Un año bastante difícil para recordar

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Bueno, amigas y amigos, mi gente, llegamos una vez más a ese momento… en el que hacemos un inventario de lo que nos deja el año que está por terminar, con los ojos puestos en la esperanza de que el año que estamos por recibir nos tenga alguna compasión.

Que a juzgar por el desempeño del año 2011, lograr esa compasión va a requerir “de Dios y su santa ayuda”.  Si no me lo creen, he aquí varios botones de muestra, según los recogí en este blog durante los pasados 12 meses:

  1. Actos de violencia de los que no se salva nadie, ni siquiera la congresista estadounidense Gabrielle Giffords (Demócrata por Arizona), a la que un desquiciado quiso matar de un disparo en la cabeza, con el saldo de que ella apenas logró sobrevivir—muy a pesar del aspirante a asesino—, aunque una niña de nueve años (irónicamente, nacida el 11 de septiembre de 2001—no hay que decir nada más) y otras personas no corrieron con mejor suerte.
  2. Y tristemente, tampoco se salvan ni las figuras artísticas conocidas y queridas, como el gran cantor argentino Facundo Cabral, ya sea que estén conscientes o no de si andan con alguien de fiar, alguien que los puede poner en el vórtice del huracán sin querer.
  3. Una marejada de violencia que nos arropa, que nos ahoga, que nos asfixia, y que ya nos ha llevado por encima de los 1000 asesinatos tan sólo en el 2011 (y cuando empecé a escribir esto la noche del 29 de diciembre, la cifra estaba en los 1130 asesinatos), y para lo cual la Policía de Puerto Rico sólo puede sentarse a mirar con los brazos cruzados (¿porque alguien lo quiere así?) cómo los delincuentes se matan unos a otros… ¡y a los demás que estén en medio!
  4. Para colmo, esa misma fuerza policial es incapaz de poner su propia casa en orden, cuando tiene tantos problemas de disciplina y de violaciones a los derechos de sus ciudadanos, tantos “caciques” que quieren perpetuarse en sus puestos, tantos casos de violencia familiar y de género, lo mismo entre los “guardias de palito” que entre la plana mayor…  Una agencia de seguridad pública en esas condiciones, no puede ganarse la confianza ni el respeto de la misma gente a la que se juró proteger y servir… la misma gente que, si se la deja, se tomará la justicia en sus propias manos… ¡si es que no lo ha empezado a hacer!
  5. Añádase a eso un sistema judicial que no hace justicia, que entre otras cosas, prefiere dejar ir a algún poderoso (lo mismo un médico que el dueño de varios “puntos” de drogas) por falta de pruebas, o incluso “atenuar” el delito de violencia doméstica para justificar el que a un agresor, con toda la evidencia en su contra, se le deje libre para matar a la próxima que cometa el error de ser su pareja.
  6. Evidencias cada vez más contundentes de la podredumbre moral de los partidos políticos en Puerto Rico (y me refiero a todos¡A TODOS!), cuando toleran las actuaciones moralmente reprehensibles de sus figuras principales.  Y si de acciones moralmente reprehensibles se trata,
    • ¿Quién puede olvidar la caída en desgracia de cierto vendedor-de-autos-convertido-en-senador, luego de que saliera a la luz su posesión de un costoso automóvil de lujo que alguien le habían “regalado”?  (Por supuesto, sigo creyendo como entonces que sería interesante averiguar cómo fue que le regalaron ese automóvil… o quién le regaló el automóvil… ¿a cambio de qué?)
    • O la del hijo de un conocido alcalde, detenido por la autoridades estadounidenses por sospecha de tráfico de drogas—y que interesantemente, había adquirido antes de su arresto un vehículo de lujo con parte del dinero mal habido de cuanta transacción de drogas hubiese hecho.
    • Y qué decir de funcionarios públicos (por ejemplo, alcaldes) que se escudan detrás del poder—aun de lo más mínimo que le dé una sensación de poder—para hacer y deshacer como les dé gusto y gana, para propasarse con su personal de menor jerarquía, convencido de que lo hace porque puede hacerlo, y porque no importa que una autoridad de mayor relieve le pida cuentas, siempre se saldrá con la suya, porque para eso es que tiene poder.
  7. Figuras públicas que se esconden detrás de prédicas de amor y paz, para esparcir su veneno, para irse a los extremos diciendo que odian el pecado, a la vez que odian al pecador, mientras sacian sus propias ambiciones de riqueza, lujo y ostentación—y en el peor de los casos, esconden de la vista pública su realidad turbia e insalubre, detrás de una fachada de “rectitud” y de “moral”.
  8. Defensas altamente cuestionables de líderes políticos que son sorprendidos en actuaciones con visos de ilegalidad o de depravación moral, y que dejan la impresión de que no importa cuán bajo puedas caer, siempre tendrás un padrino que te justifique, que te defienda, y que le eche excremento a tus enemigos para reducirlos a la vergüenza, al oprobio, porque se atrevieron a meterse contigo sin saber con quién más se estaban metiendo (aun si para ello hay que inventar toda una patraña, con personas desconocidas o no existentes que lancen acusaciones viciosas contra quienes se atreven a retar al poderoso).
  9. Una cada vez mayor disociación entre la realidad que se vive todos los días en Puerto Rico (y hasta en los mismos Estados Unidos)—con figuras políticas marcadas por sus vicios, o con políticos tan incompetentes que prefieren pelearse por nimiedades, por cosas estúpidas y sin mucho valor, a ver si con ello entretienen a un público cautivo—y la realidad virtual que proclaman muchos (desde el gobernador para abajo), en la que todo está bien, en la que todo es normal, en la que la vida cotidiana del populacho no está en peligro, en la que todo es paz y amor.
  10. Peor aún, un desfase entre el punto de vista de los pobres, de quienes necesitan una ayuda, un estímulo para seguir adelante, y la mentalidad de quienes en ánimo de mostrar una superioridad que no es tal, se burlan de los mismos pobres a los que dicen ayudar… los mismos pobres a quienes se les crean innecesariamente expectativas que luego se harán sal y agua, sólo para echarle la culpa al que cayó de tonto en la trampa (¡pues, por eso, por haber caído de tonto!), mientras que quienes están llamados a ayudarlos se adornan de privilegios, lujos y ostentaciones (porque “el hueso… ¡es pa’ los demás!”).
  11. Una intención de explotar económicamente la necesidad de los ciudadanos de servicios públicos eficientes, mediante la aplicación de toda una serie de triquiñuelas para justificar el cobro de dichos servicios—y en el proceso, fomentar la ineficiencia, el desinterés, la negligencia y la irresponsabilidad cívica, todo porque no se deben a los mismos ciudadanos que necesitan esos servicios, sino a quienes se enriquecen a costillas de esos mismos ciudadanos.
  12. Falta de voluntad de los líderes políticos para acoger las sugerencias que se les dan de buena fe, por parte de la gente “de a pie”, de quienes experimentan los sinsabores de la vida diaria.  Añádase a esto una tendencia cada vez mayor a buscar soluciones a los problemas diarios del país, buscando el brillo de las luces de cinematografía, aspirando a ser como las estrellas de Hollywood que tanto se adoran.

Y podríamos añadir a esta lista los dos desastres naturales que le tocó enfrentar a Puerto Rico en agosto, con sus secuelas de destrucción y con las manifestaciones de evidente incompetencia para manejarlas rápida y eficientemente.  ¿Y cómo olvidar la visita a Puerto Rico del presidente estadounidense Barack H. Obama?  Una visita matizada por la astucia, en la que el mandatario dejó a ciertos súbditos de su provincia caribeña vestidos y alborotados, mientras discutía asuntos de vital importancia con un candidato de la oposición política al son de sándwiches de medianoche al mediodía—con su agüita embotellada por el la’o.

Pero también podríamos añadir algunas cosas buenas, como el triunfo de nuestros atletas en los Juegos Panamericanos de Guadalajara, por ejemplo.  Aunque eso último parezca poco, el bien que hace es mucho.

Sea como sea, mi opinión es que el año 2011 fue un año bastante difícil para recordar.  Un año en el que los agravios crecían como los hongos, aquí y allá, aún más que en el año anterior.  Un año en el que la esperanza se puso a prueba, que pareció estar en su más bajo nivel.  Pero también fue un año en el que quedó manifiesto que los agravios se deben reparar, que la gente está comenzando a reclamar lo suyo, que la gente está comenzando a mirar las cosas como éstas son y a exigir que se le haga justicia.  De eso habrán dado fe los movimientos de protesta social en los países árabes—algunos de los cuales han sido sucedidos por la caída estrepitosa (y ocasionalmente mortífera) de quienes tratan con mano dura a sus ciudadanos, a su gente, mientras celebran la vida que le escatiman a los demás—y en los centros del poder económico mundial (como los de “Occupy Wall Street” y sus secuelas).  Y aun cuando a muchos de estos movimientos de protesta, las autoridades locales se la están poniendo difícil, ellos no pierden la esperanza de lograr sus reivindicaciones.  Podrán haberse quedado sin empleo, podrán haberle ejecutado las hipotecas de sus viviendas, podrán haber perdido los ahorros con los que pretendían tener una jubilación decente, pero todavía les queda su dignidad.  Eso, y la esperanza que tanto se dice que es lo último que se pierde.

La misma esperanza que todos tenemos en que nuestras vidas mejoren con el año que está por comenzar.  La misma esperanza que no debemos perder, bajo ningún concepto.

¡Y vamos a dejar el 2011 ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  ¡Que venga el 2012!

LDB

La ley de la supervivencia

Glock 35 semiautomatic pistol in .40 S&W
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Yo creo que ya era hora de que ocurriera.  Ya era hora de que alguien hiciera lo posible por defenderse de quienes para satisfacer vicios o por creerse que tienen el derecho de abusar de los demás, tratan de arrebatar lo que otros logran con el esfuerzo propio y con la intención de progresar.  Ya era hora de que alguien dijera, “¡basta ya!”

Mientras nuestros políticos, por no dejar de hacer, protagonizan una nueva controversia en la que las instituciones como el Tribunal Supremo de Puerto Rico, que deben garantizar los derechos de la mayoría, del pueblo, de los ciudadanos de a pie, son tratadas como si fueran el botín de una guerra entre pandillas rivales; mientras la plana mayor de la Policía de Puerto Rico deja ver su complicidad con la agenda ideológica de turno, que la lleva a manipular estadísticas de delitos para crear una falsa impresión de que “se está haciendo algo” y de que por ello, Puerto Rico “se supera” (como si los “líderes” no tuvieran su parte de la culpa de que Puerto Rico esté atrás y no avance); mientras la gran mayoría de los medios de prensa andan más pendientes de las más recientes payasadas de los susodichos políticos y de la más reciente cuita de la modelo empresaria María del Pilar “Maripily” Rivera, quien ahora quiere someterse a una cirugía estética para cerrarse la brecha entre sus pechos (y tengo entendido que esa brecha es del ancho de la Autopista José de Diego a la altura de la estación de peaje de Ft. Buchanan entre Bayamón y Guaynabo—si no más ancho que eso); una mujer que se dice cristiana tuvo que responder al llamado de una ley no menos importante que las leyes divinas: la Ley de la Supervivencia.

Estación de peaje Buchanan, Autopista De Diego (PR-22).  (Imaginen por qué la estoy utilizando como ejemplo... pero ¿qué tal si regresamos a nuestra programación regular, OK?)
Estación de peaje Buchanan, Autopista De Diego (PR-22). (Imaginen por qué la estoy utilizando como ejemplo… pero ¿qué tal si regresamos a nuestra programación regular, OK?)

Todo surge de lo ocurrido el pasado miércoles 11 de mayo, cuando la dueña de un salón de estilismo en Caguas fue objeto de un intento de asalto a manos de un individuo que se le acercó con esa intención mientras ella le daba la espalda.  La víctima, de la que presumo que quiso actuar responsablemente—la clase de responsabilidad que su victimario demostró no tener—se viró y le advirtió que tenía un arma de fuego, pensando que con ello podría disuadirlo.  Por supuesto, los criminales no se distinguen exactamente por tener un sentido de responsabilidad hacia los demás—y por ello, medir las consecuencias… aunque en eso ellos no se diferencian mucho de nuestros “líderes” políticos y gubernamentales, pero ya eso es otro tema—y el del caso que nos ocupa, para no ser la excepción que confirma la regla, le hizo un disparo en el pecho a la dama.

Y amigas y amigos, mi gente, en mi libro eso se llama COBARDÍA.  No hay otra manera de llamarlo que no sea por su nombre: COBARDÍA.

Tal vez a él le hubiera sido mejor escuchar a la señora cuando ésta trató de disuadirlo, ya que ella—aunque herida—logró desenfundar un arma Glock calibre .357* que llevaba en su persona (¿puede alguien explicar esa aparente contradicción?) y le hizo varios disparos a su asaltante, alguno de los cuales lo impactó en… esteeeeeeeeee… bueno, digamos que a él los disparos le podrían reducir sig-ni-fi-ca-ti-va-men-te las probabilidades de formar una familia un día de éstos.

(Sí, ya lo sé.  Si no fuera algo tan trágico, sería completamente gracioso… aunque para el frustrado asaltante, no debe haber sido muy divertido que le pegaran un tiro ahí.  ¡Pero lo siento mucho, mi’jo, la vida no es justa!  Triste   ¡Brega con eso!)

A fin de cuentas, lo sucedido se reduce a que cada quien se vio en una situación en la que lo importante era sobrevivir.  Al delincuente, le era importante sobrevivir ante la amenaza que le representaba enfrentarse a una víctima que le estaba anticipando a él que podía salir lastimado.  A la víctima, le era importante conservar su vida, evitar que un desconocido que le venía pa’ encima con intención de robarle, la convirtiera en parte de la triste situación que se vive con cada vez mayor intensidad en el Puerto Rico de hoy, donde prácticamente cada día cae una vida más, sin que quienes proclaman “protección e integridad” puedan mostrar un mínimo de competencia.  Competencia que deberían tratar de demostrar, si quieren evitar el escenario apocalíptico descrito por el Superintendente de la Policía, José Figueroa Sancha (el mismo que en el 2006 dirigió el operativo del FBI en el que a varios periodistas se les atacó con gas pimienta), de que en Puerto Rico los ciudadanos tomen la justicia en sus manos.  (Un escenario que por otra parte se está tratando de promover, como si Puerto Rico fuera Texas o Arizona, a juzgar por algunos vientos que soplaron recientemente en nuestra “honorable” Asamblea Legislativa.)

El caso es que ésa, a falta de otra, es la ley por la que nos estamos rigiendo de un tiempo a esta parte: la ley de la supervivencia.  Es una ley con la que todos tratamos de cumplir, desde que salimos de nuestras casas a luchar contra el mundo hasta que regresamos a nuestras casas y nos retiramos a descansar—si tenemos esa fortuna de que lo podemos hacer.  Y no todos la llegamos a cumplir, pero siempre se hace el intento.  Y eso es lo que importa.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, y sobre todo, cumplan con la ley de la supervivencia.


* CORRECCIÓN, 12 de junio de 2011: Se vé que yo no soy experto en armas de fuego—y eso es algo que en realidad yo no tocaría, ni “con el pétalo de una rosa”—, pero en realidad, lo que debí haber escrito ahí era “calibre 9 milímetros“.  Aclarado queda.


LDB

Guerreros y justicieros

(… left-right-left-right-left-right-LEFT-RIGHT-LEFT-RIGHT-LEFT-RIGHT-LEFT-RIIIIIGHT-HALT!)

¡Saludos, mi gente!

Yo sé que hay un refrán que dice que sobrevivir en tiempos extraordinarios requiere la adopción de medidas extraordinarias.  Pero a mí me parece que hay medidas extraordinarias que se adoptan cuando no se tiene ni la menor idea de cómo resolver una situación—o tal vez no se tiene la capacidad, ni la voluntad para hacerlo—, y se prefiere una salida fácil que no requiere mucha ponderación (¿será eso lo que los estadounidenses llaman, un “no brainer”?).

Y si vamos a hablar de esa clase de salida, debemos hablar de la decisión anunciada hace exactamente dos semanas (el 1 de febrero de 2010) por el gobernador de Puerto Rico, Luis G. Fortuño Bruset, de activar ‘de forma temporera’ la Guardia Nacional de Puerto Rico para ayudar a la Policía de Puerto Rico en el patrullaje preventivo en áreas de alta incidencia criminal y poner al día la flota de vehículos de la Policía.  Según lo expresó entonces durante su mensaje de estado ante la Asamblea Legislativa, la activación de la Guardia Nacional será hasta tanto se gradúen unos 1000 cadetes que están al momento en que escribo esto en la Academia de la Policía de Puerto Rico (que por cierto, está situada en la antigua instalación militar “Camp O’Reilly” en el vecino municipio de Gurabo.)

Academia de la Policía de Puerto Rico, Gurabo, P.R.
Academia de la Policía de Puerto Rico, Gurabo, P.R.

Por supuesto—y esto se cae de la mata—, no es nada nuevo la idea de dar una muestra de poderío cuando no se tiene una idea clara de cómo atajar una incidencia criminal que hace mucho tiempo se le salió de control al gobierno.  (Digo, a un gobierno que se entretiene en acrecentar el problema mediante un “plan de reestructuración fiscal” que—por lo que vemos a diario en la calle—parece haber hecho más mal que el bien que se pretendía hacer.)  Ya lo habíamos visto anteriormente, cuando en la gobernación del Dr. Pedro J. Rosselló González (de 1993 al 2000) se estableció la política de “mano dura contra el crimen” y se llevaron a cabo ocupaciones policiales en los residenciales públicos (“of all places”).  Como si los residenciales públicos fueran este único crisol en el que se forman los delincuentes y merecieran la atención detallada de las fuerzas del orden público.

Claro está, siempre será más fácil atacar “al de abajo”, a un “Juan de la Calle” cualquiera, que a otros que se esconden detrás de la urbanización con “control de acceso”, detrás del “blín-blín”, el lujo y la afluencia.  ¡NOOOOO!  A ésos que nadie los toque, ni con un pétalo de rosa…  Y además, ¿cómo se vería, por ejemplo, en una de esas urbanizaciones de lujo de Guaynabo, lo que el actor de doblaje que hacía la voz de “Pedro Picapiedra” hubiera llamado, “veinte mil leguas de traje azul marino”?  ¿24/7?  ¡Horrrrrooooor!

Lo importante es que ya la suerte está echada y que el ejercicio para “combatir” la ola delictiva puertorriqueña está en progreso.  Pero más importante aún, que este ejercicio “no responde a que hubiera fracasado el ‘plan anticrimen’ del gobierno actual”.  O por lo menos, eso fue lo que le dijo a la prensa el ex-agente del FBI en funciones como Superintendente de la Policía, José Figueroa Sancha (de “grata” recordación para algunos sectores puertorriqueños, especialmente los periodistas objeto del incidente del 10 de febrero de 2006 en Río Piedras):

“Figueroa Sancha negó que la activación de la Guardia Nacional refleje el fracaso de las gestiones de la Policía y el Gobierno para combatir el crimen.
“‘Todo lo contrario, cuando tu estás en una guerra sin cuartel contra los criminales, todos los recursos cuentan y valen, y el pueblo lo recibe con mucho beneplácito’, aseguró Figueroa Sancha.”

(Primera Hora, 2 de febrero de 2010)

¿De veras?  Si lo que dice el súper es cierto, yo estoy ofreciendo para la venta una mansión de 18 habitaciones y 9-y-medio baños, justo en medio del pantano Caño Boquilla de Mayagüez.  ¿Alguno de ustedes interesa comprármela?  ¿Y qué tal si la doy a mitad de precio?  Any takers?

(NOTA A MÍ MISMO: Archivar la cita del Súper bajo “Desde que se inventaron las excusas…”)

Y no sólo eso.  Antes de lanzarlos a la calle, se les estaría ofreciendo a los efectivos militares un adiestramiento relámpago de un fin de semana, con el fin de familiarizarlos con lo que a los cadetes policiales regularmente les llevaría entre año y medio y tres años en aprender en cuanto a ley y orden se refiere.  (¿Y qué libro usarán como texto?  ¿“Law Enforcement for Dummies”?)

Para mí, lo que refleja el uso continuo de la fuerza—llámese Policía, llámese Guardia Nacional, llámese Ejército o Marina o Infantería, llámese como se llame—como el presunto alivio gubernamental a los males de nuestra sociedad son muchas cosas: incompetencia, falta de voluntad, fracaso, miopía (si no una ceguera total), no querer atender las causas de un problema que se dejó deteriorar por muchos años.  Un problema que, por su parte, nos debió haber llevado al punto que expuse varias entradas atrás, sobre la aparente dependencia entre el gobierno y la delincuencia como mecanismo de supervivencia.  Por si acaso, conviene que repita aquí lo que escribí al final de esa entrada:

“Sea como sea, lo que plantea Roberto Saviano en la columna de Mayra Montero—si interpreté correctamente lo que leí—es una posibilidad escalofriante.  Y ello significa que el gobierno (sea del partido que sea) necesita de la actividad criminal para justificar su existencia, para poder darle al mundo un espectáculo en el que aparezca como el héroe, como la salvación de un pueblo oprimido por una violencia sin freno—eso, de un lado, mientras que tras bastidores se beneficia (de alguna manera) de la influencia que dicha actividad criminal puede ganar mediante su participación en empresas e intereses legítimos.  Y quienes están (más bien, estamos) atrapados entre los unos y los otros… ¿a quién le importa eso?”

Y qué mejor manera de aparecer como el héroe, como la salvación de la patria (whatever that means!), que dar un espectáculo de fuerza, que querer aparecer como el justiciero, como el ángel de la venganza, con todo lo que eso conlleva.  Pero en eso hay que andar con mucho cuidado, como si se caminara sobre vidrios rotos, porque no es cosa fácil.  Si lo fuera, tendrían razón de ser las siguientes palabras del propio gobernador Fortuño en su mensaje de estado—dichas mientras miraba fijamente a la cámara de televisión:

“Nuestro mensaje a aquellos que están envenenado a nuestros hijos… matando a nuestros hermanos… y robándole la paz a nuestro pueblo… es bien sencillo: te vamos a buscar… te vamos a encontrar… y TE VAMOS A AJUSTICIAR.”

Wait a minute!  ¿Él dijo, “AJUSTICIAR”?  ¿AJUSTICIAR?  ¿Sabrá el distinguido letrado—aun sin ser un criminalista, que eso no es lo de él—lo que eso significa?  Cualquiera diría que a quien le preparó ese texto—presumiendo que él no lo hubiera redactado—le pasó lo que a Don Alonso Quijano, que “se le secaron los sesos” de tanto leer novelas de caballería… o en defecto, de tanto ver dramas policiales en la TV.

Es más, déjenme plantearles el siguiente ejercicio: Imaginen por un momento al gobernador Fortuño en la emblemática escena de la película Dirty Harry (1971), mientras confronta a uno de los dos asaltantes de un banco:

“I know what you’re thinking.  ‘Did he fire six shots or only five?’  Well, to tell you the truth, in all this excitement I kind of lost track myself.  But being as this is a .44 Magnum, the most powerful handgun in the world, and would blow your head clean off, you’ve got to ask yourself one question: ‘Do I feel lucky?’  Well, do ya, punk?”

La verdad es que de pensar en eso, ya me están dando escalofríos…  Pero en fin, un@ ya no sabe qué más esperar.

Y ahora, con el permiso de ustedes, me falta marchar un par de millas más (y para colmo, estoy cargando una mochila que pesa más que un matrimonio mal llevado), así que vamos a dejarlo ahí.  Cuídense mucho y pórtense bien.  ¡Hasta la próxima!

(ATEEEEEN-HUT!  FORWAAAAARD… MARCH!  LEFT-RIGHT-LEFT-RIGHT-LEFT-right-left-right-left-right-left…)

LDB