El poder corrompe

Sexual harassment
Image via Wikipedia

Yo no podría estar más que de acuerdo con el título de la entrada de hoy, y más porque viene de la expresión que me hizo mi jefa cuando le enseñé la primera plana de la prensa del viernes 11 de febrero de 2011.  Y no era para menos: Ahí estaba él en la portada.  Todo un primer funcionario de gobierno municipal.  Un alcalde.  La clase de persona que debería esperarse que sea la brújula moral, la personificación de la honradez, la decencia, el ejemplo positivo a seguir por sus ciudadanos.  Ahí estaba él, esperando por que un tribunal determinara si existía causa para ser llevado a juicio por violaciones de ley que implican la obtención de sobornos, el uso de influencias para agenciarse favores personales y para comprar amistades.  Pero lo peor no es eso: También se le estaba implicando en un patrón de conducta indecente, según el testimonio de cinco empleadas municipales.  Cinco mujeres.  Cinco vidas marcadas por la lujuria de la autoridad máxima, de quien las emplea.

¿Y es esa clase de individuo la que se va “hasta el ñú” para predicarle al resto de nosotros la práctica de valores que no son capaces de reflejar en sus acciones?

Pero bueno, ésa es la situación en la que se ha puesto (él mismo) el alcalde del municipio de Cidra, Ángel Malavé Zayas, a quien (según los periódicos El Nuevo Día, Primera Hora y El Vocero) se le imputan 14 cargos por actos lascivos, otros seis por recibir bienes de manera ilegal y uno adicional por utilizar funcionarios gubernamentales para hacer gestiones de índole personal.  Y ciertamente, el testimonio de las cinco presuntas víctimas no puede ser más fuerte: expresiones directas de índole explícita, como la del deseo de chuparle los senos a una de las damas; contacto físico abiertamente agresivo, como el toqueteo de los glúteos (¡!) de varias de las empleadas afectadas—incluso al punto de que en alguna ocasión quiso despojar a una de las damas de su ropa interior para poderle tocar su intimidad.

Yo no sé, pero si el testimonio de las cinco aparentes víctimas es correcto—y en ese sentido, yo no creo que sea como para que cada una de ellas “cuadre” con las demás una versión de los hechos que tenga en común todos esos elementos que acabo de mencionar—, tenemos ante nosotros un asunto bastante serio, bastante complejo.  Un asunto que, por lo menos a mí, me hace preguntarme como los partidos políticos de Puerto Rico pueden tener su fibra moral tan podrida.  Cómo es posible que en las posiciones de poder tengamos gente que agrede a otr@s, desde el uso de la palabra insultante, pasando por el impacto del golpe que lastima, que busca causar el dolor físico—y mucho más que eso—, hasta el ataque a la honra y a la dignidad de la persona, a aquello que tod@s guardamos con gran recelo, como parte importante de nuestro ser.  Gente que se la pasa dándose golpes de pecho, diciéndonos a los demás que debemos tener fidelidad a nuestras parejas (de momento eso no aplica en mi caso personal, pero comoquiera voy a usar el plural) y a nuestras familias, para entonces resultar que ni piensan en sus parejas ni en sus familias a la hora de la verdad, que son ídolos con pies de barro, igual que los demás.

(Y no quiero tener que empezar con la cantaleta de los payasos, las “lumbreras” y demás atracciones que proveen el espectáculo circense que vemos todos los días en Puerto Rico—aunque no es sólo aquí, como lo demuestra el caso del congresista neoyorquino que quiso serle infiel a su esposa buscándose una cita en la red, lo que le costó renunciar a su escaño… aparte de haber sido mencionado en “El Ñame”—, así que mejor lo sigo ahora, que la luz está en verde.)

Para mí que no hay necesidad de que todo un ejecutivo municipal use su poder—el mismo que le han delegado sus ciudadan@s—para agenciarse beneficios, en claro menosprecio de las necesidades de es@s mism@s ciudadan@s, a quienes él está obligado a atender, sin mirar el color del partido en el que milita.  Pero (de nuevo, suponiendo que el testimonio de las cinco empleadas municipales sea verídico) tampoco hay necesidad de que una persona como Malavé Zayas, a su edad de 73 años (¡por Dios, él no es un niño!), se conduzca de una manera indecorosa, agresiva, que manifiesta abiertamente un deseo de tomar el control sobre otra persona, que demuestra lo que puede causar el mayor afrodisiaco conocido: el poder.

Y como yo se lo decía a mi jefa cuando ella me hizo el comentario que es mi título de hoy, eso mismo es lo que sucede cuando se la da a una persona como ésta su parcela de poder: tenderá a abusar del mismo, tenderá a fallarle a su responsabilidad—no tanto consigo mismo, sino con la propia gente a la que está obligado a ayudar—, tenderá a actuar sin medir las consecuencias, si es que ello le importa, si es que ello le preocupa (en el momento, no después).

Pues sí, mi jefa tiene mucha razón: El poder corrompe. (Y si le quieren añadir un corolario: El poder absoluto corrompe absolutamente. PUNTO.  Ya eso no pare más.)

Tal vez debería ser el momento para que nosotros aprendamos las lecciones que nos dan casos como éste, y podamos buscar la manera de empezar a construir un mundo nuevo, un mundo donde no sólo se le diga a la gente que “lleve consigo” los valores que tanto se le predican, sino que sus líderes sean también quienes den el buen ejemplo de cómo se llevan esos valores.

¿Será eso mucho pedir?  ¡Yo creo que no!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Otra tragedia que esperaba por ocurrir…

Amigas y amigos, la verdad es que de un tiempo a esta parte, salir a la calle es una verdadera batalla por la supervivencia.  Una batalla en la que hay que tener mucha cautela—tal vez demasiada—para evitar meterse sin querer en una situación inesperada y potencialmente peligrosa.  Una situación en la que la muerte puede ser ocasionada por quien menos se espera.

Ése es el cuadro ante el incidente ocurrido la noche del miércoles 22 de septiembre, en el que el joven atleta José Vega Jorge, quien al ir a cenar con unos amigos al restaurante Burger King del sector Altamira en Guaynabo, se topa con un atraco a dicho restaurante y mientras está tratando de ayudar a la policía a dar con el paradero de los dos presuntos asaltantes (un hombre y una mujer), es confundido con uno de éstos y reducido a la obediencia… sólo para acabar recibiendo un disparo en la cabeza (a consecuencia del que murió en la mañana del 24 de septiembre en el hospital) luego de que a uno de los “agentes del orden público” (se presume que fue un novato recién salido del Colegio de Ciencias Policiales) se le zafara un disparo cuando “se resbaló” al bajarse de su auto de patrullaje y todos los policías en el lugar empezaran a disparar a diestro y siniestro.

Digo, yo evidentemente no soy miembro de la policía, ni me creo con las cualidades esenciales para esa clase de trabajo.  Pero abalear en la cabeza a una persona que ha sido detenida, que ha sido reducida a la obediencia, que por estar esposada no puede moverse ni en su propia defensa, ni para hacerle daño a nadie, que está paralizada—y hasta angustiada—por el miedo a lo próximo que pueda suceder, es una cuestión que se sale de lo que dicta el sentido común.  Y ciertamente los policías involucrados en el incidente actuaron de una manera doblemente irresponsable, por manejar mal la investigación del atraco al restaurante y por disparar—sin que hubiera necesidad para ello—contra quien creían que era un sospechoso al que ya tenían dominado.  Y ciertamente, las consecuencias de esa irresponsabilidad hablan por sí solas.

Y lo peor de todo es que este incidente, a much@s nos ha hecho recordar fácilmente el trágico asesinato del Sr. Miguel A. Cáceres Cruz, a manos de un agente policial en Humacao (más recordado como el asesinato que le dio la vuelta al mundo al ser grabado en un vídeo colocado pocos minutos después en YouTube).  Es más, lo que sucedió en Altamira la otra noche… como que ya yo lo había señalado en ese otro caso:

“Lo primero que me pregunto es, ¿qué puede ocasionar que un miembro de la institución gubernamental dedicada a garantizar el orden social (en un país supuestamente democrático como el nuestro), de momento se comporte como un ser todopoderoso, con poder absoluto sobre la vida y la muerte?  ¿Será que esta persona arrastró algún rasgo de conducta negativa que pasó inadvertido (o no) para quienes lo reclutaron en la Policía?  ¿Será, como algunas personas han comentado, producto de la ingestión de alguna sustancia extraña que lo convirtió en un monstruo?  (Y aparentemente, éste no sería un caso aislado dentro de la Policía de Puerto Rico.)  Sobre todo, ¿cuántos más como este supuesto ‘agente del orden público’ andan sueltos por ahí, como un estallido que espera la oportunidad adecuada para que alguien encienda la mecha?
(No, los énfasis no están en el original; los añadí, como es de esperar, con toda intención.)

Y lo ocurrido el miércoles pasado contesta y da validez a esa última pregunta en el párrafo citado.

Sin embargo, por lo menos hay un atisbo de esperanza dentro de esta tragedia sin sentido, y es que se ha dispuesto para que varios de los órganos del cuerpo del atleta malogrado sean trasplantados a pacientes de condiciones graves que los necesitan.  (Por lo menos, se dice—aunque por razones de confidencialidad no se dieron muchos detalles—que la misma noche del viernes 24 se había trasplantado el corazón del joven asesinado al cuerpo de un adolescente que luchaba por su vida.)  Y aunque ello no le devolverá la vida al joven atleta asesinado, por lo menos seguirá vivo en los pacientes que se beneficiaron de los trasplantes, así como lo estará en el recuerdo de sus seres queridos.

Mientras tanto, las cosas continúan mal, como de costumbre.  Con un par de delincuentes que deben estarse jactando de haber burlado a las autoridades, y de haber ocasionado una tragedia en el mismo proceso.  Y con un cuerpo policial que trabaja sin un rumbo fijo, sin un plan de acción que ayude a combatir la delincuencia y que le devuelva la paz y la tranquilidad a una sociedad que se ve amenazada por la violencia.  Y con una familia que llora la pérdida de su ser querido, en medio de una ola de violencia sin sentido.  Así de mal estamos hoy en día.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.

LDB