¿De quién es la hora?

Hector "Macho" Camacho
Hector “Macho” Camacho (Photo credit: MarkGregory007)

“La vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás.”

Luis Rafael Sánchez, La guaracha del Macho Camacho, 2da ed., Buenos Aires, Argentina: Ediciones de la Flor, 1976.

A mí no me cabe la menor duda de que la vida es una cosa fenomenal.  Y me imagino que para Héctor Luis Camacho Matías (vía Wikipedia: en español y en inglés)—quien poco tiempo después (a comienzos de la década de 1980) haría suya la “persona” que Sánchez utiliza como vehículo para narrar “algunos extremos miserables y espléndidos de las vidas de ciertos patrocinadores y detractores” de la presunta creación musical—la vida también fue una cosa fenomenal.  Una vida llena de triunfos y glorias, de momentos malos y de cosas buenas (como lo cantaría en su momento “el cantante de los cantantes”, a no dudar uno de sus ídolos).  Una vida en la que podía salirse con la suya haciendo gracias para que la gente—o tal vez, alguna gente—se las riera.  O podía no salirse con la suya.

Una cosa fenomenal con sus extremos miserables y espléndidos.

Y ciertamente esa cosa fenomenal es lo que ha desfilado ante nuestros ojos desde el 20 de noviembre de 2012, dos días antes de la festividad anglosajona de Acción de Gracias, cuando se dio la inesperada noticia (tal vez “inesperada” para mí y para muchas otras personas, aunque ello pudiera ser debatible) de que el Macho Camacho había sido abaleado por desconocidos—que a juzgar por la “eficiencia” investigativa de las autoridades locales, todavía lo son cuando escribo esto—mientras estaba sentado en el auto de uno de sus amigos de la infancia (que aunque ya se ha dicho por un tubo y siete llaves creo que me toca a mí ser quien lo diga una vez más: el susodicho amigo también fue tiroteado y perdió la vida en el atentado, tras el cual las autoridades encontraron drogas ilegales en su posesión y en el mismo vehículo) frente a un expendio de licores en su pueblo natal de Bayamón (al oeste de San Juan).  Extremos tan miserables como la espera agónica del país y del mundo por el desenlace, la garata en la que se enfrentaron (en la categoría de peso “fideo mojado”) el director del Centro Médico de Puerto Rico y un conocido cirujano cardiovascular (el mismo que trató de retar al actual gobernador de Puerto Rico en las elecciones de 2012) cuando cada quién trató de explicar a su manera por qué se esperó demasiado a que se declarara la muerte cerebral del occiso—qué feo les quedó eso a ambos profesionales de la salud, pero eso ya es otra historia—y la no menos penosa garata entre algunos de los dolientes por determinar si lo separaban de las máquinas que lo mantenían vivo (una vez la declararan con “muerte cerebral”), o por reclamar su “sitial” en el reino celestial en ciernes.  Especialmente la garata formada entre la más reciente “compañera” del difunto y la que la precedió, sólo porque la primera se atrevió a darle un último beso apasionado al cadáver de su amado…

(¡Huy!  Con su permiso, vengo en un momento, que me siento con deseos de vomitar…)

Portada de 'La guaracha del Macho Camacho', 2da. edición (Buenos Aires, Argentina: Ediciones de la Flor, 1976).

(¡Ahrrrrrg!  Ya estoy de regreso, discúlpenme.  Y sí, esa es la portada de la edición que tengo de La guaracha del Macho Camacho.  Y es un milagro que todavía la tengo.  Pero volvamos al tema.)

Digo, eso es algo que yo no haría, no importa quién fuese el ser querido que veo inmóvil, inerte, en esa caja de metal con bordes relucientes de “oro de los tontos”.

Como fuese, la cosa es que sin proponérselo—porque nadie se busca que le suceda una cosa así, y tengo la impresión de que a pesar de los pesares, él no se estaba buscando ese final para su vida—el Macho Camacho hizo una salida tan espectacular como las entradas que protagonizó antes de sus combates, en medio de la algarabía y el alboroto.  Ya fuera que se le adorara como a un objeto de culto o no—y confieso que él nunca fue santo de mi devoción—, no dejaba de llamar la atención.  Tal vez porque él era el reflejo de una forma de vivir sobrevivir, de un individuo que afronta los retos de una frontera salvaje, conocida como la ciudad de Nueva York (no muy diferente de la que nos pintan los “westerns” estadounidenses), una frontera que lo deshace para luego moldearlo a su medida, y entonces supera esos retos a su manera, como la misma vida se lo enseñó.

No sé, pero creo que dondequiera que él esté, él deberá estarse sonriendo de oreja a oreja, disfrutando de todo el rumbón formado en torno a su trágico final, viendo cómo todos abajo en la tierra se envuelven en loco frenesí, pensando que sí era cierto aquello que alguien que le debió haber “copiado” el nombre (aun cuando nuestra percepción del tiempo y el espacio dictan que la realidad es otra) dijo una vez, de que “la vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás”…

¡Buen viaje, Macho Camacho!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Que no calle el cantor

Our Facundo

“Si se calla el cantor calla la vida,
porque la vida, la vida misma es todo un canto.
Si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría.

“Si se calla el cantor se quedan solos
los humildes gorriones de los diarios.
Los obreros del puerto se persignan:
quién habrá de luchar por sus salarios.

(HABLADO:
‘Que ha de ser de la vida si el que canta
no levanta su voz en las tribunas
por el que sufre, por el que no hay
ninguna razón que lo condene a andar sin manta’.)

“Si se calla el cantor muere la rosa.
De qué sirve la rosa sin el canto.
Debe el canto ser luz sobre los campos,
iluminando siempre a los de abajo.

“Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime.
No saben los cantores de agachadas:
No callarán jamás de frente al crimen.

(HABLADO:
‘Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito.
Que mil guitarras desangren en la noche
una inmortal canción al infinito’.)

“Si se calla el cantor . . . calla la vida.”

(“Si se calla el cantor”, por Horacio Guarany)

Amigas y amigos, mi gente: Escribo esto apenas 6 horas después de enterarme y todavía estoy atónito (o como decimos en buen puertorriqueño, “en shock”).  Atónito.  Sorprendido de ver de lo que son capaces algunos supuestos seres humanos cuando quieren acallar las voces que no les gusta oír, las que nos dicen las verdades en la cara, las que nos recuerdan cuál es nuestra verdadera naturaleza y cómo la hemos ido corrompiendo a plazos cómodos.

Pero ésa es la realidad, nos guste o no.  Y la realidad es que hoy (9 de julio de 2011), América Latina perdió a una de sus grandes voces, la voz del cantautor argentino, Facundo Cabral.  Una voz que no se dedicó a “lamerle el ojo” a las clases pudientes de nuestros países latinoamericanos, sino que le cantó a los de abajo, a quienes sienten y padecen, a quienes sufren el hambre y la miseria, a quienes sueñan con un futuro donde no hayan injusticias.  Y ésa también es la realidad, nos guste o no (sobre todo, porque también nos afecta aquí, en Puerto Rico).

¿Y cómo fue que lo perdimos?  De la peor manera posible (digo, a menos que hayan maneras mucho peores que no conocemos): asesinado vil y cobardemente en medio de una emboscada, mientras se dirigía al aeropuerto internacional de Ciudad de Guatemala.

¿Quién o quiénes lo asesinaron?  Mientras escribo esto no se sabe.  Pero a mí no me cabe la menor duda de que quienes nos arrebataron esa voz son unos COBARDES.  Seres sin escrúpulos.  Seres sin dignidad.

¿Con qué propósito lo mataron?  ¿Será para acallar una voz cuyo único pecado fue alzarse en contra de la injusticia social?  ¿Será por seguir los dictados de alguien que nunca le tuvo simpatía, que nunca comulgó con su prédica de justicia social?

Pero más importante aún: ¿Creerán sus asesinos—o quien (quienes) los haya (hayan) enviado a cometer tan terrible hazaña, que al matar su cuerpo físico han matado su espíritu, que han callado su voz para siempre?  ¿Que le han hecho un favor al resto de la humanidad, al librarla de ese “estorbo”, de ese “comunista”, de ese “izquierdoso”?

(Y probablemente eso mismo es lo que sienten—en secreto—algunas figuras de mi país que piensan de esa manera, aunque públicamente los veamos “rasgarse las vestiduras” ante esta noticia…  No nos llamemos a engaño.)

Francamente, yo creo que quienes se atienen a la línea de “hacerle ese favor a la humanidad” no toleran a quienes les cuestionen su modelo de “paz a fuerza de miedo” (que como ya cité en alguna ocasión a Melody Beattie, una paz así no es paz), no aceptan que haya gente que tenga la esperanza de un mundo más justo.  (Es más, ahora me doy cuenta de por qué Gil (the Jenius) Schmidt los describe excelentemente bien a unos y a otros en una entrada reciente de su blog—que personalmente, se las recomiendo aunque esté escrita en inglés.)  Y para ser sincero con ustedes, esa clase de persona se equivoca.  Porque mientras haya un asomo de injusticia en el mundo, siempre habrá quien alce su voz en defensa de quienes sufran esa injusticia.  Mientras haya desigualdad en este mundo, siempre habrá quien alce su voz para denunciarla y para procurar que se corrija esa desigualdad.

En otras palabras, a quienes creen que con el asesinato de don Facundo Cabral, se ha callado el cantor… lamento decirles que se equivocan completamente.  PUNTO.

Así que desde aquí, desde mi “Puerto Rico” = “Puerto Pobre” que también siente y padece por nuestros hermanos latinoamericanos: ¡Buen viaje, don Facundo Cabral!  Éste no fue el día de tu muerte, sino el día en que naciste para la eternidad.

¡Que así sea!

LDB