La conspiración del absurdo

Mother Jones, American labor activist.
Image via Wikipedia

Y ya que en la entrada anterior mencioné de pasada el movimiento estadounidense de ideología altamente conservadora, conocido como el “Tea Party”, creí que sería una buena idea compartir con ustedes, amigas y amigos, algo que encontré esta semana en la Internet.  (¡Que va!  Lo hubiera compartido comoquiera, de no haberle dado paso antes al asunto de Calle 13 y el alcalde de San Juan, pero así son las cosas.)  Se trata de un artículo de la revista Mother Jones (la revista se llama así en honor a la activista laboral irlandesa-estadounidense, Mary Harris Jones, 1837–1930), que expone el aparente efecto que dicho movimiento de la derecha reaccionaria ha estado teniendo en varias comunidades estadounidenses, luego de haber logrado algunas victorias (con excepciones como la de Christine “yo no soy una bruja” O’Donnell, mencionada en mi entrada anterior) en las elecciones congresionales intermedias del 2 de noviembre de 2010.

Según el artículo de Mother Jones, luego de enfrentarse al “establishment” político en el Congreso estadounidense, los simpatizantes del “Tea Party” están enfilando sus cañones hacia otro blanco más insidioso (según ellos): hacia las comisiones locales de planificación y zonificación,* que al decir de dichos simpatizantes, están llevando a cabo una conspiración global para “pisotear” las libertades civiles estadounidenses y forzar a los ciudadanos a mudarse hacia un concepto Orwelliano denominado, “zonas de habitación humana”.

¡EXACTAMENTE LO QUE ESTÁN LEYENDO—Y COMO LO ESTÁN LEYENDO!

La causa principal de la incomodidad de l@s simpatizantes de este movimiento conservador radica en un documento cuyo título ellos encuentran siniestro… la Agenda (o Programa) 21, adoptada (junto con una declaración de 27 principios medioambientales) en la Cumbre de Río de Janeiro efectuada en junio de 1992 por la Organización de las Naciones Unidas.  Ahora bien, much@s de quienes leen esto, especialmente aquí en Puerto Rico, se preguntarán qué es eso, o si es de queso y se come con melao.

La Agenda 21 es un documento mediante el cual se procura que los países del mundo se desarrollen de una manera planificada, en la que se consideren los impactos del desarrollo humano sobre su medio ambiente.  Este documento adopta y refina el concepto de desarrollo sostenible (algunos usan indistintamente la palabra “sustentable” como equivalente de la palabra inglesa, “sustainable”) esbozado en 1987 por una comisión internacional, dirigida por la ex-primera ministro de Noruega, Dra. Gro. Harlem Brundtland.**  Según ese concepto,

“Desarrollo sostenible es el desarrollo que atiende las necesidades del presente sin sacrificar la habilidad de las futuras generaciones para atender sus propias necesidades. En sí (el desarrollo sostenible) contiene dos conceptos clave: el concepto de ‘necesidades’, en particular las necesidades esenciales de los pobres del mundo, a las cuales se debe dar una prioridad apremiante; y la idea de las limitaciones impuestas por la situación de la tecnología y la organización social sobre la capacidad del ambiente para atender las necesidades presentes y futuras.”

O sea, que el desarrollo sostenible busca que sea óptima la atención a las necesidades sociales y económicas actuales y futuras, ante las presiones a las que está sujeto el medio ambiente.  Implantar una política de desarrollo sostenible requiere normas estrictas que se hagan cumplir, y cuyos propósitos sean promover la conservación de los recursos naturales, ocasionar un mínimo impacto ambiental en el uso de éstos, e involucrar activamente y beneficiar a los residentes de las áreas objeto del interés particular.

Pero se preguntarán, si lo que acabo de mencionar es lo que plantea la Agenda 21, ¿cuál es el problema que tienen l@s simpatizantes del “Tea Party” con eso?  Pues dicen algun@s de est@s activistas—por lo menos, aquéll@s que se dignan a hablar con los medios de prensa, aunque no les sean santos de su propia devoción—que la Agenda 21 es en realidad una trama para eliminar el derecho a la propiedad privada y privar al pueblo estadounidense de sus más preciadas libertades; en el peor de los casos, su implantación resultaría—según estas personas—en la conversión de los Estados Unidos “en un estado soviético”.  Peor aún, las propuestas para hacer más denso el crecimiento de las áreas urbanas y fomentar el uso del transporte público masivo—algo que me consta que por años y años y años, los planificadores han estado predicando para tratar de resolver el problema de desparramamiento urbano al que me refería un par de entradas atrás—obligaría a la gente a mudarse de sus cómodas viviendas suburbanas hacia “zonas de habitación humana”, a vivir como los hobbits que habitan el universo literario de John Ronald Reuel Tolkien, y (¡Dios reprenda!) a dejar el automóvil—ese símbolo inconfundible del individualismo estadounidense—y tomar el autobús (la “guagua”, como le decimos aquí en Puerto Rico) para ir a trabajar.

(Francamente, ni yo lo hubiera expresado eso con tanto dramatismo.  Es más, ¿dónde están los violines cuando de veras hacen falta?)

Pero no se trata únicamente de combatir los conceptos como el desarrollo sustentable y la planificación densificada.  La hostilidad de l@s simpatizantes del “Tea Party” también va dirigida a lo que conciben como las “elites” que dirigen el presunto proceso de “destrucción” de aquellas cosas que les son sagradas, principalmente los planificadores y representantes de las agencias con responsabilidades de planificación, así como a los lugares de los que vienen esas “elites”, o sea, las ciudades y áreas urbanas altamente densificadas.  Al decir de algunos de los funcionarios afectados, la actitud anti-elitista, que algunas veces raya en lo hostil, junto a la falta de argumentos racionales y juiciosos que respalden sus teorías, resulta en una mezcla tóxica para quienes no estén acostumbrados a lidiar con estos activistas.  (Y ni hablar de las consecuencias de esa mezcla tóxica.)

La verdad es que leo todo esto, y no deja de asombrarme cómo hay gente ignorante, capaz de descarrilar todo un proceso que busca beneficiar a todos por igual (o por lo menos, eso es lo que se pretende), que busca un desarrollo ordenado y planificado, a la vez que se protege el medio ambiente y la manera en que los seres humanos sacan provecho del mismo, sin poner su propia supervivencia en peligro.  No sé cómo lo vean ustedes, pero creo que se trata de gente sin conciencia, gente que cree que las cosas de las que disfrutan estarán ahí para siempre.  Gente que bajo una supuesta consigna de libertad, comete uno de los mayores actos de libertinaje.  Gente que—tal vez sin saberlo—está contribuyendo a colocar los clavos de su propia tumba.

Ya veremos cómo se lidiará con esta clase de mentalidad.  Lo malo es que esto apenas está comenzando…

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.  Desde ya les deseo a tod@s una Feliz Navidad… o para l@s PC (políticamente correct@s) entre ustedes, ¡muchas Felicidades!


* Para información de quienes leen esto fuera de Puerto Rico, a diferencia del proceso de planificación habitual en cada estado de los Estados Unidos, el proceso en Puerto Rico está regido principalmente por una junta que responde a la Oficina del Gobernador (la Junta de Planificación de Puerto Rico).  No obstante, existen una ley (conocida como la Ley de Municipios Autónomos o Ley número 81 de 1991) que le confiere a cada uno de los 78 municipios de Puerto Rico, un mínimo de autoridad para planificar el desarrollo de sus espacios urbanos y rurales, según lo estimen apropiado.

** Our Common Future: From One Earth to One World, por la Comisión Mundial Sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo.  Dra. Gro Harlem Brundtland, Presidenta.  Oxford, Inglaterra: Oxford University Press, 1987.


LDB

Algo para lo que no puedo encontrar una palabra

Czech President Vaclav Havel speaking at the o...
Image via Wikipedia

¡Saludos, amigas y amigos!  Sé que me han echado un poco de menos, así que aquí estoy de nuevo.  (Digo, ustedes me echaron de menos, ¿no? Triste )

Hace unos días me encontré con algo que retrata bastante bien uno de los problemas que se observan en Puerto Rico—un país que por las razones que muchos conocen, se las da de ser más desarrollado que otros países de América Latina—y en otros países más desarrollados.  (OK, y en algunos países menos desarrollados también…)  Se trata de las palabras expresadas por el ex-presidente de lo que en su momento fue Checoeslovaquia y hoy conocemos como la República Checa, el poeta y dramaturgo Vaclav Havel (biografía en Wikipedia; sitio web oficial), durante la apertura de un reciente congreso auspiciado por la organización no gubernamental Forum 2000, sobre el problema apremiante que representa el desparramamiento urbano (en inglés, lo encontrarán generalmente como “urban sprawl”).

(Y ahora digo yo: ¡ojalá y hubieran más humanistas del calibre intelectual de Havel que ejercieran una función de la envergadura de dirigir los destinos de un pueblo!  Quién sabe si así no tendríamos que estar tolerando la zahorria que dice hacer esa función en nuestra actualidad… total, que soñar no cuesta nada.  Pero volvamos a lo que me trajo aquí.)

Havel comienza su presentación a título personal, narrando cómo cuando viajaba desde Praga—la capital de la nación que él presidió—hasta su cabaña de veraneo el el este de Bohemia, él no se tardaba más de 15 minutos en llegar hasta los límites de la ciudad, y cómo entonces era posible distinguir dónde terminaba la ciudad de Praga y dónde empezaba la ruralía.  Sin embargo, ese mismo recorrido hasta el límite de la ciudad… más bien, hasta donde terminaba la ciudad de Praga y empezaba la ruralía, hoy en día se tarda alrededor de 40 minutos… ¡y todavía hay que recorrer un trecho largo para poder salir de la ciudad!  Es más, vamos a dejar que sea el propio señor Havel quien lo describa (con una ayudita de mi parte con la traducción al español):

“Lo que hasta hace poco era claramente reconocible como la ciudad está perdiendo ahora sus límites, y con ellos su identidad.  Se ha convertido en un anillo recrecido de algo para lo que no puedo encontrar una palabra.  No es una ciudad, según entiendo el término, ni suburbios, mucho menos una villa.…  Hay un reguero al azar de enormes almacenes de un sólo piso, supermercados, hipermercados, ventas de autos y de muebles, estaciones de despacho de combustible, comederos, estacionamientos gigantescos, bloques aislados de edificios multipisos para uso de oficinas, toda clase de depósitos, y viviendas familiares que si bien están juntas unas con otras, está desesperadamente remotas entre sí.  Y entre todo ello—y esto es lo que a mí más me molesta—hay enormes predios de terreno que no son nada, con lo que quiero decir que no son prados, campos, arboledas, junglas ni asentamientos humanos significativos.”

Lógicamente, cabe preguntarse cómo fue que llegamos a meternos en un lío así.  Para Havel, si bien nuestra civilización actual se está haciendo cada vez más global, al mismo tiempo se está desentendiendo de su conexión con el infinito y la eternidad, por lo que antepone la ganancia a corto plazo a la ganancia a largo plazo.  Pero lo más peligroso de esto, añade Havel, es que esta misma civilización es movida por el orgullo, el orgullo de quien, movido por su afán de riqueza, desestima el valor de la naturaleza y la toma como fuente de su riqueza material.

“¿Por qué un desarrollador debe pasar el trabajo de construir un almacén de varios pisos, cuando puede tener tanto terreno como quiera y por tanto puede construir tantos almacenes de un sólo piso como quiera?  ¿Por qué él debe preocuparse de si su edificio se ajusta a la localidad en la que lo construye, en tanto se pueda ganar acceso al mismo por la ruta más corta y se le pueda construir un gigantesco edificio de estacionamiento al lado?  […]  ¿Y después de todo, qué le importa a él que desde un avión la ciudad parezca más y más un tumor que hace metástasis en todas direcciones, y que él está aportando a ello?”

Más allá de lo que él denomina una “miopía globalizada”, Havel apunta como fuente de ese orgullo a nociones tales como aquélla de que “lo sabemos todo, y lo que no sabemos… ¡lo inventamos!”, y que nociones como ésa impulsan en afán por la ganancia fácil y rápida, en detrimento del respeto por aquello que no podemos conocer ni medir, por el infinito y por la eternidad.

Es interesante ver cómo los problemas que agobian nuestro diario vivir (que igual me afectan a mí que a otros, como da testimonio la autora del blog, ‘Mirando por el espejo retrovisor’) no nos son endémicos, sino que más bien los compartimos con otros países en los que eso que llamamos “progreso” lleva a sus ciudadanos por el camino de la amargura.  Y ciertamente, lo que retrata el ex-presidente Havel en su ponencia es bien similar a lo que observamos en Puerto Rico cada día: extensiones grandes de terreno ocupadas por desarrollos de vivienda o comerciales, desarrollos que pudieran aprovechar más eficientemente el terreno en el que están ubicados—por ejemplo, concentrando la mayor cantidad de viviendas o comercios en el menor espacio que sea viable—, en lugar de crecer como hongos hacia todos lados; más y más kilómetros de carreteras construidas, tal vez sin una necesidad real—una necesidad que yo siempre he creído que se puede atender mejorando las vías existentes para atender las exigencias del Siglo 21—y que fomentan el uso desmedido del automóvil, aunque sea para ir “de mi casa a la esquina de mi calle”.

Y todo, por un afán desmedido de desarrollar cada centímetro cuadrado de suelo que esté abierto al desarrollo… aunque eso sea en apariencia.  Un afán que puede hacer más ricos a quienes pretenden dominar, poner “bajo control” a las fuerzas de la naturaleza… al tiempo que se deteriora la misma calidad de vida de quienes—les guste o no—compartimos el mundo con ellos.  ¿Y entonces, qué será lo que nos quede?

Sin embargo, volviendo a lo que dice el ex-mandatario checo en su ponencia, no debemos creer que todo está perdido:

“Tengo la certeza de que nuestra civilización está abocada a la catástrofe, a menos que la humanidad de hoy en día vuelva en sí.  Y sólo puede volver en sí si lucha a brazo partido contra su miopía, contra su estúpido convencimiento de su omnisciencia y contra su orgullo henchido, que han estado anclados tan profundamente en su pensamiento y sus acciones.”

Tal vez, la respuesta de Havel parece un poco ambigua (y que conste, ésa es sólo mi opinión personal).  Pero me pregunto si en Puerto Rico tendremos el convencimiento, el valor para ver las cosas como son, para poder luchar contra esa mentalidad de que más y más y más es mejor, de que más centros comerciales, más viviendas en urbanizaciones desparramadas (y hasta encerradas) vale la pena, nos hace más felices… muy a pesar de las consecuencias (las mismas que no queremos ni ver).

(Es más, ésta es una de las cosas que me gustan de escribir este blog, especialmente cuando me encuentro con artículos cuya temática se aplica bastante bien a nuestra realidad.)

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, mi gente.


FUENTE: Remarks by Vaclav Havel at the Opening Ceremony, Forum 2000, 10–12 de octubre de 2010, Praga, República Checa.

(AUDIO PARA ESTA ENTRADA: 101119_001pc)


LDB