El grito que se escuchó por todo el mundo

English: Aerial picture of the Mameyes landslide
English: Aerial picture of the Mameyes landslide (Photo credit: Wikipedia)

Espantoso.

Simplemente espantoso.

No creo que haya nada más espantoso que despertar una mañana y ver cómo la ladera de una montaña se le viene encima a la casa que tanto esfuerzo y sacrificio te ha costado tener.  O ver cómo la casa de tu vecin@ está en la línea de impacto de un desastre así, y que tu primera preocupación sea por la vida de quienes habitan esa casa.  Y sales a la calle horrorizad@.  Y pegas un grito a tu vecin@ para que se dé cuenta del peligro y se salga.  Y le ruegas a Dios—o al Ser Supremo o Fuerza Suprema en que crees, suponiendo que no eres de l@s que no cree ni en la luz eléctrica—que tu vecin@ no quede pillad@ entre los escombros de la roca que está en vías de caerle encima.

Me imagino que de esa manera debió haberse sentido la señora residente en la urbanización Villa España, en Bayamón, que mientras grababa un vídeo con su teléfono celular vio cómo la ladera de una montaña de roca caliza—lo que comúnmente conocemos en Puerto Rico como un mogote o “pepino”, por la forma que adquieren normalmente—se empezaba a deshacer junto a la hilera de casas que le quedaban al lado y empezó a correr hacia la residencia de su vecina y amiga, al grito de “Tatiiiii… Tatiiiii… Tatiiiii…”

Por lo menos, no parecía haber nadie—ni siquiera “Tati”—en esa residencia en el momento en que la ladera quiso imponer su voluntad.  Y si lo vemos del lado “positivo”, el resultado de la terrible experiencia no fue una tragedia, ni para “Tati” ni para ninguno de los vecinos afectados en esa calle.  O sea, al menos aquello no acabó como el derrumbe de una ladera en la Comunidad Mameyes de Ponce en 1987.  (Y para aquell@s que aún muchos años después tengan sus dudas, les digo que un compañero de estudios graduados de entonces y quien hoy en día es su esposa—y ambos son catedráticos universitarios hoy en día—me llevaron hasta cerca del lugar del derrumbe.  De más está decir lo espantoso que se vio ese cuadro—aparte del horror de quienes perdieron sus vidas en esa tragedia.)  O sea, que pudo haber sido peor.

Pero como suele suceder, esta lamentable situación vuelve a desatar el eterno debate sobre la mala planificación—o la falta de una buena planificación, dependiendo del nivel de optimismo o pesimismo de cada quien—de la que Puerto Rico ha sido objeto por décadas.  Planificación que, por más esfuerzos que se hagan por evitarlo, permite que se construyan desarrollos urbanos, comerciales, industriales o de telecomunicaciones en lugares en los que no se debe construir nada, lugares en los que la naturaleza reclama tener su espacio.

El caso que nos ocupa es el de una urbanización que  se construyó varios años atrás, al lado de un cerro de roca caliza de los muchos que caracterizan la zona norte de Puerto Rico, prácticamente desde Carolina (al este de San Juan, para quienes no nos conocen bien) hasta Aguadilla (noroeste de Puerto Rico), que reflejan un tiempo muy remoto en el que esa zona de mi isla estaba bajo el dominio del mar y de sus formas de vida.  (Interesantemente, en pedazos de roca de esa zona, se puede encontrar de vez en cuando el fósil de algún organismo marino; yo los he visto una que otra vez.)  A su vez, ese tipo de roca produce en esa zona formaciones tales como sumideros (o dolinas, o como se las quiera llamar), cuevas y cavernas, debido a que es una roca que dadas las condiciones adecuadas es susceptible a disolverse con el agua (aunque en algunos lugares, dependiendo del tipo de roca caliza, esa susceptibilidad es mayor que en otros—pero no vinimos a ponernos muy técnicos, ¿o sí?).

(Es más, si alguien quiere más información sobre el Carso puertorriqueño, la encontrará a mitad de la página en el siguiente enlace: Proyecto Salón Hogar: Geografía de Puerto Rico, o mediante una búsqueda en Google, Bing o Yahoo!.)

Lamentablemente, esa misma variación en la susceptibilidad a disolverse hace que algunos lugares en nuestra zona norte sean más propensos que otros a que ocurran situaciones como la que vivieron estos vecinos, especialmente si se corta el terreno de las laderas de estos cerros para permitir un desarrollo urbano que, por lo demás, “no cabría” por causa de ese “obstáculo” que está ahí en medio… más o menos como—a mi juicio—lo verían los desarrolladores.  Y a mí me parece que ese es un error muy grave y costoso.

Como también me parece grave y costoso el error de colocar una enorme pelota de relleno dentro del valle de un río (o al borde de un sumidero de los que mencioné anteriormente), amoldarla en forma de meseta y “espetar” sobre la misma una nueva urbanización, de esas en las que la casa más básica y económica de 3 dormitorios y 2 baños se vende en los “bajos” US$150’000.  Y ni hablar de un montón de “errores y horrores” como éstos.

(Creo que alguna vez escuché en un paso de comedia a la excelsa actriz fajardeña, doña Norma Candal [1930–2006], proponer un nombre para una urbanización así: “Alturas de Hoyo Hondo”.)

Pero volviendo al tema… con el derrumbe de la ladera se escuchan de nuevo los gritos habituales.  Que si en Puerto Rico ha habido una mala planificación de los desarrollos urbanos.  Que si se ha permitido construir donde no se debe.  Junto a las laderas de los mogotes, al borde de los sumideros, aun hasta a la orilla de las playas, unas playas que se supone—o al menos, siempre me lo han dicho en mi trabajo—son de todos en general y de nadie en particular.  Que si hubiera habido un Plan de Usos de Terrenos en vigencia, que no se hubiera aplazado por X o Y razón, ninguna de estas cosas hubiera pasado.  Y muchos otros gritos similares.

(Es más, permítanme detenerme por un par de minutos para decirles algo: unos días atrás evalué una propuesta para reconstruir una residencia en un sector costero de San Juan, donde el tipo de vivienda es más del de quien puede costearse ese lujo—los detalles del lugar no vienen al caso.  Como parte de mi evaluación, yo comparé fotos aéreas de la zona en cuestión, de los años 2007 y 2010.  Una cosa me dejó atónito al comparar las fotos: la costa frente a la susodicha residencia se fue perdiendo en el transcurso de apenas 3 años…  Así como lo están leyendo: ¡3 años!  Lo que no había ocurrido desde, por ejemplo, los años 30 del siglo pasado, había ocurrido en el transcurso de apenas 3 años.  Basta con decir que para el 2010, ya el mar estaba llegando a la pared de la residencia que daba a la playa.  Y me pregunto si alguna vez aprenderemos algo de cosas como ésta…)

Pero una cosa sí es clara: alguien hizo una apuesta a que se podía burlar de la naturaleza, y desarrolló una urbanización junto a la ladera de un mogote.  Y la naturaleza hizo—o tal vez empezó a hacer—su jugada.  Y ganó la apuesta.

Así que ahora, ¿quién le paga a Tati por esa apuesta?  ¿Cómo se van a reponer los sueños, las esperanzas de futuro, las ilusiones de Tati y de decenas de residentes de Villa España, que sufrieron—o tal vez están empezando a sufrir—las consecuencias de un juego en el que la naturaleza tiene una mano ganadora?  Peor aún, la vecina cuyo grito se escuchó alrededor del mundo—gracias a que subió el vídeo a YouTube—tal vez estará empezando a preocuparse, no sea que las casas frente a la hilera siniestrada sean las próximas, en caso de que la naturaleza quiera jugar una carta más poderosa.

A lo mejor pasa como dijo una vez el Rvdo. Friedrich Gustav Emil Martin Niemöller (1862–1984):

“Para entonces, ya no había nadie que protestara por ningún otro.”

O que por lo menos le pegara un grito para que se saliera de allí y salvara su vida.

Y con la esperanza de que la casa no se me caiga encima… ¡vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Los que van a morir te saludan… ¡o no!

"Thousands gather at the Subtreasury Buil...
Image via Wikipedia

“«Ave, Caesar, morituri te salutant» (trad. lit. «Salud, César, los que van a morir te saludan»).”

Según las fuentes que cita Wikipedia, este saludo se atribuye generalmente a los gladiadores en la antigua Roma, quienes lo pronunciaban antes de sus combates en el Coliseo.  Sin embargo, según el historiador y biógrafo romano Gaio Suetonio Tranquilo [¿70?–¿126?], mejor conocido como Suetonio, el saludo fue pronunciado más bien por un grupo de criminales condenados a morir en simulacros de combates navales presenciados por el emperador Claudio—y el saludo iba dirigido a éste, al que se referirían como «imperator», y no al César.

Yo no sé qué piensen ustedes, amigas y amigos, mi gente.  Pero para mí, una frase como la que encabeza la entrada de hoy implica un sentido de sacrificio, de valor ante una situación tan adversa, de la que sólo se tienen dos opciones para salir: vencer o caer vencid@, luchar o morir.  Significa reconocer la necesidad de vencer todos los obstáculos para poder sobrevivir, y hacerle saber a quien coloca todos esos obstáculos que se está dispuesto a dar ese sacrificio—o como lo dicen hoy en día, “dar la milla extra”.  Para mí es como decir, “Mira: ¡Aquí estoy yo!  Tírame con todo lo que tengas, que estoy dispuesto a enfrentarlo, aunque tenga que morir en el proceso.”

¡No!  No se asusten: morir (en su sentido literal) no está entre mis planes en este momento—como no lo está en los planes ni en la mente de nadie que salga a la calle a buscarse el pan de cada día, o a “hacer lo suyo”, muy a pesar de quienes salen a la calle con otra cosa en sus planes, con intención de hacer lo que a su manera es “lo suyo”.  Más bien, pensé en ese saludo como en un grito de lucha en contra de muchas de las injusticias que venimos presenciando últimamente.  Desde la incompetencia manifiesta en muchos de nuestros pseudolíderes (¡cuánto tiempo hacía que no utilizaba esa palabra en este blog!) políticos, algunos de los cuales se comportan más como “títeres de caserío” (y pido disculpas si ofendo con ello a la gente de los caseríos—más bien, la buena gente de los caseríos y las áreas pobres y marginadas, que son muchos más), pasando por el miedo a que se descubran sus chanchullos y traqueteos financieros (al oponerse a que se reanude la divulgación de las finanzas y pagos de impuestos de muchos de ellos, luego de que un nuevo “Código Electoral para el Siglo 21” eliminara ese requerimiento)—y con ello, que se sepa que a Fulano “le regalaron” un automóvil lujoso o que a Zutana le “saldaron” en un par de años una hipoteca residencial de las de a 30 años (¡sabrá Dios con qué dinero!)—, hasta las consecuencias de esa incompetencia: asesinatos hasta a plena luz del día, aumento en los casos de violencia de todo tipo (especialmente conyugal y familiar), un trasiego de drogas que nadie parece atreverse a detener, serios problemas de salud física y mental, una economía en decadencia y que no da señas de recuperarse… de veras, ¿quieren que siga?

Me pregunto si tal vez sea necesario recordarle a quienes juegan (y yo no creo que haya otra manera de decirlo que no sea ésa) con el diario vivir de la gente, como si fueran peones de ajedrez, que tienen una responsabilidad social que han desatendido por muchos años.

Y no me sorprendería que un día de éstos surja algún evento que lleve a manifestar el descontento de los puertorriqueños con la manera en la que se han estado haciendo las cosas.  Total, eso es lo que está ocurriendo mientras escribo esto, con las manifestaciones de indignación colectiva conocidas genéricamente como “Occupy Wall Street, tal vez inspiradas en muchos de los movimientos de “indignados” en Europa y en los países árabes.  (Vía Wikipedia: en inglés, en español.)  Y le duela a quien le duela, e independientemente del contexto, el enojo colectivo (y por consiguiente, la indignación) tiene mucho poder para cambiar las cosas.  Y a quienes les caiga el sayo, les convendría mucho ponérselo.

Por supuesto, si los blancos o “tarjetas” de ese enojo e indignación hacen caso… ya eso es otra cosa.  Tal vez estén tan ensimismados dentro de su propio universo, tan enajenados de la realidad del mundo en el que—les guste o no—les ha tocado vivir, y hasta de su propia realidad.

Por cierto, según Suetonio, Claudio habría contestado el saludo de sus combatientes con «Aut non», o sea, «O no». ¿Será que él tenía tanta confianza en los combatientes como para esperar que éstos no murieran en pleno ejercicio? ¿O estaría tan desconectado de la realidad que estaba por presenciar? ¡Quién soy yo para saber eso!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Ni ley ni orden: Explosión criminal

Balanza de la Justicia
Image via Wikipedia

Amigas y amigos, mi gente: Algo tiene que estar tan tremendamente mal en Puerto Rico, como para que se produzcan alrededor de 30 muertes violentas durante un sólo fin de semana.  Tremendamente mal.  (Y eso, que éstas no incluyen la muerte de un niño de 11 años de edad a manos de delincuentes armados, la madrugada del día en que escribo esto… sí, lo leyeron bien: escribí, “un niño de 11 años de edad”.)  Y muchas de esas muertes violentas están relacionadas con ese cáncer social que hemos dejado que haga metástasis en nuestro país: la droga.  La misma que enriquece a un@s que se creen dueños del mundo, mientras siembran la semilla del dolor y la desesperación en muchas familias aquí y allá.

Pero si malo es ver cómo se deshace una sociedad ante nuestros propios ojos, peor es ver cómo las autoridades que se supone que velen por la seguridad de sus conciudadanos, “se asombran” al ver cómo la situación se les ha ido—aparentemente, entiendo yo—casi completamente de las manos.  Y ciertamente no debe ser un signo de optimismo para un alto oficial de la Policía de Puerto Rico, admitir que “no se esperaba” que hubiera ocurrido la cantidad de crímenes violentos que ocurrió el pasado fin de semana.  Que esa incidencia criminal era “un hito en la historia policiaca puertorriqueña”.

Es más, si yo fuera un alto oficial de la Policía (y afortunadamente, ni lo soy ni me interesa cambiar mi rumbo profesional a estas alturas de mi vida—o sea, gracias… ¡pero no, gracias!), sentiría tanta vergüenza que me movería a tratar de hacer algo.  Pero algo que no sea—como decía el viejo comercial de una marca de habichuelas—”lo mismo… lo mismo… lo mismo…”.  Aunque sea un “aguaje”.  Aunque en el camino me pongan obstáculos, me pongan “peros”.  Pero trataría de hacer algo.

Aunque parece que para hacer algo, las cosas son bien cuesta arriba.  Y son cuesta arriba, mientras no se cuente con una dirección bien capacitada en los altos mandos, mientras éstos no le den al (a la) policía honest@, honrad@ y decente—porque a pesar de los pesares, l@s hay, y yo estoy convencido de que ést@s son l@s más, y que exceden por mucho las deshonrosas excepciones que aparecen de vez en cuando—el apoyo que necesita.  Y son muy cuesta arriba, mientras esos altos mandos respondan a intereses que no son necesariamente el bienestar y la seguridad del pueblo al que juraron proteger y defender.  Y esos intereses pueden ser políticos o de alguna otra índole que no conocemos.  (O tal vez, sólo podemos especular de qué otra índole…)

Y mucho peor aún: mientras se siga asumiendo frente a la delincuencia una pose de “túmbame la pajita del hombro”, como la que insisten en asumir algunas de estas autoridades (valga recordar la patética imitación de “Dirty Harry” que vimos el año pasado), y que no va acompañada de acciones concretas para atajar los males sociales que llevan a toda una sociedad en una carrera desenfrenada hacia el borde del barranco, mucho más que peores van a estar las cosas.

Interesantemente, lo único que ofrecen algunos de estos aprendices de justicieros es un lema: “Puerto Rico es una Sociedad de Ley y Orden”.  Pero como se ven las cosas en estos momentos… yo creo que no tenemos ni lo uno ni lo otro, ni Ley ni Orden.  Y las consecuencias, las vemos demasiado de cerca para nuestro bien.

¡Y vamos a dejar eso ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.

LDB