver hoy en día cuando, por ejemplo, hay quien no respeta el ordenamiento del tránsito vehicular);
  • Actuar de buena fe, sin maldad, evitando engañar y herir a los demás (y en el proceso, a sí mismo), teniendo en cuenta que toda acción, buena o mala, tiene sus consecuencias—y algunas de esas consecuencias pueden llegar a ser lamentables;
  • Llamar la atención sobre Denunciar todo aquello que esté mal, sin importar de quién o de dónde venga, para que se corrija y no se repita.  Algo muy diferente a la implicación de “hacer, no criticar”, pero que tampoco es criticar por criticar, sino alzar la voz aunque se moleste quien se moleste, para ayudar a que la vida sea mejor para tod@s.

Hay muchas otras cosas que podría añadir a lo que estoy enumerando arriba (y para eso estarán los comentarios a esta entrada), pero para mí lo más importante es esto: Ser puertorriqueño es mucho más que una expresión propagandística, en la que se trata de reducir a poco y simple unos valores que tanto se predican pero poco se practican—especialmente cuando quienes más los predican son quienes menos los practican.  Es algo con lo que nacemos en esta mi bendita tierra.  Es algo que se lleva de corazón.  De todo corazón.

Y eso es algo que quienes no se sienten cómodos en su propia piel, quienes no tienen el orgullo de ser lo que deberían ser y no son, quienes se engañan a sí mismos tratando de ser algo cuando en realidad no son nada (como bien lo plantea—en otro contexto, claro está—Gálatas, capítulo 6, verso 3), no lo entenderán ni lo apreciarán nunca.  ¡NUNCA!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Por cierto, mientras buscaba la dirección de la página web oficial del PNP para poder hacer la debida referencia (y eventualmente, para corregir el enlace en la columna lateral del blog), se me ocurrió entrar en mi navegador (Mozilla Firefox, por si lo quieren saber) la siguiente secuencia: “pnppr.org”.  Cuánta no sería mi sorpresa (¡otro odioso clisé… aaaaargh! Echando humo ) cuando lo que salió fue esto:

(¡No se rían, por favor!)

Definición de 'corrupción' según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE).

Francamente, yo no sé en qué está pensando la persona a la que se le ocurrió esta lindeza, al asociar una organización política puertorriqueña… esteeeeeeeeee… ¡con la diarrea!  ¡Cosas veredes, Sancho!


Soy Luis Daniel Beltrán.  Soy PUERTORRIQUEÑO…  ¡Y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

Ni ley ni orden: Explosión criminal

Balanza de la Justicia
Image via Wikipedia

Amigas y amigos, mi gente: Algo tiene que estar tan tremendamente mal en Puerto Rico, como para que se produzcan alrededor de 30 muertes violentas durante un sólo fin de semana.  Tremendamente mal.  (Y eso, que éstas no incluyen la muerte de un niño de 11 años de edad a manos de delincuentes armados, la madrugada del día en que escribo esto… sí, lo leyeron bien: escribí, “un niño de 11 años de edad”.)  Y muchas de esas muertes violentas están relacionadas con ese cáncer social que hemos dejado que haga metástasis en nuestro país: la droga.  La misma que enriquece a un@s que se creen dueños del mundo, mientras siembran la semilla del dolor y la desesperación en muchas familias aquí y allá.

Pero si malo es ver cómo se deshace una sociedad ante nuestros propios ojos, peor es ver cómo las autoridades que se supone que velen por la seguridad de sus conciudadanos, “se asombran” al ver cómo la situación se les ha ido—aparentemente, entiendo yo—casi completamente de las manos.  Y ciertamente no debe ser un signo de optimismo para un alto oficial de la Policía de Puerto Rico, admitir que “no se esperaba” que hubiera ocurrido la cantidad de crímenes violentos que ocurrió el pasado fin de semana.  Que esa incidencia criminal era “un hito en la historia policiaca puertorriqueña”.

Es más, si yo fuera un alto oficial de la Policía (y afortunadamente, ni lo soy ni me interesa cambiar mi rumbo profesional a estas alturas de mi vida—o sea, gracias… ¡pero no, gracias!), sentiría tanta vergüenza que me movería a tratar de hacer algo.  Pero algo que no sea—como decía el viejo comercial de una marca de habichuelas—”lo mismo… lo mismo… lo mismo…”.  Aunque sea un “aguaje”.  Aunque en el camino me pongan obstáculos, me pongan “peros”.  Pero trataría de hacer algo.

Aunque parece que para hacer algo, las cosas son bien cuesta arriba.  Y son cuesta arriba, mientras no se cuente con una dirección bien capacitada en los altos mandos, mientras éstos no le den al (a la) policía honest@, honrad@ y decente—porque a pesar de los pesares, l@s hay, y yo estoy convencido de que ést@s son l@s más, y que exceden por mucho las deshonrosas excepciones que aparecen de vez en cuando—el apoyo que necesita.  Y son muy cuesta arriba, mientras esos altos mandos respondan a intereses que no son necesariamente el bienestar y la seguridad del pueblo al que juraron proteger y defender.  Y esos intereses pueden ser políticos o de alguna otra índole que no conocemos.  (O tal vez, sólo podemos especular de qué otra índole…)

Y mucho peor aún: mientras se siga asumiendo frente a la delincuencia una pose de “túmbame la pajita del hombro”, como la que insisten en asumir algunas de estas autoridades (valga recordar la patética imitación de “Dirty Harry” que vimos el año pasado), y que no va acompañada de acciones concretas para atajar los males sociales que llevan a toda una sociedad en una carrera desenfrenada hacia el borde del barranco, mucho más que peores van a estar las cosas.

Interesantemente, lo único que ofrecen algunos de estos aprendices de justicieros es un lema: “Puerto Rico es una Sociedad de Ley y Orden”.  Pero como se ven las cosas en estos momentos… yo creo que no tenemos ni lo uno ni lo otro, ni Ley ni Orden.  Y las consecuencias, las vemos demasiado de cerca para nuestro bien.

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.

LDB

Yo no quería volverte a decir, ‘¡Te lo dije!’, pero…

El Capitolio
Image by ep_jhu via Flickr

Cualquiera diría que en Puerto Rico gobiernan los adictos, los pervertidos, los depredadores sexuales (abiertos o encubiertos), en fin, toda una ralea.  Digo, si ésa no es la impresión que dan los acontecimientos recientes, no sé qué otra impresión puede darse.

Acontecimientos como la reciente “revelación” del resultado positivo al uso de sustancias controladas por parte del representante Rolando Crespo (PNP), y el anuncio de su renuncia hecho en la tarde de ayer domingo, 27 de febrero de 2011* (según lo reseñan El Nuevo Día, Primera Hora y El Vocero).  Esta revelación surge después que el implicado legislador se fuese al extremo de jurar públicamente—tal vez creyendo que el público se tragaría ese cuento—que nunca había sido usuario de sustancias controladas; que se le había faltado el respeto (¿respeto? ¿qué es eso? ¿será de queso y se come con melao?), al regarse a través del panel de “comentaristas” de farándula, “Dando Candela” (al que me referí en el tercer punto de una entrada reciente como “una flojísima copia del tipo de programa que pulula últimamente en la televisión latinoamericana y en la televisión hispana de los Estados Unidos, de paneles en los que se ‘comentan’ temas de farándula y figuras públicas”), que él había sido uno de los tres legisladores que habían arrojado resultados “positivo” al uso de sustancias controladas; y que habría de demandar a los susodichos “periodistas” por el daño a su reputación y a la integridad de su familia (en la que seguramente no pensó cuando se estaba poniendo íntimo con “Blanca Nieves”), de llevar el caso “hasta las últimas consecuencias” (¿han notado que ésta es la frase favorita de quienes tienen que disimular en público los deseos de venganza de los que no se pueden zafar?).

Yo no sé cómo lo vena ustedes, pero creo que este asunto trae demasiadas colas como para poderlo entender bien.  Y ciertamente, le hace un daño bastante fuerte a la imagen de una asamblea legislativa que desde el último cuarto del Siglo 20 ha ido cayendo en picada.  Una asamblea legislativa en la que parece que los legisladores buenos, honestos, comprometidos con su país y con quienes los eligieron (y como yo digo siempre, los ha habido—y los hay—en todos los partidos políticos que han desfilado como comparsa de carnaval por la vía capitolina), son cada vez menos.  Una asamblea legislativa en la que el bravucón, el “ganso”, el vividor, el delincuente de poca monta, parecen sentar las pautas a seguir por el resto de nosotros.

(¿Será por eso que a cada rato veo en la calle actos que evidencian conductas como las de los arquetipos que acabo de mencionar—como el listo que en las intersecciones con semáforo utiliza el carril dedicado por ley al viraje hacia la izquierda, el “Solo”, para pasarle a los demás vehículos cuyos conductores obedecen la ley y esperan pacientemente la luz verde?  A mí no me gustaría estar presente si el muy “listo” sufre un accidente… por querer pasarse de listo.)

Yo lo sé.  Va a sonar trillado.  Pero tengo que insistir en la podredumbre de la fibra moral de nuestros partidos políticos.  Y ciertamente, tiene que haber tal podredumbre moral como para que un partido político (se llame Partido Nuevo Progresista, Partido Popular Democrático o Partido Independentista Puertorriqueño—y lo voy a lamentar mucho por mis amigos en los tres partidos, pero ninguno está libre de polvo y paja) permita tolere abiertamente en sus filas la existencia de conducta indecorosa.  Y el liderato de ese partido—insisto, el que sea—debe estar tan mal ejercido como para dar una apariencia de encubrir esas acciones, simplemente por defender a “los míos, con razón o sin ella”.  Para mí es como la persona que transporta a otra persona a asesinar a una tercera persona; esa primera persona es tan responsable del asesinato como el (o la) propi@ asesin@ (aunque se vaya “hasta el ñú” para negar que hubiera halado el gatillo, o asestado la puñalada).

Pero nada.  Es lo que yo siempre estoy diciendo: Mal estamos cuando quienes nos gobiernan, quienes juran proteger a su pueblo y respetar las leyes que regulan la convivencia social, se comportan como los mismos delincuentes cuya existencia tanto condenan… ¡y puede ser que hasta se comporten peor que éstos!

Y a todo esto, me pregunto si a alguno de estos supuestos líderes, esos que dicen—cuando ya el daño está hecho—preocuparse por su integridad y la de su familia, no se le habrá ocurrido que esa clase de acción les pudiera acarrear consecuencias…  Yo espero que esas consecuencias no se lleguen a dar.  Si no, tendré que estar como el proverbial disco (de acetato) “raya’o” diciendo… ¡Te lo dije!  ¡Te lo dije!  ¡TE LO DIJE!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Se suponía que yo escribiera esto ayer, 27 de febrero de 2011.  Lamentablemente, un desperfecto en mi conexión de Internet me impidió trabajar la entrada como yo hubiese querido, por lo que la estoy sacando hoy (lunes 28 de febrero o martes 1 de marzo, dependiendo de dónde están leyendo mi blog cuando salga esta entrada).


LDB

Otro día que vivirá en la infamia…

Ford Crown Victoria P.I. of the PRPD Highway P...
Image via Wikipedia

“INDIGNACIÓN
“La Isla es escenario de la redada anticorrupción más grande en la historia de EE.UU.”

PROFUNDA SACUDIDA A LA POLICÍA
“Decenas de agentes son sorprendidos entrando en acuerdos con presuntos narcotraficantes.”

“WASHINGTON LE PONE EL OJO AL PAÍS
“Según (la jefa de la Fiscalía Federal en San Juan) Rosa Emilia Rodríguez, los federales están preocupados por la magnitud de la corrupción.”

‘TE VAMOS A DETENER’
“El jefe de Justicia de Estados Unidos envía un fuerte mensaje a los agentes corruptos.”

Amigas y amigos, no podían ser más elocuentes los titulares de la prensa escrita el 7 de octubre de 2010 ante los sucesos de la víspera—un día que, si usamos las famosas palabras del presidente Franklin D. Roosevelt ante el Congreso estadounidense, luego de otra víspera de ingrata recordación, “vivirá en la infamia”.  Y no hace falta decir que ese 6 de octubre de 2010 pasará a la historia como el día en el que las autoridades estadounidenses arrestaron a 132 personas por delitos relacionados con el tráfico de drogas y armas, 89 de los cuales eran agentes del orden público: 61 agentes de la Policía de Puerto Rico, 16 agentes de la policía local de cinco municipios (entre los que se destacan San Juan y Guaynabo… ¡qué interesante!) y 12 agentes del sistema correccional.  Los arrestos se llevaron a cabo con base en la labor de agentes encubiertos del Negociado Federal de Investigaciones (FBI), quienes captaron a los agentes implicados en medio de transacciones en las que se ofrecían para “proteger” y “dar seguridad” a varios narcotraficantes en sus transacciones de drogas y armas.

La verdad es que esto es como para asustarse, como para un@ no saber en quien confiar cuando sale a la calle…

Pero si malo es que hubieran arrestado a estos agentes del orden público, peor es lo que ello refleja sobre nuestro país actualmente.  Como lo expresado ante la prensa ese mismo día por el Agente Especial a Cargo (SAC) del FBI en San Juan, Luis Fraticelli, de que existe una corrupción “sistemática y endémica” en la Policía de Puerto Rico, en el Departamento de Corrección y Rehabilitación (DCR) y en varios de los cuerpos de policía municipal, y que se necesita hacer “cambios radicales ” para eliminar esa corrupción.

Digo, ¿tan mal están las cosas en Puerto Rico que las autoridades estadounidenses tienen que darnos una sacudida para que nos pongamos en movimiento, para que nos salgamos de nuestra comfort zone y las arreglemos (si es que nuestros pseudolíderes políticos tienen la voluntad para hacerlo)?  ¿Tan bajo hemos caído como para que en el mismo encuentro con la prensa, el secretario de justicia estadounidense Eric Holder, diga—en un español bastante aceptable, si me preguntan a mí—que “Puerto Rico se merece algo mejor” de sus agentes de ley y orden, y que no permitirá que las acciones de unos pocos deshonestos destruyan el buen trabajo de los muchos policías decentes y honestos?  (¡Y créanme que los hay!)

No podría ser peor el mensaje que se le lleva al mundo sobre un país que se jacta de que “lo hace mejor” (y hasta pretende unirse al fenómeno global del “branding” al mercadearse con esa misma frase como marca).  Y a juzgar por la lista de artículos relacionados que aparece al final de esta entrada, la fama que tenemos en estos momentos no es la mejor.  (Y salvo las honrosas excepciones que todos los puertorriqueños conocemos, parecería que nunca tuvimos buena fama.)  Por supuesto, no es habitual que alguno de los medios estadounidenses o internacionales informe los logros y los triunfos de los puertorriqueños, en y fuera de su propia patria… la misma que, lamentablemente, algunos de sus hijos ha dejado caer en un abismo.

Mucho se dice de las razones por las que estamos enterrados en este hoyo (no tan profundo como el de los 33 mineros chilenos que ya llevan más de dos meses atrapados—y que al yo escribir esto, podrían estar por salir de su encierro involuntario antes de finales de este mes).  Puede que sea tal vez que el gobierno (de los dos partidos políticos principales, el PPD y el PNP—a mí me da igual) hubiera decidido adoptar una política pública al estilo de la película ochentosa, Police Academy (Dir. Hugh Wilson, 1984), en la que un buen día, la alcaldesa de una gran ciudad estadounidense no nombrada levanta así porque sí las restricciones para el reclutamiento de cadetes de policía, lo que abre las puertas de la academia de policía “a Raimundo y to’ el mundo”… y no necesito contarles más para decirles en qué termina ese “experimento” (digo, en su momento algun@ de ustedes se gozó esa película tanto como yo… Sonrisa ).

Por supuesto, nuestra realidad no es exactamente tan divertida, especialmente cuando las consecuencias que vemos cada día incluyen asesinatos de inocentes (como los de José A. Vega Jorge y Miguel A. Cáceres Cruz), incidentes de brutalidad policial como los que observamos recientemente durante el paro universitario de 2010, y (aunque demasiado remotos como para atarlos a las causas de la situación actual) asesinatos con base política como los ocurridos hace 32 años—de veras, el tiempo se va volando—en el Cerro Maravilla.  Aunque no todas las consecuencias las han tenido que afrontar los ciudadanos que tienen la mala fortuna de quedar del lado equivocado del rotén o el del cañón de la Glock policial, ya que también las han sufrido los mismos agentes del orden público (como en el caso de la disputa familiar entre policías que terminó en tragedia Las Piedras).  ¿Verdad que esto hace desear que yo repita lo que yo escribí entonces para ese último caso?

“¿Qué queda entonces por hacer?  Ya el Superintendente de la Policía dijo que hará lo posible porque cada miembro de la Policía se haga examinar sicológicamente una vez al año….  Por supuesto, también sería de ayuda si se volviese a ser más selectivo en la admisión de nuevos reclutas a la academia del cuerpo policial, si se asegurara que quienes salgan a la calle (con el uniforme, la placa, las esposas y el arma de fuego) sean personas sólidas, templadas, equilibradas emocionalmente, con un claro sentido de honestidad y de justicia…

“¿Será eso demasiado pedir?  Francamente, YO NO LO CREO.”

Por supuesto, si no se ha hecho nada desde que escribí esa cita en enero de 2007, tal vez menos se hará hoy en día.  Y hasta puede ser que yo me hubiera equivocado todo este tiempo: Le estamos pidiendo demasiado a un sistema político cuyos componentes han demostrado no tener la capacidad para atender eficientemente las necesidades de sus ciudadanos, que no pueden ir hasta las raíces de los problemas que aquejan a nuestra sociedad para solucionarlos, y que más bien hacen gala de su mediocridad e incompetencia, de su extraordinario talento para el figureo.

Francamente, yo creo que el secretario federal de justicia, el señor Holder, tiene mucha razón: “Puerto Rico se merece algo mejor”.  Se merece tener gente honesta, gente decente, gente que suda la patria cada día, gente que construye un país con su esfuerzo… en lugar de quienes quieren destruirla vendiendo su dignidad, su honradez y su vida a precio de sangre y sufrimiento.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.

LDB