Era una mañana como tantas otras…

Les digo una cosa, amigas y amigos, mi gente: no es nada fácil observar una imagen como ésta sin pensar en lo que pudo haber sido.

Ciudad de New York, NY, desde el observatorio en el piso 86 del Empire State Building.  Julio de 1984.

Fue la tarde de un sábado de julio de 1984, creo que fue el 7 de julio de ese año (dato que puedo estimar gracias al calendario de mi computadora y a un recuerdo más o menos vago de cuándo fue que yo estuve por allí).  Fue mi primer viaje fuera de Puerto Rico, y ese día, el plan de mi primo de “la banda allá” y su esposa fue que diéramos un paseo por la ciudad de New York.  Así que recorrimos durante un par de horas el trayecto desde su casa—en algún lugar cercano a la capital de Connecticut que no viene al caso identificar—hasta llegar a ese monstruo de ciudad.  Luego de dar varias vueltas y hacer turismo en el “Chinatown” cercano, nos dimos a la tarea de subir en un moderno ascensor al piso 86 del Empire State Building para desde allí mirar la ciudad por los cuatro costados.

(Por cierto, una cosa que nunca me gustó del barrio chino fue la manera en la que desplegaban para la venta los mariscos, especialmente las cocolías—lo que en inglés se suele llamar, “blue crab”, o sea, el cangrejo del género Callinectes u otros géneros similares—, en la acera, demasiado pegados del área por donde deambulaban las gentes, unas con rumbo y otras no.)

De más estaría decir lo impresionante que se ve una ciudad tan complicada, tan llena de Historia y de historias como la ciudad de New York, para alguien que sale por primera vez de su lar nativo (aunque en mi caso, fue de vacaciones).  Tal vez tan impresionado, que no reparé (para quienes se les hace un poquito extraño que yo use esa palabra, léanla como “fijé mi atención”) en lo que parecían dos columnas que sostenían algo encima de la ciudad, escondidas detrás de la bruma de aquella tarde del 7 de julio de 1984.  Para mí, aquello era algo que formaba parte del paisaje de la ciudad, una de esas cosas que se dan por hechas, que pueden prevalecer contra viento y marea.

Y también estaría de más decir que ni yo mismo hubiera podido vislumbrar que esas “columnas” de la gran ciudad serían objeto de atentados como el de 1993, o que acabarían trágicamente destruidas, como ocurriría 17 años después, un 11 de septiembre de 2001.  O sea, un día como el de hoy en el que les escribo… o como el de hace exactamente seis años, cuando escribí en este blog lo siguiente:

“Para cuando escribo esto, se habrá cumplido el cuarto aniversario del día que cambió la faz del mundo para siempre, de una manera que yo no me hubiera imaginado que ocurriría durante mi vida.  Ya a la hora en que escribo, la magnitud de la tragedia que se cernía sobre New York, NY, y Washington, DC, estaba empezando a palparse.  Por supuesto, para hacer mayor la magnitud de la tragedia, ese mismo día un avión de pasajeros cayo en la campiña de Shanksville, PA.  ¿Y qué tenían en común estas tragedias?  La intención criminal de un grupo de terroristas de hacer una reparación de supuestos agravios contra su gente, su religión y su cultura, mediante el estrellamiento de aviones de pasajeros contra ‘los símbolos del poder’ estadounidense (el World Trade Center, el Pentágono y—según se especula—la Casa Blanca).  Y lo peor de todo es que dichos terroristas se valieron de gente inocente, que no tenía NADA que ver con sus causas (fuesen justas o no), para llevar su ‘mensaje’.”

Y eso último es una de las cosas que más duele.  Que esas dos columnas de la ciudad, así como los aviones que fueron usados como misiles, tenían en su interior gente inocente.  Gente con sus sueños, ilusiones y esperanzas.  Gente que se levantó ese 11 de septiembre de 2001 por la mañana para trabajar, o para atender sus asuntos de negocios, o para despejar su mente y energizar de nuevo sus vidas… para no volver a sus casas ni llegar a sus destinos al final de ese trágico día.

Miro de nuevo la foto que tomé ese 7 de julio de 1984 y me pregunto, ¿habrá sido la bruma que lo cubre el presagio de que muchos años después sucedería?  ¿De lo que empezó como un día brillante, para terminar escondido entre una bruma siniestra?

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Lo escribí en este mismo blog hace seis años, y lo reitero aquí, a 10 años de una tragedia sin sentido:

“¡Que Dios tenga a su lado a los inocentes que perecieron el 11 de septiembre de 2001!”

¡Que así sea!

LDB

Con el dedo en el gatillo

Islamic Center Samarinda
Image via Wikipedia

Yo creo que lo he mencionado aquí en una que otra ocasión, pero ante lo visto esta semana pasada merece que lo repita.  Se trata de la anécdota sobre lo que me comentó una compañera de estudios en la Universidad de Puerto Rico en Humacao, en el sentido de que algunos que se cantan seguidores de Dios, que se proclaman como “santísimos varones de Dios”, de los que se pasan las 24 horas del día predicando el amor al prójimo (esto en su sentido más amplio) y tratando de exhortar a los demás a volverse a Dios… “son hasta peores que el mismísimo demonio”.

Tal es la impresión que me dejó la amenaza hecha—probablemente desde hace más tiempo, pero conocida a comienzos de semana—por Terry Jones, el pastor de una pequeña congregación (aproximadamente 50 miembros) de cristianos evangélicos de Jacksonville, Florida, para quemar ejemplares del Corán—el libro sagrado de la religión musulmana—el 11 de septiembre de 2010, en coincidencia con la conmemoración del noveno aniversario de los siniestros sucesos que cambiaron la historia para siempre.  Amenaza motivada, según se dice, por los planes para la construcción de un centro islámico que incluiría una mezquita, en las cercanías del lugar donde alguna vez estuvieron las estructuras principales del Centro Mundial de Comercio (World Trade Center), y que fueron destruidas aquel aciago martes del 2001 (experiencia de la que por poco me hago partícipe por accidente, como lo escribí en su momento).  Amenaza matizada por la visión de mundo del pastor evangélico en cuestión, en la cual la religión practicada por los musulmanes es—e insisto, es a su modo de ver—un engendro diabólico (y si recuerdo correctamente alguno de los reportajes sobre el trasfondo de esta controversia, el mismo individuo publicó un libro cuyo título—atrevidamente—hace esa misma proclama).

No hace falta decir nada sobre las secuelas de esa amenaza, que no se haya dicho ya.  Repudios por parte de la propia comunidad musulmana, en los Estados Unidos y en otros países (lamentablemente, no todos con las mejores intenciones, especialmente si hay una “guerra santa” de por medio); repudios por parte de las autoridades locales y nacionales estadounidenses, incluso del mismo presidente Barack H. Obama, la secretaria federal de estado Hillary Clinton, y hasta el jefe de las fuerzas militares estadounidenses implicadas en la “guerra contra el terrorismo” que se escenifica en el propio patio de muchos de los creyentes; repudio hasta de parte de figuras públicas como la ex-gobernadora de Alaska, Sara Palin (¿la recuerdan?), de quien francamente yo hubiese esperado más una expresión favorable a la alocada idea de la quema (algo así como “burn, baby, burn”) que la expresión de mesura que hizo al fin y al cabo.

Y el pastor Jones… pues, “bien, gracias” y “pregúntame si a mí todo eso me importa” y “yo sigo pa’lante con la quema”, porque “Dios me dijo que siguiera”.

(De paso, cualquier parecido entre este pastor evangélico y el alcalde de un municipio del interior montañoso central de Puerto Rico, al que “una pastora evangélica” le comunicó una “revelación” de Dios para que el incumbente le cambie el apodo—en palabras de domingo, el “cognomento”—a dicho municipio*… es como para decir a todo pulmón… “¡COGNO!”  Pero volvamos a nuestro programa regular.)

Total, que al final de cuentas se requirió de una llamada del secretario de defensa estadounidense, Robert Gates, para difuminar una situación que pudo haber sido peligrosa, no solamente para el pueblo estadounidense (que al sentirse provocados ciertos elementos extremistas dentro de la comunidad musulmana—que por lo demás, contiene seres humanos que tienen más cosas en común con los judeocristianos que cosas que los separan… y que las encontraremos si miramos bien, con detenimiento—pudo haber sido la víctima de eventos siniestros de peor magnitud), sino para los soldados que a la fecha libran una guerra provocada por los mismos eventos siniestros cuya conmemoración está enredada sin querer en esta discordia.  Y el pastor Jones accedió finalmente, luego de haber puesto a media humanidad al borde de una verdadera crisis, e incluso de decir que habría de reunirse con el clérigo musulmán a cargo del propuesto centro islámico neoyorquino… ¡cosa que el mismo clérigo musulmán desmintió que fuese a ocurrir!  (Y que de todos modos, no llegó a ocurrir nunca, o al menos hasta el momento en el que escribo.)

Pero una cosa como ésta no deja de preocupar, de todos modos.  Yo me cuestiono cómo una persona prácticamente desconocida, el dirigente de una congregación religiosa, la clase de persona que debe predicar el amor al prójimo, la paz, la buena voluntad para con los demás seres humanos—sean cristianos, judíos, budistas o musulmanes… sean blancos, negros, hispanos, orientales o nativo americanos… sean heterosexuales, homosexuales, transgenéricos, etc.—, sea la misma persona que predique el odio contra un grupo en particular por su implicación en unos hechos tan nefastos, que promueva un gesto de odio contra uno de los símbolos de una creencia religiosa ajena, diz que para vengar una afrenta contra todo un pueblo y contra el mundo.  Digo, ¿conocerá este individuo el valor que tiene el Corán para los musulmanes?  ¿O será de los ciegos que se ufanan de algo así como… “mi religión/mi Dios/es mejor que tu religión/tu(s) dios(es)”?  ¿Sabrá este individuo que un acto como el que se proponía hacer le puede traer—tarde o temprano—consecuencias nefastas, tanto para sí mismo como para un pueblo que busca librarse de una futura amenaza de actos de terror en su propio suelo?

Por lo pronto, ya este señor tuvo su cuarto de hora de fama.  Un cuarto de hora en el que él, sin proponérselo (¿?), tuvo en vilo a medio mundo mientras él tenía su dedo puesto en el gatillo.

¡Y vamos a dejarlo ahí!  Cuídense mucho, mi gente.  Hasta luego.


* Por si acaso, me refiero al caso del alcalde de Lares, Puerto Rico, quien bajo la premisa ya mencionada ha querido cambiar el apodo de su municipio, de “La Ciudad del Grito” (por la efeméride del Grito de Lares, ocurrido el 23 de septiembre de 1868) a “La Ciudad de los Cielos Abiertos” (¡!).  Se especula—y yo me suscribo en parte a esa noción—que la acción responde más a la ideología política del alcalde (del PNP a la fecha en que propone esta acción) que a algún ejercicio cultural de beneficio para los ciudadanos locales, y que lo que esa acción pretende es borrar la realidad de un hecho que es parte de la historia puertorriqueña, gústele a quien le guste.  Pero allá Juana con sus pollos…


LDB

Que Hubiera Sucedido Si…

Hola, mi gente.

Para cuando escribo esto, se habrá cumplido el cuarto aniversario del día que cambió la faz del mundo para siempre, de una manera que yo no me hubiera imaginado que ocurriría durante mi vida. Ya a la hora en que escribo, la magnitud de la tragedia que se cernía sobre New York, NY, y Washington, DC, estaba empezando a palparse. Por supuesto, para hacer mayor la magnitud de la tragedia, ese mismo día un avión de pasajeros cayo en la campiña de Shanksville, PA. ¿Y qué tenían en común estas tragedias? La intención criminal de un grupo de terroristas de hacer una reparación de supuestos agravios contra su gente, su religión y su cultura, mediante el estrellamiento de aviones de pasajeros contra “los símbolos del poder” estadounidense (el World Trade Center, el Pentágono y—según se especula—la Casa Blanca). Y lo peor de todo es que dichos terroristas se valieron de gente inocente, que no tenía NADA que ver con sus causas (fuesen justas o no), para llevar su “mensaje”.

Mucho peor aún fue la forma en la que se aplicó la respuesta. Respuesta que por las razones que fuesen, buscaba atender el problema correcto, pero por medios cuya efectividad aún está por verse. (Yo creo que Groucho Marx tenía absoluta razón cuando señaló que la política es el arte de buscarle soluciones equivocadas a los problemas, mayormente diagnosticados de la manera incorrecta.) Ahora hay que ver cuál será la salida a toda esta crisis, y si habrá que vivir mirando por encima del hombro por años y años sin fin…

En todo caso, una cosa que vengo diciendo desde que ocurrió ese evento nefasto es que pude haber estado cerca de ser partícipe indirecto de lo ocurrido. De hecho, después de mi viaje del año 2000 a Costa Rica, lo que tenía en agenda era visitar a mis primos que viven cerca de la capital de Connecticut. Sin embargo, por razones que Dios tendría en su infinita sabiduría, ese año no me animé a viajar fuera de Puerto Rico. El caso es que ese 11 de septiembre de 2001, yo estaba en mi casa disfrutando de mis vacaciones regulares. El día entonces se veía nublado, listo para un buen aguacero. De momento, recibo una llamada de mi hermana, para indicarme que encendiera la radio, que se estaba informando en ese momento de un posible ataque terrorista contra New York. Al principio, yo no lo podía creer, pero según pasaban las horas, los detalles de la tragedia empezaron a tocar fondo en mi ser. ¿Qué diantre pasó aquí? ¿Cómo puede ser posible que algo así esté ocurriendo? De más está decir que mi ánimo, como el de muchos, decayó conforme se hacía sentir a magnitud de la tragedia.

¿A dónde irá el mundo desde aquí? Esa es una pregunta que todavía nos hacemos cuatro años después. Puede ser que uno (o una) trate de hacer lo que dice el refrán, A mal tiempo, buena cara. Puede uno intentar vivir una vida con una semblanza de normalidad (por ejemplo, desde los sucesos que conmemoramos hoy, he hecho tres viajes fuera de Puerto Rico, a Hawai’i, Guayaquil y Tampa)… ¡pero las huellas de los trágicos y criminales eventos del 11 de septiembre de 2001 han hecho que nada sea lo mismo!

¡Que Dios tenga a su lado a los inocentes que perecieron el 11 de septiembre de 2001!

Nos vemos más tarde. Cuídense mucho y pórtense bien. Bye!

LDB