El confinado cuatrocientos sesenta y seis del sesenta y cuatro

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English: Young Nelson Mandela. This photo dates from 1937. South Africa protect the copyright of photographs for 50 years from their first publication. See . Since this image would have been PD in South Africa in 1996, when the URAA took effect, this image is PD in the U.S. Image source: http://www.anc.org.za/people/mandela/index.html (Photo credit: Wikipedia)

Ocurrió justo en la víspera de mi cumpleaños 55, casi dos semanas después de que el mundo recordara los 50 años del asesinato del presidente Kennedy.

Esa tarde, cuando ya la noticia más o menos seria estaba por dar paso a otro tipo de noticia menos seria (o para quienes no capten la ironía puertorriqueña implicada: cuando los principales noticiarios de la televisión estaban por terminar su edición vespertina para dar paso a la basura chismográfica que domina el atardecer televisivo del boricua promedio, desde los tiempos de la conocida muñeca… ¿he mencionado nombre yooooo?), una noticia lamentable había comenzado a circular: Nelson Rolihlahla Mandela, el hombre al que yo llamé en otra ocasión en este blog, “un alma noble” (aunque hubiera preferido no utilizarlo en una comparación con alguien que no debe atreverse ni a llegarle a los tobillos), había alcanzado su meta, había culminado su largo camino hacia la libertad a los 95 años de edad.

Ciertamente, los hechos de la vida de Mandela me dan más que suficiente razón para haberlo descrito así en este blog.  Luchador incansable por los derechos de la población nativa del África del Sur (nombre que prefiero personalmente por encima del de “Sudáfrica”), que una minoría blanca pretendió pisotear a través del abusivo ordenamiento público conocido como “apartheid”.  Lucha que lo llevó de ser un abogado de derechos civiles a ser un líder que abogaba, como Gandhi, por la resistencia no violenta, para incluso abogar por la lucha armada como medio para conseguir sus objetivos, y de ahí a ser un confinado marcado con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro.  Número que le acompañaría por unos 27 años, 18 de ellos en una notoria cárcel de ésas que podrían pasar por “la isla de los condenados” en cualquier melodrama televisivo de los de la “vieja escuela” (¿Palmerola o Mario Pabón, anyone?), de ésas que no buscan rehabilitar al delincuente, sino minarle su voluntad y derrotar su espíritu.  Para entonces vivir para ver su libertad y convertirse en una figura que unió a su propio pueblo, negros y blancos, nativos y extranjeros (y sus descendientes)—y ganarse el cariño y el respeto de la mayor parte del mundo en el proceso.  Incluso el reconocimiento de la Academia Sueca al otorgarle el Premio Nobel de la PAZ (así, con mayúsculas), reconocimiento que pudo mantener con dignidad y honra, a diferencia de uno que otro de quienes recibieron ese reconocimiento después que él.

Así que más o menos, el desborde de cariño, respeto y admiración fue lo que se vio durante los 10 días de luto oficial que vivieron los africanos del sur, ante la mirada del resto del mundo—salvo por un par de notas discordantes como la del “selfie” del presidente Obama con los primeros ministros británico (David Cameron) y danesa (Helle Thorning Schmidt) (ante la cara de seriedad de la primera dama estadounidense, porque se trata de un acto fúnebre, ¡‘dito sea Dios!; apuesto a que su esposo dormiría esa noche en “la cocina” del “Air Force 1”) y la del presunto “intérprete de lenguaje de señas” que parecía estar jugando a las “charadas” (además de que Dios sabrá la de cosas impublicables que habrá expresado ese individuo—digo, yo no conozco ni papa del lenguaje estadounidense de señas, ASL, ni mucho menos otro lenguaje similar para saber lo que él expresó en realidad), luego de ver “ángeles” u otros “entes sobrenaturales” entrando al estadio donde se hizo la ceremonia.

Pero más allá de eso, lo importante es que ahora queda un legado, tanto para los africanos del sur como para el resto del mundo.  Un legado de firmeza en las convicciones, de buscar aquello que debe unir—más bien, une—a los seres humanos, sin esa distinción artificial resultante de cómo vemos el color de la piel del otro, o de dónde procede, o cómo es su cultura o su ideario político, o si es hombre o mujer, o si habiendo nacido hombre o mujer tiene otras inclinaciones (siempre que las mismas no sean hacia cosas verdaderamente abominables—y ésa es una raya que hay que tirar de todos modos), o si cree en Dios o en una Fuerza Suprema, o incluso si no cree.

Un legado que siempre se verá bajo amenaza de quienes no ven la vida con ese mismo espíritu.  De quienes pretenden mantener vivas las cosas que dividen a los seres humanos.  De quienes pretenden explotar los miedos de l@s incaut@s hacia “el otro”—se llame “mujer”, “negro”, “latino” o “hispano”, “chino” u otro tipo de asiático (total, hay quien no distingue unos de otros), “homosexual” o “lesbiana” o “bisexual” o “transexual” o “transgénero” (y también hay quien pinta a todos éstos con el mismo brochazo)… se llame como se llame—para adelantar sus propias agendas en lo político, en lo religioso, en lo social.  Bajo amenaza de quienes no creen en la justicia social.

Pero aún así, es un legado del que podemos tod@s aprender algo, si nos lo proponemos.  Y que podemos aplicar en nuestras vidas, si queremos.  Y que podemos seguir propagando y extendiendo, si aceptamos esa misión que. después de todo, será para el bien de quienes sigan nuestros pasos ahora, y de quienes seguirán sus pasos después.

Y es un legado de justicia, de persistencia, y sobre todo, de unión.  UNIÓN para enfrentar las dificultades que encontramos a lo largo del camino.  UNIÓN para prevalecer, más allá de las pequeñas diferencias, en busca del bienestar de todos.  UNIÓN para lograr una vida mejor, un futuro mejor.

De mi parte, yo estoy seguro que mientras escribo estas líneas, el espíritu de Nelson Mandela estará sonriendo sobre este mundo, y sobre el África del Sur que tanto amó y por cuya libertad del racismo institucionalizado luchó tanto.  Total, muy a pesar de los pesares, y de haber estado 27 años de confinado, con el número cuatrocientos sesenta y seis del (mil novecientos) sesenta y cuatro, en muchas de las imágenes de su vida se le veía con una sonrisa.

Y yo me atrevo a pensar que la sonrisa que él luce ahora será de satisfacción, por haber cumplido su misión en la vida.  Porque al final de su largo camino, él alcanzó la libertad.

¡Hasta siempre, “Madiba”!

P.S. Les dejo aquí los enlaces a su biografía, vía Wikipedia (en español y en inglés) y a la Fundación Nelson Mandela, por si están interesad@s.

LDB

Otra Vez, Lo Malo Es Bueno

¡Hola, mi gente!  ¿Cómo estamos hoy?  La cosa es que…

No entiendo lo que está pasando últimamente con mi gobierno.  A cada rato veo en los medios de comunicación cómo se hacen homenajes a diestro y siniestro a quienes después resulta que no son las personas distinguidas que se supone que sean.  Por ejemplo, recuerdo que hacia el verano del año recién pasado salió a la luz pública una denuncia en torno a que una de las áreas programáticas de la Policía de Puerto Rico le había hecho un homenaje (en algún lugar del noroeste de Puerto Rico, creo que en Aguadilla) a un ciudadano por haber hecho un arresto civil, para que luego resultara que el homenajeado había sido convicto hace algunos años por delitos sexuales.  Por supuesto, trascendió entonces que las personas responsables del homenaje… este, ¿cómo lo digo?… no se tomaron la molestia de investigar debidamente si el homenajeado tenía antecedentes penales que le impidieran merecer honor que se le quiso conferir.  Claro está, al final de todo el lío se despojó al implicado del honor que se le concedió, aunque no sin que se causara un revuelo innecesario, a causa de un desliz que pudo haberse evitado.

Y pues, uno esperaría entonces que los que tienen el poder en sus manos aprendan de estas metidas de pata para no volverlas a cometer, ¿sí?

¡PUES NO!  Prueba de esto es que la semana pasada, en el inicio de la última sesión ordinaria del presente ciclo (2005–08), la Cámara de Representantes, en su afán de dar homenajes a diestro y siniestro—es más: si los dejan, hasta le hacen un homenaje al Pato Donald, porque sigue siendo pato después de viejo… porque a estas alturas de su existencia no puede ser ratón como su amigo Mickey (y es a eso a lo que me refiero, ¡que conste!), pero ésos son otros $20—decidieron homenajear a un grupo de confinados que ayudó a remodelar el hemiciclo cameral durante los pasados meses.  Por supuesto, los legisladores pueden invocar la importancia de reconocimientos como éste en la rehabilitación de los confinados, y eso no se les discute.  ¿Pero cómo suena eso cuando se da el caso de que uno de los “homenajeados” cumple sentencia por haber violado sexualmente a su propia hija?

¡EXACTAMENTE COMO LO ESTÁN LEYENDO!

Y por supuesto, como en el otro caso que mencioné arriba, flotan en el aire las excusas.  OOPS!…  “Se nos pasó eso”…  “¡Ay, no sabíamos eso!”…  “Pero si eso no es nada”…  “Total, ese homenaje ayudará a su rehabilitación”…  “Todos tenemos derecho a una nueva oportunidad”…

¡Ajá!  Todos tenemos derecho a una nueva oportunidad.  Me imagino que eso también se aplica a las víctimas de los delitos que cometieron personas como este “homenajeado”.  Tal vez eso también “se le pasó” a los legisladores, o a los que administran el sistema de justicia, el mismo que permite que las víctimas de la violencia doméstica mueran a manos de sus parejas-agresores(as), para quienes una “orden de protección” tiene la misma función que el papel higiénico…

La verdad es que esto dice mucho (me gusta mucho la expresión que usan los estadounidenses: it speaks volumes…) de quienes ven—a sabiendas o no—que lo malo es bueno y viceversa.  Dice mucho de quienes le exigen al resto de la sociedad que lleve una carga sumamente pesada (sobre todo si así se considera vivir con un alto costo de vida, una alta tasa de delincuencia y una pobre calidad de vida), pero se zafan de su responsabilidad de ayudar a llevar esa carga.  Dice mucho de quienes crean las leyes por jugar, para aplicárselas a todo el mundo… más bien, a todos, menos a ellos mismos.  Y encima de eso, dice mucho de quienes creen que las ofensas y las deshonras se olvidan así porque sí.

Eso último me recuerda otra cosa que vi la semana pasada, cuando el ex-gobernador de Puerto Rico, Dr. Pedro J. Rosselló, anunció que de salir electo gobernador en los comicios de 11/04/2008 (algo que me temo que sucederá si el actual gobernador no pone en orden su administración en el presente cuatrienio) creará una “Comisión de la Verdad y la Reconciliación”—parecida a la que creó Nelson Mandela cuando asumió la presidencia de África del Sur—y concederá el perdón a los funcionarios de su anterior administración (1993–96, 1997–2000) que fueron convictos por actos de corrupción.  Y yo me pregunto ¿para qué?  ¿Será para reescribir la historia reciente de Puerto Rico?  ¿Será para que la gente se olvide de que hubo quienes traicionaron su confianza, y los vea circular por ahí como si no hubiese ocurrido nada?  ¿Será para que el país sea victimizado nuevamente?

Y a todo esto, ustedes estarán pensando que comparar a un simple ex-gobernador de Puerto Rico—reconocido por sus avanzadas obras de infraestructura (como el Superacueducto del Norte y el Tren Urbano), pero igualmente recordado por los actos de corrupción que ocurrieron bajo su administración y que involucraron muchas de esas avanzadas obras de infraestructura—con un alma noble como Nelson Mandela es una afrenta y una deshonra… y eso no se los refuto.  ¿Y si les digo—sobre todo a quienes leen esto en América Latina y Europa—que hay estúpidos que comparan al Dr. Rosselló con Jesucristo, que se atreven a llamarlo “el Mesías”?  Pero total, el verdadero Mesías ya lo dijo: “Os digo que con eso ya tienen su premio”.

Como yo siempre digo, mal estamos cuando los mismos que juran proteger y defender al pueblo son los que dan lo malo por bueno, y lo bueno por malo.

¡Pero nada!  ¡Vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.  Hasta la próxima.

LDB