Yo no me quito, yo me quedo

English: Silhouette of an airplane to the left
English: Silhouette of an airplane to the left (Photo credit: Wikipedia)

Durante mucho tiempo he visto cómo la gente reacciona a una crisis como la que venimos viviendo por las últimas 4 décadas—puede ser que por más tiempo—en Puerto Rico.  Crisis que nace de la ineptitud y la complacencia con la que se ha manejado la vida pública en este país.  Servicios públicos deficientes, una infraestructura que clama a gritos porque se le dé la debida atención, un cuadro de salud mental que mete mucho miedo, una descomposición social que fomenta la violencia contra todo y contra tod@s, y una clase política que se cree que le vamos a estar riendo las gracias eternamente, mientras una prensa mayormente sensacionalista prefiere no cuestionar—¿no será que de un tiempo a esta parte no se atreve a cuestionar?—y más bien adormece a l@s espectadores(as) con el último chisme del conocido cantante sexualmente enfermito o la conocida modelo-empresaria-icono.

(Como decía la conocida muñeca chismosa de ingrata recordación… “¿he mencionado nombres yoooooooooo?”)

¿Y de qué manera se ha preferido reaccionar a todo este cuadro pésimo?  Muchas personas han dicho que ya no aguantan más y están dispuestas a irse.  A buscar otros horizontes, principalmente en los Estados Unidos.  Donde hay mayores y mejores oportunidades y las condiciones de vida son mejores.

Pero déjenme aclarar algo antes de seguir: No es mi intención juzgar negativamente a quienes piensan de esa manera—tal vez porque si lo hago y me equivoco, tendría que tragarme mis propias palabras.  Total, tod@s tenemos en nuestra propia familia a alguien que se ha sentido derrotado porque sus esfuerzos le han sido “recompensados” con desprecio, desdén, puertas cerradas a sus aspiraciones, etc.  En mi familia ha sido así por bastante tiempo.  Parientes que han tenido que emigrar de los campos a la gran urbe en el norte, a trabajar cosechando las bendiciones de la madre tierra o haciendo puntadas a máquina con hilo y aguja.  O que han emigrado porque las oportunidades de desarrollo profesional no han llegado como lo deseaban, y han tenido que empacar sus sueños y esperanzas en la misma maleta que sus ropas—y por razones que no vienen al caso, sólo voy a decir que ese último caso me toca bastante de cerca.

Así que entonces, ¿qué es lo que queda ante todo este desastre?  O más bien, ¿quienes son los que se quedan—o más bien, nos quedamos?  Nos quedamos quienes tratamos de aguantar como podemos el embate de la ola de mediocridad que nos permea.  Nos quedamos las víctimas propiciatorias de los sacrificios de sus líderes, de aquell@s en quienes—más mal que bien—depositamos la confianza.

Nos quedamos aquí l@s que podemos elegir entre seguir siendo víctimas… o salirnos de ese papel.

Pero entonces, ¿cómo salir de ese papel?  ¿Qué tal si nos quedamos aquí y luchamos por recuperar lo que nos corresponde, particularmente nuestra dignidad, que tanto ha sido pisoteada?

Como lo indiqué arriba, no deseo juzgar a quien se vea en la disyuntiva de irse vs. quedarse.  Sé que no es nada fácil para quien se vea en esa situación.  Ni para mí fue fácil cuando en aras del tan ansiado progreso profesional que había visto en otr@s, quise irme a estudiar un doctorado en ecología en State College, Pennsylvania, allá para agosto de 1990 (¡experiencia de la que sólo duré 11 días!).  Adaptarme a una realidad diferente fue para mí un golpe muy fuerte, además de que las circunstancias que me hubieran ayudado a aguantar ese cantazo no se dieron como yo esperaba.  Y lo peor de ello fue que yo estaba solo.  Solo.  Sin el apoyo de nadie que entendiera la situación por la que pasaba y me hubiera ayudado a hacer más tolerable esa transición en mi vida.  (Aunque valga aclarar que algunos de mis potenciales compañeros de universidad, angloparlantes, hicieron lo que pudieron por ayudar, aunque eso no fuese suficiente.  Pero no me quejo y les agradeceré eternamente por lo que les estuvo a su alcance hacer.)

Así que podrán imaginarse mi alivio al regresar a mi terruño a finales de ese mes, cuando me dije que había regresado a donde tenía que estar, y que cumplir mi misión en la vida no me requería ir más allá de mi grado de maestría en ciencias en biología, que con eso ya estaba más que preparado para lo que me tocaba hacer.  (Por supuesto, también fue un alivio que la carta de renuncia que yo había presentado a mi puesto, la cual entraba en efecto por esos mismos días, fuera dejada sin efecto—pero eso ya es otra historia.)  Y esa misión es simple y sencillamente la de ayudar a poner de pie a mi país, no de rodillas como lo tienen quienes creen que lo pueden tener así por siempre.

Pero volviendo al tema, ¿qué podemos hacer para cumplir con esa misión?  Para empezar, debemos unirnos todos, los que nos quedamos, más allá de las mezquindades que nos inculcan los políticos y algunas figuras públicas cada día.  Debemos generar nuevas ideas, debemos mirar más allá de nuestras narices, más allá de los confines que nos limitan.  A lo mejor en el este del Caribe, o en América del Sur, o en Europa, o África, o quién sabe dónde más, hacen cosas que tal vez nos podrían dar ideas que podamos implantar aquí—y quién sabe si hasta las podamos mejorar en el proceso.  Debemos ser más conscientes de las decisiones que tomamos, y de en quienes confiamos para que dirijan nuestros destinos.  Sobre todo, debemos cuestionar lo que tenemos en estos momentos,  Debemos poner siempre en duda todo lo que nos dicen quienes dicen estar haciendo las cosas “por nuestro bien”, por un lado, mientras que por otro lado buscan su propio bien—y eso último, lo sabemos, y tal vez ell@s saben (aunque no lo quieran admitir) que lo sabemos.  Debemos exigir que cada quien se haga responsable de sus acciones, que no se escondan cobardemente detrás de argumentos manoseados para no hacer las cosas que hay que hacer.  O para hacer cosas que enajenen a quienes no encajan con su estrecha visión particular de cómo deben ser las cosas.

La verdad es que quienes nos quedamos tenemos una tarea enorme por delante.  Una tarea que requiere esfuerzo y sacrificio.  Una tarea para la que tenemos una responsabilidad, con nosotr@s mism@s y con nuestra sociedad, por lo que hay que estar presente para cumplir con la misma.

De mi parte, yo pienso seguir cumpliendo con mi responsabilidad y con mi deber.  Y por ello es que afirmo que…

Yo no me quito.  Eso no está en mi plan de vida.  YO ME QUEDO.

Y ya que yo no me voy a quitar… ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

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Lo que nos deja el 2010

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Bueno, amigas y amigos, para cuando yo coloque esta entrada en los servidores de WordPress.com, el resto del mundo aún no habrá recibido el nuevo año 2011—cosa que deberá empezar a ocurrir cuando en Puerto Rico sean las 8 de la mañana (08:00 UTC –04:00) del viernes, 31 de diciembre de 2010.  (O por lo menos, eso es a lo que yo aspiro.)  Así que a ésta la considero como la última entrada oficial de mi blog para el 2010.  Un año en el que en Puerto Rico se vieron muchas cosas.

Se vieron los efectos de una ola delictiva que parece no tener fin, muy a pesar de que se alega oficialmente que la misma “está bajo control”—or is it?  Una ola delictiva en la que cualquiera se cree con poder sobre la vida y la muerte y los inocentes se convierten en un blanco fácil.

Se registraron más y más actos de violencia dentro del seno familiar, con resultados cada vez más escalofriantes—y siempre, quienes menos pueden defenderse, especialmente l@s niñ@s, ya sean l@s del residencial público, o l@s de la barriada pobre, o l@s de la ruralía, o hasta l@s de las supuestamente seguras urbanizaciones de “acceso controlado”, acaban pagando los platos rotos.

Se continuaron implantando las medidas de “estabilización” y “recuperación” fiscal, con la salida de más empleados públicos de sus puestos en el gobierno estatal—medidas que han traído un desmejoramiento en la calidad de los servicios que se le prestan al público, al sobrecargar a l@s emplead@s que quedan para hacer las tareas de l@s que “se fueron”.  Y en cuanto a l@s que “se fueron”, muchos de ést@s tratan de arreglárselas como pueden, ya que la suerte de volver a tener un empleo no parece favorecerles por lo pronto.  Y l@s que no pueden arreglárselas… no pueden más con su carga y caen.

La mediocridad se paseó de la mano de la codicia una vez más, especialmente en el lugar donde se elaboran las normas que deben ayudar a la sana convivencia de quienes preferimos vivir en sociedad a vivir sin reglas—con una profusión de necios, ignorantes, elementos con más ambición de servirse de los demás que de servir a los demás, o aquéllos cuya conducta pública evoca un sentimiento de vergüenza.

Sobre todo, el conflicto y la confrontación se hicieron sentir mucho durante este año que nos deja.  Se hicieron sentir en las acciones contra entidades de la confianza de los ciudadanos, como el Colegio de Abogados, y contra las comunidades pobres, cuyo único “delito” es interponerse en el camino del “progreso”.  Se hicieron sentir en la Universidad del estado, cuando imperaron la retórica de un tiempo que muchos creíamos muerto y sepultado, la intolerancia y la mala voluntad, sobre el consenso y la razón.  Y todo eso, ¿para qué?

Es curioso que estos días del feriado de Navidad y fin de año del 2010 han transcurrido en Puerto Rico bajo una lluvia persistente.  Tal vez para cuando yo coloque esta entrada en los servidores de WordPress.com, ya haya dejado de llover y empiece a brillar el Sol, como un signo de esperanza, de que no todo está perdido.  A mí me gustaría pensar que eso será así, pero con los barruntos que nos deja el año 2010 que se va… la pregunta que me hago es: ¿hacia dónde vamos desde aquí?

(Y eso, que ni siquiera voy a mencionar el temblor de tierra de magnitud 5.4, que se sintió en Puerto Rico la noche del 24 de diciembre de 2010.  Interesantemente, el epicentro del mismo se estimó como a 15 millas o 24 kilómetros al oeste de donde vivo… lo suficiente como para que se sintiera como si un tren hubiera chocado contra mi casa.  ¡Así de fuerte se sintió ese temblor!  ¡UY!)

Y ahora sí, ¡vamos a dejar el 2010 ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Nos vemos en el 2011.

LDB

Otro día que vivirá en la infamia…

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“INDIGNACIÓN
“La Isla es escenario de la redada anticorrupción más grande en la historia de EE.UU.”

PROFUNDA SACUDIDA A LA POLICÍA
“Decenas de agentes son sorprendidos entrando en acuerdos con presuntos narcotraficantes.”

“WASHINGTON LE PONE EL OJO AL PAÍS
“Según (la jefa de la Fiscalía Federal en San Juan) Rosa Emilia Rodríguez, los federales están preocupados por la magnitud de la corrupción.”

‘TE VAMOS A DETENER’
“El jefe de Justicia de Estados Unidos envía un fuerte mensaje a los agentes corruptos.”

Amigas y amigos, no podían ser más elocuentes los titulares de la prensa escrita el 7 de octubre de 2010 ante los sucesos de la víspera—un día que, si usamos las famosas palabras del presidente Franklin D. Roosevelt ante el Congreso estadounidense, luego de otra víspera de ingrata recordación, “vivirá en la infamia”.  Y no hace falta decir que ese 6 de octubre de 2010 pasará a la historia como el día en el que las autoridades estadounidenses arrestaron a 132 personas por delitos relacionados con el tráfico de drogas y armas, 89 de los cuales eran agentes del orden público: 61 agentes de la Policía de Puerto Rico, 16 agentes de la policía local de cinco municipios (entre los que se destacan San Juan y Guaynabo… ¡qué interesante!) y 12 agentes del sistema correccional.  Los arrestos se llevaron a cabo con base en la labor de agentes encubiertos del Negociado Federal de Investigaciones (FBI), quienes captaron a los agentes implicados en medio de transacciones en las que se ofrecían para “proteger” y “dar seguridad” a varios narcotraficantes en sus transacciones de drogas y armas.

La verdad es que esto es como para asustarse, como para un@ no saber en quien confiar cuando sale a la calle…

Pero si malo es que hubieran arrestado a estos agentes del orden público, peor es lo que ello refleja sobre nuestro país actualmente.  Como lo expresado ante la prensa ese mismo día por el Agente Especial a Cargo (SAC) del FBI en San Juan, Luis Fraticelli, de que existe una corrupción “sistemática y endémica” en la Policía de Puerto Rico, en el Departamento de Corrección y Rehabilitación (DCR) y en varios de los cuerpos de policía municipal, y que se necesita hacer “cambios radicales ” para eliminar esa corrupción.

Digo, ¿tan mal están las cosas en Puerto Rico que las autoridades estadounidenses tienen que darnos una sacudida para que nos pongamos en movimiento, para que nos salgamos de nuestra comfort zone y las arreglemos (si es que nuestros pseudolíderes políticos tienen la voluntad para hacerlo)?  ¿Tan bajo hemos caído como para que en el mismo encuentro con la prensa, el secretario de justicia estadounidense Eric Holder, diga—en un español bastante aceptable, si me preguntan a mí—que “Puerto Rico se merece algo mejor” de sus agentes de ley y orden, y que no permitirá que las acciones de unos pocos deshonestos destruyan el buen trabajo de los muchos policías decentes y honestos?  (¡Y créanme que los hay!)

No podría ser peor el mensaje que se le lleva al mundo sobre un país que se jacta de que “lo hace mejor” (y hasta pretende unirse al fenómeno global del “branding” al mercadearse con esa misma frase como marca).  Y a juzgar por la lista de artículos relacionados que aparece al final de esta entrada, la fama que tenemos en estos momentos no es la mejor.  (Y salvo las honrosas excepciones que todos los puertorriqueños conocemos, parecería que nunca tuvimos buena fama.)  Por supuesto, no es habitual que alguno de los medios estadounidenses o internacionales informe los logros y los triunfos de los puertorriqueños, en y fuera de su propia patria… la misma que, lamentablemente, algunos de sus hijos ha dejado caer en un abismo.

Mucho se dice de las razones por las que estamos enterrados en este hoyo (no tan profundo como el de los 33 mineros chilenos que ya llevan más de dos meses atrapados—y que al yo escribir esto, podrían estar por salir de su encierro involuntario antes de finales de este mes).  Puede que sea tal vez que el gobierno (de los dos partidos políticos principales, el PPD y el PNP—a mí me da igual) hubiera decidido adoptar una política pública al estilo de la película ochentosa, Police Academy (Dir. Hugh Wilson, 1984), en la que un buen día, la alcaldesa de una gran ciudad estadounidense no nombrada levanta así porque sí las restricciones para el reclutamiento de cadetes de policía, lo que abre las puertas de la academia de policía “a Raimundo y to’ el mundo”… y no necesito contarles más para decirles en qué termina ese “experimento” (digo, en su momento algun@ de ustedes se gozó esa película tanto como yo… Sonrisa ).

Por supuesto, nuestra realidad no es exactamente tan divertida, especialmente cuando las consecuencias que vemos cada día incluyen asesinatos de inocentes (como los de José A. Vega Jorge y Miguel A. Cáceres Cruz), incidentes de brutalidad policial como los que observamos recientemente durante el paro universitario de 2010, y (aunque demasiado remotos como para atarlos a las causas de la situación actual) asesinatos con base política como los ocurridos hace 32 años—de veras, el tiempo se va volando—en el Cerro Maravilla.  Aunque no todas las consecuencias las han tenido que afrontar los ciudadanos que tienen la mala fortuna de quedar del lado equivocado del rotén o el del cañón de la Glock policial, ya que también las han sufrido los mismos agentes del orden público (como en el caso de la disputa familiar entre policías que terminó en tragedia Las Piedras).  ¿Verdad que esto hace desear que yo repita lo que yo escribí entonces para ese último caso?

“¿Qué queda entonces por hacer?  Ya el Superintendente de la Policía dijo que hará lo posible porque cada miembro de la Policía se haga examinar sicológicamente una vez al año….  Por supuesto, también sería de ayuda si se volviese a ser más selectivo en la admisión de nuevos reclutas a la academia del cuerpo policial, si se asegurara que quienes salgan a la calle (con el uniforme, la placa, las esposas y el arma de fuego) sean personas sólidas, templadas, equilibradas emocionalmente, con un claro sentido de honestidad y de justicia…

“¿Será eso demasiado pedir?  Francamente, YO NO LO CREO.”

Por supuesto, si no se ha hecho nada desde que escribí esa cita en enero de 2007, tal vez menos se hará hoy en día.  Y hasta puede ser que yo me hubiera equivocado todo este tiempo: Le estamos pidiendo demasiado a un sistema político cuyos componentes han demostrado no tener la capacidad para atender eficientemente las necesidades de sus ciudadanos, que no pueden ir hasta las raíces de los problemas que aquejan a nuestra sociedad para solucionarlos, y que más bien hacen gala de su mediocridad e incompetencia, de su extraordinario talento para el figureo.

Francamente, yo creo que el secretario federal de justicia, el señor Holder, tiene mucha razón: “Puerto Rico se merece algo mejor”.  Se merece tener gente honesta, gente decente, gente que suda la patria cada día, gente que construye un país con su esfuerzo… en lugar de quienes quieren destruirla vendiendo su dignidad, su honradez y su vida a precio de sangre y sufrimiento.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.

LDB

Y luego preguntan, ‘¿por que nos quejamos?’

Yo no puedo creer esto, amigas y amigos, mi gente.  De un tiempo a esta parte, se ha estado dando un descontento con el proceder de la administración gubernamental de turno,  y la respuesta oficialista a ese descontento es hacer como si el mismo no tuviera motivo, como si no hubiera razón para quejarse.  Veamos.

Si se le plantea al máximo ejecutivo de las emisoras públicas de Puerto Rico, Israel “Ray” Cruz (el mismo que hace un año vació prácticamente todo su departamento de noticias), que las transmisiones televisivas de las actividades de apertura y clausura de los Vigesimoprimeros Juegos Centroamericanos y del Caribe (Mayagüez 2010)—los cuales culminaban el día en que escribo esto, luego de dos semanas de bastante actividad (incluida una que mencionaré un poco más abajo en la entrada, si tienen la paciencia de seguir conmigo hasta allí)—fueron una soberana porquería y no contaron con la calidad que se espera de un evento de trascendencia mundial, lo más seguro es que el ejecutivo replique:

  1. Que la transmisión sí fue de alta calidad, y que se utilizaron los más recientes adelantos de la televisión digital, y
  2. Que no hay razón alguna para quejarse, a menos que a un allegado de quien se queja no se le hubiera otorgado la producción de un programa televisivo, o que la parte agraviada hubiese sido despedida del elenco de otro programa.

A ver si entiendo esto: Tanto la atracción estelar de la ceremonia inaugural, la cantante Olga Tañón (a cuyo esposo no se le otorgó un contrato para producir un programa estelar sobre las cosas lindas y positivas de los municipios de Puerto Rico), como la respetada actriz y locutora puertorriqueña—y por si se me olvida, ella es además jugadora de golf a tiempo parcial—, Cordelia González, hacen planteamientos válidos, basados en su experiencia con los medios y en su interés de llevarle a Puerto Rico, y a los demás países representados en “Mayagüez 2010”, un espectáculo que haga brillar a Puerto Rico ante la región y ante el mundo.  ¿Y cómo la oficialidad trata esos planteamientos?  ¿Al nivel del betún?  ¿Como si se tratara de un chisme propagado por gente despechada?  ¿Como si las cosas que originan esas preocupaciones no existieran—por lo menos, en el universo en el que vive el directivo de medios?

Otro ejemplo: Se le cuestiona al alcalde de Barceloneta (municipio costero en el norte de Puerto Rico) sobre su operativo de eliminar una serie de ‘estorbos’ en la zona costera—entre los que está una comunidad pesquera cuyo único “delito” es procurarse su propio bienestar, sin tener que estarse dejando amamantar por el gobierno—para allanarle el camino a un desarrollo de marinas y paseos costeros, lo más seguro es que el incumbente municipal conteste:

  1. Estableciendo que el proyecto en cuestión es para “proteger” la costa y los bienes públicos en la misma, y que se pretende preservar las áreas de alta sensibilidad ecológica (como las playas de anidamiento de tortugas marinas en peligro de desaparecer), histórica y cultural (como una serie de cuevas que poseen petroglifos de nuestros pobladores precolombinos), y
  2. Que todo está bien, que no hay motivo para quejarse, y que quien se atreva a llevarle la contraria, específicamente la líder comunitaria que está ayudando a organizar a los residentes de la villa pesquera, es “una loca”.

Francamente, a mí me da una gran vergüenza cuando oigo o veo que los que se hacen llamar líderes en Puerto Rico se rebajan al nivel de la alcantarilla—muy a diferencia de las víctimas de su ira.  Y ciertamente al incumbente en cuestión, Sol Luis Fontanes Olivo, se le conoce un historial de rebajarse a ese nivel cuando no tiene argumentos para rebatir, o cuando se ve en medio de una situación peliaguda.  (Y si alguien todavía lo duda, vea en la noticia enlazada arriba cómo este alcalde maltrató de palabra—alegadamente—a un pescador cuya propiedad fue expropiada.  O si quiere, échese un poco hacia atrás en el tiempo, hasta llegar a donde les presento a este mismo alcalde en el contexto del famoso—más bien, infame—incidente de los perros realengos arrojados por un puente.)

Es más, si me permiten una nota personal y sin que me quede nada por dentro: Yo conozco personalmente a la líder comunitaria a la que este individuo (y yo lo siento mucho, pero el título de “Alcalde” reviste cierta dignidad que no quiero manchar al aplicarlo a este señor) quiso injuriar públicamente, la Sra. Laylanie Ruiz Olmo.  Ella fue en su momento una compañera de trabajo en el DRNA.  Durante el tiempo que estuvo trabajando con nosotros, a mí me constó su seriedad, su capacidad profesional y su dedicación a la protección del medio ambiente y los recursos naturales.  Por eso, yo no tengo razón alguna para creer que ella no esté actuando en defensa de una comunidad que ve amenazada su supervivencia.  Pero sobre todo, creo que tanto ella como la comunidad a la que representa, tienen algo que no se puede comprar… y ese algo se llama dignidad.

¿Podrá decir lo mismo el ocasionalmente destemplado primer ejecutivo municipal?  ¿O será que quien(es) esté(n) detrás del desarrollo propuesto le tiene(n) a él un precio puesto?  Por aquello de que todo se compra, todo se vende…

Pero volvamos al planteamiento inicial.  Si se le plantea al gobernador de Puerto Rico, Luis G. Fortuño Bruset, que algunas de las más de 1500 escuelas del sistema educativo público de Puerto Rico no están preparadas en su planta física, o en su dotación de maestros o directores para el inicio del nuevo año escolar 2010–2011 (¿no les parece que están escuchando el mismo disco rayado de siempre?), y que las organizaciones magisteriales amenazan con realizar paros y manifestaciones de protesta al inicio del primer semestre escolar, el primer ejecutivo responde que:

  • ¿Para qué las protestas de las organizaciones magisteriales, si las más de 1500 escuelas de Puerto Rico estarán listas para el comienzo de las clases del primer semestre?  Todo está bien, no hay de qué quejarse.

La verdad es que oigo una expresión como ésa y no sé si estoy en el planeta Tierra o si estoy en un universo paralelo.  ¡Qué horrible!

Es más, déjenme salirme de ese tema para volver al de “Mayagüez 2010” como lo prometí arriba.  En la segunda de las dos semanas de la fiesta deportiva—que contratiempos aparte, resultó ser muy exitosa—, la noticia más importante no fue el desempeño de las distintas delegaciones deportivas, sino el hecho de que se reportara un ataponamiento en las tuberías sanitarias de la Villa Centroamericana… ¡causado por la disposición de ‘miles de condones’!  Como el proverbial árbol caído, de esta noticia todo el mundo hizo leña… especialmente los “reporteros estrellas” de El Ñame, quienes sugieren que los miembros masculinos (como dicen en inglés, pun intended!) de las delegaciones presentes tomen un curso ‘educativo’ a ese respecto.  Por supuesto, los organizadores de “Mayagüez 2010” buscaron justificarse diciendo que todo estaba bien, que no había necesidad de quejarse y que el problema se había resuelto, aunque ulteriormente no quisieron dar cara a la prensa y dar explicaciones más comprometedoras.

Pero no deja de darme gracia el que tantos atletas masculinos hayan querido… esteeeeeeeeee… dar rienda suelta a sus impulsos “competitivos”, descargar todo ese exceso de energía “atlética”, como para poner a prueba la capacidad de todo un sistema sanitario para asimilar esa carga.  (Además de que debe haber mejores maneras para disponer de…  No, por favor no hagan caso a lo que acabo de escribir.)

Pero bueno, no sé ni por qué me quejo.  Todo está bien en este universo paralelo en Puerto Rico.  ¡No hay razón para quejarse, problema resuelto!  Y a todos los atletas masculinos de “Mayagüez 2010”… ¡medalla de látex!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta luego.

LDB

Caer gracioso… o caer en la desgracia

¡Hola, amigas y amigos, mi gente!  Luego de una semana que comenzó para mí de la peor y más inesperada manera imaginable, como lo explicaré más adelante en esta entrada, aquí estoy nuevamente.

Sea como sea, todavía es la hora en que se me hace difícil entender cómo es posible que elijamos para los puestos públicos en Puerto Rico, personas que por lo demás deberían asumir una conducta pública digna—y sobre todo, personas entradas en bastante edad, que siempre se nos ha dicho que es una señal de sabiduría y de respeto—, para entonces echar por tierra esas expectativas.  Pero a veces, la vida nos demuestra que no siempre el que más se llena la boca predicando la honestidad es el más honesto, no siempre el que más se llena la boca predicando la paz y el amor hacia el prójimo es el más tolerante hacia quienes no son sus iguales, no siempre el que más firmemente se apega a la prédica de la moral y la decencia es el mejor ejemplo a seguir.

Prueba de ello nos la dieron la semana atrasada (y si me siguen hasta que termine esta parte de la entrada, sabrán el por qué de este atraso) dos “servidores públicos”, quienes se han visto envueltos en situaciones que apuntan hacia su carácter y su entereza moral (o a la falta de los mismos).  A uno de ellos, el alcalde de Cidra (municipio ubicado hacia el extremo este de la Cordillera Central, para quienes me leen fuera de Puerto Rico), se le ha imputado cargos de hostigamiento sexual en la persona de varias de sus empleadas alcaldicias, mientras que el otro, el senador (of all people!) Antonio Soto Díaz, que se hace llamar “el chuchin”, quiso caer en gracia durante un programa matinal en la radio FM local (‘La Perrera’ de Salsoul) y se ufanó de que la contratación como su ayudante, de la conocida modelo profesional Yadira Hidalgo… esteeeeeeeeee… no fue precisamente por sus cualificaciones profesionales, si entienden lo que quiero decir…

(OK, voy a decirlo como es: fue… esteeeeeeeeee… ¡porque ella tenía unas tremendas nalgas!  PUNTO.)

Lo anterior resultó en que ulteriormente el presidente del Senado de Puerto Rico, Thomás Rivera Schatz, rescindiera el contrato, lo que no le cayó muy bien a la modelo, quien amenazó con entablar la correspondiente acción en los tribunales.  (Aunque francamente, yo no perdería mi tiempo en llevar una demanda en esas circunstancias, sobre todo dado que pendía sobre ese contrato un planteamiento público de naturaleza moral y el presidente senatorial, como autoridad nominadora, tenía todo su derecho de tomar esa decisión—si la decisión fue buena o mala, ya eso es otra cosa.)

Pero el caso es que eventos como éstos apuntan hacia un síntoma bastante serio, en lo que respecta al liderato político del país.  Un liderato político sin carácter, sin vocación de servicio, que se deja llevar por sus impulsos más bajos, eso por un lado, mientras que por el otro tratan de pasar como los guardianes de la moralidad y el civismo ante la sociedad puertorriqueña.  Digo, ¿no son estos líderes políticos los mismos que le exigen a los ciudadanos que cumplan con las leyes, aunque éstas sean absurdas o acaben por ahogar a los propios ciudadanos?  ¿Los que exigen que las comunidades marginadas por el crimen y la pobreza echen a un lado la “ley del silencio” y denuncien ante la Justicia a los que cometen los delitos más atroces?  ¿Los mismos que pretenden inculcarle valores a un pueblo—y de veras, yo creo que los puertorriqueños necesitamos recuperar esos valores que reflejan la convivencia de otros tiempos—, cuando ni siquiera son capaces de ser los ejemplos que reflejen esos mismos valores?

Tal vez, políticos como éstos creerán que se saldrán con la suya, porque tienen alguna clase de poder—o como en el caso del senador Soto, que dice ser creyente en la brujería y hasta ha amenazado con “hacerle daño” a sus enemigos (una vez salga de su lío actual, por supuesto).  Tal vez ésa es una de las consecuencias de elegir “cualquier cosa”, lo que sale de debajo de la tapa de un zafacón (“papelera”, “cesto para la basura”, etc.), como la persona que ha de representar y defender los intereses del pueblo, en lugar de buscar personas que tengan un sentido de responsabilidad, que tengan un sólido carácter moral, que asuman con seriedad la función pública, que manifiesten dominio propio.

Tal vez, es ahora que nos damos cuenta de ello.


Y ahora voy a la explicación que prometí al comienzo.  El domingo pasado (11 de julio de 2010), luego de disfrutar el triunfo 1–0 de la escuadra española sobre la holandesa en la final de la Copa Mundial de Fútbol, me había quedado sin ánimo para escribir la entrada que están leyendo hoy.  En todo caso, cuando me dirigía a mi oficina el lunes, empecé a pensar en que debía haber alguna manera de mantener el contacto con aquéll@s de mis compañer@s de trabajo que habían sido objeto de la implacable ola de despidos promovida por la Ley 7 de 2009.  Me interesaba mucho saber qué estaban haciendo, cómo les iba en la vida, si habían tenido éxito en conseguir un empleo que les ayudara a atender sus compromisos, cómo les trataba la vida—bien, mal o peor—, y sobre todo, si había alguna cosa, por pequeña que fuera, que pudiéramos hacer quienes nos quedamos atrás para luchar por ellos.

Una vez entro al ascensor que me lleva hasta el nivel del edificio en el que se encuentra mi oficina, comienzo a notar que varios compañeros de trabajo están hablando en voz queda sobre una persona que había muerto la noche anterior.  Comentaban cómo esa persona había atravesado por tiempos difíciles en su vida pasada y reciente, especulaban sobre qué pudo haber pasado por su mente en sus momentos finales.  Mientras oía esta conversación, no pude evitar pensar que algo estaba mal.  ¿Sería la persona de la que se estaba hablando, alguna persona de las que recién se había retirado, luego de dejar toda su vida en el trabajo?  Digo, se conocen casos en los que una persona que hubiese trabajado por mucho tiempo, sea en el sector público o en el privado, al no poderse adaptar a la idea de que ya su misión laboral terminó, que ya su rutina diaria cambió para algo menos intenso, encuentran intolerable ese cambio y sucumben.  Pero de otra parte, ¿sería esta persona de la que se hablaba alguna de las víctimas—gústele a quien le guste—de una mal ejecutada campaña de despidos dirigidos a “reducir” las nóminas gubernamentales en aras de una “recuperación económica y fiscal”?  Digo, yo llevo bastante tiempo advirtiendo (o por lo menos, dándolo a entender) en este blog que cosas como ésa podrían suceder, que ésa podía ser una de las consecuencias de dicha campaña de despidos.

No es sino hasta que llego a mi oficina y le pregunto a una de las secretarias sobre lo sucedido, que la realidad me da un golpe brusco: En efecto, fue una de las personas que había sido víctima de la ola de despidos masivos gubernamentales.  Una joven mujer, en sus 40s medios, divorciada, madre de tres niños, cargada con el peso intolerable de una serie de deudas y compromisos, y sin los medios para poder cumplir con esas deudas y compromisos… tomó la lamentable decisión de suicidarse la noche anterior.  (Y por respetar su recuerdo, me voy a reservar la manera en la que ella se privó de la vida.)  Y eso me dejó fuertemente sorprendido, y muy triste, por tratarse de una persona a la que tal vez hubiera ayudado una buena palabra a tiempo, el consejo de algún buen amigo, de alguien que la hubiera escuchado sin juzgarla, alguien que le hubiera dado su apoyo, alguien que hubiera estado ahí, con ella, en su momento de mayor desolación.

Sea como sea, la noticia de que alguien a quien se conoce—o tal vez debo decir, a quien yo apenas estaba empezando a conocer y entender—ha optado por resolver los problemas angustiosos de su vida privándose de la misma, nos deja muy consternados.  Nos deja con la sensación de que personas como mi ex-compañera de trabajo—por lo demás una hermosa y esbelta rubia de tez blanca y ojos claros y de buen corazón, aunque a quien no la conociera le parecería tan fría y distante como una princesa de hielo—viven por dentro un infierno, una situación mental tan angustiosa que no las deja ver más allá.  Nos deja con una sensación de vacío, de que nos hará cada vez más falta, de que nuestro mundo dejó de ser el mismo ante su partida al más allá.

¡Desde aquí deseo para ti un buen viaje, amiga Edna!  Que tu recuerdo ilumine y alegre las vidas de quienes te conocimos, y nos ayude a seguir luchando por lo que es justo.

(Por cierto, la realidad me dio el segundo golpe trágico en menos de una semana, cuando la noche del sábado—mientras realizaba una búsqueda en Bing.com—me enteré de que una atleta que admiré durante mucho tiempo hasta que desapareció de la vista pública, la fisicoculturista estadounidense Shelley Beattie, se suicidó en febrero de 2008, a los 40 años de edad, mientras estaba bajo tratamiento siquiátrico por un trastorno bipolar.  Un final lamentable para una atleta que a pesar de ser sorda desde su temprana niñez, demostró su excelencia en la práctica de ese deporte, ganando o logrando escalar altas posiciones en varias competencias importantes.)


Pero bueno, la vida continúa para l@s que quedamos atrás, aunque esta entrada tenga que llegar hasta aquí, así que… ¡vamos a dejarla ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Y sobre todo, recuerden esto: Por más angustiosa que sea la situación por la que pasan nuestras vidas, ¡no debemos rendirnos NUNCA! ¡Que así sea!

LDB