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Te puede pasar a ti también

Ya casi han pasado 2 semanas desde que ocurrió lo impensable, que alguien tuviera el atrevimiento de ensañarse contra el orden y la ley en Puerto Rico.  Dos semanas desde que una representante del Ministerio Público se convirtiera en víctima de un acto criminal.  Y para colmo, casi a la puerta de su casa, donde la esperaba su familia, donde podía sentirse protegida del desquicio del mundo exterior, donde ella se podía sentir en paz consigo misma y con la vida.

Mientras escribo esto, vamos para 2 semanas desde el asesinato a balazos de la fiscal Francelis Ortiz Pagán, justo cuando llegaba a su casa de practicar su oficio.  Un oficio en el que ella estaba despuntando, como acusadora contra elementos criminales de alto riesgo para una sociedad puertorriqueña que se precia de ser civilizada.  Un oficio arriesgado, de esos que hacen que quien lo practique tenga que ser cautelos@.  Pero que alguien tiene que hacer por el bien de este país.

Y aun así, ocurrió lo impensable comoquiera.

De inmediato, la conmoción y la especulación fueron la orden del día.  Que si fue algún delincuente que dio la orden para que la mataran, así como lo hubiese dispuesto en su tiempo Pablo Escobar en Colombia.  O como le alcancé a escuchar decir a un chismoso en mi lugar de trabajo (¡y tod@s tenemos uno de ésos bocabajo en nuestros lugares de trabajo!), que en el lucimiento de su ignorancia dijo que había sido el esposo de ella—quien resulta ser otro abogado altamente reconocido en Puerto Rico—que la había mandado a matar.  Y eso, ¿para qué?  ¿Para dejar huérfana intencionalmente a una niña de poca edad—que como quiera tendrá que llevar la dolorosa carga de haber perdido a su madre de una manera tan cruel?  La verdad es que para insinuar una cosa como ésa hay que ser…

Total, que al final resultó que se trató de un intento de robo violento del vehículo de la infortunada y que resultó en violencia, al no poderse lograr el objetivo de despojarla de su vehículo.  Y todo, porque a uno de los sospechosos se le antojó el vehículo en el que ella iba.  Ni que fuera un trofeo de caza, aunque de todos modos, como lo confesaba el mismo sospechoso hace unos días, de eso se trataba, de salir de noche en busca de autos que robar, sin importar a quién se los quitaban.

Y eso lo hace muy espantoso.  Porque pone de manifiesto lo grave que es el problema de criminalidad en Puerto Rico.  Un problema con el que gobierno que viene y gobierno que va han estado lidiando sin resultados que valgan la pena.  O del que tal vez se beneficia tácitamente, como aquella hipótesis que mencioné en una ocasión anterior.

Pero lo más espantoso es que pone de relieve esa frase que nos viene desde tiempo inmemorial: puede ocurrirle a cualquiera.  No importa si eres rico o pobre.  Hombre o mujer.  Obrero o profesional.  Persona sola que tal vez no tenga alguien que la apoye, o aquélla que tiene un hogar y una familia que la espera.

De hecho, aunque a mí personalmente no me ha sucedido algo tan fuerte como lo de la fiscal asesinada (excepto por 2 ocasiones en las que me han robado vehículos que he tenido), en mi entorno personal ha sucedido.  Yo conozco de por lo menos alguien muy allegado a mí que tuvo que pasar por la horrible experiencia de ser secuestrad_ (y escribo esa palabra así intencionalmente, espero que entiendan el por qué) durante un robo violento de su vehículo, que afortunadamente sobrevivió y por el que actualmente hay una persona convicta y encarcelada.  Y déjenme decirles, no es fácil lidiar con una experiencia como ésa, y algunas personas que la han vivido no salen muy bien de la misma.  Pero esa persona muy allegada a mí sobrevivió y está haciendo su vida, tan en paz como le sea posible.

Porque vivir en paz en el Puerto Rico de hoy en día se está volviendo imposible.  Y más cuando se tiene que salir a la calle sin saber si se regresará a la casa san@ y salv@, expuest@ a verse—sin querer—en medio de un tiroteo entre carros, o en el lugar de trabajo o en algún lugar público supuestamente seguro—como en el caso de la joven que recién había dado a luz en un hospital de Mayagüez, sólo para morir acuchillada por un adicto que se puso una bata de médico para engañar a medio mundo y buscarse “la cura”.

Así es como nos tienen a los que estamos en la rueda de abajo.

Mientras tanto, la partidocracia portoricensis se entretiene tratando de perpetuarse y de poner obstáculos a quienes no la favorecen, las arcas del país se siguen vaciando en una caída libre hacia el abismo y se sigue tratando de perpetuar una situación política a la que se le ha visto la costura.  ¡Y a Dios que reparta suerte!

En lugar del cierre habitual de la entrada, lo que me resta por hoy es desearle un buen viaje a la fiscal Ortiz, en la esperanza de que lo poco que hubiese podido lograr a lo largo de su carrera haya sido de beneficio para una sociedad agobiada como la nuestra, y que dondequiera que ella esté, tenga la satisfacción de que habrá justicia.  Costará mucho trabajo, sudor y sacrificio, pero no dudo en que se logrará.

¡Que así sea!

LDB

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¿De quién es la hora?

Hector "Macho" Camacho
Hector “Macho” Camacho (Photo credit: MarkGregory007)

“La vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás.”

Luis Rafael Sánchez, La guaracha del Macho Camacho, 2da ed., Buenos Aires, Argentina: Ediciones de la Flor, 1976.

A mí no me cabe la menor duda de que la vida es una cosa fenomenal.  Y me imagino que para Héctor Luis Camacho Matías (vía Wikipedia: en español y en inglés)—quien poco tiempo después (a comienzos de la década de 1980) haría suya la “persona” que Sánchez utiliza como vehículo para narrar “algunos extremos miserables y espléndidos de las vidas de ciertos patrocinadores y detractores” de la presunta creación musical—la vida también fue una cosa fenomenal.  Una vida llena de triunfos y glorias, de momentos malos y de cosas buenas (como lo cantaría en su momento “el cantante de los cantantes”, a no dudar uno de sus ídolos).  Una vida en la que podía salirse con la suya haciendo gracias para que la gente—o tal vez, alguna gente—se las riera.  O podía no salirse con la suya.

Una cosa fenomenal con sus extremos miserables y espléndidos.

Y ciertamente esa cosa fenomenal es lo que ha desfilado ante nuestros ojos desde el 20 de noviembre de 2012, dos días antes de la festividad anglosajona de Acción de Gracias, cuando se dio la inesperada noticia (tal vez “inesperada” para mí y para muchas otras personas, aunque ello pudiera ser debatible) de que el Macho Camacho había sido abaleado por desconocidos—que a juzgar por la “eficiencia” investigativa de las autoridades locales, todavía lo son cuando escribo esto—mientras estaba sentado en el auto de uno de sus amigos de la infancia (que aunque ya se ha dicho por un tubo y siete llaves creo que me toca a mí ser quien lo diga una vez más: el susodicho amigo también fue tiroteado y perdió la vida en el atentado, tras el cual las autoridades encontraron drogas ilegales en su posesión y en el mismo vehículo) frente a un expendio de licores en su pueblo natal de Bayamón (al oeste de San Juan).  Extremos tan miserables como la espera agónica del país y del mundo por el desenlace, la garata en la que se enfrentaron (en la categoría de peso “fideo mojado”) el director del Centro Médico de Puerto Rico y un conocido cirujano cardiovascular (el mismo que trató de retar al actual gobernador de Puerto Rico en las elecciones de 2012) cuando cada quién trató de explicar a su manera por qué se esperó demasiado a que se declarara la muerte cerebral del occiso—qué feo les quedó eso a ambos profesionales de la salud, pero eso ya es otra historia—y la no menos penosa garata entre algunos de los dolientes por determinar si lo separaban de las máquinas que lo mantenían vivo (una vez la declararan con “muerte cerebral”), o por reclamar su “sitial” en el reino celestial en ciernes.  Especialmente la garata formada entre la más reciente “compañera” del difunto y la que la precedió, sólo porque la primera se atrevió a darle un último beso apasionado al cadáver de su amado…

(¡Huy!  Con su permiso, vengo en un momento, que me siento con deseos de vomitar…)

Portada de 'La guaracha del Macho Camacho', 2da. edición (Buenos Aires, Argentina: Ediciones de la Flor, 1976).

(¡Ahrrrrrg!  Ya estoy de regreso, discúlpenme.  Y sí, esa es la portada de la edición que tengo de La guaracha del Macho Camacho.  Y es un milagro que todavía la tengo.  Pero volvamos al tema.)

Digo, eso es algo que yo no haría, no importa quién fuese el ser querido que veo inmóvil, inerte, en esa caja de metal con bordes relucientes de “oro de los tontos”.

Como fuese, la cosa es que sin proponérselo—porque nadie se busca que le suceda una cosa así, y tengo la impresión de que a pesar de los pesares, él no se estaba buscando ese final para su vida—el Macho Camacho hizo una salida tan espectacular como las entradas que protagonizó antes de sus combates, en medio de la algarabía y el alboroto.  Ya fuera que se le adorara como a un objeto de culto o no—y confieso que él nunca fue santo de mi devoción—, no dejaba de llamar la atención.  Tal vez porque él era el reflejo de una forma de vivir sobrevivir, de un individuo que afronta los retos de una frontera salvaje, conocida como la ciudad de Nueva York (no muy diferente de la que nos pintan los “westerns” estadounidenses), una frontera que lo deshace para luego moldearlo a su medida, y entonces supera esos retos a su manera, como la misma vida se lo enseñó.

No sé, pero creo que dondequiera que él esté, él deberá estarse sonriendo de oreja a oreja, disfrutando de todo el rumbón formado en torno a su trágico final, viendo cómo todos abajo en la tierra se envuelven en loco frenesí, pensando que sí era cierto aquello que alguien que le debió haber “copiado” el nombre (aun cuando nuestra percepción del tiempo y el espacio dictan que la realidad es otra) dijo una vez, de que “la vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás”…

¡Buen viaje, Macho Camacho!

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

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¿Percepción razonable?

A neighborhood watch sign attached to a door.

Amigas y amigos, mi gente, ya pasaron las primarias locales con miras a las elecciones del 6 de noviembre de 2012, tanto las de aquí (Puerto Rico) como las de allá.  Y eso debe significar que tendremos un respiro de la farsa que se repite cada cuatro años—por lo menos, hasta que lleguen los meses de verano, cuando empezaremos a ver los mismos mítines de siempre, las mismas caravanas ruidosas de siempre (y más ahora, con los conductores y dueños de vehículos “four track” reclamando su espacio para “expresarse”, aunque su presencia en las vías públicas es a todas luces ilegal, pero eso ya es otra historia), las mismas caras maquilladas de siempre, los mismos farsantes de siempre, diciendo las mismas mentiras de siempre.

Mientras esperamos pacientemente (¡las ganas!) por la función estelar del “circus puertorro” de tres pistas, echamos un vistazo a otras tierras para ver cómo se sacuden sus sociedades con las cosas que les ocurren.  Como es el caso de los eventos que se originaron el 20 de febrero de 2012 en Sanford, Florida, con la muerte—algun@s dirán, “el asesinato”—de un adolescente dentro de una comunidad “cerrada”, de esas comunidades con “acceso controlado” que tanto vemos por acá de un tiempo a esta parte (y que hace exactamente dos años escribí en este blog que no son todo lo seguras que dicen ser), a manos de un miembro de un grupo de vigilancia vecinal (“neighborhood watch”).  Un individuo que, según se dice, habría aspirado en algún momento a ser un policía, para lo que por X o Y razón no cualificó y se tuvo que conformar con el premio de consolación de ser un “vigilante vecinal”.  Pero eso no pareció haberle quitado a él el gusto por el peligro, por las emociones fuertes, por el “‘rush’ de adrenalina” que da encontrarse de momento con alguien involucrado en una actividad que él pudiera percibir “razonablemente” como sospechosa, para entonces darle seguimiento e intervenir.

Aunque si consideramos la siguiente definición (traducida y adaptada de Wikipedia por quien les escribe—ah, y el énfasis es mío también), el individuo no estaba haciendo lo correcto.*

“Vigilancia vecinal es un grupo organizado de ciudadanos dedicados a la prevención del crimen y el vandalismo dentro de un vecindario….

“Una vigilancia vecinal puede organizarse como grupo por cuenta propia o puede ser simplemente una función de la asociación de vecinos u otra asociación comunitaria.

Las vigilancias vecinales no son organizaciones de vigilantes.  Cuando se sospecha una actividad criminal, se les alienta (a los miembros de dichas organizaciones) a comunicarse con las autoridades y a no intervenir.”

Y todo lo que se conoce al momento en el que escribo es que la noche de ese 20 de febrero le surgió al individuo ese“‘rush’ de adrenalina”, al encontrarse de momento con alguien de apariencia sospechosa, vestido con un abrigo (en algunos países hispanoparlantes lo llaman “remera”) con capucha—el símbolo “de status” urbano que ostentan en nuestros días tantos muchachos y muchachas del interior de las ciudades estadounidenses.  Alguien que “no se proponía hacer nada bueno”, como tantas veces le habrían escuchado decir los operadores y operadoras del sistema “911” para emergencias, a los que él se pasaba llamando a menudo, como el soldado que le reporta a su superior cuanta novedad hay (o como dicen en mi barrio, “hasta los suspiros”).  Los mismos operadores que ya estarían hartos de aconsejarle a este señor que no siguiera al sospechoso y le dejara esa tarea a la policía (y si todavía alguien tiene alguna duda, que lea la cita de arriba).

¿Y qué pasó después?  De nuevo, mientras escribo esto no se sabe con certeza qué pasó esa noche.  Pero me sospecho que el vigilante vecinal se habría envalentonado y habría asumido la posición de dominio del cazador sobre su presa.  A lo mejor sorprendió al “sospechoso” y lo arrinconó de alguna manera, para entonces asumir un papel de “policía justiciero”, algo así como esto:

“(B)eing as this is a .44 Magnum, the most powerful handgun in the world, and would blow your head clean off, you’ve got to ask yourself one question: ‘Do I feel lucky?’ Well, do ya, punk?”

(Clint Eastwood, Dirty Harry [dir. Don Siegel, 1971].  Por cierto, ¿no les parece que yo había citado esto anteriormente en mi blog?  Total, vale la pena repetirla en esta entrada.)

Y mientras el vigilante vecinal se daba ese “plante”, eso que en los barrios de baja renta de mi pueblo llaman “peste a guapo”, el “sospechoso” suplicaba por su vida, súplica que recogían en ese momento las llamadas de los vecinos alarmados por la situación al mismo sistema “911” que el vigilante vecinal habría importunado minutos antes.  Llamadas que en su momento recogieron también el sonido del balazo fatal.

Balazo fatal que no provino del “sospechoso”—un adolescente de raza negra, vestido de abrigo con capucha, cuyas únicas “armas” eran una bolsa de dulces y una botella de té helado que había comprado en un comercio cercano unos minutos antes—, sino del arma de su perseguidor.

¿Y qué necesidad hubo de hacer todo ese ejercicio de matanza?  Además de la creencia de que se traía algo malo entre manos, el vigilante vecinal habría creído que el “sospechoso” lo iba a atacar, por lo que habría actuado “en defensa propia”, porque tenía una “percepción razonable” de que su presa representaba un peligro que había que eliminar.  (O como se usara en otro contexto en este blog, una mera sospecha de que el muchacho no era lo que aparentaba ser.)

La verdad es que el debate que se ha originado por causa de tan lamentable incidente es una cosa tan sensitiva.  Es una herida bastante profunda que se vuelve a abrir en la piel de una sociedad como la estadounidense, que tiene que cargar con el peso de un pasado de discrimen y racismo, de la creencia en la supuesta inferioridad de unos grupos sociales con respecto a otros, que criminaliza a esos grupos supuestamente “inferiores” y que ha resultado en consecuencias muy trágicas.  Pero lo peor es que esa herida corre el riesgo de abrirse aún más, según aumenten los esfuerzos por revivir el prejuicio, por avivar la llama del odio entre grupos y entre clases sociales, por matizar la convivencia entre todos los miembros de esa sociedad sobre la base de la “percepción razonable”, de la mera sospecha de que el que dice ser mi prójimo no es lo que aparenta ser.

Francamente, esa no es la manera de llevar una vida en comunidad.  Pero así es como se está viviendo hoy en día (queramos o no).

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.


* Por cierto, mientras buscaba en la Internet sobre el tema de la vigilancia vecinal encontré una lista de consejos sobre lo que deben hacer—y lo que no—las comunidades que quieran organizar sus grupos de vigilancia vecinal (publicada por el National Crime Prevention Council).  El último de los consejos en esa lista reitera a mayor detalle a lo que el vigilante vecinal en cuestión parece haber hecho caso omiso: que los grupos de vigilancia vecinal no son grupos de vigilantes y no deben asumir la función de la policía (nuevamente, énfasis mío), y que su deber es pedirle a los vecinos que estén alerta, en observación y que se preocupen los unos por los otros—y por supuesto, que informen de inmediato a la policía cualquier actividad sospechosa o criminal.


Soy Luis Daniel Beltrán… ¡y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

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Valores familiares: Llévalos contigo, o si no…

Fort Buchanan Sergeant Major David Davis and g...
Hon. Jorge A. Santini - Image via Wikipedia

Puede ser que lo que voy a decir a continuación sea chocante para mis lectores en San Juan, Puerto Rico—que al momento en que escribo esto, hacían unas 22 (4.40%) de las 500 visitas más recientes por ciudad a este blog, según mi cuenta en StatCounter.com.  Pero la realidad es que a mí me alegra no ser residente de San Juan.

Digo, si ustedes han visitado mi página biográfica, saben que yo no resido en San Juan, y que este blog ni siquiera se escribe en San Juan.  Y aunque yo tenga que gastar fuertemente en gasolina cada semana (actualmente al ritmo de US$0.817 por litro de gasolina—US$3.09 por galón estadounidense) para moverme “de la casa al trabajo y del trabajo a la casa”, yo no cambio por nada del mundo el hecho de no residir en San Juan.  Por muchas razones: porque mi naturaleza es y será “de pueblo chiquito”, porque los costos de la vivienda en San Juan son muy altos (especialmente para quienes se les hace difícil conseguir una vivienda cuyo costo no comience por debajo de los “bajos” US$150,000—y ya a estas alturas de mi vida, yo no estoy para eso), por la alta tasa de delincuencia en sus calles (aunque últimamente, los pueblos pequeños como el mío, Juncos, no son exactamente los santuarios contra la violencia delictiva que eran en otros tiempos), porque se forma un congestionamiento vehicular en casi cada esquina (en muchos casos, debido a la mala planificación de los usos alrededor de las vías principales)… ¿de veras, quieren que les haga la lista?

Yo estoy seguro de que no.

O tal vez sí, tal vez debería añadir una razón adicional por la que me alegra no residir en San Juan.  Y esa razón es recibir en mi correo lento (lo que algunos cínicos bautizaron hace rato como el “snail mail”) lindezas como la que ha llamado la atención de todo Puerto Rico y el mundo, pero no necesariamente por las mejores razones del mundo: la ya mundialmente archifamosa tarjeta de Navidad del Gobierno Municipal Autónomo de San Juan, en la que el alcalde, Hon. Jorge A. Santini Padilla (el mismo al que ya conocemos por esta entrada, esta otra y esta otra), envía un saludo navideño a sus conciudadanos, en compañía de su esposa y de los tres hijos de la pareja.  La misma tarjeta cuyo diseño ha sido reconocido por medios informativos tan prestigiosos e importantes como El Nuevo Día, The Washington Post (que la comparó con la tarjeta navideña del presidente Obama), CNN, TMZ (¡ay, por favor!), los principales periódicos en Europa… ¡y hasta El Ñame!

(Y para ser completamente responsable, valga hacer una advertencia importante: La familia del señor Santini no tiene—ni debe tener—responsabilidad alguna por lo bueno o malo que se haya dicho, se diga y se dirá de su tarjeta navideña del 2011. PUNTO.)

OK, amigas y amigos, mi gente: ¿notan algo raro aquí?  (“Una de estas cosas, no es como las otras…”)  Digo, es bueno ver al distinguido incumbente municipal rodeado de su familia, como debe ser, en una época de tanta alegría y regocijo para la humanidad (aun para aquell@s a quienes ni les viene ni les va el motivo por el que los demás celebramos, o se supone que celebramos, esta fiesta tan especial al final del año—pero ya eso es otro tema).  Y qué mejor manera de resaltar esa unidad, de promover los valores familiares, que llevar a su familia al nuevo Museo de Historia Natural de San Juan, a retratarse con los antílopes y los leopardos en plena lucha por la supervivencia

¡Un momentito!  ¿Un mensaje digno de una época en la que se predican la paz y el amor, con una escena violenta en primer plano?  Yo no sé a quién se le puede haber ocurrido semejante barbaridad, pero definitivamente, alguien “se quedó dormido en la zona de los tres segundos” (como en el baloncesto, para quienes no entienden esa frase).  O si lo quieren tratar de entender en otro idioma, “someone’s been asleep at the wheel”.

“Jorge Santini posó con su familia junto a un leopardo que intenta matar a un antílope mordiéndole el cuello y desea ‘que esta Navidad ilumine tu sueño’.  Para algunos la foto no es apta para las Navidades, la mordida del felino, para algunos, proyecta una violencia que contrasta con la paz y la armonía que debería caracterizar el espíritu navideño.”

¿Mandarías esta tarjeta de Navidad? Controversia por postal de Jorge Santini, por Victoria Merlo (AOL Noticias, 13 de diciembre de 2011)

Y ahí tenemos dos elementos muy opuestos entre sí, contrapuestos en una misma imagen: un elemento de violencia en un primer plano (qué no tiene que limitarse a lo que presenta la imagen original, como lo demuestra esta página de fotomontajes), y un elemento de “paz y armonía” en un segundo plano.

Por supuesto, el incumbente municipal se ha ocupado de desmentir que la tarjeta tenga esa intención, más bien atribuyendo el propósito de las cinco tarjetas que se realizaron para esta Navidad (incluida la tarjeta de la discordia) a un esfuerzo para promover el Museo de Historia Natural de San Juan.  Esfuerzo que, a juzgar por los resultados que reporta el primer ejecutivo municipal (con una expectativa de recibir 135,000 visitantes antes de que termine el 2011), no han sido tirados a pérdida.  Y por supuesto, al mismo incumbente le han “resbalado” las críticas ganadas por su acción a través de todo el mundo—particularmente, la del periodista Anderson Cooper (andersoncooper y ac360 en Twitter), de CNN, quien lo puso en vitrina en su lista de “ridiculeces”—, al alegar que “toda publicidad es buena publicidad” y que ahora todo el mundo sabe que existe un Museo de Historia Natural en San Juan.

Así que la cosa, como dijo alguna vez Madonna, es que hablen bien o mal de mí… ¡pero que hablen!

Es más, déjenme decirles mi opinión muy personal de lo que veo ahí.  Veo en la imagen a una persona, un importante y reconocido líder político, que como todo importante y reconocido líder político que se precie de serlo, está posando en una foto con su familia, dando un cuadro de unidad familiar que parece resaltar la importancia de la familia en estos tiempos difíciles, en los que la gente se está—como mínimo—halando por los pelos en una diaria lucha por la supervivencia, como se ve en el primer plano de la imagen.  (Que, si no es otra cosa, es lo que significa la escena del leopardo y el antílope, por lo menos para los que hemos estudiado—y para los que estudian—Ecología, Biología o Ciencias Biológicas en la universidad.  Un ejemplo de la eterna lucha por la búsqueda del sustento que todos los seres vivos enfrentan, de una manera u otra.)  Tal vez el mensaje que se da es que la familia está segura, mientras “allá afuera”, en la calle, los demás se las están arreglando para sobrevivir a cómo dé lugar.  Otra vez, “nosotros” vs. “los otros”.

O qué tal si en un caso menos benévolo, lo que se ve es a un alcalde que se sabe una figura controvertida (y si alguien todavía tiene dudas, vea los tres enlaces a mis entradas anteriores sobre este singular personaje político), que pone a su familia como una especie de “carnada”, para decirle a sus rivales (por lo menos, éstos son conocidos) y a posibles enemigos (que pudieran o no ser conocidos) algo así como esto:

“Aquí estoy YO, con MI esposa y con MIS hijos, celebrando la Navidad como mejor NOS parece.  Si eso te molesta, tu problema es CONMIGO y ‘arreglamos’ donde sea.  Pero no se te ocurra meterte con MI familia, porque de lo contrario… ¡podría ocurrirte lo que al antílope que es atacado por el leopardo!  ¡Ése es MI reto!  ¡Estás advertido!”

OK, yo sé que lo que acabo de plantear suena un poco exagerado, pero quién sabe si hay algo de eso implicado en lo que proyecta la tarjeta navideña de la discordia.  Una especie de provocación, una especie de “ven y túmbame la pajita, si te atreves”, algo más allá de simplemente promover el Museo de Historia Natural de San Juan.

Y en cuanto a promover el Museo de Historia Natural de San Juan, yo pienso que debe haber mejores maneras de darlo a conocer, tanto a propios (o sea, sanjuaneros) como extraños (todos los demás habitantes de Puerto Rico y de este planeta).  Me imagino que una buena orientación con el personal del Museo Nacional de Historia Natural de la Smithsonian Institution, reconocido internacionalmente como un lugar de excelencia, pudiera ayudarlos a enfocar mejor sus esfuerzos, a desarrollar programas educativos, a enseñar a los sanjuaneros a que ese museo debe ser fuente de orgullo e inspiración para lograr cosas mejores en la vida.

Pero en lo que el hacha va y viene y se hacen las cosas como debe ser, me imagino que la concurrencia al Museo de Historia Natural de San Juan aumentará, no tanto por el sano interés de conocer la naturaleza, de enriquecerse en conocimientos y experiencias sobre el medio ambiente que nos rodea—y del que, queramos o no, formamos parte, y en el que tenemos un papel esencial que desempeñar—, sino tal vez por alimentar el morbo, por ver los famosos animales con los cuales el alcalde de la ciudad capital y su familia posaron para una tarjeta de navidad.  Una tarjeta de navidad que implica la prédica de unos valores que parece que dejamos atrás, y que deberíamos tratar de recuperar… una prédica opacada por una imagen de violencia.

¡Y vamos a dejarlo ahí, que ya la Navidad de 2011 está a la vuelta de la esquina!  Cuídense mucho y pórtense bien, porque si no, se los come el leopardo de la tarjeta navideña… ¡o algo peor!

¡Felicidades!

(¡Ah!  Y por si acaso: Ningún animal fue muerto o lastimado en la realización de esta entrada.)

LDB

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La ley de la supervivencia

Glock 35 semiautomatic pistol in .40 S&W
Image via Wikipedia

Yo creo que ya era hora de que ocurriera.  Ya era hora de que alguien hiciera lo posible por defenderse de quienes para satisfacer vicios o por creerse que tienen el derecho de abusar de los demás, tratan de arrebatar lo que otros logran con el esfuerzo propio y con la intención de progresar.  Ya era hora de que alguien dijera, “¡basta ya!”

Mientras nuestros políticos, por no dejar de hacer, protagonizan una nueva controversia en la que las instituciones como el Tribunal Supremo de Puerto Rico, que deben garantizar los derechos de la mayoría, del pueblo, de los ciudadanos de a pie, son tratadas como si fueran el botín de una guerra entre pandillas rivales; mientras la plana mayor de la Policía de Puerto Rico deja ver su complicidad con la agenda ideológica de turno, que la lleva a manipular estadísticas de delitos para crear una falsa impresión de que “se está haciendo algo” y de que por ello, Puerto Rico “se supera” (como si los “líderes” no tuvieran su parte de la culpa de que Puerto Rico esté atrás y no avance); mientras la gran mayoría de los medios de prensa andan más pendientes de las más recientes payasadas de los susodichos políticos y de la más reciente cuita de la modelo empresaria María del Pilar “Maripily” Rivera, quien ahora quiere someterse a una cirugía estética para cerrarse la brecha entre sus pechos (y tengo entendido que esa brecha es del ancho de la Autopista José de Diego a la altura de la estación de peaje de Ft. Buchanan entre Bayamón y Guaynabo—si no más ancho que eso); una mujer que se dice cristiana tuvo que responder al llamado de una ley no menos importante que las leyes divinas: la Ley de la Supervivencia.

Estación de peaje Buchanan, Autopista De Diego (PR-22).  (Imaginen por qué la estoy utilizando como ejemplo... pero ¿qué tal si regresamos a nuestra programación regular, OK?)
Estación de peaje Buchanan, Autopista De Diego (PR-22). (Imaginen por qué la estoy utilizando como ejemplo… pero ¿qué tal si regresamos a nuestra programación regular, OK?)

Todo surge de lo ocurrido el pasado miércoles 11 de mayo, cuando la dueña de un salón de estilismo en Caguas fue objeto de un intento de asalto a manos de un individuo que se le acercó con esa intención mientras ella le daba la espalda.  La víctima, de la que presumo que quiso actuar responsablemente—la clase de responsabilidad que su victimario demostró no tener—se viró y le advirtió que tenía un arma de fuego, pensando que con ello podría disuadirlo.  Por supuesto, los criminales no se distinguen exactamente por tener un sentido de responsabilidad hacia los demás—y por ello, medir las consecuencias… aunque en eso ellos no se diferencian mucho de nuestros “líderes” políticos y gubernamentales, pero ya eso es otro tema—y el del caso que nos ocupa, para no ser la excepción que confirma la regla, le hizo un disparo en el pecho a la dama.

Y amigas y amigos, mi gente, en mi libro eso se llama COBARDÍA.  No hay otra manera de llamarlo que no sea por su nombre: COBARDÍA.

Tal vez a él le hubiera sido mejor escuchar a la señora cuando ésta trató de disuadirlo, ya que ella—aunque herida—logró desenfundar un arma Glock calibre .357* que llevaba en su persona (¿puede alguien explicar esa aparente contradicción?) y le hizo varios disparos a su asaltante, alguno de los cuales lo impactó en… esteeeeeeeeee… bueno, digamos que a él los disparos le podrían reducir sig-ni-fi-ca-ti-va-men-te las probabilidades de formar una familia un día de éstos.

(Sí, ya lo sé.  Si no fuera algo tan trágico, sería completamente gracioso… aunque para el frustrado asaltante, no debe haber sido muy divertido que le pegaran un tiro ahí.  ¡Pero lo siento mucho, mi’jo, la vida no es justa!  Triste   ¡Brega con eso!)

A fin de cuentas, lo sucedido se reduce a que cada quien se vio en una situación en la que lo importante era sobrevivir.  Al delincuente, le era importante sobrevivir ante la amenaza que le representaba enfrentarse a una víctima que le estaba anticipando a él que podía salir lastimado.  A la víctima, le era importante conservar su vida, evitar que un desconocido que le venía pa’ encima con intención de robarle, la convirtiera en parte de la triste situación que se vive con cada vez mayor intensidad en el Puerto Rico de hoy, donde prácticamente cada día cae una vida más, sin que quienes proclaman “protección e integridad” puedan mostrar un mínimo de competencia.  Competencia que deberían tratar de demostrar, si quieren evitar el escenario apocalíptico descrito por el Superintendente de la Policía, José Figueroa Sancha (el mismo que en el 2006 dirigió el operativo del FBI en el que a varios periodistas se les atacó con gas pimienta), de que en Puerto Rico los ciudadanos tomen la justicia en sus manos.  (Un escenario que por otra parte se está tratando de promover, como si Puerto Rico fuera Texas o Arizona, a juzgar por algunos vientos que soplaron recientemente en nuestra “honorable” Asamblea Legislativa.)

El caso es que ésa, a falta de otra, es la ley por la que nos estamos rigiendo de un tiempo a esta parte: la ley de la supervivencia.  Es una ley con la que todos tratamos de cumplir, desde que salimos de nuestras casas a luchar contra el mundo hasta que regresamos a nuestras casas y nos retiramos a descansar—si tenemos esa fortuna de que lo podemos hacer.  Y no todos la llegamos a cumplir, pero siempre se hace el intento.  Y eso es lo que importa.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien, y sobre todo, cumplan con la ley de la supervivencia.


* CORRECCIÓN, 12 de junio de 2011: Se vé que yo no soy experto en armas de fuego—y eso es algo que en realidad yo no tocaría, ni “con el pétalo de una rosa”—, pero en realidad, lo que debí haber escrito ahí era “calibre 9 milímetros“.  Aclarado queda.


LDB