No se acabó el mundo en el 2012—sólo se acabó el 2012

English: Mayan calendar created by a modern cr...
English: Mayan calendar created by a modern craftsman (Photo credit: Wikipedia)

(sol-sol-sol-sol-sol)

NotaSe equivocaron
Los mayas
Se equivocaban
Se equivocaban…Nota

(Entónese como si fueran las primeras estrofas de “Se equivocó la paloma” [1941], del poeta español Rafael Alberti [1902–1999], con música del compositor argentino Carlos Gustavino [1912–2000].)

¡Adió’!  ¿Todavía están por aquí?  Si es así, son somos más que afortunados de que el mundo no hubiera llegado a su final, como lo decía supuestamente la profecía de los Mayas, al llegar al final de su calendario de piedra (en fecha equivalente al 21 de diciembre de 2012).

(Aunque acá entre nos, mi sospecha es que los Mayas pudieron haber seguido construyendo su calendario… de no haber sido porque su suplidor ya se había ido a la quiebra y no encontraron otro que les supliera más piedra.  ¿Y solicitar ellos mismos un permiso de extracción de materiales de la corteza terrestre para eso?  ¡No, hombre, no!  Lengua fuera  ¡Pero allá Juana con sus pollos!)

Por supuesto, los Mayas no han sido los únicos que fallaron en vaticinar el fin del mundo—aunque afortunadamente para todos nosotros, no contaban con muchos de los adelantos tecnológicos que algunas personas mal utilizan hoy en día para tratar de crear influencia en torno a sus descabelladas ideas.  O dicho en “palabras finas”: manipular a todo un montón de incautos.  (Y no hay que ir muy lejos: exhibit 408, exhibit 728.)

Pero bueno, ya basta de ese desahogo.  Vamos a lo que vinimos hoy: a despedirnos del año 2012.  Un año que tal vez debería compartir el título de la entrada que escribí hace exactamente un año en este blog, por las cosas difíciles que ocurrieron y que lo caracterizaron.  Y si vamos a ver, el 2012 fue—para sorpresa de nadie—una copia del 2011.

La violencia siguió su paso avasallador, ensañándose contra quien se la encuentre, ya sea que se lo proponga o que no.  Violencia que como lo refleja el Inventario de Estadísticas: Delitos Tipo I, del Instituto de Estadísticas de Puerto Rico, hasta noviembre de 2012 (último mes para el cual las estadísticas estaban disponibles mientras escribo esto) tenía en su haber 871 asesinatos y muertes violentas (y aun si fueron un 17% menos que las 1050 de la misma fecha en 2011, no dejan de ser demasiadas), fácilmente cerca de llegar a las 1000 para cuando caiga el 2012.  Peor aún, nuestros niños y jóvenes siguen siendo las víctimas más frecuentes, desde quienes esperan con emoción las primeras luces del año (como en el trágico caso de la quinceañera Karla Michelle Negrón Vélez), hasta los más inocentes que no tienen culpa de la irresponsabilidad de quienes se supone que los cuiden (como la madre que hace unos días fue arrestada por sofocar a su bebé de poco tiempo de nacido y guardarlo en un congelador).  Pero no son solamente los niños: también están las mujeres que sufren las consecuencias de la violencia con las que las trata su pareja, mientras que el mismo Estado que juró un día proteger a sus ciudadanos “contra todo enemigo interno y externo” les falla.  Esa misma violencia que, gústele a quien le guste, se la debe llamar como lo que es: violencia de género.  No “doméstica”, no “pasional”.  VIOLENCIA DE GÉNERO.  Así de simple y sencillo.

Para colmo de males, no se salva nadie: ni los pobres a los que la sociedad ha relegado para que “se maten ellos mismos” (y ciertamente hay bastante culpa para compartir), ni figuras de mayor reconocimiento y de quienes menos se espera que sufran un desenlace violento, como el de Héctor “Macho” Camacho, o el de la Sra. Carmen Paredes, cuyo esposo (Carlos Casellas—hijo del juez del Tribunal de los EE.UU. en Puerto Rico, Salvador Casellas) es el principal sospechoso de su muerte).  Así que “no hay de otra”: seas rico o pobre, conocido o desconocido, doctorado magna cum laude o analfabeta, te llega la hora sin querer, sin que te des cuenta.  PUNTO.

(Y ni hablar de las matanzas ocurridas este año en los EE.UU., entre las cuales nos toca muy de cerca la de la Escuela Elemental de Sandy Hook en Newtown, CT, en la que a 12 niñas—una de ellas, de ascendencia boricua—y ocho varoncitos entre 6 y 7 años de edad y seis mujeres—una de ellas, la heroica maestra Victoria Soto, de 27 años, de padres oriundos de Bayamón—también les llegó su hora sin querer, sin que hubiese necesidad para ello.  Y todo en medio de una cultura que glorifica las armas de fuego, al punto de justificarlas casi como si fuese un derecho divino, un rasgo distintivo del “buen americano”.  Y es triste decirlo, pero ésa es la realidad, gústele a quien le guste.)

¿Y la Policía de Puerto Rico?  Digo, ya sea que esta pregunta se refiera a la agencia del orden público que no ha sido capaz de detener esa ola criminal, o a la que parece ser más efectiva como instrumento para adelantar agendas políticas—y que mientras escribo esto está tratando de zafarse de una demanda judicial presentada por el Departamento de Justicia de los EE.UU. por violaciones a los derechos civiles de los ciudadanos—, la respuesta es la misma: ¡bien, gracias!

Pero además, el 2012 fue un año en el que los políticos puertorriqueños hicieron galas de por qué no deben considerarse dignos representantes de lo que se concibió en la antigüedad grecorromana como un noble oficio.  Por ser un año de elecciones, se empeñaron en usar cuanto truco se les ocurrió para tratar de ganarse la confianza de un electorado que vivía en un mundo real—una realidad de la que estaban enajenados sus propios líderes.  Desde entrometerse en la vida personal e íntima de sus opositores para sacarlos de carrera, pasando por descarados intentos de burlar las leyes electorales mediante el voto de electores “mudados” expresamente para favorecer el candidato impulsado por un alcalde influyente, hasta la práctica—que much@s creíamos que era cosa del pasado (los 1920s, 30s, 40s, etc.)—de regalos a cambio de votos, y en el proceso, tratar de dar la impresión de que son mejores puertorriqueños que nadie—aunque ese mismo “nadie” se lo crea, especialmente cuando se dejan ver como son en realidad, llenos de odio y de prejuicios… ¡y hasta sacando el dedo para burlarse de todos nosotros!

(Y a éstos no sería a los únicos a quienes yo les tomaría con pinzas esa “puertorriqueñidad” que tratan de demostrar, pero ese ya es otro tema).

Y también fue el año en el que el impacto de esa realidad fue contundente en quienes quisieron hacerse a la idea de que la misma no existía.  Y esa realidad llevó al electorado a rechazar que se manipulara el constitucionalmente reconocido derecho de todo ciudadano—aún aquéllos que por lo demás no lo merecen, y ustedes saben de lo que eso se trata—a estar libre bajo fianza mientras se ventila su caso, y a que se manipulara la composición de la Asamblea Legislativa, sin que eso representara un juicio sobre la calidad de los legisladores.  Pero más allá de eso, llevó al electorado a derrotar las aspiraciones de reelección de quienes, más mal que bien, rigieron sus destinos por cuatro años.

Por supuesto, no será nada fácil para quienes serán los herederos trabajar para construir una mejor realidad—por lo que a mí me parece que el cambio en el estilo de hacer las cosas, expresado en las urnas puertorriqueñas, será más cosmético que otra cosa, pero bueno…

Aún así, miro lo que escribí tal día como hoy, hace exactamente un año, sobre lo que fue y lo que podría ser (editado y con énfasis añadido):

“(El 2011 fue un) año en el que los agravios crecían como los hongos, aquí y allá, aún más que en el año anterior.  Un año en el que la esperanza se puso a prueba, que pareció estar en su más bajo nivel.  Pero también fue un año en el que quedó manifiesto que los agravios se deben reparar, que la gente está comenzando a reclamar lo suyo, que la gente está comenzando a mirar las cosas como éstas son y a exigir que se le haga justicia….  Y aun cuando a muchos de estos movimientos de protesta, las autoridades locales se la están poniendo difícil, ellos no pierden la esperanza de lograr sus reivindicaciones.  Podrán haberse quedado sin empleo, podrán haberle ejecutado las hipotecas de sus viviendas, podrán haber perdido los ahorros con los que pretendían tener una jubilación decente, pero todavía les queda su dignidad.  Eso, y la esperanza que tanto se dice que es lo último que se pierde.

La misma esperanza que todos tenemos en que nuestras vidas mejoren con el año que está por comenzar.  La misma esperanza que no debemos perder, bajo ningún concepto.

Eso fue lo que ocurrió.  Fue la dignidad y la esperanza lo que prevaleció en el año que está por dejarnos a la hora en que escribo esto, por encima de la mezquindad y de la intimidación.  Y son la dignidad y la esperanza las cualidades que guían a través de la más fuerte tormenta, que nos ayudan a caminar por la más oscura de las noches.  Y a riesgo de sonar “como disco rallado” (que por cierto, eso era lo que decíamos antes sobre los discos de pasta de acetato, aunque también resulta que los discos compactos y algunos DVD también se rallan… pero ya eso es otro tema), son la dignidad y la esperanza lo que nos ayudará a vivir nuestra vida, en el Año Nuevo 2013 y siempre.

¡Y vamos a dejar el 2012 ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien—en el 2013 y siempre.

Fiesta ¡NOS VEMOS EN EL 2013! Fiesta

LDB

El dedo

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Symbol_thumbs_up (Photo credit: Wikipedia)

Para empezar, yo no lo hubiera hecho.  Es más, yo ni lo hubiera permitido.  Simple y sencillamente, YO NO LO HUBIERA PERMITIDO.  Ni creo que ningún editor u otro responsable de medio de prensa—principalmente prensa impresa, televisiva o cibernética (aunque la radial también tiene su cuota de responsabilidad, o de falta de la misma)—le debió haber dado exposición a una imagen tan grosera.

Y no me estoy refiriendo a un escenario de delito en el que la víctima aparece “en todo su esplendor”, encima de un charco de su propia sangre, tal vez con los sesos u otros órganos corporales regados por ahí, tal vez con el rostro desencajado que refleja el horror de la muerte (especialmente cuando se enfrenta de manera súbita y sin modo de escaparse de ella).  Sino a la imagen compuesta formada por las fotos de dos presuntos asesinos de un manejador de música (la única traducción razonable que se me ocurre para el término copiado del inglés, “disc jockey” o DJ) en una fiestecita juvenil, quienes al saberse objeto de la atención de la prensa el día de su arresto hicieron ante los presentes (¿cada quién por su propia cuenta o fue algo acordado de antemano?) un gesto obsceno.  El gesto que consiste en apuntar hacia arriba con el dedo “del corazón”, el que llamamos “el dedo malo”.

Y por favor, no me pidan que les explique a qué gesto me refiero.

Digan lo que digan los editores y demás responsables del medio que tomó las imágenes y autorizó su reproducción (que seguramente se llenarán la boca invocando—a mi juicio, incorrectamente en este caso—la libertad de prensa, a veces convertida en libertinaje), yo no le hubiera dado foro a la arrogancia, a la prepotencia, a la falta de respeto de estos dos jóvenes.

De entrada eso me hace preguntarme, ¿en qué rayos están pensando esos editores y responsables de medios?  ¿Qué clase de mensaje le lleva una imagen como esa (o más bien, cada una de las dos imágenes que la componen) a una sociedad como la nuestra?  ¿Qué es, que nos debemos dejar intimidar, que debemos dejar que nos falten el respeto—en el sentido honesto del concepto—los que roban, los que matan sin importarle nada ni nadie, los que exigen “respeto”—en el sentido en el que ellos entienden el mismo concepto—porque no te quieren entregar el vehículo al que le echaron el ojo o porque les miraste la novia-posesión (aun si la miraste por accidente) y eso no les gustó?

Seguro que de aquí en lo adelante cualquier delincuente se sentirá envalentonado.  Tanto el que asesina a un hombre como a una mujer, a un adulto como a un niño, a un extraño como a su propia pareja, sentirá el deseo de proclamarse ante el mundo como si fuera un ser poderoso, alguien al que se le debe tener miedo, al que se le debe rendir pleitesía.  Sentirá el deseo de afirmar su control sobre la misma sociedad de la que—nos guste esa realidad o no—es producto, afirmar su poder sobre la vida y sobre la muerte.  Sentirá su deseo de afirmarse en victoria.

Y eso es algo que como dije al comienzo de la entrada, e insisto en ello, yo no lo hubiera permitido.  Especialmente, si yo hubiera sabido que exponer esas imágenes hubiera dado pie al oportunismo político.  O más bien, que exponer esas imágenes hubiera resultado en otra “sacada de dedo”.

Y para mí, esa “otra ‘sacada de dedo’” (una de tantas, como veremos en breve) describe a la perfección la valla publicitaria producida por el partido en el poder (PNP) para un referendo que se celebrará a dos semanas de la fecha en la que escribo y publico esto (si no me atraso por X o Y), en la que se tratará de decidir si se enmienda la sexagenaria Constitución puertorriqueña de 1952 para eliminar el derecho a libertad bajo fianza en ciertos casos de delitos graves, a tenor con la discreción de los jueces que vean esos casos.  (Y recordarán que en la entrada anterior me referí, tanto al oportunismo de los políticos que promueven esta propuesta de enmienda como a los efectos de la mal utilizada discreción de algunos jueces en este país.)  Y esa es una sacada de dedo, en tanto quienes promueven el uso de las imágenes que llamo, “de la discordia”, se afirman con todo el derecho del mundo a usarlas por haberse difundido públicamente, por lo que no tienen que rendirle cuentas a nadie—ni siquiera a los familiares de la víctima en ese caso, los cuales ya cargan con la bastante pesada cruz de perder a su ser querido.

¿Será como dice la consigna de corte machista o racista que suele circular en algunos chistes publicados en los tableros de discusión de “usenet”: “because I can”?

Y la falta de respeto manifestada en público por los dos acusados, ¿qué puede aportar a la discusión pública seria de un asunto tan delicado como la libertad de una persona a la que se acusa de un delito y la limitación de esa libertad a través de un mecanismo por el cual se pretende garantizar que esa persona comparezca a juicio por el delito del que se acusa?  Argumento razonado y convincente, no creo que lo aporte—y ni esperen a que lo aporte, en un país en el que estamos tan acostumbrados a dejar a un lado la razón y a que se legisle con base en lo emocional, o inventando a ver cómo nos va.  Un país en el que abundan las acciones que (como le oí decir el otro día, más o menos en esas líneas, al comentarista y abogado Jay Fonseca) pueden ser legales (en derecho), pero no son morales.

Total, que a fin de cuentas, ésta no es la única “sacada de dedo” que se le tiene que aguantar a “quienes pueden hacerlo”.  Porque:

  1. Cuando matan a un niño bajo tu propio techo y todas las sospechas recaen sobre ti, que como padre o madre tienes la responsabilidad de proteger y defender a tus hijos, y en lugar de cooperar con las autoridades para esclarecer el crimen, recurres a todo el poder e influencia que puedas tener a tu disposición y haces todo un ejercicio para eliminar toda evidencia comprometedora, para desviar la atención y para evadir toda la responsabilidad que no supiste asumir, ¿no es eso una “sacada de dedo”?
  2. Cuando tu cónyuge está descansando en el patio de tu casa y leyendo el periódico y de súbito recibe dos balazos—se dice que disparados de manera profesional, tal vez con la precisión que se esperaría de un experto—que le siegan la vida, y luego de desarrollar una versión de los hechos en la que tu prioridad es ir detrás del presunto asesino, en lugar de atender a tu cónyuge antes de dar sus últimos respiros, resulta que hay demasiadas sombras sobre ti que tienes que esconderte detrás de una figura de poder en tu familia (no sólo de poder familiar, sino de poder e influencia por su posición dentro de la sociedad) para poder evitar un posible desenlace adverso, ¿no es eso una “sacada de dedo”?
  3. Cuando en un ejercicio en el que dejas ver lo que realmente guardas por dentro, emites en una red social (digamos, Twitter) un comentario cargado de ignorancia y prejuicio—sea racial, étnico o por preferencias sexuales, entre otros—contra una figura pública por ser alguien distinto a ti, y quien o quienes están llamados a imponer disciplina no se atreven, o no quieren, o no les da la gana de imponer esa disciplina, ¿no es esa una “sacada de dedo”, tanto de la persona que cometió la ofensa como de quien se supone que ejerza su autoridad sobre esa persona?  (Y no vale justificarse con aquello de que “tengo parientes negros” o “mis mejores amigos son negros”.  Ese tipo de excusa es bastante pobre y solamente sirve para salir del paso, como para no dejar el mal sabor de racismo que much@s en Puerto Rico niegan que existe—pero asoma su feo rostro de manera sutil, y lo mismo se vira contra propios y contra extraños.)

A buen entendedor, con pocas palabras basta.

En fin, son muchas las “sacadas de dedo” que nos hacen a diario.  Son muchas las faltas de respeto, los gestos de envalentonamiento, de arrogancia, de prepotencia que nos hacen “quienes lo hacen porque (creen que) pueden”.  Y ciertamente es mucho lo que tenemos que hacer como sociedad para recuperar ese respeto perdido.  Es una gran responsabilidad la que tiene toda una sociedad como la nuestra, de recuperar su respeto, su dignidad y su honra.  De exigirle RESPETO (así, en negrillas y en mayúsculas) a quienes nos “sacan el dedo” cada día, para que no canten victoria, para que sepan que no prevalecerán.

De lo contrario, las consecuencias, que apenas estamos empezando a ver, serán mucho peores.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

Soy Luis Daniel Beltrán, y usando el dedo que es… ¡yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

¿Qué es, que aquí no hay justicia?

English: A Ford Puerto Rico Police car parked ...
English: A Ford Puerto Rico Police car parked on Paseo de la Princesa. (Photo credit: Wikipedia)

La pregunta que da título a esta entrada suena como si la desesperación se hubiera apoderado de mi persona.  Pero aun si así fuera, no soy el único.  De hecho, somos much@s l@s que pensamos que no hay manera de encontrar justicia en Puerto Rico, ante la realidad de un sistema de justicia que—simple y sencillamente—no funciona como debe ser.

Porque, ¿cómo pueden explicarse cosas como una fuerza policial—una de las de mayor tamaño de las áreas bajo jurisdicción estadounidense, aunque esa me parece una comparación injusta, si la comparación es con las agencias policiales de las urbes estadounidenses, pero ya eso es otra cosa—que en lugar de aprovechar su energía combatiendo una oleada delictiva aparentemente sin control, la malgasta como un instrumento de represión y de violación de los derechos civiles de sus ciudadanos (como lo refleja el reciente informe de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles, ACLU, sobre la impunidad policial en Puerto Rico)?  ¿O qué tal un sistema judicial en el que o los jueces ejercen (bien o mal) su discreción—esa misma a la cual se quiere delegar, según propuesto en un referendo programado para agosto del año en curso, la potestad de no fijar fianza para los acusados de ciertos delitos violentos—y dejan irse libre a la persona equivocada, a pesar de lo contundente que haya sido la prueba desfilada ante sus ojos, o los representantes del Ministerio Público no tienen la capacidad para que esa misma prueba resista el más fuerte escrutinio?

De lo primero, habrán visto muchos ejemplos a través de los años que llevo escribiendo este blog.  Para mí, los más notables son dos: la muerte de un líder cívico humacaeño a manos de un policía, sabe Dios bajo influencia de qué, y los hechos represivos con los que se quiso disfrazar un abuso del poder legislativo (for the English version of the same post, click here), y cuyas imágenes—una de las cuales ocupa “en todo su esplendor” la portada del informe de la ACLU al que me refería—nos persiguen hasta el día de hoy.

De lo segundo, bien podrían elegirse otros dos, y el primero que me viene a la mente es el caso de la jueza que en la práctica “exoneró” a un acusado de violencia de género, al encontrarlo culpable de “asesinato atenuado”.  Y como decía arriba: muy a pesar de toda la prueba que desfiló en contra del acusado.  Ahora bien, déjenme imaginarme por un momento que ese resultado no hubiese sido—como se atribuye—culpa de la jueza, sino el producto de un mal trabajo de la Fiscalía.  Y ahí bien podría ubicarse el segundo ejemplo, el más reciente, cuando el Tribunal declaró culpable de “mutilación negligente” a un individuo—del que se dice que comoquiera tenía antecedentes penales—que atropelló a su novia, Francheska Duarte Jiménez, al punto de que se le debieron amputar a ésta las dos piernas.  (Y aunque suene trillado, ni hablar del daño emocional que acompañará a Francheska por el resto de sus días—y que es mucho mayor que el propio daño físico que ella sufrió, pero no hace que el primero sea menos importante.)  O por lo menos, esa fue la justificación que dio la jueza que vio el caso en una comparecencia pública que no tenía que hacer, pero la hizo de todos modos.

Yo no sé cómo lo ven ustedes, pero aquí se supone que haya “taller”—y de sobra—para quienes dirigen o aspiran a dirigir los destinos de un pueblo como el nuestro, a fin de arreglar las cosas que están dañadas en este sistema de cosas que vivimos y padecemos los puertorriqueños.

Mientras tanto, ¿qué hace nuestra claje política?  (Entenderán que si escribo “clase”, como debería ser, le estaría dando mucho “status”, mucha “clase” a quienes ni se la merecen.)  Pues, entretenida entre insultos (como la “cara de… ‘oveja’ bien administrada” del gobernador, según el candidato rival—que de paso, al estratega de campaña que le sugirió esa táctica, yo lo mandaría a botar sin dejarle abrir la boca) y planes grandiosos pero de dudoso beneficio público, como el plan del gobernador para que el sistema público de enseñanza comience “desde ya” a impartir instrucción en el idioma de Shakespeare.  Una iniciativa con la que yo, personalmente, no estoy de acuerdo.


Antes de seguir, déjenme recalcar lo que acabo de expresar, y esto lo digo muy a pesar del entorno familiar en el que me crié (o tal vez gracias a ese entorno… ¡qué sé yo!):

YO DECLARO POR MEDIO DE ESTE BLOG QUE NO ESTOY DE ACUERDO CON LA INICIATIVA DE LA ACTUAL ADMINISTRACIÓN DE GOBIERNO DE PUERTO RICO, DE TRANSFORMAR EL SISTEMA EDUCATIVO PÚBLICO PUERTORRIQUEÑO, EN UN PLAZO DE 10 AÑOS, EN UN SISTEMA EN EL QUE TODAS LAS MATERIAS ACADÉMICAS—MENOS EL ESPAÑOL, POR SUPUESTO—SE IMPARTAN EN INGLÉS.  MI RECHAZO OBEDECE A QUE ESA MEDIDA AMENAZA CON DESTRUIR LA NATURALEZA DEL PUERTORRIQUEÑO, QUIEN VIVE, AMA Y SUEÑA EN ESPAÑOL, Y PORQUE NO VA DIRIGIDA A LA RAÍZ DE LOS PROBLEMAS QUE AQUEJAN AL SISTEMA PÚBLICO DE ENSEÑANZA, PROBLEMAS A LOS QUE DEBE DARSE PRIORIDAD, SI QUEREMOS TENER UN SISTEMA EDUCATIVO DE EXCELENCIA, QUE NOS AYUDE A SER COMPETITIVOS EN EL MUNDO DEL SIGLO 21 Y DE LOS SIGLOS POR VENIR.

Y ese es mi sentir, gústele a quien le guste, moleste a quien moleste, duélale a quien le duela.  Enfadado


Volviendo al tema, yo no veo mucha sinceridad en los esfuerzos actuales para corregir los males que nos llevan a situaciones como las que menciono en esta entrada.  Más bien, lo que sobresale es la conducta reactiva—cuando debiera ser proactiva—de quienes tienen la responsabilidad de corregir las fallas.  En el caso del informe de la ACLU, sobresale la reacción del otrora SAC del FBI en Miami, Héctor Pesquera, actual Superintendente de la Policía de Puerto Rico, quien tildó el informe de la ACLU de “irresponsable” y acusó a sus preparadores de tener “una agenda” (no puede esperarse nada diferente de una persona así).  Tal vez porque lo que le interesa es lo que varios autores que han comentado al respecto han llamado “mirar para otro lado”, porque no quiere tomarse el tiempo ni la molestia de “limpiar la casa” dentro de la policía.  Que de paso, me recuerda algo que escribí una vez:

“Yo no sé, pero tal vez sea necesario que la Policía comience por poner su propia casa en orden, antes de pretender poner en orden la casa de los demás. Tal vez la Policía debe empezar por limpiar su casa de cuanto elemento impropio tenga dentro de sus filas, y no únicamente al nivel del policía que está en la calle, del que arriesga su vida cada día por llevar la paz y por promover la sana convivencia social. (Y de éstos, yo creo que hay más, muchísimos más policías honestos que deshonestos.) También debe buscar dentro de sus altos mandos, y sacar a quienes mal utilizan ese poder que les da el rango, y con el que hace daño a los ajenos… y a los propios.”

Pero también me recuerda esto otro:

“Le estamos pidiendo demasiado a un sistema político cuyos componentes han demostrado no tener la capacidad para atender eficientemente las necesidades de sus ciudadanos, que no pueden ir hasta las raíces de los problemas que aquejan a nuestra sociedad para solucionarlos, y que más bien hacen gala de su mediocridad e incompetencia, de su extraordinario talento para el figureo.”

Y mientras tanto, ¿qué hay de las víctimas del delito y de la incompetencia oficial, como Francheska Duarte Jiménez, quien tendrá que vivir en adelante con las consecuencias de una mala decisión?  ¿Qué hay de las víctimas de la brutalidad policial, como Betty Peña Peña y Elizabeth Ramos Peña, madre e hija cuyo suplicio a manos de inescrupulosos con placa, pistola y macana nos seguirá para siempre desde la portada del informe de la ACLU?  ¿Habrá justicia alguna vez para ellas?  ¿Habrá justicia alguna vez en Puerto Rico?

Yo tengo fe de que habrá justicia.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

Soy Luis Daniel Beltrán.  Soy Puertorriqueño.  Y aunque de vez en cuando—y sólo por necesidad, como habrán visto en este blog una que otra vez—le someto al “difícil”… ¡yo Corazón rojo mi vida y la vivo EN ESPAÑOL!  ¡Ah, y yo apruebo esta entrada! Pulgar hacia arriba

Entre marido y mujer…

English: Red Light District in Amsterdam
Red light district in Amsterdam - Image via Wikipedia

La verdad es que nada es sagrado—aunque en realidad, esa máxima ha sido la realidad de siempre, y seguirá siendo así por los siglos de los siglos.  Ahora todo lo pertinente a la intimidad de la familia y el hogar, hasta los “secretos de alcoba”, parecen ser el flanco por donde atacar al rival político o ideológico, cuando no se tienen argumentos de mayor valor para discutir, o cuando no se tiene la entereza de carácter para producirlos, o cuando no se busca más que el placer de hacer daño sin medir las consecuencias.

Si no es así, ¿cómo podría explicarse los incidentes recientes en los que la vida personal de dos figuras públicas—con las cuales debo aclarar que no comulgo ideológicamente, para que no se me ubique donde no estoy en realidad—ha sido utilizada como pieza de ataque?  Primero, se aprovechan las secuelas de una discusión de pareja que—por lo demás—no tuvo la trascendencia que hubiese tenido un acto de violencia conyugal o de género, para inutilizar políticamente a una figura opositora de importancia al punto de hacerlo renunciar a su aspiración a reemplazar a un alcalde que—también por lo demás—luce sólido en su posición.  Pero sin apenas conformarse con ese disparo, surge otra controversia por la visita de un candidato político (un candidato a la gobernación de Puerto Rico—of all people!) en momentos en los que era un secretario de gabinete (en el 2006), a una tienda de productos de naturaleza sexual en el noroeste de los EE.UU. (mientras estaba en gestiones oficiales, para colmo).  Visita que el implicado justificó después que había sido allí, y no a un club de bailarinas desnudistas (o en buen puertorriqueño, un club de “strippers”) que estaba en el segundo piso del mismo local, y que el propósito de la visita fue… esteeeeeeeeee… ay, me da “pachó” Ruborizado … para comprarle un “regalito” a su esposa.

(Y yo sé que hay dos o tres enfermit@s entre ustedes que todavía están tratando de averiguar cuál era ese “regalito”.  Por lo menos ni él ni su esposa lo han querido decir públicamente, y A MÍ NO ME INTERESA SABERLO.  ¿OK?)

Pero “pachós” aparte, lo que me ha estado preocupando desde que estos eventos trascendieron es lo que se está tratando de comunicar con los mismos a mi entender.  Tal vez signifique que cuando se quiere poner obstáculos a un candidato político opositor, todo parece ser una tarjeta válida, un blanco fácil—hasta la vida familiar de dicho candidato opositor.  Ahora parece que se quiere explotar la debilidad—real o percibida—de las relaciones familiares o conyugales.  Ahora las discusiones entre los miembros de la pareja—algo que ha existido, existe y existirá en todos los tiempos, en todas las parejas, aun las que se ven más estables (por favor, pellízquenme si creen que estoy tocando de oído en esto)—pueden ser objeto de acusaciones de falta de carácter del adversario.

Hasta la manera en la que esa pareja utiliza esa capacidad que todos los seres humanos—OK, por qué no hacerlo constar aquí, hasta quien les escribe—tienen de disfrutar el don de la sexualidad, puede ser objeto del ataque político más burdo.  ¿Y para qué?  ¿Para presentar al adversario como si fuera una persona con un problema de carácter, mientras que quien lanza el ataque se presenta a la vista del público como una criatura “santa” y “virtuosa”?

Francamente, eso me hace preguntarme cómo será la sexualidad de mucha de esa gente.  Me hace preguntarme si alguna de esas personas que tanto critican lo que haga “el otro” en su intimidad habrán visitado una tienda de artículos de naturaleza sexual, aunque sea “para curiosear”, para averiguar si es cierto lo que se dice que venden esas tiendas—se llamen “Condom World”, “Eden’s Secrets” o como se llamen.  Me hacen preguntarme si alguna de esas personas ha entrado en algún club de “strippers”, o si se ha sentado junto al escenario a disfrutar mientras la bailarina se mueve de manera cadenciosa y sensual al ritmo de una música movida, o qué haría si de momento esa bailarina se le acerca y empieza a hacer un “lap dance” en el que se roza rítmica y sugestivamente, mientras le colocan billetes de la denominación que sea en… ¡y entenderán que como buen caballero que soy no diré qué más puede acontecer después!

(OK, yo sé que con tanto detalle no me lo van a creer, pero sólo estoy imaginando lo que podría ser… Ángel)

Es más, me pregunto cómo se sentiría mucha de la gente que está recurriendo a una táctica como ésta para ganar ventaja política a costa de sus rivales, si se les empezara a cuestionar su propia sexualidad—porque como le escuché decir por la radio a una especialista sobre el tema, “todo el mundo tiene el derecho a disfrutar su sexualidad”, así que lo que es igual no es ventaja.  Ciertamente, lo primero que harían sería tratar de evadir el tema, quizás porque tienen su techo de cristal, o sus esqueletos en el clóset (como los de cierto senador que tanto se las daba de estar en contra de los homosexuales—tal vez para aparentar que odiaba tanto al pecado como al pecador—, y ya saben cómo fue que cayó en desgracia).  Tal vez (en el caso más exagerado) la mentalidad de estas personas incluya creencias tan absurdas como la de que no sólo es pecado que un hombre se acueste con una mujer que no es su esposa: ¡también es pecado que un hombre se acueste con su esposa!  (Y entonces, como hubiera dicho mi madre, ¿habrían nacido “de una mata de plátanos”?)

Para mí que debería ser hora ya de que se cuestionen cosas como éstas—especialmente que la misma prensa que se alimenta diariamente de “las sobras” que los políticos les tiran (ni que fueran perros), sea la que haga este cuestionamiento, a ver cómo les cae, a ver si les gusta eso, a ver si no es cierto aquello de que “entre marido y mujer, nadie se debe meter”.  Y mucho menos para jugar a la política.

Francamente, a mí me gustaría ver eso.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho y pórtense bien.

LDB

Comoquiera que me ponga, tengo que llorar

English: Colin Henderson's winning design will...
"Hablemos, no nos peleemos" - Image via Wikipedia

Comoquiera que me ponga, tengo que llorar

“Constituye un triste lamento, debido a que la persona en repetidas ocasiones no ha podido resolver favorablemente el problema o los problemas dolorosos en que se va encontrando.”

(Citado de la página 10 de: Refranes más usados en Puerto Rico, Segunda edición revisada y aumentada, por María E. Díaz Rivera, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan, Puerto Rico, 1994.)

Muchas personas de cierta edad en Puerto Rico recordarán el sainete diario protagonizado por un jíbaro (campesino) de buen corazón, llamado “don Macario”—interpretado para la radio y la televisión boricua por el actor y periodista aguadillano, don José Luis Torregrosa (8/23/1916–6/15/2001)—, quien enfrentaba toda clase de situación que al final lo hacía resignarse a llevar la peor parte.  Poniendo un poco de distancia con el contexto humorístico en el que “don Macario” entonaba esa frase—que la autora de la fuente citada clasifica como una frase de abatimiento—, me pregunto si a Wanda Yvette Camacho Meléndez le habría pasado eso por la mente mientras se le escapaba la vida.

Porque en repetidas ocasiones, Wanda Yvette, enfermera de profesión, había tratado de resolver a su favor un problema doloroso para ella: ser una víctima de la violencia que algunos insisten en adjetivar como “doméstica”, cuando (como he aprendido en tiempos recientes) es más acertado y honesto llamarla por su nombre verdadero: violencia de género.  (Y pensar que todavía algunos retrógradas insisten en darle el nombre grotesco de “crimen pasional”.)  La clase de violencia que algunos hombres (y algunas mujeres también—no crean que no es así) emprenden contra sus parejas, exista o no un papel que legalice su unión.  Aquella violencia en la que el macho—porque ciertamente, ser hombre es mucho más que ser un macho—trata de afirmarse como “el dueño” de “su” mujer, como el único que la puede amar (¿llaman a eso “amar”?), porque si no es de él, no debe ser de más nadie…

Pues sí, según los relatos de prensa, ella hizo todo lo posible por resolver su dolorosa situación.  Denunció a su agresor, consiguió una orden de protección contra él (aunque ella debió haber sabido que las órdenes de protección valen—en la práctica—mucho menos que el costo del papel en el que están escritas), incluso había conseguido que lo llevaran a una vista judicial.  Y en esa vista judicial se determinó colocársele un grillete electrónico, para monitorear sus pasos hasta que se le llevara a juicio.

Pero a pesar de que ella cumplió valientemente con su responsabilidad, con su parte del contrato social que la obligaba a ella a hacer todo lo correcto, alguien le falló de mala manera.

No, no, no.  Voy a decirlo como es: LA MISMA SOCIEDAD EN LA QUE ELLA CONFIABA PARA SU PROTECCIÓN Y SEGURIDAD LE FALLÓ.  LA TRAICIONÓ.  LA ABANDONÓ A SU SUERTE.  PUNTO.

(Cualquiera diría que en ella se hizo realidad una de esas máximas que han sido parte de mi vida por muchos años, de que aun las personas en las que más se confía son capaces de traicionar esa confianza—más bien, son de las primeras personas que lo hacen.  Pero ya eso debe ser tema de otra conversación.)

Y esa falla, esa traición, resultó ser fatal para ella, al ser abordada por su pareja, al atardecer de ese 13 de febrero de 2012, en una tienda de licores en el este de Puerto Rico, y ser objeto de varias puñaladas, ante la mirada atónita (no sé qué piensen, pero esto me suena a cliché) de las amistades que la acompañaban.  Y a pesar de que “hizo lo correcto”, ella acabó por llorar, ella acabó en el amargo llanto de la muerte.

Y como suele suceder siempre que ocurre una tragedia o un desastre tan lamentable (¿por qué siempre tiene que ser así?), las cabezas empezaron a huirle a la amenaza del verdugo—con mayor o menor éxito.*  Los líderes que tanto se distraen—y en el proceso procuran distraernos—con sus frivolidades y sus escándalos alzaron su voz para prometer investigaciones, o para dictaminar con toda su “autoridad” sobre la “falta de valores” del pueblo (pero aquellos de ustedes que me leen son un poco más inteligentes y entienden por qué pongo esta última frase entre comillas).

El problema es que un compromiso de que se va a investigar la cadena de eventos que produjeron este trágico desenlace no va a devolverle la vida a Wanda Yvette.  La insistencia en la prédica de unos valores, cuando no va acompañada con los mejores ejemplos de parte de las figuras públicas que están llamadas a ser sus portaestandartes, no va a devolverle la vida a Wanda Yvette.  Ningún “aguaje” gubernamental de que se va a hacer algo para atajar la violencia de género en Puerto Rico, para cambiar las actitudes tradicionales que desvalorizan a la mujer, que la hacen convertirse en un bien que produce frutos (como lo expresó alguna vez—y para mí es un poco lamentable decirlo—el escritor puertorriqueño, don Abelardo Díaz Alfaro al referirse a la tierra),** le devolverá a su familia esa hija, esa madre, esa vida que se perdió sin razón ni sentido.

Yo no sé cómo lo vean, pero creo que la frase con la que había que tenerle pena al pobre “don Macario” es una que tenemos que aplicárnosla a todos nosotros: Comoquiera que nos pongamos, siempre, siempre tenemos que llorar.  Y nuestro llanto es un llanto amargo.

OK, ya me deprimí escribiendo esto, así que vamos a dejarlo ahí.  Cuídense mucho y pórtense bien.


* De hecho, una cabeza que rodó fue la del responsable de dirigir la oficina que le colocó el grillete electrónico al futuro asesino. Curiosamente, el funcionario en cuestión se llama Juan Beltrán… lo que me obliga a hacer la SALVEDAD de que YO NO ESTOY EMPARENTADO CON ESA PERSONA, a pesar de que se llama casi igual (escribo “casi igual” porque desconozco el apellido materno del funcionario) que un tío paterno mío que hace muchos años dirigió el área relacionada con los vehículos de motor en lo que hoy es el Departamento de Transportación y Obras Públicas.  ¡Que esto quede debidamente aclarado!

** Esta es la cita a la que me refiero:

“La tierra es como la mujer; para dar fruto, hay que poseerla.”

Citada del cuento “El fruto”, en Terrazo, por Abelardo Díaz Alfaro (1947).


LDB